10 de octubre de 2013

Curso: VILLAS HISPANO-ROMANAS: ARQUEOLOGÍA Y MEMORIA, del 9 de octubre al 12 de diciembre 2013

ORGANIZA:
Universidad de Valladolid  y Centro Buendía/ Coordinadora Carmen García Merino.
Museo de las Villas Romanas de Almenara-Puras (Valladolid), Diputación de Valladolid.

OBJETIVOS:
  • Dar a conocer los resultados de las excavaciones que se están llevando a cabo en villae hispanorromanas y algunos de los enfoques más recientes de la investigación arqueológica en ese campo.
  • Conocer la forma de trabajar, los objetivos y logros de la actual manera de estudiar las villas.
  • Ampliar la información que sobre ese importante aspecto del patrimonio arqueológico de época romana se puede obtener en el desarrollo de los Planes de estudio en vigor.
  • Mostrar la necesidad y eficacia del trabajo arqueológico en equipos interdisciplinares.
  • Ampliar los conocimientos de los futuros historiadores con una revisión y actualización de los criterios de conservación y musealización de las villas como parte del Patrimonio histórico.

DESTINATARIOS:
Alumnos de Grado y Licenciatura en Historia (1 crédito ECTS por cada 25 horas), licenciados, doctorandos y público en general interesado por el mundo de la Arqueología.

PROGRAMA, HORARIOS Y PONENTES

Miércoles 9 de octubre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 18,30 h.
Presentación del curso
19-21 h. "La villa de Almenara de Adaja-Puras y las villas tardorromanas de la Meseta Norte. Estado de la cuestión"
Carmen García Merino, catedrática de Arqueología del Dpto. de Prehistoria y Antropología Social y Ciencias Historiográficas de la Universidad de Valladolid.

Jueves 24 de octubre
Sala de Juntas de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"La vida en las villas a partir de los textos clásicos"
Cristina Rosa Cubo, profesora titular de Filología latina del Dpto. de Filología Clásica de la Universidad de Valladolid.

Jueves 7 de noviembre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"El estudio arqueológico de una villa: un análisis interdisciplinar"
Carmen Fernández Ochoa, catedrática de Arqueología de la Península Ibérica del Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valladolid.

Jueves 21 de noviembre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"La villa romana de Noheda (Villar de Domingo García, Cuenca)"
Miguel Ángel Valero Tevar, profesor titular del Centro Asociado de la UNED de Cuenca y director de las excavaciones.

Jueves 12 de diciembre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"Rehabilitar y proteger villas romanas en Castilla y León"
Fernando Regueras Grande, investigador asociado al Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo.

Matrícula gratuita.
Información: Museo de las Villas Romanas de Almenara-Puras, tel. 983 626 036 / mvr@dip-valladolid.es

* * * * * 

9 de octubre de 2013

Exposición: VELÁZQUEZ Y LA FAMILIA DE FELIPE IV, del 8 de octubre 2013 al 9 de febrero 2014


MUSEO DEL PRADO
Edificio Jerónimos, Sala C, Madrid




A través de una treintena de obras, la exposición Velázquez: y la familia de Felipe IV pretende introducir al espectador en dos temas profundamente interrelacionados. Por un lado, la actividad como retratista desarrollada por Velázquez en los once últimos años de su carrera, y la continuación de esa labor por sus sucesores Juan Bautista Martínez del Mazo y Juan Carreño durante las décadas de 1660 y 1670. Siendo una exposición sobre retratistas cortesanos, también lo es sobre la familia real. De hecho, en 26 de esos treinta cuadros se representa al rey, a su mujer o a sus hijos, cuyas peripecias personales tuvieron una repercusión europea, pues afectaban al equilibrio de fuerzas del continente. La exposición invita a reflexionar, así, no sólo sobre uno de los momentos más brillantes y con mayor personalidad de la carrera de Velázquez y de la historia del retrato cortesano español, sino también sobre cómo este tipo de pinturas se convirtieron en instrumentos de intercambio diplomático, y cómo reflejaban las expectativas que en toda Europa se tejieron en torno al devenir de la familia real.

Cronológicamente la exposición abarca desde la entrada en Madrid de Mariana de Austria como nueva reina (a finales de 1649) hasta su retiro en Toledo en 1677, después de haber dado luz a un príncipe, haber enviudado y haber ostentado la regencia durante diez años. Cuando llegó a Madrid, Velázquez se encontraba en Roma, donde en 1650 realizó una docena de retratos relacionados con la corte papal, que constituyen hitos en la historia del género. A la exposición se traen cuatro de ellos, que permiten documentar lo que hacía Velázquez en un momento en el que debería haber estado en Madrid, retratando a la reina (una de las grandes paradojas de su carrera); y permiten también mostrar hasta qué punto se trataba de un pintor capaz de adaptarse a las diferentes expectativas de sus patronos. La comparación de los retratos romanos con los retratos de busto que hizo de Felipe IV, Mariana de Austria o Maria Teresa revelará cómo en Roma amplió la gama expresiva de sus retratos, y cómo a su vuelta a la corte madrileña recuperó el hieratismo y la distancia anteriores.

El núcleo de la exposición está compuesto por los retratos reales que hizo Velázquez en Madrid desde su vuelta de Roma hasta su muerte en 1660. Son once piezas que forman un capítulo aparte dentro de su carrera, por su singularidad iconográfica y técnica, y en las que se mantuvo a un nivel de calidad extremadamente alto. El mundo femenino e infantil invade por vez primera su catálogo, el color se hace más denso, variado y suntuoso de lo habitual hasta entonces, y se incorporan decididamente las alusiones espaciales a los retratos reales. Entre esas obras destaca especialmente Las Meninas, que aunque no van a figurar físicamente en el espacio expositivo, forman parte fundamental de la muestra. Las meninas supone una formidable reivindicación del género del retrato, y un gran ejercicio de autoafirmación social y profesional por parte de su autor. Su complejidad iguala un retrato a la más erudita “pintura de historia”, y la convierte en el mejor ejemplo del grado de sofisticación al que había llegado la corte española. Porque cuando Velázquez lo pintó –y es una de las cosas que pretende subrayar la exposición- la cultura cortesana española atravesaba uno de sus momentos más creativos, con literatos como Pedro Calderón y Antonio de Solís en la cima de sus facultades, o con unas Colecciones Reales en pleno proceso de expansión y remodelación. La demanda de imágenes a que dio lugar la llegada de una nueva reina y el nacimiento de infantes y príncipes obligó a multiplicar el número de retratos y a poner en marcha un activo taller. La exposición refleja este hecho a través de varias versiones de los originales de Velázquez, realizadas en su taller y bajo su supervisión.

La última parte de la exposición se centra en el retrato cortesano posterior a Velázquez, a través de la obra de Martínez del Mazo y Carreño. Partiendo de soluciones velazqueñas, supieron renovar la iconografía real en una dirección más abigarrada y barroca. Una de sus principales características fue la incorporación decidida de los espacios palaciegos a los retratos, especialmente los llamados “Salón de los Espejos” y “Pieza Ochavada”, que son lugares fuertemente connotados. A través de ellos, crearon una tipología que singulariza el retrato cortesano español del momento respecto a otras tradiciones retratísticas, y en la que los espacios reales actuaron como escenarios donde se escenificó el equilibrio de fuerzas entre los últimos representantes de la casa de Austria.

HORARIO DE VISITAS
De lunes a sábado de 10 a 20h.
Domingos y festivos de 10 a 19h.

PRECIOS
Entrada única al Museo. Esta entrada permite visitar el Museo y otras exposiciones coetáneas el día de la visita.

De lunes a sábado de 10.00 a 18:00h, domingos y festivos de 10:00 a 17:00h
General: 14 €
General + Guía (libro guía de la Colección): 23 €
Reducida: 7 €
Gratuita: 0 €
Grupo turístico: 14 € / persona (Sólo a través del CAV)
Grupo cultural: 7 €
Grupo educativo: 0 €
De lunes a sábado de 18:00 a 20.00h, domingos y festivos de 17:00 a 19:00h
General: 7 €
Reducida: 3.5 €
Gratuita: 0 €
Más información sobre precios de entradas y condiciones de exención y gratuidad.


Acceso gratuito a la colección permanente:
De lunes a sábados de 18 a 20 h.
Domingos y festivos de 17 a 19 h.


* * * * *

8 de octubre de 2013

Exposición: CAMINO DE SANTIAGO POR EL MUSEO DE LEÓN, del 9 de octubre al 31 de diciembre 2013


MUSEO DE LEÓN
Plaza de Santo Domingo 8, León

Conmemorando el XX aniversario de la declaración del Camino de Santiago como Patrimonio de la Humanidad, el Museo de León ofrece en sus salas un recorrido por el patrimonio relacionado con el fenómeno santiaguista y de las peregrinaciones que atesora el Museo, uno de los más jacobeos de España. Objetos artísticos, arqueológicos y etnográficos que habitualmente se exponen permanentemente en sus salas son resaltados museísticamente para enfatizar sus valores y significación en este proyecto.
Y, al mismo tiempo, una nueva presentación temporal de fondos propios habitualmente no expuestos completa este panorama, sacando a la luz bienes patrimoniales procedentes de intervenciones (arqueológicas en particular) que se han desarrollado en lugares significativos del trazado caminero: desde Sahagún (ermita de la Virgen del Puente, iglesias de La Peregrina, La Trinidad, San Lorenzo...) a Carracedo en el Bierzo, pasando por ciudades (León, Astorga, Ponferrada...), despoblados como el Castro de los judíos, monasterios como Marialba, necrópolis, vías, murallas y otros emplazamientos que conforman la ruta francígena; una ruta que recorre la provincia de León de parte a parte como no lo hace, en extensión y vocación, en ningún otro territorio. Y un recorrido que en el Museo de León siempre ha tenido una de sus estaciones, ahora con más sentido que nunca.

HORARIO DE VISITAS
De martes a sábado: de 10 a 14 y de 16 a 19 h.
Domingos y festivos: de 10 a 14 h.
Lunes: cerrado.

Entrada gratuita.

* * * * *

7 de octubre de 2013

Bordado de musas con hilos de oro: EL OTOÑO, MUCHACHOS, de Evaristo Carriego


EL OTOÑO, MUCHACHOS

El otoño, muchachos. Ha llegado
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.

Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!

EVARISTO CARRIEGO (1883-1912)


* * * * *

4 de octubre de 2013

Visita virtual: CRISTO DE PALACIOS DE BENAVER, el retorno a los orígenes














CRISTO CRUCIFICADO
Anónimo
Primera mitad siglo XII
Madera policromada y pintura en la cruz
Iglesia del convento de San Salvador, Palacios de Benaver (Burgos)
Escultura románica














La comunidad de monjas benedictinas que veneran y conservan este crucifijo en la iglesia del convento de San Salvador, en la población burgalesa de Palacios de Benaver, le denominan cariñosamente "el Cristo de los Ojos Grandes", aunque no sólo son grandes los ojos, sino toda la imagen, cuyas considerables dimensiones —2,76 metros de altura, 2,23 metros de ancho y 40 centímetros de fondo— le distinguen como uno de los crucifijos románicos de mayor tamaño entre los conservados tanto en Castilla como en toda España. Otro tanto se puede afirmar de su antigüedad, pues, aunque no está documentado y se le ha venido datando a finales del XII, hay sobradas razones para pensar que unas manos desconocidas le dieron forma, siguiendo las más estrictas pautas del arte románico del momento, en un período indeterminado a caballo entre finales del siglo XI y principios del XII, poco tiempo después de la presencia en los páramos burgaleses de la figura del Cid, generando, como el héroe legendario, una serie de leyendas que se difuminan junto a los muros del monasterio que lo acoge, donde no sólo se recuerdan las razias sanguinarias de los caudillos moros Zefa y Almanzor, sino también que fue el hallazgo del propio crucifijo lo que alentó la posterior reconstrucción del monasterio benedictino de San Salvador en torno a la regla asociada al "ora et labora" y en una zona vinculada a la Ruta Jacobea.

Dejando a un lado leyendas de endeble fundamento relacionadas con los primeros condes de Castilla, hoy podemos resaltar los valores artísticos de esta talla que se presenta como prototipo de los cánones estéticos que prevalecieron cuando en buena parte de Europa se construía, pintaba y esculpía siguiendo las pautas del mismo estilo, el Románico; se utilizaba una lengua común, el latín; se entonaba el mismo tipo de canto, el gregoriano; y se escribía en el mismo tipo de letra, la carolina, compartiendo estos mismos patrones en un fenómeno cultural al que no fue ajena la vía de comunicación que representó el Camino de Santiago.

El Cristo de Palacios de Benaver ofrece rigurosamente todas las peculiaridades de la iconografía románica más genuina, aquella de origen bizantino que, aunque presenta a Cristo como un ajusticiado en la cruz, con la ausencia de padecimiento intenta resaltar su victoria sobre la muerte como símbolo de su naturaleza divina, después de ésta fuera cuestionada en algunas herejías, justificando con ello el valor de su sacrificio para la salvación o redención de la humanidad.  

Este monumental crucifijo fue objeto de una restauración integral en 2007 que ha permitido recuperar no sólo sus valores escultóricos, sino también su policromía original, incluida la sorpresa de las pinturas aparecidas sobre el anverso y reverso de la cruz, a la que también se ha reintegrado el tamaño que tuvo en origen y que había sido recortado. Porque la talla había sufrido a lo largo del tiempo una "puesta al día" a través de modificaciones agresivas, algunas de las cuales afortunadamente se han podido eliminar durante el proceso de restauración, mientras que otras se han paliado en la medida de lo posible. Entre ellas posteriores aplicaciones en los ojos para que estuvieran cerrados o abiertos, según el gusto de cada época, hasta cinco repintes superpuestos en las carnaciones, incluyendo nuevos regueros de sangre, modificaciones en el perizonium o paño de pureza y su adaptación para ser vestido y llevar peluca, conociendo igualmente sucesivos recortes del tamaño de la cruz para adaptarle a distintas ubicaciones, el último realizado en el siglo XVIII para ajustarle a la hornacina de un retablo.
Hoy día se puede contemplar el crucifijo en una de las capillas de la iglesia con un aspecto muy próximo al original, aunque su posible ubicación, como era tradición, posiblemente fuera colgado sobre el altar en la embocadura del presbiterio.


La imagen está compuesta por el cuerpo de Cristo, tallado en bulto redondo y superpuesto a través de los clavos a una ancha cruz de madera de haya, siguiendo el prototipo implantado a partir del siglo XI: sin ningún atisbo de expresión de dolor y sin pretensiones naturalistas en la anatomía, convertidos sus valores plásticos en un símbolo por antonomasia de victoria sobre la muerte. Su proporcionado cuerpo tiene una disposición vertical, con los brazos rectos y en posición horizontal, los característicos dedos largos, las piernas sin flexionar y los pies paralelos, con la típica representación de la crucifixión con cuatro clavos. Cristo mantiene la cabeza erguida y mira al frente con los ojos abiertos. Presenta nariz afilada, boca cerrada, barba recortada y un pronunciado bigote que la remonta, así como una larga melena con raya al medio y mechones por detrás de las orejas en forma de tirabuzones que discurren por los hombros, siguiendo el principio de simetría que domina toda la figura, sin incorporar la corona de espinas.


Especial interés tiene el trazado anatómico, con un cuerpo en el que priman los volúmenes esquemáticos y geométricos y en el que los principales rasgos aparecen reflejados mediante incisiones sobre la superficie. Esto se aprecia en la configuración de los hombros y sobre todo en las costillas, trazadas bajo el pecho en forma de nueve incisiones paralelas y onduladas que contrastan con la tersura de los pectorales y del vientre. Junto al trabajo de la cabeza la máxima ornamentación se concentra en el perizonium, un faldellín que, como es habitual en su época, cubre de la cintura a las rodillas y que también presenta un diseño basado en la simetría y en el uso de incisiones, con uno de los cabos en forma semicircular y pequeños pliegues al frente y dos capas superpuestas en los laterales con un juego de plegados que aparece original y caprichoso en los ribetes, en la misma línea del que presenta el célebre Cristo de Carrizo (Museo de León), con un tímido atisbo de supeditar las vestiduras a las leyes físicas. El mismo esquematismo geométrico se repite en las piernas, largas y ligeramente modeladas sobre un esquema cilíndrico, con los pies dispuestos para descansar sobre un soporte desaparecido, el llamado suppedaneum.

El modelo es representativo del tipo de crucifijo más extendido en Castilla, donde no abundaron los modelos de Cristo en Majestad tan comunes en el territorio catalán, caracterizados por el recubrimiento del cuerpo con una esquemática túnica o hábito talar (túnica manicata) que velaba la anatomía, en ocasiones con corona real. En Castilla, como rasgos comunes a lo largo de los siglos XI y XII, los crucifijos ofrecen una anatomía completa basada en el esquematismo, la frialdad de formas y las desproporciones, concentrando en el perizonium una gran fantasía decorativa.

El Cristo de Palacios de Benaver es un vivo ejemplo de cómo los escultores románicos trabajaban al servicio del dogma religioso procurando materializar una figura más representativa de valores simbólicos que naturalistas o imitación del mundo real, deformando la realidad en aras del impacto emocional y encontrando en la simplicidad y el geometrismo, es decir, en la pura abstracción, la vía adecuada para presentar el símbolo: El cuerpo de Cristo es el símbolo de la cruz en sí mismo, la Virgen sedente adquiere el valor de ser el trono de su propio Hijo, etc. Estos factores proporcionan a las obras románicas un alto contenido intelectual, pudiéndose comprobar en este crucifijo como la imperfección de la rigidez y el hieratismo, que se contrapone a las leyes naturalistas, proporciona sin embargo a la figura una mayor solemnidad y valor simbólico como maiestas domini: Cristo vivo y con su propio cuerpo convertido en cruz, sin peso y sin dolor.   

De igual manera la policromía responde a los cánones del momento, con una paleta muy limitada y colores lisos resaltando distintos elementos esquemáticos, como ojos, cejas, cabellos, regueros de sangre, etc., contrastando el tono lechoso de las carnaciones con los tonos verdosos y rojizos del perizonium, en cuya ornamentación se utilizan pequeños círculos o lunares en blanco para simular ricas telas de aire principesco.

Sin embargo, una de las mayores peculiaridades del Cristo de Palacios de Benaver es la de presentar el anverso y reverso de la cruz recubierto de labores polícromas, en gran parte desaparecidas, lo que le confiere la categoría de obra maestra del románico. Entre la pintura de la cruz, aparecida bajo la capa de suciedad en la restauración de 2007, destaca la figura del Agnus Dei que se halla donde se cruzan los ejes en el reverso, con la figura del cordero portando una cruz, simbolizando a Cristo, inserto en un círculo que a su vez se enmarca en un cuadrado decorado con trazos esquemáticos que forman cadenetas y tallos vegetales, un tipo de decoración que se repetía por toda la cruz y en la que prevalece la simplicidad, los esquemas geométricos y los colores planos, en este caso los bordes remarcados en negro y con encasillamientos rellenos de color rojo intenso.

El enorme crucifijo es la principal obra artística que guarda el convento de San Salvador de Palacios de Campos, de tan dilatada historia y que tanta influencia ejerció en su entorno hasta el siglo XV. Una obra que sigue impresionando a pesar de su esquematismo, frialdad y falta de naturalismo, siendo capaz de emocionar a cuantos lo contemplan por la fascinación que producen en ocasiones las "imperfecciones" de algunas obras románicas que sin embargo revelan el lenguaje del arte en su estado más puro y sincero.   
 

Informe: J. M. Travieso.
Fotografías: Santiago García Vegas.




























Pintura románica del Agnus Dei en el dorso de la cruz















* * * * *

2 de octubre de 2013

Fastiginia: ¿Una vista de Venecia o Verona? Eso parece, pero es Valladolid

Estampas y recuerdos de Valladolid

Es sabido que el Victoria & Albert Museum de Londres guarda una extraordinaria colección de arte auropeo, indio y de extremo oriente. Pero no sólo eso, pues entre sus indescriptibles fondos también se encuentra una inmensa colección de artes suntuarias que reúne piezas de orfebrería, joyas, cerámica, cristalería, armas, instrumentos musicales y todo tipo de textiles procedentes de todo el mundo. Los fondos se completan con importantes bibliotecas, secciones dedicadas al diseño de los últimos años, incluidos papeles pintados, electrodomésticos, juegos de mesa y fachadas rescatadas de antiguas tiendas de gran valor testimonial, así como una importante colección de fotografías entre la que aparece una curiosa serie que llama nuestro interés y de la que nos fijamos en una insólita vista urbana.

A primera vista, sin analizar el contexto y mucho menos leer sus referencias identificativas escritas, podría parecer que se trata del entramado medieval de una ciudad italiana, tal como Verona si nos centramos en los balcones, o incluso Venecia si nos atenemos al discurrir de un canal. Pero no, nada de eso, la "veduta" corresponde a Valladolid y adquiere un valor testimonial impagable porque preserva e inmortaliza el aspecto urbano de aquellas calles céntricas por las que antaño discurrían los ramales del Esgueva.

Fotografía de Francis Frith, s. XIX
Victoria & Albert Museum, Londres
En efecto, lo que parece un canal es el curso del Esgueva, al parecer en un año de sequía, con su curso empedrado y con restos de escaleras de piedra para bajar hasta el agua. A los lados del cauce discurre la calle y una amalgama de casas de diferentes alturas, algunas con sillares de piedra en la fachada. Que se trata de Valladolid nos lo informa su autor, que en este caso enumera e identifica la ciudad en el frente de la fotografía para que no haya dudas.

La sugestiva imagen pertenece a la serie que realizara en el siglo XIX el fotógrafo inglés Francis Frith (1822-1898), nacido en Chesterfield, formado en Birmingham, propietario en Liverpool de un afamado estudio y fundador en 1853 de la Sociedad Fotográfica de Liverpool. Frith se convertiría en un fotógrafo viajero que recorrió Medio Oriente en tres ocasiones, proporcionando no sólo pintorescas fotografías de Egipto, sino también de Italia y España, fotos que realizaba utilizando el proceso fotográfico del colodión que sustituyó al daguerrotipo.   

En su recorrido por España, Francis Frith estuvo en Valladolid entre 1860 y 1870, donde hizo una importante serie a la que pertenece esta fotografía, en la que anota el nombre de la ciudad sin especificar el lugar al que corresponde. Dado el trajín de la piqueta hasta tiempos no muy lejanos, es imposible identificar en la fotografía algún resto reconocible que no sea el curso del Esgueva. Por ello sólo nos queda especular que pueda tratarse de una vista de la actual Calle del Paraíso, en la que nos consta existió este tipo de trazado, con puente sobre el Esgueva incluido, o bien de una zona próxima a la Rinconada o a Cantarranas.

Sea el lugar que sea, la fotografía es un testimonio de un tipo de ciudad desaparecida e irreconocible tras haber sufrido sin piedad el destrozo cicatero de su centro histórico, plagado de palacios y de lugares tan sugestivos como este que aparece, a modo de fantasma, en la fotografía del Victoria & Albert Museum.


* * * * *    

30 de septiembre de 2013

Revista ATTICUS nº 23

En septiembre 2013 se ha publicado el número 23 de la Revista Atticus, en la que junto a las habituales secciones de editorial, fotodenuncia, humor gráfico, exposiciones, relatos y cine destacan los siguientes artículos:

* Velázquez, el hombre. Gonzalo Durán López.
* Ángeles y demonios, repertorio iconográfico en Valladolid. José Miguel Travieso.
* La Casa de Música de Oporto, arquitectura y oportunismo. Leonardo Tamargo Niebla.
* Welcome to England. Rubén Gámez.
* Adiós al cine Roxy. Cristy G. Lozano.
* Exposición "La belleza encerrada: de Fran Angélico a Fortuny". Luis José Cuadrado.
* La cocina de los libros. Noemí Valiente.

Descarga en pdf: Revista Atticus 23

Recordamos que se puede acceder directamente a esta revista virtual desde el icono que aparece como acceso directo en la parte izquierda de esta página o en la dirección http://www.revistaatticus.es/, donde se encuentran archivados todos los ejemplares publicados hasta la fecha, a los que se puede acceder de forma gratuita.


* * * * *

27 de septiembre de 2013

Theatrum: CRISTO DE LAS MERCEDES, una sufriente anatomía hercúlea












CRISTO DE LAS MERCEDES 
O CRISTO DE LAS SIETE PALABRAS
Pompeo Leoni (Pavía, Milán, h. 1533 - Madrid, 1608)
Entre 1601 y 1606
Madera policromada
Iglesia de Santiago, Valladolid
Escultura renacentista española. Escuela cortesana













Cristo de las Mercedes en la iglesia de Santiago

El hoy conocido como Cristo de las Mercedes, obra capital del patrimonio de la Cofradía de las Siete Palabras, que se venera en un altar acondicionado en lo que fuera una puerta lateral de la iglesia de Santiago, su actual sede canónica, es una obra maestra que fue atribuida durante mucho tiempo al escultor de origen cántabro Francisco de la Maza, activo en Valladolid en la segunda mitad del siglo XVI y perteneciente al círculo de Juan de Juni, un imaginero que realizó su obra tanto en madera como en piedra.

Esta atribución fue descartada no hace muchos años para decantarse a favor de Pompeo Leoni, el escultor milanés cuya obra realizada en España le convierte en máximo representante de la escuela renacentista cortesana en las últimas décadas del siglo XVI y los primeros años del XVII. Sin documentación que lo avale, son las similitudes estilísticas con algunas obras conservadas y debidamente acreditadas las que inducen a adjudicar esta autoría, siendo especialmente significativa la relación entre el Cristo de las Mercedes con el crucifijo que formó parte del Calvario del retablo mayor del desaparecido convento de Franciscanos Descalzos de San Diego, fundación del Duque de Lerma, obra realizada en Valladolid entre 1606 y 1607 en madera policromada que actualmente se conserva en el Museo Nacional de Escultura. No obstante, el Cristo de las Mercedes, en tiempos pasados venerado como Cristo de la Misericordia y Cristo de la Luz, forma parte de la controvertida nómina de crucifijos y Calvarios relacionados con Pompeo Leoni, cuya intervención directa no está lo suficientemente aclarada, un tema al que nos referiremos después. 


El Cristo de las Mercedes es un crucifijo único en su género y factura que supera en vigorosidad, rotundidad anatómica y clasicismo dinámico a todos los realizados en la escuela de Valladolid tanto por los escultores adscritos a la corriente romanista, representada por autores de la talla de Esteban Jordán y Juan de Anchieta, como por los tardomanieristas que abrieron las puertas al esplendoroso barroco, con Francisco del Rincón a la cabeza, todos ellos autores de crucifijos de madera y gran formato que comparten la corrección anatómica, el arqueamiento de los brazos por el peso, el pie derecho remontando al izquierdo, la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, el paño de pureza sujeto por una cinta y anudado a la derecha y la corona de espinas tallada, sin uso de postizos. Un modelo tan sólo superado años después por el talento de Gregorio Fernández, en cuyos comienzos precisamente toma como referente los valores formales de la obra de Pompeo Leoni para cautivar a los devotos a través de los sentidos. 


Pompeo Leoni. Detalle del Cristo de las Mercedes, 1601-1606
Iglesia de Santiago, Valladolid
La imagen, que representa a Jesús muerto, impresiona por sus dimensiones —2,30 metros de altura— y por su anatomía esbelta, hercúlea y atlética que describe un pronunciado arqueamiento de la cabeza a los pies, con un potente torso ligeramente girado hacia la derecha y la cabeza inclinada en la misma dirección, sugiriendo un peso corporal que origina el despegue del cuerpo de la cruz, poniendo en tensión brazos y piernas, con los músculos debidamente resaltados para crear un efecto de tirantez que contribuye a resaltar su dramatismo, lo mismo que los agitados pliegues del paño de pureza, ceñido y sujeto por una cinta inclinada en la cintura.

El tallado de la cabeza ofrece un esmerado trabajo, apareciendo muy caída por la pronunciada inclinación del cuello. Presenta una larga melena con raya al medio y mechones voluminosos que en la parte izquierda remonta la oreja dejándola visible y cae por la derecha hasta el pecho, con la corona de espinas tallada simulando tallos espinosos que se entremezclan con el cabello, una disposición que repite con fidelidad el crucifijo del Calvario de San Diego, aunque el Cristo de las Mercedes le supera tanto en dramatismo como en dinamismo. Otro tanto ocurre en el trabajo del rostro, paralizado en el último suspiro, con las cuencas hundidas, los ojos semicerrados en forma de media luna, una potente nariz, la boca entreabierta dejando entrever los dientes y la lengua y una larga barba que con la inclinación de la cabeza queda replegada contra el pecho.

Pompeo Leoni. Detalle del Cristo de las Mercedes, 1601-1606
Iglesia de Santiago, Valladolid
Se complementa con una policromía aplicada a pulimento que fue liberada de la suciedad durante una restauración realizada en 1986, momento en que también se consolidaron los desperfectos de la cabeza, donde le fueron extraídos dos largos clavos de sujeción insertados a principios del siglo XX. Presenta una carnación de tonos muy pálidos en la que se patentizan hematomas violáceos en el torso, rodillas y pies, así como efectistas salpicaduras de sangre aplicadas con mesura, destacando la herida del costado, las llagas de las rodillas producidas en las caídas y las heridas sangrantes de los clavos, todo ello aplicado con maestría para resaltar luces y sombras, a modo de pintura de caballete, por un pintor desconocido, posiblemente Vicente Carducho, que colaboró con Pompeo Leoni en el retablo de San Diego y en los ambientes cortesanos.

De este modo, el Cristo de las Mercedes se asocia con la obra realizada por Pompeo Leoni durante su estancia en Valladolid, cuando llegó procedente de El Escorial para trabajar en los importantes proyectos auspiciados en la ciudad por el Duque de Lerma, entre ellos el nuevo Palacio Real que sería el centro neurálgico durante la estancia de la Corte de Felipe III en Valladolid durante el quinquenio de 1601 a 1606, años en los que bien puede establecer la datación del magnífico crucifijo de la Cofradía de las Siete Palabras, cuya iconografía presenta cierta evolución dinámica sobre anteriores modelos de Pompeo Leoni.

Pompeo Leoni. Detalle del Cristo del Calvario de San Diego, h. 1606
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
No obstante, el Cristo de las Mercedes ha compartido y comparte los mismos problemas de atribución que el Cristo crucificado que se conserva en el antiguo oratorio del Museo de la Real Academia de San Fernando de Madrid, en principio considerado obra de Pompeo Leoni por su parecido estilístico e iconográfico con el crucifijo que preside el Calvario fundido en bronce que corona el retablo de la basílica de El Escorial y después atribuido incondicionalmente por mucho tiempo al escultor Antón de Morales, nacido en Granada, formado en Sevilla y establecido desde 1591 en Madrid, donde comenzó a colaborar en el taller cortesano de Pompeo Leoni junto a los italianos Milán de Vimercado, Clemente Birago y Baldassare Mariano.

Esta atribución del crucifijo de la Real Academia de San Fernando a Antón de Morales fue formulada por Juan José Martín González1 por sus similitudes estilísticas con otro crucificado que forma parte de un Calvario del retablo de la iglesia madrileña de las Jerónimas, conocidas popularmente como las Carboneras, en principio también atribuido a Pompeo Leoni, pero del que la profesora Virginia Tovar2 demostró documentalmente que su verdadero autor era Antón de Morales, que lo había contratado en 1622. Esta atribución, junto a la reticencia de algunos autores a aceptar que Pompeo Leoni hubiese realizado obra escultórica en madera, cuando era especialista en el trabajo en mármol y bronce, entre ellos Antonio Ponz3, hicieron mantener también como definitiva la atribución del Cristo crucificado de la Real Academia de San Fernando a Antón de Morales.

Pompeo Leoni. Cristo crucificado, 1611
Real Academia de San Fernando, Madrid
Sin embargo, tras un proceso de restauración culminado en el año 2013, que ha devuelto a la escultura todos sus valores originales, Alfonso Rodríguez G. de Ceballos4, catedrático emérito de Historia del Arte Moderno en la Universidad Autónoma de Madrid, académico de número y bibliotecario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha restituido sin reservas la autoría del crucifijo a Pompeo Leoni, justificando su vinculación con las esbeltas proporciones, el clasicismo y los modos estilísticos propios del milanés, apuntando al tiempo que Vicente Carducho podría haber sido el autor de su policromía, datando los trabajos de ambos en 1611.

En el intento de recomponer su historia, Margarita Estella Marcos5 ya había identificado en 1978 al Cristo crucificado de la Real Academia de San Fernando con el contratado por Pompeo Leoni en 1592 para una capilla de la iglesia del monasterio de San Felipe el Real de Madrid, de padres Agustinos, donde no se pudo colocar y fue vendido al  también madrileño convento de Frailes Mínimos de la Victoria, fundado en 1561, donde en la Crónica General de la Orden de los Mínimos de la Victoria, escrita por fray Lucas de Montoya en 1619, ya era citado como obra de Pompeo Leoni. Desde allí pasó al Museo de la Trinidad tras la Desamortización del Gobierno liberal de 1836 y a finales de 1838 encontró su destino definitivo en la Real Academia de San Fernando.



Pompeo Leoni. Detalle de Cristo crucificado, 1611
Real Academia de San Fernando, Madrid
Menos complicada es la documentada atribución a Pompeo Leoni del Calvario que procedente del desaparecido convento de San Diego de Valladolid conserva el Museo Nacional de Escultura. Su realización se ajusta al momento del traslado de la corte junto al Pisuerga en 1601 por iniciativa del Duque de Lerma, cuando Pompeo Leoni y su equipo, que estaban trabajando en los cenotafios reales de El Escorial, se desplazaron a Valladolid para poner a punto la decoración del nuevo Palacio Real y atender otros encargos del ambicioso duque, entre ellos su cenotafio en bronce dorado y el equipamiento del convento de San Diego, fundado y enteramente costeado por él, que estaba unido literalmente al Palacio Real. Su decoración estimuló el panorama artístico vallisoletano de los primeros años del siglo XVII, pues junto al rey, el duque y el aparato de estado también fue requerido en la ciudad Pompeo Leoni, que era asistido por sus incondicionales colaboradores italianos Milán de Vimercado, Clemente Birago y Baldassare Mariano, así como el ya citado Antón de Morales, su joven hijo Miguel Ángel Leoni y un Gregorio Fernández recién instalado en Valladolid después de haber contraído matrimonio en Madrid. Ellos fueron los que se ocuparon, conforme al diseño de Pompeo Leoni, de elaborar la escultura en madera policromada del retablo de San Diego, una obra que, con arquitectura del ensamblador Juan de Muniátegui  y pinturas de Vicente Carducho, fue tomada como modelo a imitar por los escultores de la ciudad, entre ellos Gregorio Fernández, que tras realizar unas pequeñas Virtudes para el tabernáculo de San Diego elaboró en 1606 un Calvario muy similar para el que fuera su primer gran retablo, el destinado a la primitiva y desaparecida iglesia de San Miguel (La Virgen y San Juan se encuentran en la iglesia de San Andrés).

Pompeo Leoni. Calvario de San Diego, h. 1606
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Tanto el Calvario que presidía el retablo, como seis esculturas de bulto redondo de santas y santos franciscanos que ocupaban las calles laterales, realizadas en el taller de Pompeo Leoni según un acuerdo firmado el 9 de diciembre de 1605, posiblemente policromadas por el pintor Vicente Carducho, hoy están recogidas en el Museo Nacional de Escultura, constituyendo uno de los escasos testimonios de escultura en madera de la escuela cortesana y permitiendo encontrar una gran similitud entre el Cristo de este Calvario y el Cristo de las Mercedes de la parroquia de Santiago, modelos que dejaron una profunda huella en los talleres que trabajaban en buena parte del territorio circundante en las primeras décadas del siglo XVII. El propio Gregorio Fernández trabaja su vigoroso Cristo de los Trabajos de Laguna de Duero en la misma línea que el Cristo crucificado de la Academia de San Fernando, llegándose a emular incluso en papelón aquellos modelos de crucificados aportados por Pompeo Leoni, como puede observarse en la cabeza de un crucifijo que actualmente se expone en la iglesia-museo del Santo Sepulcro de Toro (Zamora).   

Reseñaremos por último que, a pesar de que la magnífica talla del Cristo de las Mercedes no fue concebida con fines procesionales, sino para presidir la hornacina central de un retablo, forma parte de uno de los pasos procesionales más espectaculares de la Semana Santa vallisoletana, donde en las procesiones más solemnes aparece acompañado de las figuras de Dimas y Gestas que tallara Gregorio Fernández en 1616 para la Cofradía de las Angustias integrando el por entonces llamado paso del Descendimiento (hoy conocido como Sexta Angustia). Igualmente, el paso tiene el honor de presidir anualmente el ritual del Sermón de las Siete Palabras que se celebra en la mañana de cada Viernes Santo en la Plaza Mayor, protagonizando también en solitario una emotiva procesión del Miércoles Santo en la que es conducido a hombros por la Cofradía de las Siete Palabras hasta la catedral vallisoletana, donde se entona el Miserere.

Pompeo Leoni. Detalle del Cristo de las Mercedes, 1601-1606
Iglesia de Santiago, Valladolid

Informe y fotografías del Cristo de las Mercedes: J. M. Travieso.





NOTAS

1 MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José. El Crucifijo de la Academia de San Fernando. Boletín de Seminario de Arte y Arqueología: BSAA, Universidad de Valladolid, 1973, pp. 517-521.

2 TOVAR MARTÍN, Virginia. Noticias documentales sobre el convento madrileño de las Carboneras y sus obras de arte. Boletín del Seminario de Arte y Arqueología: BSAA, Universidad de Valladolid, 1972, pp. 413-425.

3 PONZ, Antonio. Viaje de España, Madrid, Aguilar, 1947.

Cabeza de Cristo crucificado, imaginería ligera, anónimo siglo XVII
Iglesia-museo del Santo Sepulcro, Toro (Zamora)
4 RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, Alfonso. El Cristo crucificado de la Academia de San Fernando recuperado para Pompeo Leoni. Revista Ars Magazine, nº 19, Madrid, 2013, pp. 58-66.

5 ESTELLA MARCOS, Margarita. El encargo de un Cristo de madera a Pompeyo Leoni. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología: BSAA, 1978, pp. 456-458.













Pompeo Leoni. Detalle del Cristo de las Mercedes, 1061-1606
Iglesia de Santiago, Valladolid














* * * * *