10 de junio de 2016

Theatrum: SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, la plenitud del barroco napolitano












SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA
Aniello Perrone (Nápoles, 1633-1696)
1683-1687
Madera policromada y postizos
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Procedente del convento de la Purísima (Agustinas Recoletas) de Monterrey, Salamanca
Escultura barroca. Escuela napolitana














Durante el nada desdeñable periodo de 1504 a 1707, es decir, durante más de doscientos años, el reino de Nápoles estuvo convertido en un virreinato dependiente de la corona española. Por este motivo es fácil comprender los estrechos lazos que en lo político y lo económico se establecieron entre ambos territorios. En este proceso histórico es conveniente remarcar que, a partir del reinado de Felipe II, la mayoría de los virreyes fueron elegidos y nombrados entre los nobles castellanos, lo mismo que los virreyes y gobernadores de los estados italianos bajo soberanía española, existiendo en muchos casos lazos familiares entre ellos.

Estas estrechas relaciones también afectaron al mundo del arte, de modo que entre virreyes y nobles fue notable el número de obras de pintura, escultura y mobiliario que fueron adquiridas en el ámbito napolitano para ser destinadas a sus palacios en España o ser donadas a fundaciones religiosas españolas, alcanzando la demanda incluso a la presencia personal de artistas italianos, algunos de los cuales se desplazaron e instalaron sus obradores en suelo hispano. Tanto las obras importadas de Nápoles, como la llegada de algunos artistas, llegarían a ejercer una gran influencia sobre los pintores y escultores españoles, de modo que, durante mucho tiempo, ha sido muy difícil identificar a los artífices de muchas obras cuando no existía un respaldo documental, afectando sobre todo a la escultura de la segunda mitad del siglo XVII y del siglo XVIII.

Lentamente surgen estudios que contribuyen a aclarar este problema, aunque sigan existiendo muchas lagunas al respecto, siendo un caso muy elocuente el de esta magnífica escultura barroca de Santa Catalina de Alejandría, que, considerada obra de la escuela madrileña del siglo XVIII hasta tiempo reciente, ha sido catalogada y atribuida por Roberto Alonso Moral al círculo del escultor napolitano Aniello Perrone1, que la habría realizado entre 1683 y 1687.

EL ESCULTOR ANIELLO PERRONE  

Intentar acercarse a la personalidad artística de Aniello Perrone es tarea complicada, puesto que de su biografía se conocen muy pocos datos y en gran parte provienen de los escritos del historiador y pintor italiano Bernardo de Domicini (1683-1759), que, considerado como el Vasari napolitano2, publicó en 1742 Vite dei Pittori, Scultori, ed Architetti Napolitani, donde figuran breves biografías de artistas de la escuela napolitana en las que se han constatado numerosos errores.

Aniello Perrone nació en Nápoles en 1633 y era hermano gemelo de Michele Perrone. Ambos realizaron su formación como alumnos del escultor napolitano Pietro Ceraso, aunque en su futura actividad artística Aniello llegaría a alcanzar mayor notoriedad que Michele. Convertido en escultor, entallador, modelador y belenista, Aniello Perrone comenzó su actividad en Nápoles, aunque no pudo sustraerse a viajar a Roma para conocer los modelos de la antigüedad y sobre todo para estudiar a fondo las esculturas de Bernini, cuya obra comenzó a ser muy apreciada en Nápoles desde mediados del siglo XVII, en gran parte por la influencia del gran maestro extendida en tierras sureñas por algunos de sus discípulos.

Retornado a Nápoles, Aniello mantuvo un activo taller en el que elaboraba apreciadas esculturas, de esmerada ejecución, en las que junto a las influencias de los escultores locales mostraba un sustrato berniniano, siendo sus obras reclamadas en la corte virreinal y también desde España. Se tiene constancia de que en 1659 recibió el encargo del virrey Gaspar de Bracamonte Guzmán, conde de Peñaranda, de realizar un Belén de 112 figuras destinado a García de Avellaneda y Haro, conde de Castrillo, su predecesor en el Virreinato, así como un Crucificado. Incluso, según Dominici, el conde de Monterrey (Juan Domingo de Haro) llegó a solicitar a Aniello Perrone que se trasladase a España para trabajar a su servicio, hecho que no se produjo.

En el taller de Aniello se formaron y fueron colaboradores escultores de la talla de Domenico de Simone, Vicenzo Ardia, Gaetano y Pietro Patalano y Nicolás Salzillo, a pesar de lo cual su obra personal identificada es todavía escasa, destacando el Calvario de la iglesia de Santa Maria de Montesanto y la Inmaculada de la iglesia de Santa Maria della Concezione, ambas en Nápoles. También trabajaría en una escenografía efímera, realizada en 1691, para festejar la canonización de San Pascual Bailón en la iglesia napolitana de Santa Lucia al Monte.

Aniello Perrone mantuvo su taller activo en Nápoles hasta su fallecimiento en 1687, momento en que tan prestigioso obrador pasó a ser dirigido por su discípulo Nicolás Salzillo, que había ingresado en el mismo con 18 años. En 1700 este escultor emprendería su viaje a España para recalar definitivamente en Murcia, donde continuaría su legado su hijo Francisco Salzillo.

A las obras de Aniello Perrone enviadas a España3, como buen conocedor de las preferencias devocionales hispanas, seguirían otras de los escultores napolitanos de la siguiente generación, como Nicola Fumo y Giacomo Colombo.

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA           

Esta obra de Aniello Perrone, excelente testimonio de los gustos formales del barroco napolitano de finales del siglo XVII, procede del convento de la Purísima (Agustinas Recoletas) de Salamanca, fundado en 1636 por el mecenas Manuel de Zúñiga y Fonseca, Conde de Monterrey, frente a su palacio. En aquella clausura permaneció desde su llegada a España hasta 1938, año en que fue vendida a un particular junto a una imagen de San Miguel, también napolitana, que actualmente se conserva en el County Museum de Los Ángeles. 
Las dos esculturas habían sido una donación de Juan Domingo de Haro y Guzmán, segundo hijo de Luis Méndez de Haro, valido de Felipe IV, y conde consorte de Monterrey por haber contraído matrimonio con la sobrina del fundador. Benefactor del convento, amante del arte y gran coleccionista (según informa Palomino), en 1686 recibió de su hermano Gaspar de Haro y Guzmán, VII marqués del Carpio y virrey de Nápoles entre 1683 y 1687, un lote de obras artísticas napolitanas entre las que se pudo encontrar esta imagen de Santa Catalina.

En la representación de esta santa del siglo IV, virgen y mártir, aparece glorificada siguiendo una disposición que recuerda las imágenes de la Asunción, dispuesta frontalmente sobre una base de nubes plateadas entre las que se entremezclan agitadas cabezas y figuras de querubines. Su figura es fácilmente identificable por presentarse con sus tradicionales atributos, aquellos característicos e inconfundibles basados en la narración difundida en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en la Leyenda Dorada. A sus pies son visibles a un lado un fragmento de la rueda dentada de su martirio, su atributo más frecuente, y al otro la cabeza coronada del emperador que fuera su perseguidor y verdugo, otro atributo habitual.

Santa Catalina es presentada como una princesa, con una túnica ceñida a la cintura por un cíngulo y un chal que se agita al viento, así como un manto de doncella romana de gran amplitud que cae por la espalda y al frente rodea al cuerpo produciendo caprichosos y ondulantes pliegues, siguiendo un artificio de curva y contracurva propio del barroco pleno.

Ercole Ferrata. Martirio de Santa Inés en la hoguera, 1660
Iglesia de Sant'Agnese in Agone, Roma
La composición responde al exacerbado afán del barroco avanzado por representar las figuras en movimiento, cuyos precedentes se encuentran en la escultura romana del Seicento, especialmente en las representaciones de glorificaciones y martirios, llegando a establecer, por la decisiva influencia de la obra de Bernini, una novedosa relación de las esculturas con el espacio circundante a través de movimientos muy abiertos en los que las figuras gesticulan con los brazos y algunos elementos desplegados en todas las direcciones. Roberto Alonso4 apunta como precedente de esta escultura, con buen criterio, la imagen del Martirio de Santa Inés en la hoguera que realizara en 1660 el escultor Ercole Ferrata para la iglesia romana de Sant'Agnese in Agone, donde la santa, acusando claras influencias berninianas, aparece entre llamas con una disposición similar de la cabeza y los brazos, además de muchas concomitancias en la vestimenta.

Como es habitual, el centro emocional se encuentra en la cabeza. El rostro, convenientemente idealizado, muestra la mirada dirigida a lo alto, reforzando su carácter ascensional, y esboza una sonrisa de felicidad, poco frecuente en el arte sacro, a través de la boca entreabierta y la dentadura visible, reforzando su aspecto realista la aplicación de ojos postizos de cristal. Sus cabellos están minuciosamente tallados formando grandes rizos que se recogen en la parte posterior para dejar deslizar sobre los hombros una larga melena. Es posible que sobre ellos dispusiera, en forma de postizo, de la tradicional corona que la presenta como princesa, aunque este elemento no se ha conservado.

En su dinamismo ascensional, la santa levanta los brazos y los separa del cuerpo estableciendo un contrapunto al colocar una de las palmas de las manos hacia arriba y la otra hacia abajo, un recurso con connotaciones místicas que la confiere un papel de intercesora entre el cielo y la tierra. El tratamiento envolvente de los paños, agitados por una brisa mística y llenos de pliegues menudos con aristas muy pronunciadas responde a los códigos que caracterizan la obra de Aniello y Michele Perrone y que fueron repetidos por sus discípulos, como se aprecia en las obras de Vicenzo Ardia y Pietro Patalano. En este caso es sorprendente el virtuosismo conseguido en la estola y el manto, con partes talladas hasta el límite en una finísima lámina de madera, del mismo modo que lo hiciera en España el granadino Pedro de Mena.

La base, compuesta por figuras de dinámicos querubines entrecruzados responde a un convencionalismo adoptado en el Barroco en las representaciones marianas de la Ascensión o la Inmaculada, con las rollizas figuras infantiles cargadas de sentimentalismo y formando una maraña de cuerpos, cabezas y brazos, un esquema que pervivirá en la obra de Nicola Fumo, como en la figura de la Asunción que se conserva en Lecce. La escultura se apoya sobre una peana dorada decorada con volutas angulares y soportes en forma de hojas de acanto.

Se completa con una esmerada policromía que caracteriza el gusto napolitano, destacando el contraste entre las superficies plateadas de las nubes y los bellos motivos florales de los estofados, aplicados a punta de pincel, con esgrafiados que permiten aflorar el oro en la túnica verde en forma de medallones, así como minuciosos trabajos en la orla del manto y en los grandes motivos vegetales que lo cubren en su totalidad, pues incluye la parte posterior de la escultura, un trabajo generalmente reservado para las obras procesionales.   

Nicola Fumo. Ascensión. Lecce
Informe: J. M. Travieso.



NOTAS

1 ALONSO MORAL, Roberto: Santa Catalina de Alejandría. En: BOLAÑOS ATIENZA, María. Catálogo de la exposición "El Museo crece: Últimas adquisiciones 2005-2010". Madrid, 2011, pp. 70-73.

2 DE DOMINICI, Bernardo: Vite dei Pittori, Scultori, ed Architetti Napolitani (2 vols.), 1742. Stamperia del Ricciardi, Nápoles; digitalizado por Googlebooks de la copia de la Universidad de Oxford el 1 de febrero de 2007.
Bernardo de' Dominici (1683-1759) fue un historiador del arte italiano y pintor de finales del periodo barroco, activo principalmente en Nápoles, que pintó paisajes, marinas, vedute, y escenas de género. Dominici, no obstante, es conocido sobre todo como el Vasari napolitano, después de publicar en 1742 una colección de tres volúmenes, amplia, aunque con defectos, con breves biografías de artistas napolitanos.

3 CESARI, Paolo: Aniello Perrone. AbacuSistemArte, 2006.

4 ALONSO MORAL, Roberto. Ob. cit.




































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8 de junio de 2016

Museo Casa de Cervantes: LECTURA TEATRAL SHAKESPEARE Y CERVANTES COMPAÑÍA DE POESÍA, 9 de junio 2016

9 de junio, 20 h., Patio del Museo
Lectura dramatizada “Shakespeare& Cervantes Poetry Co./ Shakespeare y Cervantes Compañía de poesía”.
En la primera parte se leerán textos líricos de ambos escritores, de temática fundamentalmente amorosa, entre los que se incluyen varios sonetos, glosas y coplas, acompañados de música para vihuela del siglo XVI de los compositores Luis de Narváez, Diego Pisador y Enríquez de Valderrábano. En la segunda parte se leerán fragmentos del entremés El juez de los divorcios, de Miguel de Cervantes y de la comedia El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare.
Al finalizar la lectura se servirá un vino español por cortesía de “Vino Ecológico Cantayano”.

La programación del primer semestre del museo se cerrará el 17 de junio con la conferencia del ilustrador Miguelanxo Prado “Construyendo MI Cervantes”.

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Bordado de musas con hilos de oro: LA LEVEDAD DEL AIRE, de José González Torices


LA LEVEDAD DEL AIRE

Estás sentado al borde de tus lágrimas,
mirando más allá del horizonte;
y baja por tus ojos de los montes
el sudor de algún dios en tus palabras.

Las aves que cuidaste entre las sábanas
las noches de pasión y de pasiones,
se fueron al desierto de tus torres
donde los vientos migan las pisadas.

Y todo es levedad: la mariposa,
el canto del jilguero en la retama,
el grito del silencio en tu camino.

Y todo es levedad: la voz y el trigo,
el vuelo en libertad de las cigüeñas,
el dudoso latido de la aurora…

Que todo es levedad. Y tú lo sabes.

(El mundo de tu mundo es de otras aves
que anidaron al borde de las rosas).










JOSÉ GONZÁLEZ TORICES
Del libro inédito «La fugacidad del aire».



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7 de junio de 2016

VIAJE: FESTIVAL TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA Y LISBOA, del 15 al 17 de julio 2016

PROGRAMA

Viernes 15 de julio
Salida a las 15,30 horas desde Vallsur y a las 15,45 desde la plaza de Colón con dirección a Almendralejo (a 30 kms. de Mérida). Llegada, alojamiento y cena. Después de cenar, traslado al Teatro de Mérida para asistir a la representación de "Alejandro Magno" (localidades reservadas en filas 13, 14, 15, 16 y 17, todas ellas del 1 al 15. Al finalizar la representación, regreso al Hotel Acosta centro (4*).

Sábado 16 de julio
Visita a Almendralejo. Al finalizar, salida hacia Lisboa. Llegada al Hotel VIP Executive Saldanha (4*) y comida. A las 17 horas, salida en autocar para realizar una visita guiada por la ciudad de 3-4 horas. Llegada al hotel. Cena y visita nocturna opcional a la ciudad o acudir a una sesión de fados.

Domingo 17 de julio
Salida para visitar el Museo Gulbenkian. Breve tiempo libre. Comida a las 13 h. y al finalizar regreso a Valladolid, donde está previsto llegar alrededor de las 11 horas. 


PRECIO SOCIO EN HABITACIÓN DOBLE: 200 €
PRECIO NO SOCIO EN HABITACIÓN DOBLE: 225 €
PRECIO SOCIO EN HABITACIÓN INDIVIDUAL: 251 €
PRECIO NO SOCIO EN HABITACIÓN INDIVIDUAL: 261 €

REQUISITOS: Grupo mínimo y máximo 40 personas.

INCLUYE:
Viaje en autocar, acompañante de Domus Pucelae, Seguro de viaje y dossier informativo. Pensión completa durante el recorrido. Entrada a la representación en el Teatro Romano de Mérida.  Alojamiento, cena y desayuno en Hotel Acosta (4*) de Almendralejo.  Alojamiento, cena y desayuno en hotel VIP Executive Saldanha (4*) de Lisboa.

NO INCLUYE:
Gastos extras en hoteles y entradas a museos y monumentos.

INFORMACIÓN Y RESERVA DE PLAZAS: Información y reserva de plazas en: domuspucelae@gmail.com o tfno. 608419228 a partir de las 0 horas del día 8 de junio.
ORGANIZA:  Agencia de Viajes Raso Tour.

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6 de junio de 2016

Exposición: CORPUS CHRISTI, HISTORIA Y CELEBRACIÓN, del 20 de mayo al 26 de junio 2016



MUSEO DIOCESANO Y CATEDRALICIO
CATEDRAL DE VALLADOLID


Desde el 20 de mayo, con motivo del Congreso Eucarístico Diocesano impulsado por el arzobispado de Valladolid, se presenta en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid la exposición "Corpus Christi. Historia y Celebración", en la que a través de 70 obras de pintura, escultura, orfebrería, eboraria, bordados litúrgicos y ediciones impresas, se rememora la forma en que esta fiesta se ha celebrado en Valladolid a través de los siglos. Una veintena de las obras pertenecen al propio Museo Diocesano y Catedralicio y a la catedral vallisoletana, mientras que el resto han sido cedidas por iglesias, conventos, cofradías y colecciones privadas de la ciudad, así como de poblaciones como Villagarcía de Campos, Tordesillas, Medina del Campo y Medina de Rioseco.

La muestra se articula en cinco capítulos que establecen el hilo argumental: Orígenes e Historia: las prefiguraciones del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento y los orígenes de la celebración; La Fiesta del Corpus: la procesión en Valladolid; Corpus Misticus: los santos adoradores; Adoremus Corpus Domini: el arte y la fe de los orfebres y El Milagro Eucarístico: La celebración litúrgica, la música y el canto.

Un hecho a resaltar es que un buen número de las piezas mostradas han sido restauradas o limpiadas para la ocasión, incluyendo la exposición un pequeño taller de restauración en el que los visitantes pueden contemplar en vivo el proceso de recuperación de algunas obras. Causa verdadera satisfacción contemplar cómo han recuperado sus valores plásticos esculturas como el grupo de San Martín y el pobre de Gregorio Fernández, el San Juan Bautista realizado por Juan de Ávila siguiendo el modelo fernandino, la talla anónima de la Alegoría de la Fe que remata un retablo de la iglesia de San Miguel y, sobre todo, los Ángeles heraldos del taller de Gregorio Fernández que se conservan en la catedral, que desprovistos de las maltrechas vestiduras superpuestas muestran su verdadero aspecto como maceros custodios con semblante militar.

Son abundantes las obras maestras expuestas, como la pintura de la Visitación del Maestro de Portillo, la pintura del Buen Pastor de García Salmerón, el Traslado del Arca de la Alianza y los Desposorios de la Virgen de Gutiérrez Cabello, pinturas procedentes de la colegiata de Villagarcía, el Retrato del obispo Diego de la Cueva de Peti, el retrato anónimo de la Madre Luisa de Carrión del convento de Santa Isabel, el Crucifijo de marfil del taller de Terilli, la magistral Custodia de asiento en plata de Juan de Arfe, el cáliz gótico de la familia Fonseca y dos obras de calidad excepcional: el Ecce Homo y la imagen de Santa Clara, obras del mejor Gregorio Fernández, la primera perteneciente al propio museo y la segunda llegada del convento de Madres Clarisas de Medina de Rioseco.

No faltan obras de interés histórico y testimonial, como el dibujo del Santo Grial del monasterio de las Descalzas Reales, la pintura con la alegoría de la Exaltación del Pange Lingua de la iglesia de San Ildefonso, la Virgen de la Novena de Manuel Valladar, patrona de los cómicos en la iglesia de San Lorenzo, el relicario de Santa Catalina de la iglesia de San Miguel, la talla vestidera de San Felipe Neri conservada en la catedral, titular de la antigua Congregación en Valladolid, el Arca del Santísimo recubierto de carey del convento de Santa Teresa, la imagen gótica de la Virgen del Val, antigua patrona de los plateros vallisoletanos, la Custodia de la reina Margarita de Austria y el Cáliz de Felipe IV de las Descalzas Reales, expuestas fuera del convento por vez primera, y la partitura de un villancico del siglo XVII, dedicado al Corpus, del archivo catedralicio.

Todas estas obras pueden ser contempladas, en un renovado marco expositivo, hasta el domingo 26 de junio de 2016.
  

HORARIO DE VISITAS
Por la mañana, de martes a domingo, incluyendo festivos: de 11 a 13:30 h.
Por la tarde, de martes a viernes de 17:00 a 20:00 h; sábados y domingos de 19:00 a 21:00 h.
Lunes cerrado.

Entrada gratuita.


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3 de junio de 2016

Theatrum: GRUPO DEL DESCENDIMIENTO, el rastro creativo de un escultor desconocido







GRUPO DEL DESCENDIMIENTO
Juan Picardo (Peñafiel, Valladolid 1507-h. 1565)
1559
Madera policromada
Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid
Procedente de la iglesia de San Miguel de Medina del Campo
Escultura renacentista. Escuela de Valladolid









Juan Picardo: Piedad, Cristo atado a la columna y Cristo de la Paz. Colegiata de San Antolín, Medina del Campo
EL ESCULTOR JUAN PICARDO

La personalidad artística del escultor Juan Picardo todavía es un misterio por resolver, siendo su propia obra la que aporta indicios suficientes para poder afirmar que fue un artista de gran relieve en la Castilla de mediados del siglo XVI. Juan Agapito y Revilla le considera meritísimo escultor y vecino permanente de Peñafiel1, sugiriendo que su lugar de nacimiento no estuviera lejos de esta villa vallisoletana y que fuera hijo del pintor León Picardo, que hacia 1522 ejercía como pintor del Condestable de Castilla en Burgos y en 1524 trabajaba al servicio de don Pedro de Ayala, conde de Salvatierra. Es posible que León Picardo procediera de la Picardía francesa, de ahí su apellido, y que se estableciera en Burgos, pues allí aparece trabajando para el escultor borgoñón Felipe Bigarny. Esta circunstancia también explica que su hijo, Juan Picardo, del que existe constancia que nació en 1507, se formase influido por la corriente renacentista, llegando a ser un maestro apreciado en 1538, cuando con 31 años acude a Toledo, solicitado por el cardenal Tavera, para realizar la sillería del coro de la catedral, obra que finalmente fue adjudicada a Alonso Berruguete y Felipe Bigarny.

Entre los escasos datos de su nebulosa biografía, sabemos por Ceán Bermúdez que en 1548 aparece trabajando en esculturas de piedra de la capilla real de la catedral de Sevilla, donde es citado como vecino de Peñafiel. Lo que sí que está documentado es que, a partir de 1550 y durante cuatro años, trabajaba asociado al gran maestro Juan de Juni, contratando a medias el retablo mayor de la catedral de Burgo de Osma (Soria), una enorme maquinaria para la que realizó diferentes esculturas, entre ellas las de una santa mártir y Santo Domingo de Guzmán, así como los relieves con las escenas de la Anunciación, la Visitación, la Presentación de Jesús en el templo, la Dormición de la Virgen y la Imposición de la casulla a San Ildefonso. Su participación en tan importante empresa, junto a su yerno Pedro Andrés, y el poner el contrapunto a la genialidad de Juan de Juni lleva implícito el reconocimiento a su trabajo en aquella época, un periodo en el que descollaron grandes maestros escultores.

En 1552 se pagaban a Juan Picardo siete esculturas de piedra realizadas para los corredores altos del crucero de la catedral de Burgos, así como una escultura en madera de Cristo resucitado. Al año siguiente, 1553, Juan Picardo comparece como testigo y tasador, a favor del cliente, en el pleito que sostuvo don Pedro González de León por su sepulcro y el de su esposa doña María Coronel, en la iglesia del convento de la Madre de Dios de Valladolid, contra el escultor Inocencio Berruguete, sobrino del gran maestro, lo que induce a pensar que si Juan Picardo era afecto a Juan de Juni no lo era tanto a la familia de los Berruguete.

Un importante contrato para Juan Picardo fue su participación en el retablo mayor de la colegiata de San Antolín de Medina del Campo, a donde acude en 1540 para comenzar a trabajar en compañía de su yerno Pedro Andrés y donde estaría activo durante casi dos décadas. Si en 1554 le era encargado por don Tomás Coello el retablo de Jesús atado a la columna y por doña Francisca Pérez el del Calvario para la capilla contigua en la colegiata de San Antolín, en 1556 se ocupaba de varias obras para el convento de San Francisco y en 1557 para la iglesia del hospital de San Lázaro, siendo requerido en 1558 para ocuparse del pequeño Retablo del Descendimiento, destinado a la también iglesia medinense de San Miguel.

Asimismo, en 1558 y de nuevo en compañía de su yerno Pedro Andrés, Juan Picardo se postulaba para tallar el ingente retablo mayor de la catedral de Astorga, proyecto para el que finalmente sería elegido Gaspar Becerra, aunque la simple posibilidad de acometer tal proyecto indica el consolidado prestigio en el campo de la escultura renacentista castellana del escultor vecino de Peñafiel2, población en la que, paradójicamente, no existe ninguna obra que se le pueda adjudicar con certeza, limitándose tan sólo a un Cristo atado a la columna3 expuesto en el Museo Iglesia de Santa María de Peñafiel, atribuido por José María Parrado a este escultor.

EL GRUPO ESCULTÓRICO DEL DESCENDIMIENTO 

El año 1558 el regidor Alejo de Medina y su esposa María López de Mercado solicitaban un retablo para presidir la capilla familiar que habían dispuesto en la iglesia de San Miguel de Medina del Campo. En el encasillamiento del único cuerpo se colocaría el grupo del Descendimiento que, en opinión del historiador alemán Georg Weise4 y de Esteban García Chico, habría sido tallado ese mismo año por Juan Picardo. También García Chico5 publicaba los documentos sobre los artistas participantes en el proyecto y las características del mismo, de modo que podemos saber que, una vez tallado el grupo escultórico, en marzo de 1559 los comitentes firmaban un contrato con Alejo de Medina y Luis Vélez —pintor medinense avalado por el platero Francisco de Carrión— para policromar el grupo del Descendimiento y un remate semicircular del ático en el que estaba representado en relieve el Padre Eterno, así como un friso superior, dos pilastras con decoración de grutescos y dos columnas abalaustradas, decoradas con figuras de niños entre cardinas "a lo romano" y rematadas por florones en el ático, ambas colocadas a los costados del retablo.

Asimismo, Luis Vélez se comprometía a completar el retablo con cuatro tablas pintadas que se colocarían flanqueando el encasillamiento central, siendo explícitamente solicitados los temas de la Adoración de los Reyes Magos y la Virgen con el Niño coronada por ángeles, cada uno incluyendo los retratos de medio cuerpo de los donantes, a los que se sumarían otros dos superpuestos con la Crucifixión y la Resurrección de acuerdo al carácter funerario del recinto, exigiendo el regidor que el retablo fuera “pintado y puesto en toda perfección”, lo mismo que la decoración pintada de la bóveda y las pinturas murales de la capilla, que debían seguir los modelos especificados en el contrato. En dos cartelas de la mazonería figuraban los años de 1559 y 1560 como fechas del asentamiento y consagración de la obra.

A pesar de cierta tendencia a la teatralidad, el grupo del Descendimiento pone de manifiesto el ponderado equilibrio de la composición, cuya factura recuerda a algunas obras junianas, en este caso articulada en base a una pronunciada diagonal que establecen los cuerpos de Nicodemo, Cristo y José de Arimatea, cuya acción define la escena que sigue un trazado de clara inspiración pictórica en la que se establecen dos espacios, uno superior en el que se patentiza el esfuerzo físico y otro inferior en el que afloran las emociones y el drama.

Picardo, con gran sentido narrativo, lo muestra a través de unas figuras de cuidada talla que siempre tienden a la idealización formal. El escultor se esmera en los rostros expresivos y en las manos gesticulantes, con indumentarias voluminosas en las que se alternan pliegues muy menudos con otros más gruesos. Destaca la minuciosa definición de los cabellos y las tocas, contrastando el dinamismo de algunas figuras, como José de Arimatea encaramado a la escalera, el manierista cuerpo desplomado de Cristo, el desmayo de la Virgen asistida por San Juan y María Cleofás y la desesperación de la Magdalena, con el hieratismo que se aprecia en las figuras de Nicodemo y María Salomé, participando todas ellas de una puesta en escena que puede sugerir un auto sacramental o las populares funciones del Desenclavo, pues parece evidente que a la escena se incorporaría un sudario real, a juzgar por el trozo del mismo que cruza el pecho de Cristo, sin continuidad sobre los brazos de la cruz.


En el grupo también se aprecia el ajuste del escultor a modelos personales que repite en otras obras, como en el caso de San Juan, muy similar al que aparece en el grupo de la Dormición de la Virgen del retablo de la catedral de Burgo de Osma, o el tratamiento anatómico de Cristo, estilísticamente relacionado el que aparece en la Piedad, en el Cristo atado a la columna y en el monumental Cristo de la Paz, serie de esculturas de Juan Picardo conservadas en la colegiata de San Antolín de Medina del Campo.

Citaremos para finalizar las labores de policromía y dorado aplicadas por Luis Vélez y Alejo de Medina, en la que la pálida carnación de la anatomía de Cristo, con las huellas azuladas de hematomas y pequeños regueros de sangre, que se repiten en otras figuras de Cristo del escultor, contrasta con las superficies de los paños en las que predominan los dorados según el gusto de la época, sin que falten bellas labores de estofados que desgraciadamente no se han conservado en su integridad.

Aunque existen fotografías del Retablo del Descendimiento anteriores a 1943, fecha en que fueron publicadas por Esteban García Chico, en las que se aprecia el aspecto de la pintura, escultura y mazonería del retablo, éste fue desmontado y desmembrado, siendo trasladado el grupo escultórico del Descendimiento y las pilastras laterales al Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid, mientras las pinturas fueron ofrecidas al comercio del arte. Actualmente las tablas de la Adoración de los Reyes Magos y de la Resurrección integran la Colección BBVA de Madrid, mientras que de las dos restantes se desconoce su paradero.         


Informe y fotografías: J. M. Travieso.




NOTAS

1 AGAPITO Y REVILLA, Juan: Un artista castellano poco conocido: El escultor Juan Picardo. Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Año XXX, Tercer trimestre, Madrid, 1922, p. 11.

2 PARRADO DEL OLMO, José María: Juan Picardo al servicio de los Manuel en Peñafiel. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (BSAA), XXXIX, Universidad de Valladolid, 1973, pp. 521-527.

3 PARRADO DEL OLMO, José María: Un Cristo a la columna atribuible a Juan Picardo en Peñafiel. Boletín del Seminario de Estudiso de Arte y Arqueología (BSAA), LXXV, Universidad de Valladolid, 2009, pp. 93-100.

4 WEISE, Georg: Spanische Plastik aus sieben Jahrhunderten, t. III, II, p. 297.

5 GARCÍA CHICO, Esteban: Catálogo monumental de la provincia de Valladolid: TOMO III: Medina del Campo. Tomo IV:  Partido judicial de Medina del Campo. Diputación Provincial, Valladolid, 1961-1964.

El retablo original en la iglesia de San Miguel de Medina del Campo, 1930
Pinturas del mismo actualmente en la Colección BBVA, Madrid












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2 de junio de 2016

1 de junio de 2016

Fastiginia: La Fuente del Cisne, un monumento al agua en el Campo Grande


Estampas y recuerdos de Valladolid

Una ciudad con vocación cosmopolita. En pleno centro urbano un enorme jardín, un campo muy grande con trazado laberíntico. Entre la espesura una glorieta despejada. En el centro de la glorieta un estanque en el que se refleja la fronda circundante. Dentro del estanque un refugio pedregoso de seres acuáticos: tritones, sirenas, peces y un cisne. Junto a ellos surtidores lanzando agua en todas las direcciones. ¿Un lugar mítico o imaginado? No, algo mucho más cercano: la Fuente del Cisne del Campo Grande, también llamada por algunos Fuente de las Sirenas.

Podría decirse que en realidad constituye un monumento al agua como fuente de vida, aunque, conociendo el lugar para el que fue concebida, sería en realidad un monumento a las aguas del Pisuerga, padre primordial de nuestro vallis tolitum. La fuente se halla enclavada en uno de los lugares más sugestivos y apacibles del Campo Grande, un parque decimonónico que sigue siendo todo un lujo para los vallisoletanos.

La Fuente del Cisne recién instalada en el Campo Grande
Pero la historia del parque y la de la Fuente del Cisne discurrieron por caminos bien distintos, puesto que, a pesar de la concepción romántica y naturalista del extenso jardín y de su trazado con glorietas, fuentes y memoriales, al igual que ocurriera con el estanque y la gruta, la Fuente del Cisne no formaba parte del proyecto inicial que en 1877 el alcalde Miguel Íscar encargara al arquitecto Ramón Oliva y al responsable de jardines Francisco Sabadell.

Para comprenderlo, tenemos que retrotraernos al año 1887, en una época en que Valladolid experimentaba una importante transformación en la que paulatinamente iba perdiendo su carácter levítico para convertirse en una ciudad moderna, sobre todo después del espaldarazo definitivo que supuso la llegada del ferrocarril a mediados de siglo. Entre los proyectos renovadores de la ciudad se encontraba una glorieta construida en la plaza del Poniente, que con su sugestivo nombre estaba destinada a convertirse en un importante enclave del centro urbano. Como remate de este proyecto viario, se pensó que sería adecuado que la glorieta estuviera presidida por una fuente monumental, para lo que un año antes se había solicitado un proyecto a Gonzalo Bayón, propietario de una de las fundiciones más importantes de Valladolid, al tiempo que Francisco Sabadell presupuestaba los jardines complementarios del entorno.

La iniciativa fue divulgada por la prensa local, que desveló que, según los planos a los que había tenido acceso, la fuente estaría compuesta por un gran estanque circular y ornamentada con cisnes y otras figuras. La obra aprobada se realizó con inusitada celeridad, pues si en enero de 1887 Julián Quintana resultó elegido en la subasta de obras, a primeros de mayo la taza del estanque ya estaba instalada en la glorieta.

En los días siguientes los vallisoletanos pudieron conocer el aspecto definitivo de la fuente: un amplio estanque circular, de diez metros de diámetro, en cuyo pretil se insertan seis machones cuadrangulares de piedra con escudos de Valladolid labrados en sus frentes, mientras que en el centro del estanque se levanta un promontorio pétreo circular, de aspecto abrupto, con un pedestal sobre el que brota una corona de juncos de tipo espadaña entre cuyas hojas se intercalan gruesas espigas cilíndricas, todo ello fundido en bronce, rematándose con otra figura de bronce que representa un cisne con las alas desplegadas, el cuello retorcido y el pico orientado hacia arriba con función de surtidor. 
A su alrededor, erguidas sobre las piedras, figuras broncíneas de sirenas sujetando grandes peces, con las bocas convertidas en surtidores, y seis figuras de tritones, igualmente fundidos, colocados sobre soportes de piedra y asomando a ras del agua, también con función de surtidores diseminados por el estanque. De todo el conjunto destacaría la figura del cisne, recubierta de pintura blanca para aumentar su naturalismo.

Parece ser que tan novedosa y pintoresca fuente urbana, verdadero canto al agua relacionado con el cercano cauce del Pisuerga, causó muy buena impresión cuando el ingenio hidráulico comenzó a funcionar el 10 de junio de aquel año, aunque los problemas no se harían esperar, pues, transcurridos unos meses, la estructura del estanque se resintió y hubo que parar el funcionamiento de los juegos de agua.

La fuente fue reparada en 1888, pero su funcionamiento seguía dando problemas que algunos técnicos achacaron a estar mal nivelada sobre el terreno, lo que originaba la aparición constante de grietas, de modo que en enero de 1889 quedaba nuevamente inutilizada.

Aspecto actual de la Fuente del Cisne
Ante esta situación, el arquitecto municipal planteó el desmontaje de la fuente y su traslado al Campo Grande, decisión que fue aprobada en un pleno municipal. Esta sugerencia originó la polémica ciudadana, pues, mientras que algunos se mostraron partidarios del traslado, idea alentada desde El Norte de Castilla, otros se manifestaron a favor de su permanencia en el Poniente, opinión mantenida por La Crónica Mercantil, que también sugirió la construcción de una nueva fuente en el Campo Grande.

Como consecuencia de esta polémica, la fuente permaneció inactiva cerca de cuatro años, aunque finalmente el acuerdo municipal se llevó a efecto y se comenzó a desmontar en febrero de 1892, siendo trasladados todos sus componentes a un espacio abierto del Campo Grande. Tras asegurar la nueva cimentación, para que no se repitieran los problemas, la Fuente del Cisne se montó en el nuevo emplazamiento y comenzó a funcionar oficialmente, fundiéndose con el entorno de un recóndito y paradisiaco enclave, en septiembre de 1892. En su nueva ubicación, el centro de la fuente fue modificado para incluir entre las sirenas un cuerpo de tierra que permitía la plantación de juncos naturales, un motivo sugerido y realizado por Francisco Sabadell por el que recibió felicitaciones.

Parecía que la operación había concluido con éxito. Sin embargo, el puritanismo decimonónico tenía reservada una nueva polémica. En el afán por dotar a las figuras de verismo y destacar el tono del bronce del entorno arbóreo, además del recubrimiento blanco del cisne se aplicó sobre los cuerpos desnudos de las sirenas una pintura que sugería carne real, lo que produjo las quejas y protestas de las mentes puritanas que acostumbraban a pasear por el parque, lo mismo que sus sirvientas con los niños, por lo que se tomó la decisión de pintar los cuerpos de negro.

La fuente permaneció fundida con la naturaleza, con su entorno de tierra batida y visitada por familias y barquilleros, hasta 1935, cuando con motivo de celebrarse una Feria Regional de Muestras, se construyó a su alrededor una pérgola con plantas trepadoras que llegaría a dar nombre a la glorieta. En los años 60 se levantó un pequeño escenario y se cercó el perímetro, que pasaría a convertirse en un popular salón de baile al aire libre con la fuente en el centro.

En tiempos recientes, tanto la glorieta como el paseo que la comunica con el Paseo del Príncipe, que atraviesa longitudinalmente el Campo Grande, fueron pavimentados y reordenados sus jardines, aunque nunca ha llegado a perder el carácter romántico y el factor sorpresa de cuantos la visitan por primera vez. Asimismo, en 2011 el Ayuntamiento de Valladolid, dentro de un plan de rehabilitación integral de los elementos del Campo Grande (Fuente de la Fama, pajareras, etc.), acordó la restauración de la fuente y de sus conducciones hidráulicas, obra que se llevó a cabo en 2012 permitiendo recuperar todo el esplendor de la pintoresca Fuente del Cisne, al que esperamos no volver a ver agonizar retorciéndose entre los sones del Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns.      














































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