20 de enero de 2017

Theatrum: CRISTO ATADO A LA COLUMNA, virtuosismo plástico de inspiración teresiana












CRISTO ATADO A LA COLUMNA
Gregorio Fernández (Sarria, Lugo, h. 1576-Valladolid 1636)
1614-1615
Madera policromada
Convento de la Concepción del Carmen o de Santa Teresa, Valladolid
Escultura barroca española. Escuela castellana














La representación de Cristo atado a la columna en Castilla en las primeras décadas del siglo XVII estuvo estrechamente ligada a las experiencias místicas de Santa Teresa, que se iniciaron con el impacto que le produjo, durante la cuaresma de 1554, la contemplación en el convento de la Encarnación de Ávila de una imagen de Cristo sufriente por las llagas que habitualmente aparecían en la iconografía conocida como Varón de Dolores. Sobre este hecho ella misma reflexionaría en su obra Vida1 de la siguiente manera:
   
Pues ya andaba cansada mi alma y –aunque quería- no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros” (Vida 9,1).

Más adelante, la santa abulense recomendaría en sus escritos a la comunidad de Carmelitas Descalzas, por ella reformada, meditar en la oración sobre esta escena: “Pues tornando a lo que decía, de pensar a Cristo a la columna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo, y por qué las tuvo, y quién es el que las tuvo, y el amor con que las pasó” (Vida 13,13).

Estas recomendaciones, que adquieren el valor de un ejercicio de imaginería mental, tendrían una gran repercusión en la religiosidad de la segunda mitad del siglo XVI, siendo Gregorio Fernández quien, en las primeras décadas del siglo XVII, supo interpretar como nadie las experiencias teresianas, recreando la imagen de Cristo atado a la columna, es decir, la dramática escena de Cristo recién flagelado, como una representación de marcado naturalismo que permite al espectador comprender y recibir el mismo impacto que experimentara la santa mediante la contemplación de las descarnadas huellas de los azotes, especialmente en la espalda, las manos en tensión sujetas a la columna, la boca abierta, seca y falta de aliento, y la mirada perdida con gesto de incomprensión, todo ello aderezado por un componente místico que resalta la humanidad Cristo para suscitar la meditación sobre su sacrificio.

Como es natural, esta creación fernandina conocería una especial acogida y devoción en las comunidades carmelitas, aunque la fuerza del arquetipo de Gregorio Fernández y su significación en la plástica sacra rebasaría todos los límites, pues tanto fue el éxito de tan afortunada creación, que el escultor, con ligeras variantes, repetiría la representación de Cristo atado a la columna en distintos tamaños, en unas ocasiones en pequeño formato, apropiado para conventos o pequeños oratorios, en otras a tamaño natural para presidir retablos (convento de Santa Teresa de Ávila y convento de San José de Calahorra, La Rioja) e incluso, como ocurrió en Valladolid, formando parte del paso procesional del Azotamiento que en 1619 realizara para la Cofradía de la Santa Vera Cruz.

Entre todo el variado repertorio de esculturas de Cristo atado a la columna, esta pequeña imagen —53 cm. de altura— que se conserva en el convento de la Concepción del Carmen de Valladolid, cuarta fundación teresiana, no sólo es una impresionante obra maestra de Gregorio Fernández, sino que por su belleza, delicadeza y virtuosismo en el trabajo de los detalles, se coloca entre lo más selecto de lo elaborado por "la gubia del Barroco". Podría decirse que en ella el escultor depura el primer modelo de la serie que, también a pequeña escala, había realizado hacia 1609 para el oratorio privado de don Cristóbal Gómez de Sandoval, hijo del duque de Lerma, y su esposa doña Mariana Manrique de Padilla, duques de Uceda y Cea, que después lo donarían a las madres cistercienses del convento del Santísimo Sacramento de Madrid (actualmente en Boadilla del Monte), del que eran patronos2.

Del mismo modo, apunta Jesús Urrea que esta imagen del convento vallisoletano, datada en los años 1614-1615, pudo ser encargada o adquirida al escultor, para un oratorio privado, por don Diego Sarmiento de Mendoza, IX conde de Ribadavia, por su viuda doña Isabel Manrique o por su hermano don Pedro Sarmiento. Una descendiente de esta familia, doña Isabel Rosa Sarmiento de Mendoza, marquesa de Camarasa y condesa de Ribadavia, a su muerte en 1773 hizo la donación de la talla al convento teresiano, en el que ostentaba el patronazgo3.


Una de las singularidades de la escultura, ya patente en el modelo de Boadilla del Monte, es la consolidación de un arquetipo en la representación de la escena de la Flagelación, en el que Cristo aparece amarrado a una columna de fuste bajo y trazado troncocónico, lo que da lugar a una disposición corporal completamente distinta a todas las anteriores representaciones que en época gótica y renacentista habían abordado el tema, siempre con una columna alta que sobrepasaba la altura de Cristo. Este tipo de iconografía, que supone otra de las aportaciones decisivas de Gregorio Fernández a la plástica barroca, intenta ajustarse con fidelidad al tipo de columna que el Vaticano reconociera como reliquia auténtica: la Columna de la Flagelación, fragmento llevado a Roma desde el supuesto Pretorio de Pilatos de Jerusalén en 1213, durante el pontificado de Inocencio III, que desde entonces viene siendo venerada en la basílica romana de Santa Práxedes4.


Gregorio Fernández coloca las manos de Cristo sujetas a una cadena insertada en la columna de la que cuelgan cuatro eslabones. Para ello cruza el brazo derecho por delante y lo equilibra con el adelantamiento de la pierna izquierda y el giro de la cabeza hacia la derecha, consiguiendo, a través de un minucioso estudio del cuerpo humano, un cadencioso movimiento de gran elegancia, efecto reforzado por el paño de pureza que cubre su desnudez, con pliegues angulosos y uno de los cabos ondeando en forma de finas láminas talladas, estableciendo el contrapunto entre la dureza del paño y las formas blandas y mórbidas de la anatomía. En conjunto, Gregorio Fernández consigue mover la figura en el espacio con una gran naturalidad, con lo que la figura adquiere distintos matices según el punto de vista desde el que se contemple, ajena al planteamiento frontal.

Como es habitual en el escultor, el centro emocional de localiza en la cabeza, con expresión de extrema serenidad a través de un rostro definido por los rasgos característicos en sus representaciones de Cristo: barba simétrica de dos puntas afiladas, boca entreabierta, nariz recta, párpados marcados y ojos de cristal —en este caso de color verde azulado y con la mirada levantada, lo que le proporciona una bella expresividad—, así como una densa melena con mechones meticulosamente tallados que dejan la oreja izquierda visible, algunos mechones sueltos y los tres habituales sobre la frente. Se completa con una esmerada policromía, de encarnaciones mates, en la que las llagas y los hematomas son muy comedidos, predominando los tonos pálidos que ponen el contrapunto al fingimiento pétreo de la columna.

Cristo atado a la columna, Gregorio Fernández. Izda: 1609, Convento del Smo. Sacramento, Boadilla del Monte (Madrid)
Centro: 1616, Fundación Santander Central Hispano, Madrid. Dcha: 1621, Convento de la Encarnación, Madrid 
Como ya se ha dicho, esta escultura forma parte de una serie en que el escultor repite el tema con las mismas características, siendo la de menor tamaño de todas ellas y, sin embargo, de una gran exquisitez. Después de la ya citada de Boadilla del Monte, la primera de la serie, y de este modelo del convento carmelitano de Valladolid, en un formato similar Gregorio Fernández realizaba, hacia 1616, otra versión que sólo difiere en la colocación de la cabeza más orientada al frente, obra cuya procedencia se desconoce y que actualmente pertenece a la colección de arte del Banco Santander Central Hispano. Asimismo, hacia 1621 el escultor repetía el arquetipo, en un formato ligeramente superior que no llega al natural, para el convento de la Encarnación de Madrid, donde todavía permanece.

Cristo atado a la columna, Gregorio Fernández. Izda: 1633, Convento de Santa Teresa, Ávila
Centro: 1625, Convento de San José, Calahorra. Dcha: 1619, Iglesia Penitencial de la Vera Cruz, Valladolid
No obstante, en sucesivas ocasiones Gregorio Fernández también elaboró imágenes de Cristo atado a la columna que superan el tamaño natural y que constituyen obras sobresalientes en el panorama de la escultura barroca española. Entre ellas destaca la imagen titular del paso procesional del Azotamiento que en 1619 encargara la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Valladolid. Esta obra, que permanece al culto aislada en un retablo de su iglesia penitencial, marca un punto de inflexión en la producción del escultor, no sólo por la perfección técnica alcanzada en su etapa de madurez, sino por el afianzamiento del naturalismo llevado a sus últimas consecuencias5.   

Asimismo, cabe citar el Cristo atado a la columna realizado en 1625 para las Carmelitas Descalzas del convento de San José de Calahorra (La Rioja), fundado en 1589 a instancias del obispo don Pedro Manso, que había conocido a Teresa de Jesús en Burgos. Un modelo que el escultor volvería a repetir en el grupo realizado en 1633 para el convento de Carmelitas de Ávila, donde se acompañaba de la figura de Santa Teresa arrodillada, aunque después pasaría a recibir culto por separado en uno de los retablos de la iglesia del convento. 

El arquetipo de Jesús atado a la columna creado por Gregorio Fernández, tan recurrente en los conventos carmelitanos y tan ajustado a los postulados contrarreformistas imperantes en la sociedad barroca, dio lugar a innumerables copias por parte de sus discípulos y seguidores, actualmente desperdigadas por buena parte de la geografía española.



Informe: J. M. Travieso.
Fotografías: J. M. Travieso, Wikipedia, Museo de las Ferias, Fundación Banco Santander y Las Edades del Hombre.



NOTAS

1 SANTA TERESA DE JESÚS: Vida, escrita por ella misma entre 1562 y 1565. El original se conserva en la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

2 URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Gregorio Fernández 1576-1636. Fundación Santander Central Hispano, Madrid, 1999-2000, p. 92.

3 URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Teresa de Jesús y Valladolid. La Santa, la Orden y el Convento. Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 2015, p. 126.

4 TRAVIESO ALONSO, José Miguel: Simulacrum. En torno al Descendimiento de Gregorio Fernández. Domus Pucelae, Valladolid, 2011, p. 161.

5 Ibíd. p. 161.





* * * * *

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada