12 de noviembre de 2015

Conferencia: EL PRADO Y LA PRADERA: EL PATRIMONIO ARTÍSTICO, LA DIVERSIÓN POPULAR Y EL CONSUMO A FINALES DEL SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX, 16 de noviembre 2015



MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. PALACIO DE VILLENA
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid

DÍA DEL PATRIMONIO MUNDIAL

Lunes 16 de noviembre
Salón de Actos del Palacio de Villena, 20 h.
EL PRADO Y LA PRADERA: EL PATRIMONIO ARTÍSTICO, LA DIVERSIÓN POPULAR Y EL CONSUMO A FINALES DEL SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX 
Eugenia Afinoguénova. Marquette University, Milwaukee (Estados Unidos).


Entrada libre hasta completar aforo.


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11 de noviembre de 2015

Teatro: EL MALENTENDIDO, de Albert Camus, 14 de noviembre 2015






GRUPO DE TEATRO DOMUS PUCELAE
Villafrechós (Valladolid)


Sábado 14 de noviembre
Salón Multiusos de Villafrechós (Valladolid), 20 horas.
EL MALENTENDIDO, de Albert Camus.
Grupo de Teatro Domus Pucelae.
Entrada gratuita.



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10 de noviembre de 2015

Reportaje: Crónica breve de un recorrido por Cuba en octubre 2015

Santiago de Cuba
Entre los días 6 y 20 de Octubre de 2015 un grupo de gente predispuesta a sacar el máximo partido a una experiencia que se nos ofrecía prometedora salimos de Barajas camino de Santiago de Cuba, donde, a la primera impresión física del calor del Trópico se fueron añadiendo las sensaciones que producían su rica arquitectura colonial, el calor y la alegría de su gente, y la presencia de la épica de la revolución castrista, omnipresente en multitud de frases, eslóganes cargados de mensajes políticos animando a la lucha y la resistencia o evocaciones del Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Fidel, y por supuesto, el venerado José Martí.

Ya en Santiago tuvimos el primer encuentro con el son cubano, acompañado de chachachá, mambo o bolero, en la Casa de la Trova, una institución fundamental en todas las ciudades principales que ofrece lo mejor del repertorio musical de la isla.

La catedral, el Museo Bacardí, el palacio de Velázquez, fundador de la ciudad fueron elementos destacados de la visita a Santiago, junto al castillo, a cuya vera almorzamos con una visión extraordinaria sobre la costa y el mar inmenso.

Baracoa. Cruz de la Parra
De Santiago, atravesando el hermoso y verde  campo cubano, dominado por la palmera real, árbol nacional junto con la ceiba, divisamos desde lejos la base de Guantánamo, un bocado asestado a la integridad geográfica del país, para, entre montañas donde  asoma el mar a retazos, dirigirnos a Baracoa, primera fundación castellana en la isla, donde muestran orgullosos el punto que la tradición señala lugar de desembarco de Colón y la cruz de Parra, la única conservada de las que el Almirante implantó en América.

La subida a Sierra Maestra, y concretamente al paraje de la Gran Piedra, tuvo el encanto del paisaje frondoso y agreste, la evocación de la guerrilla emboscada en ella, la presencia de plantas y flores exóticas, y la visita de una factoría antigua de café donde malvivían los esclavos haitianos que mantenían las instalaciones.

Como una concesión al descanso, la estancia en el complejo playero de Guardalavaca permitió cierto relax, en que pudimos alternar las instalaciones “todo incluido” con los turistas mayoritariamente canadienses que lo frecuentaban. Algunos aprovechamos para hacer una escapada a la ciudad costera y desconocida de Gibara, con algunos edificios interesantes.

Baracoa
Acompañados siempre por nuestra excelente guía, Cristina, y el siempre jovial y dispuesto conductor, Wilson, vamos conociendo paulatinamente las ciudades más representativas de la isla en una auténtica y documentada inmersión en el paisaje, la historia, el paisanaje,  y el día a día del país.

Así visitamos Holguín, con sus tres céntricas y animadas plazas de llamativos edificios coloniales; Camagüey, patria del poeta Nicolás Guillén, con un notable casco histórico bien conservado declarado Patrimonio de la Humanidad, si bien la lluvia nos truncó el paseo nocturno que preveíamos. Sorprendía agradablemente constatar la huella española en algunos  edificios del siglo XIX que ostentan aún el escudo real en sus fachadas.

Particularmente emocionante  fue visitar en Santa Clara el monumento al Che, y el sencillo panteón en que reposan sus restos junto a los demás guerrilleros que le acompañaban en Bolivia en lo que sería su última batalla, todo ello ilustrado en el museo adjunto lleno de testimonios gráficos, objetos personales del guerrillero más emblemático de la revolución cubana. También el monumento al tren blindado capturado por el Che en un momento decisivo de la guerra evoca su paso por esta ciudad. Sancti Spiritus, conserva bonitos edificios restaurados y una iglesia de notable sabor barroco.

Camagüey
Trinidad es una ciudad colonial que mantiene un conjunto muy bien conservado, también Patrimonio Mundial, cuyas calles empedradas y ventanas enrejadas parecen recordar otras andaluzas. Es muy agradable perderse por sus calles, como repetimos a la noche, con un ambiente más calmado que realzaba la hermosura del conjunto. En el cercano Valle de los Ingenios, el de Iznaga permite visualizar el injusto sistema de producción azucarero basado en la mano de obra esclavista.

De camino hacia La Habana parada en Cienfuegos, ciudad animada, con un aire distinto al resto,  con un cierto toque francés y magníficos edificios rodeando principalmente el Parque José Martí. También, para que no faltase de nada en el itinerario, paseo en lancha en Guamá por el Lago del tesoro, aldea taina y la reserva de cocodrilos.

Y por fin La Habana, en toda su enorme variedad, con zonas bien restauradas, como las plazas de Armas, San Francisco o la Plaza Nueva, junto a otras más degradas de la ciudad vieja, como la Calle de San Ignacio,  con excelentes casas españolas que esperan una restauración urgente.

Santa Clara. Monumento al Che Guevara
El casco de La Habana se define según zonas, por las poderosas fortalezas españolas de los siglos XVI al XVIII que defendían la bahía: el Morro, la Cabaña, el castillo de la Fuerza; las iglesias y monasterios a la sombra de la catedral de San Cristóbal; los palacios y casonas; las animadas calles, como la de Obispo; comercios tradicionales, como la farmacia Taquechel;  los bares y tabernas (las más famosas La Tabernita del Medio y el Floridita); el elegante y evocador Paseo del Prado;  el malecón donde rompe el mar con fuerza cuando está agitado, lugar  favorito de paseo y de plática de la gente habanera; las plazas de potentes edificios de principios del siglo XX que recuerdan el Madrid del entorno de la Gran Vía; los museos, empezando por el de la Revolución que refleja el arranque de la Cuba de hoy;  los grandes hoteles de la zona del Vedado  -Nacional, Capri, el nuestro, Habana Libre-, alojamiento este último de los guerrilleros tras su llegada a La Habana; los encantadores  chalets ajardinados de la zona de Miramar o Siboney.

Particularmente sorprendente es la abundancia de extraordinarios autos americanos de los años 50, de llamativas carrocerías, que se mantienen en funcionamiento gracias al ingenio de los cubanos y su capacidad de inventar. Todo ello hace de La Habana, y de toda Cuba, un verdadero museo vivo de automóviles antiguos.

Trinidad
La Habana es todo un mundo por descubrir y disfrutar, como hicieron los compañeros que se acercaron al Tropicana para vivir una experiencia sólo posible allí.

Avanzando más hacia el Oeste, en nuestro propósito de peinar la isla a lo largo, recorremos el valle de Viñales, un paisaje extraordinariamente verde y montuoso, con sus formas caprichosas de relieve, con visita espeleológica en barca a la Cueva del Indio.

El recorrido previsto se ha cumplido en un apretado programa en que ha habido de todo: un calor notable, lluvia a ratos tempestuosa, buena comida que nos acercaba también a la cultura tradicional del país, trato con una gente cordial y respetuosa, llena de dignidad. En definitiva, una inmersión histórica y cultural en un país con el que tenemos tantas cosas en común, y un vínculo humano que es fácil reanudar a poco que se converse con su gente, que se merece el que les vaya bien tras estos años de esfuerzo.

La Habana
En el avión, los más rumbosos vienen cargados con maracas, guayaberas y otras vestimentas, cajas de los mejores puros, botellas de ron, blanco y añejo, a las que es difícil resistirse después de visitar el Museo Habana Club. Todo ello les permitirá sin duda prorrogar un tiempo más, ya en Valladolid, el recuerdo de este encantador viaje cubano.

Unas pinceladas éstas demasiado pobres sin duda para la riqueza de conocimientos y el cúmulo de sensaciones que nos ha aportado este viaje, realizado en un momento muy oportuno, mientras aún se vive en la isla el régimen nacido de la Revolución, y antes de que los cambios que previsiblemente se impondrán en el próximo futuro desdibujen la auténtica Cuba de estos últimos 56 años. Sin duda que estar allí en este momento ha sido todo un privilegio.

Texto: Jorge Juan Fernández


Trinidad

Imágenes para el recuerdo.















La Habana














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9 de noviembre de 2015

Exposición: GRABADOS DE ALBERTO VALVERDE, del 6 de noviembre 18 de diciembre 2015


LA MALETA. GALERÍA DE ARTE
Calle Norte, semiesquina con calle Toreros, Valladolid

Esta galería de arte ofrece una muestra antológica del vallisoletano Alberto Valverde, cuya obra se halla repartida a escala internacional, con obras de diferentes formatos y técnicas.

Una nueva ocasión para que los amantes del grabado contemporáneo puedan apreciar la creatividad del que fuera maestro del Taller Municipal de Grabado Calcográfico, una iniciativa encomiable en el campo de la cultura que incomprensiblemente fue clausurada por el Ayuntamiento en 2012.

Durante la muestra el gran maestro grabador impartirá una serie de talleres a todos aquellos artistas interesados en la compleja técnica del grabado.

HORARIO DE VISITAS
De martes a viernes, de 19 a 21 h.

Información en telf. 609 809 077.

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Exposición: MEMORIA DE UN SUEÑO. COLECCIÓN 1954, del 6 de noviembre 2015 al 10 de enero 2016


SALA MUNICIPAL DE EXPOSICIONES DEL MUSEO DE LA PASIÓN
Calle Pasión s/n, Valladolid

El sueño del coleccionista se revela en su forma de convivir con los significados de las obras que adquiere. El gestor de 1954 llegó a convertir su entorno vital en un templo para el arte, donde obras, arquitectura y visión cosmopolita establecieron un universo singular aderezado de múltiples y significativas conversaciones.

Los ecos de aquellos diálogos resuenan en la Sala de Exposiciones ‘La Pasión’ del Ayuntamiento de Valladolid, años después, al atisbar en la diáspora artística española y en el escenario circunscrito de creadores que -sin ser aún completamente conscientes- comenzaban a llamar la atención del sistema internacional del arte.

La resonancia es mayor porque esta exposición constituye el estreno de una colección inédita. ‘1954’ se hace pública por primera vez en un esfuerzo consciente por brindar a la sociedad la visión de un momento de esplendor creativo en el contexto del arte contemporáneo español al que tuvo acceso el coleccionista cuya identidad es, en este caso, deliberadamente anónima.

En esta historia no existen casualidades sino confluencias porque 1954 fue el detonante del conjunto de emociones que inocularon en el coleccionista un profundo, sostenido y visionario interés por el arte moderno y contemporáneo. El título genérico autorreferencia el año en que acontecieron dos sucesos indisolubles y propiciadores de la posterior existencia de la colección y su vehemente precursor.

Artistas en la exposición:

• Miquel Barceló
• María Blanchard
• Eduardo Chillida
• Equipo Crónica
• Luis Feito
• Pablo Gargallo
• Ramón Gaya
• Julio González
• José Guerrero
• M. Hernández Mompó
• Carmen Laffón
• Baltasar Lobo
• Jorge Oteiza
• Pablo Palazuelo
• Pablo Picasso
• Manuel Millares
• Manuel Rivera
• Gerardo Rueda
• Pablo Serrano
• Antoni Tápies
• Esteban Vicente
• Fernando Zóbel

HORARIO DE VISITAS
De martes a domingo y festivos, de 12 a 14 y de 18,30 a 21,30 horas.
Lunes cerrado

Entrada gratuita.

Más información: Catálogo

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6 de noviembre de 2015

Visita virtual: LA BALSA DE LA MEDUSA, de Théodore Géricault





LA BALSA DE LA MEDUSA
Théodore Géricault (Ruan, 1791-París, 1824)
1818-1819
Óleo sobre lienzo, 4,91 x 7,17 m.
Museo del Louvre, París
Romanticismo



Esta impactante composición es un icono universal del género pictórico de catástrofes o "desastres" y es equiparable, por citar dos elocuentes ejemplos, a Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya o al Guernica de Picasso, todas alusivas a momentos dramáticos vividos en determinado momento histórico en el mundo occidental. Hoy día es una de las obras más emblemáticas de cuantas se exponen en el Museo del Louvre de París por un cuádruple motivo. Primero, por la originalidad y la calidad alcanzada en la representación del drama por su autor, el célebre pintor francés Théodore Géricault. Segundo, por las enormes dimensiones de la pintura: 7,17 m. de largo x 4,91 m. de alto. En tercer lugar, por representar una crónica visual de un suceso histórico ocurrido dos años antes de ser plasmado de forma tan realista, lo que le confiere un carácter documental de primer orden como testigo de la Historia. Finalmente, porque esta obra supone la cumbre de la corriente decimonónica que hoy conocemos como Romanticismo.

Sin embargo, esta pintura que hoy produce tanta admiración por sus valores plásticos, provocó un gran escándalo cuando fue presentada por primera vez en el Museo del Louvre en agosto de 1819. No por sus indudables valores artísticos, sino por la forma tan sutil y expresiva con que daba a conocer al mundo lo más oscuro del sistema político vigente por entonces en Francia a través de un episodio ocurrido durante los primeros años de la Restauración, régimen implantado en 1815 tras la derrota definitiva de Napoleón y el retorno al trono francés de la dinastía borbónica.
Puede decirse que Géricault debe gran parte de su fama y su fortuna histórica en el mundo del arte a su arrojo para representar esta célebre escena que adquiere el valor de verdadera denuncia, algo inusual en el ambiente oficial del mundo artístico francés del momento.

LOS HECHOS: EL NAUFRAGIO DE LA FRAGATA "LA MEDUSA"

Restablecida la paz tras las guerras napoleónicas, Francia decidió enviar una flota a África, cuya misión era recuperar el control de las antiguas posesiones francesas en aquel continente, que acababan de ser devueltas por Inglaterra. Para ello, en julio de 1816 zarpaba de la isla de Aix, cerca de Burdeos, la fragata La Medusa acompañada de una pequeña flotilla, cuyo destino era la ciudad portuaria de Saint-Louis, una colonia en Senegal. A bordo viajaban militares, funcionarios, algunos colonos y, como era costumbre en la época, varios científicos que portaban material de observación.

El buque insignia era la fragata La Medusa, a cuyo mando se había colocado al capitán Hugues de Chaumareys, un oficial de marina afín a los círculos ultramonárquicos que por haber estado exiliado llevaba más de veinte años sin navegar. En la misma también viajaba a bordo el coronel Julien Schmaltz, recientemente nombrado gobernador de Senegal por el rey Luis XVIII.

Estando la expedición en marcha, comenzaron los errores del capitán Chaumareys, que, ignorando los consejos de los oficiales más experimentados, se alejó del resto de los navíos emprendiendo la ruta en solitario. Pero el principal problema surgió cuando, tras equivocarse en la interpretación de los mapas, se introdujo en el llamado banco de Anguin, una zona de aguas poco profundas a la altura de Mauritania. Debido a este error, el 2 de julio la fragata embarrancó en aquel lugar al rozar la quilla el fondo de arena. Para colmo de males, cuando parte de los tripulantes intentaban reflotar la fragata, se desencadenó una fuerte tormenta que produjo daños irreparables, comprendiendo la tripulación, integrada por casi 400 personas, que era conveniente abandonar el barco y alcanzar la costa africana con el material disponible, una decisión que, sumida en la mayor confusión, se convirtió en un desesperado ¡sálvese quien pueda!

Tan dramático momento se complicó por los efectos del alcohol consumido por los marineros, incluido el capitán, que junto a otros oficiales pasaron a ocupar los botes de emergencia. Al mismo tiempo, se improvisó una balsa de 15 x 8 metros con los restos leñosos de la fragata y con la intención de ser remolcada por los botes hasta la costa, pero su peso quedó lastrado al apiñarse en ella 150 marineros y soldados y una cocinera de la fragata. Ante tan difícil situación, el capitán Chaumareys decidió soltar las amarras, abandonando a su suerte a la balsa y sus ocupantes.

Fue entonces cuando la situación de los desesperados naúfragos se convirtió en un infierno, tanto por la falta de espacio como por los bordes de la balsa, que se hundían y desintegraban. En la primera noche se ahogaron veinte personas y en la segunda los soldados armados mataron a sesenta y cinco de sus compañeros bajo el pretexto de haberse amotinado con la intención de destruir la balsa. Al cabo de una semana a la deriva, quedaron veintiocho supervivientes, muchos enfermos, heridos y enajenados, de modo que, cuando el hambre y la sed comenzaron a causar estragos, se produjo un enconado debate tras el que se decidió arrojar al mar a trece de ellos.

Sobre la balsa quedaron quince supervivientes a la deriva que, al cabo de trece días,  tras agotar el poco vino acopiado, de beber agua del mar y la propia orina, así como de realizar desesperados actos de antropofagia para sobrevivir, avistaron una embarcación que se aproximaba. Se trataba de un bergantín de la flotilla que había zarpado junto a La Medusa y que había llegado al puerto de Saint-Louis. Había sido enviado por el capitán Chaumareys, que con uno de los botes había llegado al mismo puerto, pero no con una misión de rescate de posibles supervivientes —que poco le importaban—, sino para recuperar todo el material posible de la balsa.

Cuando dos supervivientes de la expedición, el cirujano Jean-Baptiste Savigny y el geógrafo e ingeniero Alexandre Corréard, publicaron en 1817 un libro titulado El Naufragio de la fragata La Medusa, en el que relataron los desgraciados hechos del naufragio, denunciando la negligencia y la cobardía del capitán, así como las atrocidades cometidas por los marineros borrachos, se produjo una gran conmoción en Francia, siendo difundidas las imágenes del horror en panfletos, grabados y gacetas que narraban el suceso con todo lujo de detalles. El clima de indignación fue aprovechado por la oposición liberal al régimen borbónico, que tras denunciar la incompetencia de la monarquía borbónica restaurada, consiguió la dimisión del ministro de Marina y que el capitán Chaumareys fuese condenado por un consejo de guerra a tres años de cárcel.     
       
EL TEMA TRATADO POR UN ARTISTA

Théodore Géricault vivió el tenso ambiente social originado por aquellos hechos cuando tenía 28 años. Por entonces acababa ver rechazada la petición de una beca en Roma para perfeccionar sus estudios de pintura, a pesar de que sus obras no habían pasado desapercibidas entre los críticos, por lo que pensó que un tema de tanta actualidad como el naufragio de La Medusa le serviría para realizar una pintura impactante que relanzara su carrera. El resultado sería una genial obra maestra.

Antes a acometer el trabajo, el pintor se reunió con los dos supervivientes de la tragedia para realizar esbozos basados en los testimonios que éstos le proporcionaron. Ordenados todos ellos, se propuso plasmar el drama de la forma más realista posible trabajando en un lienzo de grandes dimensiones, para lo que tuvo que abandonar su taller de la Rue des Martyrs por otro más amplio en la Rue du Faubourg-du-Roule, camino de Neuilly. Después encargó a un carpintero, que también había sobrevivido al naufragio, una maqueta de la balsa, haciendo posar a los supervivientes, a su asistente Louis-Alexis Jamar y a su buen amigo, el gran pintor Eugène Delacroix. La obsesión por plasmar la escena con un profundo realismo incluso le llevó a realizar bocetos sobre cadáveres reales, incluyendo miembros amputados, en una morgue cercana, para lo que contó con la ayuda de un amigo médico.

Según narra Charles Clément, biógrafo del pintor, en un principio pensó en representar las escenas de canibalismo, pero ante el temor de que la obra fuese censurada, decidió plasmar el esperanzador momento en que los naúfragos supervivientes divisan en el horizonte el bergantín que sería su salvación, una escena en la que estuvo aplicado sin descanso durante ocho meses, de noviembre de 1818 hasta junio de 1819, durmiendo en un altillo del taller, alimentándose de la comida que le proporcionaba la portera y con la única compañía de su asistente Jamar. El resultado fue espectacular. La pintura fue premiada con una medalla de oro en el Salón de París de 1819.

Con ella Géricault se colocaba en la cumbre del Romanticismo en Francia, un movimiento que vinculado a la literatura, la filosofía y la arquitectura, y hermanado a los movimientos sociales y políticos generados tras la Revolución francesa, suponía la contraposición a la pintura neoclásica del siglo XVIII. Este movimiento, que fue adaptado a principios del siglo XIX a las artes plásticas, después de su aparición en el campo de la pintura en 1770, alcanzaría su máximo apogeo en los países europeos entre los años 1820 y 1850, mostrando en cada país peculiaridades propias. A él quedan adscritas las últimas pinturas de Goya en España —Pinturas negras de la Quinta del Sordo—, las sutiles creaciones inglesas de Constable y Turner, o las impactantes composiciones francesas debidas a Delacroix y Géricault, con profusión de personajes que se aglomeran en la representación de escenas históricas o de tema social.

En La balsa de La Medusa (en general en toda la obra de Géricault) se quieren encontrar influencias de la obra de Miguel Ángel en el estudio de los cuerpos musculosos y de Rubens en el empastado de los colores. De acuerdo a la tradición, la composición se articula en torno a dos formas piramidales, una definida por la plataforma y el mástil de la balsa, donde aparecen esparcidos los naúfragos vencidos, y otra formada por los cuerpos que con esfuerzo gastan su último aliento en hacer señales al bergantín que se aproxima. En un caso y en otro predominan las formas agitadas y retorcidas que contribuyen a expresar el sufrimiento humano, en este caso bañadas por un claroscuro producido por el contraste violento de la luz y el color.

Théodore Géricault. Autorretrato
De forma perfectamente calculada, La balsa de la Medusa está recorrida por numerosas líneas diagonales que acentúan la inestabilidad del momento y resaltan la intensidad emocional y dramática. Pero no sólo eso, sino que una hipotética diagonal, que une el vértice superior izquierdo y el vértice inferior derecho, divide la composición en dos espacios distintos y complementarios. En el inferior se concentran los cuerpos vencidos —muertos, moribundos y meditativos con actitud estática— en un espacio dominado por la muerte como signo de tragedia y del hombre vencido por la naturaleza. Por el contrario, en el superior se amontonan los cuerpos que levantan con esfuerzo sus brazos y agitan paños para dar señales de vida al lejano barco que se aproxima, convirtiendo la esperanza de ser salvados en un gesto lleno de vida. En definitiva, la sublimación del contenido emocional de la vida y la muerte como protagonistas del naufragio.

En el espacio en que se amontonan los sufridos personajes se pone de manifiesto la fragilidad de las construcciones humanas —la balsa destartalada— frente a las fuerzas de la naturaleza —un mar picado que zarandea la balsa—, de modo que, a pesar de acumulación de una veintena de personajes, es la potente naturaleza la que adquiere el auténtico protagonismo al convertirse en fuente de sentimientos, de tal manera que, a través de la observación científica, el pintor actúa como intérprete entre la naturaleza y el espectador.

Para ello utiliza el color de forma violenta, destacando el sombreado de los cuerpos desnudos, impecables estudios anatómicos en múltiples posturas, el uso subjetivo y selectivo de los rojos en sustitución de la sangre, y el celaje lleno de nubarrones en un momento crepuscular que acentúa la tragedia, tanto evocada como sugerida de forma implícita.

En conclusión, un ejercicio antinormativo, lleno de talento e intensidad emocional, que con sutileza produce cierto desasosiego e impotencia en el espectador al hacerle partícipe de un hecho real en el que la supervivencia quedó debilitada al aflorar los comportamientos más viles del instinto humano: la vanidad, el egoísmo, la insolidaridad, la irresponsabilidad,  la hipocresía y la muerte.


Informe: J. M. Travieso.

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4 de noviembre de 2015

Bordado de musas con hilos de oro: PENSAMIENTO DE OTOÑO, de Luis Felipe Vivanco

PENSAMIENTO DE OTOÑO

Aún quedan viejas tapias en el mundo.
(Sabemos que morir no es estar muertos).
Aún quedan en el alto acantilado
                flores de brezo.

Sabemos al morir que nuestros pasos
cansados no querían ir tan lejos.
(Aún queda esa colina bronceada
                de helechos secos).

La entraña del pinar es sombra pura.
Rayos de un sol de otoño velan, trémulos,
su orilla de vivientes florecillas
                y húmedo suelo.

Rayos de un sol de otoño, nuestros pasos
no nos quieren llevar fuera del tiempo.
Morir —o huido barco entre las olas—
                no es estar muertos.

LUIS FELIPE VIVANCO (1907-1975)

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2 de noviembre de 2015

Fastiginia: La Biblioteca del Colegio de San Gregorio en un dibujo de Valentín Carderera de 1837

Biblioteca del Colegio de San Gregorio. Valentín Carderera, 1837
Fundación Lázaro Galdiano, Madrid
Estampas y recuerdos de Valladolid

El 3 de noviembre de 2014, hace ahora un año, presentábamos en esta sección los dibujos realizados por Valentín Carderera reproduciendo el aspecto de la fachada y el patio del Palacio Real tal como él los pudo conocer personalmente, un documento gráfico impagable para la historia de nuestro patrimonio. Hoy recurrimos de nuevo a un documento testimonial elaborado por este pintor, arqueólogo, historiador de arte y coleccionista, durante su estancia en Valladolid a partir de 1836.

Otra vez nos encontramos ante un dibujo coloreado a la acuarela, cuyo original se conserva en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid, que nos ayuda a reconstruir mentalmente un enclave monumental de la ciudad, en este caso el aspecto de la que fuera la importante biblioteca del histórico Colegio de San Gregorio, muy próxima a la célebre biblioteca reunida por el Conde de Gondomar en el palacio que hoy conocemos como Casa del Sol. Uno y otro edificio actualmente forman parte de las dependencias reconvertidas en Museo Nacional de Escultura.

La antigua biblioteca del Colegio de San Gregorio convertida en las
actuales salas del Museo Nacional de Escultura
Tenemos que recordar que tras la Desamortización de Mendizábal de 1835 algunos edificios exclaustrados conocieron un destino incierto, hecho que despertó la inquietud de artistas e intelectuales que plantearon la necesidad de salvaguardar y proteger muchos monumentos españoles que, sin una funcionalidad efectiva, corrían el riesgo de desaparecer para siempre al estar abocados a la ruina, en muchos casos víctimas de la rapiña institucional.

Con el fin de inventariar los monasterios desamortizados en las provincias de Valladolid, Palencia, Burgos y Salamanca, en 1836 Valentín Carderera era comisionado por el gobierno español para realizar esta misión, para lo que emprendió un periplo por estas provincias de la región, conocida por entonces como Castilla la Vieja, que tendría continuidad por otras tierras de España.

Fue entonces cuando recala en Valladolid, una ciudad floreciente en el siglo XIX que en esos tiempos conocía una radical transformación desde su condición de ciudad levítica o conventual a otra industrializada y cosmopolita de acuerdo a los nuevos tiempos, expuesta en muchos casos a tener que sacrificar edificios históricos y monumentales en aras del progreso, como ocurriera con el exterior e interior de la Casa de Berruguete, para adaptarla a su nueva función cuartelaria, o con el Palacio del Almirante, derribado en 1864 para construir el Teatro Calderón, por citar dos ejemplos que también fueron dibujados por Valentín Carderera permitiéndonos conocer su aspecto original.

Elementos originales de la biblioteca del Colegio de San Gregorio
conservados en el Museo Nacional de Escultura
Eso mismo ocurre con este dibujo de la que fuera biblioteca del Colegio de San Gregorio, cuyos espacios, que recreó el pintor incluyendo un pequeño escritorio y personajes ambientados en el siglo XVII, todavía son perfectamente identificables en las actuales dependencias por algunos de los elementos originales conservados. Entre ellos la sala del primer plano, cubierta por armadura mudéjar ochavada, apeada sobre trompas y decorada por casetones dorados y una gran piña de mocárabes en el centro, así como por un friso con los emblemas del fundador, todo ello original. Otro tanto ocurre con el arco carpanel, parcialmente conservado, que comunica con la sala contigua y que presenta el intradós decorado con casetones renacentistas.

Más difícil es identificar la gran sala contigua, en cuyos muros se aprecian los preceptivos estantes, cubierta por una enorme cubierta mudéjar que fue desmontada en el siglo XIX. Actualmente este espacio está cubierto por una techumbre moderna de madera, con función de claraboya, y en él se asienta la impresionante sillería de coro procedente del monasterio de San Benito el Real de Valladolid, obra coordinada por Andrés de Nájera.

Cubierta ochavada mudéjar y casetones en el intradós del arco
Al fondo también se aprecia la amplia sala que está cubierta por otro artesonado ochavado original, con decoración mudéjar de lazo, en la que hoy se expone en impactante grupo del Santo Entierro de Juan de Juni.       

Conviene recordar que el Colegio de San Gregorio fue fundado en 1487 por el dominico Fray Alonso de Burgos, Canciller Mayor del reino, obispo de Palencia (a cuya diócesis pertenecía Valladolid) y confesor de la reina Isabel la Católica, ocupando un costado del monasterio dominico de San Pablo, con la finalidad de convertirse en un centro de estudios teológicos, estando dotado, para cumplir su función docente, de patios, aulas, biblioteca, refectorio, salón de grados y sala capitular. Allí se formarían escritores místicos, juristas e inquisidores, conociendo la presencia de personajes tan relevantes como Bartolomé de las Casas, Bartolomé Carranza, Luis de Granada, Melchor Cano o Francisco de Vitoria.

El Colegio, centro de estudios de primer orden, fue escenario de decisiones y debates de gran trascendencia, como la definición de la postura española en el Concilio de Trento, la discusión para dirimir la conveniencia de la lectura de las obras de Erasmo de Róterdam en España o la célebre Controversia de Valladolid, alentada por Carlos V para debatir sobre los derechos de las poblaciones indígenas de América, un hecho extraordinario para su tiempo que se ha considerado como el germen de la futura declaración de los Derechos Humanos.


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30 de octubre de 2015

Theatrum: LA MUERTE, un macabro heraldo de las miserias humanas












LA MUERTE
Gil de Ronza (Ronse, Flandes, c. 1483 - Zamora, c. 1535)
Hacia 1522
Madera policromada
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Procedente del convento de San Francisco de Zamora
Escultura renacentista española. Corriente hispanoflamenca











Desde la creación del Museo Nacional de Escultura, la escultura de La Muerte es una de las más impactantes de cuantas se exponen en su colección permanente, tanto por la peculiaridad de su iconografía en el repertorio español como por su propio significado.

La escultura fue conocida por Palomino en el convento de San Francisco de Zamora, que la atribuyó a Gaspar Becerra en base a los dibujos anatómicos con los que este artista multidisciplinar ilustró la Historia de la composición del cuerpo humano, publicada en 1556 en Roma por el doctor Juan Valverde de Hamusco, donde entre otros dibujos se incluyen representaciones del esqueleto humano de carácter científico. Al no existir demasiada coherencia en esta atribución, posteriormente, y basándose en razones puramente estilísticas, algunos autores propusieron las autorías de Juan de Juni y Juan de Valmaseda, este último un escultor arraigado al gótico cuando ya triunfaban en Castilla las nuevas formas renacentistas.

Tanto la autoría como su origen quedaron desvelados por el zamorano José Ángel Rivera de las Heras, que asignó la escultura al ambicioso programa iconográfico que el deán don Diego Vázquez de Cepeda solicitó al escultor Gil de Ronza para la decoración de la capilla funeraria que disponía en el convento de San Francisco de Zamora, arruinado tras su exclaustración a consecuencia de la Desamortización.

Gil de Ronza es un escultor hispanoflamenco que, originario de la villa de Ronse, enclavada en la actual provincia de Flandes oriental, en Bélgica, aparece documentado en Toledo desde el año 1498, desde donde pasaría a Zamora para colaborar junto a Juan de Bruselas en la sillería del coro de la catedral zamorana. Tras trabajar entre 1514 y 1525, en compañía de su hijo Diego, en las tres portadas de la Catedral Nueva de Salamanca, asentaba su taller definitivamente en Zamora, ciudad donde permaneció hasta su muerte en 1535.

Se trata de un escultor que se mantiene fiel a los principios de la escultura flamenca que tanta aceptación tuvo en Castilla. Su obra, aunque escasa, es muy significativa por representar los valores y creencias religiosas vigentes en las primeras décadas del siglo XVI, donde los conceptos de la muerte y de la inmortalidad tenían una presencia constante en el arte de la época, como queda patente en la enormidad de suntuosos sepulcros encargados por nobles y eclesiásticos de toda la geografía española.

En la mayoría de los casos las referencias a la muerte quedan reducidas a la presencia de una calavera, aunque no faltan casos aislados en los que se representa el esqueleto completo con signos de descomposición, como ocurre en la escultura conservada en el Museo Catedralicio de León y, de forma más visible, en la Capilla Dorada de la Catedral de Salamanca, donde en un nicho intercalado entre un nutrido santoral se incluye la figura de la Muerte acompañada de la inscripción "Memento mori", toda una declaración de principios de origen medieval en pleno siglo XVI.

Durante su estancia en Zamora, Gil de Ronza elaboraba la decoración de la citada capilla funeraria del deán don Diego Vázquez de Cepeda, ubicada en el convento de San Francisco, donde a petición del comitente desarrolló un conjunto de esculturas en cuya iconografía quedaba representado el ciclo del Credo. A este conjunto pertenecía la descarnada escultura de La Muerte que hoy se conserva en Valladolid, buena muestra de los recursos estilísticos del escultor.

La escultura de La Muerte se presenta ante el espectador con la mayor crudeza, impregnada de un sentido macabro capaz de atemorizar a quien la contempla, pues aunque el escultor se ha esmerado en realizar un ejercicio de anatomía humana en plena descomposición, la figura insinúa cobrar vida, es decir, intenta sugerir la Resurrección de los muertos en el Juicio final, revolviéndose entre el sudario para mantenerse de pie con dificultad y levantar los brazos para tañer una apocalíptica trompeta con forma de cuerno y señalar con su mano derecha hacia lo alto para que el espectador saque sus propias conclusiones.

Ajustándose al gusto flamenco por los detalles minuciosos, y con el fin de inculcar la idea de la miseria humana, la fugacidad de la vida y el temor de Dios, la escultura, de tamaño natural, está descrita de forma tremendista en todos sus elementos, destacando la piel putrefacta que deja visible parte de los huesos, el proceso corporal de descomposición, incluyendo gusanos que se mueven por sus entrañas, y la boca desdentada que casi sugiere una amenazante sonrisa sardónica, conjunto de recursos que sin duda adquirirían mayor elocuencia en su emplazamiento funerario original como predicamento sobre la fugacidad terrenal a través de un cadáver con aspecto real.

Estos detalles minuciosos, junto a un gusto tardogótico, también están presentes en otras obras de Gil de Ronza, como en el Ecce Homo realizado en 1522 y perteneciente a la Cofradía de la Vera Cruz de Zamora, que se conserva en el convento zamorano del Tránsito, con un movimiento cadencial similar al de La Muerte, o en la mutilada y monumental escultura de San Cristóbal que, también procedente del convento de San Francisco de Zamora, se guarda en la iglesia-museo de San Sebastián de los Caballeros de Toro.

La escultura de La Muerte fue legada en 1850, por vía testamentaria, por don Pedro González Martínez, director del primitivo Museo Provincial de Bellas Artes de Valladolid, a la Academia de Nobles Artes de la Purísima Concepción, pasando después al Museo, donde aparece catalogada desde 1916.        

Informe y fotografías: J. M. Travieso.



Bibliografía

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PEREDA ESPESO, Felipe. Escultura y teatro a comienzos del siglo XVI: La Capilla del Deán Diego Vázquez de Cepeda. Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, tomo 6, Madrid, 1994, p. 179.

Gil de Ronza. Ecce Homo, 1522, Cofradía de la Vera Cruz
Convento del Tránsito, Zamora
RIVERA DE LAS HERAS, José Ángel. El Ecce Homo del convento del Tránsito y el escultor Gil de Ronza. Barandales nº 4, Zamora, 1993, p. 41.

RIVERA DE LAS HERAS, José Ángel. En torno al escultor Gil de Ronza. Zamora, 1998, pp. 106-109.


















Gil de Ronza. San Cristóbal
Iglesia-museo de San Sebastián de los Caballeros, Toro (Zamora)















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