3 de marzo de 2014

Fastiginia: La casona de los Mata Linares, muestra del triste destino de los palacios vallisoletanos

Casona de los Mata Linares. Foto Carvajal, hacia 1950

Estampas y recuerdos de Valladolid

Lo que fuera la Corredera de San Pablo, o por decirlo de otro modo, el tramo de la calle de las Angustias comprendido entre la plaza de San Pablo y el cruce con las calles Bao y San Martín, es el paradigma de cómo fueron maltratados algunos de los espacios vallisoletanos más emblemáticos, no sólo durante la época del desarrollismo, sino a lo largo de todo el siglo XX.

El único palacio superviviente de todos los que conformaron tan importante arteria urbana es el palacio de Pimentel o palacio del Conde de Rivadavia, sede de la Diputación Provincial y escenario de importantes acontecimientos históricos. El resto es deprimente, pues palacios y casonas fueron cayendo inexorablemente en aras de una pretendida modernidad, comenzando por el palacio de los López de Mendoza, situado justo enfrente, que, tras sucumbir, fue sustituido a comienzos del siglo XX por un nuevo edificio en el que se instaló Correos, después el colegio La Providencia y finalmente, en 1934, los Juzgados Municipales.

Localización de la casona de los Mata Linares
El proceso continuó hasta finales de siglo, momento en que desaparecieron las antiguas casonas contiguas al palacio Pimentel para ser el espacio ocupado, en 1995, por el edificio de los Nuevos Juzgados, obra del arquitecto Primitivo González, que con un diseño supuestamente vanguardista contribuyó al tótum revolútum que caracteriza lo que antaño fuera tan emblemático espacio viario.


LA CASONA DE LOS MATA LINARES

Es justamente enfrente de estos Nuevos Juzgados donde se halla un deplorable testimonio de lo que fue una época de especulación despiadada que arrasó, con más ferocidad que cualquier bombardeo, importantes casonas y palacios que configuraban la identidad de lo que fue la ciudad en tiempos pasados. Nos referimos al edificio conocido como la casona de los Mata Linares, frontera a los antiguos Juzgados.

Aspecto actual
La documentación accesible sobre la historia de dicha casona es prácticamente nula, pues ni siquiera aparece recogida por Jesús Urrea en su publicación  Arquitectura y Nobleza. Casas y palacios de Valladolid (1996), una de las obras más documentadas sobre esta materia. 
De modo que sólo hemos podido indagar que la casa seguramente perteneciera a don Fernando Ventura de la Mata Linares, oidor decano de la Audiencia de Valladolid, y a su esposa doña Fausta Jacinta González Calderón de la Barca, señora de Vallecillo. Estos tuvieron un hijo llamado Francisco Manuel, señor de Vallecillo, que nació en Valladolid y llegó a ser caballero de la Orden de Alcántara y de los Consejos de Castilla y Guerra. Casó con doña Ana Tomasa Vázquez Dávila, natural de Tordesillas y señora de Carpio y Quintanilla, siendo posible que este matrimonio fuera el último morador de la casa, pues su hijo Benito María de la Mata Linares y Vázquez Dávila ya nació en Madrid en 1752 (datos extraídos del Catálogo de la colección Mata Linares, publicado en Madrid por Remedios Contreras y Carmen Cortés en 1970).


Se trataba de un edificio de dos plantas, con un gran portalón en el centro, posiblemente un antiguo zaguán, con la fachada pintada en color mostaza y recorrida por un soportal sustentado sobre trece soportes, diez columnas y tres en forma de pilares cuadrangulares, todos ellos sin las tradicionales zapatas. El interior estaba organizado en torno a un patio central columnado, que quedó enmascarado entre tabiques posteriores, pues, a juzgar por los últimos inquilinos del edificio, este había sido reconvertido en el siglo XIX en viviendas similares a las de la Plaza Mayor y adyacentes. Poco antes de su derribo, en él estaba asentada la Escuela de Esperanto de Valladolid, lo que no deja de ser un dato curioso.

A pesar de ser un edificio significativo, fue derribado sin contemplaciones en los años setenta para construir en su lugar un bloque de viviendas de siete pisos, eso sí, ajustándose a las sarcásticas exigencias oficiales para la conservación del patrimonio en aquella época. La primera, que el edificio acusara ruina, lo que se conseguía vaciándolo de inquilinos y dejándolo abierto para que cuadrillas arrasaran las instalaciones llevándose tuberías y otros elementos produciendo escapes de agua. Al poco tiempo era una ruina efectiva sin contratiempos para cumplir el expediente.

El resto de la exigencias fueron estrambóticas: Había que preservar las columnas de los soportales en la fachada, todos los balcones debían ser de forja, igual a los existentes, la fachada debía ser de ladrillo caravista y en la parte colindante al edificio del Juzgado las alturas debían ser reducidas a tres, para no producir un brusco contraste en altura con la vecina construcción.

El constructor, A. V., cumplió todos los requisitos. Encargó los 21 balcones de forja siguiendo el modelo de los 6 existentes, adjuntó las columnas a la fachada de ladrillo una vez construido el edificio —sin función estructural ni manteniendo la misma disposición— y se ajustó a las alturas exigidas. Ningún problema. Nadie controlaba el proceso. Los elementos tallados en piedra aparecidos en el patio fueron solapadamente vendidos a constructores de chalés (en urbanizaciones cuyo nombre preferimos omitir), lo mismo que las viejas vigas, azulejos y ladrillos, que fueron tratados con sumo cuidado por convertirse en mercancía reaprovechable. ¡Así eran las cosas!

Hoy el ciudadano observador puede encontrar este tipo de preservación del patrimonio como una burla, pero el caso es extrapolable a decenas de casonas de la misma zona y del casco histórico en general, a las que sólo se exigió mantener la portada pétrea en la fachada e incluso ni eso. Ese fue el triste destino, mal que nos pese, de la gran mayoría de palacios y casonas diseminadas por el antiguo entramado urbano. Afortunadamente la sensibilidad y la reglamentación en algo ha cambiado, aunque las pérdidas son irrecuperables.    


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