3 de febrero de 2012

Historias de Valladolid: RELIQUIAS Y RELICARIOS, embajadas de la corte celestial (1/2)



     En el convento de San Pablo de Valladolid se conserva un relicario cerrado con barrotes que deja visible en su interior una lúgubre calavera en cuyo cráneo aparece escrito un nombre: San Francisco Fernández de Capillas. Se trata de la reliquia de un dominico, nacido en 1607 en la villa palentina de Baquerín de Campos, que ingresó y estudió en este convento vallisoletano y después ejerció su vocación misionera en México, Manila, Formosa y finalmente en Fujián (China), donde fue degollado en 1648. Como mártir fue beatificado por Pío X en 1909 y después canonizado por Juan Pablo II en 2000 junto a otros 120 mártires de China, siendo conocido entre sus devotos como "el santo Capillas".

     Pero esta no es sino una más de los miles de reliquias que se conservan en Valladolid, un cúmulo de pequeños despojos de personajes declarados santos por la Iglesia Católica, preservados en recipientes de diversa índole, que desde tiempos remotos se convirtieron en objetos de culto que generaron todo un fenómeno sociológico y religioso, con derivaciones artísticas, que en ocasiones llegó a rozar lo irracional, en unos casos por su extravagancia, en otros por su acumulación obsesiva, ya que estos restos llegaron a ser considerados como talismanes protectores y benéficos contra toda clase de males, y finalmente por el tráfico de los mismos, muchas veces utilizados como auténtica moneda de cambio. El fenómeno se repite en otras ciudades españolas, europeas y americanas y constituye el patrimonio más intrigante, tenebroso y misterioso relacionado con la cultura católica, aunque el valor de las reliquias sea compartido por otras religiones.


EL CONCILIO DE TRENTO COMO PROPULSOR DEL CULTO A LAS RELIQUIAS

     El culto a las reliquias se remonta al año 313, cuando tras el Edicto de Milán firmado por Constantino el Grande, que supuso la tolerancia oficial al cristianismo y la consiguiente expansión de la Iglesia, muchos templos levantados en honor de determinados mártires trasladaron desde las catacumbas los restos de sus santos titulares. De forma oficial el valor del culto a las reliquias sería establecido en el II Concilio de Nicea, celebrado el año 787, y aunque en el IV Concilio de Letrán de 1215, dada la fiebre medieval por estos restos, se condenara el abuso, compraventa y falsificación de los mismos, en el Concilio de Trento (1559-1565) se potenció decisivamente su culto como reafirmación del dogma de fe de la Comunión de los Santos, una doctrina que también afectaba a la veneración de sus reliquias e imágenes.

     En realidad la normativa suponía una reacción frente a su rechazo por los protestantes, estableciendo la Iglesia oficialmente que "Deben ser venerados por los fieles los sagrados cuerpos de los Santos y mártires y de los otros que viven con Cristo, pues fueron miembros vivos de Cristo y templos del Espíritu Santo, que por Él han de ser resucitados y glorificados para la vida eterna, y por los cuales hace Dios muchos beneficios a los hombres; de suerte que los que afirman que a las reliquias de los Santos no se les debe veneración y honor, o que ellas y otros sagrados monumentos son honrados inútilmente por los fieles y que en vano se reitera el recuerdo de ellos con objeto de impetrar su ayuda, deben absolutamente ser condenados, como ya antaño se los condenó y ahora también los condena la Iglesia”. Esta disposición, que ratifica que su veneración aporta beneficios espirituales, alentó a reyes, nobles y religiosos a reunir ingentes colecciones de reliquias que generalmente se encerraban en obras de arte de gran calidad, siendo uno de los regalos más preciados, en aquella sociedad sacralizada, recibir el permiso del papa para exhumar de las catacumbas romanas los restos de algunos santos mártires, especialmente después de que estas fueran redescubiertas en 1578 y se convirtieran en una fuente inagotable de fragmentos óseos y por extensión de objetos puestos en contacto con ellos.

     Sirva como ejemplo ilustrativo la tarea llevada a cabo por el aragonés fray Juan López de Caparroso, que de fraile dominico en el convento de San Pablo de Valladolid fue promovido por Felipe II en 1595 para ocupar la cátedra episcopal de Crotona, en la Calabria italiana, y después de Monopoli (provincia de Bari, Apulia), por cuya influencia llegó a conseguir en aquellos territorios las reliquias de más de 150 mártires que envió a la Colegiata de Santa María de Borja (Zaragoza), su ciudad natal, donde aún permanecen en la conocida como Capilla de los Mártires.

FELIPE II, UN MONARCA OBSESIONADO POR LAS RELIQUIAS

     El caso más significativo fue protagonizado por Felipe II que, convertido en adalid de la Contrarreforma, rastreó las reliquias existentes en España a través del humanista e historiador cordobés Ambrosio de Morales, que en 1572 viajó por los reinos de Castilla, León, Galicia y el principado de Asturias, dando noticias detalladas de cuantas encontró a su paso en su crónica Viaje.

     Asimismo, entre 1572 y 1598 el rey emprendió hasta siete campañas para la consecución y el coleccionismo de reliquias, enviando a Italia, Flandes y Alemania delegaciones de nobles y clérigos de confianza, coordinados por un fraile portugués, que consiguieron acopiar millares de restos, debidamente autentificados, que se almacenaron en el puerto de Barcelona antes de su traslado al monasterio de El Escorial, donde eran censados por deseo del monarca. El primer censo de reliquias de España fue realizado en 1575 y figura en las Relaciones topográficas ordenadas por Felipe II.

     Según se desprende del estudio e inventario realizado en El Escorial por los frailes agustinos Benito Mediavilla y José Rodríguez Díez, en la colección aparecen restos de unos 6.000 santos y santas, en su mayor parte mártires, que vivieron desde los orígenes cristianos hasta la Edad Media, figurando 12 esqueletos completos, 144 cabezas y hasta 4.168 fragmentos óseos. Curiosamente, fray José de Sigüenza llega a afirmar que proceden de "todos los santos conocidos de la cristiandad", a excepción de san José, san Juan y Santiago el Mayor, este último por conservarse supuestamente su cuerpo íntegro en Santiago de Compostela, apreciada reliquia que desde la Edad Media daría lugar a la configuración de la trascendental Ruta Jacobea.

     Pero además, para acondicionar tan apreciada colección, Felipe II mantuvo ocupado en el monasterio a un nutrido grupo de orfebres, entre ellos al célebre platero Juan de Arfe (autor de 22 bustos), que realizaron los relicarios, recipientes con formas de urnas, viriles, bustos con mirillas acristaladas, simulaciones de brazos, etc., unos de latón dorado y otros de plata con aplicaciones de oro y piedras preciosas engastadas, todos ellos con la inscripción del santo correspondiente. Muchos relicarios se distribuyeron por las dependencias de El Escorial como elementos de protección, incluyendo una copia a escala de la Sábana Santa de Turín realizada en 1590 y la hostia profanada y pisoteada por un soldado en la ciudad holandesa de Gorcum, que aún se exhibe solemnemente cada 29 de septiembre y 28 de octubre, aunque el relicario más suntuoso sólo es visible en la festividad de Todos los Santos, cuando en la iglesia de El Escorial se abren los dos retablos-armario colocados junto al altar mayor, aquellos que fueran pintados por Federico Zuccaro y que están dedicados a san Jerónimo y la Asunción, en cuyo interior guardan una suntuosa colección de relicarios.

     La obsesión de Felipe II por la efectividad de las reliquias alcanzó su punto culminante cuando llegó a introducir, durante una grave enfermedad del príncipe Carlos, el cuerpo incorrupto del franciscano Diego de Alcalá, fallecido un siglo antes, en el lecho de su hijo, que se recuperó de su agonía al cabo de un mes, haciendo que el caso fuera decisivo para la causa de la canonización del fraile franciscano.

     El culto a las reliquias, propiciado por la Iglesia contrarreformista, pasaría a convertirse en una actividad devocional común en todo el territorio español, llegando a traspasar el océano con todas sus características, siendo muy numerosos los relicarios reunidos en centros religiosos de la mayoría de los países hispanoamericanos.

LA FORMACIÓN DE RELICARIOS EN VALLADOLID

     La formación de grandes colecciones en determinadas iglesias y monasterios, en virtud de las numerosas donaciones recibidas, obligó a la Iglesia en su Código de Derecho Canónico a regular su conservación y la forma de exhibirlas, apareciendo espacios y objetos específicos para ello. Unas veces en forma de columbario, con nichos en las paredes cerrados por rejas; otras como armarios con puertas pintadas o talladas; la mayoría de las veces como retablos con múltiples hornacinas y peanas receptoras de piezas talladas o de orfebrería y, finalmente, abarcando salas o capillas enteras creadas para ese fin, en unas ocasiones restringidas a las clausuras o la comunidad, y en otras abiertas a los fieles en las grandes solemnidades. Siempre destacando por su riqueza los relicarios de los santos titulares, los pertenecientes a los apóstoles y sobre todo los relacionados con la Pasión de Cristo, con reliquias generalmente encerradas en ricas piezas de orfebrería que eran exhibidas solemnemente en el altar mayor.

     Las modalidades de los relicarios son muy variadas, siendo los que contienen calaveras completas y los grandes huesos de las extremidades los más impactantes. Predominan los que adoptan forma de viril, de cofre o de urna, generalmente confeccionados con materiales preciosos, pero la implantación masiva de talleres escultóricos, especialmente en Valladolid, dio lugar a que desde finales del siglo XVI y durante todo el XVII se generalizaran relicarios tallados en madera, debidamente policromados, con formas de bustos, cabezas, brazos, figuras de medio cuerpo con atributos identificativos o imágenes completas con el recipiente en la peana, junto a otros, muy abundantes, que adoptan formas constructivas de variado diseño: obeliscos, pirámides, tabernáculos, templetes, retablillos, armarios, etc. En las clausuras algunas reliquias diminutas eran encerradas en trabajos bordados y como protección personal se generalizaron en los escapularios a modo de talismanes, según nos informan algunas historias del romancero.

     Atendiendo al informe del inventario que Ambrosio de Morales realizara para Felipe II en su Viaje, en el que Valladolid fue la primera ciudad que visitó, existieron importantes relicarios en el monasterio de San Benito y en los conventos de San Francisco y Las Huelgas Reales, junto a otros de la provincia localizados en los monasterios cistercienses de La Santa Espina, que toma su nombre de tan preciada reliquia, Santa María de Palazuelos, San Mancio, Matallana y Wamba, abadía ocupada por la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, así como en el monasterio jerónimo de La Mejorada, en el término de Olmedo, y en la cartuja de Aniago, próxima a Villanueva de Duero.

     Un testimonio de celebración festiva en torno a las reliquias en Valladolid, en tiempos de Felipe II, aparece reflejado en uno de los murales cerámicos del zaguán del Palacio Pimentel, recreación del talaverano J. Ruiz de Luna entre 1939 y 1940, donde se recoge el acontecimiento que supuso la llegada de la reliquia de un fémur de San Benito a Valladolid en la madrugada del 10 de julio de 1594. Se trataba de una donación al monasterio de la familia de don Diego de Álava Viamonte, gentilhombre de Felipe II e hijo de Francés de Álava, embajador en la corte francesa, donde había recibido la reliquia de manos del rey Carlos IX. La imagen muestra la multitudinaria procesión que se celebró con este motivo, que fue seguida de grandes y concurridas celebraciones con corridas de toros, juegos de cañas y otros festejos populares.

     Asimismo, puede deducirse que si Felipe II trasladó en 1561 la Corte terrenal y política de Valladolid a Madrid, no ocurrió lo mismo con la representación de la corte celestial recolectada en los copiosos relicarios, que permanecieron en sus lugares de origen, tanto en la ciudad como en la provincia.

     El coleccionismo de reliquias en Valladolid fue continuado en tiempos de Felipe III, hijo de Felipe II y Ana de Austria y apodado "el Piadoso", tarea que contó con el decidido apoyo de la Compañía de Jesús, que encontró en la construcción de salas-relicario uno de los espacios más representativos de sus conventos y seminarios jesuíticos. Buenos ejemplos fueron los relicarios vallisoletanos reunidos en la iglesia de San Ignacio (hoy parroquia de San Miguel), repartidos por los retablos de crucero, un proyecto que sufrió diversas modificaciones, y la recoleta capilla-relicario que se conserva intacta. Otro tanto ocurriría en San Ambrosio, cuyo relicario fue desintegrado, apareciendo actualmente restos diseminados por el actual Centro de Espiritualidad. Igualmente, se instalaron destacados relicarios en los centros jesuíticos de Villagarcía de Campos y Medina del Campo, conservados prácticamente íntegros, que toman como modelo los retablos y el relicario de la Casa Profesa de Valladolid.

     Margarita de Austria, esposa de Felipe III, tampoco se sustrajo al coleccionismo piadoso, como lo demuestra el nutrido relicario del coro de las Descalzas Reales, monasterio de monjas franciscanas, reedificado a instancias reales, sobre el que la reina tomó el patronato realizando generosas donaciones, tanto de obras artísticas como de reliquias, durante los años de la estancia de la Corte en Valladolid.

     Como no podía ser menos, el acopio de reliquias también fue del interés del Duque de Lerma, que incrementó y potenció los relicarios del convento dominico de San Pablo, en el que había adquirido el patronato de su capilla mayor, que recibió una ingente colección de reliquias almacenadas previamente en la iglesia de los franciscanos descalzos de San Diego.

     En el Museo de Valladolid (Palacio de Fabio Nelli) se guarda el denominado Estandarte de San Mauricio, que si estrictamente no constituye una obra maestra pictórica, tiene el valor testimonial de los grandes festejos que se celebraron en Valladolid en 1604 con motivo de la llegada desde Flandes del cuerpo de San Mauricio, ilustrando del tipo de celebraciones tan frecuentes cuando la Corte estaba establecida junto al Pisuerga. Se trata de un damasco de color carmesí, de considerables dimensiones (2,50 x 1,70 m.) y pintado en un taller local, en cuyo anverso aparece la figura de San Mauricio con uniforme militar de gala y en el reverso dos santos decapitados, mártires pertenecientes a la Legión Tebana. El estandarte fue elaborado expresamente para recibir el cortejo que, dirigido por la venerable madre Magdalena de San Jerónimo, llegaba a Valladolid desde Flandes portando los cuerpos de San Mauricio y San Pascual papa, según informa Sangrador y Vítores. Depositadas las reliquias en la casa de la Penitencia, para las que se elaboró un arca apropiado, al día siguiente fueron trasladadas hasta la catedral en solemne procesión, entre danzas y cirios, presidiendo la comitiva barroca el elegante estandarte que con devoción después se preservó para recordar aquel acontecimiento.

     Otra celebración memorable, relatada por Luis Cabrera de Córdoba en su obra Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 a 1614, tuvo lugar el 22 de septiembre de 1608, cuando fueron trasladadas en solemne procesión, contemplada por los reyes y con la asistencia de más de mil frailes de todas las órdenes de la ciudad, todas las reliquias del monasterio de San Diego hasta el relicario que el Duque de Lerma había hecho instalar en la capilla mayor de la iglesia de San Pablo. El escribano que anotó el acta, agobiado ante el ingente número de reliquias, se limitó a registrar las de los santos más importantes, englobando al resto como "diversas reliquias de santos y santas", teniéndose constancia de 44 brazos relicarios, 60 torsos de gran tamaño, otros 20 más pequeños, parte de los cuales se conservan en el Museo Nacional de Escultura, y profusión de viriles, distintas urnas y tabernáculos con forma de pequeñas construcciones, llegando un Lignum Crucis y una Santa Espina de Cristo bajo palio. Pero aparte de aquel nutrido relicario ducal, concebido a imitación de los elaborados en El Escorial, consta que el Duque de Lerma pudo hacer donaciones de reliquias a otros trece centros, entre ellos el monasterio de la Merced, el hospital de la Resurrección y los conventos del Carmen y de la Trinidad.

     Por otra parte, también acumularon importantes colecciones las carmelitas descalzas de Santa Teresa, las dominicas de Porta Coeli o Calderonas y el convento de Santa Brígida, no faltando copiosos relicarios en la práctica totalidad de conventos de la ciudad y provincia, destacando la colección reunida por las agustinas recoletas de Medina del Campo.

     Un caso especial lo constituyó el desaparecido convento de dominicas de Las Lauras, fundado en 1606 por doña María de Toledo y Colonna, segunda hija de García Álvarez de Toledo y Osorio, duque de Alba, que al enviudar de don Fadrique entregó el relicario de su patrimonio familiar a dicho convento, una de cuyas reliquias, la reproducción de la "Santa Sindone" de Turín, conseguida por su difunto esposo, llegaría a adquirir un destacado protagonismo en la vida de la ciudad, dando lugar a una romería anual, la Feria del Sudario, que como último de los actos de Semana Santa llegaría a pervivir hasta mediados del siglo XX. Las bondades de la santa reliquia fueron tantas, que con el tiempo y sin pudor llegaría a ser presentada a la veneración como la auténtica "Sábana Santa".

     Incluso la tradición procesional de Valladolid tampoco es ajena al culto a las reliquias, pues en el recinto conventual de San Francisco nació a finales del siglo XV la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, la más antigua de la ciudad, cuya advocación fue tomada del Lignum Crucis que custodiaba desde tiempos inmemoriales, procedente del fragmento conservado en el monasterio cántabro de Santa María de Liébana. Ya contando con su propio templo penitencial desde 1589, el 23 de marzo de 1661 la Cofradía encargaba al orfebre Pedro Cortés de la Cruz unas andas de plata para el relicario, participando por primera vez el 3 de mayo de aquel año en el cortejo de la fiesta de la Invención de la Cruz, una celebración donde la reliquia desfilaba bajo palio según la imagen, que a su paso por la calle de Platerías, dejaría inmortalizada el pintor palentino Felipe Gil de Mena (colección privada, Madrid).

Continuará...

Informe: J. M. Travieso.
Registro Propiedad Intelectual - Código 1202021019323

Ilustraciones:
1 Cráneo del Santo Capillas, iglesia de San Pablo, Valladolid.
2 Reliquias del Monasterio de El Escorial y de la Colegiata de Santa María de Borja (Zaragoza).
3 Relicarios procedentes del convento de San Diego, Museo Nacional de Escultura, Valladolid.
4 Edición del Viaje de Ambrosio de Morales, Madrid 1765.
5 Retablo-relicario de la iglesia de la Inmaculada Concepción, Medina del Campo.
6 Relicarios de la capilla-relicario de la iglesia de Santiago el Real, Medina del Campo.
7 Retablo relicario en la iglesia de Santa María del Castillo, Olmedo.
8 Capilla-relicario de la iglesia de San Miguel y San Julián, Valladolid.
9 Murales cerámicos con escenas de la llegada de las reliquias de San Benito a Valladolid en 1594, zaguán del Palacio Pimentel, Valladolid.
10 Estandarte de San Mauricio, Museo de Valladolid.
11 Relicarios del convento de San Diego, Museo Nacional de Escultura, Valladolid.
12 Reliquia del Lignum Crucis, iglesia de la Santa Vera Cruz, Valladolid.
13 Procesión del Lignum Crucis en 1656, Felipe Gil de Mena , Colección particular, Madrid.

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