11 de octubre de 2013

Theatrum: ECCE HOMO, un reo judío con aspecto de dios olímpico











BUSTO DEL ECCE HOMO
Juan de Juni (Joigny, Borgoña 1506-Valladolid 1577)
Entre 1540 y 1545
Madera policromada
Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid
Procedente de la desaparecida Cartuja de Aniago, Valladolid
Escultura renacentista española. Escuela castellana













Esta talla del busto de Cristo ingresó en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid para ser preservada para el futuro por consejo del profesor Martín González, que en 1974 la localizó en la parte alta de un retablo de la iglesia parroquial de la Visitación, en la población vallisoletana de Villanueva de Duero, considerándola como obra indiscutible de Juan de Juni. Al darla a conocer, apuntó como seguro lugar de procedencia la capilla relicario de la Cartuja de Aniago, enclavada en las proximidades de aquella localidad y actualmente convertida en una ruina romántica tras ser afectada por la desamortización decimonónica.

Que se trata de una obra personal de Juan de Juni no ofrece lugar a dudas, pues es evidente su parentesco formal y estilístico con la figura de Cristo del grupo del Santo Entierro, cuya realización está documentada en Valladolid entre 1541 y 1544 como encargo de Fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, para su capilla funeraria en el desaparecido convento de San Francisco de Valladolid. En ambos casos Juan de Juni fusiona la herencia de la tradición borgoñona con las innovaciones del arte renacentista italiano, con rotundas y elocuentes cabezas de Cristo en las que a su aspecto de Zeus olímpico se suma el dramatismo y los cabellos voluminosos inspirados en el célebre grupo helenístico del Laocoonte encontrado en Roma en 1506.

Ruinas de la Cartuja de Aniago (Valladolid)
Que seguramente proceda de la cartuja de Aniago se basa en una serie de indicios que así lo avalan. El primer lugar, por aparecer como "un Eccehomo de medio cuerpo" en el inventario del Relicario de la cartuja realizado en 1809 a causa de la desamortización decretada durante el reinado de José Bonaparte1. En segundo lugar, por la información proporcionada en 1572 por el humanista e historiador cordobés Ambrosio de Morales en su crónica Viaje, resumen de su recorrido por los reinos de León y Galicia y el principado de Asturias, a petición de Felipe II, para dar noticia de las reliquias, sepulcros, manuscritos catedralicios y monasterios existentes en estos territorios, en cuya descripción de la cartuja de Aniago cita la capilla del Sagrario como un recinto destinado a custodiar las reliquias. Este había sido iniciado en 1542 por el maestro cantero Juan de Escalante y rematado en 1546.

Ambrosio de Morales, que lo presenta como modelo de relicario, informa que la capilla se localizaba detrás de la capilla mayor, con acceso por dos puertas situadas a los lados del retablo mayor. En su interior, sobre seis estantes en forma de gradas, se distribuía una importante colección de relicarios renacentistas, muchos en forma de bustos con tecas. Tras la desaparición de la cartuja, algunos fueron depositados en la iglesia de Villanueva de Duero, donde también apareció el busto del Ecce Homo de Juan de Juni, que seguramente formaba parte de aquel relicario. Abundando en estos indicios, José de Vallés, en su obra Primer Instituto de la Sagrada Religión de la Cartuja, publicada en Madrid en 1663, informa que algunas reliquias fueron donadas por Santa Teresa a Fernando Pantoja2, prior de la cartuja en el momento en que se construye la capilla-relicario, figurando entre ellas un fragmento de la Santa Espina, tal vez relacionado con el encargo a Juan de Juni del busto coronado de espinas.               

El busto del Ecce Homo, de tamaño ligeramente superior al natural y tallado en madera de nogal, representa a Cristo en el momento en que con las palabras "he aquí al hombre" (ecce homo) es presentado al pueblo por Poncio Pilatos desde el pretorio, después de haber sido flagelado, coronado de espinas, cubierto con una clámide purpúrea y habérsele entregado una caña burlona como cetro, un dramático episodio previo a la condena a muerte. Juan de Juni simplifica con maestría este pasaje en un sintético busto de extraordinaria fuerza plástica, de modo que, aunque no aparecen los brazos, el cuerpo lacerado, visible bajo el fragmento de la clámide, y la gruesa corona de espinas, permiten recomponer mentalmente la sujeción de la caña e incluso toda la figura del resignado reo.

Para tan dramático pasaje, el escultor recurre a presentar a Cristo al modo de los bustos de la estatuaria clásica, consiguiendo que la pretendida imagen burlesca del nazareno aparezca con la rotundidad de un dios griego y con la dignidad y magnificencia de un emperador romano, superando el hieratismo propio de estas representaciones simplificadas con una magistral expresión facial, con la cabeza ligeramente inclinada y girada hacia la derecha mientras clava su mirada en el espectador, un recurso de complicidad repetido por Juan de Juni en otras figuras realizadas en esos mismos años, como en el José de Arimatea que muestra una espina en el grupo del Santo Entierro o el naturalista busto de Santa Ana con función de relicario, ambas obras conservadas en el Museo Nacional de Escultura.

Cristo, como es habitual en la obra de Juan de Juni, presenta una anatomía hercúlea muy vigorosa, de clara inspiración clásica y carácter heroico, con el pecho cubierto por una clámide purpúrea que sujeta en el hombro derecho se desliza por la espalda y cubre parcialmente el brazo izquierdo, ofreciendo en sus calculados pliegues un trabajo de aristas redondeadas que recuerdan el modelado en barro, una experiencia que el escultor había practicado durante su estancia leonesa y que después aplicaría a la madera a lo largo de toda su producción hasta convertirse en una seña de identidad de su taller.

Realmente magistral es la composición de la cabeza, recubierta con una voluminosa cabellera que forma abultados mechones rizados que caen y reposan sobre los hombros, dejando visible la oreja derecha, y que en la parte superior se enlazan con los gruesos tallos serpenteantes de la corona de espinas, tallada en la misma madera y con pequeños clavos aplicados por separado, que adquiere el aspecto de una diadema en una cabeza clásica. Elaborada y abultada también aparece la barba, con dos puntas simétricas y apuntadas formando mechones minuciosamente tallados. Especialmente significativa es su expresión facial, con una gruesa nariz, boca ligeramente entreabierta y ojos con párpados algo caídos y muy abiertos mirando al frente de forma serena y penetrante.

Se complementa con una cuidada policromía que no hace mucho tiempo ha sido objeto de una limpieza, lo que permite apreciar los tonos pálidos y vivos de las carnaciones, con los ojos y los labios pintados, el rostro recorrido por estratégicos regueros de sangre producidos por la corona de espinas, abundantes señales en el pecho de los latigazos en forma de hematomas, tonos lisos en los paños y un sustrato de oro reservado a la corona de espinas, que aparece destacada permitiendo relacionar la elaboración de la imagen con la mencionada reliquia.

Como resultado, la resignada imagen recuerda las representaciones de Cristo como Varón de Dolores realizadas en Francia en las primeras décadas del siglo XVI, en este caso adaptada al modo de los bustos-relicario y dotada de una gran vitalidad interior y profundización psicológica, de tal modo que su contemplación impresiona por su fuerza expresiva para hacer a los fieles cómplices de su inocencia.         

Por su impecable factura y sus novedosos valores plásticos, este Ecce Homo puede encuadrarse entre lo más granado de la producción de Juan de Juni, en cuyos aspectos formales y compositivos Martín González encuentra reminiscencias de los medallones que el escultor realizara en piedra para la fachada de San Marcos de León3.   

Informe y fotografías: J. M. Travieso.




NOTAS

1 REDONDO CANTERA, Mª José. Ecce Homo. Catálogo de la exposición Passio, Las Edades del Hombre, Medina del Campo y Medina de Rioseco, 2011, p. 316.

2 Ibídem.

3 MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José. Escultura del Ecce Homo. Catálogo de la exposición Las Edades del Hombre, el arte en la Iglesia de Castilla y León, Valladolid, 1988, p. 276.


Juan de Juni. Cabeza de Cristo del grupo del Santo Entierro, 1541-1544
Museo Nacional de Escultura, Valladolid




































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10 de octubre de 2013

Curso: VILLAS HISPANO-ROMANAS: ARQUEOLOGÍA Y MEMORIA, del 9 de octubre al 12 de diciembre 2013

ORGANIZA:
Universidad de Valladolid  y Centro Buendía/ Coordinadora Carmen García Merino.
Museo de las Villas Romanas de Almenara-Puras (Valladolid), Diputación de Valladolid.

OBJETIVOS:
  • Dar a conocer los resultados de las excavaciones que se están llevando a cabo en villae hispanorromanas y algunos de los enfoques más recientes de la investigación arqueológica en ese campo.
  • Conocer la forma de trabajar, los objetivos y logros de la actual manera de estudiar las villas.
  • Ampliar la información que sobre ese importante aspecto del patrimonio arqueológico de época romana se puede obtener en el desarrollo de los Planes de estudio en vigor.
  • Mostrar la necesidad y eficacia del trabajo arqueológico en equipos interdisciplinares.
  • Ampliar los conocimientos de los futuros historiadores con una revisión y actualización de los criterios de conservación y musealización de las villas como parte del Patrimonio histórico.

DESTINATARIOS:
Alumnos de Grado y Licenciatura en Historia (1 crédito ECTS por cada 25 horas), licenciados, doctorandos y público en general interesado por el mundo de la Arqueología.

PROGRAMA, HORARIOS Y PONENTES

Miércoles 9 de octubre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 18,30 h.
Presentación del curso
19-21 h. "La villa de Almenara de Adaja-Puras y las villas tardorromanas de la Meseta Norte. Estado de la cuestión"
Carmen García Merino, catedrática de Arqueología del Dpto. de Prehistoria y Antropología Social y Ciencias Historiográficas de la Universidad de Valladolid.

Jueves 24 de octubre
Sala de Juntas de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"La vida en las villas a partir de los textos clásicos"
Cristina Rosa Cubo, profesora titular de Filología latina del Dpto. de Filología Clásica de la Universidad de Valladolid.

Jueves 7 de noviembre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"El estudio arqueológico de una villa: un análisis interdisciplinar"
Carmen Fernández Ochoa, catedrática de Arqueología de la Península Ibérica del Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valladolid.

Jueves 21 de noviembre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"La villa romana de Noheda (Villar de Domingo García, Cuenca)"
Miguel Ángel Valero Tevar, profesor titular del Centro Asociado de la UNED de Cuenca y director de las excavaciones.

Jueves 12 de diciembre
Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras, 19-21 h.
"Rehabilitar y proteger villas romanas en Castilla y León"
Fernando Regueras Grande, investigador asociado al Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo.

Matrícula gratuita.
Información: Museo de las Villas Romanas de Almenara-Puras, tel. 983 626 036 / mvr@dip-valladolid.es

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9 de octubre de 2013

Exposición: VELÁZQUEZ Y LA FAMILIA DE FELIPE IV, del 8 de octubre 2013 al 9 de febrero 2014


MUSEO DEL PRADO
Edificio Jerónimos, Sala C, Madrid




A través de una treintena de obras, la exposición Velázquez: y la familia de Felipe IV pretende introducir al espectador en dos temas profundamente interrelacionados. Por un lado, la actividad como retratista desarrollada por Velázquez en los once últimos años de su carrera, y la continuación de esa labor por sus sucesores Juan Bautista Martínez del Mazo y Juan Carreño durante las décadas de 1660 y 1670. Siendo una exposición sobre retratistas cortesanos, también lo es sobre la familia real. De hecho, en 26 de esos treinta cuadros se representa al rey, a su mujer o a sus hijos, cuyas peripecias personales tuvieron una repercusión europea, pues afectaban al equilibrio de fuerzas del continente. La exposición invita a reflexionar, así, no sólo sobre uno de los momentos más brillantes y con mayor personalidad de la carrera de Velázquez y de la historia del retrato cortesano español, sino también sobre cómo este tipo de pinturas se convirtieron en instrumentos de intercambio diplomático, y cómo reflejaban las expectativas que en toda Europa se tejieron en torno al devenir de la familia real.

Cronológicamente la exposición abarca desde la entrada en Madrid de Mariana de Austria como nueva reina (a finales de 1649) hasta su retiro en Toledo en 1677, después de haber dado luz a un príncipe, haber enviudado y haber ostentado la regencia durante diez años. Cuando llegó a Madrid, Velázquez se encontraba en Roma, donde en 1650 realizó una docena de retratos relacionados con la corte papal, que constituyen hitos en la historia del género. A la exposición se traen cuatro de ellos, que permiten documentar lo que hacía Velázquez en un momento en el que debería haber estado en Madrid, retratando a la reina (una de las grandes paradojas de su carrera); y permiten también mostrar hasta qué punto se trataba de un pintor capaz de adaptarse a las diferentes expectativas de sus patronos. La comparación de los retratos romanos con los retratos de busto que hizo de Felipe IV, Mariana de Austria o Maria Teresa revelará cómo en Roma amplió la gama expresiva de sus retratos, y cómo a su vuelta a la corte madrileña recuperó el hieratismo y la distancia anteriores.

El núcleo de la exposición está compuesto por los retratos reales que hizo Velázquez en Madrid desde su vuelta de Roma hasta su muerte en 1660. Son once piezas que forman un capítulo aparte dentro de su carrera, por su singularidad iconográfica y técnica, y en las que se mantuvo a un nivel de calidad extremadamente alto. El mundo femenino e infantil invade por vez primera su catálogo, el color se hace más denso, variado y suntuoso de lo habitual hasta entonces, y se incorporan decididamente las alusiones espaciales a los retratos reales. Entre esas obras destaca especialmente Las Meninas, que aunque no van a figurar físicamente en el espacio expositivo, forman parte fundamental de la muestra. Las meninas supone una formidable reivindicación del género del retrato, y un gran ejercicio de autoafirmación social y profesional por parte de su autor. Su complejidad iguala un retrato a la más erudita “pintura de historia”, y la convierte en el mejor ejemplo del grado de sofisticación al que había llegado la corte española. Porque cuando Velázquez lo pintó –y es una de las cosas que pretende subrayar la exposición- la cultura cortesana española atravesaba uno de sus momentos más creativos, con literatos como Pedro Calderón y Antonio de Solís en la cima de sus facultades, o con unas Colecciones Reales en pleno proceso de expansión y remodelación. La demanda de imágenes a que dio lugar la llegada de una nueva reina y el nacimiento de infantes y príncipes obligó a multiplicar el número de retratos y a poner en marcha un activo taller. La exposición refleja este hecho a través de varias versiones de los originales de Velázquez, realizadas en su taller y bajo su supervisión.

La última parte de la exposición se centra en el retrato cortesano posterior a Velázquez, a través de la obra de Martínez del Mazo y Carreño. Partiendo de soluciones velazqueñas, supieron renovar la iconografía real en una dirección más abigarrada y barroca. Una de sus principales características fue la incorporación decidida de los espacios palaciegos a los retratos, especialmente los llamados “Salón de los Espejos” y “Pieza Ochavada”, que son lugares fuertemente connotados. A través de ellos, crearon una tipología que singulariza el retrato cortesano español del momento respecto a otras tradiciones retratísticas, y en la que los espacios reales actuaron como escenarios donde se escenificó el equilibrio de fuerzas entre los últimos representantes de la casa de Austria.

HORARIO DE VISITAS
De lunes a sábado de 10 a 20h.
Domingos y festivos de 10 a 19h.

PRECIOS
Entrada única al Museo. Esta entrada permite visitar el Museo y otras exposiciones coetáneas el día de la visita.

De lunes a sábado de 10.00 a 18:00h, domingos y festivos de 10:00 a 17:00h
General: 14 €
General + Guía (libro guía de la Colección): 23 €
Reducida: 7 €
Gratuita: 0 €
Grupo turístico: 14 € / persona (Sólo a través del CAV)
Grupo cultural: 7 €
Grupo educativo: 0 €
De lunes a sábado de 18:00 a 20.00h, domingos y festivos de 17:00 a 19:00h
General: 7 €
Reducida: 3.5 €
Gratuita: 0 €
Más información sobre precios de entradas y condiciones de exención y gratuidad.


Acceso gratuito a la colección permanente:
De lunes a sábados de 18 a 20 h.
Domingos y festivos de 17 a 19 h.


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8 de octubre de 2013

Exposición: CAMINO DE SANTIAGO POR EL MUSEO DE LEÓN, del 9 de octubre al 31 de diciembre 2013


MUSEO DE LEÓN
Plaza de Santo Domingo 8, León

Conmemorando el XX aniversario de la declaración del Camino de Santiago como Patrimonio de la Humanidad, el Museo de León ofrece en sus salas un recorrido por el patrimonio relacionado con el fenómeno santiaguista y de las peregrinaciones que atesora el Museo, uno de los más jacobeos de España. Objetos artísticos, arqueológicos y etnográficos que habitualmente se exponen permanentemente en sus salas son resaltados museísticamente para enfatizar sus valores y significación en este proyecto.
Y, al mismo tiempo, una nueva presentación temporal de fondos propios habitualmente no expuestos completa este panorama, sacando a la luz bienes patrimoniales procedentes de intervenciones (arqueológicas en particular) que se han desarrollado en lugares significativos del trazado caminero: desde Sahagún (ermita de la Virgen del Puente, iglesias de La Peregrina, La Trinidad, San Lorenzo...) a Carracedo en el Bierzo, pasando por ciudades (León, Astorga, Ponferrada...), despoblados como el Castro de los judíos, monasterios como Marialba, necrópolis, vías, murallas y otros emplazamientos que conforman la ruta francígena; una ruta que recorre la provincia de León de parte a parte como no lo hace, en extensión y vocación, en ningún otro territorio. Y un recorrido que en el Museo de León siempre ha tenido una de sus estaciones, ahora con más sentido que nunca.

HORARIO DE VISITAS
De martes a sábado: de 10 a 14 y de 16 a 19 h.
Domingos y festivos: de 10 a 14 h.
Lunes: cerrado.

Entrada gratuita.

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7 de octubre de 2013

Bordado de musas con hilos de oro: EL OTOÑO, MUCHACHOS, de Evaristo Carriego


EL OTOÑO, MUCHACHOS

El otoño, muchachos. Ha llegado
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.

Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!

EVARISTO CARRIEGO (1883-1912)


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4 de octubre de 2013

Visita virtual: CRISTO DE PALACIOS DE BENAVER, el retorno a los orígenes














CRISTO CRUCIFICADO
Anónimo
Primera mitad siglo XII
Madera policromada y pintura en la cruz
Iglesia del convento de San Salvador, Palacios de Benaver (Burgos)
Escultura románica














La comunidad de monjas benedictinas que veneran y conservan este crucifijo en la iglesia del convento de San Salvador, en la población burgalesa de Palacios de Benaver, le denominan cariñosamente "el Cristo de los Ojos Grandes", aunque no sólo son grandes los ojos, sino toda la imagen, cuyas considerables dimensiones —2,76 metros de altura, 2,23 metros de ancho y 40 centímetros de fondo— le distinguen como uno de los crucifijos románicos de mayor tamaño entre los conservados tanto en Castilla como en toda España. Otro tanto se puede afirmar de su antigüedad, pues, aunque no está documentado y se le ha venido datando a finales del XII, hay sobradas razones para pensar que unas manos desconocidas le dieron forma, siguiendo las más estrictas pautas del arte románico del momento, en un período indeterminado a caballo entre finales del siglo XI y principios del XII, poco tiempo después de la presencia en los páramos burgaleses de la figura del Cid, generando, como el héroe legendario, una serie de leyendas que se difuminan junto a los muros del monasterio que lo acoge, donde no sólo se recuerdan las razias sanguinarias de los caudillos moros Zefa y Almanzor, sino también que fue el hallazgo del propio crucifijo lo que alentó la posterior reconstrucción del monasterio benedictino de San Salvador en torno a la regla asociada al "ora et labora" y en una zona vinculada a la Ruta Jacobea.

Dejando a un lado leyendas de endeble fundamento relacionadas con los primeros condes de Castilla, hoy podemos resaltar los valores artísticos de esta talla que se presenta como prototipo de los cánones estéticos que prevalecieron cuando en buena parte de Europa se construía, pintaba y esculpía siguiendo las pautas del mismo estilo, el Románico; se utilizaba una lengua común, el latín; se entonaba el mismo tipo de canto, el gregoriano; y se escribía en el mismo tipo de letra, la carolina, compartiendo estos mismos patrones en un fenómeno cultural al que no fue ajena la vía de comunicación que representó el Camino de Santiago.

El Cristo de Palacios de Benaver ofrece rigurosamente todas las peculiaridades de la iconografía románica más genuina, aquella de origen bizantino que, aunque presenta a Cristo como un ajusticiado en la cruz, con la ausencia de padecimiento intenta resaltar su victoria sobre la muerte como símbolo de su naturaleza divina, después de ésta fuera cuestionada en algunas herejías, justificando con ello el valor de su sacrificio para la salvación o redención de la humanidad.  

Este monumental crucifijo fue objeto de una restauración integral en 2007 que ha permitido recuperar no sólo sus valores escultóricos, sino también su policromía original, incluida la sorpresa de las pinturas aparecidas sobre el anverso y reverso de la cruz, a la que también se ha reintegrado el tamaño que tuvo en origen y que había sido recortado. Porque la talla había sufrido a lo largo del tiempo una "puesta al día" a través de modificaciones agresivas, algunas de las cuales afortunadamente se han podido eliminar durante el proceso de restauración, mientras que otras se han paliado en la medida de lo posible. Entre ellas posteriores aplicaciones en los ojos para que estuvieran cerrados o abiertos, según el gusto de cada época, hasta cinco repintes superpuestos en las carnaciones, incluyendo nuevos regueros de sangre, modificaciones en el perizonium o paño de pureza y su adaptación para ser vestido y llevar peluca, conociendo igualmente sucesivos recortes del tamaño de la cruz para adaptarle a distintas ubicaciones, el último realizado en el siglo XVIII para ajustarle a la hornacina de un retablo.
Hoy día se puede contemplar el crucifijo en una de las capillas de la iglesia con un aspecto muy próximo al original, aunque su posible ubicación, como era tradición, posiblemente fuera colgado sobre el altar en la embocadura del presbiterio.


La imagen está compuesta por el cuerpo de Cristo, tallado en bulto redondo y superpuesto a través de los clavos a una ancha cruz de madera de haya, siguiendo el prototipo implantado a partir del siglo XI: sin ningún atisbo de expresión de dolor y sin pretensiones naturalistas en la anatomía, convertidos sus valores plásticos en un símbolo por antonomasia de victoria sobre la muerte. Su proporcionado cuerpo tiene una disposición vertical, con los brazos rectos y en posición horizontal, los característicos dedos largos, las piernas sin flexionar y los pies paralelos, con la típica representación de la crucifixión con cuatro clavos. Cristo mantiene la cabeza erguida y mira al frente con los ojos abiertos. Presenta nariz afilada, boca cerrada, barba recortada y un pronunciado bigote que la remonta, así como una larga melena con raya al medio y mechones por detrás de las orejas en forma de tirabuzones que discurren por los hombros, siguiendo el principio de simetría que domina toda la figura, sin incorporar la corona de espinas.


Especial interés tiene el trazado anatómico, con un cuerpo en el que priman los volúmenes esquemáticos y geométricos y en el que los principales rasgos aparecen reflejados mediante incisiones sobre la superficie. Esto se aprecia en la configuración de los hombros y sobre todo en las costillas, trazadas bajo el pecho en forma de nueve incisiones paralelas y onduladas que contrastan con la tersura de los pectorales y del vientre. Junto al trabajo de la cabeza la máxima ornamentación se concentra en el perizonium, un faldellín que, como es habitual en su época, cubre de la cintura a las rodillas y que también presenta un diseño basado en la simetría y en el uso de incisiones, con uno de los cabos en forma semicircular y pequeños pliegues al frente y dos capas superpuestas en los laterales con un juego de plegados que aparece original y caprichoso en los ribetes, en la misma línea del que presenta el célebre Cristo de Carrizo (Museo de León), con un tímido atisbo de supeditar las vestiduras a las leyes físicas. El mismo esquematismo geométrico se repite en las piernas, largas y ligeramente modeladas sobre un esquema cilíndrico, con los pies dispuestos para descansar sobre un soporte desaparecido, el llamado suppedaneum.

El modelo es representativo del tipo de crucifijo más extendido en Castilla, donde no abundaron los modelos de Cristo en Majestad tan comunes en el territorio catalán, caracterizados por el recubrimiento del cuerpo con una esquemática túnica o hábito talar (túnica manicata) que velaba la anatomía, en ocasiones con corona real. En Castilla, como rasgos comunes a lo largo de los siglos XI y XII, los crucifijos ofrecen una anatomía completa basada en el esquematismo, la frialdad de formas y las desproporciones, concentrando en el perizonium una gran fantasía decorativa.

El Cristo de Palacios de Benaver es un vivo ejemplo de cómo los escultores románicos trabajaban al servicio del dogma religioso procurando materializar una figura más representativa de valores simbólicos que naturalistas o imitación del mundo real, deformando la realidad en aras del impacto emocional y encontrando en la simplicidad y el geometrismo, es decir, en la pura abstracción, la vía adecuada para presentar el símbolo: El cuerpo de Cristo es el símbolo de la cruz en sí mismo, la Virgen sedente adquiere el valor de ser el trono de su propio Hijo, etc. Estos factores proporcionan a las obras románicas un alto contenido intelectual, pudiéndose comprobar en este crucifijo como la imperfección de la rigidez y el hieratismo, que se contrapone a las leyes naturalistas, proporciona sin embargo a la figura una mayor solemnidad y valor simbólico como maiestas domini: Cristo vivo y con su propio cuerpo convertido en cruz, sin peso y sin dolor.   

De igual manera la policromía responde a los cánones del momento, con una paleta muy limitada y colores lisos resaltando distintos elementos esquemáticos, como ojos, cejas, cabellos, regueros de sangre, etc., contrastando el tono lechoso de las carnaciones con los tonos verdosos y rojizos del perizonium, en cuya ornamentación se utilizan pequeños círculos o lunares en blanco para simular ricas telas de aire principesco.

Sin embargo, una de las mayores peculiaridades del Cristo de Palacios de Benaver es la de presentar el anverso y reverso de la cruz recubierto de labores polícromas, en gran parte desaparecidas, lo que le confiere la categoría de obra maestra del románico. Entre la pintura de la cruz, aparecida bajo la capa de suciedad en la restauración de 2007, destaca la figura del Agnus Dei que se halla donde se cruzan los ejes en el reverso, con la figura del cordero portando una cruz, simbolizando a Cristo, inserto en un círculo que a su vez se enmarca en un cuadrado decorado con trazos esquemáticos que forman cadenetas y tallos vegetales, un tipo de decoración que se repetía por toda la cruz y en la que prevalece la simplicidad, los esquemas geométricos y los colores planos, en este caso los bordes remarcados en negro y con encasillamientos rellenos de color rojo intenso.

El enorme crucifijo es la principal obra artística que guarda el convento de San Salvador de Palacios de Campos, de tan dilatada historia y que tanta influencia ejerció en su entorno hasta el siglo XV. Una obra que sigue impresionando a pesar de su esquematismo, frialdad y falta de naturalismo, siendo capaz de emocionar a cuantos lo contemplan por la fascinación que producen en ocasiones las "imperfecciones" de algunas obras románicas que sin embargo revelan el lenguaje del arte en su estado más puro y sincero.   
 

Informe: J. M. Travieso.
Fotografías: Santiago García Vegas.




























Pintura románica del Agnus Dei en el dorso de la cruz















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2 de octubre de 2013

Fastiginia: ¿Una vista de Venecia o Verona? Eso parece, pero es Valladolid

Estampas y recuerdos de Valladolid

Es sabido que el Victoria & Albert Museum de Londres guarda una extraordinaria colección de arte auropeo, indio y de extremo oriente. Pero no sólo eso, pues entre sus indescriptibles fondos también se encuentra una inmensa colección de artes suntuarias que reúne piezas de orfebrería, joyas, cerámica, cristalería, armas, instrumentos musicales y todo tipo de textiles procedentes de todo el mundo. Los fondos se completan con importantes bibliotecas, secciones dedicadas al diseño de los últimos años, incluidos papeles pintados, electrodomésticos, juegos de mesa y fachadas rescatadas de antiguas tiendas de gran valor testimonial, así como una importante colección de fotografías entre la que aparece una curiosa serie que llama nuestro interés y de la que nos fijamos en una insólita vista urbana.

A primera vista, sin analizar el contexto y mucho menos leer sus referencias identificativas escritas, podría parecer que se trata del entramado medieval de una ciudad italiana, tal como Verona si nos centramos en los balcones, o incluso Venecia si nos atenemos al discurrir de un canal. Pero no, nada de eso, la "veduta" corresponde a Valladolid y adquiere un valor testimonial impagable porque preserva e inmortaliza el aspecto urbano de aquellas calles céntricas por las que antaño discurrían los ramales del Esgueva.

Fotografía de Francis Frith, s. XIX
Victoria & Albert Museum, Londres
En efecto, lo que parece un canal es el curso del Esgueva, al parecer en un año de sequía, con su curso empedrado y con restos de escaleras de piedra para bajar hasta el agua. A los lados del cauce discurre la calle y una amalgama de casas de diferentes alturas, algunas con sillares de piedra en la fachada. Que se trata de Valladolid nos lo informa su autor, que en este caso enumera e identifica la ciudad en el frente de la fotografía para que no haya dudas.

La sugestiva imagen pertenece a la serie que realizara en el siglo XIX el fotógrafo inglés Francis Frith (1822-1898), nacido en Chesterfield, formado en Birmingham, propietario en Liverpool de un afamado estudio y fundador en 1853 de la Sociedad Fotográfica de Liverpool. Frith se convertiría en un fotógrafo viajero que recorrió Medio Oriente en tres ocasiones, proporcionando no sólo pintorescas fotografías de Egipto, sino también de Italia y España, fotos que realizaba utilizando el proceso fotográfico del colodión que sustituyó al daguerrotipo.   

En su recorrido por España, Francis Frith estuvo en Valladolid entre 1860 y 1870, donde hizo una importante serie a la que pertenece esta fotografía, en la que anota el nombre de la ciudad sin especificar el lugar al que corresponde. Dado el trajín de la piqueta hasta tiempos no muy lejanos, es imposible identificar en la fotografía algún resto reconocible que no sea el curso del Esgueva. Por ello sólo nos queda especular que pueda tratarse de una vista de la actual Calle del Paraíso, en la que nos consta existió este tipo de trazado, con puente sobre el Esgueva incluido, o bien de una zona próxima a la Rinconada o a Cantarranas.

Sea el lugar que sea, la fotografía es un testimonio de un tipo de ciudad desaparecida e irreconocible tras haber sufrido sin piedad el destrozo cicatero de su centro histórico, plagado de palacios y de lugares tan sugestivos como este que aparece, a modo de fantasma, en la fotografía del Victoria & Albert Museum.


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30 de septiembre de 2013

Revista ATTICUS nº 23

En septiembre 2013 se ha publicado el número 23 de la Revista Atticus, en la que junto a las habituales secciones de editorial, fotodenuncia, humor gráfico, exposiciones, relatos y cine destacan los siguientes artículos:

* Velázquez, el hombre. Gonzalo Durán López.
* Ángeles y demonios, repertorio iconográfico en Valladolid. José Miguel Travieso.
* La Casa de Música de Oporto, arquitectura y oportunismo. Leonardo Tamargo Niebla.
* Welcome to England. Rubén Gámez.
* Adiós al cine Roxy. Cristy G. Lozano.
* Exposición "La belleza encerrada: de Fran Angélico a Fortuny". Luis José Cuadrado.
* La cocina de los libros. Noemí Valiente.

Descarga en pdf: Revista Atticus 23

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