12 de marzo de 2014

Bordado de musas con hilos de oro: ¿QUÉ PÁJAROS?, de Pedro Salinas


¿QUÉ PÁJAROS?

¿El pájaro? ¿Los pájaros?
¿Hay sólo un solo pájaro en el mundo
que vuela con mil alas, y que canta
con incontables trinos, siempre solo?
¿Son tierra y cielo espejos? ¿Es el aire
espejeo del aire, y el gran pájaro
único multiplica
su soledad en apariencias miles?
(¿Y por eso
le llamamos los pájaros?)
¿O quizá no hay un pájaro?
¿Y son ellos,
fatal plural inmenso, como el mar,
bandada innúmera, oleaje de alas,
donde la vista busca y quiere el alma
distinguir la verdad del solo pájaro,
de su esencia sin fin, del uno hermoso?

PEDRO SALINAS

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10 de marzo de 2014

VIAJE: RECORRIDO POR LA RIOJA, del 28 al 30 de marzo 2014

PROGRAMA

Viernes 28 de marzo
Salida a las 15,30  h. desde el Camino Viejo de Simancas-Vallsur y a las 15,45 h. desde la plaza de Colón con dirección a Vitoria. Visita excepcional  a la catedral. A continuación visita nocturna a la ciudad. Cena en un restaurante de Vitoria. Al finalizar la cena traslado hasta Haro, con alojamiento en Hotel ETH***.             
                           
Sábado 29 de marzo
Salida de Haro hacia Laguardia y visita a la iglesia de Santa María de los Reyes. A continuación traslado a San Vicente de la Sonsierra, cuna de los picaos, y visita a la villa. Visita a las Bodegas de Esteban Bilbao y regreso a Haro. Comida en el hotel. Por la tarde traslado al Valle Salado de Añana, con visita guiada a las salinas. Al finalizar, regreso a Haro y visita al casco antiguo de la ciudad. Tiempo libre. Cena y alojamiento en el Hotel ETH.
  
Domingo 30 de marzo
Visitas por la mañana a la población de Santo Domingo de la Calzada y a los monasterios riojanos de Cañas y de Suso, con comida en este último. Por la tarde regreso a Valladolid.


PRECIO SOCIO: 175 € (habitación doble).
PRECIO NO SOCIO: 180 € (habitación doble).
PRECIO SOCIO: 215 € (habitación individual).
PRECIO NO SOCIO: 220 € (habitación individual).


INCLUYE:  Viaje en autocar; régimen de pensión completa; visitas especificadas; dossier y seguro de viaje.

NO INCLUYE: Extras de hotel.

REQUISITOS: Grupo mínimo 35 personas.

INFORMACIÓN Y RESERVA DE PLAZAS: Por correo en la dirección domuspucelae@gmail.com o llamando al teléfono 608 419228 a partir de las 0 horas del 8 de marzo.


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7 de marzo de 2014

Visita virtual: VIRGEN DE MELUN, una esplendorosa fantasía en la corte francesa













VIRGEN DEL DÍPTICO DE MELUN
Jean Fouquet (Tours, 1420 - 1481)
1450
Óleo sobre tabla
Museo Real de Bellas Artes, Amberes
Pintura gótica francesa de transición al Renacimiento














Medallón con esmalte sobre cobre con el autorretrato de Jean Fouquet
Perteneciente al marco del Díptico de Melun. Museo del Louvre, París
Esta obra maestra de la última pintura gótica realizada en Francia, en origen integrante del célebre Díptico de Melun, es obra del pintor Jean Fouquet, que en ella supo condensar toda una época marcada por los conflictos armados entre Francia e Inglaterra en la inacabable Guerra de los Cien Años. El pintor hace gala de una de unas novedosas composiciones en las que, sobre la base de un magistral dominio del dibujo y del color, aplicados a escenas cargadas de equilibrio y mesura, consigue impresionantes texturas y efectos plásticos al asimilar por una parte las novedades de los grandes creadores de la pintura flamenca de su tiempo y por otra las innovaciones científicas procedentes del Quattrocento italiano. El resultado es sorprendente.

EL PINTOR JEAN FOUQUET

Nacido hacia 1420 en Tours, en la región del Loira, inicia su formación en el taller que el Maestro de Bedford tenía abierto en París y la completó en Bourges trabajando junto a los hermanos Limbourg, famosos miniaturistas. Durante esos años Francia vivía una situación extremadamente inestable marcada por la Guerra de los Cien Años (1337-1453), de modo que, cuando en 1422 se perdieron los territorios de los alrededores de París, la corte, buscando zonas más seguras, se trasladó a Bourges, Provenza y los territorios del Loira. Con ello se desplazaba también el foco artístico de París, apareciendo distintos maestros a la cabeza del arte de cada región, con Jean Fouquet destacando en el entorno del Loira.

Jean Fouquet. Construcción de la catedral de Bourges
Miniatura de Antigüedades Judías, Biblioteca Nacional, París 
En 1445, siendo muy joven, emprendió un viaje a Roma, posiblemente acompañando a un familiar del arzobispo de Tours. En Roma establecía una estrecha amistad personal con el arquitecto y escultor Filarete, así como con Fra Angélico y otros pintores que colaboraban en la reconstrucción de la ciudad, siendo admirada por los italianos su capacidad para reproducir la realidad a través de la técnica flamenca que ya dominaba plenamente. Durante una estancia de tres años, tendría la oportunidad de conocer las corrientes artísticas procedentes de Florencia, especialmente la obra de Donatello, Massaccio, Paolo Uccello y Piero della Francesca, cuyos planteamientos técnicos influirían en la obra realizada a partir de su regreso a Tours, donde por entonces se había establecido la corte, sorprendiendo en el panorama de la pintura francesa la síntesis entre los estilos de pintura de Flandes e Italia que era capaz de ejercitar para definir un sello personal e inconfundible.

En Tours contrajo matrimonio y tuvo dos hijos, Louis y François, con el tiempo también pintores. A partir de 1450 comienza a trabajar como pintor y miniaturista para la corona, realizando encargos de distintos consejeros de Carlos VII, como el retrato del Canciller Guillaume Jouvenel des Ursins (Museo del Louvre), realizado hacia 1460. En esos años comienza a realizar un espléndida obra de iluminación miniaturista en la que, junto al gusto por el detalle de raigambre flamenca, incorpora paisajes y arquitecturas que demuestran la asimilación de los avances italianos. A su labor de pintor y miniaturista se añadiría su faceta de decorador en las tradicionales representaciones teatrales de los Misterios, obras efímeras de gran éxito popular que, aunque no se conservan, si aparecen documentadas, lo que confirma su carácter polifacético.

Jean Fouquet. Etienne Chevalier con San Esteban, 1450
Díptico de Melun, Gemäldegalerie, Berlín
A la muerte de Carlos VII continúa trabajando para Luis XI, su hijo y sucesor, que en 1469 se instala en Tours. Es entonces cuando recibe la ansiada titulación de pintor del rey, convirtiéndose en el pintor más prestigioso del momento en el panorama francés. Para el nuevo monarca ilustra con magistrales miniaturas los Estatutos de la Orden de Saint-Michel, de fundación real.

Jean Fouquet fallecía en Tours en 1481, dejando un legado pictórico que por desgracia no se ha conservado íntegramente, aunque algunos de sus retratos son obras capitales para la historia de Francia, como el ya citado del Canciller Guillaume Jouvenel o el del rey Carlos VII, ambos en el Louvre, así como una buena representación de pintura religiosa y una excepcional obra miniada, como el Libro de Horas de Etienne Chevalier (Museo Condé, Chantilly), las Grandes crónicas de Francia (Biblioteca Nacional de París) o su intervención aportando doce miniaturas al códice de las Antigüedades judías de Flavio Josefo (Biblioteca Nacional de París), donde incluyó la célebre escena de la construcción de la catedral de Bourges.     

EL DÍPTICO DE MELUN

En este contexto histórico, con el final de las hostilidades inglesas ya próximo, hacia 1450 Jean Fouquet pinta el Díptico de Melun por encargo de Etienne Chevalier, platero, tesorero y ministro de Hacienda de los reyes Carlos VII y Luis XI, que lo destinó a su capilla funeraria, adquirida en la iglesia colegial de Nôtre Dame de la villa de Melun. Los dos paneles conformaban un motivo devocional a partir de dos escenas complementarias que venían a configurar una tradicional imagen religiosa con la presencia del donante, en este caso con el influyente funcionario cortesano rindiendo culto a una original Virgen de la Leche. 
Así permaneció hasta que los paneles fueron separados a finales del siglo XVIII, a consecuencia de la Revolución Francesa, perdiendo las tablas, cuando se vendieron por separado, el verdadero significado de su composición. Hoy día el panel izquierdo se conserva en la Gemäldegalerie de Berlín, mientras que el derecho es una de las joyas del Museo Real de Bellas Artes de Amberes.

Panel izquierdo: Etienne Chevalier como donante
Jean Fouquet representa a Etienne Chevalier de medio cuerpo, con un giro de tres cuartos, arrodillado y con las manos en actitud de oración a la altura del pecho. Su retrato es sereno y sentimental, con minuciosos detalles que describen los rasgos faciales y virtuosas texturas en la indumentaria. Junto a él, también en escorzo, aparece San Esteban, su santo patrón, revestido con una dalmática de diácono y sujetando un libro en su mano izquierda sobre el que reposa una piedra de aristas vivas, la que fuera la causa de su muerte por lapidación, con regueros sangrantes visibles en su cuero cabelludo tonsurado, mientras su mano derecha colocada sobre el hombro del donante afirma su función protectora. Si en estas figuras prevalecen los modos flamencos, en el muro del fondo se aplican principios ópticos y un tipo de arquitectura italianizante de tipo albertiano, exuberante de luminosidad y de texturas minerales.
También para Etienne Chevalier, entre 1452 y 1456, realizaría el pintor un magnífico Libro de las Horas, ornamentado originariamente con hasta sesenta miniaturas, en las que de nuevo incluiría sugestivas arquitecturas clásicas, inspiradas en el Quattrocento italiano, en los fondos de las escenas.

Panel derecho: La Virgen de la Leche o Virgen de Melun
Si el panel izquierdo, pese a sus innegables calidades pictóricas, viene a sumarse a los convencionalismos de los espléndidos retratos de tipo flamenco realizados por los grandes maestros primitivos, la tabla dedicada a la Virgen con el Niño es realmente original y novedosa, tanto por su experimentación técnica como por su insólita iconografía.

Básicamente, Jean Fouquet representa a la Virgen entronizada en posición frontal, aunque ligeramente escorzada hacia la izquierda, siendo su elemento más llamativo el pecho al aire que le encuadra en la modalidad de Virgen de la Leche. 
Todo lo demás está cuajado de pequeños detalles que la definen como una obra maestra del siglo XV, manteniendo la característica composición utilizada por el pintor a partir de una construcción geométrica del espacio y las formas, bien apreciable en la forma oval de la cabeza virginal o en la forma esférica de los senos, siguiendo los experimentos italianos de Paolo Uccello o Piero della Francesca.

La Virgen aparece sentada sobre un rico trono en forma de sillón frailero, con el respaldo y los apoyabrazos ornamentados con grandes bolas de ónix y placas de ágata, piedras preciosas engarzadas y perlas de gran tamaño de las que hicieron furor en el siglo XV. Los efectos de la luz sobre las bolas de ónix pulimentado que conforman grandes borlones, especialmente el reflejo de una ventana del estudio del pintor, remite inevitablemente a las experiencias de Jan van Eyck en 1434 en el espejo de la alcoba del Matrimonio Arnolfini (National Gallery, Londres), mientras que los veteados de las placas, que se repiten en la tabla complementaria, siguen las experiencias florentinas de Andrea del Castagno.

La figura de la Virgen, siguiendo los dictados estéticos de la época, muestra una cintura estrechísima, con un corpiño con cintas que deja visible una fina saya interior y uno de los senos, en el mismo color gris azulado y tejido sedoso que la airosa falda con un recogido en la cintura. Realzando su carácter de reina, luce una lujosa corona, con aplicaciones de oro, piedras preciosas y perlas, bajo la cual pende una toca transparente que deja visible una frente afeitada y una cinta dispuesta según la moda cortesana del momento. Completa sus atributos con un elegante manto de armiño blanco, del mismo tipo a los utilizados por los reyes franceses, que se apoya con delicadeza en los hombros. 
En su regazo, apoyado sobre las rodillas y sutilmente entronizado sobre los pliegues del manto, descansa la figura del Niño, representado en escorzo como un tierno infante que apenas aparece cubierto con un con un sucinto velo en sus partes pudorosas. En origen, su calculada posición le hacía corresponder de frente con la figura del donante en la tabla complementaria, al que señala con su dedo índice.

Ambas figuras, con una carnación nacarada, finas cejas y frentes despejadas, remiten al ideal de belleza en la corte francesa, aquí resuelto aplicando al tipo de Madonna italiano el tratamiento de finas veladuras y el tipo de sombreado de la pintura flamenca, una técnica que confiere a la obra una superficie con aspecto de esmalte sobre la base de un exquisito dibujo.

Pero si esta representación ya es meritoria por sí misma, hay dos elementos que realzan su interés y que no pasan desapercibidos. Por un lado, el original acompañamiento en torno al trono de una corte de nueve ángeles monócromos: seis serafines rojos y tres querubines azules. Esta original forma de representar seres sobrenaturales se basa en los escritos de los Padres de la Iglesia y no son ajenos a los modelos italianos de Fra Angélico, aunque Jean Fouquet trastoca el motivo para componer un fondo fantástico que lo convierte en una obra única por su grado de fantasía espectral.


Por otra parte, la pintura encierra una codificación secreta que la tradición ha desvelado, pues los rasgos de María corresponden a los de Agnes Sorel, la atractiva favorita del rey Carlos VII que sería la primera amante de un monarca reconocida de forma oficial, mujer con la que el comitente de la pintura, Etienne Chevalier, ejerció como albacea testamentario.

La que fuera conocida como Dame de beauté, en principio dama de compañía de Isabel de Lorena, reina consorte de Nápoles, y después de María de Anjou, esposa de Carlos VII de Francia, fue presentada al monarca cuando contaba veinte años, convirtiéndose en su amante y llegando a tener tres hijas con el rey francés, María, Carlota y Juana, recibiendo como donación real el castillo de Loches, vinculado a la figura de Juana de Arco, como residencia privada. Agnes Sorel implantó una moda de tipo "princesa" que tomó su nombre, siendo la prenda más conocida el tipo de corsé ilustrado en esta pintura de Jean Fouquet.

La hipótesis en torno a la identificación de la que fue considerada la mujer más hermosa de Francia se refuerza si se compara la figura de la Virgen de Fouquet con la efigie del sepulcro de Agnes Sorel que se conserva en la iglesia colegial de Saint-Ours, en la población de Loches, después de su muerte en Jumièges, posiblemente envenenada, a los veintiocho años.

A pesar de no conservarse de este pintor una producción numerosa de pintura de caballete, esta obra es suficiente para colocar su personalidad no sólo en la cumbre de la pintura francesa tardomedieval, sino entre los mejores maestros de la pintura europea de todos los tiempos.


Informe: J. M. Travieso















































Detalle del sepulcro de Agnes Sorel
Colegiata de Saint Ours, Loches




















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Exposición: LA VIRGEN DE MELUN, del 12 de febrero al 25 de mayo 2014



MUSEO DEL PRADO
Sala 57A

Dentro del programa La obra invitada, Pilar Silva, Jefe de Departamento de Pintura española (1100-1500) y Pintura flamenca y Escuelas del norte, comenta la obra "La Virgen con el Niño y ángeles", de Jean Fouquet, procedente del Real Museo de Bellas Artes de Amberes.


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5 de marzo de 2014

Cine en el Museo: THÉRÈSE, 7 de marzo 2014


MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. EDIFICIO VILLENA
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid

SEMANA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Thérèse es un drama francés dirigido por Alain Cavalier sobre Thérèse Martin, nacida en 1873, más conocida como Santa Teresita del Niño Jesús o Teresa de Lisieux. Al igual que dos de sus hermanas mayores antes que ella, Thérèse está decidida a convertirse en monja carmelita a pesar de que oficialmente es demasiado joven. Su obstinación la lleva a ingresar en la orden, y su relación amorosa con Jesús marca su corta vida.

Se trata de un acercamiento muy personal, profundo y cuestionador del director: "Quiero hacer una película sobre gente que el silencio es la regla". Por ello, suprime cualquier exterior y las acciones se desarrollan delante de un muro siempre blanco o gris, que resalta lo esencial, es decir, las personas y los escasos objetos cargados de simbolismo.

Thérèse obtuvo el Premio del Jurado del Festival de Cannes de 1986 y el Premio César a la mejor película del año.

Viernes 7 de marzo
Salón de Actos del Palacio Villena, 20 h.
Cine: THÉRÈSE
Director: Alain Cavalier
Entrada gratuita hasta completar aforo

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4 de marzo de 2014

Conferencia: MUJERES CREADORAS. MUJERES FOTÓGRAFAS, 5 de marzo 2014


MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. EDIFICIO VILLENA
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid

SEMANA INTERNACIONAL DE LA MUJER

La Premio Nóbel Alice Munro escribe: «Aquí se fragua algo importante. Aquí en la normalidad, en el día a día de esas mujeres que resulta tan semejante a ti».

Lo cotidiano en el siglo XXI es lo excepcional en el siglo XIX. El territorio artístico funciona como un gran espejo de la evolución del rol femenino a lo largo del tiempo. En el caso de la fotografía, desde su nacimiento, los nombres con apellidos de las mujeres se han escrito en frases cuto sujeto era protagonizado por nombres masculinos con los que trabajaron y compartieron su vida. Se puede pensar en Dora Maar, Lee Miller, Lucía Moholy o Gerda Taro… Cuanto más estrecho fuera el vínculo entre ambos, tanto más agresivo ha sido el olvido practicado con ellas. 

La normalidad a la que hace referencia Munro pasa en nuestros días por la investigación y la recuperación de estas grandes artistas. Luz Marina Muñoz, profesora de Fotografía en la Universidad Popular y de los Centros de Acción Social de Palencia, ofrecerá un breve recorrido por la historia de la fotografía a través de las mujeres en la conferencia “Mujeres creadoras. Mujeres fotógrafas”, prevista para el miércoles 5, a las 20 h., en el Museo Nacional de Escultura, dentro del programa de actividades que el centro ha organizado para celebrar la Semana Internacional de la Mujer.

Miércoles 5 de marzo
Salón de Actos del Palacio Villena, 20 h.
CONFERENCIA: MUJERES CREADORAS. MUJERES FOTÓGRAFAS
Luz Marina Muñoz González, profesora de fotografía
Entrada gratuita

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3 de marzo de 2014

Fastiginia: La casona de los Mata Linares, muestra del triste destino de los palacios vallisoletanos

Casona de los Mata Linares. Foto Carvajal, hacia 1950

Estampas y recuerdos de Valladolid

Lo que fuera la Corredera de San Pablo, o por decirlo de otro modo, el tramo de la calle de las Angustias comprendido entre la plaza de San Pablo y el cruce con las calles Bao y San Martín, es el paradigma de cómo fueron maltratados algunos de los espacios vallisoletanos más emblemáticos, no sólo durante la época del desarrollismo, sino a lo largo de todo el siglo XX.

El único palacio superviviente de todos los que conformaron tan importante arteria urbana es el palacio de Pimentel o palacio del Conde de Rivadavia, sede de la Diputación Provincial y escenario de importantes acontecimientos históricos. El resto es deprimente, pues palacios y casonas fueron cayendo inexorablemente en aras de una pretendida modernidad, comenzando por el palacio de los López de Mendoza, situado justo enfrente, que, tras sucumbir, fue sustituido a comienzos del siglo XX por un nuevo edificio en el que se instaló Correos, después el colegio La Providencia y finalmente, en 1934, los Juzgados Municipales.

Localización de la casona de los Mata Linares
El proceso continuó hasta finales de siglo, momento en que desaparecieron las antiguas casonas contiguas al palacio Pimentel para ser el espacio ocupado, en 1995, por el edificio de los Nuevos Juzgados, obra del arquitecto Primitivo González, que con un diseño supuestamente vanguardista contribuyó al tótum revolútum que caracteriza lo que antaño fuera tan emblemático espacio viario.


LA CASONA DE LOS MATA LINARES

Es justamente enfrente de estos Nuevos Juzgados donde se halla un deplorable testimonio de lo que fue una época de especulación despiadada que arrasó, con más ferocidad que cualquier bombardeo, importantes casonas y palacios que configuraban la identidad de lo que fue la ciudad en tiempos pasados. Nos referimos al edificio conocido como la casona de los Mata Linares, frontera a los antiguos Juzgados.

Aspecto actual
La documentación accesible sobre la historia de dicha casona es prácticamente nula, pues ni siquiera aparece recogida por Jesús Urrea en su publicación  Arquitectura y Nobleza. Casas y palacios de Valladolid (1996), una de las obras más documentadas sobre esta materia. 
De modo que sólo hemos podido indagar que la casa seguramente perteneciera a don Fernando Ventura de la Mata Linares, oidor decano de la Audiencia de Valladolid, y a su esposa doña Fausta Jacinta González Calderón de la Barca, señora de Vallecillo. Estos tuvieron un hijo llamado Francisco Manuel, señor de Vallecillo, que nació en Valladolid y llegó a ser caballero de la Orden de Alcántara y de los Consejos de Castilla y Guerra. Casó con doña Ana Tomasa Vázquez Dávila, natural de Tordesillas y señora de Carpio y Quintanilla, siendo posible que este matrimonio fuera el último morador de la casa, pues su hijo Benito María de la Mata Linares y Vázquez Dávila ya nació en Madrid en 1752 (datos extraídos del Catálogo de la colección Mata Linares, publicado en Madrid por Remedios Contreras y Carmen Cortés en 1970).


Se trataba de un edificio de dos plantas, con un gran portalón en el centro, posiblemente un antiguo zaguán, con la fachada pintada en color mostaza y recorrida por un soportal sustentado sobre trece soportes, diez columnas y tres en forma de pilares cuadrangulares, todos ellos sin las tradicionales zapatas. El interior estaba organizado en torno a un patio central columnado, que quedó enmascarado entre tabiques posteriores, pues, a juzgar por los últimos inquilinos del edificio, este había sido reconvertido en el siglo XIX en viviendas similares a las de la Plaza Mayor y adyacentes. Poco antes de su derribo, en él estaba asentada la Escuela de Esperanto de Valladolid, lo que no deja de ser un dato curioso.

A pesar de ser un edificio significativo, fue derribado sin contemplaciones en los años setenta para construir en su lugar un bloque de viviendas de siete pisos, eso sí, ajustándose a las sarcásticas exigencias oficiales para la conservación del patrimonio en aquella época. La primera, que el edificio acusara ruina, lo que se conseguía vaciándolo de inquilinos y dejándolo abierto para que cuadrillas arrasaran las instalaciones llevándose tuberías y otros elementos produciendo escapes de agua. Al poco tiempo era una ruina efectiva sin contratiempos para cumplir el expediente.

El resto de la exigencias fueron estrambóticas: Había que preservar las columnas de los soportales en la fachada, todos los balcones debían ser de forja, igual a los existentes, la fachada debía ser de ladrillo caravista y en la parte colindante al edificio del Juzgado las alturas debían ser reducidas a tres, para no producir un brusco contraste en altura con la vecina construcción.

El constructor, A. V., cumplió todos los requisitos. Encargó los 21 balcones de forja siguiendo el modelo de los 6 existentes, adjuntó las columnas a la fachada de ladrillo una vez construido el edificio —sin función estructural ni manteniendo la misma disposición— y se ajustó a las alturas exigidas. Ningún problema. Nadie controlaba el proceso. Los elementos tallados en piedra aparecidos en el patio fueron solapadamente vendidos a constructores de chalés (en urbanizaciones cuyo nombre preferimos omitir), lo mismo que las viejas vigas, azulejos y ladrillos, que fueron tratados con sumo cuidado por convertirse en mercancía reaprovechable. ¡Así eran las cosas!

Hoy el ciudadano observador puede encontrar este tipo de preservación del patrimonio como una burla, pero el caso es extrapolable a decenas de casonas de la misma zona y del casco histórico en general, a las que sólo se exigió mantener la portada pétrea en la fachada e incluso ni eso. Ese fue el triste destino, mal que nos pese, de la gran mayoría de palacios y casonas diseminadas por el antiguo entramado urbano. Afortunadamente la sensibilidad y la reglamentación en algo ha cambiado, aunque las pérdidas son irrecuperables.    


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28 de febrero de 2014

Theatrum: LA ÚLTIMA CENA, un cenáculo florentino en Valladolid












LA ÚLTIMA CENA
Jacopo Chimenti, conocido como Jacopo da Empoli o L'Empoli (Empoli, Florencia 1551-1640)
1611
Óleo sobre lienzo (1,95 x 5,32 m.)
Refectorio del convento de las Descalzas Reales, Valladolid
Pintura renacentista italiana. Manierismo tardío-Protobarroco













La Última Cena. Jacopo Chimenti, 1611. Refectorio del convento de las Descalzas Reales, Valladolid
Uno de los grandes atractivos artísticos de la Florencia renacentista es la serie de representaciones pictóricas de La Última Cena que se hayan distribuidas por los refectorios de distintos conventos de la ciudad. Todas ellas son creaciones de gran formato realizadas por destacados maestros que permiten establecer una singular Ruta de los Cenáculos en la que es posible recorrer más de una decena de espacios que muestran lo que se convirtió en un rito artístico en los comedores de los conventos, relacionando el momento que precede al proceso de la Pasión con diferentes contenidos de carácter alegórico.

Esta iconografía de origen medieval fue renovada durante el Quattrocento y Cinquecento en Florencia en grandes composiciones murales que aportaron nuevos escenarios y contenidos a la escena evangélica, siendo las representaciones más relevantes las realizadas por Taddeo Gaddi en Santa Croce (ca. 1340); Andrea Orcagna en Santo Spirito (ca. 1370); Andrea del Castagno en Santa Apollonia (1450); Domenico Ghirlandaio en la abadía de Passignano (Tavarnelle Val di Pesa, 1476), en el convento de Ognissanti (1480) y en el convento de San Marcos (ca. 1482); Perugino en el convento de San Onofrio de Foligno (ca. 1495); Franciabigio en el convento de la Calza (1514) y Andrea del Sarto en la abadía de San Salvi (1519-1527). A estas obras capitales podríamos sumar el mítico cenáculo de Leonardo da Vinci en el convento de Santa María delle Grazie de Milán (1498), obra cumbre de esta iconografía.

Cumpliendo la misma finalidad, y respondiendo a los mismos planteamientos estéticos y simbólicos, es posible encontrar en Valladolid un magnífico cenáculo que además se debe a los pinceles de un prestigioso pintor florentino: Jacopo Chimenti, en ocasiones citado como Jacopo da Empoli. A las circunstancias de su llegada a Valladolid nos referiremos más adelante.


EL PINTOR JACOPO CHIMENTI O JACOPO DA EMPOLI

Autorretrato. Jacopo Chimenti 1595
Museo de los Uffizi, Florencia

Con la intención de reivindicar la figura de este pintor y sus aportaciones a la pintura del Renacimiento en su fase tardía, en el año 2004 se celebró en la iglesia de Santo Stefano de la población florentina de Empoli una exposición antológica que bajo el título de "Jacopo da Empoli 1551-1640. Pintor de la elegancia y la devoción" presentaba en cinco capítulos una buena colección de este prolífico artista, con obras procedentes de distintos museos italianos y extranjeros y otras de colecciones particulares. En ella se hacía un recorrido cronológico por su obra y la pintura de su época, al tiempo que se esbozaba su biografía, poniendo de manifiesto su formación a la sombra de grandes maestros del Cinquecento, sus creaciones tardo-manieristas como pintor de la Contrarreforma, a caballo entre dos siglos, y sus dotes para la pintura mitológica, el retrato y las naturalezas muertas junto a la temática religiosa.

Jacopo Chimenti1, nieto del gran Sansovino, nació en la parroquia de San Lorenzo de Florencia el 30 de abril de 1551, hijo de Michael Jerome Chimenti y Alexandra de Jacopo Tatti, hija de Sansovino. Sin embargo, sería conocido como Jacopo da Empoli, lugar de nacimiento de su padre. Comenzó su formación en el taller del pintor manierista Maso da San Friano, emulando las experiencias manieristas de pintores florentinos como Fra Bartolomeo, Andrea del Sarto, Pontormo, Vasari y Broncino. A la muerte de su maestro en 1571, cuando tenía 20 años, se estableció por su cuenta, primero en su taller florentino de la Via dei Servi y después en San Marcos, siendo su primera obra conocida la Aparición de la Virgen a San Lucas y San Ivo (Museo del Louvre), fechada en 1579, donde ya demuestra el abandono de las influencias de su maestro Maso.  

Detalle de La Última Cena. Cvto. Descalzas Reales, Valladolid
En efecto, en la última década del siglo XVI, Jacopo Chimenti, que nunca salió de Florencia, se fue convirtiendo en uno de los principales protagonistas de la reforma pictórica antimanierista en Italia, asumiendo las novedades coloristas venecianas que por entonces se pusieron de moda en la ciudad del Arno, especialmente las experiencias del pintor Cigoli, así como una tendencia al naturalismo, de modo que en el primer decenio del siglo XVII (Seicento) ya demuestra un acercamiento a lo que se podría denominar caravaggismo o tenebrismo toscano, conocido a través de los pintores florentinos que trabajaron en Roma o por obras romanas llegadas a Florencia, todo ello traducido en escenas de gran riqueza en las que recupera la tradición florentina del diseño y la composición calmada y digna, así como una iluminación realista ajena a los fantásticos modos manieristas, contribuyendo a la aparición del movimiento protobarroco.

El periodo de madurez, con su propio estilo consolidado, lo desarrolla escalonadamente durante las dos primeras décadas del siglo XVII, cuando sus obras, basadas en apuntes del natural, comienzan a reproducir actitudes cotidianas de tipo realista, coincidiendo con el gusto por el teatro que patrocinaban los Medici, que en esos años comenzó a afectar a muchos artistas. Su pintura se torna más dramática y se imbuye de cierto misticismo, consecuente con su formación como pintor de la Contrarreforma. En ese periodo se inscribe la Última Cena de Valladolid, pintada en 1611.

Detalle de La Última Cena. Cvto. Descalzas Reales, Valladolid
Los ecos de sus experiencias de juventud, junto a un afán clasicista, le llevan a partir de 1620, cuando ya ha superado los setenta años, a deleitarse pintando naturalezas muertas realistas en las que demuestra el dominio del dibujo y de la luz, complaciéndose con virtuosismo en cada una de las piezas representadas: objetos, frutas, verduras y animales. Sin embargo, a pesar de haber sido maestro de pintores como Felice Ficherelli, Giovanni Battista Brazzè (Il Bigio), Giovanni Battista di Vanni y Virgilio Zaballi, Jacopo Chimenti vivió en la pobreza en sus últimos años, teniendo que vender para subsistir muchos de sus dibujos. Murió en Florencia el 30 de septiembre de 1640 y fue enterrado en la iglesia de San Lorenzo.

De su prolífica producción se conservan, diseminadas por iglesias y pinacotecas italianas, museos de todo el mundo y colecciones privadas, más de sesenta obras documentadas que abordan temas religiosos, mitológicos, acontecimientos históricos, retratos y naturalezas muertas, pinturas realizadas en su gran mayoría al óleo, sin que falten experiencias al fresco.

LA ÚLTIMA CENA DE LAS DESCALZAS REALES            

Todas las experiencias mencionadas —tradición florentina, incipiente tenebrismo toscano, serenidad, misticismo y gusto por lo teatral y la naturaleza muerta— se dan cita en La Última Cena del refectorio del convento de las Descalzas Reales de Valladolid, firmada y fechada por Jacopo da Empoli en 1611.

Detalle de La Última Cena. Cvto. Descalzas Reales, Valladolid
El enorme lienzo, de 5,32 metros de largo y casi 2 de altura, presenta una composición articulada en torno a una larga mesa, dispuesta transversalmente al espectador y ajustada a la distribución longitudinal de la pintura. Esta ocupa el espacio central de una severa sala cuya ornamentación se limita a grandes cortinajes rojos recogidos en los extremos, posiblemente con la intención de no distraer de lo que acontece en el centro de la escena, lo que además acentúa los valores teatrales y enmarca el espacio, en cuya parte central aparece la figura de Cristo, mientras los apóstoles se disponen alrededor formando tríos a ambos lados de la mesa.

Originariamente, siguiendo la tradición de los cenáculos florentinos, el pintor plasmó en la escena el anuncio de la traición en el momento de bendecir el pan, hecho que da lugar a la reacción y comentarios de los apóstoles, cuya dramática emoción se articula alrededor de la diagonal que establecen las figuras de Cristo y de Judas, sentado de espaldas en primer plano e identificado por la bolsa de monedas que cuelga de su cinturón, por carecer del nimbo que corona al resto de los apóstoles y por señalar con el dedo el pan colocado en la mesa ante Jesús.

Detalle de La Última Cena. Cvto. Descalzas Reales, Valladolid
Sin embargo, cuando la pintura llegó a Valladolid, la exaltación de los postulados de la Contrarreforma, entre ellos los sacramentos rechazados por las teorías protestantes, motivó que interviniera un pintor para cambiar a la escena de significación2, de modo que, mediante la sustitución del pan colocado sobre una bandeja por un cáliz coronado por una hostia, acompañado de la inscripción abreviada «Alabado sea el Santísimo Sacramento» sobre el mantel, el motivo principal pasó a referirse a la institución de la Eucaristía. Esta modificación posiblemente fue realizada por Santiago Morán, pintor encargado de paliar los desperfectos durante el transporte del lote de pinturas llegadas desde Toscana en 1611.

Jacopo Chimenti, con la habilidad de un gran maestro, trabaja individualmente a cada uno de los apóstoles y les ubica en el espacio haciéndoles reaccionar de forma diferente hasta crear una pretendida tensión ambiental. Con un variado colorido en sus indumentarias, definidas por fuertes contrastes lumínicos, consigue crear un ambiente intimista cuya composición conduce inevitablemente la mirada del espectador a la figura de Cristo situada en el centro del cuadro. Al tratamiento naturalista de los tipos humanos, de diferentes edades y aspecto variopinto, se suma el exquisito tratamiento de los objetos sobre la mesa y el mantel, preludiando la serie de excelentes bodegones que el pintor acometería años más tarde con virtuosos trabajos de naturalezas muertas.

Aparición de la Virgen a San Lucas y San Ivo
Jacopo Chimenti, 1579. Museo del Louvre
EL LEGADO DE LA TOSCANA

La Última Cena formó parte del impresionante lote de más de treinta pinturas que los duques de Toscana enviaron como obsequio a los monarcas Felipe III y Margarita de Austria-Estiria siguiendo la política de agasajo para conseguir el favor en las alianzas estratégicas y mantener estrechas relaciones diplomáticas con España. 
Esta práctica, llevada a cabo durante la primera década del siglo XVII, primero fue ejercida por el gran duque Fernando I, que aconsejado por el diplomático florentino Orazio della Rena, informante de los gustos de los monarcas hispanos, obsequió al rey español con diferentes objetos suntuarios de caza cuando la Corte estaba establecida en Valladolid. Años después, siguiendo las mismas recomendaciones, el gran duque Cosme II y la archiduquesa Cristina de Lorena, su madre, encargaron a más de veinte pintores toscanos el lote de temática religiosa que sería entregado como regalo a la devota reina Margarita, que no dudó en destinarlo al monasterio de las Descalzas Reales por ella levantado en Valladolid, después de que personalmente sugiriera la temática religiosa de cada una de las pinturas enviadas.

La colección que conserva el convento vallisoletano, hoy conocida como "El legado de la Toscana", llegó en el verano de 1611, año en que la reina fundó el monasterio de la Encarnación de Madrid, y ha sido restaurada en 2007, poniendo en valor un impresionante e insólito conjunto de obras de artistas toscanos tardomanieristas en España. Por su especial tamaño, significado, autoría y ubicación, una de las más destacadas es La Última Cena del gran maestro Jacopo da Empoli, una pintura que permite contemplar en Valladolid el espíritu de un genuino cenáculo florentino.


Informe: J. M. Travieso.        


NOTAS

1 BIANCHINI CHIAPPINI, M. Adelaide. Jacopo da Empoli, llamado Jacopo Chimenti. Diccionario biográfico italiano, vol. 31, 1985, Web Treccani.it, L'Enciclopedia Italiana.

2 GARCÍA HERNÁNDEZ, Azucena y otros. Descalzas Reales: El legado de la Toscana. Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, Valladolid, 2007, p. 24.


Enlace de María de Medicis y Enrique IV de Francia
Jacopo Chimenti, 1600. Museo de los Uffizi, Florencia
























La honestidad de San Eloy
Jacopo Chimenti, 1614
Corredor de Vasari, Museo de los Uffizi, Florencia
























Naturaleza muerta o Bodegón. Jacopo Chimenti, 1625
Museo Pushkin, Moscú

















Cenáculo. Jacopo Chimenti, 1611
Convento de las Descalzas Reales, Valladolid














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