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1 de abril de 2026

Visita virtual: LACTANCIA DE SAN BERNARDO, representación de una leyenda devocional


 





LACTANCIA DE SAN BERNARDO

Gregorio Fernández (Sarria, Lugo, 1576 - Valladolid 1636)

Hacia 1615

Madera policromada

Iglesia de la Asunción. Monasterio de Santa María de Valbuena, San Bernardo (Valladolid)

Escultura barroca. Escuela castellana

 

 






     La leyenda de que San Bernardo, debido a su devoción mariana, recibió un chorro de leche directamente del pecho de la Virgen, se incorporó de forma tardía a la hagiografía del santo, ya que no aparece en ninguna de sus biografías antiguas. La biografía recogida en la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, escrita hacia 1264, como algunas otras se basa en la Vita Prima, una hagiografía escrita por tres monjes contemporáneos al santo que le conocieron personalmente y dieron testimonio directo de sus experiencias junto a él. Estos elaboraron un relato hagiográfico de corte histórico, coherente con los hechos biográficos de San Bernardo que describen otras fuentes contemporáneas o posteriores a la muerte del abad fundador de la abadía de Claraval. Sin embargo, no son tan coherentes algunas variantes hagiográficas posteriores, que aportan la invención de temas y toda clase de milagros que, tenidos por ciertos, dieron lugar a determinadas iconografías de dudosa autenticidad histórica o directamente carentes de historicidad.


En el campo artístico, la intención principal de las representaciones del santo en la Edades Media y Moderna no solo fue su exaltación como fundador y reformador de monasterios, sino su condición de defensor de la devoción mariana, siendo estas temáticas predominantes en su iconografía. El pensamiento de San Bernardo, en relación al marianismo, ejerció una gran influencia en la Europa de su tiempo, siendo constante la fijación de advocaciones dedicadas a la Virgen en los monasterios cistercienses en sus múltiples maneras.

  

     Muchos especialistas consideran que la exaltada devoción mariana indujo a la aparición de la iconografía de la Lactancia de San Bernardo, un hecho milagroso que no es recogido en ninguna de las biografías antiguas del santo y que se incorporó en la primera mitad del siglo XIII, después de la muerte del santo el 20 de agosto de 1153. Rèau afirma que el tema de la lactancia mística apareció primero hacia 1200, siendo a partir de 1350 cuando aparecieron los primeros relatos que daban soporte escrito al milagro, respondiendo a hagiografías impulsadas por la devoción popular. Efectivamente, el primer documento que lo narra data de la década de 1350 y está conservado en el archivo de Colegiata de Saint Vorles, en Châtillon sur Seine, donde supuestamente había ocurrido el milagro.

En la leyenda escrita, la Lactancia de San Bernardo relata el hecho milagroso como un acontecimiento histórico que habría ocurrido en la iglesia de la Colegiata de Saint Vorles, en Châtillon sur Seine, donde el santo estaba orando ante una imagen de la Virgen de la Leche esculpida en bulto redondo. La iconografía creada para presentar el milagro, presenta a la Virgen, sedente o de pie, dando el pecho al Niño Jesús, simbolizando la nutrición sagrada y la bondad maternal de María hacia toda la humanidad.


     La leyenda se completa con otros datos, como que San Bernardo, que llevaba horas en oración perpetua y la boca se le había secado, pronunció las palabras Monstra te essem matrem (Muéstrate como madre), tomando en ese momento la escultura de la Virgen una animada corporeidad milagrosa, retirando al Niño Jesús del pecho y oprimiéndose el pezón haciendo caer unas gotas de leche para humedecer los labios resecos del santo y permitirle seguir cantando sus alabanzas, expresándole su agradecimiento por sus escritos tan dulces y sentidos sobre ella. La oración que estaba declamando San Bernardo era el Ave María Stella, o lo que es lo mismo, la Salve Estrella del Mar, preceptiva entre los cistercienses y que solía cantarse diariamente en la celebración de las vísperas. Aquella escultura de la Virgen se conservó en la colegiata de Vorles hasta que en tiempos de la Revolución Francesa fue destruida.                   


     Los artistas plásticos, al interpretar el texto para realizar imágenes pictóricas o escultóricas, transformaron lo que eran unas cuantas gotas de leche en un chorro que fluía del pecho de la Virgen a la boca de San Bernardo. Asimismo, se aprovechó el milagro para sugerir —de forma simbólica— que como varias gotas habían caído sobre la túnica, negra hasta ese momento, esta habría sido blanqueada por la acción milagrosa de la leche mariana, explicando así el cambio de color del hábito cisterciense blanco respecto a su predecesor benedictino negro, del que, como signo de unión al tronco del árbol de San Benito, mantuvo el color negro en el escapulario. También imaginaron que en momento de aparecerse la Virgen al santo, se habría producido un rompimiento de gloria, con nubes algodonosas rodeadas de ángeles.

La Lactancia de San Bernardo, aderezada de tantos componentes simbólicos para orden, se convirtió en la iconografía preferida de los repertorios decorativos habituales, no solo en los monasterios cistercienses, sino también en las iglesias, prioratos y ermitas que de ellos dependieron. La escena, desde sus inicios en el siglo XIII hasta nuestros días se ha plasmado en todo tipo de técnicas y materiales, como pintura, escultura, relieves, miniaturas, artes suntuarias, etc., adaptando la escena —siempre fácil de identificar— a los gustos de cada periodo artístico.    

     Durante el Barroco, tiempo en que se generalizó la representación de milagros en el momento en que estos se producían, el tema de Lactancia de San Bernardo fue un tema recurrente en los programas iconográficos cistercienses, mostrándose como un símbolo de la sabiduría celestial o elocuencia dada como alimento. El tema —tanto titulado La Visión de San Bernardo o La Lactancia de San Bernardo— fue expandido tanto por Europa como por España, donde en ocasiones fue encomendado a grandes maestros de la pintura. Sirvan de ejemplos las obras de Juan Correa de Vivar (Visión de San Bernardo, 1540-1545, Museo de Santa Cruz, Toledo), Juan de Roelas (Visión de San Bernardo, 1611, Hospital de San Bernardo, Sevilla), Diego Valentín Díaz (Lactancia de San Bernardo, hacia 1635, Iglesia de San Pablo, procedente del Convento de Santa Catalina, Valladolid), Alonso Cano (San Bernardo y la Virgen, 1645-1652, Museo Nacional del Prado) o Bartolomé Esteban Murillo (Lactancia de San Bernardo, hacia 1665, Museo Nacional del Prado).


     En estas representaciones se repiten una serie de atributos relacionados con la hagiografía de San Bernardo, como son el hábito blanco característico del Císter, el báculo que indica su condición de abad, el libro que alude a su actividad como teólogo y escritor sagrado, la mitra colocada a los pies, recordando que rechazó ser obispo. En algunas ocasiones se incluyen lirios, como referencia a su pureza virginal y a su devoción mariana, y en otras, símbolos de la Pasión, tal vez por su insistencia para rescatar los Santos Lugares o como alegoría de su devoción por la Pasión de Cristo, leyenda que en el campo del arte inspiró una nueva iconografía de San Bernardo que representa cómo, estando el santo en oración, Cristo desclavó los brazos para darle un abrazo y consuelos en su oración.  

 


La Lactancia de San Bernardo de Gregorio Fernández

     Otro tanto ocurrió en el campo de la escultura, como es el caso del altorrelieve que tallara Gregorio Fernández en Valladolid hacia 1615, junto a otro con el tema de la Sagrada Familia, para ser colocados en la nave del evangelio de la iglesia de la Asunción del sobrio monasterio de Santa María de Valbuena, fundado en 1143 en plena Ribera del Duero por Estefanía de Armengol, hija del V conde de Urgel y nieta del conde Pedro Ansúrez, en la actualidad localizado en San Bernardo, pedanía colonial integrada en el municipio de Valbuena de Duero (Valladolid).


Gregorio Fernández, seguramente inspirado en algún grabado, se ajusta a la iconografía tradicional, componiendo el tipo de altorrelieve característico en sus obras, con figuras que se aproximan al bulto redondo y adheridas al tablero plano, recurso que ofrece una mayor corporeidad física. La composición se dispone en una diagonal que asciende desde el ángulo inferior derecho, donde se encuentra el San Bernardo de rodillas sobre una escalinata, hasta el superior izquierdo, donde aparece la Virgen dando el pecho al Niño y entronizada sobre un grupo de nubes entre las que revolotean angelitos. En los espacios que flanquean la diagonal se colocan elementos secundarios que completan la narración, como un libro en la parte inferior que alude a sus escritos y sobre él una mitra con las ínfulas extendidas que recuerda su renuncia a ocupar el cargo de obispo. En la parte superior del lado contrario se coloca una pequeña gloria abierta con tres ángeles músicos que tañen instrumentos y pequeñas cabezas de querubines que aportan un tono festivo al milagro.


     Tanto la Virgen como el Niño siguen los modelos idealizados habituales en Fernández por aquellos años, ambos presentando posturas forzadas de resabios manieristas. La Virgen, con una frente alta y un cuello alargado (para facilitar su visión a cierta altura), exprime su pecho izquierdo interrumpiendo el momento de dar el pecho al Infante mientras mira directamente a San Bernardo. Viste una túnica ceñida por un cíngulo, con puños con abotonaduras en las mangas y una policromía con esgrafiados y motivos a punta de pincel en todos rosados. Se cubre con un manto azul que apoyado en el hombro se desliza envolviendo el brazo izquierdo para caer hasta los pies. Una ancha orla recorre los bordes decorada con motivos florales en tonos rojos y azules y deja asomar un reverso de tonos marfileños con formas vegetales ocres, con la superficie cubierta de líneas esgrafiadas que dejan asomar el oro y motivos florales dispersos. Cubre su cabeza con una toca gris azulada, con líneas en los bordes, que cae por la parte izquierda rodeando el cuello y en la derecha se agita por una brisa mística dejando visible parte de la melena.

     La gestualidad serena de la Virgen contrasta con el gesto naturalista del Niño, que interrumpiendo su lactancia y con una postura forzada vuelve su rostro hacia la figura del santo. Es una figura rolliza que reposa sobre un gran pañal y mantiene el apego colocado su mano sobre la de su madre. Su gesto proporciona al conjunto un gran dinamismo basado en la observación de la realidad. A los pies de la Virgen, entre nubes corpóreas con formas helicoidales de tonos grisáceos, asoma la bella figura de un pequeño ángel, acompañado por dos cabezas aladas de querubines. Nuevas figuras de ángeles se repiten en la gloria abierta del ángulo superior derecho, donde entre nubes reposan ángeles músicos, uno de ellos tocando un laúd y otro un arpa, con la compañía de querubines tanto en relieve como pintados sobre el fondo.

     San Bernardo, en actitud orante, aparece arrodillado y llevándose la mano derecha al pecho y mientras abre el brazo izquierdo como gesto de aceptación a la lactancia. Está representado maduro, con tonsura clerical y el hábito blanco del Císter ornamentado con estofados que recubren la superficie con motivos vegetales y una orla preciosista recorriendo los bordes, destacando en la figura el carácter naturalista del trabajo de la cabeza, con los ojos hundidos y dirigidos a lo alto, la boca entreabierta y una policromía realista con barba incipiente y mejillas sonrosadas. Como en toda la obra, las carnaciones están realizadas a pulimento, técnica generalizada en la época. En los pliegues del hábito, especialmente en los que se forman en el suelo, comienzan a aparecer quebraduras de aspecto metálico, una característica de la obra de Gregorio Fernández muy repetida en buena parte de su obra.                          


Informe y fotografías de la obra: J. M. Travieso.

Resto de fotografías: Museos correspondientes.

 

































GREGORIO FERNÁNDEZ. Retablos del Monasterio de Santa María de Valbuena, hacia 1615
Izda: Sagrada Familia / Dcha: Lactancia de San Bernardo










Vista general del Monasterio de Santa María de Valbuena










JUAN CORREA DE VIVAR
Visión de San Bernardo, 1540-1545
Museo de Santa Cruz, Toledo
 ICONOGRAFÍA DE LA LACTANCIA DE SAN BERNARDO













JUAN DE ROELAS
Visión de San Bernardo, 1611
Hospital de San Bernardo, Sevilla














DIEGO VALENTÍN DÍAZ
Lactancia de San Bernardo, hacia 1635
Iglesia de San Pablo, Valladolid














ALONSO CANO
San Bernardo y la Virgen, 1645-1652
Museo del Prado, Madrid














BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO
Lactancia de San Bernardo, hacia 1665
Museo del Prado, Madrid














CÍRCULO DE LUIS SALVADOR CARMONA
Lactancia de San Bernardo, segundo cuarto siglo XVIII
Monasterio de Santa Ana y San Joaquín, Valladolid











MILAGRO DEL ABRAZO DE CRISTO A SAN BERNARDO
Izda: Gregorio Fernández, 1613, Retablo mayor iglesia del Monasterio de las Huelgas Reales, Valladolid
Dcha: Francisco Ribalta, 1626, Museo del Prado, Madrid













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1 de mayo de 2025

Excellentiam: VIRGEN DEL ROSARIO, precedente de un arquetipo fernandesco







VIRGEN DEL ROSARIO

Gregorio Fernández (Sarria, Lugo, 1576 – Valladolid, 1636)

1621

Madera policromada, 1,58 m

Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, Tudela de Duero (Valladolid)

Escultura barroca. Escuela castellana

 

 






     Dentro de la iconografía mariana desarrollada por Gregorio Fernández a lo largo de su vida profesional el tema de la Inmaculada Concepción fue el más abundante, seguido de la Virgen del Carmen por la vinculación del escultor con la Orden Carmelitana, para la cual hizo más de una veintena de obras para más de una decena de conventos descalzos de Castilla. La primera imagen con la característica iconografía por él ideada de la Virgen del Carmen la realizó hacia 1627 para el Convento del Carmen Calzado de Valladolid por iniciativa del padre fray Juan de Orbea. Esta obra, considerada una obra maestra definida por el estilo del maestro, a lo largo del tiempo recibió los elogios de Palomino y Ponz. Para Ceán Bermúdez era una de las mejores esculturas del artista, opinión compartida por Sangrador y Vítores, que también llegó a contemplarla en su emplazamiento, presidiendo un altar colocado en el lado del Evangelio de la iglesia del desaparecido convento. Fue Martí y Monsó quien la señaló como obra de Gregorio Fernández.

     Desgraciadamente el original se encuentra desaparecido —tal vez destruido— a consecuencia de una oscura maniobra que fue publicada por el historiador vallisoletano Juan Agapito y Revilla. Según éste, tras la supresión del convento carmelita y su reconversión en Hospital general, la admirada talla de la Virgen del Carmen fue recogida en el Museo Provincial de Valladolid —así figura en el Catálogo de 1843— futuro Museo Nacional de Escultura. Sin embargo, en la sesión del 27 de noviembre de 1864 se comunica que Manuel Safont, vecino de Madrid, solicita al Museo una imagen de la Virgen del Carmen, petición que la Comisión rechazó de plano por tratarse de un particular. Al insistir el señor Safont en la petición, y tras buscar apoyo en la Corte, la apreciada escultura tuvo que serle entregada por real orden del 5 de febrero de 1868. Según Luis González Frades, presidente de la Academia Provincial de Bellas Artes, la imagen estaba destinada a una capilla que se estaba levantando en una dehesa de Piedrabuena (Ciudad Real) propiedad del señor Safont, pero la capilla no se terminó. Este influyente peticionario acabó vendiendo la dehesa y otras tierras, tras lo cual los compradores intentaron vender la imagen. Es en este momento cuando se pierde el rastro de la Virgen del Carmen de Gregorio Fernández en tierras manchegas1.    


     En aquella imagen el maestro estableció definitivamente un arquetipo caracterizado por presentar a la Virgen de pie y sujetando al Niño Jesús desnudo en su brazo izquierdo —portando en una mano el globo terráqueo y con la otra bendiciendo—, presentándose revestida con el hábito del Carmelo, con el escapulario cayendo al frente muy vertical y con el escudo del Carmen Descalzo sobre el pecho, una amplia capa que se dobla en los costados y un fino velo que cubriendo su cabeza se cruza deslizándose desde la izquierda por delante del cuello y del pecho dejando asomar una larga melena de tonos castaños claros. El hecho de que el hermoso rostro esboce una tierna sonrisa, junto a la vivacidad del Niño (tallado de forma independiente), convierte esta modalidad mariana, junto a las cortes de ángeles, en una de las obras más amables en la producción de Gregorio Fernández, lo que tal vez explique la enorme devoción que la imagen despertó en Valladolid.

     No obstante, en años sucesivos en el taller de Fernández y por sus seguidores se hicieron otras versiones de dicha imagen que nos permiten aproximarnos al original, como la Virgen del Carmen del convento de San José de Medina de Rioseco (seguramente la más cercana), la Virgen del Carmen de la iglesia del Carmen Extramuros de Valladolid, la Virgen del Carmen del santuario del Carmen de Calahorra (La Rioja) o la Virgen del Carmen de la iglesia de Santa Teresa de Ávila, todas ellas con similares características derivadas del original fernandino (ver ilustraciones al final del artículo). 

En un somero análisis de esta modalidad iconográfica se aprecia que el escultor ya había ensayado el modelo arquetípico en algunas obras realizadas en un tiempo anterior. Es el caso de la Virgen de las Candelas de la iglesia de San Lorenzo de Valladolid, tallada en 1623, donde el escultor ya anticipa la disposición corporal con un suave contrapposto, el brazo derecho flexionado con la mano concebida para sujetar algún objeto postizo —en este caso una candela—, la cabeza cubierta con una toca que se cruza en diagonal por el frente, la caída de paños formando los característicos pliegues de aspecto metálico y sobre todo la forma reverencial de sujetar al Niño Jesús sobre su brazo izquierdo, con su mano sujetando un ampuloso pañuelo que cae formando una efectista cascada de pliegues. La figura infantil, que está tallada por separado en plena desnudez, bendice con su mano derecha y mientras sujeta el orbe con la izquierda, con las piernas a distintas alturas mostrando una contenida vivacidad levemente girada hacia la figura materna. 

La Virgen del Rosario de Tudela de Duero 

Pero aún puede rastrearse un precedente iconográfico fernandino anterior, como la Virgen del Rosario de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Tudela de Duero (Valladolid), elaborada por Gregorio Fernández por encargo de Antonio del Río, regidor y vecino de Tudela de Duero, para recibir culto como titular de la cofradía de Nuestra Señora del Rosario2, establecida en el templo tudelano desde 1603. Concertada en 2.900 reales, el escultor entregó la imagen en Valladolid al citado regidor tudelano el 19 de junio de 1621 en presencia del escribano Miguel Becerra y de testigos como Luis Gómez y Gabriel de Canseco, licenciado y vicario de Tudela, ambos comisarios del Santo Oficio, así como Jerónimo Burgueño3.

Desde entonces, la Virgen del Rosario permaneció al culto en la iglesia tudelana como titular de la antigua cofradía. Gregorio Fernández trabajó para la citada iglesia en varias ocasiones, ocupándose de concluir el retablo mayor y realizando el tabernáculo del mismo, así como elaborando el delicado y manierista Arcángel San Gabriel que actualmente se conserva en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid. Con el paso del tiempo, la Virgen del Rosario sufrió una serie de barnizados y repintes que llegaron a enmascarar su calidad, quedando poco a poco desvinculada del maestro gallego. Aunque Antonio Ponz al visitar la iglesia reparó en la calidad de la talla y Martín González llegó a considerarla copia de buena calidad de un original de Gregorio Fernández que habría sido realizada en el segundo cuarto del siglo XVII.

     Fue Jesús Urrea quien en 1988 dio a conocer la carta de obligación suscrita por el regidor tudelano Antonio del Río con Gregorio Fernández, en la que posiblemente se incluía la policromía de la talla, documento que, aunque no se trata del contrato original, certifica la autoría como obra original del gran maestro4.

La Virgen del Rosario anticipa la inminente iconografía de la Virgen del Carmen, en este caso montada sobre una peana de nubes entre las que revolotean graciosas figuras de querubines, incluso de cuerpo entero como el colocado al frente. La posición de la Virgen sugiere un leve contrapposto, con la rodilla derecha adelantada, junto a una gestualidad mayestática, aunque en líneas generales no representa a ninguna advocación concreta, siendo la colocación del brazo y la mano derecha con los dedos entreabiertos y flexionados, concebidos para sujetar un objeto postizo, los elementos que determinaron la sujeción de un rosario y dieron la pauta para mostrar los futuros escapularios de la Virgen del Carmen.

     La Virgen viste una túnica ceñida a la cintura por un cíngulo, una capa que le cubre por completo y se curva en los costados y un velo que rodea su cabeza y se cruza en diagonal a la altura del cuello dejando entrever una larga melena. Son destacables los abundantes pliegues de la túnica y del manto en la parte inferior, con aspecto quebrado a modo de abolladuras metálicas, un recurso que define los modos de tallar las telas por el escultor en los años en que se hace la imagen. Asimismo, en esta talla Gregorio Fernández avanza la colocación y características del modelo del Niño Jesús: tallado por separado en plena desnudez, sujeto por la Virgen en su brazo izquierdo y reposando de forma reverencial sobre un gran pañuelo que cae en vertical formando efectistas pliegues reducidos a finísimas láminas, un cuerpo rollizo y airoso, con la mano derecha en actitud de bendecir, las piernas colocadas a distintas alturas y ensortijados cabellos con un bucle abultado sobre la frente.


     La escultura conserva la policromía original oculta, pues esta ha quedado enmascarada bajo sucesivos repintes aplicados a lo largo del tiempo, ofreciendo en la actualidad una capa con una serie de colores planos en túnica, manto, toca y pañuelo que fue elegida durante su restauración con motivo de una exposición en Madrid entre noviembre de 1999 y enero de 2000, momento en que fueron eliminados los agresivos barnices para permitir imaginar su apariencia original.     

 

 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 


Notas


1 AGAPITO Y REVILLA, Juan: La obra de los Maestros de la Escultura Vallisoletana. Papeletas razonadas para un catálogo, II, Casa Santarén, Valladolid, 1929, p. 127.

2 URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Gregorio Fernández 1576-1636. Catálogo exposición de la Fundación Santander Central Hispano, Madrid, 1999, pp. 132-133.

3 URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Una Virgen del Rosario de Gregorio Fernández. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología: BSAA, Año 1988, núm. 54, Varía de Arte, Universidad de Valladolid, pp. 425-427.

4 URREA FERNÁNDEZ, Jesús. Op. cit., p. 427.

 











La Virgen del Rosario en la iglesia de la Asunción de Tudela de Duero










GREGORIO FERNÁNDEZ. Virgen de las Candelas, 1623
Iglesia de San Lorenzo, Valladolid














Seguidores del modelo de la Virgen del Carmen de Gregorio Fernández
Izda: Virgen del Carmen, 1620-1630, convento de San José, Medina de Rioseco (Valladolid)
Centro: Virgen del Carmen, santuario del Carmen, Calahorra (La Rioja)
Dcha: Virgen del Carmen, iglesia de Santa Teresa, Ávila 












Anónimo. Virgen del Carmen, h. 1676
Santuario del Carmen Extramuros, Valladolid












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20 de noviembre de 2023

Excellentiam: RETABLO POLÍPTICO, la influencia de los talleres flamencos en Castilla









RETABLO POLÍPTICO

Escultura: Anónimo franco-flamenco (taller de Bruselas)

Pintura: Nicolás Francés (activo en León 1434-1468)

Hacia 1433-1435

Madera de nogal policromada / pintura al temple sobre tabla

Capilla de Fernán López de Saldaña, Monasterio de Santa Clara, Tordesillas (Valladolid)

Escultura flamenca y pintura gótica de estilo internacional

 

 




Capilla de los Saldaña, monasterio de Santa Clara, Tordesillas
ALGUNAS NOTAS SOBRE EL ÁMBITO ARQUITECTÓNICO

El Monasterio de Santa Clara de Tordesillas tiene su origen en un primitivo palacio levantado hacia 1340 por Alfonso XI, sobre un talud del río Duero, para conmemorar su victoria sobre los benimerines en la batalla de Salado. Hacia 1354 este fue transformado por su hijo Pedro I, rey de Castilla, para el asentamiento de su favorita, María de Padilla, convertida en señora de Tordesillas. La disposición de aquel palacio seguía el típico esquema de palacio musulmán, con estancias rectangulares ordenadas en torno a un patio central mudéjar que, con una decoración similar al Alcázar de Sevilla, se atribuye a cuadrillas de artistas nazaríes que trataron de emular la decoración del Patio de los Leones de la Alhambra.

En 1363 la infanta doña Beatriz fundó en aquel palacio real el Monasterio de Santa Clara, lo que obligó a realizar una serie de transformaciones, aunque se mantuvieron algunas de las antiguas edificaciones, como la portada de estética almohade, el vestíbulo, la llamada Capilla Dorada, el Patio Árabe y los baños.


Capilla de los Saldaña
En 1373, por iniciativa de Enrique II, que deseaba un lugar digno para acoger los restos de su madre, Leonor de Guzmán (cuyos restos nunca llegaron a ser allí trasladados), se comienza la construcción de la gran iglesia del monasterio, cuya licencia fue otorgada por don Gutierre, obispo de Palencia. Las obras, en estilo gótico, se prolongarían hasta principios del siglo XVI. Está construida en ladrillo y consta de una sola nave dividida en cuatro tramos cubiertos con bóvedas de crucería y terceletes. En ella destaca el amplio presbiterio que está cubierto con una espectacular armadura mudéjar de cinco paños y planta ochavada que está decorada con motivos de lacería y mocárabes, todos ellos recubiertos de oro, con un original arrocabe en forma de arcos con atauriques en cuyo interior aparecen 43 santos, en figuras de medio cuerpo, pintados al temple sobre tabla en estilo gótico internacional por el maestro Nicolás Francés y su taller.

 

LA CAPILLA DE LOS SALDAÑA

Fernán López de Saldaña (c. 1400-1456) era hijo de Nuño López de Saldaña, un judío converso sevillano que ejerció como alcaide y arrendador de rentas reales. Sus estrechas relaciones con Don Álvaro de Luna, privado del rey Juan II de Castilla, le facilitaron una serie de cargos al servicio de este monarca, como el de tenedor de las Atarazanas de Sevilla, el de camarero de los paños del Rey, canciller y escribano de Cámara, aunque su principal ocupación, entre 1429 y 1445, fue la de Contador mayor de Juan II. Además del ascenso cortesano, consiguió dos ventajosos matrimonios que le emparentaron con la alta nobleza, primero con Doña Elvira de Acevedo, fallecida en 1433, y después con Doña Isabel de Guevara, lo que le proporcionó señoríos, rentas y privilegios.

Capilla de los Saldaña, sepulcros

     Entre 1430 y 1435, Fernán López de Saldaña, tras conseguir una bula del papa Eugenio IV, levantó una capilla funeraria para su enterramiento y el de sus familiares junto a la nave de la iglesia del monasterio de Santa Clara de Tordesillas, según figura en la inscripción conmemorativa, en letra gótica del siglo XV, que en forma de friso recorre todos sus muros en una cornisa situada a media altura y que proporciona una trascendental información:

Esta obra mando facer a... Fernan Lopez de Saldaña, contador mayor del virtuoso rey don Joan e su camarero e su canciller e de su Consejo, et fue et es comenzada en el año del nacimiento de ntro. Salvador Jhu.xro de mil e cuatrocientos e treinta años, et acabose en el año del nascimiento de nuestro señor Jesucristo de mccccxxxv, a honor y reverencia ... [de la Virgen María] que el tiene por protectora y abogada en todos sus fechos; et esta aqui enterrada Elvira de Acevedo su mujer, que Dios perdone, la cual fino en Toledo vispera de pascua mayor, que fue once dias de abril de mil cuatrocientos y treinta y tres años. Gloria in excelsis deo et in terra pax hominibus bone voluntatis. Laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te.

Capilla de los Saldaña, sepulcro

     El recinto, iniciado por el arquitecto Guillén de Rohan, maestro de la catedral de León, está considerado como uno de los conjuntos góticos más fastuosos de la provincia de Valladolid. Fue enteramente realizado en sillería de piedra, tiene forma rectangular con dos tramos que se cubren con bóvedas de crucería con terceletes, en cuyas claves aparece el escudo de los Saldaña, y se abre a la nave a través de dos enormes arcos apuntados festoneados y cerrados mediante sencillas rejas de cuadradillo que forman una retícula.



Capilla de los Saldaña

     El interior de la capilla, que se atribuye al arquitecto y escultor Joosken de Utrecht, presenta en dos de sus lados cuatro sepulcros con amplios arcosolios apuntados, enmarcados por pináculos agudos y coronados por gabletes calados y labrados con hojas de cardo y roble. En su interior albergan figuras yacentes, una labrada en piedra caliza y las tres restantes en alabastro, la primera representando a Fernán López de Saldaña, fundador de la capilla y las restantes a su primera esposa, doña Elvira de Acevedo, a su hijo Pedro Vélez de Guevara y otra dama que se viene identificando con doña Elvira de Portocarrero, condesa de San Esteban de Gormaz y primera esposa de don Álvaro de Luna, que en su testamento manifestó su deseo de ser enterrada en esta capilla. Los restos mortales de estos personajes se encuentran sepultados en la cripta del subsuelo de la capilla, donde tiempo después también estuvo depositada Juana I de Castilla hasta su traslado a la Capilla Real de Granada.



Retablo políptico de la capilla de los Saldaña

     Por encima de la cornisa, recorrida por la inscripción citada, a la altura de dos grandes ventanales apuntados y moldurados, con una decoración similar a los arcos de acceso, con parteluz y tracería flamígera, se abren hornacinas provistas de arquillos y repisas que albergan siete esculturas en bulto redondo de Apóstoles que portan sus atributos. Entre ellos se identifica a San Bartolomé, con el cuchillo de su martirio y un demonio a sus pies al que tiene atado con una cadena; Santiago el Mayor aparece con el bastón de peregrino; Santo Tomás sujeta el cinturón que pidió a la Virgen; otro Apóstol es difícil de identificar por faltarle el atributo; San Simón porta la sierra de su martirio; Santiago el Menor muestra el palo del batanero con que le dieron muerte; finalmente San Andrés sujeta un trozo de la cruz aspada. Depositadas en el suelo se encuentran otras tres esculturas: San Andrés con la cruz en aspa, un santo franciscano y una santa ubicada en el receptáculo abierto en el testero de la capilla. Todo este notable conjunto escultórico pétreo se atribuye, como la decoración mural que le acompaña, a Joosken de Utrecht, introductor en Castilla de las formas heredadas de Claus Sluter y los nuevos modos del gótico flamígero. 

EL RETABLO POLÍPTICO DE LA CAPILLA DE LOS SALDAÑA         

Recién terminada la capilla de los Saldaña, debió encargarse el retablo que preside el altar en el testero —2,22 m de ancho x 3,60 m de alto—, cuya escultura fue realizada en estilo flamenco en algún taller de Bruselas, según se deduce de sus rasgos estilísticos. El retablo adopta la forma de políptico —con una caja en madera de chopo de forma rectangular y una espina superior a modo de ático—, incorporando seis grupos escultóricos y ocho figuras exentas en su interior, todo tallado en madera de nogal y policromado ocupando el cuerpo central, que se apoya sobre un zócalo calado que está decorado con motivos de vejiga de pez inscritos en tracerías apuntadas. El retablo descansa sobre un estrecho banco de factura posterior que aparece ornamentado con motivos vegetales pintados. 

Llanto sobre Cristo muerto
Escultura

Los grupos escultóricos, dispuestos a dos alturas, aparecen coronados por suntuosos doseles poligonales calados y dorados que se articulan a tres niveles, el inferior con arcos apuntados bajo pronunciados gabletes, el intermedio con una sucesión de finísimos arcos conopiales rematados con florones, y el superior con tracerías lanceoladas rematadas por pequeñas cresterías.

Los seis grupos escultóricos, tallados en madera de nogal, representan escenas de la Pasión de Cristo, mostrando de izquierda a derecha y de arriba abajo los episodios de la Flagelación, el Calvario, el Prendimiento, el Santo Entierro, el Llanto sobre Cristo muerto y la Resurrección. A los lados de los grupos escultóricos se colocan figuras exentas de profetas sobre peanas y portando cartelas identificativas que, como el resto de los elementos tallados, dorados y policromados, destacan sobre un fondo azul de azurita salpicado de estrellas de madera doradas.

Las escenas son composiciones compactas que aglutinan numerosas figuras, dispuestas en sucesivos planos, resueltas con un canon esbelto y actitudes muy elegantes e individualizadas, lo que dota a los conjuntos de un gran dinamismo. Abunda la inclinación y el giro de las cabezas, con un tratamiento de los pliegues profundos y suavizados muy alejados de los bordes de arista típicamente flamencos, sino ajustados a los modos del gótico internacional.

Detalles de Llanto sobre Cristo muerto

     Los rostros siguen un esquema ovalado muy expresivo, muy planos en algunas figuras, con ojos almendrados, nariz afilada y boca entreabierta, con cabellos y barbas de trazado ondulado y manos con dedos largos y finos, en algunas figuras un tanto inexpresivas. En los grupos apenas se matizan referencias al paisaje, limitadas a la empalizada y los tres árboles de la Resurrección y las vagas sugerencias en el Calvario.

En el trabajo de policromía son predominantes las superficies doradas y bruñidas, tanto en las arquitecturas como en las indumentarias, efecto que contrasta con el dorado mate en cabellos y barbas. En las vestimentas se aplican colores planos a punta de pincel, predominando el rojo, verde y azul, así como el blanco en las tocas, el sudario y las filacterias. En las encarnaciones dominan los tonos mates pálidos, aplicadas de un modo muy desigual.

Santo Entierro

     Los trabajos escultóricos fueron relacionados por F. Bertaux y otros investigadores con la obra del flamenco Jacques de Baerze en el retablo de la cartuja de Champmol de Dijon, opinión no compartida enteramente por Manuel Gómez Moreno. Por su parte, G. Weise encuentra en las figuras de los profetas la influencia de Claus Sluter, afirmando que este tipo de retablo se generalizó en los Países Bajos durante el siglo XV. También apunta la posibilidad de que el retablo fuese elaborado por un escultor español formado en los Países Bajos o por un artista flamenco de aquel territorio desplazado por algún tiempo a España, pues el comercio de la lana castellana había intensificado en el siglo XV las relaciones comerciales y políticas con los Países Bajos, lo que facilitó la llegada de maestros flamencos y de importantes obras artísticas. No obstante, actualmente las tallas se consideran obra de un taller de Bruselas en base a las analogías que presenta con el Retablo de la Pasión (1415-1420) del Maestro de Hakendover que se conserva en el Instituto Holandés de Historia del Arte. 

Pintura

Santo Entierro

     El retablo se cierra con portezuelas batientes, pintadas por ambas caras, que configuran un conjunto de veinte tablas pintadas al temple. Estas se consideran obra de Nicolás Francés, pintor documentado en León entre 1433 y 1468. Máximo representante del estilo gótico internacional en Castilla, desde la catedral de León difundió una corriente pictórica que eclipsó la tendencia de raigambre trecentista, aplicando en las puertas de este retablo los estilemas internacionales de origen francoborgoñón.

El conjunto cerrado presenta diez tablas, dos de ellas cerrando la espina con figuras de profetas y cuatro grandes escenas coronadas de guarniciones a cada lado, ofreciendo temas relacionados con la infancia de Cristo. En la parte superior la Anunciación, la Visitación, la Natividad y la Adoración de los Reyes; en la inferior la Matanza de los Inocentes, la Circuncisión, la Virgen con el Niño y ángeles músicos y Jesús entre los doctores.


Detalle del Santo Entierro

     Las puertas, con el políptico abierto, ofrecen otras diez escenas, con otros dos profetas en la espina y en la parte superior los Cuatro Evangelistas sentados en escaños dentro de gabinetes con pequeñas puertas en las que se desarrollan temas anecdóticos de carácter burlesco, como dos perros mordiéndose o dos rapaces peleándose. En una de ellas se retrata al donante orante y de pequeño tamaño. En la parte inferior, enmarcadas igualmente por arcos conopiales, las cuatro tablas narran episodios de Cristo después de la Resurrección, como la Bajada al Limbo, Noli me tangere (Aparición de Cristo a la Magdalena), la Duda de Santo Tomás y la Ascensión.

Las pinturas fueron atribuidas al maestro Nicolás Francés al identificarse su estilo con las pinturas de 43 santos que decoran el arrocabe de la espectacular cubierta mudéjar que cubre la capilla mayor de la iglesia del monasterio de Santa Clara. En este sentido, se ha planteado la posibilidad de que el retablo fuese encargado a Nicolás Francés y que este contase en su taller con diferentes especialistas, como algún tallista flamenco que podría haber elaborado las esculturas, existiendo incluso la posibilidad de que Nicolás Francés, pintor y escultor, hubiera intervenido en su diseño. 

Detalle del Santo Entierro
Restauración del retablo

En tiempos recientes, el retablo ha conocido diversas intervenciones. En 1990 fue limpiado y restaurado in situ por Patrimonio Nacional, al que actualmente pertenece el monasterio de Santa Clara. En 2002 recibió un tratamiento de fumigación y en 2012 fue objeto de una limpieza superficial y análisis de muestras por la empresa AOR, Artes y Oficios de Restauración.

 

Informe: J. M. Travieso.

 


Bibliografía 

Resurrección
ARA GIL, C. J.: Escultura gótica en Valladolid y su provincia, Valladolid, 1977, pp. 205-209.

ARA GIL, C. J.: El retablo gótico en Castilla, en LACARRA DUCAY, M.C. (coord.): Retablos esculpidos en Aragón del gótico al barroco, Zaragoza, 2002, pp. 15-19.

GARCÍA-FRÍAS CHECA, C.: Real Convento de Santa Clara de Tordesillas, Madrid, 2003.

ARA GIL, C. J.: “El problema de la delimitación entre lo flamenco y lo hispano en la escultura castellana del siglo XV” en CHECA, F. y GARCÍA GARCÍA, B. (eds.): El arte en la corte de los Reyes Católicos. Rutas artísticas a principios de la Edad Moderna, Madrid, 2005, pp. 228-229.

PATRIMONIO NACIONAL: Informe de tratamiento “Monasterio de Santa Clara de Tordesillas”. 1990. Archivo de Patrimonio Nacional. Palacio Real. Madrid.

RUIZ SOUZA, J.C. y GARCÍA FLORES, A.: Ysambart y la renovación del gótico final en Castilla: Palencia, la Capilla del Contador Saldaña en Tordesillas y Sevilla. Hipótesis para el debate, en Anales de Historia del Arte (2009), 19, pp. 43-76.


Detalle de la Resurrección










Calvario















El Prendimiento
















Flagelación

































Detalle de dosel
















Puerta izquierda abierta y detalle

















La Circuncisión y Evangelista

















Bajada al Limbo y Ascensión
















Santoral de Nicolás Francés en el arrocabe de la cubierta
mudéjar de la iglesia del monasterio de Santa Clara, Tordesillas










Fachada del palacio de Pedro I
ALGUNAS IMÁGENES DEL MONASTERIO DE SANTA CLARA
TORDESILLAS















Cúpula de la Capilla Dorada























Patio árabe

















Arcos del patio árabe









Baños árabes
















Cubierta mudéjar de la capilla mayor de la iglesia
Arrocabe con pinturas de Nicolás Francés














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