22 de marzo de 2025

Exposición: 100 AÑOS DE SEMANA SANTA EN VALLADOLID, del 14 de marzo al 27 de abril 2025



SALA DE EXPOSICIONES DE LA PASIÓN

Valladolid




HORARIOS DE VISITA:

Martes a domingo y festivos: de 12 a 14 y de 18:30 a 21:30 h.

Visitas guiadas: miércoles a domingo, a las 20 h.

Lunes cerrado.

Entrada gratuita.





Fotografía: Domingo de Ramos de 1980 en Valladolid

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4 de marzo de 2025

Visita virtual: NIÑO JESÚS NAZARENO, un ejercicio de delicadeza para los sentidos


NIÑO JESÚS NAZARENO

Luisa Roldán, la Roldana (Sevilla, 1652 – Madrid, 1706)

A/ Niño Jesús Nazareno, Niño del Dolor, 1692, madera de castaño y telas encoladas policromadas, 75 cm

Real Congregación de San Fermín de los Navarros, Madrid

B/ Niño Jesús Nazareno, h. 1692, madera y telas encoladas policromadas, 71 cm

Convento de San Antón, Madres Capuchinas, Granada

Escultura barroca. Escuela sevillana
 

 

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692

     Dos obras destacadas en la producción de Luisa Roldán, apodada La Roldana, fueron realizadas en 1692: el monumental San Miguel luchando contra el demonio, elaborada para el rey Carlos II, que la destinó al Monasterio de El Escorial, actualmente en la Galería de las Colecciones Reales de Madrid, y el denominado Niño del Dolor para la reina Mariana de Neoburgo, obra que acabaría siendo recibida por la Real Congregación de San Fermín de los Navarros de Madrid. Ambas esculturas, destinadas a los reyes de España, fueron iniciadas cuando la escultora residía en Cádiz en 1687 atendiendo encargos para la corporación municipal y para el cabildo catedralicio, antes de su llegada a Madrid en 1689 con toda su familia, años en los que se fue forjando su personal estilo y aumentando su prestigio profesional, siendo posiblemente estas dos obras maestras las que fueron recompensadas en la corte de Carlos II con su nombramiento como Escultora de Cámara.

Fue su esposo, el escultor y dorador sevillano Luis Antonio de los Arcos, que trabajó en el taller de su padre Pedro Roldán, quien le permitió realizar el examen de maestría, el instalar taller propio —con la facultad de firmar contratos— y acoger aprendices y oficiales.

 La producción de Luisa Roldán sigue de cerca el estilo paterno, cuya influencia fue poderosa en el campo de la escultura barroca del último tercio del siglo XVII en Sevilla, especialmente patente en los trabajos realizados por sus hijas y maridos, como la escultora María Josefa Roldán (1644), casada con el escultor Matías de Brunenque; la policromadora Francisca Roldán (1651), casada con el escultor José Felipe Duque Cornejo; Luisa Roldán (1652), que contrajo matrimonio con el policromador Luis Antonio de los Arcos; Isabel Roldán (1657) casada con Alejandro Martagón, colaborador en el taller paterno; Marcelino José Roldán (1662), director del taller a la muerte de Pedro Roldán y padre de los escultores Jerónimo y Diego, así como Pedro de Santa María Roldán (1665), escultor que no alcanzaría el éxito.

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692

     No obstante, Luisa Roldán destacó desde sus inicios por su propio acento, desarrollando un estilo que se caracteriza por la delicadeza de los detalles, la dulzura de las expresiones, el tamaño doméstico de sus piezas y su preferencia por los temas relacionados con la infancia o la mujer, dejando tanto en barro policromado como en sus tallas en madera un conjunto de obras de calidad excepcional que no solo fueron reconocidas por los monarcas Carlos II y Felipe V, sino que también la sitúan entre los grandes maestros del barroco andaluz, con el aliciente de ser la única mujer que con su creatividad y dominio técnico alcanzó las cotas más altas de la escultura hispana en un sector de trabajo dominado secularmente por hombres.

 


A / NIÑO JESÚS NAZARENO, NIÑO DEL DOLOR, 1692.
Real Congregación de San Fermín de los Navarros, Madrid.

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692

     Por su calidad excepcional, con la figura de Luisa Roldán un tanto en la sombra, esta escultura fue atribuida durante mucho tiempo a grandes maestros barrocos, como los granadinos Alonso Cano y Pedro de Mena, apuntándose incluso su autoría al portugués Manuel Pereira. Recientemente, ha sido el historiador sevillano Alfonso Pleguezuelo quien ha documentado esta escultura como obra personal de Luisa Roldán basándose en un documento autógrafo, conservado en el archivo del Palacio Real, en el que Luisa Roldán solicita al rey Carlos II que le conceda un sueldo diario vinculado a su nombramiento como Escultora de Cámara, título simplemente honorífico que no implicaba recibir ninguna pensión económica.

Para merecer ese favor solicitado, la escultora expone como méritos el haber realizado dos esculturas, “la imagen del Ángel y el Niño Nazareno”, que Pleguezuelo identifica con la monumental escultura de San Miguel luchando con el diablo, hecha para el rey Carlos II, que la depositó en el Monasterio de El Escorial (actualmente expuesta en la Galería de las Colecciones Reales, Madrid), y el denominado Niño del Dolor, una delicada escultura en la modalidad de Niño Jesús Nazareno hecha para la reina Mariana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II, cuya boda por poderes se celebró el 28 de agosto de 1689 en la ciudad alemana de Ingolstadt y con presencia personal de ambos contrayentes el 14 de mayo de 1690 en la iglesia del convento de San Diego, anexo al Palacio Real de Valladolid.

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692
     A la muerte de la reina viuda Mariana de Neoburgo en 1740, en la realización del inventario de sus bienes y posesiones la delicada escultura del Niño del Dolor figuraba entre las pertenencias que la reina había dejado en Toledo en 1706 y que en 1729 fueron depositadas en el desaparecido Convento de las Monjas Vallecas de Madrid para su custodia y conservación, siendo citado en el inventario como “Un Niño Jesus de talla, de tres quartas de alto con la cruz a cuestas, y un pie sobre el glovo del mundo, y el otro sobre cavezas de angeles, con peana dorada, que la falta una de las seis bolas, y tiene potencias de plata, en tres dibisiones, y los dos tornillos para la cruz, y quebrados unos dedos”.

Al no figurar expresamente en el testamento de la reina que la escultura fuera donada a alguna persona en concreto o institución religiosa, pasó a pertenecer a Isabel de Farnesio, sobrina de la reina y su heredera universal, una aristócrata italiana que, como reina consorte de España —segunda esposa de Felipe V— formó una importante colección de arte a la que pertenecieron célebres pinturas conservadas en el Museo Nacional del Prado de Madrid.

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692

     En 1761 el Niño del Dolor fue donado por Isabel de Farnesio a la Real Congregación de San Fermín de los Navarros atendiendo la petición de Francisco Miguel de Goyeneche, tesorero de la reina desde 1724 y nombrado conde de Saceda en 1740. Este era hijo de Juan de Goyeneche, que fuera tesorero de Mariana de Neoburgo desde 1699 y vinculado a la Real Congregación desde sus orígenes, a los que las reinas tenían en estima. También influyó en la donación el navarro Francisco de Indaburu, Secretario de Estado desde 1739 e igualmente miembro de la Real Congregación de San Fermín de los Navarros.

Como agradecimiento al valioso donativo de la escultura de Luisa Roldán, que fue tasada ese año en 1.200 reales, se celebró un funeral en memoria de la reina Mariana de Neoburgo, siendo la escultura colocada en el altar mayor de la iglesia de la Congregación. Tras ser sacada en procesión en algunas ocasiones y apreciándose un cierto deterioro, la escultura fue restaurada en 1889 por A. Gil Montejano.

Un hecho decisivo para su conservación fue el traslado de la imagen por motivos de seguridad, ya en el siglo XX, al Salón de Juntas de la Real Congregación, con lo que pudo librarse de la quema de obras religiosas que sufrió la iglesia durante la Guerra Civil española. Durante el año 2000 la escultura fue minuciosamente restaurada por Cristóbal Antón. 

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692

     El conocido como Niño del Dolor es una escultura de bulto realizada en madera de castaño y con 75 cm de altura, iniciada por Luisa Roldán en su etapa gaditana contando con su marido Luis Antonio de los Arcos como colaborador y terminada en 1692 en el Alcázar de los Austrias en Madrid, donde la escultora tenía su alojamiento durante su etapa madrileña (1689-1706). El hecho de que estuviera concebida para la reina Mariana de Neoburgo, es decir, destinada a ser una obra de devoción cortesana, puede explicar su refinada concepción y el alarde técnico de su ejecución.

El Niño del Dolor se encuadra en la iconografía del Niño Jesús Nazareno, derivada de la tipología de las imágenes del Niño Jesús Pasionario, una iconografía piadosa en la que el Divino Infante aparece representando con los estigmas, el sufrimiento y los atributos de la Pasión, un tipo de representación que en España alcanzó un gran desarrollo —especialmente en las clausuras— durante los siglos XVII y XVIII. Siguiendo los postulados de la Contrarreforma, este tipo de representación venía a prefigurar el sacrificio de Cristo para redimir al mundo, intentando al tiempo provocar la piedad y la emoción en los fieles a través de los sentidos y sentimientos, en esta obra de Luisa Roldán suscitando con su expresión de sufrimiento —acentuada por tratarse de un niño— una compasión cargada de un hondo misticismo.

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692

     El Niño Jesús, caracterizado de nazareno, camina cargando sobre su hombro izquierdo una cruz de madera sin desbastar que es sostenida por sus manos finamente modeladas. Viste una túnica larga, creada en tela encolada, que está ceñida a la cintura y adaptada con suavidad a su anatomía. Su cabeza, algo caída hacia adelante acusando el peso, está cubierta por una larga melena de tonos castaños, con raya al medio y bucles ondulados que, como si estuvieran modelados en barro, enmarcan el bello rostro del infante, que denota el esfuerzo con la boca abierta, dejando visibles los dientes.  

En su caminar adelanta el pie izquierdo, que apoya sobre el globo terráqueo — símbolo del alcance universal de su misión—, mientras el derecho, más retrasado, lo hace sobre la cabeza de un querubín que, al igual que los otros tres que le acompañan, muestran gestos lastimosos de dolor. Todos estos elementos simbólicos conforman la base de la escultura y descansan sobre su elaborada peana original, que con 30 cm de altura tiene forma hexagonal, apoyada sobre bolas y decorada al frente con formas florales en relieve.

LUISA ROLDÁN. Niño del Dolor, 1692
Detalle de la policromía, con medallones a punta de pincel
con temas del Antiguo Testamento

     Mención especial merece la policromía aplicada por Tomás de los Arcos, hermano del marido de Luisa Roldán y por lo tanto su cuñado, que en el taller se ocupó de policromar muchas de sus esculturas. La entonación cálida del conjunto sigue la estela de las policromías aplicadas en Sevilla por Juan Valdés Leal, pintor, maestro en dorado y estofado y colaborador como artífice de la policromía en importantes obras de su padre Pedro Roldán. Las carnaciones reciben el tratamiento de una pintura de caballete, como las mejillas sonrosadas del Niño —blando y sensible—, las cabezas de los ángeles, los continentes y océanos en el globo terráqueo, etc., aunque hay un detalle realmente original: para acentuar el carácter premonitorio del tema representado, en el policromado de la túnica, decorada con aguadas de motivos vegetales en tonos violáceos, se insertan dieciséis medallones, igualmente aplicados a punta de pincel, en los que se representan diminutas escenas del Antiguo Testamento que prefiguran la Pasión de Cristo, algo único en la escultura española1. Por ejemplo, sobre la rodilla avanzada, se representa a Isaac llevando al hombro la leña (Génesis 22; 6).

Para realizar tan expresiva escultura, Luisa Roldán seguramente se inspiró en grabados devocionales del flamenco Hieronymus Wierix o de Philips Galle que circulaban en España por los talleres artísticos, aunque también es posible que encontrara su inspiración en el cercano Valdés Leal, cuyas pinturas con el tema del Niño Jesús guarda notables concomitancias.

 

LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada
B / NIÑO JESÚS NAZARENO, hacia 1692.
Convento de San Antón, Madres Capuchinas, Granada.

Una segunda y magnífica versión del mismo tema, con similares dimensiones (71 cm y peana de 39 cm de altura), se conserva en el convento de Capuchinas de San Antón de Granada. Este Niño Jesús Nazareno se debe igualmente a las gubias de Luisa Roldán, que habría contado con la colaboración de su marido Luis Antonio de los Arcos, mientras la policromía corrió de nuevo a cargo de su cuñado Tomás de los Arcos.

Se apunta que posiblemente fuera realizada, hacia el mismo año que la anterior, para la duquesa de Berlips (María Josefa Gertrudis Wolff von Gudenberg), noble cortesana del séquito de la reina Mariana de Neoburgo que la acompañó en su viaje a España y posteriormente ejerció como su camarera mayor y confidente. Se desconocen las circunstancias en que llegó al convento granadino.

La escultura repite la composición del Niño del Dolor madrileño con ligeras variantes, con la figura del Divino Infante en actitud de marcha y portando sobre su hombro izquierdo una cruz de troncos circulares con nudos visibles, la túnica dispuesta de igual manera y con la novedad de presentar una soga anudada al cuello y que baja para ceñir la cintura mediante un anudamiento en el costado derecho. En la base se repite el apoyo del pie izquierdo sobre el globo terráqueo —en el que se reproducen mares y continentes— y el derecho sobre una de las cabezas de los cuatro querubines alados con rictus apenado, elementos simbólicos que aluden al alcance universal de su sacrificio y al fin doloroso al que se encamina el Niño.

LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada

     En este caso la posición de la cabeza aparece más erguida y ligeramente ladeada hacia la derecha, permitiendo contemplar fácilmente la expresión facial de un bello rostro que muestra el esfuerzo de soportar el peso de la cruz con la intención de conmover al espectador, repitiéndose el trabajo de los bucles de la cabellera como si fuera un suave modelado en barro. Desgraciadamente, las manos no son las originales, pues se perdieron durante un incidente y fueron rehechas por un escultor muy alejado del virtuosismo que caracteriza a Luisa Roldán. Por el contrario, se conserva la peana original, de forma hexagonal, con tres niveles, las superficies decoradas con motivos vegetales en relieve y enteramente dorada.

No obstante, el elemento que marca la mayor diferencia de este Niño Jesús Nazareno de Granada respecto al Niño del Dolor madrileño es el cambio de color en la policromía de la túnica aplicada por Tomás de los Arcos que, manteniendo los mismos motivos decorativos vegetales, sustituye los tonos violáceos por otros grisáceos, manteniendo la originalidad de insertar, a punta de pincel, una serie de medallones con escenas del Antiguo Testamento que prefiguran el sacrificio de Cristo tomando como referencia al que coincide con la rodilla izquierda, que en este caso representa a Sansón bebiendo de la quijada del asno (Jueces 15; 15-19). El acertado tratamiento de la policromía, cercana a los modos de Valdés Leal, contribuye a sugerir la naturaleza divina del Niño, que se muestra ante el espectador dotada de luz interior y llena de trascendencia mística, aunque su condición frágil y humana queda reflejada en las mejillas sonrosadas, en el tono de los labios, en los párpados enrojecidos, etc.

LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada

     Por todo lo expuesto, como opina Amador Marrero, ambas esculturas de los infantes nazarenos de Luisa Roldán, por su originalidad y perfección técnica, deben considerarse como verdaderos referentes de la plástica escultórica española.        

 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 

Notas 

1 AMADOR MARRERO, Pablo Francisco: Niño Jesús Nazareno. En catálogo de la exposición “Luisa Roldán. Escultora Real”, Museo Nacional de Escultura, Valladolid, 2024, p. 184.

 


LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada










LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada










LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada










LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada










LUISA ROLDÁN. Niño Jesús Nazareno, hacia 1692
Convento de San Antón, Granada










Hieronymus Wierix
Grabados del Niño Jesús de la Pasión










Izda: LUISA ROLDÁN. Jesús Nazareno
Convento de las Nazarenas, Sisante (Cuenca)
Dcha: Francisco Gazán. Grabado de Jesús Nazareno de Sisante
Colección particular















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1 de marzo de 2025

Visita virtual: SAN JOSÉ CON EL NIÑO, la creación de un arquetipo devocional







SAN JOSÉ CON EL NIÑO

Juan Martínez Montañés (Alcalá la Real, Jaén, 1568 – Sevilla, 1649)

Hacia 1610-1620

Madera policromada y estofada, 170 cm de altura

Real parroquia de Santa María Magdalena, Sevilla

Escultura barroca. Escuela sevillana

 

 






     Entre los arquetipos religiosos creados por Juan Martínez Montañés en su etapa sevillana figura la peculiar iconografía de San José con el Niño, una composición que presenta al santo en actitud andariega con el Niño Jesús de la mano, lo que difiere de otras creaciones realizadas por grandes maestros del barroco andaluz, como Pedro Roldán, Alonso Cano y Pedro de Mena, que le representan en posición estática y sujetando al Niño Jesús —de menor edad— entre sus brazos. Hay que señalar que la composición montañesina tuvo su correlación en Castilla en las gubias de Gregorio Fernández, creador de una iconografía igualmente arquetípica que guarda muchas similitudes con las de Martínez Montañés al presentar las figuras de San José y el Niño talladas por separado, resaltando la función del padre como guía y protector del Divino Infante.

Ahora tomamos como referencia al grupo que se conserva en la Real parroquia de Santa María Magdalena de Sevilla, una obra que a lo largo del tiempo y por no estar documentada ha recibido diversas atribuciones, desde Juan de Mesa a José Montes de Oca, pero cuyo inconfundible estilo ha permitido asignarlo recientemente a la producción de Juan Martínez Montañés, que lo habría realizado en su taller sevillano entre los años 1610 y 1620. 

     A este respecto, hay que recordar que el escultor alcalaíno ya había realizado el mismo tema en el desaparecido grupo que le encargó en 1605 el gremio de carpinteros de ribera, siéndole también atribuido el grupo de pequeño formato perteneciente a la iglesia de Santa María de la Concepción de la población de Dilar (Granada), en el que la figura del Niño Jesús fue sustituida a mediados de la centuria dieciochesca por otra atribuible a Torcuato Ruiz del Peral (1708-1773). Por otra parte, el modelo de San José con el Niño de Martínez Montañés fue asimilado y replicado con enorme éxito por sus discípulos y seguidores, como Juan de Mesa, autor del grupo realizado en 1615 para fray Alonso de la Concepción, la primera obra documentada como escultor independiente, hoy en la iglesia de Santa María la Blanca de Fuentes de Andalucía (Sevilla), el grupo realizado en 1620 para el convento de San José del Carmen —“Las Teresas”— de Sevilla (atribuido por algunos historiadores a Martínez Montañés) o el grupo conservado en el Colegio de la Sagrada Familia (Carmelitas de la Caridad) de Sevilla, cuya datación no se ha determinado. 

San José en el arte

En época medieval la figura de San José ocupaba un discreto lugar en el arte y la liturgia, siendo relegado a un segundo plano en las representaciones de la vida de la Virgen y la infancia de Jesús, siempre con la intención de resaltar la pureza virginal de María. En este sentido, hay que destacar la labor del agustino francés Jean Gerson (1363-1429), autor del poema Josephina, en el que exaltaba los valores de San José y que tuvo una enorme difusión e importancia devocional.

Fue a partir del siglo XVI cuando su iconografía conoció una transformación definitiva, adquiriendo una relevancia renovada en la tradición artística cristiana. En ello tuvo una especial importancia el dominico milanés Isidoro de Isolano, autor de Summa de donis Sancti Joseph, obra publicada en Pavía en 1522 en la que hace una exaltación del culto a San José. En este tiempo comienza a ser representado de forma individualizada y con un aspecto rejuvenecido respecto a las representaciones medievales —especialmente tras el Concilio de Trento—, sujetando la vara florecida como atributo y símbolo de su elección divina como esposo de la Virgen. En las nuevas representaciones, San José no sólo se mostrará como modelo de virtud y trabajo duro, sino también protegiendo al Niño Jesús en su condición de padre, ofreciéndole amor, atención y orientación en su infancia.

     En el caso de España tuvo una especial relevancia Santa Teresa de Jesús en la difusión de la devoción a San José, del que manifestaba recibir una protección especial: “Aunque tenga muchos Santos por Abogados, sealo en perticular de S. Joseph, que alcanza mucho de Dios” (Santa Teresa, Avisos, núm. 64). Al santo dedicó el primer convento en Ávila en su renovación de la Orden Carmelita, poniendo después bajo su advocación doce de sus diecisiete fundaciones. Hay que recordar que la Orden Carmelita a finales del siglo XVIII contaba con doscientos conventos puestos bajo el patronazgo de San José.

Con el tiempo, el fervor teresiano por San José, símbolo de obediencia, pobreza y castidad, tuvo una influencia que además de sobrepasar lo estrictamente devocional, alcanzando a otras órdenes religiosas, llegó a estimular el encargo de numerosas representaciones artísticas, tanto en pintura como en escultura, sobre todo después de que el papa Gregorio XV declarase en 1621 que la fiesta del santo se celebrara en toda la Iglesia el 19 de marzo. 

Las representaciones pictóricas y escultóricas de San José con el Niño fueron numerosas en la Sevilla barroca del siglo XVII, ajustando su iconografía a las orientaciones dadas por Francisco Pacheco en su tratado El Arte de la Pintura, donde establece: “La santísima Virgen fue presentada en el Templo en la primera edad de tres años y estuvo hasta la segunda, once, de manera, que salió a desposarse con el santo Josef siendo de catorce años y San Josef de poco más de treinta”. Estas directrices fueron acatadas por los artistas, de modo que la venerable y patriarcal figura del anciano San José de tiempos pasados dio paso a un radical rejuvenecimiento de su aspecto.

     En el campo de la escultura andaluza algunos maestros, resaltando su función paterna, comenzaron a representar a San José como un varón en plenitud ejerciendo como protector del Niño, unos equiparando su aspecto a las tradicionales representaciones de la Virgen, con el Niño en los brazos, como los ya citados escultores Pedro Roldán, Alonso Cano y Pedro de Mena, cuyas intimistas creaciones, avaladas por la doctrina contrarreformista, adquieren una significación eucarística, mientras que Martínez Montañés establece la novedosa iconografía de un San José itinerante en compañía del Niño, cuya figura exenta camina a su lado para resaltar su participación activa en la vida de la Sagrada Familia, un modelo asimilado por sus discípulos y seguidores, siendo muy relevantes las repetidas realizaciones de Juan de Mesa que se encuentran repartidas por Sevilla y provincia. 


El modelo josefino de Martínez Montañés

     Juan Martínez Montañés representa a San José y al Niño Jesús tallados por separado y formando un grupo escultórico que destaca por la calidad técnica de su ejecución. El escultor representa al santo patriarca tomando de la mano al Niño, al que acompaña mientras camina con gesto protector. Esta nueva tipología itinerante conlleva la creación de arquetipos para ambas figuras: la de San José dinámica por su actitud de marcha, su aspecto rejuvenecido (siguiendo las normas de Francisco Pacheco) y su carácter protector; la del Niño Jesús vinculada al proceso de creación de imágenes exentas en su taller que tanto éxito tuvieron y que llegaron a crear una peculiar tipología “montañesina”, teniendo que recurrir a su elaboración seriada en peltre para atender la enorme demanda. Hay que señalar que, entre estas imágenes exentas del Niño Jesús —en su mayoría en plena desnudez, vestideras y de elegante clasicismo— Martínez Montañés alcanzó la excelencia con la que tallara en 1606 para la Hermandad Sacramental de la parroquia del Sagrario de Sevilla, que llegó a ser el modelo iconográfico más representativo de la devoción al Dulce Nombre de Jesús. 

San José aparece representado erguido y manteniendo una posición de contrapposto de raigambre clásica, con el peso del cuerpo apoyado sobre la pierna derecha, lo que le permite liberar y flexionar la izquierda, adelantando la rodilla y produciendo al tiempo una inclinación de la cadera, lo que unido a la posición contrapuesta de los brazos y la inclinación de la cabeza hacia la derecha produce en la figura un eficaz movimiento, siguiendo una sutil línea serpentinata a pesar de su actitud reposada. 

     El santo viste una túnica larga de mangas anchas, cuello redondeado y ceñida a la cintura por un cíngulo que forma un anudamiento en el costado derecho, dejando asomar los pies que calzan sandalias. Se cubre con un manto que se desliza por la espalda desde el hombro izquierdo, al tiempo que se recoge rodeando el brazo por el mismo lado, que se adelanta para sujetar la vara de azucenas, su tradicional atributo como símbolo de pureza y castidad, mientras que el derecho desciende para tomar de la mano del pequeño Jesús como símbolo de maestro y conductor. Su rostro presenta un aspecto jovial, con el rostro ovalado, ojos rasgados, nariz recta, boca semicerrada, barba de dos puntas descrita de forma pormenorizada y una larga melena de marcada simetría que le llega a los hombros. En líneas generales, ofrece una actitud introspectiva centrando su mirada en el Niño, indicando así quién es el auténtico protagonista de la representación.

Por su parte, en la figura del Niño Jesús es indudable la impronta montañesina en su morfología y grave expresión. Manteniendo de igual manera una posición de contrapposto clásica y con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, seguramente orientada hacia el espectador al ser concebida para un retablo a cierta altura, adopta la actitud de bendecir con su mano diestra, mientras con la izquierda se aferra a la mano paterna que le protege.

   
JUAN MARTÍNEZ MONTAÑÉS
Izda: Niño Jesús con San Cristóbal 1597-1598. Iglesia Colegial del Divino Salvador, Sevilla
Dcha: Niño Jesús con San José 1610-1620. Iglesia de Santa María Magdalena, Sevilla
     Viste una túnica corta de mangas anchas y ceñida mediante un cíngulo con un lazo central y al igual que San José calza sandalias. Especial interés tiene la cabeza, con un rostro de gran belleza que responde a una creación muy personal del escultor y que marca una evolución hacia las primeras formas del naturalismo barroco. En ella incluye el característico ensortijamiento del cabello, con bucles abultados sobre la frente, que se convertiría en la seña de identidad del taller de Martínez Montañés. El aspecto estético de la cabeza de este Niño Jesús ofrece una gran similitud con el que porta sobre el hombro la monumental escultura de San Cristóbal que Martínez Montañés hiciera entre 1597 y 1598 y que se guarda en la Iglesia Colegial del Divino Salvador de Sevilla.   

En este grupo de San José con el Niño la policromía original no se conserva, ya que fue rehecha en el siglo XVIII con el fin de dignificar aún más las figuras, especialmente en los ropajes, que presentan ricos estofados con una profusa decoración de motivos vegetales y rocallas, con un fondo verde en el caso de San José y rosáceo en el Niño, en ambos casos con un resultado deslumbrante.

Al contemplar esta obra, se comprende la fulgurante carrera profesional de Martínez Montañés, que llegaría a convertirse, por su gran creatividad, en figura de referencia para los imagineros de su tiempo y posteriores generaciones.


Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 





























REPRESENTACIÓN DE SAN JOSÉ EN LA EDAD MEDIA
Izda: Robert Campin. Detalle de la Natividad, h. 1420, Museo de Bellas Artes de Dijon
Centro: Anónimo. Detalle del retablo de la Vida de la Virgen, 1515-1520, Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Dcha: Rogier van der Weyden. Fragmento de retablo, 1438, Museu Calouste Gulbenkian, Lisboa
 











SAN JOSÉ EN LA ESCULTURA BARROCA ANDALUZA
Izda: Pedro Roldán, Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", Sevilla
Centro: Alonso Cano, Museo de Bellas Artes, Granada
Dcha: Pedro de Mena, Museo Nacional de Escultura, Valladolid












JUAN DE MESA: IMÁGENES DE SAN JOSÉ CON EL NIÑO
Izda: Iglesia de Santa María la Blanca, Fuentes de Andalucía (Sevilla)
Centro: Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", Sevilla
Dcha: Colegio de la Sagrada Familia, Sevilla











GREGORIO FERNÁNDEZ: SAN JOSÉ CON EL NIÑO
1623 y 1630, Convento de la Concepción del Carmen, "Santa Teresa", Valladolid











GREGORIO FERNÁNDEZ: DETALLES DE SAN JOSÉ CON EL NIÑO
1623 y 1630, Convento de la Concepción del Carmen, "Santa Teresa", Valladolid












Izda: FRANCISCO VARELA. Retrato de Martínez Montañés, 1616, Centro Velázquez,
Hospital de los Venerables Sacerdotes, Fundación Focus Loyola, Sevilla
Dcha: VELÁZQUEZ. Retrato de Martínez Montañes, h. 1635, Museo Nacional del Prado









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1 de febrero de 2025

Visita virtual: LA VISIÓN DE TONDAL, una iconografía moralizante inspirada en una obra literaria




LA VISIÓN DE TONDAL

Taller de Hieronymus Bosch, el Bosco (Hertogenbosch, Países Bajos, ca. 1450-1516)

Entre 1478 y 1485

Pintura al temple graso sobre tabla de roble, 540 x 720 mm

Museo Lázaro Galdiano, Madrid

Pintura flamenca (Gótico final)





     La fascinante pintura de La Visión de Tondal que se conserva en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, atribuida durante mucho tiempo a un seguidor de El Bosco y actualmente adjudicada directamente a su taller, presenta una peculiar iconografía cuya simbología no es fácil de interpretar a primera vista. Sin embargo, la clave argumental de la pintura la encontramos en una inscripción que figura en el ángulo inferior izquierdo de la tabla, donde con letras góticas aparece la leyenda “Visio Tondali” y sobre ella la figura sedente de un hombre con nobles vestiduras sumido en una ensoñación, con la cabeza apoyada sobre el brazo izquierdo que reposa sobre una roca, mientras es asistido por un ángel con alas flamígeras desplegadas que sigue un modelo similar a los utilizados por El Bosco.

     Esta figura, que representa al caballero Tondalus, es el protagonista de un texto —cuyo original no se ha conservado— que redactara en Ratisbona en el siglo XII el monje irlandés Marcus, cuya historia está ambientada en 1148 en la población irlandesa de Cork. Se trata de un rico y degenerado caballero irlandés que, al desmayarse en una fiesta, emprende un profundo viaje onírico durante tres días a través del Averno —guiado por un ángel— y que al despertar de tan traumática experiencia decide corregir su vida convirtiéndose en un hombre piadoso que opta por la vida monacal. El personaje y el ángel vienen a ser la llave para poder interpretar el resto de las imágenes del cuadro, cuyas escenas responden a las visiones del caballero Tondal.

La popularidad de este texto fue enorme, pues sólo en el siglo XV se hicieron cuarenta y tres ediciones y traducciones en quince idiomas diferentes. De “Las visiones del caballero Tondal” se conserva un manuscrito iluminado de 1475 que, tras pasar por numerosos propietarios, actualmente se guarda en el Museo Getty de Los Ángeles. Es una versión francesa del célebre texto medieval irlandés y el único manuscrito iluminado que se conserva de esta obra, con un texto redactado por Davis Aubert en Gante y 20 miniaturas realizadas por Simon Marmion en Valenciennes, así como bordes con orlas decoradas con las iniciales “CM”, que aluden a Carlos el Temerario y su esposa Margarita de York, duquesa de Borgoña, que fue la que encargó el manuscrito.

     Por otra parte, podríamos deducir que la pintura del Museo Lázaro Galdiano se inspira en la edición de “La Visión de Tondal” que fue impresa en 1484 en Hertogenbosch, ciudad natal del Bosco, cuya fabulación del viaje iniciático se convertiría en una obra de referencia para la composición del paisaje diabólico. Sería, por tanto, una obra idónea para la imaginación de este pintor, que en clave surrealista traduce libremente la historia en sugestivas imágenes oníricas y simbólicas, creando un impactante repertorio moralizante que se caracteriza por la peculiar forma de componer los espacios a partir de microescenas interrelacionadas entre sí, en este caso centradas en los castigos infligidos a quienes practican los siete pecados capitales, un tema recurrente en El Bosco, pero que al espectador de nuestros días le puede resultar difícil descifrar los significados en su totalidad.

 

Interpretación iconográfica de “La Visión de Tondal”    

Siguiendo la pormenorizada interpretación de la pintura realizada por Amparo López Redondo, conservadora del Museo Lázaro Galdiano, intentaremos comprender, en la medida de lo posible, el significado del conjunto de alucinantes imágenes que inevitablemente rememoran los esfuerzos cognitivos que exige “El Jardín de la Delicias” del Museo del Prado, donde El Bosco igualmente encontró referencias en la versión impresa de La Visión de Tondal.

     En líneas generales, en el cuadro se establecen dos representaciones antagónicas que son expresiones de los Novísimos: en la izquierda el Cielo y en la derecha el Infierno. Si en la narración escrita prevalece la idea de la redención por arrepentimiento, esta también se convertirá en el centro de esta pintura.

Ocupa el centro de la composición, formando parte del paisaje, una gran cabeza humana que toma el aspecto de una montaña. De esta manera, y siguiendo la idea renacentista, el hombre se sitúa en el centro del universo, tanto paisajístico como moral, ejerciendo al tiempo como elemento que ordena el significado general de la pintura. A sus cuencas vacías, a modo de óculos que permiten contemplar un fondo de lagos tenebrosos, y en la formación que simula la oreja se asoman ratas negras, símbolo medieval de la lujuria y transmisoras de la peste, que aquí vienen a significar que las tentaciones penetran a través de los sentidos y el sentimiento de culpa del hombre por el pecado. Sobre la frente de la cabeza y sujeto por los árboles que surgen de las orejas se extiende un gran paño blanco que recuerda un paño de altar o el sudario de Cristo.

     En la parte superior de la cabeza-montaña reposa Eva en actitud perezosa y con la serpiente enroscándose a su cuerpo, mientras se acomoda sobre un cojín que le ofrece un mono, símbolo de la inconstancia, la mentira y la diabólica soberbia, mientras rechaza los consejos que le proporciona una lechuza, símbolo de sabiduría, que la fustiga con un haz de ramas, expresando su incomprensión un pez que colocado en el centro abre la boca con sus manos.

Desde la nariz del rostro humano cae un buen número de monedas de oro que aluden al pecado de la avaricia. Estas se vierten sobre una cuba de vino en la que, a modo de baño, retozan monjas y frailes desnudos —identificables por la tonsura— simbolizando la lujuria, así como un ballestero con su arma y una presencia cadavérica vestida con hábito que recuerda las representaciones de las danzas macabras y sugieren a los vivos su condición mortal y su vulnerabilidad ante el pecado.


     Otras alusiones a los pecados capitales las encarnan los personajes situados en el interior de una enorme toca colocada a la derecha de la cuba, recorrida por un cortejo de ranas, elemento muy común en la iconografía de El Bosco. En su interior, alrededor de una mesa caótica, se escenifican los pecados de la gula —estimulada por un demonio con nimbo— y de la ira, con cuerpos atravesados por espadas y decapitados por soldados de aspecto diabólico.

Sobre la gran toca, en el ángulo superior derecho del cuadro, se superpone una estancia con dosel en la que se encuentra un personaje dentro de una cama con ruedas al que asedian extraños e infernales reptiles, mientras a los pies un personaje de aspecto cadavérico descorre una cortina mostrándole una visión del Infierno. La escena se interpreta como un símbolo del pecado de la pereza y recuerda en cierto modo a La muerte del avaro de El Bosco, pintura que se encuentra en la Galería Nacional de Arte de Washington. Completando la escena, a su lado y visible al fondo, se contempla una impactante visión infernal de una ciudad con una torre en llamas a la que llegan personajes desesperados a través de lo que parece un mar de fuego, mientras otros sufren en las alturas distintos castigos.

     En la parte izquierda de la tabla se encuentra el contrapunto a las escenas infernales. Por detrás del caballero Tondal y dentro de una pequeña gruta aparecen las figuras de Adán y Eva con sus cuerpos apresados por la serpiente —ellos mismos aparecen en posición reptante— y expulsados del Paraíso, mientras son acosados por extraños monstruos demoniacos, pues ellos simbolizan el pecado de envidia que los llevó a comer del árbol de la sabiduría.

Más arriba, una joven mujer desnuda y con gesto melancólico, sentada sobre un manto natural de lúpulo, rechaza las insinuaciones de una anciana con máscara mortuoria que sujeta un espejo, símbolo de la vanidad o la soberbia, siguiendo una imagen muy repetida en las danzas macabras. Al fondo, se divisa una visión del Edén rodeado de un luminoso lago de delicias en el que disfrutan las almas. Entre dos rocas y atravesada por las ramas de un árbol el espacio está presidido por una insólita esfera humeante en cuyo interior un hombre atiza el fuego, a modo de Prometeo, portador del fuego de los dioses. Le acompaña una figura femenina, tal vez Pandora, haciendo una referencia clásica al mensaje cristiano que está implícito en la pintura, pues estos elementos que se han interpretado como una alusión a Cristo como nuevo Prometeo, cuyo discurso de redención viene reforzado por la presencia de un caracol en una de las ramas.

     Finalmente, la alusión a las postrimerías viene determinada por un hombre desnudo situado en el centro de la parte inferior. Este aparece en primer término sentado sobre un dado cuya cara señala el número tres que determina su propia fortuna, mientras por detrás un extraño monstruo cubierto por una toca le castiga con una lanza con forma de berbiquí y en el lado opuesto otro con aspecto de roedor y con un puñal a la cintura hace sonar una trompeta de sones apocalípticos. En el ángulo inferior derecho completa la libertina composición un cráneo animal apoyado sobre una cimitarra y un hombre que cabalga sobre una extraña ave de gran tamaño y que está acompañado de un demonio con alas de fuego. Este personaje pone el contrapunto a la figura de Tondal, colocado en el ángulo opuesto del cuadro, refiriéndose a su viaje iniciático por el más allá y a todas las visiones que más o menos han quedado descritas. 

Por último, reseñar que los significados de las obras flamencas, más aún las de El Bosco, son difíciles de desentrañar en nuestro tiempo como ejemplo de la familiaridad con lo sobrenatural que se ha perdido, aunque son indispensables en el intento de conocer las ideas de la sociedad de su tiempo, sus miedos, sus creencias y la invención y recreación de sus mitos. 

De esta composición con el relato de las visiones de Tondal existen tres versiones. Junto a esta conservada en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid y de una forma muy semejante aparece la versión que Tolnay incluyó en 1937 en el catálogo monográfico de El Bosco como “Visio Tondaly” y que se conserva en la colección de Nicolaas Beets de Ámsterdam, donde el caballero Tondal, al contrario que en la tabla del museo madrileño, presentado como un noble o burgués, aparece caracterizado como un príncipe, con armiño e indumentaria real. El mismo Tolnay relaciona esta segunda versión con el artífice del Juicio Final de Brujas, una de las obras más significativas de El Bosco.

     Otra versión, titulada The Vision of Tundale, se encuentra en el Denver Art Museum de la ciudad homónima estadounidense. Su tratamiento es mucho más ingenuo que en la pintura del Museo Lázaro Galdiano, sugiriendo ser realizada por un pintor que copia un original preexistente.   

 

 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 







Páginas del manuscrito de "Las visiones del caballero Tondal", 1475
Texto: Davis Aubert / Miniaturas: Simon Marmion
Museo Getty, Los Ángeles








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