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5 de enero de 2018

Un museo interesante: MUSEO DE LEÓN, León

En la plaza de Santo Domingo de León, en pleno centro de la ciudad, se levanta el emblemático Edificio Pallarés, desde 2007 sede del moderno Museo de León, cuya gestión corresponde a la Junta de Castilla y León. Pero su fundación se remonta a 1869, cuando, para exponer el ingente número de obras recogidas en la Desamortización, junto a la importante colección de arqueología leonesa, la Comisión Provincial de Monumentos de León estableció como sede el antiguo convento de San Marcos, actualmente anexo visitable del museo, al igual que la villa romana de Navatejera, situada en el municipio de Villaquilambre, a escasos kilómetros de la capital.

El Museo de León es el más antiguo de los existentes en la provincia y cuenta con una colección fundamental de Arqueología, de Arte y de Etnografía que con criterio didáctico se presenta en sus modernas instalaciones, siguiendo las directrices más avanzadas de la museografía actual, a partir de siete apartados cronológicos dedicados a la Prehistoria, Romanización, Final del mundo antiguo, Edad Media, Edad Moderna, Mundo Contemporáneo y la contemplación de la panorámica de la ciudad actual que permite el edificio, convertido en un mirador desde el que son visibles los enclaves y monumentos más importantes de la ciudad.

Hendedores del Paleolítico inferior
Su denso contenido permite establecer recorridos alternativos para todos los gustos relacionados con la historia de la provincia leonesa, desde el Paleolítico hasta el siglo XVIII, pues en este sentido, hay que considerar a León como un territorio privilegiado en el desarrollo histórico peninsular de todas las épocas. Primero como lugar de desarrollo de culturas prehistóricas norteñas dedicadas a la ganadería cuyo desarrollo atrajo a los conquistadores latinos. Después como territorio sometido a la romanización, en el que florecieron importantes ciudades como León (Legio VII gemina) o Astorga (Asturica Augusta), y donde explotaciones mineras como Las Médulas se convirtieron en recursos estratégicos para la economía del Imperio.
A partir del siglo III se producen los asentamientos en villas como nuevas formas de explotación (Navatejera, Quintana del Marco, etc.), suponiendo el final del mundo antiguo el cambio de culto hacia el cristianismo y las invasiones de los vadinienses y los visigodos, lo que produjo un cambio de mentalidad y de relaciones entre pueblos. En la Alta Edad Media lo mozárabe encuentra su epicentro en León, como lo atestiguan localizaciones tan significativas como Palat del Rey, San Miguel de Escalada o Santiago de Peñalba.
Ídolo de Tabuyo. 1800 a. C., Edad del Bronce
Durante la Edad Media el desarrollo del Románico encontraría una trascendental efervescencia en estas tierras recorridas por la Ruta Jacobea, con testigos tan impactantes como la basílica de San Isidoro o las innumerables iglesias diseminadas por diferentes comarcas. Otro tanto ocurre durante el Gótico, que encuentra en la catedral leonesa lo mejor de su lenguaje. A ello seguiría la dotación de retablos, marfiles, tablas flamencas, objetos suntuarios, etc., destinados tanto a templos como palacios.
En la Edad Moderna sería la reedificación de San Marcos y el amueblamiento de los nuevos templos un punto de entrada de las artes del Renacimiento, acogiendo a artistas llegados de Europa, entre ellos a Juan de Juni, que inicia su andadura hispana en León.
Durante los siglos XVII y XVIII, en tiempos del Barroco, León pierde el protagonismo de antaño, lo que no impide la llegada de obras de grandes maestros a sus templos y conventos, entre ellas una buena serie de esculturas de Gregorio Fernández o de Luis Salvador Carmona.  En el siglo XIX la ciudad recupera su pujanza en base a la explotación de los ricos recursos de la provincia, de lo cual es significativa la transformación del centro urbano de la ciudad, repleto de edificios singulares. Asimismo, durante los dos últimos siglos se fue conformando su rico y diferenciado patrimonio etnográfico. De todo este bagaje histórico, el Museo de León cuenta en su colección permanente con obras maestras de todas las épocas que hacen imprescindible su visita.
Por razones obvias y a título ilustrativo, aquí tan sólo reseñaremos algunas de ellas.

Cancel mozárabe de San Adrián de Boñar, siglo X
PREHISTORIA
De los primeros vestigios de la actividad humana el museo cuenta con notables muestras de herramientas de piedra correspondientes al Paleolítico y al Neolítico que se presentan debidamente clasificadas en vitrinas, acompañadas de paneles didácticos, para remitirnos al origen de los tiempos. Excelente es la muestra de utillaje metálico, recipientes, moldes, hoces, etc., de la Edad del Bronce y de utensilios de la primera y segunda Edad del Hierro que diferenciaron a los pueblos de la meseta celtíbera de la cultura castreña noroccidental, con bellas muestras de torques como signos distintivos de estatus social.

Colección de hendedores del Paleolítico inferior (Achelense)
Datados entre los años 300.000 y 100.000 a.C. y fabricados en piedra cuarcita (cantos de río) son los útiles primarios que constituyen la primera industria humana. Se caracterizan por la elemental talla bifacial del filo perpendicular al eje de la pieza. Entre ellos aparecen ejemplares encontrados en Valverde Enrique, Trobajo del Camino, Castrocalbón y Fontousal, Cacabelos.

Cruz votiva mozárabe de Santiago de Peñalba, h. 940
Ídolo de Tabuyo. Edad del Bronce Antiguo
Datada hacia el 1.800 a.C. y procedente de Tabuyo del Monte, es esta esquemática representación humana un testimonio de la cultura prehistórica del Noroeste peninsular. Grabado con incisiones sobre piedra esquistosa, se interpreta como un soldado armado de acuerdo a una fabricación muy elemental de la Edad del Bronce. Pudo formar parte de una sepultura o ser elaborado con fines conmemorativos para resaltar la personalidad de algún destacado guerrero. Por sus características es una obra única en su género.

CONQUISTA Y ROMANIZACIÓN
Este apartado cuenta con una amplia representación de piezas que se encuentran agrupadas en cuatro áreas referidas a La guerra y la paz de Roma, La vida cotidiana, El naturalismo en las artes y La escritura y las creencias, destacando una importante colección epigráfica de estelas y lápidas, mosaicos romanos como el de Hilas y las Ninfas, útiles de hierro, bronces y una singular colección numismática.
Cristo de Carrizo, marfil, último cuarto siglo XI
Obras representativas son el Hito augustal de la Cohors IIII gallorum del año 54, una inscripción sobre piedra que señala los límites del Imperio Romano que fue hallada en Santa Colomba de la Vega; un Vaso de terra sigillata hispánica de los siglos I-II procedente de Lancia, Villasabariego; una Estela funeraria antropomorfa del siglo I encontrada en las proximidades de Astorga; una Ara votiva al dios Bodus en granito, de finales del siglo II, originaria de Villadepalos, Carracedelo; la Estela de Campilius Paternus hallada en la muralla de León y datada entre los siglo II y III; la Lápida funeraria de Dovidero, príncipe de los cántabros aliado a Roma, testimonio de la tribu de los vadinienses procedente de Robledo de la Guzpeña y fechado entre los siglos II y III; o el Mosaico de las Hilas y las Ninfas de mediados del siglo IV procedente de la villa de Quintana del Marco.   

EL REINO HISPANOVISIGODO
Entre los objetos de esta cultura cabe reseñar distintos recipientes en bronce de uso litúrgico, lo mismo que un curioso Peine con tres placas de hueso remachadas con clavos de bronce de la primera mitad del siglo V, hallado en Castroventosa, Cacabelos.

Sala de arte medieval
EDAD MEDIA
En este apartado se muestra una notable colección de obras únicas, correspondiendo las más antiguas a la población mozárabe, entre las que se alternan elementos constructivos y obras de orfebrería. El arte Románico está representado por una colección de escultura del siglo XII en piedra (San Juan procedente de San Isidoro), en madera (Vírgenes sedentes con Niño, Santa Catalina y Calvario de San Miguel de Corullón, entre otras) y marfil (Cristo de Carrizo del siglo XI), todas ellas de excelente calidad. No faltan buenos ejemplos de arte mudéjar, como restos pintados de antiguas cubiertas y las refinadas Yeserías del siglo XIV que decoraban una chimenea del antiguo Palacio Real de León.

El repertorio escultórico en piedra, alabastro y madera policromada se amplía en las obras del Gótico con pinturas góticas y flamencas, marfiles, tejidos y objetos suntuarios de madera y orfebrería, como una serie de crucifijos y cruces procesionales, una de ellas del siglo XIV en cristal de roca.

Calvario románico, mediados siglo XII
Cancel-pretil mozárabe. Piedra caliza, siglo X
Este resto formado por dos bloques pétreos procede de San Adrián de Boñar y presenta una exquisita decoración tallada a bisel que representa entrelazos, tan frecuentes en las miniaturas, y estilizados roleos entre los que se insertan figuras de aves enfrentadas.

Cruz votiva mozárabe. Latón y pedrería, hacia el año 940
Esta cruz es un verdadero icono identitario del Bierzo, en cuyo escudo y bandera aparece. Procede de la iglesia de Santiago de Peñalba, donde fue regalada al abad Genadio por el rey leonés Ramiro II, junto a otras obras, como agradecimiento por la ayuda recibida del apóstol Santiago en la batalla de Simancas, librada en 939 contra Abderramán III.
Adopta la forma de cruz griega —49 x 49 cm.— y sus cuatro brazos convergen en un círculo central, estando decorados en todo su perímetro por orlas con rameados incisos, a los que se añaden las simbólicas letras Α y Ω (alfa y omega, principio y fin de todas las cosas) que cuelgan de sus brazos. Posteriormente fue añadida la serie de cabujones engastados —treinta en total— de diferentes colores. En el reverso aparece una inscripción realizada a buril con el ofrecimiento real: IN NOMINE DOMINI NSI / IHU XPI OBONOREM / SANCT IACOBI / APOSTOLI RANEMIRUS REX OFRT (El Rey Ramiro la ofrece para honrar al Apóstol Santiago, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo). Un cáliz y una patena de Santiago de Peñalba, obras contemporáneas, después de distintos avatares se conservan en el Museo del Louvre.

Capitel románico de los ocho apóstoles, segunda mitad siglo XII
Cristo de Carrizo. Marfil con incrustaciones, último cuarto del siglo XI
Procede del monasterio de monjas cistercienses de Santa María de Carrizo de la Ribera y se considera fue elaborado en el exquisito obrador medieval de eboraria de San Isidoro de León. Por su carácter de relicario, algunos le identifican con el “Lignum domini Crucifixo decoratum” que el obispo don Pelayo legara por vía testamentaria en 1073 a la catedral de León.
De minuciosa talla en cada uno de sus elementos, refuerzan su expresividad las pupilas de azabache aplicadas sobre hilo de oro, a las que se sumaban pequeñas piedras preciosas insertadas en los huecos del perizoma que han desaparecido. Responde a la tipología de los crucificados románicos, ajustado a una rigurosa ley de frontalidad, con cuatro clavos, brazos horizontales (sin acusar el peso del cuerpo), faldellín simétrico y anatomía desproporcionada, presentándose más como un símbolo que como un intento de representación naturalista. En su dorso, a la altura de la espalda y bajo las rodillas presenta pequeñas oquedades para albergar las reliquias del lignum crucis.

Virgen con el Niño. Marfil gótico, último cuarto siglo XIII
Calvario. Madera policromada, mediados del siglo XII
El grupo procede de la iglesia de San Miguel de Corullón y está compuesto por las tradicionales figuras de Cristo crucificado, la Virgen y San Juan, las tres talladas en madera y policromadas. De acuerdo a la sensibilidad medieval, se aplica una jerarquización de tamaños según la importancia de los personajes, con la figura de Cristo sensiblemente de mayor tamaño. Este sigue el esquema románico característico, con cuatro clavos, el cuerpo ingrávido, una escueta anatomía en la que se marcan las costillas y un faldellín que llega hasta las rodillas formando pliegues simétricos, aunque en este caso el desconocido escultor trata de infundirle movimiento con la colocación de las piernas separadas y la cabeza ligeramente inclinada hacia el lado derecho.
Arquetípicas son también las figuras de la Virgen y San Juan, de composición compacta y gestualidad sufriente, la primera con las manos cruzadas en la cintura y la cabeza inclinada, en actitud de resignación, y el apóstol con la cabeza apoyada en la palma de su mano como gesto de dolor. Sus cuerpos se ajustan a una simplificación muy esquemática basada en volúmenes geométricos, especialmente apreciable en el diseño de las vestiduras y la economía de pliegues. Más cuidados son los rostros de las tres figuras, con bocas muy perfiladas y ojos rasgados. Elemental es asimismo la gama de la policromía, reducida a tres colores, marfil, verde y bermellón, con toques de oro recuperados en la restauración de 2001.
Detalle del Martirio de Santa Catalina, anónimo, siglo XIV

Capitel de los ocho apóstoles. Piedra caliza, segunda mitad del siglo XII
Este capitel románico historiado procede del monasterio de San Benito de Sahagún. En sus cuatro caras presenta los ábacos en forma de arcos que sugieren hornacinas, bajo las que se cobijan parejas de apóstoles portando libros, entre los cuales se distingue a San Pedro por sujetar las llaves como atributo. Es un ejemplo de la tímida búsqueda de naturalismo emprendida por algunos escultores en el siglo XII, aunque mantienen un canon corto ajustado a su función arquitectónica, así como una anatomía desproporcionada y una descripción esquemática de las indumentarias con pliegues formados por incisiones paralelas. Sin embargo las cabezas, aunque repiten un arquetipo de frentes hundidas y ojos resaltados, están personalizadas con un fino trabajo en cabellos y barbas.

Virgen con el Niño. Marfil, último cuarto del siglo XIII
 Esta exquisita talla gótica de marfil procede de la "Casa de los Ceas" de León. La Virgen aparece entronizada y coronada como reina, sujetando en su rodilla izquierda la figura del Niño Jesús, que se dirige al frente en actitud de bendecir y portando un globo que simboliza el orbe. Con una grácil curvatura del cuerpo, habitual en las representaciones marianas góticas, la Virgen viste túnica, manto y toca y en su mano derecha porta un pequeño fruto, presentando ambas figuras rasgos orientalizantes comunes a las obras francesas del momento, por lo que es posible que fuera elaborada en un obrador francés y llegara a través del Camino de Santiago, por el que circularon suntuosos objetos de culto.     
Retablo de San Marcelo, principios siglo XIV

Retablo de San Marcelo. Madera policromada, principios del siglo XIV
Procede de la iglesia de San Marcelo de León y es uno de los más tempranos del gótico hispano. Con una organización que recuerda frontales románicos precedentes, presenta una peculiar iconografía dedicada al santo y toda su familia. San Marcelo fue un centurión de la Legio VII Gemina que por sus creencias cristianas fue detenido en León y decapitado en Tánger el año 298. Su esposa, Santa Nonia, también fue santa, aunque según su hagiografía no fue mártir, sino que ascendió a los cielos con tan sólo suplicárselo a Dios. Ambos tuvieron doce hijos que también murieron martirizados: Servando, Germán, Fausto, Januario, Marcial, Emeterio, Celedonio, Facundo, Primitivo, Claudio, Lupercio y Victorico. Todos ellos aparecen representados en el retablo, en el que se incluye una criada anónima citada por la tradición.
El retablo presenta un cuerpo central vertical en el que se colocan las estilizadas figuras de San Marcelo y Santa Nonia bajo dos arcos trilobulados que se apean en una ménsula central. A los lados, colocados a dos niveles, aparecen triadas de sus hijos mártires, igualmente cobijados bajo arcos trilobulados que están coronados por pequeñas cúpulas arquitectónicas. 
Santiago peregrino. Anónimo, segunda mitad del siglo XV
Todos ellos aparecen identificados por filacterías pintadas en la base y todos repiten la misma posición, sujetando espadas como atributo de su martirio. Su talla es muy elemental y en su policromía se utilizan colores muy restringidos, constituyendo la ingenuidad de su representación uno de sus mayores atractivos. Se corona con un frontón decorado con rameados en relieve que incluyen dos medallones pintados con las cabezas de la Dolorosa y San Juan, seguramente relacionados con el remate superior, que aparece mutilado.

Santiago peregrino. Piedra caliza, segunda mitad del siglo XV
En una sala que alude a la ciudad de León como hito trascendental de la Ruta Jacobea, se presenta la bella escultura de Santiago peregrino, en origen perteneciente al repertorio decorativo de la catedral. La elegante escultura presenta un labrado rico en matices, especialmente en la disposición del manto y el trabajo de la cabeza, siendo un buen exponente del naturalismo gótico en su fase de esplendor. La representación se ajusta a la rica iconografía desarrollada a lo largo del Camino de Santiago, con el santo caracterizado en su condición de apóstol, pero combinado con los habituales atributos del peregrino: cubierto por un amplio sombrero de ala con una venera al frente, sujetando un cayado, etc. En su mano derecha sujeta una filactería identificativa parcialmente mutilada.

Maestro de Palanquinos. Banquete de Herodes, siglo XV
EDAD MODERNA

Peregrinos ante el altar de Santiago. Maestro de Astorga, hacia 1530
Esta pintura al óleo sobre tabla formó parte de un retablo asentado originariamente en la capilla de Santiago de Astorga, sede de una antigua cofradía de boteros que tenían al apóstol por patrón. Vendido por el Ayuntamiento astorgano en las primeras décadas del siglo XX, dos de las tablas fueron adquiridas por José Lázaro Galdiano, en cuyo museo madrileño se encuentran actualmente. Del resto se conocen vagas noticias.
La tabla, todo un documento gráfico de la sensibilidad jacobea, muestra a un grupo de peregrinos que han llegado ante el altar de Santiago de Compostela, mostrando distintas reacciones tras haber concluido la peregrinación. En el centro, recién llegados, dos peregrinos se postran ante el santo expresando su júbilo con sus ademanes. A su izquierda otros dos, sujetando el bordón y la calabaza, conversan entre ellos sobre las incidencias y dificultades del viaje. En la parte derecha, un peregrino agotado duerme plácidamente tras haber agotado el agua de su calabaza, depositada en el suelo, lo mismo que un perro que le ha acompañado, que duerme enroscado sobre sí mismo. Más al fondo, junto al altar de Santiago, otros tres peregrinos oran con fervor mientras sujetan el bordón y las cuentas de un rosario.
Maestro de Astorga. Peregrinos ante el altar de Santiago, hacia 1530
El centro está ocupado por un altar pétreo presidido por una hornacina avenerada que cobija la escultura del santo titular y que está recorrida, a la altura de la cornisa, por una inscripción que le identifica: "S(an) IACO(bo) (al)FEO A(póstol)". Con gran detalle aparece representada la mesa de altar, cubierta con un paño ribeteado con flecos, otro bordado con una cruz y dos candelabros dorados a los lados. En el frente se reproducen tres medallones labrados en relieve con cabezas, de las cuales la central representa a Santiago. En el cajeado aparece en dos líneas otra inscripción que proclama: "LA FE q(ue) ME DA ESPERÁ(n)CA APORTA CIERTO CON(suelo)".

La pintura se ajusta a los modos del anónimo pintor hispanoflamenco conocido como Maestro de Astorga, seguidor en el primer tercio del siglo XVI de las innovaciones de Juan de Flandes y Pedro Berruguete e influenciado por flamencos y alemanes. En sus composiciones gusta de incluir arquitecturas para acoger a los personajes, realizando una pintura narrativa con aire de leyenda en la que siempre está presente un componente ingenuo, a pesar de que dota a sus figuras de melancolía y elegancia. Sus obras, no exentas de cierto goticismo, le colocan entre los pintores innovadores de su tiempo.
Maestro de Astorga. Santa Bárbara y Santa Lucía, hacia 1530

Santa Bárbara y Santa Lucía. Maestro de Astorga, hacia 1530
Por sus características, esta atractiva tabla pudo formar parte de la predela de un retablo formando pareja con otra que representa a la Sagrada Familia y que se conserva en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. En ambas aparece el mismo tipo de pretil en la embocadura y la misma estructuración del espacio, con una galería abierta en el que una columna divide en dos el espacio y al fondo un paisaje cuya línea de horizonte se sitúa a media altura, con los personajes sentados en bancos de madera.
En la parte izquierda aparece Santa Bárbara en posición de perfil y sujetando dos atributos que le identifican: la palma alusiva a su martirio y la torre en la que el año 236 fue inútilmente recluida en Nicomedia por su padre, el rey sátrapa Dióscoro, para preservarla del proselitismo cristiano, a pesar de lo cual contactó con el sacerdote Valentiniano, que la bautizó cuando tenía 16 años. Después sufriría su violento tormento por negarse a contraer matrimonio con un joven pagano, para acabar siendo decapitada por su propio padre.  
Jan y Cornelis Metsys. Tríptico de la Crucifixión, 1535-1540
Enfrente se encuentra Santa Lucía, nacida en Siracusa en 283 y consagrada a Dios con voto de virginidad. Tras no corresponder a un pretendiente pagano, fue acusada de ser cristiana ante el procónsul Pascacio, que la obligó a realizar sacrificios a los dioses paganos. Como esta se negara, le sometió a repetidos tormentos, uno de los cuales fue sacarle los ojos, a pesar de lo cual la santa seguía viendo, antes de ser definitivamente decapitada. En la pintura Santa Lucía aparece como una joven sentada con un ligero giro, con la cabeza levemente inclinada y sujetando el afilado punzón que fue clavado en sus ojos, mientras sujeta en su regazo una bandeja metálica que contiene sus globos oculares, atributo inseparable en su iconografía.
El Maestro de Astorga muestra en esta tabla un gran lirismo en la representación de las dos jóvenes mártires, cuyas figuras se inspiran en el repertorio italiano. A ello también contribuye el delicado paisaje del fondo, el tratamiento de la luz y el acertado cromatismo de la paleta utilizada, que confiere a la escena un acabado con aspecto de esmalte.

Juan de Juni. San Mateo, hacia 1537
Tríptico de la Crucifixión. Atribuido a Jan y Cornelis Metsys, 1535-1540
Entre los Países Bajos y la Corona de Castilla se produjo un floreciente comercio de obras artísticas que originaron la introducción de las modas y el estilo flamenco en la corte hispana. Una muestra de ello es el Tríptico de la Crucifixión, recientemente atribuido a la colaboración de Jan y Cornelis Metsys, hijos del gran maestro Quentin Metsys, fundador de la escuela de Amberes.  
El tríptico está compuesto por la Crucifixión en la tabla central y por escenas de pasajes de la vida de San Francisco y San Jerónimo en las laterales. La escena central muestra una iconografía tradicional, con Cristo crucificado en el centro, la Virgen y San Juan a los lados, la Magdalena arrodillada y aferrada a los pies de la cruz y tres ángeles que recogen la sangre de las manos y los pies de Cristo en cálices. San Francisco aparece en el momento de recibir los estigmas de Cristo en el monte Alvernia, con fray León como testigo, y San Jerónimo practicando la penitencia en su retiro en el desierto, con la indumentaria cardenalicia visible y acompañado del león al que arrancara la espina de una pata y fuera su inseparable compañero. Esta selección temática se ha querido interpretar como una muestra de la devotio moderna, representando los fundadores de las órdenes de frailes franciscanos y jerónimos las vías de la mística y la ascética como medio de acercamiento a la Verdad de Cristo.
Juan de Juni. Relieve de la Piedad, hacia 1540
Plasmadas las escenas con el preciosismo y minuciosidad habitual en estos pintores, Jan habría ejecutado los personajes de la tabla central y Cornelis los de las tablas laterales y el bello paisaje que las unifica, en el que se aprecia una influencia de Patinir.

San Mateo. Juan de Juni, hacia 1537
Procedente del convento de San Marcos, es una obra con un marcado carácter italianizante que refuerza la teoría del aprendizaje del escultor en aquel país. Está realizada en terracota en su taller leonés, siendo la primera experiencia que sigue la técnica utilizada en Bolonia por Nicolo dell’Arca o en Módena por Guido Mazzoni y su seguidor Antonio Begarelli. No existe documentación que acredite su autoría, siendo atribuida por Gómez Moreno en virtud de los rasgos estilísticos relacionados con el escultor y el tipo de modelado que desarrolla en su primera etapa leonesa.
El evangelista aparece escribiendo sobre un libro que sujeta un ángel, que parece realizar  un auténtico esfuerzo para cumplir con sus alas la función de atril. Los cuerpos adoptan un sentido helicoidal de recuerdos miguelangelescos, lo mismo que la potente anatomía, visible en la musculatura del brazo que el apóstol tiene al aire, o su rostro, que sigue un modelo inspirado en el célebre Moisés. Las figuras aparecen envueltas por vestimentas voluminosas e independientes que forman grandes y agitados pliegues, mostrando un anudamiento a la altura de la cintura para sujetar el manto, rasgo que Juni repetirá en sus figuras con frecuencia.
Juan de Juni. Relieve de la quema de libros, hacia 1540
El modelado del barro cocido le permite plasmar con facilidad pequeños detalles, como los mechones del cabello y barba, el abotonamiento del cuello y los lazos que amarran el cuerpo del ángel, originando también unos pliegues con bordes muy redondeados, efecto que Juni trasladará a sus trabajos en madera, creando una estética totalmente opuesta al tratamiento afilado de paños de la escultura hispanoflamenca todavía frecuente en su época.

Relieve de la Piedad. Juan de Juni, hacia 1540
Utilizando también la técnica de terracota, Juni realiza una serie de relieves de pequeño formato con el tema de la Piedad, con un acabado policromado de gran colorido. De características similares a este relieve del Museo de León se conservan cuatro ejemplares más en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid, en el Victoria & Albert Museum de Londres (posible procedencia de Salamanca), en el Museo de Zaragoza (de tamaño ligeramente inferior) y en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid (con la composición invertida).
En la escena aparece la Virgen junto a la cruz sujetando en su regazo el cuerpo muerto de Cristo, con un pequeño árbol junto al cual está depositada la corona de espinas sobre un paño. En segundo plano un personaje entre árboles transporta la escalera con la que se ha realizado el descendimiento y en el opuesto otro prepara el sepulcro para el entierro. En el fondo aparece pintada la ciudad de Jerusalén.
Sala de pinturas barrocas
El interés de estas pequeñas obras radica en el ensayo que el escultor hace por plasmar en escorzo las figuras de la Virgen y de Cristo, como si de un trabajo de medallística se tratase, para insinuar la profundidad con un relieve mínimo. La cabeza de la Virgen queda medio oculta por el manto y queda embutida tras el hombro izquierdo, aferrándose al cuerpo inerte de Cristo mientras el viento agita su manto. El cuerpo de Cristo sigue un movimiento helicoidal, con las piernas descoyuntadas respecto al torso, mientras que la cabeza se desploma por detrás del hombro para alcanzar la misma disposición en las dos figuras. Es un escorzo muy forzado, recurso que junto a la distorsión anatómica dotan a la escena de un gran dramatismo, con el dolor como verdadero protagonista.

Relieve de La quema de libros. Juan de Juni, hacia 1540
Obra maestra de la escultura renacentista, este altorrelieve en madera de nogal presenta el tema del "Juicio contra un monje hereje", inspirado en "La Quema de libros de san Gregorio Magno" narrada por Santiago de la Vorágine en su obra La Leyenda Dorada, según la cual, san Gregorio fue acusado de dilapidar los bienes de la iglesia y en consecuencia, con objeto de deshonrarle, se determinó quemar los libros escritos por él. Un benedictino colaborador suyo, llamado Pedro, decidió salvar estos escritos, ya que había visto cómo eran dictados por el Espíritu Santo, pero san Gregorio, al saberlo, le advirtió de que si daba a conocer tal hecho, moriría. Pedro era consciente de que para proteger los libros de la quema, tendría que dar a conocer la intersección divina en su redacción, dando su vida a cambio.
Círculo de Pedro de Mena. San José, último tercio del siglo XVII
La magistral escena se produce en un interior arquitectónico de estilo dórico-toscano, perfectamente delimitado, donde se muestra un gran estudio de perspectiva geométrica y disposición lineal de las estructuras, que evidencian la influencia del Quattrocento italiano, especialmente de las fórmulas de Donatello, en la obra temprana del escultor borgoñón Juan de Juni.
 
La nítida composición permite comprender sin problemas el mensaje relatado, reforzado por el diseño expresivo de los personajes y sus gestos, contribuyendo la agitación de los pliegues de los hábitos a crear una atmósfera tensa, donde todos están arrebatados por la polémica. Estos plegados, los audaces escorzos y el tratamiento individualizado de las cabezas de los monjes, ninguno de ellos ajenos a la discusión, contrasta con las formas planas de la arquitectura, creando al mismo tiempo unos efectos lumínicos de claroscuro muy apropiados al relato.

Cabeza de San Francisco. Luis Salvador Carmona, hacia 1760
Luis Salvador Carmona. Cabeza de San Francisco, hacia 1760
El cambio de imagen y gusto artísticos a causa de la llegada de los borbones a España supuso la implantación de un estilo oficial academicista, refinado y cortesano. Ello relegó a la imaginería tradicional hispana de asunto religioso a un declive imparable del que, sin embargo, durante la primera mitad de siglo, se libran algunos escultores. Uno de los más cualificados fue Luis Salvador Carmona, quizá el mejor escultor de su centuria. Su producción refleja este compromiso entre los encargos oficiales, donde puso el buen hacer técnico de imaginero al servicio del nuevo lenguaje áulico, y las raíces más selectas de la talla en madera del siglo anterior, donde aplicó los nuevos criterios de exquisitez y refinamiento formal. Esta cabeza de san Francisco, procedente del convento de San Francisco de León, es una de las pocas imágenes de vestir de su mano, y está tallada con extraordinaria suavidad y notorio naturalismo, completado con postizos incrustados.

EDAD CONTEMPORÁNEA
En el Museo de León también se muestra un importante conjunto de obras de los dos últimos siglos, unas referidas al rico patrimonio etnográfico y otras dedicadas a las bellas artes, siendo una obra a reseñar el Retrato de Isabel II atribuido a Federico de Madrazo, hermano de Juan Madrazo, arquitecto restaurador de la catedral leonesa, posiblemente pintado hacia 1844 para celebrar la mayoría de edad de la Reina. 

Sala del siglo XIX
MONETARIO Y LAPIDARIO
El museo también permite un paseo por dos de las manifestaciones arqueológicas más genuinas y significativas, a manera de un viaje por su significado cultural.

Más información: Museo de León



HORARIO DE VISITAS:
Del 1 octubre al 30 de junio:
De martes a sábado: de 10:00 a 14:00 h. y de 16:00 a 19:00 h.
Domingos y festivos: de 10:00 a 14:00 h.
Lunes cerrado, incluso si es festivo.
Del 1 julio al 30 de septiembre:
De martes a sábado: de 10:00 a 14:00 h. y de 17:00 a 20:00 h.
Domingos y festivos: de 10:00 a 14:00 h.
Instalaciones del Museo de León - Edificio Pallarés
Lunes cerrado, incluso si es festivo.
Cerrado los días 24 y 31 de diciembre.

Visitas guiadas gratuitas:
De martes a domingo a las 12.30 h.

TARIFAS:
General: 1 €
Entrada gratuita:
Carné joven, mayores de 65 años y menores de 18 años
Grupos culturales: gratuita previa solicitud (987 236 405)
Gratis: todos los fines de semana, 23 de abril, 18 de mayo, 12 de octubre y 6 de diciembre.

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3 de noviembre de 2017

Un museo interesante: MUSEO DE ARTE SACRO DE SAN ANTOLÍN, Tordesillas (Valladolid)



Cuando se llega a Tordesillas desde Madrid la fisionomía de la villa queda definida por el puente medieval y una hilada de edificaciones que establecen un sugestivo balcón sobre el padre Duero, destacando entre ellas el semblante palaciego de las Casas del Tratado y a su lado la esbelta iglesia de San Antolín con su torre y sus pináculos, una panorámica que ha variado muy poco desde que fuera dibujada por Valentín Carderera en el siglo XIX.

Hoy fijamos nuestra atención en la que fuera una de tantas iglesias tordesillanas, desde 1969 desacralizada para convertirse en Museo de San Antolín, que dedicado en exclusiva al arte sacro no sólo recoge el ingente patrimonio artístico de la propia iglesia, sino también una excelente colección de obras procedentes de otros templos de la noble villa que también sucumbieron por distintos motivos.


Altar portátil de la Piedad, alabastro, s. XVI
La que fuera iglesia de San Antolín es un edificio de una sola nave de cuatro tramos, con la torre de ladrillo a los pies sobre el espacio del coro, capillas entre contrafuertes poco profundas y con los dos tramos de la cabecera cubiertos por bóvedas góticas de crucería con terceletes y los dos restantes con bóvedas de arista decoradas con yeserías realizadas durante la remodelación de la primera mitad del siglo XVII. El espacio se agranda y dignifica con tres capillas adosadas en el lado del Evangelio. La primera de ellas, alineada a la capilla mayor, es la Capilla de los Ulloa, cubierta con bóveda de crucería; la segunda es la Capilla de los Acevedos, que igualmente con bóveda de crucería establece un falso crucero; finalmente una capilla de planta irregular con función de baptisterio cubierta con bóveda de cañón.

Más espectacular es la Capilla de los Alderete, que con planta rectangular se abre en el lado de la Epístola, junto a la capilla mayor, y se extiende ocupando dos tramos completos, siendo la parte más antigua de todo el conjunto. Está levantada en piedra de sillería y cubierta por bóvedas de crucería estrelladas que se apoyan en ménsulas con ángeles portablasones. A sus pies se coloca una sacristía, cubierta por bóveda de cañón, de la que arranca una escalera de caracol que conduce al coro alto y a una terraza que adquiere el valor de un mirador defensivo sobre el Duero. Su austeridad exterior contrasta con el rico interior y los elementos artísticos que atesora.

Jesús atado a la columna, alabastro, s. XVI
Todos estos espacios, debidamente dotados durante los siglos XVI y XVII para los oficios religiosos, en la actualidad están musealizados para presentar una ingente colección de pintura, escultura, orfebrería, relicarios, documentos y vestuario litúrgico, en la que junto a piezas de raigambre popular destaca un impresionante conjunto de obras de primer orden, entre las cuales haremos forzosamente una selección, siempre subjetiva y posiblemente injusta, para divulgar aquellos tesoros que por sí mismos justifican una visita a Tordesillas.

En lugar de seguir el orden expositivo del museo, mostraremos la selección agrupando las obras en los dos estilos artísticos imperantes: el Renacimiento y el Barroco.



OBRAS DEL RENACIMIENTO 
    
Capilla de los Alderete

Piedad
Anónimo hispanoflamenco, siglo XVI
Esta expresiva escultura sigue el modelo de origen centroeuropeo influenciado por los escritos de Santa Brígida. Presenta a Cristo muerto en el regazo de la Virgen sedente, destacando la torsión en el cuerpo del recién desclavado, con los brazos descoyuntados como elemento expresionista para realzar su patetismo. La Virgen es una figura en plena adolescencia y con el semblante compungido como es habitual en este arquetipo.

Altar portátil de la Piedad
Anónimo, siglo XVI
Se trata de un pequeño retablito en el que una exquisita arquitectura de tipo clasicista y traza herreriana sirve de marco a un relieve en alabastro con el tema de la Piedad. La obra responde a una tipología devocional que comenzó a satisfacer la necesidad de introducir en viviendas particulares del ámbito burgués un tipo de piezas hasta entonces reservadas a capillas o iglesias, llegando a conocer los pequeños relieves en alabastro el mismo éxito comercial que las tablas flamencas.
Su procedencia es difícil de determinar, aunque seguramente el relieve sea una elaboración escultórica inglesa, ya que los talleres isleños realizaron una copiosa producción tanto de piezas sueltas como de otras destinadas a dípticos, polípticos y pequeños retablos que fueron enviadas de forma masiva al continente, existiendo en España un amplio catálogo. La elaboración de este tipo de alabastros comenzó en el siglo XIV y perduró hasta bien entrado el siglo XVI, hasta convertirse en modelos reiterativos en los que se representan algunos santos, los gozos de la Virgen y escenas de la Pasión, generalmente con composiciones muy elementales y gusto por los detalles secundarios, como se aprecia en este caso en la calavera, el tarro de perfumes, los accesorios de la cruz y la ingenua vista de Jerusalén al fondo. Este tipo de alabastros ingleses conocieron la competencia de numerosos talleres asentados en la ciudad flamenca de Malinas, donde florecieron entre la segunda mitad del siglo XVI y el primer cuarto del XVII con una técnica más depurada.

Gaspar de Tordesillas. Sepulcro de don Pedro Rguez. de Alderete, 1550-1562
Relieve de Jesús atado a la columna
Anónimo, siglo XVI
Este meritorio relieve de alabastro, colocado en la capilla de los Acevedo, está insertado en un marco posterior decorado con cabezas de querubines en los ángulos. Se atribuye al círculo de Cornelis de Holanda, un escultor flamenco del siglo XVI cuyas obras se documentan en Galicia. El relieve está policromado y representa a Cristo atado a la columna hasta la altura de la cintura, con la figura coronada de espinas en posición de tres cuartos y acompañada de los flagelos y azotes. El relieve, a pesar de su escaso fondo, muestra la pericia del escultor para definir el modelado anatómico, alcanzando un gran virtuosismo en los pequeños detalles de la cabeza, que aparece rodeada de un nimbo radiante pintado con finos rayos dorados muy frecuentes en el primer tercio del siglo XVI.

Capilla de los Alderete
Siglo XVI
Detalle sepulcro de don Pedro Rodríguez de Alderete, 1550-1562
La capilla de la Piedad, más conocida por el nombre de la familia que ejerció su patronazgo, los Alderete, es uno de los recintos funerarios castellanos más importantes del siglo XVI, siendo concebida a principios de siglo como panteón familiar, donde trabajaron diferentes artistas. Los restos más antiguos de la capilla son el enterramiento, bajo un arcosolio de raigambre goticista, de don Rodrigo Alderete, y las rejas platerescas que separan la capilla de la nave del templo, interesante trabajo de forja de los talleres vallisoletanos.
En la pequeña sacristía que se abre a los pies de la capilla, el cantero Juan de Zorrilla levantó en 1559 una torrecilla cilíndrica con una escalera de caracol en su interior con acceso a una tribuna abierta a la capilla y al mirador dispuesto a la altura del tejado.
Interesante es el sepulcro ya citado de don Rodrigo Alderete, juez mayor de Vizcaya, inscrito en el muro bajo un arco de medio punto y rematado con un arco conopial y pináculos en los extremos, mientras en la cama sepulcral una inscripción en caracteres góticos le identifica: “Aquí yaze el Licenciado Rodrigo de Alderete, juez mayor de Vizcaya por sus magestades falleció año de 1527”. La efigie del juez aparece yacente y en actitud de orar, con la cabeza reposando sobre dos cojines y acompañado de las figuras de un perro y un niño-paje a los pies. Tanto la policromía del yacente, como las pinturas del Calvario que aparece en el fondo del nicho y la Anunciación repartida en las albanegas del arco son obra de Gabriel Vázquez de Barreda.
Obra destacada es el sepulcro de don Pedro Rodríguez Alderete, muerto en 1501, que aparece colocado en el centro de la capilla. Fue realizado en alabastro por el entallador Gaspar de Tordesillas siguiendo esquemas berruguetescos.
Espectacular es el retablo, contratado por Gaspar de Tordesillas para el monasterio de Santa Clara de la villa, pero comprado en 1550 por Gaspar Alderete para ser instalado en su capilla de la Piedad cuando solamente estaba realizada su estructura y la talla de la mazonería. Después Gaspar Alderete contrataba al escultor Juan de Juni las esculturas y relieves que lo integran. En 1579 Bartolomé Hernández, escultor vecino de Astorga, donde había trabajado con Gaspar Becerra, fue contratado por Gaspar Alderete para policromar el retablo y montarlo presidiendo la capilla. El retablo lleva incorporadas seis pinturas al óleo sobre tabla que fueron atribuidas durante mucho tiempo al maestro medinense Antón Pérez, aunque investigaciones recientes se las adjudican al pintor florentino Benedito Rabuyate, afincado en Valladolid.   

Sepulcro de Don Pedro Rodríguez de Alderete
Gaspar de Tordesillas, entre 1550 y 1562
El fastuoso sepulcro de don Pedro Rodríguez Alderete, comendador de Santiago, regidor de Tordesillas y fundador de la capilla funeraria de la Piedad, se encuentra entre lo más selecto de la escultura funeraria española del Renacimiento. Se considera obra del entallador Gaspar de Tordesillas, que lo habría realizado en alabastro entre 1550 y 1562 siguiendo un esquema similar al que utilizara Alonso Berruguete en la que fue su última obra: el sepulcro del cardenal Tavera (1554-1561) de la iglesia del Hospital de Tavera en Toledo.
Consta de una cama sepulcral, apoyada sobre un basamento, con cuatro frentes labrados —siguiendo el horror vacui— en los que se distribuyen relieves de hornacinas y medallones de raigambre florentina que están flanqueados por columnas platerescas. Entre ellos se colocan relieves con grutescos a candelieri y en los ángulos alegorías de Virtudes de inspiración clásica. 
Juan de Juni. Retablo de la capilla de los Alderete, 1565-1569
En el frente de la cabecera aparece el tondo de San Pedro, que tiene su correlación con el de la Virgen del Socorro colocado a los pies. En el frente izquierdo (visto desde los pies) aparece San Jerónimo dentro de una hornacina y a los lados medallones con las figuras de los evangelistas San Lucas y San Juan. El esquema se repite en el frente derecho con la figura central de San Ambrosio en la hornacina y los medallones de los evangelistas San Marcos y San Mateo a los lados. Sobre estos relieves discurre un friso que recorre todo el perímetro del sepulcro con la inscripción: “Este bulto y capilla mandó hacer y doctó Pedro Alderete comendador de la Caballería de Santiago, vecino y regidor desta villa de Tordesillas. Falleció en Granada, año de 1501, cuio cuerpo aquí está sepultado”. A pesar del dato que figura en la inscripción, don Pedro Rodríguez Alderete murió en 1501 en el monasterio de agustinas de Santa María de Gracia de la villa de Madrigal, al que se trasladó desde Granada, ciudad en la que había otorgado su testamento.
Solemne es la efigie yacente del regidor, representado con armadura de gala minuciosamente descrita, con la cabeza reposando sobre dos almohadones con los bordes recorridos por bordados simulados en relieve que representan figuras fantásticas y borlones en las esquinas. El retrato de don Pedro aparece idealizado con gran serenidad y empaque, sujetando una espada y rodeado de figuras de niños dormidos sobre calaveras y tarjetas en alusión al sueño eterno. A los pies dos infantes con gesto doliente sujetan el yelmo, todo él labrado en relieve con exquisitos grutescos.
Juan de Juni. Detalle de la Virgen de la Piedad, 1565-1569
En el conjunto Gaspar de Palencia pone de manifiesto su entrega absoluta a las formas italianizantes, haciendo gala de su creatividad en el dinámico diseño de las figuras y los paños.

Retablo de la capilla de los Alderete
Escultura de Juan de Juni, mazonería de Gaspar de Tordesillas, policromía de Bartolomé Hernández y pinturas de Benedito Rabuyate, 1550-1579
 Esta ingente maquinaria tiene una historia controvertida y dilatada en el tiempo que no está resuelta plenamente, por lo que recogemos las teorías más avanzadas sobre el multidisciplinar conjunto. Sabemos que fue contratado por Gaspar de Tordesillas para presidir la capilla mayor del Real monasterio de Santa Clara de Tordesillas, para el que realizó la estructura arquitectónica y la exuberante talla de la mazonería. En 1550 Gaspar de Alderete, regidor de Tordesillas, lo compraba incompleto para colocarle en la capilla de la Piedad de la iglesia de San Antolín, en la que la familia de los Alderete ostentaba el patronazgo desde su fundación a finales del siglo XV, contratando en 1565 los relieves y esculturas al escultor de origen borgoñón Juan de Juni, con taller en Valladolid. Estos trabajos fueron tasados en 1569 ante la presencia de los escultores Francisco de la Maza, defensor de los derechos de Juni, y de Leonardo de Carrión, representante de Gaspar de Alderete. Ese mismo año se comprometía a realizar un Crucifijo con su correspondiente cruz y tablero, que no figuraba en el contrato anterior, que sería colocado entre las figuras de la Virgen y San Juan en el ático.
Taller de Juan de Juni. San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, 1565-1569
El conjunto permaneció al natural, sin labores de dorado y policromía, durante unos años, siendo encargado este trabajo en 1580 al entallador Bartolomé Hernández, con taller en Astorga, que también debía ocuparse de las pinturas de los tableros de las calles laterales. En ese momento el pintor florentino Benedito Rabuyate, afincado en Valladolid, que había ejercido como fiador de Juan de Juni en el contrato del Crucifijo, interpuso un pleito alegando haber firmado un contrato el día de la fianza para realizar dichas pinturas. En la sentencia del pleito, dictada en mayo de 1582, se mantenía el compromiso con Bartolomé Hernández, estableciendo una fuerte cantidad como indemnización a Benedito Rabuyate, al que según Manuel Arias Martínez corresponden las seis pinturas que representan la Visitación, la Epifanía, el Bautismo de Cristo, la Misa de San Gregorio, San Cristóbal y San Benito y Santa Escolástica, todas ellas italianizantes.

Juan de Anchieta. Detalle de Dimas, Cristo y Gestas, s. XVI
En la parte escultórica, a pesar de responder íntegramente a modelos de Juan de Juni, se aprecia la intervención del taller, incluyendo a su hijo Isaac de Juni, que asentó los trabajos de escultura. La obra más personal del borgoñón es el altorrelieve de la Virgen titular de la capilla, aunque en realidad su iconografía se ajusta a la Virgen de la Misericordia. En él aparece la Virgen a escala monumental parando con sus manos unos rayos en forma de flechas que simbolizan los peligros de la humanidad. Bajo su manto protector se aglutinan un nutrido grupo de eclesiásticos (izquierda) y de laicos (derecha) que imploran su protección. A sus pies aparece una serpiente pisoteada, alusiva al pecado vencido, que prefigura la Inmaculada Concepción. En esta verdadera obra maestra se sintetiza el estilo juniano más genuino.
Maestro de Portillo. Retablo de la Virgen, primer tercio siglo XVI
De extraordinaria plasticidad es también el altorrelieve del Descendimiento, aunque en su ejecución se patentice la intervención del taller, adoleciendo de la falta de brío que el borgoñón impregnaba a sus obras. Otro tanto ocurre con el santoral que se distribuye por las entrecalles, como San Pedro y San Juan (primer cuerpo), San Bartolomé y María Magdalena (segundo cuerpo) y San Francisco y Santo Domingo (tercer cuerpo), todas ellas rebosando el marco en que se encuentran.

Por lo que respecta al ático la realización de atribuciones es tarea complicada, pues tanto en las figuras de la Virgen, San Juan y Cristo crucificado que configuran el Calvario, como en los ladrones colocados en los extremos y en el relieve del Padre Eterno del remate, se aprecian autores diferentes a Juni, aunque todos sigan un programa maestro planteado por aquel. Recientemente, todo este conjunto del ático ha sido atribuido por Luis Vasallo al escultor vasco Juan de Anchieta, que lo habría realizado durante su estancia en Valladolid y Astorga.
   
Maestro de Portillo. Santo Entierro. Retablo de la Virgen, s. XVI
  
Retablo de la Virgen
Pinturas del Maestro de Portillo, primer tercio siglo XVI
En un muro lateral de la capilla de los Acevedo se encuentra este retablo formado cinco pinturas atribuidas al Maestro de Portillo y la escultura central de la Virgen con el Niño. En la parte central del banco se sitúa la escena del Santo Sepulcro, flanqueada en las calles laterales por un santoral formado por parejas, en la izquierda San Miguel y San Juan Bautista con donante y en la derecha Santa Ana y Santiago. De excelente factura en la ortodoxia de la pintura hispano flamenca, este fecundo pintor realizó múltiples retablos de este tipo en los que se muestra seguidor de Pedro Berruguete, en el uso continuo de fondos dorados, con algunas reminiscencias del flamenco Rogier van der Weyden, siempre sobre la base del dominio del dibujo y una paleta rica de matices.


Maestro de Portillo. Detalle de San Miguel, San Juan Bautista y Santiago. Retablo de la Virgen, s. XVI
Calvario
Francisco de Rincón y Gaspar de Tordesillas, finales siglo XVI
En el retablo que preside la capilla de los Acevedo se encuentra un Calvario de impronta romanista que presenta una bella policromía. La Virgen y San Juan se atribuyen a Gaspar de Tordesillas, mientras que la imagen de Cristo crucificado responde al estilo del vallisoletano Francisco de Rincón, autor de diversos crucificados que superan el tamaño natural caracterizados por el excelente estudio anatómico y por presentar la corona de espinas tallada junto a los cabellos. 

Francisco de Rincón y Gaspar de Tordesillas. Calvario, finales siglo XVI
OBRAS DEL BARROCO    

Retablo de la Inmaculada
Francisco Martínez, primer tercio del siglo XVII
Este retablo está ocupado por una pintura de gran formato que representa a la Inmaculada rodeada de alegorías marianas, siguiendo la iconografía de Tota Pulchra. Su autor es el vallisoletano Francisco Martínez, hijo del gran maestro renacentista Gregorio Martínez, el pintor con taller en Valladolid más significativo de la segunda mitad del siglo XVI. Francisco Martínez realizó una copiosa obra para la clientela eclesiástica de Valladolid y entorno, destacando su dibujo preciso, el uso de colores claros —aún manierista en algunos aspectos— y su habilidad como retratista. Todo ello queda reflejado en esta pintura barroca de exaltación inmaculadista.

Francisco Martínez. Inmaculada, s. XVII
San Juan Bautista
Esteban de Rueda, hacia 1621
A caballo entre los siglos XVI y XVII desarrolló su actividad en Toro (Zamora) un prestigioso taller regentado por el maestro Sebastián Ducete y su discípulo Esteban de Rueda, que surtieron de imágenes a todo el entorno, especialmente a los monasterios y encomiendas de la Orden de San Juan de Jerusalén. Es el caso de este San Juan Bautista que procede del convento tordesillano de Carmelitas Descalzas, en origen monasterio sanjuanista.
Puede datarse hacia 1621-1622, cuando tras la muerte del maestro Esteban de Rueda inicia su andadura en solitario desarrollando un estilo influido por aquél, aunque con menos gracia y mayor monumentalidad, utilizando paños duros y angulosos para crear un contraste de luces y sombras de carácter pictórico. La escultura pudo formar parte de un retablo del que en el Museo Nacional de Escultura se conservan dos relieves, uno con el Bautismo de Cristo y otro con la Degollación del Bautista, obras que presentan el mismo tratamiento de los paños.  

Grupo de la Sagrada Familia
Seguidor de Gregorio Fernández, segundo tercio del siglo XVII
Del grupo de la Sagrada Familia que realizara Gregorio Fernández entre 1620 y 1621 para la Cofradía de San José, Nuestra Señora de Gracia y Niños Expósitos, con sede en la iglesia de San Lorenzo de Valladolid, donde todavía se conserva el grupo original, discípulos y seguidores realizaron repetidas copias en diferentes formatos. De todas ellas, una de las mejores versiones es esta conservada en la iglesia de San Antolín, igualmente a escala natural. Mientras la Virgen y el Niño se ajustan con fidelidad al original fernandino, la figura de San José se aparta de arquetipo creado por el gran maestro al colocar el manto envolviendo todo el cuerpo. También es distinta la policromía, muy rica en este caso, con profusión de esgrafiados que dejan aflorar el oro.
Esteban de Rueda. San Juan Bautista, h. 1621

Cristo yacente
Seguidor de Gregorio Fernández, segundo tercio del siglo XVII
Dentro de una elegante urna de diseño clasicista aparece este yacente que reproduce con gran fidelidad el arquetipo naturalista desarrollado por Gregorio Fernández en Valladolid, si bien acondicionado con brazos articulados, lo que indica que fue utilizado para la ceremonia de la Función del Desenclavo, tradición extendida por la provincia vallisoletana. Aquel uso justifica su talla exenta —sin sudario ni almohadón— y la colocación de las piernas y la cabeza siguiendo su disposición en la cruz.

Seguidor de Gregorio Fernández. Sagrada Familia, s. XVII

Inmaculada
Pedro de Mena, hacia 1686
El gran maestro granadino Pedro de Mena siguió la tradición de su padre, Alonso de Mena, en la creación de tallas concepcionistas como consecuencia de los virulentos sucesos ocurridos en Sevilla en torno a este dogma en 1613, lo que dio lugar a una ingente producción de Inmaculadas como muestra de adhesión a una verdad de fe.
Una importancia decisiva en las directrices estilísticas del escultor fue el regreso a Granada de Alonso Cano en 1652, tras haber trabajado en Sevilla y Madrid. Entre los discípulos de los que se rodeó, sería Pedro de Mena el que mejor aprovechó sus enseñanzas, que en su dilatada iconografía de la Inmaculada se inspira en la creación de Alonso Cano para la catedral granadina. En la obra de Pedro de Mena se superan los 15 ejemplares de representaciones de la Inmaculada, unos firmados, otros atribuidos, que fueron realizados tras el traslado de su taller de Granada a Málaga en 1658.
Seguidor de Gregorio Fernández. Detalle de la Sagrada Familia, s. XVII
Verdadera joya del museo, la exquisita Inmaculada de Mena aparece sustentada sobre una media luna de plata y su silueta adopta la forma de huso. En actitud orante, con las manos unidas a la altura del pecho, viste una camisa blanca fruncida que asoma en las muñecas, una túnica marfileña que simula seda y un manto azul que envuelve el cuerpo dejando al descubierto el hombro derecho, todo un alarde de virtuosismo técnico a base de finas láminas y profusión de pliegues. Su cabeza ovalada se cubre con una larga cabellera que cae por los hombros y espalda en forma de mechones exentos, siendo en las facciones del rostro aniñado donde se aprecian los recursos típicos de Pedro de Mena: ojos rasgados con postizos de cristal, nariz larga y boca pequeña.
Seguidor de Gregorio Fernández. Cristo yacente articulado, s. XVII
Entre los ejemplares que repiten las mismas características, se pueden citar la Inmaculada de la iglesia de San Nicolás de Murcia (1676); la Inmaculada de las Madres Carmelitas de Madrid (1686), la más parecida al ejemplar tordesillano, aunque con pequeñas figuras de ángeles en la peana; la de la Abadía del Císter de Málaga (1676-1686) y la de la iglesia de los Jesuitas de Toledo.


Desposorios de la Virgen
Seguidor de Murillo, siglo XVII
Pedro de Mena. Inmaculada, h. 1686
Esta pequeña pintura, casi con tratamiento de miniatura, se exhibe en el espacio del coro bajo enmarcada en una cornucopia decorada con rameados en relieve. Es obra de un desconocido pintor que sigue las pautas de amabilidad establecidas por Murillo en la escuela sevillana y presenta la escena de los Desposorios ambientada en un templo trazado en perspectiva e incorporando numerosos personajes que lucen pintorescas vestiduras descritas con minuciosidad a pesar de su pequeño tamaño, así como una gloria abierta típicamente barroca. El pintor hace un alarde de colorido que realza su atractivo.  

Predicación de San Antonio de Padua
Alonso del Arco, 1700
Seguidor de Murillo. Desposorios de la Virgen, s. XVII
Esta pintura de tamaño monumental fue realizada en su última época por el madrileño Alonso del Arco (1635-1704), sordomudo de nacimiento y discípulo y principal colaborador del vallisoletano Antonio de Pereda. El apodado "Sordillo de Pereda" está considerado como uno de los artistas más prolíficos de la escuela madrileña del último cuarto del siglo XVII, tanto de pinturas para retablos como escenas de paisajes y retratos, así como numerosas versiones de la Inmaculada Concepción, llegando a trabajar también la técnica del fresco. Su personal estilo en el tratamiento de la luz y sus dotes compositivas se reflejan en esta escena poblada por decenas de personajes.

San Miguel venciendo al demonio
Anónimo, siglo XVIII
Esta escultura, paradigma del movimiento con un palpitante juego de curvas y contracurvas, sigue un modelo que tuvo mucha aceptación en el siglo XVIII, alcanzando cotas de gran virtuosismo en la imagen realizada por La Roldana en 1692 (Monasterio de el Escorial), en la versión de Alejandro Carnicero de 1738 (iglesia de los Santos Juanes de Nava del Rey), el que mayores similitudes presenta a este de Tordesillas, en el que talló Luis Salvador Carmona en 1740 (iglesia de Santa Marina de Vergara) o en el que Felipe de Espinabete hizo en 1770 (Museo Nacional de Escultura).  
Alonso del Arco. Predicación de San Antonio, 1700 
El arcángel, manteniendo el equilibrio sobre su pie izquierdo, viste traje militar de gala, con loriga, faldellín, casco con penachos, borceguíes y manto agitado al viento, portando en sus manos una espada flamígera y un escudo. Su anatomía es atlética y su rostro aniñado, con una rica policromía aplicada cuyas carnaciones contrastan con la enrojecida figura demoniaca, que vencida a sus pies se retuerce entre llamas.


     Este es un simple extracto de las decenas y decenas de pinturas, esculturas y obras suntuarias que conserva el museo, digno de ser contemplado con tranquilidad y delectación.





Anónimo. San Miguel venciendo al demonio, s. XVIII

HORARIO DE VISITAS
Diciembre, enero y febrero:
Abierto únicamente sábados y domingos (excepto durante el puente de la Constitución).
Resto del año:
De martes a sábado de 11,30 a 13,30 y de 16,30 a 18,30 (Invierno) o de 17 a 19 h. (verano) Domingos de 11,30 a 13,30 h.
Domingos tarde y lunes cerrado
Contacto: Tel. 610 91 21 56 / 983 77 09 80 (Casa Parroquial)

Tarifa: General: 2€ / Grupos: 1,50€





















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