22 de abril de 2011

Historias de Valladolid: LA FERIA DEL SUDARIO, leyenda santa, cacharritos y juguetes de cartón



     En su esencia, la Feria del Sudario era una antigua tradición popular, vinculada a las celebraciones de la Pascua de Resurrección, que hundía sus raíces en la devoción que despertara, desde comienzos del siglo XVII, una supuesta reliquia conservada en el desaparecido convento de Nuestra Señora de la Laura, en los aledaños del Campo Grande. Tanto la vieja costumbre como el convento no han llegado a nuestros días, aunque sí la reliquia que generó tanta expectación y celebración en tiempo pasado. De todo ello quedan rescoldos que en clave festiva intentan rememorar aquellas galas, pero ya nada es lo mismo y vamos a intentar explicarlo.

GESTACIÓN DE UNA ROMERÍA EN TORNO A UNA LEYENDA MILAGROSA

     El convento de las Lauras, que fue derribado hace escasos años, estaba situado en el actual Paseo de Filipinos, haciendo esquina con la Plaza de Colón. Esta a su vez ocupa unos terrenos sobre los que antaño de levantaba el convento de Capuchinos, frontero a las Lauras (ilustración 4). Aquel convento de dominicas había sido fundado en 1606 por doña María de Toledo y Colonna, segunda hija de García Álvarez de Toledo y Osorio, destacado militar y político que, como nieto del Duque de Alba, ostentaba los títulos de marqués de Villafranca y Grande de España. En 1536 había contraído matrimonio en Nápoles con Vittoria Colonna y era un influyente personaje que llegó a ocupar los cargos de Capitán General del Mar (1544), virrey de Cataluña (1558-1564) y virrey de Sicilia (1564-1566), con lo que el convento nacía ligado a uno de los principales linajes de España.

     A pesar de que doña María, nacida en Nápoles y educada en Alba de Tormes a cargo de su tía la Duquesa de Alba, mostró una clara inclinación por la vida religiosa, fue forzada por su padre y por sus tíos los Duques de Alba a contraer matrimonio con su primo don Fadrique Álvarez de Toledo, hijo y heredero de la Casa de Alba, en los deseos de tener descendencia para garantizar la sucesión familiar. El enlace se celebró en 1578 en secreto y por poderes, contraviniendo las disposiciones del rey Felipe II, que apoyaba el matrimonio del heredero del título de Alba con doña Magdalena de Guzmán, dama de la reina doña Ana de Austria, a la que había dado promesas de matrimonio que no cumplió. El hecho supuso que García Álvarez de Toledo, Duque de Alba, fuese desterrado de la corte, retirándose a Uceda (Guadalajara), y el ingreso en prisión de su hijo don Fadrique, que estuvo encarcelado primero en Tordesillas y después en el castillo de la Mota de Medina del Campo, de donde fue liberado en 1580 por su precaria salud para vivir confinado en Alba de Tormes, con la prohibición de salir de aquella villa.

     Fruto del polémico matrimonio de doña María y don Fadrique nació Fernando, el deseado heredero, que desgraciadamente murió prematuramente a los dieciocho meses. Poco después moría también don Fadrique, momento en que la viuda doña María, de 33 años, pudo cumplir su vocación retirándose a la vida religiosa. Primero fundó un convento de dominicas recoletas en Villafranca, sede de su marquesado, pero en 1606 consiguió su traslado a Valladolid con la ayuda del Ayuntamiento, que por entonces aceptaba todo tipo de iniciativas para retener la corte a orillas del Pisuerga.

     Todos estos pormenores aparecen detallados en el manuscrito de los Anales del convento de Nuestra Señora de la Laura, que vino a ocupar unas casas que don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, tenía en el Campo Grande, próximas al convento del Carmen Calzado y a la ermita de San Juan de Letrán (ilustración 5). Poco después la duquesa doña María costeó la construcción de un nuevo monasterio, con una iglesia trazada por Francisco de Mora, y estableció su vivienda junto al templo, al que accedía directamente por una tribuna y en el que dispuso ser enterrada. Haciendo una vida de reclusión, con permiso para entrar en la clausura, expresó su deseo de patrocinar la elaboración de un lujoso retablo mayor y un altar relicario, así como la colocación de un suntuoso sepulcro de don Fadrique, su marido, en medio de la capilla mayor, al tiempo que hacía donación de numerosas obras de arte devocionales. Pero tras su fallecimiento en 1612 aquellas disposiciones no se cumplieron y el lujoso proyecto concebido por la Duquesa de Alba fue sustituido por una serie de obras de gran modestia.

     A pesar de todo, aquel convento iba a adquirir un gran protagonismo en la vida vallisoletana precisamente por una de las piezas expuestas a la veneración en el relicario de la iglesia, una obra que en los Anales del convento figura como donación del patrimonio familiar de la fundadora. Se trataba de una copia de la Sábana Santa de Turín, una pintura sobre tela de 2,07 x 0,80 metros conseguida por don Fadrique (ilustración 2), que había encargado su realización a un pintor desconocido como regalo a su pía esposa. Y al igual que ocurriera con la Sábana Santa de Turín y el Santo Sudario de Oviedo (conocido como el santo pañolón), a esta pintura comenzaron a atribuírsele poderes sobrenaturales, gestándose una leyenda muy acorde con las creencias y supersticiones de aquella sociedad sacralizada.

     Según esta leyenda, cuando don Fadrique se interesó por obtener una copia de la Sábana Santa de Turín corrían tiempos convulsos e inciertos, de modo que cuando el pintor pretendió hacer la copia se encontró con la dificultad de que las características de la "Santa Sindone" exigía mucho tiempo de elaboración para hacer una reproducción fidedigna. Temeroso el duque de no poder cumplir su deseo a causa de la guerra, ordenó que al menos se colocara el lienzo que iba a ser pintado directamente sobre la mítica Sábana Santa, con la intención de que recogiera las virtudes milagrosas que se le atribuían. El prodigio no se hizo esperar, pues de forma instantánea quedó impresa en la tela la huella del cuerpo de Cristo, incluida la llaga del costado. De esta manera don Fadrique pudo entregar a su esposa una reliquia dotada de poderes sobrenaturales que ella decidió poner al alcance de todos con su exposición pública en la iglesia de las Lauras.

     Y en torno a la reliquia se convirtió en celebración tradicional una romería anual que duraba tres días a partir del domingo de Resurrección. Una romería en clave festiva para celebrar la Pascua que además estaba cargada de simbología religiosa, pues la veneración del Santo Sudario venía a ratificar a los creyentes el testimonio de la Resurrección de Cristo, con lo que se integró como el último de los actos celebrados en la Semana Santa, contribuyendo al tiempo a propagar las bondades de la santa reliquia, que sin pudor llegaba a presentarse como el auténtico Santo Sudario, a pesar de que hoy podemos comprobar que presenta evidentes diferencias (ilustraciones 3 y 4). Por otra parte suponía el poner oficialmente fin a los rigores de la Cuaresma, motivo por el que la fiesta era muy concurrida. Como consecuencia, en los accesos al convento comenzaron a instalarse durante aquellos días puestos de cera y tenderetes con artículos de consumo y bebidas, al estilo de cualquier romería al uso.

LA FERIA DEL SUDARIO

     Esta tradición se mantuvo durante siglos, ocupando casetas y tenderetes parte del actual Paseo de Filipinos hasta mediados del siglo XX. En Valladolid, como en el resto de poblaciones, era costumbre diferenciar entre las fiestas grandes y las fiestas chicas, estas últimas ajustadas estratégicamente a lo largo del año y con menor duración que las primeras. En este sentido, podemos enmarcar la romería y la feria del Sudario entre las fiestas chicas, aunque directamente vinculada a la celebración de la Semana Santa, que desde el siglo XVI tuvo en Valladolid tuvo una especial resonancia hasta convertirse en una de sus fiestas más arraigadas, con rango de fiesta mayor en torno a la primavera y la Pascua.

      Tenemos pocas referencias de las características que podía presentar la romería durante los siglos XVIII y XIX, pero tenemos constancia de que esta se revitalizó tras el impulso de don Remigio Gandásegui, arzobispo de Valladolid, que en 1920 recuperó las celebraciones de Semana Santa, especialmente los desfiles procesionales, contando con la colaboración de Juan Agapito y Revilla, arquitecto e historiador, y de Francisco de Cossío, director del por entonces Museo Provincial de Bellas Artes, con sede en el Palacio de Santa Cruz. En torno a este empeño se fueron forjando acontecimientos que dieron lugar a las celebraciones actuales, unos con continuidad en el tiempo, como la fundación de hasta trece nuevas cofradías, que vinieron a compartir sus esfuerzos con las seis históricas ya existentes, y otros convertidos en costumbres de índole piadosa que dejaron de tener vigencia al acomodarse a los nuevos tiempos, dando lugar a nostálgicos recuerdos que ilustran la historia local, la que podemos considerar nuestra historia con minúsculas.

     Tan sólo hay que retrotraerse cincuenta años atrás, durante la época del despegue económico tras el letargo producido por la Guerra Civil, para recordar la persistencia de aquella romería, de carácter eminentemente popular, a lo largo del Paseo de Filipinos. En ella no faltaban los puestos de churros, dulces, bebidas, productos artesanos y piezas de alfarería, aunque en sus últimos tiempos el célebre "Sudario" se fue orientando al público infantil, no sólo por la presencia de tiovivos y balancines, sino también por la preponderancia de puestos de juguetes infantiles. Y serán muchos los mayores que aún recuerden con nostalgia la venta de muñecas y caballos de cartón, pero sobre todo los "cacharritos", que hacían auténtico furor entre las niñas como complementos a los juegos de muñecas. Con este diminutivo se designaba una serie de reproducciones en miniatura de objetos de uso doméstico, especialmente ajuares de cocina, que como piezas de alfarería o metal eran elaborados por artesanos locales y de algunas poblaciones limítrofes que acudían puntualmente a la feria, hasta llegar a definir el matiz diferenciador y la esencia del "Sudario" (ilustracioness 7 y 8).

     Con el tiempo, los tenderetes, casetas y atracciones pasaron a ocupar el paseo central del Campo Grande, junto a la Acera de Recoletos (ilustración 6), donde se siguió celebrando hasta los años 60 del siglo XX, momento en que la feria desapareció al tiempo que el plástico vino a sustituir a los juguetes artesanales. Con ello desaparecía el colofón de Pascua en las celebraciones de la Semana Santa, a pesar de que ésta fue tomando cada vez más auge, llegando a ser declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional.


UNA FERIA PARA EL RECUERDO

     La Feria del Sudario ha pasado al recuerdo como también lo ha hecho el propio convento de Nuestra Señora de la Laura, derribado sin miramientos en tiempos recientes. Hoy día la popular reliquia, que fue el origen de aquella entrañable feria provinciana en los días de Pascua, después de permanecer un tiempo depositada en el convento de Santa Catalina, actualmente también cerrado, se encuentra custodiada en la iglesia del convento de Porta Coeli, situado en la calle Teresa Gil, donde el Sudario se ofrece a la veneración de los nostálgicos entre las láminas de cristal que siempre lo protegieron emulando la reliquia de Turín.

     Con la desaparición de la Romería del Sudario también desaparecieron otra serie de prácticas y costumbres consolidadas en torno a la Semana Santa. Entre ellas la ingenua ornamentación del paso de la Oración del Huerto con sencillos ramos de olivo o encina decorados con flores de papel de seda coloreado, elaboradas por Candelas, una panadera de la calle Zapico, que aportaban los niños a los que el bajo presupuesto familiar les impedía comprar una palma el domingo de Ramos.

     También se ha perdido la costumbre de hacer el recorrido visitando los Sagrarios, en la mañana del Jueves Santo, por mujeres ataviadas con mantillas negras, hoy reservadas para los desfiles, así como el rezo de los treinta y tres Credos, uno por cada año de Cristo, a las tres de la tarde del Viernes Santo en la iglesia del Rosarillo. Los más mayores nos recordaron la emoción al escuchar los motetes cantados al Cristo Yacente de Santa Ana por el coro del Seminario, antes de disponer de cofradía titular, o el luto oficial tras el paso por la calle de la Virgen de las Angustias. Como recuerdo infantil aflora necesariamente el trajín de las familias colocando el Viernes Santo sillas particulares en las aceras del recorrido procesional, portadas en ocasiones desde lugares muy alejados del centro, así como los barquilleros ambulantes animando la espera del cortejo mientras en la radio sonaba únicamente música sacra. Todo este universo de costumbres configuran, como la Romería del Sudario, unas prácticas rutinarias que permanecen ocultas en la nebulosa de la memoria. Como proclamaba Bob Dylan en los años 60, efectivamente, los tiempos estaban cambiado.

Informe: J. M. Travieso.
Registro Propiedad Intelectual - Código: 1104249054783

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1 comentario:

  1. Yo recuerdo de ir a La Feria del Sudario, por los años 50 entre San Benito y El Poniente.

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