9 de septiembre de 2011

Visita virtual: LA RONDA DE NOCHE, la veracidad de una instantánea miliciana




LA RONDA DE NOCHE
Rembrandt Harmensz van Rijn (Leiden, 1606-Ámsterdam, 1669)
1642
Óleo sobre lienzo
Rijksmuseum, Ámsterdam
Pintura barroca


     La Ronda de Noche es posiblemente la pintura más célebre de Rembrandt (1606-1669), el equivalente a Las Meninas de Velázquez (1599-1660), representando ambos pintores los mayores logros conseguidos por la pintura barroca europea. Tanto el uno como el otro fueron autores prolíficos, siendo autor el holandés de cerca de cuatrocientas pinturas, unos trescientos grabados y una colección considerable de dibujos, dando muestras en todos ellos de un genio artístico inigualable, tanto en el dominio del dibujo como del color, una contribución decisiva para situar a la escuela holandesa a la cabeza del arte del siglo XVII.

     El título real de la pintura es La compañía militar del capitán Frans Banning Cocq y el teniente Willen van Ruytenburch, que es el motivo representado para decorar la Gran Sala del Cuartel General de los Arcabuceros (Kloveniersdoelen), sede municipal de la milicia cívica encargada de patrullar la ciudad de Ámsterdam, un edificio en la esquina entre Amstel y el canal Kloveniersburgwal que fue derribado a mediados del XIX y convertido en el hotel Doelen. Allí estuvo colgado el cuadro entre otras cinco pinturas de milicianos y un retrato de la Junta Directiva, todos realizados entre 1638 y 1645 por los mejores retratistas de Ámsterdam. Rembrandt cobró por su obra, que le ocupó de 1640 a 1642, 1.600 florines, siendo pagados sobre 100 florines por cada uno de los milicianos que quisieron ser retratados, unos más y otros menos, según el lugar ocupado en el retrato, siendo la figura del tambor la única que no tuvo que pagar, ya que fue invitado para realzar la ocasión.

     El título de La Ronda de Noche es tardío e inexacto, aplicado en el siglo XIX por la crítica francesa en un momento en que la suciedad y el oscurecimiento del barniz hicieron interpretar los contrastes lumínicos como una escena nocturna, aunque una limpieza realizada en 1947 dejó visible que el momento representado, a pesar de incluir contrastados juegos de penumbras, ocurre a plena luz del día, pese a lo cual se ha mantenido aquel título para este icono universal, la pintura estrella del Rijksmuseum.

OBRA MAESTRA DE REMBRANDT

     El cuadro debía presidir la Gran Sala durante el banquete de inauguración del Cuartel General para conmemorar la llegada en 1638 de la reina madre María de Médicis, viuda del rey francés Enrique IV, exiliada en Ámsterdam por orden de su hijo Luis XIII y del cardenal Richelieu, cuya visita fue celebrada con grandes fiestas en la ciudad.

     En líneas generales puede decirse que se trata de un cuadro de contenido heroico, cuyo objetivo era rendir homenaje a la corporación representada y que costeaba la obra, pero en ella dejó Rembrandt un retrato colectivo de dieciocho personajes totalmente innovador y de gran valor testimonial, con el capitán Frans Banninck Cocq y su lugarteniente Willem van Ruytenburch al frente de un grupo en el que figuran gran cantidad de personajes, cada uno de ellos con sus rasgos individualizados, al modo de la pintura holandesa del XVII, estando identificado el sargento Reijer Engelen, sujetando una alabarda en el borde izquierdo, y el piquero Jacob Dirksen con una pica detrás del que sopla el mosquete.

     En la escena el capitán da la orden y toda la compañía se pone en movimiento. El alférez alza la bandera, el tambor hace sonar su instrumento y los milicianos toman las armas, destacando la figura de dos niñas y un niño entre los mosqueteros. La cuadrilla no aparece formando filas, como era preceptivo, sino que Rembrandt recurre al momento previo de formación para crear un emocionante espectáculo de hombres en acción como nunca antes se había realizado. De igual manera, el uso del arcabuz como arma de fuego había sido sustituido por el mosquete, circunstancia que el pintor aprovecha para darle protagonismo en la representación, en la que algunos milicianos colocados en segundo plano muestran cómo funciona: uno con traje rojo cargándolo en primer plano, otro en pleno disparo colocado detrás del capitán, y un tercero, a la derecha del teniente, soplando los restos de pólvora después de disparar.

     En una primera mirada se aprecia que todos los miembros de la cuadrilla van armados, lo que crea una tensión que hace presuponer que algo grave va a ocurrir, por lo que la escena se impregna de una carga dramática desconocida en la pintura holandesa. Una mirada detallada después permite descubrir pequeños matices cargados de nuevos significados. Es el caso del gallo muerto que la niña más visible lleva colgado a la cintura, pues la garra era el símbolo de los arcabuceros. El capitán, que da la orden extendiendo la mano hacia adelante, sugiriendo profundidad, está identificado por su traje negro y acentúan su dignidad el bastón, la espada y los guantes. El teniente se distingue por portar una lanza partesana, arma reservada a los oficiales, y en el bordado de su traje amarillento figura el escudo de armas de Ámsterdam, con tres cruces sostenidas por un león. Sobre el grupo también se asigna un lugar destacado al alférez, que enarbola orgulloso la bandera. El resto del grupo está constituido por dos sargentos, mosqueteros, piqueros, hombres con escudos redondos, un muchacho con un cuerno de pólvora, dos niñas, un perro y el tambor contratado para la ocasión.

     En la composición cada personaje cumple su papel para representar al unísono una acción conjunta, aislando del grupo sólo las figuras de los jefes, a los que todos están subordinados. Para ello Rembrandt utiliza líneas en todas las direcciones, hábilmente compensadas, para conseguir un gran dinamismo dentro de un aparente desorden, lo que dota a la escena de gran espontaneidad y libertad. Para ello cada personaje adopta una actitud y postura distinta, recurriendo a agruparles en grupos de tres a excepción del capitán y el teniente, destacados intencionadamente del grupo y resaltados por los efectos de la luz. Es precisamente la luz otro de los protagonistas de la pintura, con unos rayos cenitales en primer plano y el resto sumido en una pronunciada penumbra en la que se llegan a apreciar hasta cuatro planos, dando como resultado una escena dinámica, conmovedora y dramática, bañada por un halo de lirismo que cautiva al espectador.

     Ello pone de manifiesto el magistral dominio del color, con una paleta en la que dominan los tonos cálidos, que son aplicados, como es habitual en el maestro, a través de pinceladas sueltas, anchas y pastosas que contrastan con otras de trazos finos y pequeños, apareciendo poco nítidos los contornos de las figuras. En esta original obra Rembrandt recurre al fuerte contraste entre luces y sombras, entre colores claros y oscuros, asumiendo un tipo de claroscuro derivado del tenebrismo practicado por Caravaggio hasta lograr una peculiar atmósfera de sombras envolventes y luces selectivas, siempre al servicio de una representación realista de los milicianos poniéndose en acción a las puertas de su acuartelamiento.

     El carácter innovador de la pintura, la originalidad en la representación de los personajes y su jerarquización a través de la luz, hizo que no fuera bien comprendida por muchos de los retratados, lo que originó la demora en los pagos por parte de los milicianos.

PERIPECIAS DE LA PINTURA

     El año 1715 la pintura fue trasladada al Ayuntamiento de Ámsterdam, donde las limitaciones de espacio para permitir su colocación hicieron que fuese recortada por los cuatro lados, eliminándose una franja considerable en la parte izquierda, con la que desaparecieron tres personajes, y otras de menor tamaño en los lados restantes, siendo conocida la composición original gracias a diferentes copias, siendo la más ajustada al original la que realizara hacia 1655 el holandés Gerrit Lundens, que se conserva en la National Gallery de Londres (ilustración 5).

     Durante la invasión napoleónica el Ayuntamiento fue convertido en Palacio Real, siendo la pintura trasladada por algunos magistrados municipales a la casa de la familia Trip (Trippenhuis), aunque Napoleón la recuperó y la mantuvo hasta la caída del Imperio. Fue en 1885 cuando regresó a la Trippenhuis, ya convertida en el Rijksmuseum o Museo Nacional de Arte de los Países Bajos.

     La pintura sería preservada de nuevo, en 1942, de los peligros de la Segunda Guerra Mundial, junto a otras obras del museo, siendo depositada en los Refugios Nacionales, serie de búnkers localizados en Heemskerk, Zandvoort, Steenwijk y Maastricht, donde la pintura sufrió al permanecer enrollada, siendo necesaria su restauración cuando regresó al Rijksmuseum de Ámsterdam en junio de 1945.

     Pero no habían acabado los problemas, pues, por su carácter emblemático, el 14 de septiembre de 1975 la obra sufrió varios cortes producidos por un cuchillo empuñado por un desequilibrado y diez años después un visitante del museo roció la pintura con un spray de ácido que afortunadamente sólo afecto al barniz superficial. Como consecuencia, la obra fue objeto de una nueva y completa restauración.

     El año 2005, en la conmemoración del 400 aniversario del nacimiento de Rembrandt (ilustración 6: Autorretrato, 1628), los escultores Alexander Taratynov y Mikhail Dronov realizaron una versión en bronce de los personajes de La Ronda de Noche en tres dimensiones, un conjunto que nunca alcanzó la viveza de la pintura del gran pintor holandés, maestro de la luz y el color.

Informe: J. M. Travieso.

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7 de septiembre de 2011

Bordado de musas con hilos de oro: ROMANCE DEL DUERO, de Gerardo Diego


ROMANCE DEL DUERO

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde,
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.

               GERARDO DIEGO, 1922

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6 de septiembre de 2011

Museo Nacional Colegio de San Gregorio: Curso de cultura hispano-lusa, del 19 al 29 de septiembre 2011


VERANO PORTUGUÉS
Con motivo de la exposición temporal "PRIMITIVOS. El siglo dorado de la pintura portuguesa 1450-1550".

Curso de cultura portuguesa:
LA PRIMERA MODERNIDAD HISPANO-PORTUGUESA: IDENTIDADES NACIONALES Y DIÁLOGOS EUROPEOS

FECHA: Del 19 al 29 de septiembre 2011.
HORA: 19 h.
LUGAR: Museo Nacional Colegio de San Gregorio.
DIRIGIDO A: Estudiantes, jóvenes, especialistas y público en general.
PRECIO: 25 € para el público general y 20 € para los Amigos del Museo.
INSCRIPCIÓN: Tienda del Museo, plazas limitadas.



PROGRAMA DEL CURSO

lunes 19
Las artes figurativas en Portugal en los siglos XV y XVI: caminos, cruces y estancamientos
Joaquim Oliveira Caetano.
Comisario de la exposición y Conservador del Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa. Desde 1998 compagina su actividad como técnico facultativo de museos con su labor docente en el departamento de Historia del Arte de la Universidad de Évora.

martes 20
Aspectos singulares de la iconografía portuguesa
Salvador Andrés Ordax
Catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid, anteriormente lo fue en las Universidades del País Vasco, Extremadura y Salamanca. Ha desempeñado diferentes cargos universitarios, de gestión cultural y de protección del Patrimonio histórico. Todo ello compaginado con una intensa labor investigadora, dirigiendo numerosos proyectos y tesis doctorales y publicando destacados trabajos sobre iconografía y patrimonio.

jueves 22
Ibéricos en las cocinas de Miguel Ángel, Leonardo y Rafael
Joan Sureda
Catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Barcelona, anteriormente lo fue en las Universidades del País Vasco, Sevilla y la Complutense de Madrid. Ha sido director del Museo Nacional de Arte de Cataluña, miembro del Comité Científico del Museo del Prado y del Consejo Científico de la Fondazione Memmo Ruspoli de Roma. Sus líneas de investigación actuales se centran en los contenidos y nuevas tecnologías de análisis del arte moderno, en los análisis transculturales y en el estudio de la formación de artistas singulares como Leonardo da Vinci y Miguel Ángel y, muy especialmente, Velázquez y Goya.

lunes 26
La intercultura entre Portugal y España, revisitada
Diogo Ramada Curto
Profesor en la Faculdade de Ciências Sociais e Humanas da Universidade Nova de Lisboa desde 1981, extendiendo su actividad docente por otras universidades como Brown, Yale, el King´s College de Londres o el EHESS de París. Su labor investigadora se centra actualmente en el colonialismo, el imperialismo y la esclavitud, con numerosas sus publicaciones.

martes 27
España flamenca: de Van Eyck a Rubens
Alejandro Vergara
Jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte en el Museo del Prado desde el año 2000. Previamente, tras doctorarse en historia del arte por el Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York, fue profesor en las Universidades de California, San Diego y Columbia. Ha publicado extensamente en el área de pintura flamenca, en especial sobre la figura de Rubens, y ha sido comisario de numerosas exposiciones, en su mayoría en el Museo del Prado, dedicadas a Rubens, Vermeer, Rembrandt o Patinir.

miércoles 28
La cuestión del estilo en la arquitectura portuguesa del siglo XVI
Paulo Varela Gomes
Historiador de arquitectura y arte, destacando su labor como docente en la Facultad de Ciencias y Tecnología de la Universidad de Coimbra y Centro de Estudos de Arquitectura, con publicaciones sobre la arquitectura portuguesa de los siglos XVI, XVII y XVIII.

jueves 29
Portugal en la cultura hispana del Siglo de Oro: viajeros, cortesanos y reyes
Fernando Bouza
Catedrático de Historia Moderna en la Universidad Complutense de Madrid, experto en la historia cultural de la Europa altomoderna. Su última publicación ofrece una visión renovada sobre las relaciones entre las dos naciones ibéricas, España y Portugal, entre 1581 y 1640.


Más información en el Departamento de Comunicación, tel. 983 250 375 (ext. 120, 121 y 122) o en la dirección prensa.museosangregorio@mcu.es

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3 de septiembre de 2011

Historias de Valladolid: EL TÍO TRAGALDABAS, un cuento castellano de cartón piedra



     Son muchas las ciudades españolas cuyas fiestas están asociadas a la presencia callejera de grandes y populares muñecones, una variante dentro de la secular tradición de gigantes y cabezudos, como el Caravinagre de Pamplona, el Gargantúa de Bilbao, el desaparecido Gargantúa de Zaragoza, el Águila de Reus, las Gigantillas de Burgos, etc. Las fiestas de Valladolid también cuentan con sus propias imágenes monstruosas: El Tío Tragaldabas y la Tía Melitona.

     En los últimos tiempos las fiestas de Valladolid, tan celebradas por toda la ciudad, han cambiado de titularidad y contenido. Las fiestas en honor de San Mateo (21 de septiembre), oficializadas por el Ayuntamiento desde 1939 como herencia de aquellas celebradas al final de la vendimia, fueron cambiadas en el año 2000 en honor de la Virgen de San Lorenzo (8 de septiembre), patrona de la ciudad, en el intento de paliar los efectos de la climatología otoñal adversa y de no interferir en el curso escolar. De aquellas tradicionales fiestas sólo perduran las corridas de toros, los fuegos artificiales y la presencia de gigantes y cabezudos, todo lo demás se ha ido adaptando a los nuevos tiempos y a las exigencias de una nueva sociedad basada en la industria y el comercio: Feria de Muestras, competiciones deportivas, macroconciertos, gastronomía, alfarería, espectáculos, etc.

     El año 2011 ha cumplido 65 años una figura monstruosa que ha venido acompañando la presencia de los que son conocidos en Valladolid como "gigantones", un enorme ogro que se lo traga todo y que puede considerarse como el icono festivo por excelencia de la ciudad. Se trata del Tío Tragaldabas, que vino a sumarse a las figuras de gigantes y que desde entonces forma parte de los recuerdos de infancia de varias generaciones de vallisoletanos y, por lo tanto, de la propia idiosincrasia de la ciudad del Pisuerga.

     La presencia de gigantes en distintas festividades es una tradición no sólo centenaria, sino milenaria, que tiene un origen celta, siendo una costumbre festiva difundida por todo el ámbito de esta cultura. El tema fue cristianizado en torno a la figura de San Cristóbal y extendido por el norte de España hasta el Mediterráneo por la fuerza simbólica de los gigantes, llegando a ser un acompañamiento habitual en las fiestas del Corpus Christi, cuya decadencia comenzó en algunos lugares a partir de que Carlos III considerara su presencia demasiado irreverente y ordenara su desfile desvinculado de esa fiesta religiosa.

APARICIÓN DEL TRAGALDABAS POR LAS CALLES DE VALLADOLID

     Corría el año 1946 cuando el consistorio vallisoletano, según informaba el diario El Norte de Castilla, decidió incorporar a los gigantes y cabezudos de las fiestas una figura lúdica en la misma línea que el Gargantúa de Bilbao, un muñeco de enormes dimensiones con la boca abierta que se traga a los niños y luego los expulsa por un tobogán interior. El insaciable bilbaíno, cuya primera figura fue creada en 1854 por el bombero Echaniz, renovado en 1896 por un taller fallero valenciano y completamente rehecho en tiempos recientes por Juan Ignacio Urbieta, ha suavizado su aspecto monstruoso para dar paso a un personaje caricaturesco de aspecto fallero. La última versión está enteramente realizada en cartón piedra, se sienta sobre un canasto, está cubierto por una chapela y porta en sus manos una gran cuchara y un tenedor de madera, siendo, como desde su origen, arrastrado por una pareja de bueyes (ilustración 2).

     Emulando al Gargantúa, el proyecto vallisoletano fue diseñado por Teodoro Rivera, que, manteniendo la misma estructura que en Bilbao, recurrió al folklore castellano para encontrar como modelo apropiado un enorme ogro inspirado en el cuento infantil de "El Zamparrón" o "La Zarrampla", una historia para asustar a los niños que no querían dormir, cuya tradición oral se mantenía en muchas localidades castellanas, la más completa recogida en Astudillo (Palencia).
     Al ogro de voracidad insaciable le concibió vestido con el traje popular de los campesinos vallisoletanos, con el cuerpo realizado en cartón piedra, pero enteramente recubierto por una gran capa castellana de paño real, como los gigantones, y tocado con un sombrero de tipo pavero, con ala ancha recta y copa cónica, siguiendo el mismo modelo que lleva el Gigantillo de Burgos. Bautizado como "Tragaldabas", el gigante apareció sentado delante de una mesa y con una ansiosa boca abierta, dispuesto a engullir un enorme pastel.

     El modelado de la figura corrió a cargo del escultor González Pintado, que contó con la colaboración de Julián Moreno en los trabajos de escayola y de Luis González en la realización de los distintos elementos de cartón piedra, trabajando todos ellos en el denominado "solar de San Ambrosio". La plataforma, en principio arrastrada por una pareja de bueyes, fue realizada por Lucio Martín, mientras que del tobogán interior se ocupó Tomás Ruiz y de confeccionar la enorme capa la Casa Castilla.

     El Tragaldabas salió a la calle por primera vez el 15 de septiembre de 1946, durante las fiestas, causando gran terror entre los niños, miedo después reconvertido en placer por poder disfrutar de este enorme juguete público en una época carente de parques y juegos destinados a los más pequeños. Desde entonces, es uno de los personajes más populares de Valladolid y ha pasado a formar parte de la tradición (ilustración 7, cartel de Luis González Armero, Ito, Biblioteca Archivo Municipal de Valladolid), disfrutado por generaciones de vallisoletanos, aunque se haya diluido en el tiempo el cuento en que está inspirado, que hoy día prácticamente nadie conoce.

     Con el tiempo, los estragos producidos por la climatología adversa sobre un gigante de material tan vulnerable, originó un lento deterioro que obligó a su total restauración. Por este motivo el Ayuntamiento, a principios de 1992, decidió hacer una réplica del gigante, aunque en esta ocasión con forma femenina, encargo que fue llevado a cabo durante cuatro meses en la Casa de Oficios de la Madera y presentado en público en las fiestas de San Pedro Regalado de aquel año como la Tía Melitona, nombre inspirado en una popular jota castellana cuyas primeras estrofas proclaman: "La tía Melitona ya no amasa el pan / que le falta el agua, la harina y la sal/ y la levadura la tiene Pamplona / por eso no amasa la Tía Melitona". Restaurado el Tragaldabas, las dos figuras forman una peculiar pareja que durante las fiestas recorren las calles de la ciudad intentando saciar su voracidad, para lo que no faltan cientos de niños voluntarios que soportan estoicamente largas colas para subir hasta la boca. Incluso hay quien dice que, para considerarse vallisoletano de pura cepa, hay que haber sido tragado alguna vez por el Tío Tragaldabas o la Tía Melitona.

EL CUENTO CASTELLANO QUE INSPIRÓ LA FIGURA DEL TRAGALDABAS

     La historia tomada como inspiración de la figura del Tragaldabas es un cuento castellano que tiene como protagonista a un ogro o gigante de apetito insaciable conocido como "El Zamparrón" o "Tragaldabas", un personaje capaz de tragarse sin masticar no sólo una aldaba metálica, sino a todo un ejército. Del mismo existen otras versiones, como "El Papón" en Asturias, "O Papón" en Galicia e incluso "O Pàpao" en Portugal, curiosamente todos ellos territorios vinculados a la cultura celta. El cuento de este personaje siempre era relatado para atemorizar a los niños que no querían comer o dormir y presentaba a tan estrambótico personaje habitando una bodega, donde, a pesar de que advertía de sus intenciones, llegó a tragarse a tres niñas desobedientes, a un aceitero, un pimentonero y una pareja de guardias civiles, aunque el cuento tiene un final feliz por la valiente intervención, ¡quién lo diría!, de una hormiga.

     En otras versiones el ogro llega a tragarse a un molinero, a un rebaño de ovejas e incluso a un batallón de soldados, todos ellos liberados por el culo del gigante después de que una hormiga , que había recibido las mismas amenazas, le mordiera en esa parte (o se introdujera por ella, según las versiones) y con su mordisco le hiciera bailar.

     Como es frecuente, el cuento está salpicado de ciertos latiguillos que los niños aprendían con facilidad, tales como los reiterados avisos del Tragaldabas "Niño, niña, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar" o la cantinela final de la hormiga "Soy una hormiguita de este pedregal, te muerdo en el culo y te hago bailar", tras lo cual eran liberados todos los personajes engullidos.

     La figura lúdica del Tragaldabas vallisoletano, que alegra a los niños en las fiestas, rememora este relato, permitiendo entrar a los niños por la enorme boca, tras remontar el pastel que sujeta en la mesa, y a través de un tobogán salir por el culo del gigante.

     A continuación se recoge una de las versiones del relato que forma parte del folklore castellano, no exento de tintes machistas, que tiene como protagonista al Tragaldabas:

     Una abuela que habitaba un viejo caserón era visitada con mucha frecuencia por sus tres nietas, a las que solía preparar rebanadas de pan con miel por ser su dulce preferido, al tiempo que procuraba enseñarlas los quehaceres de la casa, para que supieran cumplir con sus obligaciones domésticas cuando fueran mayores. Pero el olor de la miel que la abuela almacenaba en jarras de barro preservadas en la bodega había sido percibido por el Tragaldabas, que recorría aquel territorio arrasando almacenes y graneros, pues su apetito era insaciable, con especial debilidad precisamente por la miel más dulce, por lo que asiduamente penetraba en la bodega de aquella casa para tragar todo lo que encontraba a mano.

     En cierta ocasión la abuela mandó a su nieta mayor coser una camisa, a la mediana planchar unos manteles y a la más pequeña barrer la casa, indicándoles que a medida que terminaran la tarea podían bajar a la bodega y recoger su ración de pan con miel. Cuando terminó la primera, recogió las agujas e hilos y bajó por las oscuras escaleras hasta la fría bodega, tan sólo iluminada por la luz tenue de algunos candiles. Cuando abrió la puerta escuchó una voz seca:
— Niña, niña, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.
     Pero viendo la niña las dulces rebanadas preparadas sobre la mesa no hizo caso y cruzó la puerta, siendo tragada al momento.

     Cuando terminó de planchar la segunda, entregó la plancha a su abuela, que le dijo:
— Muy bien, ahora puedes bajar a la bodega a por el pan con miel y dices a tu hermana que suba.
     Cuando llegó a la puerta, que estaba abierta, escuchó la voz:
— Niña, niña, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.
     Pero al ver todas las rebanadas en la mesa tampoco hizo caso y fue tragada nada más entrar.

     Cuando terminó de barrer la más pequeña entregó a su abuela la escoba, que al tiempo que la guardaba en un armario le indicó:
— Así me gusta, ahora bajas a la bodega y les dices a tus hermanas que suban, porque allí hace mucho frío, si no, tendré que subirlas de las orejas.
     Cuando llegó a la puerta también escuchó:
— Niña, niña, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.
     Pero temiendo el enfado de su abuela cruzó la puerta en busca de sus hermanas y también fue tragada.

     Intrigada la abuela por la tardanza, decidió bajar a buscarles, pero al llegar a la puerta escuchó una voz que salía de la penumbra:
— Abuela, abuela, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.

     Asustada al reconocer al voraz  y temido personaje, subió deprisa las escaleras y salió a calle sentándose a llorar a la puerta de la casa. En ese momento pasaba un aceitero que le preguntó:
— Abuela, ¿ por qué llora tanto?
— Porque se ha colado el Tragaldabas en la bodega y se ha tragado a mis nietas.
— No se preocupe abuela —dijo el aceitero—, que bajo a la bodega, le doy la aceitera y vomitará a sus nietas. La abuela bajó detrás del aceitero y de nuevo se oyó la voz del Tragaldabas:
— Aceitero, aceitero, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.

     Nada más cruzar la puerta se abalanzó el Tragaldabas y se lo tragó. La abuela volvió a subir las escaleras casi volando y de nuevo se sentó pesarosa a la puerta. Al poco rato, llegó un pimentonero con su carga a lomos de una mula, que al verla le preguntó:
— Abuela, ¿por qué llora tanto?
— Porque se ha colado el Tragaldabas en la bodega y se ha tragado a mis nietas y a un aceitero.
— No se apure señora —dijo el pimentonero— que ahora bajo yo y le espolvoreo pimentón para que estornude y saldrán todos cantando.

     De nuevo bajó la abuela detrás del pimentonero, que intentaba vislumbrar algo en la oscuridad. De nuevo se escuchó la voz:
— Pimentonero, pimentonero, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.

    Pero al cruzar la puerta, con el pimentón en la mano, fue tragado por el Tragaldabas. La abuela subió como un rayo y al salir llorando a la calle se encontró que pasaba una pareja de guardias civiles de largos bigotes, que le preguntaron:
— Abuela, ¿por qué llora tanto?
— Porque se ha colado el Tragaldabas en la bodega y se ha tragado a mis nietas, a un aceitero y a un pimentonero.
— No se apure señora —dijeron— que ahora bajamos, le disparamos con nuestros fusiles y saldrán todos cantando. Bajaron los guardias con la abuela detrás y nada más llegar a la puerta escucharon:
— Pareja de guardias, no paséis de acá, que soy el Tragaldabas y os voy a tragar.

     Apenas habían cruzado la puerta el Tragaldabas ya se los había tragado. La abuela volvió a subir corriendo ya sin fuerzas. Cuando estaba en la calle, llorando mucho más fuerte que otras veces, vio a un hormiga a la que casi una lágrima le cayó encima. La hormiga preguntó:
— Abuela, ¿por qué llora tanto?
— Porque se ha colado el Tragaldabas en la bodega y se ha tragado a mis nietas, a un aceitero, un pimentonero y dos guardias civiles. La hormiga se rascó la cabeza y le dijo a la abuela:
— ¿Qué me da usted si consigo que el Tragaldabas expulse a sus tres nietas, al aceitero, al pimentonero y a la pareja de guardias civiles?
— Te daría una fanega de trigo –contestó la abuela.
— Con tanto no puedo — dijo la hormiga.
— Pues te daría un puñado de trigo –replicó la abuela.
— Sigue siendo mucho peso para mí — contestó la hormiga.
— ¿Que te parecen cinco granitos de trigo? —propuso la abuela.
— Imposible, es mucho peso — respondió la hormiga.
— Entonces de daría sólo un granito de trigo –dijo la abuela pesarosa.
— ¡Eso me parece muy bien! — gritó la hormiga, al tiempo que comenzó a bajar hacia la bodega. Al llegar a la puerta escuchó:
— Hormiguita, hormiguita, no pases de acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.
Cuando el Tragaldabas se abalanzó sobre ella no pudo agarrarla con sus enormes manazas y la hormiga se le subió hasta el culo al tiempo que cantaba:

— ¡Soy una hormiguita de este pedregal, te muerdo en el culo y te hago bailar!
Cuando le mordió, el Tragaldabas comenzó a agitarse como si estuviera bailando y salieron todos cantando. El Tragaldabas salió de la bodega corriendo y dando gritos de pavor y cada uno se fue a su casa.

(Narración basada en el relato recogido por Ana Cristina Herreros en el "Libro de monstruos españoles", Las Tres Edades, Ediciones Siruela).

Informe y fotografías: J.M. Travieso.
Registro Propiedad Intelectual - Código: 1109039985230


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2 de septiembre de 2011

Socios de Domus Pucelae: ASAMBLEA GENERAL, 10 de septiembre 2011





Se comunica a todos los socios la celebración de la Asamblea General Informativa:


DÍA: Sábado 10 de septiembre de 2011

HORA: 12 primera convocatoria/ 12,30 segunda convocatoria

LUGAR: Salón de Caja Círculo, c/Rastro s/n, Valladolid


Convocan: Secretario y Presidente de Domus

A. C. Domus Pucelae

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1 de septiembre de 2011

Fastiginia: Desfile de carrozas en los años 60, una "partydance" paniaguada


Estampas y recuerdos de Valladolid


     Corrían los tan recurrentes años 60 y Valladolid, recogiendo la tradición de la antigua fiesta de la vendimia, celebraba en torno a cada 21 de septiembre las Ferias y Fiestas de San Mateo. La ciudad estaba comenzando su despegue económico e industrial, su expansión demográfica y su total transformación urbana en un proceso lleno de luces y sombras.

     En pocos años Valladolid ya se sentía una ciudad importante creyendo que la modernidad era aquello: nuevas barriadas masificadas, un incremento de automóviles por las calles que convertía las plazas en disputados aparcamientos, apertura de discotecas donde sonaba música anglosajona que bailaban los "yeyés", una Semana Internacional de Cine Religioso y de Valores Humanos, una Feria de Muestras, ... ¡la pera!

     Valladolid comenzó a mirarse el ombligo y el Ayuntamiento incrementó los festejos otoñales de tal manera que el Real de la Feria del Paseo de las Moreras llegó a ser insuficiente para albergar el número de atracciones, por lo que fue trasladado en 1969 a la Cañada de Puente Duero, remodelada para tal efecto. Por entonces los vallisoletanos ya podían elegir entre los gorgoritos de la Coral Vallisoletana o los ritmos del Dúo Dinámico o Los Brincos en la Pérgola. 

     Entre los actos más vistosos de aquellas fiestas estaba el desfile de carrozas que recorría las calles más céntricas de la ciudad con representación en las mismas de la Reina de las Fiestas y sus damas de honor, elegidas por los munícipes todos sabemos de qué manera. Para dar boato y solemnidad a aquel desfile incluso participaba la guardia municipal con sus trajes de gala, siendo muy llamativos sus cascos con plumas que los menos informados podrían pensar habían arrancado a los patos del Campo Grande. Sobre las carrozas guapas y recatadas señoritas dispensaban serpentinas procurando no estropear sus moños cardados en el esfuerzo. Como ilustra la fotografía, tomada en los años 60, la ciudad se homenajeaba a sí misma en una carroza que reproducía la popular Fuente del Cisne de la Pérgola del Campo Grande.

     Habría de transcurrir entera la década de los 70 para que todo cambiase por completo y los nuevos aires pusieran al descubierto que estaba todo por hacer. El año 2000 las fiestas comenzaron a celebrarse en honor de la Virgen de San Lorenzo (8 de septiembre) y entre las actividades festivas se incluyó el desfile musical de la "Partydance". Y aunque en sus espectaculares carrozas sonasen los ritmos discotequeros más "cañeros" y las chicas apareciesen mostrando "cacho", como podemos comprobar ya estaba todo inventado.

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26 de agosto de 2011

Theatrum: SAN JUAN BAUTISTA, una visión amable del ascetismo




SAN JUAN BAUTISTA
Alonso Cano (Granada, 1601-1667)
1634
Madera policromada
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Escultura barroca. Escuela andaluza





     Esta escultura, excelente ejemplo de la calidad alcanzada en los trabajos de madera policromada por los prestigiosos talleres andaluces, permaneció durante buena parte del siglo XX en Barcelona integrando la colección artística del conde de Güell, que había conseguido reunir a lo largo de su vida un importante conjunto de obras escultóricas entre las que se encontraban algunas elaboradas por importantes escultores barrocos españoles, entre ellos Juan Martínez Montañés, Alonso Cano, José de Mora y Francisco Salzillo. En 1985 esta colección fue ofrecida por los herederos del rico industrial y político al mercado del arte, siendo las esculturas más representativas adquiridas por el Estado Español, que con buen criterio las depositó en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, donde tras sufrir un proceso de necesaria restauración fueron incorporadas a la colección permanente cuando la institución, tras una profunda remodelación, reabrió sus puertas el año 2009 como Museo Nacional Colegio de San Gregorio, posibilitando una presentación mucho más completa del panorama barroco español al incorporar una serie de piezas maestras que ilustran sobre la concepción escultórica en la Andalucía de aquella época.

     Pero para entender el significado de esta magnífica talla hemos de retrotraernos a 1634, cuando la parroquia de San Juan Bautista de Sevilla, también conocida como "San Juan de la Palma", contrata un retablo con el ensamblador Miguel Cano, residente en Sevilla y de origen manchego, de cuyas pinturas se ocuparía el pintor sevillano Juan del Castillo. El retablo, destinado a presidir la capilla mayor, estaba dedicado a los Santos Juanes, cuyas vidas debían aparecer a lo largo del retablo en distintos episodios pintados, reservándose la hornacina central para la colocación de la imagen en bulto redondo de San Juan Bautista, santo titular del templo, un trabajo que el ensamblador encomendó a su hijo Alonso Cano, que como pintor y escultor ya gozaba de merecido prestigio tras su paso por la escuela sevillana de Francisco Pacheco, donde coincidió con Velázquez.

     Poco antes de ser reclamado por la corte en 1638, para trabajar en Madrid al servicio del conde duque de Olivares, la escultura fue acabada por Alonso Cano, que probablemente también se ocupó de las labores de policromía, a juzgar por la calidad que presentan, quedando el retablo terminado al año siguiente con la incorporación de un relieve con la cabeza de San Juan Bautista que fue encargada al escultor Agustín Muñoz. No obstante, la policromía de la estructura arquitectónica del retablo tendría que esperar veinte años para hacerse realidad.


Juan Martínez Montañés. San Juan Bautista, 1630-1635
Meadows Museum, Southern Methodist University, Dallas
     Apenas pasados setenta años, el presbiterio de la iglesia fue remodelado, siendo colocado en 1724 un nuevo retablo mayor, mientras que aquel que trazara Miguel Cano fue vendido al convento franciscano de San Antón de la población de San Juan de Aznalfarache, donde aún permanece. Pero en esta venta no estaba incluida la imagen de San Juan Bautista, que continuó recibiendo culto en la primitiva iglesia hasta que inexplicablemente desapareció de su lugar de origen a principios del siglo XIX. Sería el historiador granadino Manuel Gómez Moreno quien en el siglo XX identificara aquella imagen en la colección catalana del conde de Güell, donde figuraba como atribución a Martínez Montañés, aunque la autoría de Alonso Cano hoy es aceptada sin reservas. El resto de la historia ya la hemos referido.

     La imagen que presenta Alonso Cano sigue de cerca los prototipos creados en Sevilla por Martínez Montañés, posiblemente por exigencia de los comitentes, siendo un modelo que guarda muchas similitudes con la talla del escultor jienense que se conserva en el Meadows Museum de la Southern Methodist University de Dallas, Texas. A pesar de todo, Alonso Cano infunde a esta talla su propio estilo de trabajo e incorpora innovaciones personales al modelo montañesino precedente hasta lograr una imagen totalmente innovadora, plena de los sutiles matices que caracterizan la obra de este pintor y escultor.

     San Juan Bautista se ajusta al relato evangélico al aparecer el santo representado en plena juventud y sentado sobre un cúmulo de lajas rocosas que aluden a su estancia en el desierto. A pesar de seguir una iconografía tradicional, en compañía de un cordero simbólico, el escultor consigue revitalizar la imagen a través de la comedida gesticulación y del sutil trabajo del animal, hábilmente levantado sobre sus patas traseras, apoyadas las delanteras sobre su rodilla y con la cabeza erguida hacia la del santo, estableciendo con esta disposición, tan poco habitual en la plástica española, una suerte de diálogo sugerida por la actitud declamatoria de San Juan, de modo que el protagonismo que adquiere la naturalista y minuciosa figura del cordero realza su sentido de Precursor, por prefigurar el animal una alegoría del sacrificio de Cristo.

     San Juan viste una túnica corta de piel que cayendo desde el hombro izquierdo deja visible medio torso y se acompaña de una estola de tonos rojizos que a modo de manto recogido serpentea alrededor del cuerpo. La austera indumentaria deja visible buena parte de la anatomía del santo, plasmada con una gran corrección y armónicas proporciones, dotada, a pesar de su actitud sedente, de un gran movimiento a través de una serie de hábiles contrapuntos, como la colocación de un brazo hacia abajo y el otro levantado, la colocación de las piernas muy separadas, una de ellas extendida y la otra replegada y un fuerte contraste entre la tersura del cuerpo adolescente y el claroscuro de los plegados ondulantes de la indumentaria. Asimismo, el naturalista movimiento del cuerpo encuentra su contrapunto en la serenidad del rostro, aquí barbilampiño siguiendo el prototipo de Martínez Montañés, con un gesto entre melancólico y meditativo, lo que le confiere un aspecto de arrobamiento y reflexión mística.

     Toda la talla y su exquisita policromía presentan una serie de trabajos de diferentes texturas que intentan dotar a la imagen de un evidente naturalismo, entre ellos el trabajo de los cabellos, con largos y compactos mechones de aspecto húmedo, las guedejas de la rudimentaria túnica visibles en los ribetes, la descriptiva lana que recubre al cordero y la base pétrea utilizada como soporte, todo ello complementado con una luminosa policromía que combina un extraordinario trabajo de encarnación naturalista con aplicaciones doradas que le confieren un aspecto radiante y sobrenatural. Durante la última restauración se eliminaron repintes posteriores y se recuperó la carnación original, aunque se ha mantenido la policromía del manto, aplicada a principios del siglo XVIII, al darse la original por perdida.

     Como es habitual en la escuela andaluza, la imagen huye de toda expresión dramática a pesar de intentar inducir a la reflexión, ajustándose a los dictados de la Contrarreforma, recurriendo a presentar una escena de vida ascética, que implica la renuncia de los bienes mundanos y la penitencia, sin efectistas elementos truculentos, sino a través de una imagen cercana, asequible por sincera y de fácil interpretación. La talla, que sigue una estudiada composición piramidal, supone un afortunado traslado a las tres dimensiones de un boceto previo en el que no se han perdido algunos matices pictóricos, ofreciéndose al espectador la madera transmutada en un ser reflexivo, cargado de vida interior, que anticipa los modelos de su discípulo Pedro de Mena.

     Este naturalista San Juan Bautista se engloba en la producción escultórica de Alonso Cano de su primera etapa o etapa sevillana, inmediatamente después a su posible colaboración entre 1626 y 1629 con Juan Martínez Montañés, del que toma la serenidad y elegancia de sus modelos, el gusto por el tratamiento minucioso de los ropajes y una búsqueda obsesiva de naturalismo, sentando las bases de los personalísimos modelos que ejecutaría en sus posteriores etapas en Madrid y Granada.

     La escultura ha pasado a ocupar un lugar imprescindible en las salas del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, que también cuenta con otras obras atribuidas a Alonso Cano, como un Niño Jesús elaborado en peltre y un escaparte con San Jerónimo penitente modelado en barro policromado.

Informe y fotografías: J. M. Travieso.
Fotografía 3: Meadows Museum de Dallas. 

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24 de agosto de 2011

Un museo interesante: MUSEO DE SAN FRANCISCO, Medina de Rioseco (Valladolid)


MUSEO CONVENTO DE SAN FRANCISCO
Calle San Francisco 1, Medina de Rioseco

     El Museo de San Francisco se encuentra instalado en la iglesia del desaparecido convento de frailes franciscanos de Nuestra Señora de la Esperanza, más conocido en Medina de Rioseco como convento de San Francisco. Fue fundado por bula del papa Inocencio VIII en 1491 y fueron sus patronos Don Fadrique Enríquez, IV Almirante de Castilla, y su mujer, Doña Ana de Cabrera, V condesa de Módica y IV de Osuna, que convirtieron su capilla mayor en panteón familiar.

     La iglesia y parte de las dependencias conventuales aparecen convertidas hoy día en un museo que ofrece un innovador sistema de visita cuyo recorrido es presentado de forma virtual por un monje franciscano y por el fundador del antiguo convento, el insigne Almirante Don Fadrique Enríquez de Velasco, primo del rey Fernando el Católico, que tuvo a Medina de Rioseco como cabeza de su señorío. Allí vivió largas temporadas y allí quiso retirarse al final de sus días, siendo enterrado en enero de 1538 bajo una losa de jaspe en este convento que él mismo había levantado frente a su palacio.

     Este personaje es quien va presentando paulatinamente, a través de un montaje de luz y sonido que marca el hilo conductor, la historia de Medina de Rioseco entre los siglos XV y XVI a través de trece ambientes bien diferenciados por las distintas estancias y aposentos del templo, donde va apareciendo ante el espectador una ingente cantidad de obras de arte de todo tipo y de renombrados autores, desde retablos, monumentos funerarios, pinturas y esculturas hasta magistrales piezas de orfebrería, marfiles, textiles y documentos escritos.

     La gran nave de la iglesia es de cuatro tramos con bóvedas de crucería. Tiene gran crucero con cúpula sobre linterna ochavada de grandes ventanales que tuvieron vidrieras con efigies de santos franciscanos. Bajo la cúpula se situaron los sepulcros de los Almirantes. El retablo, del siglo XVIII, se atribuye a Francisco de Sierra y Esteban López. Está dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza y combina escenas de la vida de la Virgen, en relieve, con imágenes de santos franciscanos.

La Orden franciscana
     Este ámbito presenta esculturas de los santos franciscanos San Francisco de Asís, Santa Clara y San Antonio de Padua, del taller de los Sierra, además de un retablo de San Antonio Abad procedente de la iglesia de Santa Cruz.

El convento de San Francisco
     Una completa proyección en 3D de una reconstrucción del convento, con sus distintos claustros, dan idea al visitante del lugar que ocupa el museo y de la grandeza que tuvo en su día.


Los Almirantes de Castilla y su panteón
     Ofrece distintos objetos relacionados con los Enríquez, patronos del convento, entre los que destaca el lignum crucis, donado por el Almirante Juan Gaspar a la iglesia de Santa Cruz, y las laudas sepulcrales de Luís Enríquez de Cabrera y de su esposa, Vittoria Colonna.

     Los dos altares de piedra situados en el transepto del templo, ricamente decorados, son obra de Miguel de Espinosa, que los realizó en 1537 y están dedicados a San Jerónimo y San Sebastián. Tienen forma de hornacina en forma de arcosolio y flanqueada por columnas exentas ante pilares, con otra hornacina avenerada en la parte alta que remata en un frontón triangular y varios florones. En su interior aparecen medallones con las figuras de la Virgen con el Niño y otros relieves con la Piedad y la Coronación de Espinas.

     Más interesantes son los grupos escultóricos en barro policromado que presiden los altares, dedicados al Martirio de San Sebastián (ilustración 4) y San Jerónimo penitente (ilustración 5), que fueron realizados en 1537 por Juan de Juni por encargo de don Fadrique, un conjunto que supone una obra maestra de este maestro renacentista realizada en terracota, una técnica aprendida en Italia y muy poco habitual en España. La impronta italiana está presente en los recuerdos del grupo helenístico del Laocoonte, descubierto en Roma en 1506, y en el influjo recibido de la obra que hiciera Rustici en el baptisterio de Florencia.

     Bajo la cúpula del crucero aparecen las esculturas orantes en bronce de doña Ana de Cabrera, esposa del Almirante don Fadrique, y de su cuñada doña Isabel de Cabrera, obras realizadas por el arquitecto y escultor Cristóbal de Andino, así como una importante colección de pinturas barrocas sobre cobre de los flamencos Gerard Seghers y Gabriel Frank.

Platería. La Custodia del Corpus Christi
     La que fuera capilla de Villasante acoge una colección de piezas de platería que tiene su principal exponente en la impresionante custodia procesional de Antonio de Arfe, labrada entre 1552 y 1554 en su taller de Valladolid por encargo de la cofradía del Santísimo Sacramento de la iglesia de Santa María de Medina de Rioseco. La obra es mencionada por primera vez por Juan de Arfe en la Varia Commesuración al referirse a su padre como uno de los introductores del nuevo estilo renacentista en la platería española. La espectacular obra, firmada por su artífice, está considerada como una de las más relevantes creaciones de la platería española por su delicada estructura arquitectónica, exquisita ornamentación de estilo plateresco y el alto refinamiento de sus relieves y esculturas de bulto redondo, siendo considerada una de las custodias más representativas de los trabajos de platería del Renacimiento español.

     En la capilla adyacente se expone un pequeño y significativo grupo de relieves en alabastro de origen castellano y flamenco.

Marfiles hispano-filipinos. El legado del arzobispo Paino
     En otra capilla se muestra una importante colección de esculturas religiosas en marfil de notable calidad, todas ellas de elaboración hispano-filipina, incluyendo una arqueta de estilo cíngalo portugués. Son obras que fueron donadas a la iglesia de Santa Cruz por el riosecano Antonio Paino, en su tiempo obispo de Sevilla.

La Ciudad y sus devociones
     Una serie de documentos y obras de arte dan testimonio de la vitalidad administrativa, comercial y religiosa de Medina de Rioseco: Título de Ciudad, concesión de ferias, etc., así como imágenes, reliquias y joyas de sus patronos: San Juan, San Ponciano y Nuestra Señora de Castilviejo.

La capilla del Doctor Mena
     Conserva en su lugar original el sepulcro de su titular, Bernardino de Mena, tallado en piedra en 1598 por el escultor Mateo Enríquez. Preside la capilla un gran crucifijo de marfil hispano-filipino, del legado Paino, y una pintura en tabla con el Entierro de Cristo, del siglo XVI.

Los talleres de escultura en Medina de Rioseco
     En el coro se ha instalado una colección de escultura policromada que muestra la importancia de esta actividad artística en la ciudad entre los siglos XVI y XVIII, con obras, entre otros, de Pedro de Bolduque, Mateo Enríquez y Tomás de Sierra, a cuyo taller pertenece la bella imagen de la Virgen de los Pobres que ocupa el centro del coro, realizada a finales del siglo XVII. Su hijo, Francisco de Sierra, es el autor, a principios del XVIII, de la talla de San Pedro Regalado.

     También son destacables las tribunas para la colocación de órganos decoradas con yeserías renacentistas realizadas por Jerónimo Corral de Villalpando, raros ejemplares de gran riqueza decorativa.

     La tribuna del lado del Evangelio se estructura en dos cuerpos separados por un friso corrido cargado de grutescos. En el arranque del primer cuerpo se disponen figuras en pilastras cobijadas en hornacinas y encima una decoración a base de tres grandes veneras y cuatro cuernos de la abundancia. En la zona inferior de la tribuna se observa una decoración de casetones a la manera renacentista. En las esquinas dos figuras marinas, de enroscadas colas, sobresalen colgando, como si volaran, sirviendo de montura a dos seres fantásticos con cuerpo humano alado y extremidades foliáceas. En el último cuerpo sólo se conservan las hornacinas centrales, donde se representan tres figuras femeninas separadas por columnillas muy adornadas.
     La tribuna del lado de la Epístola, más decorada que la anteriormente descrita, presenta mayor movimiento y juego curvilíneo. En el arranque, en forma de templete, se representan niños en diferentes posturas, seguidas de fantásticas figuras marinas de colas enroscadas, alternándose con seres mitológicos. A continuación, tres figuras del Antiguo Testamento, también dentro de hornacinas, y columnas adornadas con grutescos. Así mismo, se repite el esquema de dos figuras en las esquinas, en este caso “putti” que sobresalen volados y, separando las dos cuerpos sobre una moldura conformada por una guirnalda, un friso corrido de grutescos, de perfiles quebrados, rompiendo con la forma curvilínea del cuerpo superior. En este cuerpo, de los paneles con figuras en relieves sólo queda el central, en el que pueden verse una figura femenina sedente sobre el suelo, entre carnosos esquemas vegetales.

HORARIO DE VISITAS:
Martes a viernes: de 10 a 14 h. y de 16 a 20 h.
Lunes cerrado (excepto 25 de julio, 15 de agosto y 31 de octubre)
Sábados, domingos y festivos: de 10 a 20 horas.
Inicio de las visitas a las horas en punto.

TARIFAS:
Entrada única: 1 €.
(Entrada gratuita de menores de 12 años, acompañados de un adulto)
Las visitas guiadas de grupos deben concertarse previamente.


Contacto: informacion@museosanfrancisco.es y tel. 983 700 020

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