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1 de noviembre de 2025

Theatrum: BAUTISMO DE CRISTO, exaltación trentina de un sacramento






BAUTISMO DE CRISTO

Anónimo romanista, seguidor de Esteban Jordán (León, h. 1530 – Valladolid, 1598)  

Hacia 1590

Madera policromada, Cristo 140 cm y San Juan Bautista 163 cm de altura

Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, Valladolid

Escultura renacentista. Corriente romanista

 

 






     Este grupo escultórico procede de la desaparecida iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, parroquia que en 1861 ocupó el templo del convento del mismo nombre que perteneciera a la orden de los mínimos de San Francisco de Paula en el margen derecho del Pisuerga. El año 1964 dicho templo fue derribado y sustituido por una iglesia moderna en el barrio de la Victoria de Valladolid, a la que fueron trasladadas algunas obras artísticas, entre ellas la fachada principal, obra pétrea atribuida al arquitecto Matías Machuca y acabada en 1730, así como el retablo mayor, realizado en 1594 por Esteban Jordán y colocado en 1863 tras ser trasladado desde la primitiva iglesia de San Ildefonso1. Otras obras reaprovechadas fueron la notable escultura de un Cristo crucificado del siglo XVI, una pintura de la Unidad en la Trinidad del siglo XVII, atribuida a Blas de Cervera y procedente del antiguo convento de Agustinas Recoletas, un crucifijo de marfil, obra filipina del siglo XVIII, diversas piezas de orfebrería y este grupo escultórico del Bautismo de Cristo que actualmente está instalado en el baptisterio de la nueva iglesia.

     El grupo, prácticamente de tamaño natural y concebido en origen para presidir un retablo como medio de exaltación del sacramento del bautismo respondiendo a los postulados trentinos, según se deduce de la carencia de talla en el dorso, está compuesto por las figuras de Cristo y San Juan Bautista, que aparecen colocadas frente a frente siguiendo la iconografía tradicional, ignorándose si iba acompañado de un tablero de fondo con elementos paisajísticos pintados, como el río Jordán entre las dos rocas que aparecen como base de las figuras. Actualmente se presenta exento, reducido a los dos personajes enfrentados durante la celebración del bautismo.

Cristo aparece en plena desnudez y con el paño de pureza sujeto a la cintura por una correa. En actitud de rodillas sobre una roca, cruza sus brazos a la altura del pecho mientras inclina suavemente su cabeza al frente en un gesto de entrega y sumisión. Su cabeza presenta una larga melena simétrica, dirigida hacia atrás y con rizos poco profundos que deja visible parte de las orejas, así como una barba algo más elaborada. Su nariz es afilada y, de acorde a la época de su ejecución, los ojos están pintados, sin el uso de postizos.

     San Juan Bautista apoya su pierna derecha flexionada sobre otra roca sobre la que mantiene un forzado equilibrio, lo que unido a su brazo derecho levantado para derramar el agua sobre la cabeza de Cristo (la concha habitual, tallada independientemente, ha desaparecido) proporciona un efectista dinamismo a la composición. Cubre su cuerpo con una rudimentaria túnica de piel de camello, con aberturas laterales, y un manto que le cubre la espalda y el brazo izquierdo. Su cabeza repite las mismas características que la de Cristo —se podría decir que son idénticas—, siguiendo rasgos arquetípicos propios de los escultores manieristas, en este caso adoleciendo de cierta inexpresividad.

Hay que destacar que la posición de San Juan Bautista se ajusta con fidelidad a una de las ilustraciones (Tabula V, Libri II) del libro publicado en Roma en 1556 por el médico y anatomista Juan Valverde de Amusco (Amusco, Palencia, 1525 – Roma, 1587) bajo el título de Historia de la composición del cuerpo humano, obra que contó con la participación ilustradora, entre otros, de Gaspar Becerra, constituyendo un contundente ejemplo de interrelación entre los campos de la ciencia y el arte en tiempos del Renacimiento europeo.

     En el Bautismo de Cristo ambas figuras presentan la ampulosidad y monumentalidad características del manierismo romanista que dominó en la escultura castellana durante el último tercio del siglo XVI, sobre todo después de los modelos de Gaspar Becerra, en esta ocasión con un canon alargado que no es frecuente en la corriente romanista, aunque el propio Gaspar Becerra, maestro de Esteban Jordán, no dejara de utilizarlo, por motivos funcionales, en algunas esculturas del retablo mayor de la catedral de Astorga (1558-1584), como es el caso de la figura de Santo Tomás.

El plegado de la indumentaria no presenta la ampulosidad que suele utilizar Esteban Jordán desde sus inicios, con vestiduras abultadas que resaltan el volumen de las figuras. En este caso los pliegues son bastante planos y con perfiles muy finos. Por todos estos matices, el grupo del Bautismo de Cristo podría atribuirse a algunos de los colaboradores del amplio grupo que trabajó en el taller de Esteban Jordán en Valladolid para atender la gran demanda de imágenes, en todo tipo de materiales, desde distintas poblaciones del territorio castellano.

     Bajo los auspicios de la Contrarreforma, la iconografía del Bautismo de Cristo se intensificó desde las últimas décadas del siglo XVI, con importantes obras pictóricas de, entre otros, Navarrete el Mudo, Annibale Carracci, Tintoretto, El Greco, etc., adquiriendo un gran desarrollo en tiempos del barroco, con autores como Guido Reni, Alessandro Turchi, Willen van Herp, Juan de Pareja, José de Ribera, Murillo, etc., alcanzando incluso el siglo XVIII.

Asimismo, durante el barroco el tema también fue abordado por grandes maestros escultores, como es el caso de Gregorio Fernández en Castilla, autor en 1624 del Bautismo de Cristo encargado para la iglesia del Carmen Descalzo de Valladolid, actualmente en el Museo Nacional de Escultura. Otro tanto ocurrió en la escuela andaluza, como el altorrelieve realizado por Juan Martínez Montañés entre 1610 y 1620 para el retablo de San Juan Bautista de la iglesia de la Anunciación de Sevilla, o el que realizara el mismo escultor en 1624 para el monasterio sevillano de San Leandro. Notable es igualmente el relieve realizado por Felipe de Ribas en 1637 para el retablo de San Juan Bautista del Monasterio de Santa Paula de Sevilla. Fuera de España destaca el grupo marmóreo realizado por Francesco Mochi en 1654 y colocado en la iglesia romana de San Giovanni dei Fiorentini, así como el grupo del Bautismo de Cristo realizado en mármol entre 1700 y 1703 por Giuseppe Mazzuoli y que preside el altar mayor de la concatedral de San Juan de La Valeta (Malta).

El grupo vallisoletano fue restaurado en 2016 por la Fundación Las Edades del Hombre para ser presentado en la exposición Aqva celebrada en Toro (Zamora)1.

 

 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 

 


Notas


1 PARRADO DEL OLMO, Jesús María: Bautismo de Cristo. Exposición Aqva, Fundación Las Edades de Hombre, Toro (Zamora), 2016, p. 224.

 







Juan Valverde de Amusco
"Historia de la composición del cuerpo humano", 1560
Diseño de Gaspar Becerra cuya posición corporal
repite la figura de San Juan Bautista
Museo del Santo Ángel, Sevilla

































GREGORIO FERNÁNDEZ
Bautismo de Cristo, 1624
Museo Nacional de Escultura, Valladolid














JUAN MARTÍNEZ MONTAÑÉS
Bautismo de Cristo
Retablo de San Juan Bautista, 1610-1620
Iglesia de la Anunciación, Sevilla















JUAN MARTÍNEZ MONTAÑÉS
Bautismo de Cristo, 1622
Monasterio de San Leandro, Sevilla
(Foto Daniel Salvador)
















FELIPÈ DE RIBAS
Bautismo de Cristo, 1637
Retablo de San Juan Bautista
Monasterio de Santa Paula, Sevilla















FRANCESCO MOCHI
Bautismo de Cristo, 1654
Iglesia de San Giovanni dei Fiorentini, Roma














GIUSEPPE MAZZOLI
Bautismo de Cristo, 1700-1703
Concatedral de San Juan, La Valeta (Malta)












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1 de agosto de 2025

Theatrum: FAUNO DANZANTE, un ser mitológico para una ceremonia dionisiaca


 





FAUNO DANZANTE

Scognamiglio, P. (escultor napolitano)

1882

Bronce, 78,50 x 30,50 x 29 cm

Museo Nacional de Escultura. Casa del Sol, Reproducciones Artísticas, Valladolid

Original: escultura romana del siglo II a. C. encontrada en la Casa del Fauno de Pompeya / Copia: escultura contemporánea

 

 





     El retorno de lo antiguo ha sido una constante que ha perdurado a lo largo de los siglos con fuerza e imaginación, recibiendo nuevas interpretaciones y significados en función de los cambios de gusto, de sensibilidades y la búsqueda de nuevas miradas, siendo el valor más destacado del legado antiguo su ideal de belleza. Este hecho era algo más que una elección formal, pues suponía una visión del mundo marcada por un orden y una armonía que se extendía a todo el universo. Los griegos no concebían la idea de un mundo caótico, por lo que encontraron en el desnudo la esencia de la forma ideal. Si primero la imagen del mundo quedaba expresada en Apolo, Ares o Venus, tiempo después este imaginario lo haría en Adán, David o Cristo. El ciclo plástico griego había estado dominado por la representación de dioses, semidioses y atletas que encarnaban el ideal de belleza y armonía.

Este ideal clásico, como modelo digno de imitación en la búsqueda de la belleza perfecta, se fue consolidando desde el Renacimiento hasta el siglo XIX. Los artistas se formaban copiando obras maestras de la Antigüedad en las Academias, que mantenían una inflexible exigencia sobre el gusto y el estilo de belleza, en ocasiones de forma monótona y desvitalizada. En el retorno a los fecundos modelos clásicos, se fue abriendo camino otro referente antiguo que fue muy bien acogido por la sensibilidad contemporánea, como fueron los temas referentes a Dionisos y las ceremonias dionisiacas. 

     Dionisos es un dios marginal, errante y extranjero, protector de la vendimia —es el señor del vino— y la fertilidad, de la locura y los excesos humanos (hybris). Es también el señor del vino, emblema del teatro y de los misterios. Representa la naturaleza animal del hombre en sus ritos, con un séquito (thiasos) en cuyos cortejos, liberados de toda norma vigente, participaban las Ménades (mujeres enajenadas sometidas a una frenética danza) y seres mitológicos semianimales, como silenos, centauros o sátiros, que embriagados por el dios (enthousiasmos), se entregan a una danza desenfrenada, una locura violenta que les dota de una libertad y una pérdida de control de fuerza invulnerable. El culto griego a Dionisos tuvo influencia en las ceremonias de los dioses del Imperio Romano, donde gustaban mucho las festividades caracterizadas por el desenfreno y la ausencia de normas represivas, donde el vino y los placeres de la vida eran el mayor foco de atracción. Según Nietzsche, frente a la serenidad apolínea, Dionisos se convierte en el símbolo de una moral y una estética inconformista, encarnando una relación con la vida basada en el placer del instante, la libertad frente a las convenciones y la experiencia del caos.

     En el acompañamiento de Dionisos, una figura principal es el fauno (versión romana del sátiro griego). En la mitología romana, los faunos son deidades descendientes de Fauno, protector de los bosques, los campos y el ganado. Su representación en el ámbito doméstico era frecuente por simbolizar la fertilidad y poseer dones proféticos.  Con el tiempo, Fauno pasó a ser identificado con el dios griego Pan y los faunos con los sátiros griegos seguidores de Dionisos (Baco en la mitología romana). Los faunos acostumbraban a danzar ebrios y extasiados por los bosques, siendo representados en su origen como seres demoniacos mitad humanos y mitad machos cabríos, aunque paulatinamente fueron perdiendo sus características animalescas para presentar una fisionomía más humana, con solo dos cuernos sobresaliendo de sus rizadas cabelleras y generalmente asociados a la danza o la música. 

En el año 1830 fue descubierta en el impluvium del atrio de una casa pompeyana, una de las más lujosas de la ciudad, la escultura de un fauno de bronce que daría nombre a la construcción: Casa del Fauno. Esta escultura, cuya valoración se mantuvo intacta con el tiempo, ha llegado a considerarse como uno de los máximos exponentes de la capacidad creativa de la Antigüedad. El original pompeyano, se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, que según la teoría de Robertson, se considera copia del siglo II a. C. de un posible original helenístico atribuido al círculo de alumnos de Lisipo.

      La escultura representa a un fauno realizando una danza compleja y giratoria. Es una figura masculina que aparece desnuda y que sugiere estar a punto de comenzar a danzar por su equilibrio de puntillas, apenas sujeto por los dedos de los pies sobre una peana cuadrangular, lo que le proporciona una sensación ingrávida que es reforzada por la colocación de la cabeza y los brazos levantados —el izquierdo prácticamente en vertical—, una postura que con la alegre expresión transmiten una sensación de libertad y vitalidad que siempre ha fascinado. Con una anatomía humana bellamente descrita —barbado y con una sonrisa maliciosa—, la aparición de una cola larga y suelta en la espalda, de unos cuernos de cabra sobre la frente y el estar coronado con hojas de roble, hace que se le identifique con un mitológico fauno que participa de la fiesta central del culto dionisiaco, un símbolo de fertilidad y abundancia en la cultura grecorromana. En su base aparece la inscripción “P.C.L. (Pondo Centum Quinquginta)”.

Tan sugestiva escultura presenta un discreto tamaño que ha favorecido la producción de numerosas copias destinadas a casas y palacetes privados con la idea de que, colocadas en pequeños jardines, atraen la fecundidad para hombres y animales. 

En el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, en la sección de Reproducciones Artísticas, se conserva una de las copias del original que se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, institución donde en 1882 el escultor napolitano Scognamiglio realizó una copia en bronce que, por los medios admitidos en su época, supone una copia lo más fidedigna del original, muestra del gusto de la plástica helenística por la representación de los estados de ánimo y de la psyché, del alma en general, que presenta la obra pompeyana.

Scognamiglio. Copia del Fauno danzante expuesto en el
Museo de Reproducciones Artísticas de la Casa del Sol
Museo Nacional de Escultura, Valladolid 

     El vaciado en bronce del Fauno danzante ingresó en 1884 en el Museo Nacional de Reproducciones Artísticas de Madrid, creado en 1877 con fines didácticos, por el entonces presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo, teniendo su sede en el Casón del Buen Retiro, que cerró sus puertas en 1961. El Fauno danzante figuró entre los fondos que pasaron al Museo Nacional de Escultura de Valladolid, que desde 2012 expone obras muy representativas en la Casa del Sol, extensión del Museo dedicada en exclusiva a las reproducciones artísticas. 

 

 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 

 



Scognamiglio. Copia del Fauno danzante expuesto en el
Museo de Reproducciones Artísticas de la Casa del Sol
Museo Nacional de Escultura, Valladolid 

Bibliografía

BOLAÑOS ATIENZA, María: "Fauno danzante". Casa del Sol. Museo Nacional de Escultura. Madrid, 2013, pp. 104-105.

BOLAÑOS ATIENZA, María: Bellezas prestadas: La colección nacional de reproducciones artísticas. Culture & History Digital Journal, Diciembre, 2013.

GONZÁLEZ DÍEZ, Pedro. "Fauno danzante". Museo Nacional de Escultura: colección. 2015. pp. 302-303.






Fauno danzante, bronce, s. II a. C.
Original de la Casa del Fauno de Pompeya
Museo Arqueológico de Nápoles
























Aspecto de la Casa del Fauno de Pompeya
















José Trilles y Badenes. Danza báquica, 1892
Copia en escayola del original romano, 40 a. C.
Museo de Reproducciones Artísticas de la Casa del Sol
Museo Nacional de Escultura, Valladolid











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1 de junio de 2025

Theatrum: CAJITAS ZOOMORFAS, piezas singulares de la cultura vaccea




CAJITAS ZOOMORFAS

Anónimos coroplastas de la cultura vaccea

Entre el siglo IV y la mitad del siglo I a. C.

Barro cocido

Procedentes del poblado vacceo del Soto de Medinilla, Valladolid. Museo de Valladolid

Cerámica de los celtas vacceos, Segunda Edad del Hierro

 

 



     En primer lugar, recordaremos que los vacceos fueron un pueblo englobado en el grupo de celtas peninsulares que, procedentes de tierras centroeuropeas, desde la primera mitad del siglo VI a. C. se asentaron en la cuenca media del Duero, desde Burgos hasta Zamora y Salamanca, incluyendo toda la provincia de Valladolid y parte de las circundantes. En torno a la región Vaccea estaban asentados otros pueblos, como los cántabros y turmogos al Norte, los celtíberos arévacos al Sudeste, los vettones al Sudoeste y los astures al Oeste.

Organizados en grandes núcleos de población, muy separados entre sí, sus ciudades eran entidades políticas con plena soberanía que estaban situadas junto a los grandes cauces fluviales del Pisuerga y el Duero, siendo sus principales actividades la agricultura —de tipo colectivista— y la ganadería trashumante. Está demostrado que las ciudades vacceas participaban plenamente de la cultura celtibérica de la Segunda Edad del Hierro, con artesanos que producían cerámicas, adornos, herramientas y armas. Asimismo, está probada la existencia de una vía terrestre para el comercio del estaño entre la civilización vaccea y la civilización de Tartessos en la época de apogeo de esta última, vía que puso en contacto a los pueblos de interior con los más evolucionados del sur de España y que posteriormente sería utilizada por la Antigua Roma, conocida como la Vía de la Plata.  

Recreación del poblado vacceo del Soto de Medinilla
Ilustración de José Ramón Almeida

     El pueblo prerromano de los vacceos, que el historiador romano Apiano consideraba “otra estirpe de los celtíberos”, fue objeto de reiterados ataques por el ejército romano hasta su sometimiento definitivo en las campañas realizadas entre los años 73 y 56 a. C., dirigidas por Pompeyo y Quinto Cecilio Metelo Pío, tras lo cual pasaron a formar parte de la Hispania Citerior. 

Uno de los asentamientos vacceos de la Edad del Hierro se encuentra localizado en “El Soto de Medinilla”, un yacimiento descubierto en los años 30 del siglo XX y situado en uno de los meandros del río Pisuerga a su paso por la ciudad de Valladolid (a unos 3 km al norte de la ciudad). Este es uno de los más importantes y mejor conocidos asentamientos de esta época en la península ibérica, con un intenso poblamiento que se prolongó a lo largo de seis o siete siglos, entre el 800 y el siglo II a. C., lo que ha permitido sistematizar la primera Edad del Hierro en el centro de la cuenca del Duero. Tanto en el Soto de Medinilla como en el resto de los poblados se han identificado viviendas de planta circular, construidas con adobes, y estructuras rectangulares que debieron tener la función de graneros o almacenes. 

Restos del poblado vacceo del Soto de Medinilla. Sondeo 1989-1990 

     En las excavaciones del Soto de Medinilla, a orillas del río Pisuerga, aparecieron distintos tipos de cerámica doméstica que se han datado entre los años 200 y 50 a. C., es decir, en la plenitud de la Segunda Edad del Hierro. En su conjunto presentan una vinculación con la cerámica de tipo celtibérico, aunque adaptadas a los gustos y tradiciones locales, destacando el predominio de pequeñas copas y botellas, así como un tipo de decoración geométrico, por lo general en tonos marrones y negros. Significativas piezas de este tipo, procedentes del Soto de Medinilla, se exponen en el Museo de Valladolid.

Pero hay que destacar un singular tipo de piezas cerámicas elaboradas por los celtas vacceos en la Segunda Edad del Hierro. Son un tipo de “cajitas” de pequeño tamaño que tienen una forma prismática rectangular, con una oquedad en forma de recipiente en la parte superior, las superficies de las paredes decoradas con motivos geométricos, cuatro pequeñas patas en las esquinas de la base y un asa vertical en uno de los lados menores con forma de un cuarto de círculo y que en ocasiones presenta detalles —como pequeñas protuberancias que sugieren orejas— que dotan al objeto del aspecto abstracto de una representación animal, pudiéndose reconocer a veces con facilidad el aspecto formal de un carnero, un bóvido o un caballo.

Cajita zoomorfa vaccea con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid

     Estas cajitas zoomorfas fueron comunes en los asentamientos vacceos de la Meseta Norte —ver la ilustración de las variantes tipológicas encontradas en el yacimiento de Pintia (donde se hallaron más de un centenar y medio de piezas), en los términos vallisoletanos de Padilla y Pesquera de Duero—, aunque en este caso fijamos nuestra atención en una serie de ellas que fueron encontradas en el yacimiento vallisoletano del Soto de Medinilla junto a otro tipo de piezas, como recipientes o curiosos sonajeros. Este tipo de piezas, tan representativas de la producción cerámica vaccea, conocieron su momento álgido en el periodo de plenitud de la cultura vaccea, esto es, durante los siglos III y II a. C., comenzando a cambiar sus características o llegando a desaparecer a partir del siglo I a. C., coincidiendo con las guerras Sertorianas.

Uno de los rasgos peculiares de las cajitas zoomorfas es la abigarrada decoración del exterior realizada con gran variedad de técnicas, destacando entre ellas el uso de la excisión o talla a bisel, relacionada con la técnica aplicada a la artesanía de la madera. Con ella se componen motivos triangulares que combinados toman la forma de estrellas de dos, cuatro u ocho puntas, así como trazados en zigzag. En la definición de su tipología son importantes tres criterios: estructura, decoración y habilidad técnica. En cuanto al aspecto morfológico puede ser muy variado, pudiendo establecerse una tipología considerando si la cajita presenta patas o no, si tiene asas y el tipo de las mismas, el tipo de decoración aplicada o si no presentan ningún tipo de decoración, etc.      

Cajita zoomorfa vaccea con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid
La técnica excisa

Esta técnica decorativa fue desarrollada desde la Prehistoria y aplicada en el arte popular tradicional de distintos pueblos del mundo, especialmente en la talla de objetos de madera realizados por las gentes dedicadas a la ganadería. Para ello, con el empleo de utensilios cortantes, como cuchillos, navajas o gubias se realizaba el corte a bisel y se extraía el material sobrante. La carencia de muestras en madera de esta época se explica por su condición de material orgánico, de fácil descomposición, mientras la cerámica o la piedra son materiales mucho más duraderos.

Para la elaboración de la decoración excisa o a bisel, el punto de partida era la utilización en la elaboración de la pieza de una masa arcillosa muy decantada, que cuando se encontraba en estado semiseco, pero maleable —a modo de cuero—, se cortaba con un objeto cortante con una inclinación de 45º y limpieza de corte. De este modo eran delineados motivos geométricos fundamentalmente rectilíneos (de forma muy excepcional curvilíneos), adoptando como formas más habituales los triángulos —llamados “dientes de lobo” si son muy agudos—, formas romboidales, cuadrados o trazos en zigzag, en la mayoría de ocasiones combinados. En otras ocasiones la decoración de limita a sencillas incisiones en forma de cuña que, de forma aleatoria, ocupan toda la superficie.

Cajita zoomorfa vaccea con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid

     La aplicación de la excisión en la decoración cobra una especial relevancia en las cajitas zoomorfas, en las que es posible que esta técnica no sólo se aplicara con una función estética, sino también protectora, con lo que los vacceos dotarían a estos objetos de una capacidad mágica o sobrenatural. Esta teoría se basa en que los diseños geométricos poseen su propio valor simbólico en cada cultura, con un significado particular en aquellas creencias o religiones que no permitían la representación de deidades en forma humana o de cualquier ser vivo. De esta forma, el uso de motivos geométricos se convertiría en el medio para manifestar algún tipo de mensaje, en el caso de las cajitas zoomorfas codificando, mediante un lenguaje visual, unos conceptos aceptados por el conjunto de la sociedad vaccea. 

La funcionalidad de las cajitas zoomorfas

A día de hoy y dada la variedad de contextos en que han sido encontradas, tanto en viviendas de los poblados como formando parte de ajuares funerarios, se desconoce la función concreta que tenían estas piezas en la cultura vaccea, apuntándose a lo largo del tiempo distintas teorías. En un principio, dado que por entonces las cajitas habían aparecido en el interior de viviendas del poblado, se sugirió que pudieran tratarse de saleros o especieros, relacionando su forma y su función con objetos utilizados con este fin en la cultura tradicional de los pastores castellanos.

Cajita zoomorfa vaccea con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid

     Esta teoría no es desdeñable, teniendo en cuenta que la sal es un compuesto químico que aporta elementos minerales imprescindibles para el buen funcionamiento de los seres vivos. En un principio se obtenía directamente de la naturaleza, pero a partir del Neolítico, con el cambio de alimentación de las personas y la estabulación de los animales, que no podían encontrar pastos en el entorno de las zonas salinas, obligó a incorporar en las comidas el suplemento necesario para compensar aquel déficit. De este modo la sal se convertirá en un producto de primera necesidad, no sólo por su valor fisiológico, sino también por su uso como condimento, para la conservación de los alimentos, en trabajos de esquileo, curtido de pieles, doma, forja del hierro o en medicina. 

     La sal, como elemento íntimamente ligado a la vida cotidiana, también formó parte de la actividad económica al menos desde el Bronce Final y la Edad del Hierro, apareciendo explotaciones saliníferas y el consecuente comercio de lo que llegó a ser denominado “oro blanco”, controlado por las élites de la sociedad.

Debido a tan amplia aplicación funcional y por sus propiedades, la sal accedió al mundo espiritual como elemento purificador con valores simbólicos propios, como la estabilidad y permanencia identificadas con la inmortalidad o la eternidad, lo que puede explicar su habitual presencia en los rituales funerarios. En definitiva, que debido a la presencia de la sal en la vida cotidiana, es fácil de entender que el salero tuviera un tratamiento singular en su elaboración, tanto por el material utilizado como por su diseño o decoración. 

Cajita zoomorfa vaccea con decoración de incisiones
en forma de cuña
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid

     Al publicarse en 1970 los ejemplares de cajitas zoomorfas encontrados formando parte de ajuares funerarios procedentes de Cuellar, Palenzuela o Padilla de Duero, empezaron ser consideradas cajas de ofrendas, opinión que se mantuvo en los años 80 del siglo XX. Por esos años también comenzaron a interpretarse como pebeteros donde se quemaría incienso, cáñamo, perfumes u otros productos aromáticos, equiparando su función a la de algunos recipientes de Oriente Próximo, aunque en su gran mayoría no existen evidencias de fuego en su interior. Otras teorías las consideran lámparas, lucernas e incluso medidas de capacidad, aunque por la multiplicidad de contextos en que aparecen no está claro que tuvieran una única función. 

 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 


Cajita zoomorfa vaccea con decoración de incisiones
en forma de cuña
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid
Bibliografía 

ALFAYÉ VILLA, Silvia: Iconografía Vaccea: Una aproximación a las imágenes del territorio vacceo. En ROMERO CARNICERO, Fernando y SANZ MÍNGUEZ, Carlos: De la Región Vaccea a la Arqueología Vaccea, Vaccea monografías 4, Valladolid, 2010. 

DELIBES DE CASTRO, G., ROMERO CARNICERO, F. y RAMÍREZ RAMÍREZ, M. L.: “El poblado ‘céltico’ de El Soto de Medinilla (Valladolid). Sondeo estratigráfico de 1989-90”. En G. Delibes de Castro, F. Romero Carnicero y A. Morales Muñiz (eds.), Arqueología y medio ambiente. El primer milenio a. C. en el Duero Medio. Valladolid: Junta de Castilla y León, 1995, pp. 149-177. 

PALOL, P. DE y WATTENBERG, F.: Carta Arqueológica de España. Valladolid. Valladolid: Diputación Provincial de Valladolid, 1974. 

ROMERO CARNICERO, Fernando: De “El Soto de Medinilla” a la Cultura del Soto. En Conocer Valladolid, IX Curso de patrimonio cultural 2015-2016, pp. 13-38. 

ROMERO CARNICERO, Fernando y RAMÍREZ RAMÍREZ, M. L.: “Sobre el ‘celtismo’ de la ‘cultura’ del Soto”. Universidad de Valladolid, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, LXVII, 2001, pp. 40-80. 

Cajitas zoomorfas vacceas con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid
SANZ MÍNGUEZ, C.: Los Vacceos: cultura y ritos funerarios de un pueblo prerromano del valle medio del Duero. La necrópolis de Las Ruedas. Padilla de Duero (Valladolid). Valladolid: Junta de Castilla y León y Ayuntamiento de Peñafiel. Arqueología en Castilla y León, Memorias 6, 1997. 

SANZ MÍNGUEZ, Carlos, CARRASCAL ARRANZ, Juan Manuel Y RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ, Elvira: Cerámica. Objetos singulares, I. Cajitas vacceas. Anuario Vaccea, núm. 10, Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg, Universidad de Valladolid, 2017. 

WATTENBERG, Federico: La región vaccea. Celtiberismo y romanización en la cuenca media del Duero. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Diputación Provincial de Valladolid. Bibliotheca Praehistorica Hispana II, 1959.

 



Cajita zoomorfa vaccea con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid










Cajita zoomorfa vaccea con decoración excisa
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid










Ajuares vacceos
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid










Cajita zoomorfa vaccea sin decoración
El Soto de Medinilla. Museo de Valladolid










YACIMIENTO VACCEO DE PINTIA (Padilla de Duero, Valladolid)
Tipología de cajitas zoomorfas vacceas. Ilustración tomada de Vaccea 10, Universidad de Valladolid





















Cerámica doméstica de tipo celtibérico: Embudo, orza, copa y jarra, siglo III - I a. C.
Necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero) y yacimiento vacceo del Soto de Medinilla (Valladolid)
Museo de Valladolid





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