15 de abril de 2011

Visita virtual: EL DESCENDIMIENTO, simplicidad dramática en el valle de Bohí



DESCENDIMIENTO DE ERILL LA VALL
Anónimo
Segunda mitad del siglo XII
Talla en madera, con restos de policromía al temple
Procedente de la iglesia de Santa Eulalia de Erill la Vall, Alta Ribagorça (Lérida)
Virgen y San Juan en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona
Cristo, José de Arimatea, Nicodemo, Dimas y Gestas en el Museo Episcopal de Vic (Barcelona)
Escultura románica


     La iglesia de Santa Eulalia de la población ilerdense de Erill la Vall se engloba en el conjunto de construcciones románicas distribuidas por el valle de Bohí, en la zona de la Alta Ribagorça, todas ellas dependientes en su día del obispado de Urgel. El enclave de Erill se conoce desde el año 1064, cuando el valle fue vendido, incluyendo el castillo, posesiones y todas las construcciones religiosas, por los condes de Pallars Sobirà a los condes de Pallars Jussà. La posesión pasaría en 1208 a Guillen II de Bellera y su esposa Sancha, que desde entonces ostentaron el señorío de Erill, donando tiempo después la iglesia al monasterio cisterciense de Santa María de Lavaix, que ejerció el patronazgo hasta la Desamortización de 1836.

     El ingente patrimonio de la zona quedó sumido en el abandono hasta que fue dado a conocer en 1903 en una misión organizada por el "Institut d'Estudis Catalans", que hizo un inventario de iglesias, frescos y de una escuela escultórica totalmente inédita, todo ello distribuido por solitarios e incomunicados parajes pirenaicos.

     La iglesia de Santa Eulalia fue declarada oficialmente Monumento Histórico-Artístico en 1962, tras lo que se procedió a la restauración del campanario, y Bien de Interés Cultural en 1982. Fue el año 1994 cuando se acometieron definitivas obras de restauración en todo el edificio, aprovechando la circunstancia para realizar excavaciones arqueológicas en el subsuelo y entorno, mostrándose algunas de las piezas halladas en el espacio del coro. Todo el conjunto de iglesias románicas del valle de Bohí sería declarado Patrimonio de la Humanidad en noviembre de 2000.

     Santa Eulalia fue levantada en el primer tercio del siglo XII en estilo románico lombardo, algo común en buena parte del románico catalán, y dispone de una sola nave, muy alargada, con una cabecera triconque de estilo oriental, esto es, con tres absidiolos semicirculares organizados en forma de trébol. Originariamente se cubría con una rudimentaria bóveda de cañón, de la que se conservan los arranques meridionales y restos de cinco arcos torales, pero arruinada fue sustituida por una techumbre de madera con vigas a dos aguas. La torre es de principios del XIII y muy esbelta, con un cuerpo bajo hermético y cinco pisos de estilizados ventanales separados por impostas de arquillos ciegos lombardos y esquinillas. Como fase final, se añadió en el lado norte un pórtico con arcos de medio punto que se apean sobre columnas.

     Pero de las sorpresas que deparó la iglesia de Erill, aparte de una serie de frescos arruinados, fue el grupo escultórico del Descendimiento, con figuras de tamaño natural colocadas sobre una viga que cruza el ábside principal, una iconografía muy extendida en este ámbito territorial de la que se conservan otros importantes ejemplares en el monasterio gerundense de Sant Joan de les Abadesses, fundado por Wifredo el Velloso (Guifré el Pilós), y en el Museo Nacional de Arte de Cataluña de Barcelona, un grupo procedente de la iglesia de Santa María de Taüll, también en el valle de Bohí.

     El conjunto fue dado a conocer en 1907 y representa el auge de la imaginería románica en la Cataluña en el siglo XII. Está tallado en madera de álamo y formado siete imágenes concebidas para su visión frontal. En el centro se alza Cristo crucificado en el momento de ser desclavado por José de Arimatea y Nicodemo, que aparecen a los lados. Son testigos del trance la Virgen y San Juan, colocados en los extremos junto a las figuras de Dimas y Gestas en la cruz. Todas las figuras estuvieron en su día policromadas al temple, según se desprende de los restos conservados en la imagen de San Juan.

     Desgraciadamente la escena fue disgregada en el momento de preservarla y desde 1911 se conserva repartida entre el Museo Episcopal de Vic, donde se guardan cinco figuras, y el Museo Nacional de Arte de Cataluña de Barcelona (MNAC), que conserva las imágenes de la Virgen y San Juan, siendo colocada una copia fidedigna en su emplazamiento original, lo que permite recomponer la expresiva estética románica elaborada en un originalísimo y desconocido taller de imaginería medieval.

     Las imágenes presentan el habitual y sobrio esquematismo estructural del románico, con formas ajustadas a valores geométricos y mostrando una desproporción jerarquizada, siendo precisamente la fantasía de lo imperfecto y la ausencia de elementos superfluos lo que realza su expresividad y profundidad. No obstante, las figuras de Erill ofrecen una rica serie de matices que proporcionan una sensibilidad pocas veces alcanzada en el arte occidental, con un movimiento y agudeza poco habitual en su tiempo.

     Uno de sus mayores atractivos es el tratamiento de las indumentarias y su contraste con la anatomías. La figura más peculiar es la de la Virgen, vestida con túnica larga de gran vuelo, un manto con aspecto de casulla y un tocado en forma de cofia con un motivo ornamental al frente de forma entrelazada. La cabeza aparece ligeramente inclinada y con las manos elevadas a la altura del pecho en gesto de desamparo. El rostro es esquemático, con los ojos resaltados y la comisura de los labios en gesto de pena. Con tan pocos elementos la imagen no puede ser más expresiva del dolor en el trance que le toca vivir.

     Otro tanto ocurre con la figura de San Juan, la única que conserva íntegros los pies, vestido con una túnica hasta abajo con plegados esquemáticos en la parte inferior y un manto que le cubre el hombro izquierdo y se recoge sobre el brazo produciendo sobre el cuerpo plegados simétricos. Su posición es rígida de pies a cintura, pero el torso presenta una ligera curvatura, contribuyendo al movimiento el sujetar el Evangelio bajo el brazo y el realizar una gesticulación de dolor, característica en la Edad Media, apoyando la mejilla sobre su mano derecha.

     A la figura de Cristo le falta el brazo derecho y los pies, ofreciendo una serie de características que definen el "taller de Erill", como los cabellos nítidamente perfilados, las trenzas en zigzag sobre los hombros, la barba en forma triangular, los resaltes musculares, incisiones que marcan las costillas y rodillas, y el torso abatido al frente, un trabajo anatómico en forma sinuosa, nada naturalista pero muy expresivo, que se complementa con un perizoma muy detallado y sujeto por un ceñidor que cuelga en la parte central.

     Las figuras de José de Arimatea y Nicodemo ofrecen un idéntico trabajo, tan sólo diferenciado por la posición de los brazos y pequeños matices en las túnicas cortas. Ambos tienen idénticas fisionomías y las piernas muy separadas para mantener el equilibrio, aunque faltan los pies sobre peanas que se sujetaban a la viga. José de Arimatea está ocupado en retener el cuerpo, para lo que cruza el brazo izquierdo por la espalda de Jesús y con el derecho sujeta la pierna. La túnica está ceñida a la cintura mediante un cinturón detalladamente anudado. Por su parte Nicodemo, más erguido, se afana en desclavar el brazo izquierdo mientras sujeta unas tenazas que han desaparecido.

     También presentan idéntico esquematismo las figuras mutiladas de Dimas y Gestas, ambos barbilampiños, con los ojos vendados y los brazos colgantes, destacando la actitud burlona de Gestas sacando la lengua. Sus anatomías siguen el mismo esquema que el cuerpo de Cristo, con unas incisiones por encima de las rodillas en alusión a la rotura de sus piernas.

     El hieratismo del que adolecen las figuras individualmente, se torna en un movimiento lleno de agudeza, sentimiento y sensibilidad cuando componen el grupo narrativo, dando la impresión, a primera vista, de que se trata de modelos articulados en los que el lenguaje de las manos adquiere un papel esencial. Por todos estos valores, la serie de figuras del valle de Bohí configuran una auténtica escuela, muy diferente a otras experiencias de Castilla, Aragón e incluso de la misma Cataluña, un tipo de arte imaginero que pervivió sin alterar su esencia desde el segundo cuarto del siglo XII hasta las primeras décadas de 1200, cuya influencia no pudo extenderse por desarrollarse en una zona excesivamente aislada.

     El Descendimiento de Erill la Vall es una joya que sigue fascinando por su aparente simplicidad, por la precisión de su talla, por sus valores esenciales y por la expresividad narrativa para mostrar a través de la madera, hace casi novecientos años, la emoción y los sentimientos en aras de unas creencias religiosas.

Informe: J. M. Travieso.
Fotos 5 y 6: Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona.
Foto 7: Museo Episcopal de Vic.

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