17 de junio de 2011

Historias de Valladolid: LA MUERTE DE COLÓN, la historia y sus enigmas


      Toda la biografía de Cristóbal Colón, incluyendo los episodios que siguieron a su muerte, está rodeada de enigmas sin resolver que cada cierto tiempo los historiadores se ocupan en desvelar presentando sus conclusiones como una gran primicia, casi siempre contradiciendo afirmaciones y estudios anteriores. Esto ha ocurrido, ocurre e inevitablemente ocurrirá por la trascendencia histórica del personaje. Las dudas e incógnitas afectan a su lugar y año de nacimiento, a su aspecto físico, a su recorrido hasta presentar el proyecto de su viaje ante los monarcas Isabel y Fernando, a los asuntos e intenciones que motivaron su presencia en distintos enclaves cortesanos e incluso al trasiego de sus restos por tierras españolas y americanas. A ello podemos sumar algunas aseveraciones fundamentadas en evidentes malentendidos, como es el caso de la llamada "Casa de Colón" de Valladolid, asuntos que contribuyen a enmarañar todavía más el trazado de su paso por este mundo. Huyendo de meras especulaciones, nos limitaremos a tomar como testimonios de la presencia de Colón en Valladolid algunos episodios que tienen su correspondiente soporte documental.

ESTANCIA Y MUERTE DE COLÓN EN VALLADOLID

     En la mañana primaveral del 2 de abril de 1506 Cristóbal Colón hacía su entrada en Valladolid por el camino de Puente Duero. La comitiva estaba integrada por unas cuantas caballerías y una cuadrilla de sirvientes que se ocupaban, para ello eran pagados, de facilitar su traslado lo más cómodo posible, pues el almirante llegaba con una salud muy precaria. Cuando a lo lejos se vislumbraban las algunas torres dentro del recinto cercado, el marino inevitablemente rememoró las ocasiones anteriores en que había permanecido en la ciudad.

      Habían transcurrido muchos años y las circunstancias eran bien distintas, pero su lucidez le permitía recordar con nitidez aquellos calurosos días de agosto de 1486, marcados por los desvelos originados por la búsqueda de apoyos para su atrevido proyecto de navegación, sobre todo después de la negación del rey Juan II de Portugal a financiar la travesía. En esos días integraba un cortejo que, partiendo de Arévalo al amparo de los Reyes Católicos, había recorrido el mismo camino hacia Puente Duero, aunque en aquella ocasión hubo de desviarse hasta Simancas para cruzar el puente con el fin de poder llegar al monasterio de Nuestra Señora de Prado. Recordaba aquellos tres días de trayecto hasta llegar a Valladolid, su descanso la noche anterior en el monasterio olmedano de la Mejorada, pero sobre todo recordaba a fray Hernando de Talavera, confesor y consejero de la reina Isabel y prior del monasterio jerónimo asentado junto al Pisuerga desde 1470, que supo escucharle y ser el primero en aconsejar a la reina la conveniencia del asumir su arriesgada propuesta de buscar un nuevo camino hacia las Indias. Recordaba lo fructífero de aquella jornada del 11 de agosto en la que fue su primera visita a Valladolid y en la que estuvo hospedado en el monasterio localizado a extramuros, desde el que se dirigió a Medina de Rioseco, ciudad de los Almirantes, donde llegó tras atravesar Torrelobatón y Castromonte.

     Después llegarían años y acontecimientos tanto venturosos como aciagos casi a partes iguales, como cuando la Junta auspiciada por fray Hernando de Talavera rechazó el proyecto; su estancia en Córdoba y el nacimiento de su hijo Hernando, fruto de sus relaciones con Beatriz Enríquez de Arana; el apoyo recibido de Luis de Santángel, tesorero del rey Fernando, que logró convencer a la reina de la conveniencia de aprobar la idea colombina; el esperanzador día 3 de agosto de 1492 en el puerto de Palos, cuando partieron dos carabelas y una nao tripuladas por 90 personas; la llegada a la isla de San Salvador (isla de Guanahaní) el 12 de octubre de 1492, después de conocer serias jornadas de desánimo; los honores recibidos de los Reyes Católicos en Barcelona a su regreso en enero de 1493, así como los tres viajes siguientes realizados en 1493, con las frustradas expediciones en busca de oro, en 1498, cuando llegó hasta el Orinoco y después de una sublevación fue detenido y enviado a España junto a sus hermanos Bartolomé y Diego, y en 1502, en que fue apartado del gobierno de los nuevos territorios, tras lo cual recorrió el litoral centroamericano y regresó a España para reclamar el cumplimiento de los pactos de las Capitulaciones.

     Tampoco olvidaba Colón su segunda visita a Valladolid en 1496, después de haber regresado de su segundo viaje y de haber dejado a su hermano Bartolomé a cargo de La Española. Había desembarcado en Cádiz el mes de junio vistiendo una austera saya franciscana y de camino a Burgos, por entonces residencia de la Corte, pasó junto a su cuadrilla un mes entero en Valladolid, donde gastó una considerable suma de dinero en comprar ricos ropajes con los que presentarse con dignidad ante los Reyes Católicos, un dato que ilustra de la existencia de un pujante comercio vallisoletano en el que no faltaban jubeteros y calceteros, circunstancia apuntada por Adeline Rucquoi en su estudio "Valladolid en la Edad Media" (Valladolid, 1987), donde afirma que buena parte de la población de la ciudad se ocupaba en la industria textil y derivados.

     Pero cuando llega Colón a Valladolid en 1506, a pesar de concebir todavía la posibilidad de realizar un próximo viaje, no disfrutaba del mismo estado físico que cuando recalara en la ciudad aquellos años atrás, pues al finalizar su cuarto viaje, en el que arribó a Sanlúcar de Barrameda en noviembre de 1504, Colón había sufrido una enfermedad que le retuvo en Sevilla. A pesar de no haberse recuperado, primero se dirigió a Segovia para encontrarse con el rey Fernando, Isabel había muerto en Medina del Campo el 26 noviembre de 1504, y después a Salamanca, siempre con la intención de gestionar sus negocios familiares, especialmente la recuperación de sus privilegios indianos. Con este empeño llegaba a Valladolid a lomos de una mula ensillada, por su imposibilidad de hacerlo a caballo, acompañado de sus criados, instalándose en el palacio de algún amigo o conocido en la ciudad, como el bachiller Andrés de Mirueña, o en alguna de las múltiples dependencias del convento de San Francisco.

     Gozando de una buena posición económica, Colón continuó afanado en sus asuntos, llegando a ofrecerse para realizar nuevos descubrimientos, en un quinto viaje, en una carta escrita en Valladolid y dirigida a Juana y Felipe, previsibles monarcas de Castilla, que pronto iban a llegar desde Alemania.

     En estas circunstancias sufrió un agravamiento de la enfermedad, posiblemente artritis reumatoidea, que le obligó a ingresar en el hospedería del convento de San Francisco, situado en la Plaza Mayor, donde pudo recibir atenciones hospitalarias de alivio y consuelo por parte de los franciscanos. A pesar de todo, su estado empeoró y a modo de despedida el 19 de mayo de 1506 dictó un último codicilo a su tercer testamento, redactado en Segovia el 25 de agosto de 1505, que fue otorgado en el lecho hospitalario ante el escribano de cámara Pedro de Hinojedo, actuando como testigos el bachiller Mirueña y el ayudante de escribano Gaspar de Misericordia, así como los marineros Bartolomé Fiesco, Alvar Pérez, Juan de Espinosa, Andrés Colombo, Fernán de Vargas, Francisco Manuel, Fernán Martínez y algunos criados del Almirante.

     Al día siguiente, 20 de mayo de 1506, según consignaron su hijo Hernando, el padre Las Casas y Rodrigo de Valdesoto, regidor de Valladolid, Colón moría en el convento de San Francisco de Valladolid rodeado de sus hijos Diego y Hernando, siendo asistido por las oraciones de los frailes en aquella víspera del día de la Ascensión.

     Colón sería enterrado en la capilla de los condes de Cabra, en el mismo convento de San Francisco, por consentimiento de Francisca de la Cerda, viuda de Luis de la Cerda, que ostentaba la propiedad de la capilla. En torno a las exequias se difundió una teoría, nunca documentada, de que los funerales se celebraron con gran pompa y solemnidad en la iglesia de Santa María de la Antigua. Por el contrario sí que está documentado que en 1509, por expreso deseo de su hijo Diego, los restos fueron trasladados a la capilla de Santa Ana de la cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla.

«AQUÍ MURIÓ COLÓN»

     En el siglo XIX aún no se tenía constancia del lugar exacto en que había muerto Colón, apuntando Matías Sangrador en su Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid (1851), que había muerto en la casa del número 2 de la calle Ancha de la Magdalena, teoría ratificada por Aureliano García Barrasa en La Crónica Mercantil. Estas opiniones, que se basaban en que dicha casa pertenecía a la familia Colón, motivaron que el Ayuntamiento, para perpetuar la presencia de Colón en Valladolid, colocara en 1866 en la fachada de aquel inmueble una lápida conmemorativa, labrada por Nicolás Fernández de la Oliva con un medallón con el busto de Colón y la inscripción "Aquí murió Colón", renombrando a su vez la calle como "Calle Colón". Todo ello dio lugar a la creencia generalizada de que en aquella casa, antaño humilde posada, a partir de entonces conocida como Casa de Colón, era donde se había producido el fallecimiento. Sin embargo estudios posteriores demostraron que los Colón fueron propietarios de la casa a partir de 1780, habiendo pertenecido con anterioridad al mayorazgo de los Rivadeneira, no teniendo el inmueble ninguna relación real ni directa con el Descubridor.

     La idea de que Colón había muerto en aquella casa situada en las proximidades de la iglesia de la Magdalena, sancionada con ligereza por el Consistorio con la colocación de la placa que así lo afirmaba, tomó mayor consistencia cuando establecida en la ciudad la Sociedad Colombina, su presidente Mariano Lino de Reinoso solicitó en 1878 a Diego Colón de Toledo, su propietario en aquel momento, que la vendiera para instalar en ella dicha institución, aunque el trámite no se llegó a consumar.

     La casa sería comprada después por la comunidad de religiosas de la Visitación de Nuestra Señora, más conocida por las Salesas, después de la ocupación desde 1888 de la antigua casa del canónigo Antonio Mudarra, siendo construida la ampliación del convento en 1907 por el arquitecto Teodosio Torres, que alineó la fachada a la llamada Casa de Colón, que finalmente sucumbió en la reforma urbanística de la zona.

     Para perpetuar el acontecimiento histórico, el Ayuntamiento decidió en 1965 levantar sobre los terrenos de los jardines de las Salesas un edificio que recrea el palacio virreinal que Diego Colón construyó en Santo Domingo en estilo gótico-isabelino, un centro que fue inaugurado en 1968 como Casa-Museo de Colón con la intención de convertirlo en un homenaje a la Hispanidad. Asimismo, en el año 2006, con motivo de la conmemoración del V Centenario de la muerte de Colón, el edificio fue remozado y ampliado con una arquitectura de vanguardia anexa que sugiere el cascarón de una carabela, dotando al museo de un carácter didáctico relacionado con la gesta del Almirante y la repercusión que tuvo en el mundo moderno, así como de un centro de investigación sobre la historia de la América colombina. En la misma fecha fueron publicados diversos trabajos sobre lo que supuso el proyecto del Almirante y su presencia en Valladolid, despejando de una vez y para siempre la errónea creencia de la muerte de Colón en aquella casa, a pesar de que se ha preservado la placa en un lugar del jardín como un mero hito histórico.

EL ENIGMA DE LOS RESTOS DE COLÓN

     Falta por determinar dónde se encuentran exactamente los restos del navegante, pues tras su traslado a la cartuja sevillana en 1509 por su hijo Diego, que falleció en 1526 y fue enterrado junto a su padre y su tío Diego Colón en la cripta de la capilla de Santa Ana de la Cartuja, en 1537 María de Toledo, su viuda, obtuvo de Carlos I el patronato de la capilla mayor de la catedral de Santo Domingo, a la que por deseo testamentario de su esposo se trasladaron los restos familiares, hecho consumado según consta en documentación de 1539.

     Pero el traslado fue azaroso, pues primero se depositaron en la iglesia de San Francisco de Santo Domingo, donde reposaba desde 1514 el adelantado Bartolomé Colón, a la espera de concluir el mausoleo en la catedral. En 1795, cuando España entregó la isla de Santo Domingo a Francia, se decidió recuperar los restos del descubridor, siendo primeramente trasladados a la catedral de La Habana en 1796 y en 1898, tras la pérdida de Cuba, a la catedral de Sevilla, donde retornaron con honores en enero de 1899, siendo instalado en el crucero catedralicio el suntuoso sepulcro que Antonio Mélida había concebido para la catedral de La Habana.

     Pero la historia no había terminado, pues en 1877, durante unas obras de restauración de la catedral de Santo Domingo, apareció una urna funeraria con una inscripción que identificaba los restos de Colón. Desde entonces el país americano sostiene que los restos nunca salieron de allí y que los enviados a Sevilla corresponderían a los de su hijo Diego. Para salir de dudas, durante el V Centenario la Universidad de Granada realizó el análisis de ADN de los restos sevillanos (150 grs. de huesos), siendo revelados los resultados del análisis por el doctor José Antonio Lorente, que ha concluido que los restos son auténticos. Pero aún se plantea la duda si quedaron parte de ellos en Santo Domingo, una investigación que por ahora ha sido denegada por las autoridades de la República Dominicana, con lo que el enigma continua al desconocerse si al menos parte del célebre navegante descansa en tierra americana, tal como él dispuso.

     Hemos de referirnos por último a que entre las celebraciones en Valladolid con motivo del IV Centenario de la muerte de Colón, una de la sugerencias fue la erección de un monumento, para el que realizaron bocetos distintos artistas locales, entre ellos el riosecano Aurelio Carretero. Pero un golpe del azar quiso que recalara en Valladolid el monumento que el escultor sevillano Antonio Susillo había fundido en París, después de ganar el concurso convocado por el Ministerio de Ultramar, con un proyecto elegido por la Academia de Bellas Artes de San Fernando que estaba destinado a La Habana, pero que, lo mismo que ocurriera con el sepulcro sevillano de Mélida, iba a quedar en España tras la pérdida de Cuba en febrero de 1901.

     Y aunque en un principio se pensó en que fuera erigido en el parque del Retiro de Madrid, las gestiones de Mariano González, alcalde de Valladolid, Francisco Zarandona, teniente de alcalde y Enrique Gavilán, regidor, junto a Germán Gamazo y José Muro, consiguieron que el Consejo de Ministros decidiera su ubicación en Valladolid, una determinación que en nuestro tiempo valoramos como coherente y acertada. Desde entonces el grandilocuente monumento engrandece uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad y proclama para la posteridad las sucesivas estancias y anhelos vividos a la vera del Pisuerga por el Descubridor.

(La documentación ha sido extraída de los trabajos publicados por Jesús Varela Marcos, Lucio Mijares Pérez, Jesús Urrea Fernández y Marcial Castro Sánchez).

Ilustraciones: 1 Retrato de Cristóbal Colón eb la Historia Universal de César Cantú, 1854-1859. 2 Grabado representando a Colón en Salamanca. 3 Casa-Museo de Colón en Valladolid (Foto Rastrojo). 4 Monumento a la carabela Santa María en la Casa de Colón de Valladolid (Foto J.M. Travieso). 5 Grabado con la muerte de Colón en Valladolid. 6 Plaza conmomorativa en la Casa de Colón en Valladolid, autor Nicolás Fernández de la Oliva (Foto J.M. Travieso). 7 Placa conmemorativa en la Plaza Mayor de Valladolid, donde se levantaba el convento de San Francisco. 8 Sepulcro de Cristóbal Colón en la catedral de Sevilla. 9 Casa-Museo de Colón en Valladolid (Foto J.M. Travieso). 10 Detalle del monumento a Colón en Valladolid, autor Antonio Susillo. 11 El Descubrimiento de América, John Vanderlyn, 1847.


Informe: J. M. Travieso.
Registro Propiedad Intelectual-Código: 1106179485842

* * * * *


No hay comentarios:

Publicar un comentario