6 de julio de 2015

Concierto: LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS, 9 de julio 2015



MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. PATIO DEL MUSEO
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid

CICLO PENÍNSULA MELANCÓLICA
CON MOTIVO DE LA EXPOSICIÓN "TIEMPOS DE MELANCOLÍA"

Jueves 9 de julio
Patio del Colegio de San Gregorio, 22 h.
LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS
Trío Camerata Nachschlag. Guitarra, violín y contrabajo
Obras de J. S. Bach, J. B. Loelliet de Gant, E. Gottlieb Baron y A. Ximénez Brufal

Entrada 10 € / Amigos del Museo 8 €
A la venta en la Asociación de Amigos del MNE (tienda del Museo), en horario de apertura.

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3 de julio de 2015

Un museo interesante: COLEGIATA DE SAN LUIS, Villagarcía de Campos (Valladolid)

Fachada de la Colegiata de San Luis

     Villagarcía de Campos es una población vallisoletana, perteneciente al partido judicial de Medina de Rioseco, que se levanta en una ancha llanura situada entre las estribaciones de los Montes Torozos y el río Sequillo, accesible por la carretera que comunica Medina de Rioseco con Toro (Zamora). En tan característico paisaje castellano se levanta un caserío cuya silueta viene determinada por los restos del castillo, la torre de la iglesia de San Pedro y, sobre todo, por la mole de la colegiata de San Luis, corazón del que fuera un importante centro jesuítico.

La villa fue titularidad en 1319 de la reina María de Molina, aunque después pasó al patrimonio de la reina doña María de Portugal, esposa de su nieto Alfonso XI, que en 1356 encomendó la defensa del alcázar a Gutierre González de Quijada II. Este recibiría del rey Juan I de Castilla, en 1387, el señorío de Villagarcía. Tiempo después Gutierre González de Quijada IV, nuevo señor de Villagarcía, estaría al servicio de la casa de don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y favorito del rey Juan II, para el que luchó en la guerra de Granada e intervino para librar al monarca de la prisión de Tordesillas. De esta manera la villa quedaba vinculada definitivamente a la familia de los Quijada, de cuyo linaje hizo descendiente Cervantes a Don Quijote (Cap. 49).

El señorío de Villagarcía serviría en armas a Enrique IV, a los Reyes Católicos, por breve tiempo a Felipe el Hermoso y a Carlos V, momento en que la actividad de los Quijada alcanza su máximo esplendor como consecuencia de una decisión real de gran calado histórico en el siglo XVI.

Galería de entrada
Junto al emperador Carlos V, los protagonistas de la historia serían don Luís Méndez de Quijada, biznieto de Gutierre González Quijada IV, y su esposa doña Magdalena de Ulloa. Don Luís había entrado muy joven al servicio del emperador, al que después acompañaría en las campañas de África, Alemania, Italia, Francia y Flandes, hasta ganarse su total confianza. De modo que cuando el emperador decide enviar a España en 1550 a Jerónimo —hijo natural nacido en 1547 de sus relaciones con Bárbara Blomberg— custodiado por don Luis, primero sería alojado en Leganés para iniciar su formación, aunque, encontrando una mayor seguridad en la lealtad y el compromiso ofrecido por don Luís Méndez de Quijada, al poco tiempo le confió al niño para que recibiese en su castillo-palacio de Villagarcía una educación acorde con su rango. El pequeño Jerónimo, llamado familiarmente Jeromín, crecería en la meseta castellana teniendo como padres adoptivos a don Luis y doña Magdalena. Y allí realizaría su sólida formación y su preparación como futuro hombre de armas.


Francisco Gutiérrez Cabello, Cena en casa del fariseo, h. 1662
El 29 de septiembre de 1559, cuando contaba 12 años de edad y ya había muerto su padre, durante una cacería del rey Felipe II en los Montes Torozos, en un paraje próximo al monasterio de la Santa Espina, Jeromín fue presentado por don Luis al monarca, su hermanastro, que manifestó su aceptación en la familia real y decidió el cambio de su nombre por el de don Juan de Austria, con el que pasaría a la historia tras participar contra las sublevaciones moriscas de Granada, en las que murió su preceptor don Luis Méndez de Quijada, y ser nombrado Capitán General del Mar, cuya epopeya más gloriosa fue la victoria sobre los turcos en la célebre Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571).

Sería doña Magdalena de Ulloa, noble castellana nacida en Toro, la fundadora de la colegiata de San Luis de Villagarcía de Campos, en principio concebida para albergar el panteón familiar sobre planos trazados por Rodrigo Gil de Hontañón. Más tarde Pedro de Tolosa reorganizaba el proyecto tomando como modelo la basílica del monasterio de El Escorial, siendo finalmente rematado por el jesuita Giuseppe Valeriano, seguidor de Juan de Herrera. Asimismo, la relación de doña Magdalena con Francisco de Borja favoreció el engrandecimiento del recinto y que en él se instalara un colegio-noviciado de la Compañía de Jesús.

Tan magno complejo arquitectónico, pionero de la Contrarreforma en Castilla, se convertiría en un prototipo jesuítico cuyas principales características serían imitadas en otros centros de la Orden, con una especial repercusión en las Casas Profesas de Valladolid y Medina del Campo, cuyas iglesias repitieron el modelo de Villagarcía, caracterizado por un tipo de fachada muy parecida al modelo del Gesú de Roma (concebido por San Ignacio de Loyola en 1551), totalmente innovadora en su tiempo y modelo seguido por numerosas iglesias barrocas, así como la planta de nave única con capillas laterales, comunicadas por atajos, y por la incorporación de un espacio específico con función de capilla-relicario según los ideales jesuíticos contrarreformistas.

Miguel Galván. Encuentro de Felipe II con Jeromín, 2009
Y al igual que en Roma, la austeridad arquitectónica de un principio dio paso en el siglo XVII a una fastuosa decoración barroca a base de numerosos retablos, una ingente colección de pinturas distribuidas por todas las dependencias, esculturas devocionales de todos los formatos y un sin fin de piezas suntuarias de todo tipo: tapices, textiles litúrgicos, orfebrería, relicarios, cantorales, libros impresos, marfiles, instrumentos, mobiliario, botamen de farmacia, etc.

Todavía se puede se puede percibir aquel momento de esplendor a través del inabarcable conjunto de obras artísticas diseminadas por los distintos espacios, algunas relacionadas con los fundadores y con don Juan de Austria, otras con peculiares personajes que dejaron su impronta en la comunidad, como el Padre Isla, que en la imprenta del convento imprimió su célebre obra Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes. De todo este innumerable patrimonio, nos limitaremos a reseñar las obras más importantes o curiosas que por sí mismas justifican una visita a los sugestivos rincones de la Colegiata de San Luis.

Sala de los Fundadores
GALERÍA DE ENTRADA          
En esta galería aparecen colocados una serie de muebles de los siglos XVI y XVII, aunque lo más sorprendente es una serie de seis grandes lienzos cuyo autor es Francisco Gutiérrez Cabello (1616-1670), un pintor barroco madrileño especializado en escenas con grandilocuentes perspectivas arquitectónicas clasicistas entre las que discurren pequeños personajes que representan conocidas historias bíblicas, en este caso realizadas hacia 1662.

En ellas se representa a José recibido en Heliópolis, como gobernador de Egipto tras haber interpretado los sueños al faraón; el Traslado del Arca de la Alianza protagonizado por el rey David;  el Juicio de Salomón, donde el profeta dictamina sobre la maternidad reclamada por dos mujeres; la Visita de la reina de Saba a Salomón, con una representación fantástica de Jerusalén; los Desposorios de la Virgen y San José, episodio revitalizado en el Renacimiento que muestra reminiscencias del marco arquitectónico de La escuela de Atenas de Rafael; finalmente la Cena en casa del fariseo, donde el encuentro de Cristo con la Magdalena se diluye en un ambiente pagano tratado al modo del Veronés, con numerosos detalles narrativos y la escena central tomada de una pintura del toscano Cigoli.

Anónimo. Detalle del retrato de don Luis de Quijada, s. XVII
Por el resto de la paredes se distribuyen tablas hispano-flamencas del siglo XV y otras manieristas del XVI, todas de autor anónimo. Entre todas ellas destacan un San Juan Bautista Niño, al estilo de Rafael, y un San Jerónimo penitente muy próximo a Ribera.
Al final de la galería aparece un lienzo de gran formato que representa el Encuentro de Felipe II con Jeromín, obra realizada en 2009 por el pintor vallisoletano Miguel Galván, que ambienta el hecho histórico en las proximidades de La Santa Espina, con las figuras de don Luis de Quijada y un tímido Jeromín frente a Felipe II acompañado del Duque de Alba.

SALA DE LOS FUNDADORES
En esta espaciosa dependencia se concentran las obras relacionadas con don Luis de Quijada y doña Magdalena de Ulloa, como los escudos familiares del siglo XVI tallados en madera policromada, un gran tapiz con los blasones del linaje familiar y dos grandes Retratos de los fundadores, pinturas barrocas de gran calidad y autor desconocido en el que los personajes, ella orando ante un reclinatorio en actitud piadosa y él revestido con armadura de gala como hombre de armas, aparecen identificados con todos sus títulos en unas grandes cartelas con inscripciones.

Cristo de las Batallas de don Juan de Austria, s. XVI
Junto a la chimenea se colocan dos grandes copias de El Nacimiento y El Pentecostés de El Greco, mientras por las paredes se distribuyen numerosas pinturas de notable calidad. La sala está ambientada con mesas, sillones, braseros, muebles y objetos de la época.

SALA DE LA IMPRENTA  
En esta añeja dependencia se abren vitrinas en las paredes que ofrecen objetos relacionados con Juan de Austria y la batalla de Lepanto que fueron enviados personalmente por él a doña Magdalena, su madre adoptiva. En una de ellas aparece el llamado Cristo de las Batallas, un pequeño crucifijo que, según la leyenda, era portado por don Juan de Austria en todas sus campañas militares y que en Lepanto fue rescatado del fuego después de un impacto de la artillería. A su lado se halla un relicario con el Lignum Crucis que el papa Pío V regaló a don Juan de Austria antes de iniciarse la contienda contra los turcos.
Asimismo, en un cuadro acristalado se conservan los restos —muy deteriorados—de una bandera turca que ondeaba en la galera de Alí Pachá durante la batalla, enviada a Villagarcía como trofeo.

Sacristía de Capellanes
Junto a estas piezas de tanta resonancia histórica, se expone un tórculo de la primitiva imprenta del monasterio, así como una colección de documentos y libros en ella impresos que ponen de manifiesto la difusión del Catecismo junto a obras de grandes autores griegos y latinos por España, Portugal, las misiones americanas y Filipinas, especialmente en el siglo XVIII.

SACRISTÍA DE CAPELLANES
Esta pintoresca estancia, distribuida en dos pisos separados por una barandilla a modo de biblioteca, en su parte inferior los muros están recorridos por vitrinas en las que se muestra una rica y variada colección de vestimentas litúrgicas bordadas de los siglos XVI al XVIII. Junto a ellas aparece parte de la sillería del coro de capellanes de la Colegiata y el facistol que la presidía.
Una obra destacable es la bella escultura de la Virgen del Patrocinio, obra dieciochesca de Luis Salvador Carmona que procede de la ermita de la huerta. Pintorescos en su iconografía son los bustos-relicarios de San Mauricio y la legión tebana, cuyas reliquias fueron muy celebradas a su llegada a Valladolid en tiempos de Felipe III.

Luis Salvador Carmona. Virgen del Patrocinio, s. XVIII
En el piso superior son destacables el Retablo de la Compañía de Jesús, de Carlos Carnicero, con cinco esculturas de santos jesuitas elaborados por Tomás de Sierra, y el Retablo de la Virgen de Guadalupe, con una pintura de Juan Dualde.

CAPILLA MAYOR DE LA COLEGIATA

El retablo mayor
Sobre traza de Juan de Herrera, es obra del palentino Juan Sanz de Torrecilla, que siguiendo el modelo de El Escorial lo realizó entre 1579 y 1582 con gran pureza clasicista. Está compuesto por un alto sotabanco en piedra de Urueña, dos cuerpos y ático, dividido verticalmente en tres calles y dos entrecalles laterales. Los encasillamientos están separados por grandes columnas que soportan un entablamento, con orden dórico en el cuerpo inferior, jónico en el superior y corintio en el ático, con un remate en forma de frontón curvo.

El programa iconográfico presenta en relieves de alabastro, de gran formato, episodios de la vida de Cristo, con la Anunciación, la Adoración de los Pastores y la Presentación en el Templo en el primer cuerpo y la Oración del Huerto, la Aparición de Cristo a la Magdalena y la Flagelación en el segundo. En las entrecalles se colocan las figuras en bulto redondo de los Cuatro Evangelistas. En los netos y sobre las hornacinas aparecen pinturas de santos, destacando en el arranque del segundo cuerpo las alegorías de las Virtudes Teologales bajo los relieves y las Virtudes Cardinales, junto a emblemas jesuíticos en los netos.
Juan Sanz de Torrecilla. Retablo mayor, 1579-1582

Original es la disposición del ático, donde el tradicional Calvario es sustituido por una imagen de San Luis rey de Francia, santo patrono de don Luis de Quijada, que se acompaña a los lados con las figuras de Santiago, San Pedro, San Pablo y San Andrés y dos grandes emblemas con las armas del linaje familiar de los fundadores.
     
Cenotafios de don Luis de Quijada y doña Magdalena de Ulloa
En los muros laterales, emulando el modelo escurialense, aparecen los cenotafios de don Luis de Quijada y doña Magdalena de Ulloa, cuyas efigies, en actitud orante y posición de tres cuartos, están talladas en madera y pintadas simulando alabastro, lo mismo que el marco arquitectónico, compuesto por columnas corintias entorchadas que sujetan un arquitrabe decorado con roleos y rematado por balaustres y bolas herrerianas. En la base, simulando mármol negro se colocan largas inscripciones identificativas y en el remate superior jóvenes tenantes que soportan los emblemas familiares insertos en un medallón. Según el libro de cuentas, fueron realizados por Cristóbal Ruiz de Andino en 1672.

Juan Sanz de Torrecilla. Retablo mayor, detalle Adoración de los pastores
RETABLOS COLATERALES DEL CRUCERO   
En el crucero se colocan dos retablos barrocos de idéntica composición con devociones jesuíticas, modelos que serían repetidos en las iglesias de las Casas Profesas de Valladolid y Medina del Campo, con puertas practicables a la altura del banco. Están dedicados a San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, imágenes atribuidas a Gregorio Fernández, y acompañados por pequeñas esculturas de apóstoles, relieves y santos jesuitas y cuatro bustos-relicarios en cada uno, obras de José Mayo.
Son destacables en el crucero las grandes pinturas laterales que representan El Juicio Final (en el lado de la Epístola) y un Santoral jesuítico (en el lado del Evangelio), ambas de Ignacio Prado en 1710, así como el zócalo de azulejos talaveranos de Hernando de Loaysa y los balcones de forja con celosías. La reja que separa la capilla mayor y el púlpito hexagonal son obra meritoria de Juan Tomás de Celma y su discípulo Diego de Roa.

CAPILLAS LATERALES
A la nave central se abren tres capillas a cada lado presididas por retablos barrocos elaborados por Juan de Medina Argüelles y dorados por Alonso Gutiérrez, con pinturas y esculturas. Entre ellas destaca la del Santo Cristo, con un airoso Crucifijo de Manuel Álvarez, discípulo de Berruguete, y la de San Juan Bautista, cuya bella imagen pertenece a José Mayo, seguidor de Gregorio Fernández que imita sus modelos. En el mismo retablo figura la pintura de Cristo Salvador, que sigue los modelos del italiano Bernardino Luini, que trabajó en el círculo de Leonardo.

Cenotafio de don Luis de Quijada en el presbiterio
CAPILLA DEL RELICARIO
Es el espacio más original de todo el complejo y paradigma del culto a las reliquias alentado por el Concilio de Trento, que encontró en los jesuitas a sus principales propagadores como expresión ideológica frente a las teorías protestantes.

La capilla se levantó por iniciativa de doña Inés de Salazar y Mendoza, esposa de don Juan de Quijada Docampo, señores de Villagarcía, que en 1613 dejó por vía testamentaria una importante renta para la construcción de este espacio en que debía ser enterrada. En el mismo se habría de colocar un Sagrario y toda su colección de reliquias personales, encargando las imágenes y relicarios necesarios que serían colocados en diferentes retablos, uno en el testero y otros en los muros laterales. Doña Inés, que falleció en 1636, continuaba y ampliaba la colección de reliquias reunida por doña Magdalena de Ulloa, que había conseguido una de las mejores colecciones a través de don Juan de Austria y de los Padres Generales de la Compañía Jesús Everado Mercuriano y Claudio Acquaviva.

El recinto se comenzó a construir en 1660 por el arquitecto jesuita Pedro Matos, que levantó una capilla con cúpula decorada con yeserías. El retablo central fue contratado en 1665 por el ensamblador burgalés Cristóbal Ruiz de Andino, que siguió la traza dada por el riosecano Lucas González. Para el mismo, Alonso Fernández de Rozas talló la imagen de la Virgen de la Concepción, que fue estofada por el pintor Tomás de Peñasco.

Cristóbal Ruiz de Andino,  detalle de los cenotafios, 1672
En 1669 Cristóbal Ruiz de Andino contrató los dos retablos laterales, uno presidido por Santa Inés, santa protectora de la patrona de la capilla, realizada en 1673 por Alonso Fernández de Rozas, y otro dedicado a Santa Lucía, obra de Juan Antonio de la Peña, seguidor de Gregorio Fernández, que también llegó a elaborar hasta 37 pequeñas esculturas para los retablos-relicarios, así como cuatro relieves y las imágenes de Santiago, San Pablo, San Pedro, San Lucas y San Marcos del retablo principal, obras que fueron doradas en 1682 por Alonso Gutiérrez.

En 1690 el escultor Tomás de Sierra, del que se conservan en la Colegiata de San Luis más de cincuenta esculturas de diferentes formatos, realizaba la notables esculturas de los santos mártires Marcos (soldado que sufrió martirio en Roma), Eutimio (mártir romano) y Vicente (soldado romano que murió alanceado), para custodiar las preciadas reliquias extraídas de las catacumbas y enviadas desde Roma por el padre Pascasio de Casanueva, antiguo novicio en Villagarcía y consejero del Padre General de la Compañía. 
Retablos de San Ignacio y San Francisco Javier en el crucero
En 1692 también Tomás de Sierra se ocuparía de realizar la restante imaginería de la capilla-relicario, incluido el retablo central, con algunas composiciones muy originales que se integran en el armónico conjunto del peculiar espacio —joya de la imaginería barroca castellana— que afortunadamente se conserva casi en su integridad.

LA CRIPTA
Se trata de un espacio abovedado que está situado debajo del altar mayor. Adopta la forma de una pequeña capilla que conserva el pavimento original de ladrillos cocidos en Jaén. Está presidida al frente por un altar pétreo sobre el que cuelga una tabla del siglo XVI con el tema del Calvario. Junto al muro se abre el austero sepulcro de don Luis de Quijada y doña Magdalena de Ulloa, señalado con un repostero con las armas familiares.

SACRISTÍA
Situada detrás del altar mayor, en esta espaciosa sala se exponen ornamentos litúrgicos de los siglos XVI al XVIII, junto a una buena colección de documentos originales, incluyendo autógrafos, y una interesante colección de imágenes del Niño Jesús, entre las que destaca un Niño Jesús durmiente, obra hispano-filipina en marfil.
En una dependencia anexa se expone una muestra del botamen de cerámica de Talavera que perteneció a la farmacia que estuvo operativa en el monasterio.           

Izda: Manuel Álvarez, Santo Cristo / Dcha: José Mayo, San Juan Bautista
CAPILLA DEL NOVICIADO
Esta capilla, que se encuentra en el segundo piso, estuvo destinada al culto de los novicios y está presidida por el dieciochesco retablo barroco de San Ignacio de Loyola, cuya imagen, triunfante y apoteósica, es de autor desconocido, aunque se atribuye al escultor Francisco de Vergara. A los lados, dentro de hornacinas, aparecen las imágenes de San Francisco Javier y San Francisco de Borja, atribuidas a José Mayo, que se acompañan de la imagen de una Inmaculada, colocada en el centro, que sigue el modelo fernandino. Se completa con una abigarrada decoración entre la que se insertan ocho relieves con temas jesuíticos tallados por Tomás de Sierra.

Cristo Salvador, retablo de San Juan Bautista

HORARIO DE VISITAS
Sábados, domingos y festivos: de mayo a septiembre de 16,30 a 19 h. / de octubre a abril de 16,30 a 18 h.
Visita de grupos con cita previa en oficina de turismo de Villagarcía: tel. 983 717 003

TARIFAS
Entrada 1 €.

Para más información: pulsar aquí





Capilla del Relicario, 1660-1692
















Tomás de Sierra, detalle de San Marcos y San Eutimio en el Relicario, 1692













Niño Jesús durmiente, marfil hispano-filipino. Sacristía
















Retablo jesuítico de la Capilla del Noviciado
















Apoteosis de San Ignacio, anónimo (atribuido a Francisco de Vergara)
















Detalle de los relicarios de San Mauricio y los santos tebanos, s. XVII








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2 de julio de 2015

Exposición: TIEMPOS DE MELANCOLÍA. CREACIÓN Y DESENGAÑO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO DE ORO, del 2 de julio al 12 de octubre 2015



MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. PALACIO VILLENA
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid


TIEMPOS DE MELANCOLÍA
CREACIÓN Y DESENGAÑO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO DE ORO

La teoría de la melancolía, creada en territorio griego, cobró en toda Europa un nuevo brío desde el siglo XVI y conquistó el imaginario social, instalada en el cruce de la medicina, las ideas y las artes.
En nuestro Siglo de Oro adoptó una personalidad propia. La crisis y el desengaño conviven con un torrente de energía creativa, en la que la melancolía servirá de amalgama simbólica de las obsesiones de toda sociedad. La exposición Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro es un ejercicio de recuperación de ese eslabón mal conocido de nuestra cultura. Transitando por algunas de sus derivas temáticas e iconográficas, más de 60 obras, de excepcional belleza y originalidad, construyen un breve y provisional «museo imaginario» de la melancolía hispana.

Una magnífica y original exposición en torno a este estado mental a través de las sugestivas imágenes creadas por artistas de la categoría de Rubens, Durero, José Ribera, Frans Francken II, Berruguete, Juan van der Hamen, Antonio Moro, Juan Sánchez Cotán, Pieter Brueghel el Joven, Alonso Cano, Giovanni Lanfranco, Mabuse, Murillo, Luis Salvador Carmona, Antonio de Pereda y un largo etcétera, a cuyas obras plásticas se suman importantes ediciones impresas de libros y tratados en torno al hilo conductor de la exposición e incluso instrumentos musicales, pues la música era uno de los remedios curativos contra la melancolía.

La densidad temática y el enfoque poliédrico que se muestra de la sociedad española del momento —salud, creencias, medicina, religiosidad, ciencia, política, economía, arte...— hace imposible destacar ninguna obra concreta, pues todas ellas se interrelacionan para ayudar a comprender un mensaje que muestra la parte débil del ser humano y que, como un río que recorre distintos meandros, conduce al visitante al último capítulo de la exposición, titulado de forma lacónica y rotunda "Nada". En pocas ocasiones el arte ha reflejado de una forma tan sincera lo más hondo de la sociedad española, aquella que hizo afirmar a los europeos de la época que España era la tierra natural de la melancolía.        





HORARIO DE VISITAS
De martes a sábado, de 11 a 14 y de 16,30 a 19,30 h.
Domingos, de 16,30 a 19,30 h.
Lunes cerrado.
Entrada gratuita a la exposición temporal.

Visitas guiadas a la exposición todos los domingos, a las 12 h.
Inscripción gratuita en el tfno. 983 250 375












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1 de julio de 2015

Fastiginia: ¿Una imagen del primitivo retablo de la capilla del Colegio de San Gregorio?


Estampas y recuerdos de Valladolid

Cuando en 1490 fue terminada de construir por Juan Guas y Juan de Talavera la capilla del Colegio de San Gregorio, fundación de Fray Alonso de Burgos, confesor de la reina Isabel y obispo de Palencia, diócesis a la que por entonces pertenecía Valladolid, tan influyente prelado, que había impulsado este centro de estudios teológicos de la orden dominica, encargó para dicha capilla, que estaba comunicada a la altura del crucero con las naves de la contigua iglesia de San Pablo, igualmente patrocinada por él, un retablo acorde con la magnificencia del marco arquitectónico. Para ello recurrió de nuevo a los artistas más prestigiosos del ámbito burgalés, el más pujante de Castilla en ese momento, figurando en el libro Becerro de San Gregorio (según publicara Martí y Monsó en 1898-1901 en su obra Estudios Histórico-Artísticos relativos principalmente a Valladolid) que los artistas que se encargaron de la obra fueron el Maestre Guilles, escultor, y Diego de la Cruz, pintor.

El retablo, realizado en madera dorada y policromada, debió ser deslumbrante a juzgar por las citas recogidas por estudiosos y viajeros que llegaron a conocerlo in situ, pues, para nuestra desgracia, tan apreciada obra fue destruida durante la ocupación francesa, cuando las tropas de Napoleón se asentaron en el convento de San Pablo, siendo dispersadas algunas de sus esculturas integrantes por destinos desconocidos. Ello daría lugar a la mitificación de tan admirada obra artística y a que investigadores de nuestro tiempo sigan haciendo indagaciones esporádicas intentando identificar algunas de las esculturas que pudieron formar parte del legendario retablo, tarea harto difícil por la escasez de datos y por los condicionantes estilísticos fuera de contexto.

El punto de partida, tras los estudios de Martí y Monsó, nos lo proporcionaba en su obra Gil de Siloé under Maestro Guilles el hispanista alemán August Liebmann Mayer al identificar al Maestre Guilles con el escultor Gil de Siloé, el más importante escultor en tiempos de los Reyes Católicos, con un prestigioso taller abierto en Burgos, especialmente activo entre 1486 y 1501, del que salieron obras tan espectaculares para la Cartuja de Miraflores como el sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal, el sepulcro del infante don Alfonso y el retablo mayor, así como el retablo de la capilla de la Concepción y el retablo de Santa Ana de la Capilla del Condestable, ambos en la catedral burgalesa. De modo que el retablo encargado por Fray Alonso de Burgos hoy es comúnmente aceptado que fuera tallado por Gil de Siloé y policromado por Diego de la Cruz, su habitual colaborador en estas tareas.

Sin embargo, las referencias al retablo a lo largo del tiempo sólo proporcionan datos genéricos que son insuficientes. En 1501, el francés Antonio de Lalaing, que formó parte de la corte que acompañó a Felipe el Hermoso en su primer viaje a España, se limitó a recoger generalidades del retablo, entre ellas sus medidas —treinta pies de alto y dieciocho de ancho—, siendo más explícita la descripción realizada por el jesuita y cronista vizcaíno Pablo José de Arriaga a principios del siglo XVII, que destacaba la calidad y suntuosidad del retablo gótico y la presencia en él de los principales misterios de la vida de Cristo y de la Virgen, junto a escudos y armas reales sujetos por leones y águilas, describiendo un crucifijo de talla entera. Tampoco son aclaratorias las citas de Tomé Pinheiro da Veiga en su Fastiginia (1605), que se limita a afirmar que era un retablo soberbio, ni las de Antonio Ponz en su Viaje a España (1772).

Cristo del Humilladero, Ciguñuela (Valladolid)
La descripción más detallada la proporcionaría el historiador baezano Isidoro Bosarte en su Viaje artístico a varios pueblos de España (1804), pionero en la noción del patrimonio artístico, que escribe sobre el retablo: «El retablo principal de la capilla es en sus ornatos la quinta esencia de las sutilezas del goticismo, comparable solo al sepulcro del rey Don Juan el II, que está en la cartuja de Burgos,... Por asunto principal del retablo se ve una Piedad ó Señor difunto con el acompañamiento acostumbrado, y son en todas ocho figuras del tamaño natural, encima un calvario, y por remate cinco escudos de armas. En el retablo hay además veinte y una medallas de relieve con la vida y pasión del Señor, y muchas estatuas pequeñas. Hay apariencia de que el retrato primitivo de Don Fr. Alonso de Búrgos sea el que se figura rezando arrodillado, en una de las quatro caxas ó nichos del primer cuerpo de este retablo, acompañado de otras cuatro figuras, de las quales dos parecen también retratos. Conviene mirar este retablo para ver quanto puede hacerse de prolixo quando falta el fundamento del diseño; arte severa, que ni admite trampa ni facilidades, y que decide sobremanera del gusto de las edades y aun de las naciones».

Ya desaparecido de su emplazamiento original, en 1828 el retablo era citado por el dominico fray Domingo Díaz en 1828 en su obra Relación topográfica antigua y moderna del insigne Colegio de San Gregorio (datos publicados por Juan Agapito y Revilla en Para la historia del Colegio de San Gregorio de Valladolid, Boletín de la Sociedad castellana de Excursiones, Valladolid, 1919), donde, según el criterio de los gustos neoclásicos vigentes, estimaba sus esculturas de poco mérito, afirmando que un crucifijo se conservaba en la vallisoletana iglesia de San Juan.

Desde entonces las referencias al retablo quedaron dormidas, hasta que Julia Ara Gil estudió a fondo su historia en Escultura gótica en Valladolid y su provincia (Valladolid, 1977), proporcionando la mayoría de los datos que de forma sintética aquí se han recogido.

Una verdadera novedad fue aportada en 2001 por Jesús Urrea en su trabajo El Crucifijo del retablo de la capilla de San Gregorio de Valladolid reencontrado, incluido en las "Actas del Congreso Internacional sobre Gil de Siloe y la Escultura de su época", celebrado en Burgos ese año, donde identificaba al conocido como Cristo del Humilladero, conservado en la iglesia de San Ginés de Ciguñuela (Valladolid), como procedente de aquel retablo, basando su tesis en los datos contenidos en los folios del Libro de Fábrica e iglesia de este lugar de Ciguñuela de Valladolid, redactados entre 1850 y 1887. Desde entonces esta atribución ha permanecido irrefutable.

La Ascensión, iglesia de Herrera de Duero (Valladolid)
Cuando en el año 2002 fue presentada la exposición "Del olvido a la memoria IV", con una colección de obras restauradas por la Diputación de Valladolid (en colaboración con la Junta de Castilla y León y el Arzobispado de Valladolid), entre ellas figuraba el altorrelieve anónimo de La Ascensión, conservado en la iglesia de Santa María de Herrera de Duero (Valladolid). Tras la consolidación y la limpieza efectuada, la obra fue documentada por José Ignacio Hernández Redondo, que encontró en ella una indudable relación técnica y estilística con la obra de Gil de Siloé y con el tipo de policromía aplicada en sus retablos por Diego de la Cruz, con evidentes similitudes con el relieve de La Ascensión del tambor giratorio del retablo de la Cartuja de Miraflores. Ello le llevó a proponer, aunque sea imposible demostrarlo, que fuera uno de los veintiún relieves de la vida de Cristo que integraron el retablo de la capilla del Colegio de San Gregorio.

Sin motivos tan convincentes como los esgrimidos por Jesús Urrea y José Ignacio Hernández Redondo, encontramos otra pieza que pudiera haber pertenecido a aquel retablo, aunque todos los razonamientos sean bastante inconsistentes. Se trata de una imagen de La Virgen con el Niño que pertenece a la colección particular de José María Almagro. Intentando identificar la obra, este coleccionista solicitaba en 1992 un diagnóstico de autoría al Instituto Real del Patrimonio Artístico de Bruselas, que se limitó a datar la obra a finales del siglo XV y a señalar su posible procedencia de Malinas o Lovaina. Respondiendo a la misma petición, Hans M. J. Nieuwdoord, director del Museum Mayer Van Den Bergh de Amberes, también apuntaba su filiación a la escuela de Malinas, señalando como posible autor de su policromía a Jan Van Wavere, aunque el escultor fuera desconocido.
   
Santa Catalina, retablo de la Cartuja de Miraflores (Burgos)
Sin embargo, en 1994 Robert Didier, especialista del Instituto Real del Patrimonio Artístico de Bruselas, respondía a la misma petición sobre su posible origen y escuela descartando su elaboración en Bruselas, Malinas, Amberes o Lovaina. Apuntaba, por el contrario, sus características hispano-flamencas y la equiparaba con la Virgen del Tríptico de la Adoración de los Reyes de Covarrubias (Maestro de Covarrubias), indicando también la posibilidad de que pudiera tratarse de una obra de juventud de Gil de Siloé, que la habría realizado entre 1470 y 1490.

Según estos indicios de estilo y cronología, de tratarse de una obra de Gil de Siloé, el único capaz de conseguir tal nivel de calidad, la policromía podría pertenecer a Diego de la Cruz, un pintor de origen incierto y activo en Burgos al menos desde 1482. Justamente es un detalle de su policromía lo que plantea la incógnita de su relación con el retablo de la capilla del Colegio de San Gregorio, pues en los estofados de uno de los pliegues del manto, colocado sobre la rodilla de la Virgen, aparece bien visible una flor de lis, el característico emblema de Fray Alonso de Burgos que se repite hasta la saciedad por todos los elementos decorativos del centro docente dominico.

A pesar de que ninguna de las descripciones del retablo menciona esta figura de la Virgen con el Niño, que estaría colocada en la calle central, como lo estaba el relieve del Llanto sobre Cristo muerto, del que se conoce su existencia y ubicación, presentamos este interrogante como un juego de especulación para investigadores y estudiosos.

Tríptico de los Reyes, colegiata de Covarrubias (Burgos) 
La imagen, tallada en medio bulto (modalidad de chuleta) para ser colocada en un retablo, ofrece las elegantes características de las figuras femeninas de Gil de Siloé, con la Virgen en posición frontal, entronizada, con el torso erguido y sujetando en sus rodillas al Niño, que en posición escorzada se entretiene pasando las hojas de un Libro de Horas. Las idealizadas figuras muestran el distanciamiento solemne que produce su hieratismo y refinada gesticulación, destacando las esbeltas proporciones, los rostros ovalados con frentes despejadas, los ojos rasgados, los mechones filamentosos y dorados de la cabellera femenina, la descripción minuciosa de la indumentaria y la relación de la figura del Niño con los modelos de Malinas.

El debate sigue abierto.




Virgen con el Niño. Gil de Siloé ? / Colección J. Mª. Almagro.











































































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