16 de septiembre de 2016

Theatrum: SAN IGNACIO DE LOYOLA, afán naturalista en el barroco andaluz













SAN IGNACIO DE LOYOLA
Pedro Roldán (Sevilla, 1624-1699)
Hacia 1660
Madera policromada
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Procedente del Colegio de las Becas (Compañía de Jesús), Sevilla
Escultura barroca española. Escuela andaluza













A lo largo del siglo XVII, a pesar del delicado trance económico por el que atravesaba el país, la escultura española conoció en Andalucía un momento esplendoroso en el que la creatividad se focalizó en torno a las escuelas de Sevilla y Granada, cuya trascendencia sería decisiva en las artes plásticas del barroco andaluz. En la extensa nómina de escultores andaluces de la escuela sevillana, que consolidaron la tendencia al barroquismo, son destacables los talleres de Juan Martínez Montañés (Alcalá la Real, Jaén, 1568-Sevilla, 1649), Juan de Mesa (Córdoba, 1583-Sevilla, 1627), José de Arce (Flandes, c. 1600-Sevilla, 1666) y Pedro Roldán (Sevilla, 1624-1699), cuya actividad fue después continuada por Luisa Roldán, la Roldana (Sevilla, 1652-Madrid 1706) y Pedro Duque Cornejo (Sevilla, 1677-Córdoba, 1757). Por su parte, tras la notable actividad de los hermanos Jerónimo, Francisco y Miguel García, la escuela granadina fue iniciada por Alonso Cano (Granada, 1601-1667) y continuada por su colaborador Pedro de Mena (Granada, 1628-Málaga, 1688), a los que siguieron José de Mora (Baza, Granada, 1642-Granada, 1724), discípulo de Alonso Cano, José Risueño (Granada, 1665-1721), Andrés de Carvajal (Fondón, Almería, 1709-Antequera, Málaga, 1779) y Fernando Ortiz (Málaga, 1717-1771), por citar los más renombrados.

Una personalidad artística bien definida fue la de Pedro Roldán, en cuya obra, caracterizada por un eclecticismo armónico, fue capaz de fusionar el naturalismo y la impronta clasicista de Martínez Montañés con la elegancia y dulzura de las obras escultóricas de Alonso Cano, siendo decisiva la influencia de su contemporáneo José de Arce en el afán de movimiento y la profusión de plegados, de recuerdos berninianos. Pedro Roldán siempre se muestra preocupado, desde su personal estilo, por la renovación iconográfica del repertorio religioso tradicional, siendo el creador de uno de los talleres familiares más numeroso y activo del barroquismo andaluz en el que se trabajaron retablos, esculturas y elementos decorativos en madera, piedra, mármol, marfil o terracota.

BREVE SEMBLANZA DE LA BIOGRAFÍA Y LA OBRA DE PEDRO ROLDÁN

Pedro Roldán nació en Sevilla en 1624, hijo del carpintero Marcos Roldán e Isabel de Onieva, que en 1609 se habían casado en Antequera, de donde eran oriundos, y fue bautizado en la parroquia del Sagrario de Sevilla el 14 de enero de aquel año1. Siendo niño, se desplazó con su familia a Orce (Granada), donde murió su padre. En 1638 aparece documentado como aprendiz en el taller que Alonso de Mena tenía en Granada, donde permaneció hasta que se produjo la muerte de su maestro en 1646. En 1642, cuando tenía 18 años, había contraído matrimonio2 en Granada con Teresa de Jesús Ortega, pariente de Alonso de Mena. En 1647, ya formado y con el título de maestro escultor, abre su propio taller en la plaza de Valderrama, en el barrio de San Marcos de Sevilla.
Pedro Roldán. Dolorosa, 1670. Bode Museum, Berlín
En ese momento inicia en la ciudad hispalense un intenso trabajo para iglesias, conventos, hermandades y catedrales que le proporciona prestigio y considerables ganancias, influyendo en ello la marcha de Alonso Cano a Madrid en 1647 y que Martínez Montañés ya permaneciera inactivo. En su taller trabajaron cuatro de sus hijos, entre ellos sus hijas Francisca y Luisa (la Roldana), tres yernos y su sobrino Julián. Así se define lo que se considera su primera etapa —1647-1665—, en la que realizó la mayoría de sus imágenes procesionales. Sus obras, sobre la base de su formación naturalista, comienzan a asimilar las novedades barrocas a través de un estilo definido por la contención emocional, la elegancia de formas y la libertad compositiva.
Entre sus obras destacan el retablo de Santa Ana de Montilla (1652), las imágenes del arcángel San Miguel de la iglesia de San Miguel de Marchena y de la iglesia de San Vicente de Sevilla (1657), así como el San José de la catedral de Sevilla (1664). Pedro Roldán ejercería en Sevilla como profesor de dibujo en la Academia de la Lonja, fundada por Murillo en 1660.

A partir de 1666, en una segunda etapa profesional que se prolongará hasta 1680, sus obras muestran una plena madurez que en nada recuerdan los modos de Alonso de Mena, con un cambio hacia formas más sueltas y movidas, a un concepto pictórico, influido por los grabados italianos llegados a los talleres sevillanos, predominando las masas ondulantes, los grandes plegados, la menuda talla de los cabellos y los valores teatrales de las composiciones. Representando a una renovada escuela sevillana, plenamente barroca, sus esculturas comenzarían a ser reclamadas desde Sevilla, Cádiz, Córdoba, Jaén, Tenerife e incluso Hispanoamérica.

Pedro Roldán. Santo Entierro, 1670-1673. Hospital de la Caridad, Sevilla
Obra maestra es considerado el gran relieve del Descendimiento del retablo de la Piedad que realizara entre 1666 y 1669 para la capilla de los Vizcaínos de la desaparecida iglesia de San Francisco, hoy conservado en la parroquia del Sagrario de Sevilla, donde da muestras de su capacidad para la composición plástica inspirado por las narraciones de Fray Luis de Granada, con trece figuras cuya escenografía es resaltada por la policromía de Juan Valdés Leal.

Genial obra maestra es igualmente el grupo del Santo Entierro del retablo mayor de la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, elaborado entre 1670 y 1673 en colaboración con el ensamblador Bernardo Simón Pineda, donde establece una desbordada escenografía litúrgica, compuesta por diez figuras y un relieve pintado al fondo con el Gólgota —de nuevo con policromía de Valdés Leal—, que representa el máximo ejercicio de la caridad predicada por la institución, fundación de Miguel de Mañara, rico comerciante sevillano. En el mismo retablo también se encuentran las esculturas de San Jorge y San Roque, símbolos de la Caridad, junto a Virtudes y ángeles en la parte superior, cuyo significado recordaba la epidemia de peste que asoló Sevilla en 1649.

Pedro Roldán. Izda: Cristo de la Caridad, 1672, Hospital de la Caridad, Sevilla
Dcha: Cristo del Perdón, 1679. Iglesia de Sta. María Coronada, Medina Sidonia
 
Para la capilla de San Jorge del mismo Hospital de la Caridad de Sevilla, hacia 1672 Pedro Roldán realizaba la imagen del Cristo de la Caridad, que le representa de rodillas y maniatado, con una iconografía derivada del Cristo del Perdón de Manuel Pereira, en la que el escultor demuestra su afán por innovar los pasajes pasionales más conmovedores de acuerdo a los postulados trentinos, como también lo hiciera siete años después en el Cristo del Perdón de la iglesia de Santa María Coronada de Medina Sidonia, donde hace todo un alarde de naturalismo anatómico.

En 1675 Pedro Roldán recibía el encargo de realizar en piedra los relieves de la Huída a Egipto y Jesús entre los Doctores, junto a las estatuas de San Pedro y San Pablo, para la fachada de la catedral de Jaén, obras en las que colaboró su sobrino Julián. Para la balaustrada de la misma fachada, en 1677 le era solicitada la serie de esculturas que representan a San Fernando, los cuatro Evangelistas y los cuatro Doctores de la Iglesia, conjunto que aporta un gran movimiento y grandilocuencia a la clasicista estructura arquitectónica3.

Pedro Roldán. Santa Bárbara, 1696. Iglesia de Santa Bárbara, Écija
Otras destacadas obras de su prolífica segunda época son la escultura de San Fernando de la catedral hispalense, elaborada en 1671 con motivo de los fastos de la canonización del que fuera el conquistador de Sevilla, que aparece con atributos guerreros (de ella realizaría varias réplicas). Expresivo es el grupo de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen (1672), con versiones en las iglesias sevillanas de la Santa Cruz y del Santo Ángel, así como el Cristo atado a la columna (1675) de la iglesia de Santiago de Lucena, encarnado por Bernabé Jiménez de Illescas, admirable por su naturalismo.

A partir de 1680, en su tercera y última época, Pedro Roldán continuó realizando retablos, esculturas devocionales exentas y obras procesionales caracterizadas por el profundo estudio de la anatomía, una expresividad de fuertes valores teatrales, acordes con la sociedad barroca andaluza, un patetismo acentuado y una exquisita policromía, colaborando en algunas de sus obras su hija Luisa Roldán, la Roldana. En 1680 realizaba las esculturas del retablo de la iglesia de Santiago del municipio sevillano de Carmona y las del retablo de la iglesia de Nuestra Señora de las Virtudes de la población gaditana de Villamartín.
Son destacables el Cristo de la Expiración (1680) de la iglesia de Santiago de Écija y la imagen de vestir de Jesús Nazareno (1685) de la iglesia de Nuestra Señora de la O de Sevilla. En 1687 realizaba el diseño de San Germán y San Servando, patronos de Cádiz, que finalmente serían realizados ese año para la catedral gaditana por su hija Luisa.

Pedro Roldán. San Fernando y San Pedro, 1698
Hospital de los Venerables, Sevilla 
Entre sus últimas obras se encuentran el Cristo del Silencio (1697) de la Cofradía de la Amargura, con sede en la iglesia sevillana de San Juan de la Palma, en cuya elaboración ya intervino el taller, las esculturas sedentes de San Pedro y San Fernando (1698) de la iglesia del Hospital de los Venerables de Sevilla y el admirable Cristo atado a la columna (1698) de la iglesia de San Juan Bautista de La Orotava (Tenerife), que fue dejado inacabado por el maestro y rematado por La Roldana.

Pedro Roldán moría en Sevilla en 1699, a los setenta y cinco años de edad, siendo enterrado en la iglesia sevillana de San Marcos. Dejaba como legado un extensísimo catálogo de obras religiosas diseminadas por la geografía española en múltiples variedades, como retablos, esculturas en piedra, tallas procesionales, santos de vestir, etc., con un estilo muy personal que tras su muerte fue continuado en el taller familiar, que pasó a ser dirigido por su hijo Marcelino José, y por sus seguidores, entre ellos su hija La Roldana y su nieto Pedro Duque Cornejo.

LA ESCULTURA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA DE VALLADOLID       

Izda: Pedro Roldán. San Ignacio de Loyola. Museo Nal. de Escultura
Dcha: José de Arce. San Francisco, 1650. Iglesia de San Francisco de Asís y
santuario mariano de Ntra. Sra. de la Soledad, Las Palmas de Gran Canaria
En 1985 el Estado adquiría en el mercado del arte y después entregaba al Museo Nacional de Escultura de Valladolid una buena serie de esculturas barrocas españolas, pertenecientes a la antigua colección que tenía en Barcelona el empresario, político y coleccionista de origen cántabro Joan Antoni Güell. Entre ellas figuraba la imagen de San Ignacio de Loyolacuya procedencia podría establecerse en el desaparecido Colegio de las Becas que la Compañía de Jesús tenía abierto en Sevilla, en activo hasta que en 1767 fueron confiscados tanto el edificio como los bienes de los jesuitas. Tradicionalmente se venía atribuyendo a Alonso Cano, aunque el estudio riguroso de las características estilísticas y técnicas de la obra permite su indudable atribución a Pedro Roldán, viniendo de esta manera a llenar la carencia en el museo de alguna obra representativa de un autor tan significativo en el apogeo del barroco sevillano.

La escultura, de tamaño inferior al natural —1,10 m. de altura—, representa al fundador de la Compañía de Jesús que, junto a San Francisco Javier, Santa Teresa, San Isidro y el italiano San Felipe Neri, fue canonizado el 12 de marzo de 1622 por el papa Gregorio XV. Este hecho motivó en España la multiplicación de celebraciones litúrgicas en torno a ellos y su presencia continuada en procesiones y sermones, lo que dio lugar a la demanda masiva de sus imágenes, cuya iconografía, tanto pictórica como escultórica, fue interpretada por los artistas barrocos de acuerdo a los postulados contrarreformistas, siendo geniales las esculturas realizadas por Juan Martínez Montañés en Sevilla en 1610, después de su beatificación en 1609 (iglesia de la Anunciación, Universidad de Sevilla), y por Gregorio Fernández en Valladolid en 1622 con motivo de su canonización (iglesia de San Miguel, antiguo templo de la Compañía de Jesús).

Igualmente meritoria es esta escultura de Pedro Roldán, en la que el santo fundador de la Societas Iesu o Compañía de Jesús aparece de pie, revestido con la sotana ceñida a la cintura por un cíngulo anudado y el manto negro que define el hábito jesuita, mientras sujeta en su mano derecha el libro abierto de sus Ejercicios Espirituales y en la izquierda una austera cruz (tal vez en origen un crucifijo perdido).

A pesar de su aspecto trascendente y reflexivo, la figura de San Ignacio presenta un gran dinamismo en virtud de una posición de contraposto que le permite adelantar la rodilla derecha, lo que unido al giro hacia la izquierda de la cabeza y la disposición contrapuesta de los brazos le infunde el elegante movimiento con que la figura se mueve en el espacio, un recurso expresivo que al igual que el modo de trabajar la caída y los pliegues del hábito y el manto denota la influencia de los modos expresivos de las esculturas del escultor contemporáneo José de Arce.

Como es habitual, Pedro Roldán se esmera en la talla de la cabeza y las manos en la búsqueda de naturalismo. El santo es representado joven, con calvicie pronunciada y los cabellos meticulosamente delineados en densos mechones en contraste con su barba incipiente, con aplicación de ojos de cristal cuya mirada se pierde en el infinito. Como es habitual en las obras de Pedro Roldán, el acabado presenta una rica policromía de tipo preciosista que tal vez fue aplicada por él mismo, destacando las tonalidades mórbidas de las carnaciones y los motivos vegetales de las vestiduras, cuyo estofado, a base de esgrafiados selectivos que dejan aflorar el oro subyacente, proporcionan una gran luminosidad a la figura. El afán naturalista le lleva a reproducir, con evidente efectismo y teatralidad, la escritura de las páginas abiertas del libro.

El mismo trabajo minucioso de la cabeza se repite en la Cabeza de apóstol que, como resto de una imagen vestidera inequívocamente de Pedro Roldán, también se guarda en el Museo Nacional de Escultura procedente de la colección Güell.       


Informe y fotografías: J. M. Travieso.


NOTAS

1 El acta del bautismo de Pedro Roldán en la iglesia del Sagrario de Sevilla fue dado a conocer por Heliodoro Sancho Corbacho, que con ello corregía la tradicional afirmación de que Pedro Roldán había nacido en Antequera, población de la que eran oriundos sus padres.

2 El expediente matrimonial de Pedro de Mena fue publicado por Gallego Burín en un trabajo sobre el escultor.

3 SÁNCHEZ-MESA MARTÍN, Domingo: El arte del Barroco. Escultura, pintura y artes decorativas. Historia del Arte en Andalucía, vol. VII, Editorial Gever, Sevilla, 1998, p. 249. 




























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