15 de agosto de 2014

Theatrum: ECCE HOMO Y DOLOROSA, el realismo como juego de simulación








BUSTOS DEL ECCE HOMO Y LA DOLOROSA
Pedro de Mena y Medrano (Granada, 1628 - Málaga 1688)
Hacia 1673
Madera policromada, lienzo enyesado y postizos
Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid
Procedentes de la iglesia de Santa María del Milagro, Valdestillas (Valladolid)
Escultura barroca española. Escuela andaluza








Si tuviéramos que definir la mayor parte de la obra realizada por Pedro de Mena con un lenguaje actual tendríamos que referirnos al "hiperrealismo", un término presente en su abundante repertorio religioso que llega a definir su personalidad en el panorama español de la escultura barroca, en la que puso en práctica verdaderos alardes de tecnicismos que siguen asombrando cuando se hace una contemplación pausada. Esta orientación sería consecuencia de su colaboración con el polifacético Alonso Cano, del que llegaría a ser más discípulo que aprendiz durante su primer período granadino, y se iría depurando en su período malagueño, en su viaje a la Corte y, sobre todo, a su regreso a Málaga, donde entre 1670 y 1688 su taller conoció una frenética actividad debido a la enorme demanda de los arquetipos por él creados y ajustados a los postulados trentinos, hasta el punto de que muchas de sus obras pueden llegar a parecer una producción seriada, hecho que sin duda requería la participación de numerosos colaboradores en el taller.

Entre la producción de Pedro de Mena en su última fase malagueña llegaría a alcanzar una gran celebridad una iconografía pasional en forma de bustos del Ecce Homo y la Dolorosa que, no siendo completamente original, pues se conocen precedentes renacentistas en la obra de Alonso Berruguete, Juan de Juni, etc., en ellos supo infundir su sello personal y dejar la impronta de su propia religiosidad, practicada en su vida diaria y en su ambiente familiar, siendo un dato ilustrativo el que todos sus hijos ingresaran como religiosos.

En la larga serie del Ecce Homo y la Dolorosa, modelos concebidos generalmente formando pareja, uno de sus especiales atractivos, común a sus representaciones de santos ascetas y místicos, es el sentimiento profundo que muestran, recogiendo de alguna manera la herencia del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz1: «Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura, mira que la dolencia de Amor, que no se cura, sino con la presencia y la figura».

A partir de este presupuesto místico, Pedro de Mena dejaría un legado, dentro de la escultura barroca española, con modelos arquetípicos de los que llegaría a hacer numerosas versiones, algunas realmente sorprendentes. Son imágenes en las que el realismo de la talla, aderezado por la policromía y el uso de postizos, permite una contemplación cercana y comunicarse directamente con el espectador para estimular la meditación sobre la pasión de Cristo, lo que las convierte en obras idóneas para oratorios particulares, capillas y celdas conventuales, donde la intimidad del ambiente al que se destinaban justificaría los alardes de realismo.

De manera que una detenida observación permite apreciar las variaciones y los matices existentes en cada obra o serie, siempre como una labor espontánea que muestra el sentir y el modo de vivir del artista, que con sus gubias era capaz de plasmar su propia religiosidad, dejando vislumbrar en este tipo de obras la influencia de algunos textos literarios, especialmente aquellas meditaciones sobre la Passio que divulgaron los escritores místicos.
Estas imágenes del Ecce Homo y la Dolorosa están realizadas a tamaño natural o ligeramente inferior, unas veces en la modalidad de medio cuerpo, incluyendo los brazos, y otras como un busto estricto, solamente hasta el pecho, recogiendo en tres dimensiones la idea de aquellos modelos de dípticos holandeses devocionales que implantaran en el siglo XV pintores flamencos como Dirk Bouts. Generalmente las dos imágenes estaban relacionadas entre sí, conservadas dentro de urnas de cristal o colocadas a ambos lados de un altar. La exitosa acogida de este tipo de piezas devocionales hizo que no sólo fuesen solicitadas desde los más variados lugares de la geografía española, donde se localiza un enorme catálogo, sino que incluso fueron exportadas a Austria y México.

Este tipo de imaginería pasional se convirtió para Pedro de Mena en un fructífero negocio que alcanzó su punto álgido en la década de los setenta del siglo XVII, cuando, a juzgar por los ejemplares conservados en iglesias, conventos, museos y colecciones particulares, fue incesante la demanda de la pareja formada por el Ecce Homo y la Dolorosa, una iconografía complementaria que el artista realizó con y sin brazos, con la peculiaridad de una elaboración despiezada y ensamblada, después aderezada con el uso de telas enyesadas y postizos, y la singularidad, poco frecuente, de ser el escultor quien pintaba y policromaba sus propias obras.


EL ECCE HOMO Y LA DOLOROSA DEL MUSEO DIOCESANO Y CATEDRALICIO DE VALLADOLID

El Ecce Homo
La imagen responde a la tipología de busto sin brazos apoyado sobre una peana horizontal, lo que disminuye el sentido narrativo del episodio evangélico y concentra lo esencial en las partes visibles para adquirir el sintético simbolismo de toda la Pasión en una sola imagen. Como es habitual, priman los detalles realistas, realizados con esmero y aptos para ser apreciados a corta distancia, en este caso, por su disposición frontal, seguramente en el interior de una urna.

La imagen presenta un finísimo modelado en su estilizada anatomía, blando y enmascarado bajo los estudiados pliegues de la clámide púrpura que envuelve la figura dejando al aire el hombro derecho, con los bordes tallados en finísimas láminas. Su alto cuello aparece rodeado por una soga minuciosamente tallada que forma un anudamiento a la altura del pecho, lo que le sitúa en los años del comienzo de la producción de esta iconografía, ya que en algunos modelos posteriores el escultor recurre al postizo de una soga natural o encolada, seguramente para ahorrar tiempo y atender la demanda.

La emoción aparece concentrada en el rostro, dirigido al frente como si buscara ser compadecido por el espectador, manteniendo cierto estatismo al no poder recurrir al lenguaje de las manos. La cabeza sigue el arquetipo creado por el escultor, con rostro ovalado, barba recortada de dos puntas, nariz larga y recta, boca ligeramente entreabierta, ojos rasgados con aplicaciones de cristal, pestañas de pelo natural (desaparecidas) y cejas inclinadas hacia los lados, así como una larga melena, con raya al medio y largos mechones filamentosos con aspecto de estar mojados, sobre la que se superpone una corona de espinas postiza  de tallos reales.

Complementa su aspecto una policromía aplicada por el propio escultor con detalle para matizar los signos realistas de la tortura, como los párpados sumamente enrojecidos, hematomas en el hombro, regueros de sangre producidos por las espinas y sutiles huellas de los azotes cruzando el pecho, detalles que, lejos de degradar al reo, convierten su resignación en la imagen de la dignidad.

Este tipo de busto corto no fue muy repetido por el escultor, que, posiblemente por la demanda de los clientes, se decantó preferentemente por la figura del Ecce Homo de medio cuerpo, en las que la posibilidad de expresarse con los brazos era complementada con ligeros giros e inclinaciones de la cabeza para moverse con gran naturalidad en el espacio y acentuar su expresividad.       

La Dolorosa
Sigue el modelo simplificado de busto apoyado sobre una peana que sirve de base, con la Virgen dispuesta en posición frontal y la cabeza levantada hacia el espectador. La imagen está compuesta mediante el típico sistema de ensambladura utilizado por Pedro de Mena, con piezas talladas por separado y encajadas unas sobre otras con maestría.

Izda: Dolorosa. Taller de Pedro de Mena. Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Dcha: Dolorosa, Pedro de Mena, Real Academia de BBAA de San Fernando, Madrid
El núcleo está formado por el busto estricto de la Virgen —cabeza y cuerpo hasta el pecho tallados en madera—, simulando estar vestida con un túnica roja que forma un pequeño pliegue al frente. Sobre este núcleo se asienta un velo blanco de fino espesor, realizado con lienzo enyesado, que a modo de toca cubre la cabeza dejando visible el arranque del cabello y cae formando pliegues hasta cruzarse en el pecho. Recubre la figura un manto azul tallado aparte en finísimas láminas de madera y colocado superpuesto con enorme precisión.

El efecto realista conseguido con estas piezas ensambladas queda reforzado con la labor de la policromía aplicada por el propio artista. Si en la indumentaria se aplican colores lisos, siguiendo el gusto y la moda del momento, la carnación se trata como una pintura de caballete, con matices tonales en la piel, con las cejas pintadas y una especial coloración en los labios, las mejillas y los párpados, intencionadamente enrojecidos para sugerir el llanto o la Compassio Mariae. Para incrementar el gesto de desamparo, lleva ojos postizos de cristal que potencian los brillos del lacrimal, aunque han desaparecido las pestañas de pelo natural y las pequeñas lágrimas deslizándose por las mejillas, normalmente realizadas con resina o cola animal.

Izda: Dolorosa, Pedro de Mena. Real Monasterio de Santa Ana y San Joaquín, Valladolid
Dcha: Dolorosa. Pedro de Mena. Santuario de Santa María de la Victoria, Málaga
El rostro sigue el arquetipo utilizado por el escultor, de configuración ovalada, nariz recta, cejas inclinadas hacia las sienes, ojos almendrados y boca entreabierta permitiendo contemplar los dientes y dando la impresión de emitir un lamento. Siguiendo el patrón tipológico, el modelado es sumamente sobrio, la talla de los paños finísima y virtuosa y su aspecto transmite un tipo de dolor atemperado y contenido, sin estridencias dramáticas.

Junto a estas obras del Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid, en la ciudad se pueden contemplar hasta cinco obras más de Pedro de Mena y su taller que responden a esta misma iconografía2 y que fueron realizadas en Málaga entre 1670 y 1688: tres figuras del Ecce Homo y una Dolorosa pertenecientes al Museo Nacional de Escultura, y una Dolorosa en el Museo del Real Monasterio de Santa Ana y San Joaquín.  
  
Izda: Ecce Homo. Pedro de Mena, h. 1673. Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Dcha: Ecce Homo. Taller de Pedro de Mena, h. 1680. Museo Nacional de Escultura, Valladolid 
Informe y fotografías: J. M. Travieso.


NOTAS

1 PAREJA LÓPEZ, Enrique. El Arte del Barroco. Historia del Arte en Andalucía. Editorial Gever, Sevilla, 1998, p. 229.

2 Imágenes del Ecce Homo y Dolorosa localizadas en Valladolid:
- Ecce Homo, Pedro de Mena, antes de 1673, Museo Nacional de Escultura (en depósito del Museo de Artes Decorativas de Madrid). Modalidad de medio cuerpo sin manto.
- Ecce Homo, Pedro de Mena, ca. 1679, Museo Nacional de Escultura, procedente de una colección privada valenciana. Modalidad de medio cuerpo con manto.  
- Ecce Homo, Taller de Pedro de Mena, ca. 1685, Museo Nacional de Escultura, procedente de la colección del Conde de Güell. Modalidad de medio cuerpo con manto.
- Dolorosa, Taller de Pedro de Mena, ca. 1673, Museo Nacional de Escultura, procedencia madrileña desconocida. Modalidad de busto sin brazos.
- Dolorosa, Pedro de Mena, ca. 1673, Real Monasterio de Santa Ana y San Joaquín. Modalidad de medio cuerpo con los brazos al frente.  


Detalle Ecce Homo. Pedro de Mena, h. 1673. MNE, Valladolid

















Detalle Ecce Homo. Pedro de Mena, h. 1679. MNE, Valladolid

















Detalle Ecce Homo. Pedro de Mena. Iglesia de Budia (Guadalajara)
















Detalle Dolorosa. Pedro de Mena, h. 1680. Museo Catedralicio, Zamora




















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