17 de junio de 2016

Theatrum: CRISTO RESUCITADO, la rotundidad de un dios clásico












CRISTO RESUCITADO
Francisco de Rincón (Valladolid 1567-1608)
Hacia 1606
Madera policromada
Convento del Corpus Christi, Valladolid
Escultura renacentista tardomanierista. Escuela castellana















Al tratar en un artículo anterior del grupo escultórico de Santa Ana, la Virgen y el Niño, que realizara Francisco de Rincón en 1597 para la iglesia de Santiago de Valladolid, ya se señalaba que la mayor creatividad de este escultor se pondría de manifiesto a lo largo del periodo comprendido entre 1600 y 1605, en que el escultor vallisoletano, que ya había alcanzado toda su plenitud artística y profesional y que en 1604 había conseguido renovar el concepto de paso procesional con la composición de la Elevación de la Cruz realizada para la Cofradía de la Pasión, paso compuesto por innovadoras figuras talladas enteramente en madera, emprende sucesivos trabajos en piedra y en madera en los que retablos, relieves y esculturas exentas manifiestan un decidido abandono del componente tardomanierista y romanista imperante para adentrarse en lo que hoy conocemos como estética barroca.


En ese momento Francisco de Rincón contaba como colaborador de su taller con Gregorio Fernández, un joven gallego que acababa de recalar en Valladolid dando muestras de sus dotes creativas y con el que el escultor vallisoletano inició un mutuo intercambio de influencias, al mismo tiempo que entre ellos se establecían tan fuertes lazos profesionales y amistosos que determinarían una relación casi de tipo familiar, situación que se mantuvo cuando en 1605 —último año en que la Corte estuvo asentada en Valladolid— el escultor lucense de Sarria abrió taller propio en la ciudad del Pisuerga.

En las obras de esos años ambos escultores no son ajenos a las influencias ejercidas por el milanés Pompeo Leoni, recién llegado a Valladolid para trabajar bajo el mecenazgo del Duque de Lerma, pero también la creatividad de uno de otro se retroalimentarían de forma evidente. Es entonces cuando Francisco de Rincón comienza a realizar figuras arquetípicas y renovadoras para representar determinados temas que anticipan unos modelos iconográficos que alcanzarían su máxima expresión en las gubias del gran maestro gallego.

Cristo resucitado en su altar del convento del Corpus Christi
Es el caso del grupo de San Martín y el pobre, primer paso procesional de Gregorio Fernández que, realizado en 1606, tiene como precedente directo el relieve que realizara Francisco de Rincón en 1597 para el retablo del Hospital Simón Ruiz de Medina del Campo, aunque el hecho es más evidente en las iconografías de "Cristo yacente" y de la "Piedad", en las que los modelos rinconianos inspirarían las exitosas series fernandinas con las que el gran maestro llegó a alcanzar su plenitud creadora y convertirlas en las obras más afamadas y exitosas de su taller.

Desgraciadamente, el genio creativo de Francisco de Rincón se truncó con su muerte prematura en 1608 —recién superados los 40 años—, aunque su extraordinario legado permite rastrear la influencia que sus modelos ejercieron sobre la escuela castellana más allá de su muerte. Hoy fijamos nuestra atención en la magnífica escultura de Cristo resucitado que se conserva en el monasterio vallisoletano del Corpus Christi, cuya atribución a Francisco de Rincón, que ya fuera apuntada por Martín González y Plaza Santiago1, podemos considerar fuera de toda duda.

Esta escultura de Cristo resucitado presenta similitudes estilísticas y compositivas con la escultura de Santa Gertrudis que realizara hacia 1606 para la iglesia de Nuestra Señora de las Angustias. Ambas comparten su posición frontal por estar concebidas para ser colocadas en la hornacina de un retablo, su disposición en contrapposto para potenciar un elegante clasicismo que transmite serenidad y una vigorosa anatomía revestida con ampulosos paños que forman pliegues trabajados de un modo personal e inconfundible, así como una esmerada policromía en la que son llamativos los grandes motivos florales de los estofados. Como consecuencia, ambas figuras se presentan rotundas y elocuentes, abandonando los artificios manieristas para lograr el equilibrio y la armonía de la escultura clásica en la búsqueda de naturalismo, incluyendo la elegante y cadenciosa forma de moverse en el espacio.

Júpiter de Esmirna, siglo II d. C. Museo del Louvre, París
En efecto, una mirada genérica al Cristo resucitado de Francisco de Rincón nos evoca el aspecto mayestático de un dios clásico y más concretamente las representaciones derivadas del Zeus olímpico o sus versiones romanizadas como Júpiter, ofreciendo una especial similitud con la célebre escultura del Júpiter de Esmirna del siglo II d.C. (Museo del Louvre, París), que paradójicamente Francisco de Rincón no pudo conocer puesto que este mármol fue hallado en aquella ciudad turca en 1670, casi setenta años después de que el escultor vallisoletano realizara su escultura, lo que le confiere mayor mérito creativo con cánones clásicos.      

Cristo muestra una anatomía hercúlea, muy bien definida y de fuerte clasicismo, en el que el contrapposto le libera del peso sobre la pierna derecha, que se flexiona para romper el estatismo, al mismo tiempo que facilita el movimiento del torso, contraponiendo la colocación del brazo izquierdo hacia abajo, para sujetar el manto, con el derecho levantado al frente y en actitud de bendecir, siguiendo una tradición implantada en la representaciones de Cristo en majestad desde tiempos del Románico.
Clásico es también el tratamiento de la cabeza, cuya gravedad remite de nuevo a las representaciones de Zeus, en este caso con la frente despejada, la nariz recta, pronunciadas cuencas oculares con grandes ojos, boca entreabierta con los dientes visibles, una pronunciada barba de dos puntas simétricas y una larga melena con abultados mechones rizosos que llegan hasta los hombros dejando entrever las orejas.   

La escultura se mueve con naturalidad en el espacio mediante el movimiento que define el manto, que cae desde los hombros por la espalda mientras envuelve con gracia el brazo izquierdo y se cruza al frente formando airosas líneas diagonales y estratégicos pliegues que proporcionan dinamismo a su pesada textura, al tiempo que permite percibir una porción del paño de pureza y los estigmas de pies, manos y costado al completo, siguiendo el decoro exigido por la ortodoxia contrarreformista.

Desgraciadamente la escultura no conserva en condiciones óptimas su bella policromía primitiva, presentando signos de repintes posteriores sobre las carnaciones mates originales. Realmente efectistas son los grandes motivos florales y las orlas que ornamentan el manto púrpura, en cuyos esgrafiados se han producido ligeras pérdidas. Por estar concebida para estar asentada en un retablo, la imagen no fue policromada por su parte trasera. 


Frontispicio del Hospital de la Resurrección. Jardín de la Casa de Cervantes
El tema de Cristo resucitado responde a la necesidad de dotar de imágenes titulares a las cofradías de la Resurrección que aparecieron desde mediados del siglo XVI y a principios del XVII, generalmente creadas con fines benéficos y relacionadas con la asistencia sanitaria. De mediados del siglo XVI data la fundación de la Cofradía de la Resurrección o del Sacramento que tenía su sede en el monasterio vallisoletano de la Trinidad, entre cuyos fines asistenciales se encontraba la gestión del Hospital de la Resurrección, fundado en 1553 y levantado extramuros de la ciudad, próximo a la Puerta del Campo (actual confluencia de la Plaza de Zorrilla y la calle de Miguel Íscar) y cercano al primitivo convento de dominicas del Corpus Christi (en la actual Acera de Recoletos), complejo hospitalario que fue demolido en 1890 por su estado ruinoso. El frontispicio que coronaba la fachada pétrea de la iglesia, con la imagen titular de Cristo resucitado, aún se conserva en el jardín de la Casa de Cervantes.

Asimismo, relacionada con la iconografía de la Resurrección, en el siglo XVII se prodigaron las representaciones del Niño Jesús caracterizado como Cristo resucitado, con aire victorioso, bendiciendo y portando como atributo un pequeño estandarte en forma de cruz. Estas pequeñas imágenes, elaboradas en madera policromada o peltre, fueron muy apreciadas en las clausuras femeninas, donde las monjas se ocupaban en cubrirles con vistosas túnicas por ellas bordadas.

Ya hemos aludido a la influencia que las obras de Francisco de Rincón ejercieron sobre las creaciones de Gregorio Fernández. El caso se repite con esta escultura de Cristo resucitado, cuyos ecos reaparecen en obras tempranas del gran maestro, como ocurre en la escultura exenta de Cristo resucitado que se conserva en el Museo Goya (Fundación Ibercaja) de Zaragoza y en el Salvador que corona el retablo mayor de la iglesia de San Andrés de Segovia, ambas obras realizadas por Gregorio Fernández en 1616.

El Cristo resucitado del Museo Goya es de pequeño formato y posiblemente coronaba el tabernáculo de alguno de los retablos elaborados por Gregorio Fernández. Su anatomía, que define un movimiento helicoidal, es más esbelta que la del modelo rinconiano, incorporando un dinamismo barroco contrapuesto a la serenidad clásica de la obra de Rincón, a pesar de lo cual la disposición corporal y del manto pueden recordarla.

Otro tanto ocurre con la bella imagen del Salvador de la iglesia segoviana, estilizada y elegante, en cuya disposición corporal, a pesar de presentar la anatomía completamente cubierta por la túnica y el manto, evoca nítidamente la obra de Rincón, especialmente en su posición de contrapposto y en la disposición del manto, aunque la cabeza presente un trabajo más depurado, en la que Gregorio Fernández ya establece su propio arquetipo, e incorpore como atributo el globo que simboliza el Universo. Esta iconografía fue repetida por Gregorio Fernández, entre 1610 y 1614, en las puertas de los tabernáculos de la desaparecida iglesia de San Diego de Valladolid (fragmento hoy conservado en el Museo Nacional de Escultura), y de las iglesias de Villaveta (Burgos), Villaverde de Medina (Valladolid) y Tudela de Duero (Valladolid), dejando patente en todas ellas la huella de su colaboración con Francisco de Rincón.    


Informe y fotografías: J. M. Travieso.
Izda: Cristo resucitado. Gregorio Fernández, 1616
Museo Goya - Fundación Ibercaja, Zaragoza
Dcha: El Salvador. Gregorio Fernández, 1616
Retablo mayor de la iglesia de San Andrés, Segovia



NOTAS

1 MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y PLAZA SANTIAGO, Fco. Javier: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (Conventos y Seminarios), Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, tomo XIV (Segunda parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1987, p. 89.





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16 de junio de 2016

Desastre artístico: Un Zurbarán afectado por la inundación del Museo Girodet de Montargis


Como consecuencia de las fuertes lluvias que han afectado a Francia recientemente, la pintura de San Jerónimo penitente, realizada por Francisco de Zurbarán hacia 1650, ha permanecido flotando durante dos días, junto a otros 2.800 cuadros, en un subterráneo del Museo Girodet de Montargis, fundado en 1767 y situado a cien kilómetros al sur de París.

Con motivo de las obras de remodelación del museo, que comenzaron hace siete años, la colección se hallaba depositada en el subterráneo de un edificio prestado por las autoridades de la ciudad, dentro de una cámara concebida como las cajas fuertes de los antiguos bancos, con una puerta blindada, no hermética, por la que se infiltró el agua del vecino canal de Briad, causando un desastre que se descubrió al cabo de dos días con la consiguiente alarma, tardando los bomberos otros dos días en vaciar la cámara.

Junto a la obra de Zurbarán, que acababa de ser restaurada y se hallaba protegida por una envoltura de plástico, también se han visto afectadas obras de Géricault y de Feuchère, junto a miles de pinturas, esculturas y objetos arqueológicos que tendrán que ser restaurados, lo que retrasará la apertura del nuevo museo, prevista para el primer trimestre de 2017, con el consiguiente coste imprevisto de la operación, para el que la Sociedad de Amigos del museo ya ha iniciado una campaña de recaudación para financiar la restauración de las obras.


Tan sólo se han librado de la catástrofe algunas pinturas de la pintora neoclásica Anne-Louis Girodet, que da nombre al museo, y un conjunto de obras —unas doscientas— que están siendo restauradas fuera del museo o cedidas temporalmente a otras instituciones, aunque según los responsables del museo habrá que esperar unas semanas para conocer el verdadero alcance del desastre.

También se vieron afectados por el temporal el Museo del Louvre y el Museo de Orsay de París, que permanecieron cerrados cuatro días, la Biblioteca Nacional de Francia y el Grand Palais, así como el castillo de Chambord, patrimonio mundial de la Unesco.




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15 de junio de 2016

Reportaje: Recorrido por los pueblos blancos andaluces, Cádiz y Gibraltar en mayo 2016


El viaje que realizamos ha sido repetido por el interés despertado en miembros de nuestra Asociación que no pudieron, asistir en el anterior, fueron visitados los mismos lugares y con el mismo recorrido que el realizado del 04 al 09 de diciembre del pasado año.

12 de mayo
Salimos de Valladolid a las 15 horas de la plaza de Colón con dirección al Puerto de Santamaría, localidad en la que como la vez anterior teníamos el hotel. Llegamos a la ciudad ya anochecido, efectuamos una cena fría en el propio hotel y nos retiramos a descansar.

13 de mayo
Desayunamos y salimos a las 9,30 horas para visitar el yacimiento fenicio de Doña Blanca ubicado a las afueras del Puerto de Santamaría, posteriormente nos dirigimos hacia Sanlúcar de Barrameda. 
Llegamos y comenzamos el día disfrutando del ambiente mañanero en el Barrio Bajo, muy cerca del mercado de abastos. En su entorno nos encontramos con puestos de verduras, dulces y otros productos y en su interior magníficos puestos de pescado y marisco y aceitunas. Subimos por la cuesta de Belén hasta el Barrio Alto, donde lo primero que vimos fueron Las Covachas (se compone de una galería porticada insertada en el muro). Más adelante pudimos contemplar el Auditorio de la Merced, antiguo convento del s. XVII, y desde allí llegamos al Palacio de Orleáns Borbón (s. XIX), residencia de verano de los Duques de Montpensier y actual Ayuntamiento. La siguiente parada seria para visitar la Iglesia de Nuestra Sra. de la O, de estilo gótico-mudéjar del s. XIV y en la misma plaza está el Palacio de Medina Sidonia, residencia de los Duques de Medina Sidonia, (contiene el archivo de la llamada "Duquesa Roja). Pasamos junto al castillo del s. XV, donde se alojaron los Reyes Católicos en su visita a la ciudad y bajando del Barrio Alto llegamos a Bajo de Guía, junto al río. Antes de entrar al Centro de visitantes "Fábrica de Hielo"- Bajo de Guía, estuvimos contemplando el paso de las carretas, coches, tractores y remolques en las barcazas que cruzaban las Hermandades que iban al Rocío. Después de la visita a la Fábrica de Hielo estuvimos dando un paseo por la ciudad y degustamos de las famosas tortas de camarones.
Regresamos al hotel para almorzar y a las 16 horas salimos para realizar la visita de Medina Sidonia.  El pueblo fue galardonado con el premio al Embellecimiento de los Pueblos Andaluces, y declarado Conjunto Histórico Artístico. Dimos un paseo por la zona alta desde la Plaza de España, pasando por la muralla árabe con sus diversas puertas y la iglesia de Santa María la Mayor Coronada. Finalizado el recorrido salimos en dirección a Jerez de la Frontera para hacer la visita panorámica de la ciudad, donde observamos avenidas y edificios emblemáticos, como las Plazas del Caballo, de las Angustias, del Arenal, la Avenida Álvaro Domecq, la Alameda Cristina, la Catedral, el Alcázar y la Cámara Oscura. Regresamos al hotel para cenar y posteriormente descansar.

14 de mayo
Después de desayunar salimos del hotel sobre las 8,15 horas en dirección a Gibraltar, para hacer la visita del Peñón. Una vez en territorio gibraltareño tomamos los minibuses y comenzamos nuestro recorrido conociendo el monumento erigido en conmemoración de los Estados Unidos por su labor durante la II Guerra Mundial. Continuamos el recorrido hacia Punta de Europa donde se encuentra el Trinity Lighthouse (único faro fuera del Reino Unido operado por personal de la empresa Trinity). 
A continuación, hicimos una parada en el parador como punto fotográfico y para poder observar Marruecos, el Estrecho de Gibraltar, la Costa del Sol, la Bahía de Gibraltar y donde se une el mar Mediterráneo con el océano Atlántico. Posteriormente continuamos hacia la cima de la Roca, designada como Parque Natural. Hicimos otra parada en St. Michael’s Cave, donde visitamos un conjunto de estalactitas y estalagmitas acompañado de sonidos de música clásica. Tras una parada de 20 minutos, continuamos hacia Apes Den (la guarida de los monos), donde también nos paramos para hacer fotos de los animales. Después de este recorrido nos dirigimos a la calle principal de la ciudad, donde gozamos de tiempo libre para efectuar compras y tomar un refrigerio.
Cruzamos el puesto fronterizo y continuamos viaje hasta Tarifa, donde almorzamos. A continuación, nos dirigimos a la ciudad de Baelo Claudia, asentada en el siglo II a.C. en una zona altamente estratégica, como lo es el Estrecho de Gibraltar. En ella se localizan todos los elementos representativos que constituyen la esencia de una ciudad romana. Efectuamos la visita del conjunto arqueológico, declarado Monumento Histórico Nacional, y finalizada la misma nos dirigimos a Vejer de la Frontera, declarado Conjunto Histórico Artístico por la belleza y la singularidad de sus rincones. Disfrutamos de sus calles empedradas, sus fachadas blancas, los adornos de sus balcones y salimos hacia el Puerto de Santamaría, llegando a las 20,30 horas para la cena en el hotel, retirándonos después a nuestras habitaciones para descansar.

15 de mayo
Desayunamos y salimos del hotel a las 9,15 horas para iniciar la visita de Cádiz. Partimos del embarcadero del Puerto de Santa María y atravesamos la Bahía de Cádiz en catamarán. Llegamos a Cádiz para iniciar la visita de la ciudad. En el recorrido a pie, no sólo nos deleitamos con las edificaciones, también visitamos el Museo de las Cortes y el Oratorio de San Felipe Neri, lugar donde se firmó la Constitución de 1812. Finalizamos las visitas a las 12,45, dado que teníamos concertada posteriormente la visita al Museo Arqueológico de Cádiz. Regresamos al hotel para almorzar.
Por la tarde salimos a las 17,30 horas para realizar una visita panorámica de la ciudad y finalizada la misma nos dirigimos hasta el punto de encuentro para iniciar la  visita teatralizada, que se realizó por las calles y monumentos más emblemáticos del Puerto de Santamaría, como el Castillo de San Marcos y la Iglesia Prioral. Antes de regresar al hotel pudimos disfrutar de tiempo para pasear y tomar unos vinos y el marisco cocido en el Romerijo. Sobre las 21 horas regresamos al hotel para cenar y  posteriormente nos retiramos a las habitaciones para descansar.

16 de mayo
Desayunamos y salimos del hotel a las 8,30 para visitar los pueblos blancos, dirigiéndonos al Parque Natural de Grazalema, que goza de haber sido declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco. A través de la Sierra de Cádiz, pasamos por pueblos como Bornos, Villamartín y Prado del Rey. Nuestra primera parada fue en Grazalema, donde observamos sus vistas espectaculares desde el mirador y conocimos el Pinsapo (árbol típico). Continuamos camino hasta Ubrique, donde paseamos por su casco antiguo y aprovechamos para visitar una fábrica de piel. Posteriormente almorzamos y salimos en dirección a Arcos de la Frontera, uno de los pueblos más pintorescos, considerado la puerta de la ruta de los pueblos blancos. Después de un recorrido de una hora llegamos a nuestro destino y realizamos la visita a pie, pudiendo admirar sus impresionantes vistas y recorrer su centro histórico, con dos magníficas iglesias, sus calles típicas, mirador, castillo ducal, etc. También visitamos el interior de la iglesia de la Asunción. Finalizamos el día regresando al hotel sobre las 20,15 para cenar y posteriormente preparar las maletas y descansar.

17 de mayo
Después de desayunar, salimos del hotel sobre las 9,30 hacia Jerez de la Frontera, capital del vino, del caballo y cuna del flamenco, para visitar las Bodegas Real Tesoro. Durante las dos horas que duró la visita nos enseñaron el Patio Principal, patio andaluz en el que pudimos observar una colección de antigüedades y pinturas de los siglos XVII y XVIII; la Bodega de Lola, en honor de la inolvidable Lola Flores, nacida en Jerez de la Frontera; la planta de embotellado, una de las más modernas de Jerez; las Cuadras del Real Tesoro, dedicadas a la crianza de caballos de pura raza española. Visitamos los establos, la sala de sillas de montar y la colección de carruajes; la Gran Bodega, con 25.000 barricas de roble americano, que es una de las mayores bodegas de la zona. La visita terminó con la cata, degustando diferentes clases de vinos. A las 12 horas nos dirigimos a la Real Escuela Ecuestre, donde disfrutamos de un espectáculo puro, hermoso y único en el mundo llamado “Cómo bailan los caballos andaluces”. El espectáculo es un ballet ecuestre, con música netamente española y vestuario a la usanza del siglo XVIII, montado sobre coreografías extraídas de los reprises de la doma clásica y vaquera y de otros trabajos de la equitación tradicional.
A las 15 horas y ya de regreso, efectuamos la última comida en el Mesón Rociero de Jerez de la Frontera, llegando a Valladolid sobre las 23,30 horas, dando por finalizado nuestro recorrido.


Texto y fotografías: Antonio Adrados González







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14 de junio de 2016

Exposición: A TEMPORA, del 8 de junio al 16 de octubre 2016


CATEDRAL DE SIGÜENZA
IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare

En el desarrollo de la celebración del ciclo "Cervantes 1616-2016 Shakespeare", el Gobierno de Castilla-La Mancha y el Obispado de Sigüenza-Guadalajara presentan en la catedral de Sigüenza, desde el 8 de junio al 16 de octubre, la exposición multidisciplinar "A tempora", en la que por un lado se muestran libros y documentos y por otro obras artísticas relacionadas con la época en que vivieron los dos célebres escritores.

La exposición se articula en 14 capítulos titulados El poder y su imagen, Negro sobre blanco, La botica de San Mateo, Tapicerías, Doménikos, Cervantes soldado del rey de España, La vida cotidiana en la España de Cervantes, El gabinete del escritor, In principio creavit Deus caelum et terram, Fieles a San Eloy, En olor de santidad, Intercesores, Memento y Gloria. En ellos aparecen reunidas hasta 325 piezas procedentes de 33 instituciones diferentes, unas pertenecientes a la catedral y al museo diocesano de Sigüenza y otras llegadas desde Atienza, Pastrana, Tomellosa, Tendilla, Puebla de Valles, Talavera de la Reina, Toledo, Viso del Marqués, Madrid y Valladolid, con el aliciente de que una cincuentena se han restaurado para la ocasión.

Entre los autores literarios más destacados, junto a Miguel de Cervantes y William Shakespeare, se encuentran obras de Garcilaso, Góngora y Lope de Vega, mientras que en las artes plásticas destacan El Greco, Frans Franken II, Rómulo Cincinato, Tristán, Giraldo de Merlo, Sánchez Cotán, Luis de Morales y Correa de Vivar, que se acompañan de obras inglesas, flamencas, italianas, portuguesas, chinas e hindúes, muchas de ellas inéditas. 

La elección de la catedral de Sigüenza como marco de tan magna exposición se debe a que entre sus fondos se encuentra una bandera que le fue arrebatada al pirata inglés Francis Drake durante sus ataques a España y Portugal en 1589. La bandera fue donada a la catedral por Sancho Bravo y Arce de Laguna, sobrino-nieto del llamado Doncel de Sigüenza, Martín Vázquez de Arce, siendo la pieza que establece la conexión entre los territorios de origen de Cervantes y Shakespeare.



HORARIO DE VISITAS Y TARIFA
De martes a domingo: de 10 a 14 h. y de 17 a 20 h.
Lunes cerrado.
Reserva visitas guiadas y de grupos: telf. 648 224 530

Precio de entrada: 5 €





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13 de junio de 2016

10 de junio de 2016

Theatrum: SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, la plenitud del barroco napolitano












SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA
Aniello Perrone (Nápoles, 1633-1696)
1683-1687
Madera policromada y postizos
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Procedente del convento de la Purísima (Agustinas Recoletas) de Monterrey, Salamanca
Escultura barroca. Escuela napolitana














Durante el nada desdeñable periodo de 1504 a 1707, es decir, durante más de doscientos años, el reino de Nápoles estuvo convertido en un virreinato dependiente de la corona española. Por este motivo es fácil comprender los estrechos lazos que en lo político y lo económico se establecieron entre ambos territorios. En este proceso histórico es conveniente remarcar que, a partir del reinado de Felipe II, la mayoría de los virreyes fueron elegidos y nombrados entre los nobles castellanos, lo mismo que los virreyes y gobernadores de los estados italianos bajo soberanía española, existiendo en muchos casos lazos familiares entre ellos.

Estas estrechas relaciones también afectaron al mundo del arte, de modo que entre virreyes y nobles fue notable el número de obras de pintura, escultura y mobiliario que fueron adquiridas en el ámbito napolitano para ser destinadas a sus palacios en España o ser donadas a fundaciones religiosas españolas, alcanzando la demanda incluso a la presencia personal de artistas italianos, algunos de los cuales se desplazaron e instalaron sus obradores en suelo hispano. Tanto las obras importadas de Nápoles, como la llegada de algunos artistas, llegarían a ejercer una gran influencia sobre los pintores y escultores españoles, de modo que, durante mucho tiempo, ha sido muy difícil identificar a los artífices de muchas obras cuando no existía un respaldo documental, afectando sobre todo a la escultura de la segunda mitad del siglo XVII y del siglo XVIII.

Lentamente surgen estudios que contribuyen a aclarar este problema, aunque sigan existiendo muchas lagunas al respecto, siendo un caso muy elocuente el de esta magnífica escultura barroca de Santa Catalina de Alejandría, que, considerada obra de la escuela madrileña del siglo XVIII hasta tiempo reciente, ha sido catalogada y atribuida por Roberto Alonso Moral al círculo del escultor napolitano Aniello Perrone1, que la habría realizado entre 1683 y 1687.

EL ESCULTOR ANIELLO PERRONE  

Intentar acercarse a la personalidad artística de Aniello Perrone es tarea complicada, puesto que de su biografía se conocen muy pocos datos y en gran parte provienen de los escritos del historiador y pintor italiano Bernardo de Domicini (1683-1759), que, considerado como el Vasari napolitano2, publicó en 1742 Vite dei Pittori, Scultori, ed Architetti Napolitani, donde figuran breves biografías de artistas de la escuela napolitana en las que se han constatado numerosos errores.

Aniello Perrone nació en Nápoles en 1633 y era hermano gemelo de Michele Perrone. Ambos realizaron su formación como alumnos del escultor napolitano Pietro Ceraso, aunque en su futura actividad artística Aniello llegaría a alcanzar mayor notoriedad que Michele. Convertido en escultor, entallador, modelador y belenista, Aniello Perrone comenzó su actividad en Nápoles, aunque no pudo sustraerse a viajar a Roma para conocer los modelos de la antigüedad y sobre todo para estudiar a fondo las esculturas de Bernini, cuya obra comenzó a ser muy apreciada en Nápoles desde mediados del siglo XVII, en gran parte por la influencia del gran maestro extendida en tierras sureñas por algunos de sus discípulos.

Retornado a Nápoles, Aniello mantuvo un activo taller en el que elaboraba apreciadas esculturas, de esmerada ejecución, en las que junto a las influencias de los escultores locales mostraba un sustrato berniniano, siendo sus obras reclamadas en la corte virreinal y también desde España. Se tiene constancia de que en 1659 recibió el encargo del virrey Gaspar de Bracamonte Guzmán, conde de Peñaranda, de realizar un Belén de 112 figuras destinado a García de Avellaneda y Haro, conde de Castrillo, su predecesor en el Virreinato, así como un Crucificado. Incluso, según Dominici, el conde de Monterrey (Juan Domingo de Haro) llegó a solicitar a Aniello Perrone que se trasladase a España para trabajar a su servicio, hecho que no se produjo.

En el taller de Aniello se formaron y fueron colaboradores escultores de la talla de Domenico de Simone, Vicenzo Ardia, Gaetano y Pietro Patalano y Nicolás Salzillo, a pesar de lo cual su obra personal identificada es todavía escasa, destacando el Calvario de la iglesia de Santa Maria de Montesanto y la Inmaculada de la iglesia de Santa Maria della Concezione, ambas en Nápoles. También trabajaría en una escenografía efímera, realizada en 1691, para festejar la canonización de San Pascual Bailón en la iglesia napolitana de Santa Lucia al Monte.

Aniello Perrone mantuvo su taller activo en Nápoles hasta su fallecimiento en 1687, momento en que tan prestigioso obrador pasó a ser dirigido por su discípulo Nicolás Salzillo, que había ingresado en el mismo con 18 años. En 1700 este escultor emprendería su viaje a España para recalar definitivamente en Murcia, donde continuaría su legado su hijo Francisco Salzillo.

A las obras de Aniello Perrone enviadas a España3, como buen conocedor de las preferencias devocionales hispanas, seguirían otras de los escultores napolitanos de la siguiente generación, como Nicola Fumo y Giacomo Colombo.

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA           

Esta obra de Aniello Perrone, excelente testimonio de los gustos formales del barroco napolitano de finales del siglo XVII, procede del convento de la Purísima (Agustinas Recoletas) de Salamanca, fundado en 1636 por el mecenas Manuel de Zúñiga y Fonseca, Conde de Monterrey, frente a su palacio. En aquella clausura permaneció desde su llegada a España hasta 1938, año en que fue vendida a un particular junto a una imagen de San Miguel, también napolitana, que actualmente se conserva en el County Museum de Los Ángeles. 
Las dos esculturas habían sido una donación de Juan Domingo de Haro y Guzmán, segundo hijo de Luis Méndez de Haro, valido de Felipe IV, y conde consorte de Monterrey por haber contraído matrimonio con la sobrina del fundador. Benefactor del convento, amante del arte y gran coleccionista (según informa Palomino), en 1686 recibió de su hermano Gaspar de Haro y Guzmán, VII marqués del Carpio y virrey de Nápoles entre 1683 y 1687, un lote de obras artísticas napolitanas entre las que se pudo encontrar esta imagen de Santa Catalina.

En la representación de esta santa del siglo IV, virgen y mártir, aparece glorificada siguiendo una disposición que recuerda las imágenes de la Asunción, dispuesta frontalmente sobre una base de nubes plateadas entre las que se entremezclan agitadas cabezas y figuras de querubines. Su figura es fácilmente identificable por presentarse con sus tradicionales atributos, aquellos característicos e inconfundibles basados en la narración difundida en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en la Leyenda Dorada. A sus pies son visibles a un lado un fragmento de la rueda dentada de su martirio, su atributo más frecuente, y al otro la cabeza coronada del emperador que fuera su perseguidor y verdugo, otro atributo habitual.

Santa Catalina es presentada como una princesa, con una túnica ceñida a la cintura por un cíngulo y un chal que se agita al viento, así como un manto de doncella romana de gran amplitud que cae por la espalda y al frente rodea al cuerpo produciendo caprichosos y ondulantes pliegues, siguiendo un artificio de curva y contracurva propio del barroco pleno.

Ercole Ferrata. Martirio de Santa Inés en la hoguera, 1660
Iglesia de Sant'Agnese in Agone, Roma
La composición responde al exacerbado afán del barroco avanzado por representar las figuras en movimiento, cuyos precedentes se encuentran en la escultura romana del Seicento, especialmente en las representaciones de glorificaciones y martirios, llegando a establecer, por la decisiva influencia de la obra de Bernini, una novedosa relación de las esculturas con el espacio circundante a través de movimientos muy abiertos en los que las figuras gesticulan con los brazos y algunos elementos desplegados en todas las direcciones. Roberto Alonso4 apunta como precedente de esta escultura, con buen criterio, la imagen del Martirio de Santa Inés en la hoguera que realizara en 1660 el escultor Ercole Ferrata para la iglesia romana de Sant'Agnese in Agone, donde la santa, acusando claras influencias berninianas, aparece entre llamas con una disposición similar de la cabeza y los brazos, además de muchas concomitancias en la vestimenta.

Como es habitual, el centro emocional se encuentra en la cabeza. El rostro, convenientemente idealizado, muestra la mirada dirigida a lo alto, reforzando su carácter ascensional, y esboza una sonrisa de felicidad, poco frecuente en el arte sacro, a través de la boca entreabierta y la dentadura visible, reforzando su aspecto realista la aplicación de ojos postizos de cristal. Sus cabellos están minuciosamente tallados formando grandes rizos que se recogen en la parte posterior para dejar deslizar sobre los hombros una larga melena. Es posible que sobre ellos dispusiera, en forma de postizo, de la tradicional corona que la presenta como princesa, aunque este elemento no se ha conservado.

En su dinamismo ascensional, la santa levanta los brazos y los separa del cuerpo estableciendo un contrapunto al colocar una de las palmas de las manos hacia arriba y la otra hacia abajo, un recurso con connotaciones místicas que la confiere un papel de intercesora entre el cielo y la tierra. El tratamiento envolvente de los paños, agitados por una brisa mística y llenos de pliegues menudos con aristas muy pronunciadas responde a los códigos que caracterizan la obra de Aniello y Michele Perrone y que fueron repetidos por sus discípulos, como se aprecia en las obras de Vicenzo Ardia y Pietro Patalano. En este caso es sorprendente el virtuosismo conseguido en la estola y el manto, con partes talladas hasta el límite en una finísima lámina de madera, del mismo modo que lo hiciera en España el granadino Pedro de Mena.

La base, compuesta por figuras de dinámicos querubines entrecruzados responde a un convencionalismo adoptado en el Barroco en las representaciones marianas de la Ascensión o la Inmaculada, con las rollizas figuras infantiles cargadas de sentimentalismo y formando una maraña de cuerpos, cabezas y brazos, un esquema que pervivirá en la obra de Nicola Fumo, como en la figura de la Asunción que se conserva en Lecce. La escultura se apoya sobre una peana dorada decorada con volutas angulares y soportes en forma de hojas de acanto.

Se completa con una esmerada policromía que caracteriza el gusto napolitano, destacando el contraste entre las superficies plateadas de las nubes y los bellos motivos florales de los estofados, aplicados a punta de pincel, con esgrafiados que permiten aflorar el oro en la túnica verde en forma de medallones, así como minuciosos trabajos en la orla del manto y en los grandes motivos vegetales que lo cubren en su totalidad, pues incluye la parte posterior de la escultura, un trabajo generalmente reservado para las obras procesionales.   

Nicola Fumo. Ascensión. Lecce
Informe: J. M. Travieso.



NOTAS

1 ALONSO MORAL, Roberto: Santa Catalina de Alejandría. En: BOLAÑOS ATIENZA, María. Catálogo de la exposición "El Museo crece: Últimas adquisiciones 2005-2010". Madrid, 2011, pp. 70-73.

2 DE DOMINICI, Bernardo: Vite dei Pittori, Scultori, ed Architetti Napolitani (2 vols.), 1742. Stamperia del Ricciardi, Nápoles; digitalizado por Googlebooks de la copia de la Universidad de Oxford el 1 de febrero de 2007.
Bernardo de' Dominici (1683-1759) fue un historiador del arte italiano y pintor de finales del periodo barroco, activo principalmente en Nápoles, que pintó paisajes, marinas, vedute, y escenas de género. Dominici, no obstante, es conocido sobre todo como el Vasari napolitano, después de publicar en 1742 una colección de tres volúmenes, amplia, aunque con defectos, con breves biografías de artistas napolitanos.

3 CESARI, Paolo: Aniello Perrone. AbacuSistemArte, 2006.

4 ALONSO MORAL, Roberto. Ob. cit.




































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