7 de marzo de 2014

Visita virtual: VIRGEN DE MELUN, una esplendorosa fantasía en la corte francesa













VIRGEN DEL DÍPTICO DE MELUN
Jean Fouquet (Tours, 1420 - 1481)
1450
Óleo sobre tabla
Museo Real de Bellas Artes, Amberes
Pintura gótica francesa de transición al Renacimiento














Medallón con esmalte sobre cobre con el autorretrato de Jean Fouquet
Perteneciente al marco del Díptico de Melun. Museo del Louvre, París
Esta obra maestra de la última pintura gótica realizada en Francia, en origen integrante del célebre Díptico de Melun, es obra del pintor Jean Fouquet, que en ella supo condensar toda una época marcada por los conflictos armados entre Francia e Inglaterra en la inacabable Guerra de los Cien Años. El pintor hace gala de una de unas novedosas composiciones en las que, sobre la base de un magistral dominio del dibujo y del color, aplicados a escenas cargadas de equilibrio y mesura, consigue impresionantes texturas y efectos plásticos al asimilar por una parte las novedades de los grandes creadores de la pintura flamenca de su tiempo y por otra las innovaciones científicas procedentes del Quattrocento italiano. El resultado es sorprendente.

EL PINTOR JEAN FOUQUET

Nacido hacia 1420 en Tours, en la región del Loira, inicia su formación en el taller que el Maestro de Bedford tenía abierto en París y la completó en Bourges trabajando junto a los hermanos Limbourg, famosos miniaturistas. Durante esos años Francia vivía una situación extremadamente inestable marcada por la Guerra de los Cien Años (1337-1453), de modo que, cuando en 1422 se perdieron los territorios de los alrededores de París, la corte, buscando zonas más seguras, se trasladó a Bourges, Provenza y los territorios del Loira. Con ello se desplazaba también el foco artístico de París, apareciendo distintos maestros a la cabeza del arte de cada región, con Jean Fouquet destacando en el entorno del Loira.

Jean Fouquet. Construcción de la catedral de Bourges
Miniatura de Antigüedades Judías, Biblioteca Nacional, París 
En 1445, siendo muy joven, emprendió un viaje a Roma, posiblemente acompañando a un familiar del arzobispo de Tours. En Roma establecía una estrecha amistad personal con el arquitecto y escultor Filarete, así como con Fra Angélico y otros pintores que colaboraban en la reconstrucción de la ciudad, siendo admirada por los italianos su capacidad para reproducir la realidad a través de la técnica flamenca que ya dominaba plenamente. Durante una estancia de tres años, tendría la oportunidad de conocer las corrientes artísticas procedentes de Florencia, especialmente la obra de Donatello, Massaccio, Paolo Uccello y Piero della Francesca, cuyos planteamientos técnicos influirían en la obra realizada a partir de su regreso a Tours, donde por entonces se había establecido la corte, sorprendiendo en el panorama de la pintura francesa la síntesis entre los estilos de pintura de Flandes e Italia que era capaz de ejercitar para definir un sello personal e inconfundible.

En Tours contrajo matrimonio y tuvo dos hijos, Louis y François, con el tiempo también pintores. A partir de 1450 comienza a trabajar como pintor y miniaturista para la corona, realizando encargos de distintos consejeros de Carlos VII, como el retrato del Canciller Guillaume Jouvenel des Ursins (Museo del Louvre), realizado hacia 1460. En esos años comienza a realizar un espléndida obra de iluminación miniaturista en la que, junto al gusto por el detalle de raigambre flamenca, incorpora paisajes y arquitecturas que demuestran la asimilación de los avances italianos. A su labor de pintor y miniaturista se añadiría su faceta de decorador en las tradicionales representaciones teatrales de los Misterios, obras efímeras de gran éxito popular que, aunque no se conservan, si aparecen documentadas, lo que confirma su carácter polifacético.

Jean Fouquet. Etienne Chevalier con San Esteban, 1450
Díptico de Melun, Gemäldegalerie, Berlín
A la muerte de Carlos VII continúa trabajando para Luis XI, su hijo y sucesor, que en 1469 se instala en Tours. Es entonces cuando recibe la ansiada titulación de pintor del rey, convirtiéndose en el pintor más prestigioso del momento en el panorama francés. Para el nuevo monarca ilustra con magistrales miniaturas los Estatutos de la Orden de Saint-Michel, de fundación real.

Jean Fouquet fallecía en Tours en 1481, dejando un legado pictórico que por desgracia no se ha conservado íntegramente, aunque algunos de sus retratos son obras capitales para la historia de Francia, como el ya citado del Canciller Guillaume Jouvenel o el del rey Carlos VII, ambos en el Louvre, así como una buena representación de pintura religiosa y una excepcional obra miniada, como el Libro de Horas de Etienne Chevalier (Museo Condé, Chantilly), las Grandes crónicas de Francia (Biblioteca Nacional de París) o su intervención aportando doce miniaturas al códice de las Antigüedades judías de Flavio Josefo (Biblioteca Nacional de París), donde incluyó la célebre escena de la construcción de la catedral de Bourges.     

EL DÍPTICO DE MELUN

En este contexto histórico, con el final de las hostilidades inglesas ya próximo, hacia 1450 Jean Fouquet pinta el Díptico de Melun por encargo de Etienne Chevalier, platero, tesorero y ministro de Hacienda de los reyes Carlos VII y Luis XI, que lo destinó a su capilla funeraria, adquirida en la iglesia colegial de Nôtre Dame de la villa de Melun. Los dos paneles conformaban un motivo devocional a partir de dos escenas complementarias que venían a configurar una tradicional imagen religiosa con la presencia del donante, en este caso con el influyente funcionario cortesano rindiendo culto a una original Virgen de la Leche. 
Así permaneció hasta que los paneles fueron separados a finales del siglo XVIII, a consecuencia de la Revolución Francesa, perdiendo las tablas, cuando se vendieron por separado, el verdadero significado de su composición. Hoy día el panel izquierdo se conserva en la Gemäldegalerie de Berlín, mientras que el derecho es una de las joyas del Museo Real de Bellas Artes de Amberes.

Panel izquierdo: Etienne Chevalier como donante
Jean Fouquet representa a Etienne Chevalier de medio cuerpo, con un giro de tres cuartos, arrodillado y con las manos en actitud de oración a la altura del pecho. Su retrato es sereno y sentimental, con minuciosos detalles que describen los rasgos faciales y virtuosas texturas en la indumentaria. Junto a él, también en escorzo, aparece San Esteban, su santo patrón, revestido con una dalmática de diácono y sujetando un libro en su mano izquierda sobre el que reposa una piedra de aristas vivas, la que fuera la causa de su muerte por lapidación, con regueros sangrantes visibles en su cuero cabelludo tonsurado, mientras su mano derecha colocada sobre el hombro del donante afirma su función protectora. Si en estas figuras prevalecen los modos flamencos, en el muro del fondo se aplican principios ópticos y un tipo de arquitectura italianizante de tipo albertiano, exuberante de luminosidad y de texturas minerales.
También para Etienne Chevalier, entre 1452 y 1456, realizaría el pintor un magnífico Libro de las Horas, ornamentado originariamente con hasta sesenta miniaturas, en las que de nuevo incluiría sugestivas arquitecturas clásicas, inspiradas en el Quattrocento italiano, en los fondos de las escenas.

Panel derecho: La Virgen de la Leche o Virgen de Melun
Si el panel izquierdo, pese a sus innegables calidades pictóricas, viene a sumarse a los convencionalismos de los espléndidos retratos de tipo flamenco realizados por los grandes maestros primitivos, la tabla dedicada a la Virgen con el Niño es realmente original y novedosa, tanto por su experimentación técnica como por su insólita iconografía.

Básicamente, Jean Fouquet representa a la Virgen entronizada en posición frontal, aunque ligeramente escorzada hacia la izquierda, siendo su elemento más llamativo el pecho al aire que le encuadra en la modalidad de Virgen de la Leche. 
Todo lo demás está cuajado de pequeños detalles que la definen como una obra maestra del siglo XV, manteniendo la característica composición utilizada por el pintor a partir de una construcción geométrica del espacio y las formas, bien apreciable en la forma oval de la cabeza virginal o en la forma esférica de los senos, siguiendo los experimentos italianos de Paolo Uccello o Piero della Francesca.

La Virgen aparece sentada sobre un rico trono en forma de sillón frailero, con el respaldo y los apoyabrazos ornamentados con grandes bolas de ónix y placas de ágata, piedras preciosas engarzadas y perlas de gran tamaño de las que hicieron furor en el siglo XV. Los efectos de la luz sobre las bolas de ónix pulimentado que conforman grandes borlones, especialmente el reflejo de una ventana del estudio del pintor, remite inevitablemente a las experiencias de Jan van Eyck en 1434 en el espejo de la alcoba del Matrimonio Arnolfini (National Gallery, Londres), mientras que los veteados de las placas, que se repiten en la tabla complementaria, siguen las experiencias florentinas de Andrea del Castagno.

La figura de la Virgen, siguiendo los dictados estéticos de la época, muestra una cintura estrechísima, con un corpiño con cintas que deja visible una fina saya interior y uno de los senos, en el mismo color gris azulado y tejido sedoso que la airosa falda con un recogido en la cintura. Realzando su carácter de reina, luce una lujosa corona, con aplicaciones de oro, piedras preciosas y perlas, bajo la cual pende una toca transparente que deja visible una frente afeitada y una cinta dispuesta según la moda cortesana del momento. Completa sus atributos con un elegante manto de armiño blanco, del mismo tipo a los utilizados por los reyes franceses, que se apoya con delicadeza en los hombros. 
En su regazo, apoyado sobre las rodillas y sutilmente entronizado sobre los pliegues del manto, descansa la figura del Niño, representado en escorzo como un tierno infante que apenas aparece cubierto con un con un sucinto velo en sus partes pudorosas. En origen, su calculada posición le hacía corresponder de frente con la figura del donante en la tabla complementaria, al que señala con su dedo índice.

Ambas figuras, con una carnación nacarada, finas cejas y frentes despejadas, remiten al ideal de belleza en la corte francesa, aquí resuelto aplicando al tipo de Madonna italiano el tratamiento de finas veladuras y el tipo de sombreado de la pintura flamenca, una técnica que confiere a la obra una superficie con aspecto de esmalte sobre la base de un exquisito dibujo.

Pero si esta representación ya es meritoria por sí misma, hay dos elementos que realzan su interés y que no pasan desapercibidos. Por un lado, el original acompañamiento en torno al trono de una corte de nueve ángeles monócromos: seis serafines rojos y tres querubines azules. Esta original forma de representar seres sobrenaturales se basa en los escritos de los Padres de la Iglesia y no son ajenos a los modelos italianos de Fra Angélico, aunque Jean Fouquet trastoca el motivo para componer un fondo fantástico que lo convierte en una obra única por su grado de fantasía espectral.


Por otra parte, la pintura encierra una codificación secreta que la tradición ha desvelado, pues los rasgos de María corresponden a los de Agnes Sorel, la atractiva favorita del rey Carlos VII que sería la primera amante de un monarca reconocida de forma oficial, mujer con la que el comitente de la pintura, Etienne Chevalier, ejerció como albacea testamentario.

La que fuera conocida como Dame de beauté, en principio dama de compañía de Isabel de Lorena, reina consorte de Nápoles, y después de María de Anjou, esposa de Carlos VII de Francia, fue presentada al monarca cuando contaba veinte años, convirtiéndose en su amante y llegando a tener tres hijas con el rey francés, María, Carlota y Juana, recibiendo como donación real el castillo de Loches, vinculado a la figura de Juana de Arco, como residencia privada. Agnes Sorel implantó una moda de tipo "princesa" que tomó su nombre, siendo la prenda más conocida el tipo de corsé ilustrado en esta pintura de Jean Fouquet.

La hipótesis en torno a la identificación de la que fue considerada la mujer más hermosa de Francia se refuerza si se compara la figura de la Virgen de Fouquet con la efigie del sepulcro de Agnes Sorel que se conserva en la iglesia colegial de Saint-Ours, en la población de Loches, después de su muerte en Jumièges, posiblemente envenenada, a los veintiocho años.

A pesar de no conservarse de este pintor una producción numerosa de pintura de caballete, esta obra es suficiente para colocar su personalidad no sólo en la cumbre de la pintura francesa tardomedieval, sino entre los mejores maestros de la pintura europea de todos los tiempos.


Informe: J. M. Travieso















































Detalle del sepulcro de Agnes Sorel
Colegiata de Saint Ours, Loches




















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