15 de junio de 2012

Visita virtual: CARLOS V Y EL FUROR, una imagen triunfal para un emperador





CARLOS V DOMINANDO AL FUROR
Leone Leoni (Arezzo, 1509-Milán, 1590) y Pompeo Leoni (Milán, 1533-Madrid,1608)
1564
Bronce fundido en piezas
Museo del Prado, Madrid
Escultura del Renacimiento. Manierismo cortesano


UN ESCULTOR AL SERVICIO DEL EMPERADOR CARLOS V

     La obra realizada por Leone Leoni le sitúa en la cumbre de la escultura italiana del Cinquecento. Este escultor, formado como orfebre y medallista, trabajó en Venecia bajo la protección del poeta Pietro Aretino, en la ceca de Roma y como maestro grabador de medallas en Milán, donde consiguió el máximo prestigio, siendo reclamado por Carlos V para realizar la medalla de la emperatriz Isabel, su esposa, y poco después, por recomendación de Ferrante Gonzaga, nombrado escultor del emperador, con salario anual, casa en Milán y título de caballero.

     Vinculado a la casa imperial, acompañó en diversas ocasiones al príncipe Felipe por distintas ciudades europeas, le dedicó una medalla y otras a María de Hungría y Leonor, hermanas del emperador y, a partir de 1549, atendió en su taller de Milán los encargos personales de Carlos V, entre ellos una serie de retratos del emperador, su esposa, de su hermana María de Hungría y del futuro Felipe II, tanto labrados en mármol como fundidos en bronce, trabajos que, según informa en su correspondencia, le hicieron transformar su oficio de orfebre en escultor.

     El magno conjunto escultórico fue terminado en 1556, año en que el emperador emprendió su retiro a España, solicitando a su admirado escultor Leone que le acompañara, aunque este rehusó alegando enfermedad y facilitó que en su lugar lo hiciera su hijo Pompeo, junto a él formado, por entonces colaborador en el taller paterno y partícipe del mismo prestigio. Toda aquella serie de obras llegaron a España en 1558, poco antes de la muerte del emperador en Yuste, acompañadas de Pompeo Leoni, que una vez en la corte se encargó de realizar el acabado de las mismas. Actualmente la serie completa se conserva y expone en el Museo del Prado.

     La escultura más espectacular del aquel conjunto de bustos, relieves y efigies de cuerpo entero, tanto en bronce como en mármol, era el grupo de Carlos V dominando al Furor, una obra de peculiares características que después glosaremos, que fue comenzada a modelar por Leone poco después de 1549 y terminada en España por su hijo Pompeo en 1564, seis años después de la muerte del emperador Carlos, adquiriendo el dilatado trabajo el valor de un homenaje póstumo.

UNA EXTRAORDINARIA ALEGORÍA IMPERIAL

     En este magnífico grupo de bronce aparece el emperador victorioso, de pie y vestido a la romana, siguiendo las pautas de la mentalidad renacentista que asociaba el poder imperial con el pasado romano. Se cubre con una coraza, espalderas, hombreras con forma de cabezas de león y calzando unas sandalias que adquieren la forma de botas. En su mano derecha sujeta una lanza y con la izquierda empuña una espada cuya empuñadura tiene la forma de la cabeza de un águila. Luce el collar con el Toisón de Oro y se adorna con una representación de Marte en el pecho, la figura de un tritón bajo el ristre y una banda que se desliza desde el hombro.

     En la parte inferior, y fundido por separado, aparece la figura vencida del Furor, en alusión a los enemigos del emperador, entre ellos los herejes divulgadores de las ideas luteranas y erasmistas, de modo que esta alegoría de la Herejía está encarnada por un hombre desnudo y barbado, con gesto colérico y sufriente, que aparece encadenado y sujetando en su mano derecha contra el suelo una antorcha encendida de gran tamaño, mientras expresa con su gesto vencido el temor ante el emperador. En la disposición de las figuras el grupo sigue el mismo discurso victorioso anticipado en Florencia por Donatello en la figura de Judith, con Holofernes derrotado a sus pies (Palazzo Vecchio, Florencia).

     Tanto el vencedor como el vencido se apoyan sobre una base circular en la que aparece un cúmulo de armas y trofeos militares, entre ellos un tridente, una maza, un carcaj, un escudo, una trompeta y un haz de líctor romano con el hacha, conjunto de elementos que dotan a la obra de una estética emparentada con la escultura clásica romana, lo mismo que su significado, ya que la figura del Furor está directamente inspirada en la evocación que hace el poeta Virgilio, en La Eneida, de la estirpe de Augusto, el momento en que Eneas encerró al Furor en el templo de Jano, consiguiendo con ello declarar la paz en el Lacio.

     Junto a la dificultosa técnica de la fundición a la cera perdida, con desnudos de una gran tersura, una extraordinaria corrección anatómica y un retrato idealizado, la escultura presenta en los detalles decorativos un sofisticado acabado a través del trabajo de cincelado propio de un orfebre, añadiéndose a estos atractivos el estar el grupo fundido en piezas separadas, lo que permite despojar al emperador de su armadura para aparecer desnudo en postura de elegante contrapposto y tratado como un dios clásico o un héroe griego, un caprichoso juego manierista en la fundición de piezas, después ensambladas y superpuestas, que otorga distintos significados a la misma obra, o lo que es lo mismo, permiten distintas lecturas según sea conveniente en cada momento, siempre para ensalzar la gloria, la dignidad y la grandeza del emperador, cuyo rostro ya había experimentado en los retratos de las medallas.

     Esta alegoría escultórica aparece firmada y fechada en una inscripción que recorre el pedestal: «1564/ LEO. P. POMP. F. ARET. F.», junto a otra que especifica: «CAESARIS VIRTVTE DOMITVS FVROR». La forma en que se disponen los personajes estaba definida desde 1550, según Leone Leoni comunicaba en una correspondencia dirigida al cardenal Antonio Perrenot de Granvela, obispo de Arras y ministro de Carlos V, donde especificaba: "La figura del emperador tiene debajo la estatua del Furor y no una provincia u otra victoria, apareciendo la primera digna y grave y con aspecto magnánimo, frente a la segunda, de apariencia tan horrible, que casi da miedo a quien la mira". Después solicitaría de nuevo a Granvela por carta que intercediera ante el emperador para que autorizase el capriccio de que la armadura de la escultura fuese desmontable. El 19 de julio de 1551 el escultor informaba de nuevo a este cardenal que había fundido la estatua de su majestad con mucho éxito.

     Leone Leoni trabajó con habilidad para diferenciar los dos personajes, aplicando el tratamiento de los músculos según el carácter de dureza de la figura, recurriendo a colocar el grupo sobre una base pequeña para que ninguna figura entorpeciera la visión de la otra y con matices distintos según el punto de vista, permitiendo ser contemplado alrededor para captar todos sus valores.

     Para la iconografía de este grupo tan original, Leone se inspiró en alegorías clásicas difundidas en dibujos y grabados, rodeando la figura del emperador de pequeños matices que ensalzan su identidad. Entre ellos la representación del emperador como el desnudo de un dios olímpico y con la pose de un magnánimo emperador romano; la colocación en su mano de una espada ancha, curva y de un solo filo, a modo de alfanje, con la cabeza de un águila en la empuñadura, en alusión al escudo imperial; la aplicación sobre el pecho de la figura de Marte, dios de la guerra, para reafirmar el carácter pacificador de Carlos V; la figura de un tritón en alusión a su dominio sobre el mar; la elección del Furor vencido como símbolo de la herejía combatida por el emperador o el contrapunto establecido entre la desesperación del encadenado y la serenidad del emperador.

PERIPECIAS DE LA ESCULTURA

     Esta escultura, junto a los otros retratos realizados por Leone Leoni, fue trasladada desde el taller milanés a Flandes para ser presentada al emperador, que la esperaba con auténtica expectación. Desde allí fue embarcada a España, donde sería rematada por Pompeo Leoni, que la retuvo en su taller hasta que fue terminada en 1564. A la muerte de este escultor en Madrid en 1608, el rey Felipe III ordenó su traslado al Alcázar madrileño, pasando en 1620 al jardín del palacio de Aranjuez.

     En 1634, reinando Felipe IV, fue destinada a los jardines del Buen Retiro, donde permaneció hasta que en el siglo XVIII se llevó al palacio de Buenavista, por entonces residencia de Godoy. Confiscados sus bienes tras el motín de Aranjuez del 18 de marzo de 1808, la escultura pasó a ser propiedad del pueblo por decreto de José I de 1811, siendo colocada coronando una fuente en la plaza madrileña de Santa Ana, regresando en 1825 de nuevo al palacio del Buen Retiro, hasta su incorporación, cinco años después, al Museo del Prado para presidir la rotonda de entrada desde la puerta de Goya.

     Actualmente es una de las esculturas más célebres de cuantas se pueden admirar en el museo madrileño, todo un ejemplo de la extraordinaria calidad de la escultura cortesana conseguida en el siglo XVI por Leone y Pompeo Leoni, cuyos modos fueron imitados por otros muchos escultores, aunque ninguno supo infundir al arte escultórico en bronce los sutiles matices y los alardes de un trabajo con un acabado propio de un inigualable orfebre.

Informe: J. M. Travieso.

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