2 de febrero de 2026

Visita virtual: SAN MATEO, expresión del nuevo lenguaje renacentista






SAN MATEO

Juan de Juni (Joigny, Francia, h. 1506 – Valladolid, 1577)

Entre 1535 y 1540

Barro cocido, 98 cm de altura

Museo de León (Procedente del convento de San Marcos de León)

Escultura renacentista

 

 








     En 1533 Juan de Juni llegaba a León, plenamente formado, tal vez inducido por el portugués Pedro Álvarez Acosta, que en 1534 era nombrado obispo de la ciudad. Allí permaneció desarrollando un incesante trabajo hasta 1540, año en que se traslada a Valladolid para atender un encargo de fray Antonio de Guevara, cronista de Carlos V y en ese momento obispo de Mondoñedo, que le solicitaba la realización de un retablo para su capilla funeraria en la iglesia del vallisoletano convento de San Francisco.  

Dejaba atrás una fructífera etapa en la que demostró su versatilidad en el empleo de distintos materiales, como diversos tipos de piedra y madera, aunque su principal aportación fueron los trabajos en terracota, una técnica excepcional apenas desarrollada en ese tiempo que exigía un complejo proceso: preparación idónea del barro, modelado escultórico y cocción controlada de las piezas, en ocasiones de gran tamaño.

     De su excelencia en esta estancia leonesa podemos citar la serie de medallones en piedra —con bustos de personajes mitológicos e históricos— realizados para la decoración de la fachada del convento de San Marcos, su primera obra en España al servicio de la poderosa Orden de Santiago, que en ese tiempo construía este suntuoso convento en plena Ruta Jacobea. También en piedra y para el mismo recinto labró el altorrelieve del Descendimiento de la fachada de la iglesia y el del Nacimiento colocado en el interior del claustro levantado por Juan de Badajoz, en ambos casos poniendo de manifiesto su estilo consolidado, caracterizado en este primer momento por un gran dinamismo y una fuerte carga dramática, demostrando además conocer el lenguaje renacentista procedente de Italia.

Su dominio de la piedra también queda patente en el Sepulcro de Diego González del Barco que labró en piedra caliza, en 1537, para la capilla fundada por este canónigo en la iglesia de San Miguel de Villalón de Campos (Valladolid), donde se evidencia la influencia del sepulcro de Ilaria del Caretto realizado por Jacopo della Quercia para la catedral de Luca. A estas obras realizadas en piedra se sumaría en 1540 el Sepulcro del arcediano Gutierre de Castro, para cuya elaboración tuvo que desplazarse temporalmente a Salamanca.

     Durante su periodo leonés, entre 1537 y 1543 dejaría igualmente magistrales obras en madera, destacando su participación, junto a Juan de Angers y Guillermo Doncel, en la elaboración de la Sillería coral de la iglesia del convento de San Marcos —compuesta por 41 sitiales y 49 tableros esculpidos—, donde aportó una magnífica serie de respaldos y medallones con figuras de santos. Destacable por su temática y composición es el relieve, tallado hacia 1540 en madera de nogal, del Juicio contra un monje hereje, actualmente en el Museo de León, en el que consigue plasmar un logrado efecto espacial, siguiendo las huellas de Donatello, y un grupo de figuras agitadas que se ajustan magistralmente a la tensión del relato.

Es a partir de 1537, en que nace su hijo Isaac de Juni —futuro escultor— como fruto de sus relaciones con una dama leonesa, cuando se extiende el prestigio artístico de Juan de Juni, cuyo taller comienza a recibir encargos de influyentes personajes de la sociedad del momento.


     Durante esta estancia en León, Juan de Juni comienza la producción de piezas en terracota, una técnica poco común en el panorama escultórico español, mientras que en la Italia renacentista era algo habitual y la lista de autores extensa, entre ellos Donatello, Nani di Bartolo, Luca, Andrea y Giovanni della Robbia, Andrea del Verocchio, Niccoló dell’Arca, etc., pudiendo equipararse el interés de Juan de Juni por realizar obras en terracota durante su establecimiento en León con el que Antonio Bergarelli mostrara por los mismos años en la ciudad de Módena. Fruto de esta experiencia, Juan de Juni imprime al modelado del barro unas características que definen su propio estilo, como la facilidad para infundir morbidez a las anatomías, el uso de atrevidos escorzos, la plasmación de pequeños detalles narrativos y los paños con pliegues muy redondeados, recursos que aparecerán en su obra posterior tallada en madera.

Sus obras en terracota conservadas presentan distintos formatos, desde los pequeños relieves devocionales de la Piedad realizados en torno a 1540, de escaso grosor, con figuras de escorzos muy forzados y acabado policromado (ejemplares conservados en el Museo de León, en el Museo Diosesano y Catedralicio de Valladolid, en el Museo Victoria & Albert de Londres y en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid), hasta grupos con figuras próximas al natural que presiden altares, como el San Jerónimo en el desierto y el Martirio de San Sebastián, ambos realizados en 1537 a petición de los Almirantes de Castilla para ser colocados en la iglesia de San Francisco de Medina de Rioseco, grupos en los que afloran los recuerdos trágicos del Laocoonte y la influencia de la obra realizada por Rustici en el Baptisterio de Florencia. 


El personalísimo modelado en terracota de San Mateo

Por esos mismos años, entre 1535 y 1540, Juan de Juni realiza en un barro muy rojizo, modelado y cocido, la dinámica escultura exenta del evangelista San Mateo para el convento de San Marcos de León, desconociéndose si pudiese formar parte de un grupo con los Cuatro Evangelistas similar al que también realizara en terracota hacia 1580, es decir, cuarenta años después, el escultor Alessandro Vittoria, conjunto actualmente conservado en el Art Institute de Chicago (ver ilustración).

A pesar de sus 98 cm de altura, y de no estar policromada, la escultura presenta una fuerza y una monumentalidad sorprendente, como arrebatada por un torbellino, con las figuras del evangelista y el ángel siguiendo un movimiento helicoidal contrapuesto de recuerdos miguelangelescos de máxima expresividad y de líneas cerradas, tanto en su gesticulación como en las formas forzadas, siguiendo un patrón típicamente manierista muy alejado del clasicismo que presenta la escultura en mármol con el mismo tema que realizara el burgalés Bartolomé Ordóñez entre 1514 y 1515 en Italia, allí desplazado para su aprendizaje (ver ilustración).         

     San Mateo, representado como un hombre maduro, muestra una anatomía musculosa en plena tensión, como puede comprobarse en el fino modelado del brazo derecho. Con el cuerpo torsionado, viste una túnica ceñida a la cintura por un cíngulo, con anchas mangas recogidas sobre los hombros y el cuello vuelto y abotonado —elemento ornamental constante en la obra de Juni—, así como un amplio manto que cae desde el hombro izquierdo cubriendo el brazo y formando una diagonal al frente. Estos paños, que presentan profusión de pliegues y algunos anudamientos, están modelados con extraordinaria maestría aprovechando la textura del barro, destacando en todos ellos las formas redondeadas de carácter naturalista que el escultor, después de esta experiencia, seguirá aplicando en el futuro a sus tallas de madera.

Notable es el trabajo de la cabeza, donde el Juan de Juni, para expresar el momento de revelación de las Escrituras, exprime la ductilidad del barro para representar con detalle los ojos delineados, la boca entreabierta, arrugas en la frente sugiriendo su avanzada edad, efecto reforzado por las patas de gallo, y un minucioso tratamiento del agitado cabello y la barba, cuyos mechones se desplazan con el movimiento hacia el lado derecho. Todos estos matices remiten al fuerte carácter —terribilitá— que Miguel Ángel había aplicado años antes a esculturas muy conocidas, como el célebre Moisés.

     La composición, concebida como un ejercicio estrictamente manierista, presenta al apóstol escribiendo su evangelio sobre un libro que se encuentra a gran distancia visual y que sujeta sobre sus alas, a modo de atril, un pequeño ángel que, convertido en el atributo del evangelista, simboliza la humanidad de Cristo y su encarnación. Siguiendo una línea serpentinata en sentido opuesto al de la figura de San Mateo, para equilibrar la composición, viste una túnica con rajados, abotonaduras y lazos. La figura infantil levanta la cabeza y su mano izquierda de forma forzada para sujetar las páginas del libro, mientras mantiene su brazo derecho en jarras. Su agitada postura, con un movimiento casi de marcha, pone un contrapunto a la figura del evangelista, absorto en un rapto de inspiración.

Esta obra, que corresponde a la primera etapa del escultor, refuerza la hipótesis de que Juan de Juni pudiera haber recorrido Italia antes de su llegada a León, idea que se refuerza con su dominio del francés y del italiano, a los que pronto sumaría el castellano, según revelan documentos conservados y sus escritos autógrafos. 

Este tipo de escultura, calificado como “auténtica primicia” en la estatuaria española, en territorio hispano solo fue realizado por escultores de ascendencia italiana, como Pietro Torrigiano (Florencia, 1472-Sevilla, 1528), siendo Juan de Juni quien abrió la senda que en el futuro seguirían otros artistas, como los exquisitos barros policromados de Luisa Roldán realizados en la segunda mitad del siglo XVII, todos ellos caracterizados por usar un humilde material, considerado poco noble, para presentar el acabado de auténticas obras maestras.

Escultura de San Mateo en su vitrina del Museo de León

     Este San Mateo, pieza única en la escultura renacentista española del siglo XVI, ingresó en el Museo de León antes de 1869 a consecuencia de la Desamortización, conociendo una restauración integral en 1996 que ha puesto en valor su fuerza expresiva y la calidad del modelado.   

 

 

  Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 




BARTOLOMÉ ORDÓÑEZ
San Mateo, 1514-1515, mármol
Iglesia de San Pietro Martire, Nápoles














ALESSANDRO VITTORIA
San Mateo, San Juan, San Marcos y San Lucas, hacia 1580, terracota, 60 cm de altura
Art Institute, Chicago








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