1 de agosto de 2016

Fastiginia: Soportales de Valladolid, pragmatismo y monumentalidad

Estampas y recuerdos de Valladolid

Uno de los elementos que definen la idiosincrasia de la arquitectura popular vallisoletana son los soportales. Estos delinean el trazado de la parte antigua más emblemática, permitiendo al viandante recorrer largas distancias y enlazar puntos estratégicos a resguardo, protegido de las inclemencias del tiempo, ya sea del intenso frío invernal o del inmisericorde sol de justicia de los veranos que año tras año conoce la ciudad. Estamos tan acostumbrados a transitar por ellos de forma natural que no reparamos en sus efectos benéficos y mucho menos en su razón de ser. Sin embargo, constituyen el primer elemento arquitectónico que intentó dar soluciones pragmáticas a los ciudadanos cuando aún no se conocía el significado del término "urbanismo".

Ahora bien, ¿qué es un soportal?. Aunque pueda ser fácil definirle como un pórtico que algunos edificios o manzanas presentan en sus fachadas precediendo a las entradas de las viviendas y los establecimientos comerciales que se encuentran en ellas, su planteamiento arquitectónico tiene más enjundia.

Diremos en primer lugar que los soportales son espacios que se colocan a medias entre lo privado y lo público, entre lo cerrado y lo abierto, entre lo interior y lo exterior, entre la casa y la ciudad, es decir, que tienen una naturaleza ambivalente, tanto en lo arquitectónico como en lo urbanístico, con claras implicaciones funcionales y significativas, pudiendo ser entendidos como espacios híbridos al poder ser planteados tanto desde dentro como desde fuera de los edificios.

Se quiere encontrar su origen en los palenques o portales cubiertos que precedían la delantera de la tienda de un comerciante en civilizaciones antiguas, como en la romana. En un proceso de alineación regular de portales colindantes, se acabaría por configurar un paseo cubierto para el público convertido en estructura arquitectónica fija, dando lugar a la secuencia continua de espacios arquitectónicos abiertos que constituye el soportal, lugar de tránsito y comunicación.
Por este motivo, el soportal puede ser entendido como un elemento arquitectónico que presenta una estructura elemental de carga y soporte que define un recinto espacial, en el caso vallisoletano utilizando como estructura elemental un sistema adintelado que remite al esquema ideal de la forma arquitectónica. No obstante, no se trata de un espacio autónomo, desligado del edificio del que forma parte estructural, ya que en realidad constituye parte de la planta baja de una construcción concreta, aunque abierta al dominio público. En este punto se plantea su dicotomía, pues como espacio longitudinal, transitable y dinámico, también adquiere el valor de un elemento urbanístico.

Teniendo en cuenta que la mayoría de los soportales de Valladolid fueron remodelados entre 1562 y 1576, como consecuencia del incendio producido el 21 de septiembre de 1561, que afectó gravemente a buena parte del centro urbano, se explica que respondan a un planteamiento teórico del urbanismo renacentista por el que, articulados con un riguroso y uniforme orden geométrico, adquieren la función de una calle porticada con vocación perpetua, que se impregna de los valores del edificio bajo el que discurre, pasando a formar parte de un urbanismo que identifica la ciudad ideal con la ciudad funcional.

Por tanto, podría decirse que los soportales, entendidos tanto como elementos arquitectónicos como urbanísticos, responden a una forma de entender la historia de la ciudad. Y no hay carga simbólica de poder y elemento del orden racional de la arquitectura más evocador que la columna, el elemento más significativo de la configuración de los soportales, que formando largas hileras definen su aspecto exterior al tiempo que actúan como cerramiento interior. Según esta disposición, el espacio del soportal hace percibir al edificio como suspendido sobre un espacio ajeno inferior, con una dimensión de vuelo sobre un ámbito que no le es propio, potenciando el contraste entre lo construido y lo vacío.

Asimismo, el hecho de que las largas hileras de los soportales recorran buena parte del centro neurálgico de la ciudad, explica la elección, en aquellos años del siglo XVI, de un elegante tipo de columna de aire clasicista y orden toscano, en su mayoría con fustes monolíticos de granito procedente de las canteras de la población abulense de Cardeñosa, que soportan zapatas y dinteles de madera como solución genuinamente castellana que diferencia a los soportales vallisoletanos de los de otros territorios. 

De modo que estos espacios públicos, configurados por cientos de columnas —con pilastras angulares en algunos casos—, adquieren un carácter monumental de primer orden, constituyendo uno de los principales alicientes del trazado urbano que afortunadamente se han preservado cuando muchos de los edificios han sido reconstruidos o rehabilitados.


También conviene recordar que los soportales como espacios públicos contaron con sus propias peculiaridades. Entre ellas se encuentran los "ojos ocultos", unos pequeños huecos practicados en los techos de los soportales que tuvieron una doble finalidad. Por un lado, como trampillas para facilitar la llave de la vivienda cuando las puertas estaban cerradas, algo muy práctico en una ciudad con abultada población universitaria; por otro, para el control de los comerciantes de sus clientes en los negocios de la planta baja. Estos huecos, generalizados en la Plaza Mayor, que cumplieron una importante función social y económica, fueron tapados o eliminados en la mayor parte de las casas reformadas, aunque perviven algunos testimoniales y actualmente la normativa exige a los constructores que respeten las "mirillas" en las obras de rehabilitación.

Otra peculiaridad, igualmente perdida en parte, fue la estructuración de los locales comerciales de los soportales a dos niveles, uno bajo con el despacho comercial a ras de calle, y otro superior con el taller o almacén. Esta distribución, que se mantuvo en el nuevo trazado de la calle de las Platerías —sin soportales— en el siglo XVI, constituye un modelo genuinamente vallisoletano de instalación comercial, con origen en la actividad de los gremios.

También relacionada con los gremios es otra de las singularidades de los soportales, pues aunque estos tenían continuidad en su trazado, no ocurría lo mismo con los edificios que en ellos se sustentaban, siendo numerosos los callejones que en la Plaza Mayor separaban unos bloques de otros, generalmente relacionados con las actividades de determinados gremios, subsistiendo —con entradas no fácilmente visibles— los de Boteros y Torneros.

Por todo lo expuesto, debemos considerar y valorar los céntricos soportales de Valladolid no sólo como una muestra de arquitectura popular con características típicamente castellanas, sino también como un elemento arquitectónico con vocación monumental que se integra en el rico patrimonio de la ciudad. En este sentido, y con cierta modestia, se podrían equiparar a los de Bolonia —40 km. de soportales—, considerados como el acervo más importante de la ciudad italiana y candidatos a ser nombrados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.
















Antigua trampilla conservada en los soportales de la Plaza Mayor































Tiendas en la Plaza Mayor con los dos niveles tradicionales
















Soportales de la Plaza Mayor en los años 40















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