12 de julio de 2013

Visita virtual: ASSURBANIPAL Y LA CAZA DE LEONES, un remoto afán de naturalismo

La leona herida, British Museum



BAJORRELIEVE DE ASSURBANIPAL CAZANDO LEONES
Anónimo
Hacia 645 a. C.
Alabastro yesoso
British Museum, Londres
Procedente del Palacio de Assurbanipal en Nínive
Escultura asiria. Último periodo





El término Mesopotamia significa "entre ríos" y con él se identifica un antiguo y fértil territorio situado entre el Tigris y el Éufrates, en la zona que actualmente coincide con las tierras no desérticas de Irak y una parte limítrofe de Siria. En los albores de las civilizaciones al sur se localizó Babilonia, dividida a su vez en una tierra alta, Acadia, y otra baja, Sumeria, mientras que al norte de este territorio floreció el imperio de Asiria, al que dio nombre su capital, Assur, situada a orillas del Tigris.

Otras ciudades importantes asirias fueron, a lo largo de su historia, Harrán, Calakh, Dur Sharrukin, Nimrud y Nínive, localizada en las proximidades de la actual Mosul y destruida el año 612 a. C., donde los arqueólogos encontraron buena parte de sus cimientos de piedra y murallas, ruinas de sus palacios, un discreto conjunto de esculturas, inscripciones cuneiformes, restos de pintura y cerámica y, sobre todo, una gran colección de impresionantes relieves que recubrían los muros de sus edificios más notables. Entre ellos, por el valor representativo del alto grado de refinamiento que alcanzaron, hemos elegido este conjunto que se conserva en el British Museum de Londres, donde, convertido en una de sus máximas atracciones, muestra una fascinante escena de caza procedente del palacio de Assurbanipal (668-626 a. C.) en Nínive.


EL ARTE ASIRIO

El arte asirio recoge la herencia de los antiguos sumerios, un pueblo de origen camita que se estableció en estos territorios hacia el año 4000 a. C. Su estilo y técnicas primero fueron asimiladas por el pueblo semita de los acadios, que ocuparon la zona entre el 3000 y 1500 a. C., y después por los babilonios, aunque cuando el estilo sumerio adquiere verdadera entidad es entre el año 1000 y 612 a. C., momento en que la belicosa civilización asiria alcanza su máximo esplendor gracias a la iniciativa de monarcas como Assurnasirpal II, Sargón II, Senaquerib, Asarhaddón, que llegó a conquistar en Egipto la ciudad de Menfis, y finalmente su hijo Assurbanipal, el último gran rey de Asiria, todos ellos constructores de grandes palacios y templos en distintas ciudades.


Los asirios desarrollan su arte escultórico fundamentalmente vinculado a las obras de arquitectura, donde la escasez de piedra hizo que se recurriese al adobe y al ladrillo —por la abundancia del barro en la zona— que permitieron la realización de muros, arcos y bóvedas. La austeridad de los muros quedaba enmascarada con tres recursos: un enlucido blanco sobre el que se aplicaban pinturas al fresco con motivos de plantas, animales fantásticos o figuras geométricas; superficies recubiertas por placas de terracota vidriada muy colorista en las que se reproducían animales y cortejos de soldados; finalmente placas de alabastro yesoso muy abundante en la parte alta próxima al río Tigris, cuya blandura permitía tallar grandes escenas de batallas, ceremonias religiosas y cacerías con las que se recubrían grandes espacios murales en el interior de los palacios, muchas veces acompañadas de inscripciones cuneiformes que relatan los acontecimientos a modo de crónica.

A estas modalidades se unen las estelas con la parte superior redondeada y obeliscos de discreto tamaño, en cuyas superficies se incluyen relieves o inscripciones, siendo especialmente representativos los lamassu o androsfinges, gigantes legendarios que como símbolo de poder y protección aparecían colocados como guardianes a las puertas de ciudades y palacios. Estas obras genuinas del arte asirio presentan cuerpo de toro, cabeza humana cubierta por una tiara con cuernos, garras de león y alas de águila. El cuerpo de toro simboliza el poder y para completar su visión lateral dispone de cinco patas. La cabeza humana simboliza la inteligencia, generalmente con el rostro del rey gobernante en el momento en que se hace. Lleva larga barba y cabellera y por debajo un cinturón, asomando bajo el vientre escamas de pez. La garras de león simbolizan la fuerza y las alas de águila aluden a su divinidad y su relación con el sol en su calidad de seres protectores. Los cuatro elementos que forman este híbrido, toro, humano, león y águila, serían reconvertidos en la cultura cristiana en el tetramorfos.

Es conveniente reseñar que en la cultura asiria desapareció la comunicación directa entre los dioses y los hombres, o dicho de otro modo, lo divino permanecía alejado de lo humano, de modo que las estatuas de los dioses son simplemente estatuas, siendo veneradas por lo que significan, no como un propio dios. Esto lleva a ensalzar principalmente a los reyes, dejando constancia de todas las gestas y proezas con el fin de perdurar en la memoria de los pueblos, convirtiéndose la sucesión de imágenes de los relieves en una suerte de prosa ilustrada destinada a la propaganda del imperio.

La escultura asiria recoge la influencia del pueblo hitita, adoleciendo en líneas generales de un diseño excesivamente esquemático, con figuras desproporcionadas y tamaño jerarquizado, siempre destacando la figura del rey, que suele aparecer acompañado de un dios alado. Abordando motivos casi siempre profanos y siempre con vagos intentos de perspectiva, abundan las figuras de relieve no muy pronunciado y dispuestas con el cuerpo y la cabeza de perfil y sin embargo los ojos frontales, como los egipcios, con los rostros muy estereotipados e inexpresivos, a pesar de lo cual los escultores se esmeran en reflejar detalles minuciosos en las barbas y cabellos, dispuestos en líneas paralelas y ondas, así como en los ornamentos de la indumentaria del rey, soldados, servidores y en todo tipo de objetos que aparecen en las escenas, cuyas superficies, profusamente decoradas, contrastan con la lisura de la superficie del fondo. A pesar de todo, son escenas muy expresivas que ponen de manifiesto el lujo alcanzado en aquellos ambientes cortesanos.

Tanto los personajes distinguidos, como los genios y dioses, llevan grandes barbas en forma de tirabuzones escalonados, melenas del mismo tipo y largos trajes talares con flecos y ribetes, así como múltiples brazaletes, pulseras, adornos y armas, mientras los eunucos y servidores aparecen sin barba y portando diferentes elementos como asistentes del rey. Mayor simplicidad presentan los árboles y plantas, generalmente reducidos a un esquema básico, entre ellos el árbol de la vida. 

Entre todos los conjuntos hallados por los arqueólogos, destacan los relieves murales procedentes del palacio levantado por Ussurbanipal en Nínive, que representan una época de oro en este arte, con sorprendentes escenas de batallas y asedios de ciudades, los carros de combate victoriosos y los prisioneros, representaciones del ejército y de la vida placentera en el interior de los palacios, aunque las más expresivas y evolucionadas, por el alto grado de naturalismo que consiguen, son las escenas de cacerías, especialmente aquellas realizadas por un desconocido escultor que presenta al rey cazando leones.

EL REY ASSURBANIPAL

Hijo de Esarhaddon y Naqi'a-Zakutu, Assurbanipal fue el último gran rey de Asiria, donde reinó del 668 al 627 a. C., siendo uno de los pocos gobernantes de la antigüedad que sabía leer y escribir y citado en el bíblico Libro de Esdrás como Osnaper. Durante su reinado el imperio asirio no sólo alcanzó esplendor en su expansión militar, sino que también florecieron la cultura y las artes, siendo el promotor de la biblioteca de Nínive, donde se recogió toda la escritura cuneiforme de su tiempo, siendo la primera que organizó las tablillas de sus fondos de forma sistemática, con textos de poemas, astronomía y profecías.

Assurbanipal derrotó a su hermano Shamash-shum-ukin, que se había coronado rey de Babilonia con el apoyo del sur de Mesopotamia y Egipto, y sometió al imperio Elamita, lo que favoreció un periodo de estabilidad en el que el rey acometió numerosas obras urbanas, entre ellas el suntuoso palacio real de Nínive, dotado de patios, salones y un templo, convirtiendo a la ciudad amurallada en la más importante del país. Este palacio acogería toda una serie de crónicas visuales plasmadas en sugestivos relieves tallados en alabastro, unas veces con el rey oficiando como sumo sacerdote, otras con escenas de guerra que contienen numerosos episodios de brutalidad, aunque también se incluye al  rey disfrutando del descanso tras los combates, como en el célebre mural de "El reposo bajo la parra" (British Museum), destacando entre todos la vivacidad de las escenas de caza, una actividad que no dejaba de ser un entrenamiento para la guerra, pero que dejó notables ejemplos de un depurado arte animalista.

LA EXPRESIVA CACERÍA DE LEONES

Parece que la tranquilidad de la vida palaciega no era demasiado atractiva para los soberanos asirios, que cuando no estaban dedicados a la guerra saciaban sus instintos bélicos en cacerías. Para ello se apresaban grupos de animales, como leones, antílopes o asnos salvajes, que después eran soltados en terrenos acordonados para que el rey pudiese cumplir el rito de la caza a pie o montado en su carro, convenientemente armado y acompañado por su guardia.

Una elocuente cacería de leones está recogida en los frisos del palacio de Nínive, donde aparece Assurbanipal montado sobre bigas y cuádrigas, acompañado de sus servidores, dando muerte a los leones con lanzas y flechas. Otros acompañantes acosan a los animales portando fustas a caballo o disparando con arcos, recogiendo un panorama en el que los leones huyen, se agitan, sufren, se revuelven al ser alcanzados por las flechas y agonizan rugiendo. Ello sirve al escultor para plasmar un auténtico poema plástico de animales sufrientes cuyas dolorosas reacciones están captadas de la observación de la realidad, dando lugar a todo un muestrario de posturas y reacciones llenas de movimiento y extraordinario realismo, con los animales diseminados por una escueta recreación del espacio que parece no tener límites y en el que se desarrolla con fuerza dramática la unidad temática de la cacería, un motivo cuya finalidad es ensalzar la figura del rey, poderoso, valeroso y siempre victorioso, a través de una técnica de labrado impecable, llena de precisión y detallismo.

Entre los animales hay ejemplares sorprendentes, como el león moribundo, abatido tras atravesar una flecha su cabeza o la exquisita y mítica figura de la leona herida, que camina rugiendo de impotencia arrastrando las patas traseras que han quedado agarrotadas por dos flechas clavadas en la espina dorsal, una antológica imagen llena de naturalismo que no sólo coloca a su autor al mayor nivel del arte asirio, sino que forma parte del mejor arte animalista de todos los tiempos.  

Informe y fotografías: J. M. Travieso.




































Sala de la Cacería de Leones del palacio de Nínive, British Museum














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