29 de marzo de 2010

Visita virtual: LA ÚLTIMA CENA, luminosidad barroca en las calles de Murcia



LA ÚLTIMA CENA
Francisco Salzillo (Murcia, 1707 –1783)
1763
Madera policromada
Museo Salzillo, Murcia
Escultura procesional barroca. Periodo de transición al Rococó

     Asistir en la mañana del Viernes Santo a la procesión que recorre todos los años algunas de las principales calles de Murcia supone experimentar todo un cúmulo de sensaciones. Primero por la contemplación de los grupos pasionarios en su escenario natural, envueltos en la luminosidad de una atmósfera mediterránea que realza su fastuosidad; después por los valores teatrales de cada una de las unidades escultóricas, los pasos, que aparecen en público sobre refulgentes plataformas doradas y acicalados con refinados adornos florales; finalmente por la oportunidad de contemplar, uno tras otro, los trabajos de escultura procesional que realizara el mejor escultor español del siglo XVIII, Francisco Salzillo, que especializado en temática religiosa supo recoger en su taller de Murcia la herencia del arte napolitano y del barroco español para infundir una nueva dimensión, una modernidad cuyo lenguaje plástico se aproximaría progresivamente a las pautas y la elegancia del Rococó.

     Precisamente, en esa procesión de “los Salzillos” el primer paso que desfila es La Última Cena, un sorprendente conjunto escultórico formado por trece figuras de tamaño natural, cuyos ingredientes son consustanciales al mundo barroco, de modo que lo imperecedero y lo efímero se funden haciendo que la misma obra aparezca distinta en cada instante, mostrando distintos valores plásticos según el momento, la luz y el lugar en que se contemple, en definitiva, poniendo de manifiesto la plenitud lograda por el escultor murciano.

      Se desconocen las circunstancias del encargo del paso de La Última Cena, que fue realizado por Salzillo en 1763 para la cofradía murciana de Nuestro Padre Jesús Nazareno con el fin de sustituir a un paso anterior, conocido como la Mesa de los Apóstoles, que había sido realizado por su padre Nicolás Salzillo, también imaginero.

     Con una concepción eminentemente teatral, en la escena no se realza el tradicional sentido eucarístico, sino que el escultor recurre a representar el momento dramático en que Cristo anuncia que será traicionado: “Unus ex vobis me prediturus est”, lo que provoca el desconcierto entre los apóstoles, que reaccionan con distintas actitudes en la misma línea que en el Cenáculo de Leonardo da Vinci, en esta ocasión estableciendo un cauce narrativo desde la figura de Cristo a la de Judas Iscariote, colocados en extremos opuestos, lo que permite al escultor trabajar cada apóstol de forma individualizada para reflejar distintas personalidades y estados de ánimo ante la gravedad del anuncio. Con ello queda formulado el auténtico sentido dramático del paso: la despedida de Cristo y la aceptación de su sacrificio.

     El apostolado se distribuye en grupos de seis a los lados del eje longitudinal de una larga mesa con los extremos curvados y patas con forma de garras de león, reservando el espacio central para Cristo, que aparece presidiendo la mesa en lugar destacado. Todos los apóstoles están sentados sobre banquetas en las que aparece pintado su nombre, siguiendo un orden simbólico elegido por el escultor, mientras que Cristo tiene reservado un lujoso sillón rococó que sobresale de los demás, cumpliendo con ello un requisito especificado en el contrato. A su derecha se hallan Pedro, Santiago el Mayor, Bartolomé, Mateo, Tomás y Santiago el Menor, mientras que a la izquierda aparecen Juan, con la cabeza apoyada en el regazo de Jesús, Andrés, Judas Tadeo, Felipe, Simón y Judas Iscariote.

     En tanto que Cristo sigue el arquetipo habitual del escultor, siendo la única figura que luce una potencia de plata, los apóstoles están caracterizados con distintas edades, oscilando desde la juventud y el rostro barbilampiño de Juan a la vejez y largas barbas canosas de Andrés. Para mantener la unidad formal, todos ellos visten una indumentaria uniforme que se adapta a la norma de moderación en los atuendos recomendada por los tratadistas del arte, con una túnica ceñida con un cíngulo, un manto por encima y sandalias, a lo que se suma una prenda que procedente de la moda napolitana recogió la escultura murciana de forma generalizada desde finales del XVII. Se trata de una camisa blanca que asoma por debajo de la túnica y que en la obra de Salzillo adopta el modelo de la camisa huertana, con amplio cuello y un remate liso abotonado en forma de cenefa a la que va cosido un tejido fruncido, un elemento que permite a los escultores hacer gala de su virtuosismo técnico.

     El sentido simbólico de las figuras queda reforzado igualmente por la gesticulación de rostros y manos, como el gesto acusatorio de Simón, las súplicas de Judas Tadeo, Mateo y Santiago el Menor, la sorpresa de Felipe y Bartolomé o la entrega y arrobamiento de Juan, pero estas diferentes reacciones no afectan sólo a la expresividad, sino que condicionan el volumen y el movimiento de los diferentes mantos, siempre concebidos para evitar dificultades en su contemplación y para que durante el desfile callejero el cruce de miradas, gestos y actitudes infunda un sentimiento que ayude a comprender la escena.

     El color de la indumentaria es otro de los elementos diferenciadores, pues la mayoría del grupo lleva un manto rojo, con las excepciones de Pedro, que lo lleva pardo, Santiago el Mayor en tonos claros y Judas Iscariote en verde oscuro, lo que junto a su dura expresión pretende marcar la diferencia moral que le separa del resto. El interés por destacar la figura del traidor, protagonista del momento representado, se hace evidente en una serie de matices, como el ser el único que no tiene la honra de vestir la camisa huertana, ser bizco, pelirrojo y realizar con la mano un gesto delator, lo que aumenta su fealdad física y moral. A ello se suma la cabeza vuelta hacia él de Simón, sentado a su lado, que induce al espectador a compartir la sospecha de la traición.

     Atendiendo a los matices de la policromía también se aprecia un tratamiento jerarquizado, pues mientras todos los apóstoles llevan una indumentaria en colores planos, con discretos ribetes dorados en forma de hojas de cardo, la túnica de Cristo destaca entre ellos por sus brillos dorados, siendo la única que presenta labores de ricos estofados de tono rosáceo y decoración floral a base de esgrafiado sobre el oro, recreando en su diseño, de forma anacrónica, las prestigiosas manufacturas de seda producidas en la Murcia de su tiempo. Se completa con un delicado trabajo de carnaciones realizadas a pulimento, como es habitual en el escultor, cuyas tonalidades en piel y cabellos determinan la personalidad de cada personaje, cuyo verismo es reforzado con la aplicación de ojos de cristal, un recurso habitual desde el siglo XVII.


     Uno de los extremos de la mesa queda despejado con dos finalidades. Primero, para procurar la posibilidad de contemplar a todos los personajes cuando el paso era introducido en la capilla de la hermandad, ya que por entonces era un recinto en que se celebraban cultos permanentes. Segundo, para permitir apreciar todos los recursos escenográficos durante el desfile, pues la mesa se convierte en un fastuoso banquete de atrezzo en el que abundan los manjares de la huerta y los frutos exóticos, tradicionalmente acompañados por cubiertos y candelabros de diseño rococó, elementos que contribuyen a realzar el aspecto cambiante de la escena en el espacio urbano. Al mismo tiempo hay que recordar que estos ingredientes que acompañan a este grupo pasionario, a modo de naturaleza muerta, hacen referencia a lo fugaz y transitorio de la existencia, según una concepción propia del mundo barroco, dando paso a la escena siguiente, la Oración en el Huerto, en que el relato abandona estos elementos lúdicos para centrarse en otros de carácter penitencial.

     La Última Cena desfila a hombros de 27 nazarenos, que soportan un peso de 1.312 kilos, a través de tres varas de madera de haya que la cofradía recibió como regalo de la ciudad de Cartagena.


    

     Este paso, una de las joyas de la escultura del barroca tardía en Europa, que figuró en el pabellón de Murcia en la Exposición Universal de Sevilla de 1992, puede contemplarse durante todo el año en el renovado Museo Salzillo de la ciudad de Murcia, donde se ofrece la oportunidad de conocer lo mejor de la obra procesional del escultor al aparecer acompañado de la Oración en el Huerto (1754), El Prendimiento (1754), Los Azotes (1777), la Verónica (1755), La Caída (1752), San Juan (1756) y la Dolorosa (1756), junto a una interesante colección de bocetos en barro y el célebre Belén, realizado entre 1776 y 1783 para el noble murciano Jesualdo Riquelme.

Más información: http://www.museosalzillo.es/salzillo.html

Informe y tratamiento de las fotografías: J. M. Travieso.
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2 comentarios:

  1. La simbología que se genera en torno al misterio de la Institución de la Eucaristía da para muchas líneas.
    ¡Qué decir de Salzillo!, ese estilo Mediterráneo que da a las tallas, el detalle en cada pliegue de la ropa, la cara...

    Buena oportunidad, en estos días que vienen para acercarse al Arte Sacro en nuestras calles.

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  2. gracias.....GRACIAS......GENIAL......

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