27 de julio de 2010

Visita virtual: SANTA ANA TRIPLE, gracia y sensibilidad flamenca en Burgos



SANTA ANA TRIPLE
Gil de Siloé (Amberes? hacia 1440 - Burgos 1504)
Hacia 1500
Madera policromada
Retablo de Santa Ana de la Capilla del Condestable, catedral de Burgos
Escultura gótica. Estilo hispano-flamenco

     A finales del siglo XV, sobre el espacio que ocupaba la antigua capilla de San Pedro, en la parte central de la girola de la catedral de Burgos, don Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, y su esposa doña Mencía de Mendoza decidieron levantar una suntuosa capilla destinada a convertirse en panteón familiar. La obra fue encomendada a Simón de Colonia, que desde 1481 ocupaba el puesto de maestro mayor de obras de la catedral, que construyó uno de los más espacios más espectaculares del gótico tardío de toda Europa, con un amplio plan central coronado por una bóveda cuyas nervaduras centrales forman una vidriera con forma de estrella de ocho puntas y profusión de motivos escultóricos y heráldicos distribuidos por los muros.

     La obra no llegó a ser conocida por el Condestable, que falleció en 1492, ocupándose doña Mencía del seguimiento de los trabajos hasta el año 1500, momento en que se decide dotar a la capilla de un conjunto de tres retablos que fueron encomendados al maestro Gil de Siloé, que en aquel momento dirigía el taller más prestigioso de Burgos. El proyecto incluía un retablo mayor y dos laterales, uno dedicado a San Pedro, antigua advocación de la capilla, y otro a Santa Ana, siendo este el primero de los comenzados por el gran maestre.

     El retablo de Santa Ana (ilustración 2) se colocaría en el muro del lado de la Epístola, en un estrecho espacio ajustado a uno de los soportes y paralelo a la cabecera de la capilla. Consta de banco y tres cuerpos coronados por un agudo pináculo gótico calado que configura un gran dosel. Está elaborado en madera de nogal y se distribuye en tres calles a las que se suma otra lateral orientada al centro de la capilla, abriéndose en todas ellas hornacinas que contienen exclusivamente figuras femeninas que forman el repertorio más bello de toda Castilla, un trabajo preciosista que fue denominado por algunos como el retablo de las Once Mil Vírgenes y que se viene a sumar a las formidables creaciones del escultor en la misma catedral y en la Cartuja de Miraflores, siempre con un estilo inconfundible caracterizado por su exquisitez.

     En 1500, al poco tiempo de iniciarse el retablo falleció doña Mencía, fundadora de la capilla y promotora de su dotación por deseo testamentario de su esposo el Condestable. Sin embargo, el nuevo Condestable, su hijo Bernardino Fernández de Velasco relegó el proyecto decidiendo ser enterrado en una capilla levantada por su mujer en Medina de Pomar, motivo por el que las obras estaban paralizadas cuando en 1504 murió Gil de Siloé y el retablo quedó inacabado, a falta de la escultura de la caja central del primer cuerpo.

     Las obras se reanudaron cuando ocupó el puesto de Condestable su hermano Íñigo Fernández de Velasco, bajo cuyo mandato se completaron los dos retablos laterales y se inició el deslumbrante retablo mayor. Esta es la causa por la que el retablo de Santa Ana fue rematado en 1520 por Diego de Siloé, hijo del gran maestre, con la talla de "Cristo muerto sujetado por ángeles", una obra ya influenciada por los aires del Renacimiento italiano distinta en su estética a las geniales creaciones de su padre en la serie de figurillas sedentes del banco, en Santa Dorotea, Santa María Egipciaca, Santa Inés, Santa Isabel, Santa Elena, Santa Bárbara, Santa Catalina y, sobre todo, Santa Ana Triple, la figura que hemos elegido como protagonista de esta visita.

     La imagen de Santa Ana Triple o Trinitaria, un tema iconográfico muy repetido en el arte gótico, ocupa el compartimento central del segundo cuerpo, flanqueada por Santa Isabel y Santa Elena, y representa de forma anacrónica a Santa Ana, madre de la Virgen, con su hija en brazos a la vez que ésta sujeta a Jesús niño, estableciendo una suerte de rama genealógica. No alcanza el tamaño natural, 1,05 metros de altura, pero es un testimonio de la creatividad artística y de virtuosismo técnico alcanzado por Gil de Siloé en su obra.

     Santa Ana, identificada en la inscripción de la peana,  aparece de pie y viste una saya de tonos rojizos ajustada a la cintura, con los bordes recorridos por una cenefa azulada decorada con flores esgrafiadas en oro, que se recoge a los lados dejando visible un vestido interior dorado. Se cubre con un manto igualmente dorado, con una franja azul en los bordes con esgrafiados similares a los de la saya, que cae desde el hombro formando pliegues de vivas aristas. En la cabeza lleva ajustada una toca de tonos azules, que enmarca un rostro ovalado de gran simplicidad y naturalismo, y sobre ella un velo blanquecino cuyo ribete está recorrido por una inscripción en oro sobre fondo azul de la que se han perdido parte de las letras.

     Tiene los brazos flexionados a la altura de la cintura para sujetar en el derecho a la Virgen y en el izquierdo un libro abierto con cuyas páginas juguetea el Niño. La anatomía sigue el estilo predominante en Flandes, con manos de afilados dedos, largos y separados, y un rostro muy terso de boca pequeña, nariz afilada y ojos almendrados muy perfilados.

     La figura de la Virgen se apoya en posición sentada en el brazo derecho de Santa Ana, de modo que se quiebra por la cintura. Su aspecto aniñado alude iconográficamente a la Virgen Niña, aquí revestida con una rica indumentaria de reina que contrasta con la sobriedad de su madre. Viste una saya rojiza de amplio escote que deja asomar los pliegues finos de una camisa dorada y un collar de dos vueltas de diminutas cuentas. Remarca el cuello una especie de collar de oro en forma de eslabones de una cadena y sobre los hombros se apoya un bello manto dorado con aberturas para los brazos a cada lado que están decoradas con simulaciones de bordados en todos azules. El juego se repite en las mangas, decoradas con acuchillados y botonaduras que siguen la moda de la época.

     Especialmente bella es su cabeza, a mitad de camino entre una niña y una adolescente, con un rostro de finas facciones habituales en Gil de Siloé, peinada con flequillo sobre la frente y largos mechones ensortijados que forman bucles dorados que le proporcionan un aspecto nórdico. Para realzar su figura se cubre con un rico tocado de trama romboidal cuyos bordes están recorridos por una cinta roja, con aplicaciones de perlas formando cruces y cabujones, que cuelga en la frente formando una media luna. Sobre él se asienta una corona que repite el mismo diseño, con florones de cogollos perdidos en su mayoría. Con sus manos, estilizadas y esquemáticas, sujeta los brazos del Niño que descansa sobre sus rodillas.

     Jesús aparece como un infante vestido con una túnica abierta al frente de arriba a abajo, dejando apreciar parte del rollizo cuerpo como alusión a la naturaleza humana de Cristo a través de su fragilidad. En el cuello luce un collar de tres vueltas del que pende una cruz al frente y sobre su cabello rubio y corto lleva ceñida una cinta con un cabujón. El rostro repite las facciones aplicadas habitualmente por Gil de Siloé en las figuras de ángeles, con carrillos abultados y ojos achinados, en este caso esbozando una sonrisa al tiempo que sus dedos juguetean con las páginas del libro que sujeta su abuela.

     Todo un conjunto de sutiles detalles ponen de manifiesto la maestría del escultor en la búsqueda de naturalismo, como la ligera disposición en contrapposto del cuerpo de Santa Ana, con la pierna izquierda adelantada, la minuciosa talla del libro en la línea de la pintura flamenca o el abundante juego de pliegues de aristas vivas sabiamente ordenados para mantener un magistral equilibrio compositivo. Por todo ello, fruto de la capacidad de Gil de Siloé de inspirarse en modelos nórdicos y adaptarlos a los gustos castellanos, puede afirmarse que en este retablo, y más concretamente en esta figura de Santa Ana Triple, el escultor logra realizar una de las más bellas figuras del gótico europeo.

     A ello contribuye la deslumbrante policromía aplicada por el pintor Diego de la Cruz, colaborador habitual del gran maestre, que hace gala a lo largo del retablo de un sofisticado trabajo en el que prima el oro, siguiendo el gusto de los mecenas de su tiempo, y la influencia flamenca en la plasmación de minúsculos detalles, como ocurre en el libro que sujeta Santa Ana, con páginas ilustradas y pintadas como si se tratase de una auténtica miniatura.

     Teniendo en cuenta que la imagen se encuadra en una obra que el escultor dejó inacabada a su muerte, representa el mayor grado de evolución en el estilo del autor. Ello es apreciable en la moderación expresiva de la figura, que le proporciona un aspecto solemne, en la extremada suavidad de las facciones, casi "dibujadas", en el naturalismo de los paños, con pliegues mucho más redondeados que en obras anteriores en las que abundan los característicos quebrados flamencos, y en una corrección formal cargada de virtuosismo, a pesar de que subyacen los intereses simbólicos medievales por encima de los estéticos, como lo demuestra la jerarquización de tamaños, algo con lo que acabaría pocos años después la incipiente corriente renacentista.


     Gil de Siloé, convertido a lo largo de los años en un burgalés más, supo trabajar con demostrada maestría tanto la madera como la piedra y alabastro, dejando un catálogo de obras maestras diseminadas por templos y monasterios castellanos que oscilan desde las enormes maquinarias de retablos a suntuosos sepulcros reales, siendo obras memorables e irrepetibles el retablo mayor, el sepulcro del infante don Alfonso y el sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal de la Cartuja de Miraflores, el sepulcro de don Juan de Padilla del monasterio de Fresdelval (Museo de Burgos) y el retablo de la capilla de santa Ana (o de la Concepción) de la catedral de Burgos, aunque es este retablo de la capilla del Condestable, con su santoral femenino, donde hace gala de una exquisitez decorativista, de una descripción minuciosa y de un virtuosismo técnico que le colocan en la cima de la escultura gótica en la España de su tiempo.

Informe: J. M. Travieso.

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