17 de junio de 2016

Theatrum: CRISTO RESUCITADO, la rotundidad de un dios clásico












CRISTO RESUCITADO
Francisco de Rincón (Valladolid 1567-1608)
Hacia 1606
Madera policromada
Convento del Corpus Christi, Valladolid
Escultura renacentista tardomanierista. Escuela castellana















Al tratar en un artículo anterior del grupo escultórico de Santa Ana, la Virgen y el Niño, que realizara Francisco de Rincón en 1597 para la iglesia de Santiago de Valladolid, ya se señalaba que la mayor creatividad de este escultor se pondría de manifiesto a lo largo del periodo comprendido entre 1600 y 1605, en que el escultor vallisoletano, que ya había alcanzado toda su plenitud artística y profesional y que en 1604 había conseguido renovar el concepto de paso procesional con la composición de la Elevación de la Cruz realizada para la Cofradía de la Pasión, paso compuesto por innovadoras figuras talladas enteramente en madera, emprende sucesivos trabajos en piedra y en madera en los que retablos, relieves y esculturas exentas manifiestan un decidido abandono del componente tardomanierista y romanista imperante para adentrarse en lo que hoy conocemos como estética barroca.


En ese momento Francisco de Rincón contaba como colaborador de su taller con Gregorio Fernández, un joven gallego que acababa de recalar en Valladolid dando muestras de sus dotes creativas y con el que el escultor vallisoletano inició un mutuo intercambio de influencias, al mismo tiempo que entre ellos se establecían tan fuertes lazos profesionales y amistosos que determinarían una relación casi de tipo familiar, situación que se mantuvo cuando en 1605 —último año en que la Corte estuvo asentada en Valladolid— el escultor lucense de Sarria abrió taller propio en la ciudad del Pisuerga.

En las obras de esos años ambos escultores no son ajenos a las influencias ejercidas por el milanés Pompeo Leoni, recién llegado a Valladolid para trabajar bajo el mecenazgo del Duque de Lerma, pero también la creatividad de uno de otro se retroalimentarían de forma evidente. Es entonces cuando Francisco de Rincón comienza a realizar figuras arquetípicas y renovadoras para representar determinados temas que anticipan unos modelos iconográficos que alcanzarían su máxima expresión en las gubias del gran maestro gallego.

Cristo resucitado en su altar del convento del Corpus Christi
Es el caso del grupo de San Martín y el pobre, primer paso procesional de Gregorio Fernández que, realizado en 1606, tiene como precedente directo el relieve que realizara Francisco de Rincón en 1597 para el retablo del Hospital Simón Ruiz de Medina del Campo, aunque el hecho es más evidente en las iconografías de "Cristo yacente" y de la "Piedad", en las que los modelos rinconianos inspirarían las exitosas series fernandinas con las que el gran maestro llegó a alcanzar su plenitud creadora y convertirlas en las obras más afamadas y exitosas de su taller.

Desgraciadamente, el genio creativo de Francisco de Rincón se truncó con su muerte prematura en 1608 —recién superados los 40 años—, aunque su extraordinario legado permite rastrear la influencia que sus modelos ejercieron sobre la escuela castellana más allá de su muerte. Hoy fijamos nuestra atención en la magnífica escultura de Cristo resucitado que se conserva en el monasterio vallisoletano del Corpus Christi, cuya atribución a Francisco de Rincón, que ya fuera apuntada por Martín González y Plaza Santiago1, podemos considerar fuera de toda duda.

Esta escultura de Cristo resucitado presenta similitudes estilísticas y compositivas con la escultura de Santa Gertrudis que realizara hacia 1606 para la iglesia de Nuestra Señora de las Angustias. Ambas comparten su posición frontal por estar concebidas para ser colocadas en la hornacina de un retablo, su disposición en contrapposto para potenciar un elegante clasicismo que transmite serenidad y una vigorosa anatomía revestida con ampulosos paños que forman pliegues trabajados de un modo personal e inconfundible, así como una esmerada policromía en la que son llamativos los grandes motivos florales de los estofados. Como consecuencia, ambas figuras se presentan rotundas y elocuentes, abandonando los artificios manieristas para lograr el equilibrio y la armonía de la escultura clásica en la búsqueda de naturalismo, incluyendo la elegante y cadenciosa forma de moverse en el espacio.

Júpiter de Esmirna, siglo II d. C. Museo del Louvre, París
En efecto, una mirada genérica al Cristo resucitado de Francisco de Rincón nos evoca el aspecto mayestático de un dios clásico y más concretamente las representaciones derivadas del Zeus olímpico o sus versiones romanizadas como Júpiter, ofreciendo una especial similitud con la célebre escultura del Júpiter de Esmirna del siglo II d.C. (Museo del Louvre, París), que paradójicamente Francisco de Rincón no pudo conocer puesto que este mármol fue hallado en aquella ciudad turca en 1670, casi setenta años después de que el escultor vallisoletano realizara su escultura, lo que le confiere mayor mérito creativo con cánones clásicos.      

Cristo muestra una anatomía hercúlea, muy bien definida y de fuerte clasicismo, en el que el contrapposto le libera del peso sobre la pierna derecha, que se flexiona para romper el estatismo, al mismo tiempo que facilita el movimiento del torso, contraponiendo la colocación del brazo izquierdo hacia abajo, para sujetar el manto, con el derecho levantado al frente y en actitud de bendecir, siguiendo una tradición implantada en la representaciones de Cristo en majestad desde tiempos del Románico.
Clásico es también el tratamiento de la cabeza, cuya gravedad remite de nuevo a las representaciones de Zeus, en este caso con la frente despejada, la nariz recta, pronunciadas cuencas oculares con grandes ojos, boca entreabierta con los dientes visibles, una pronunciada barba de dos puntas simétricas y una larga melena con abultados mechones rizosos que llegan hasta los hombros dejando entrever las orejas.   

La escultura se mueve con naturalidad en el espacio mediante el movimiento que define el manto, que cae desde los hombros por la espalda mientras envuelve con gracia el brazo izquierdo y se cruza al frente formando airosas líneas diagonales y estratégicos pliegues que proporcionan dinamismo a su pesada textura, al tiempo que permite percibir una porción del paño de pureza y los estigmas de pies, manos y costado al completo, siguiendo el decoro exigido por la ortodoxia contrarreformista.

Desgraciadamente la escultura no conserva en condiciones óptimas su bella policromía primitiva, presentando signos de repintes posteriores sobre las carnaciones mates originales. Realmente efectistas son los grandes motivos florales y las orlas que ornamentan el manto púrpura, en cuyos esgrafiados se han producido ligeras pérdidas. Por estar concebida para estar asentada en un retablo, la imagen no fue policromada por su parte trasera. 


Frontispicio del Hospital de la Resurrección. Jardín de la Casa de Cervantes
El tema de Cristo resucitado responde a la necesidad de dotar de imágenes titulares a las cofradías de la Resurrección que aparecieron desde mediados del siglo XVI y a principios del XVII, generalmente creadas con fines benéficos y relacionadas con la asistencia sanitaria. De mediados del siglo XVI data la fundación de la Cofradía de la Resurrección o del Sacramento que tenía su sede en el monasterio vallisoletano de la Trinidad, entre cuyos fines asistenciales se encontraba la gestión del Hospital de la Resurrección, fundado en 1553 y levantado extramuros de la ciudad, próximo a la Puerta del Campo (actual confluencia de la Plaza de Zorrilla y la calle de Miguel Íscar) y cercano al primitivo convento de dominicas del Corpus Christi (en la actual Acera de Recoletos), complejo hospitalario que fue demolido en 1890 por su estado ruinoso. El frontispicio que coronaba la fachada pétrea de la iglesia, con la imagen titular de Cristo resucitado, aún se conserva en el jardín de la Casa de Cervantes.

Asimismo, relacionada con la iconografía de la Resurrección, en el siglo XVII se prodigaron las representaciones del Niño Jesús caracterizado como Cristo resucitado, con aire victorioso, bendiciendo y portando como atributo un pequeño estandarte en forma de cruz. Estas pequeñas imágenes, elaboradas en madera policromada o peltre, fueron muy apreciadas en las clausuras femeninas, donde las monjas se ocupaban en cubrirles con vistosas túnicas por ellas bordadas.

Ya hemos aludido a la influencia que las obras de Francisco de Rincón ejercieron sobre las creaciones de Gregorio Fernández. El caso se repite con esta escultura de Cristo resucitado, cuyos ecos reaparecen en obras tempranas del gran maestro, como ocurre en la escultura exenta de Cristo resucitado que se conserva en el Museo Goya (Fundación Ibercaja) de Zaragoza y en el Salvador que corona el retablo mayor de la iglesia de San Andrés de Segovia, ambas obras realizadas por Gregorio Fernández en 1616.

El Cristo resucitado del Museo Goya es de pequeño formato y posiblemente coronaba el tabernáculo de alguno de los retablos elaborados por Gregorio Fernández. Su anatomía, que define un movimiento helicoidal, es más esbelta que la del modelo rinconiano, incorporando un dinamismo barroco contrapuesto a la serenidad clásica de la obra de Rincón, a pesar de lo cual la disposición corporal y del manto pueden recordarla.

Otro tanto ocurre con la bella imagen del Salvador de la iglesia segoviana, estilizada y elegante, en cuya disposición corporal, a pesar de presentar la anatomía completamente cubierta por la túnica y el manto, evoca nítidamente la obra de Rincón, especialmente en su posición de contrapposto y en la disposición del manto, aunque la cabeza presente un trabajo más depurado, en la que Gregorio Fernández ya establece su propio arquetipo, e incorpore como atributo el globo que simboliza el Universo. Esta iconografía fue repetida por Gregorio Fernández, entre 1610 y 1614, en las puertas de los tabernáculos de la desaparecida iglesia de San Diego de Valladolid (fragmento hoy conservado en el Museo Nacional de Escultura), y de las iglesias de Villaveta (Burgos), Villaverde de Medina (Valladolid) y Tudela de Duero (Valladolid), dejando patente en todas ellas la huella de su colaboración con Francisco de Rincón.    


Informe y fotografías: J. M. Travieso.
Izda: Cristo resucitado. Gregorio Fernández, 1616
Museo Goya - Fundación Ibercaja, Zaragoza
Dcha: El Salvador. Gregorio Fernández, 1616
Retablo mayor de la iglesia de San Andrés, Segovia



NOTAS

1 MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y PLAZA SANTIAGO, Fco. Javier: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (Conventos y Seminarios), Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, tomo XIV (Segunda parte), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1987, p. 89.





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