26 de febrero de 2016

Theatrum: BUSTO DEL EMPERADOR CARLOS V, imagen de una adolescente melancolía








RETRATO DEL EMPERADOR CARLOS V
Anónimo
Hacia 1520
Piedra caliza
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Escultura renacentista. Escuela flamenca










De pocos personajes históricos de occidente se hicieron tantos retratos en vida como del emperador Carlos V (Gante, 1500-Cuacos de Yuste, 1558), hijo de Juana I de Castilla y Felipe I el Hermoso, duque de Borgoña, de cuya imagen quedaron numerosos testimonios pictóricos y escultóricos desde su adolescencia hasta su retiro en el monasterio de Yuste. Como es natural, en su mayoría fueron realizados por destacados artistas de su tiempo, como es el caso de los pintores flamencos Bernard van Orley y Jan Cornelisz Vermeyen, del alemán Lucas Cranach el Viejo y del gran maestro veneciano Tiziano, a los que se suman los retratos escultóricos del flamenco Conrad Meit y la importante colección —en la modalidad de medallas, relieves, bustos y figuras de cuerpo entero— realizada por los milaneses Leone y Pompeo Leoni. En todos ellos queda definida la imagen oficial de la Casa de Habsburgo, cuyos miembros también fueron retratados repetidamente, casi siempre sirviéndose del arte para potenciar su prestigio con fines propagandísticos.

La figura histórica del emperador Carlos V aparece vinculada al fructífero periodo del Renacimiento, en cuya evolución artística el género del retrato fue recuperado de las culturas clásicas y potenciado en todas sus modalidades hasta límites insospechados.

Concebido como un medio para perpetuarse por parte de los personajes poderosos, no pudo sustraerse al componente humanístico para formar parte de la memoria histórica, lo que motivó a los artistas a realizar sus propios autorretratos y a los mecenas a encargar los suyos, incluyendo a miembros de su familia. Pero no sólo eso, sino que el género del retrato también se mostraría idóneo para expresar la memoria perdurable de ilustres sabios, héroes y santos, llegándose incluso a recrear la imagen de renombrados personajes históricos de la antigüedad para ser colocados en los gabinetes particulares de algunos gobernantes.

Asimismo, se podría hablar del componente religioso de algunos de ellos, pues del retrato también se sirvieron en el Renacimiento algunos comitentes para expiar sus pecados, haciéndose retratar junto a personajes sagrados como donantes o incorporándose a episodios evangélicos en los que quedaba implícita su redención, adquiriendo un especial significado en el arte funerario. Otro tanto ocurriría respecto al prestigio militar y político, donde el retrato adquiría un valor testimonial y propagandístico mediante las plasmación de unos rasgos identificables con afán de notoriedad e inmortalidad.

Una modalidad del retrato renacentista fue aquella que se inspiraba en los retratos de los emperadores romanos, de los que algunos escultores italianos recuperaron la tipología del busto, como fue el caso de Verrocchio, autor de retratos de varios miembros de la familia Medici en los que estableció la versión florentina de este tipo de representación. En esta misma línea trabajaría después Pietro Torrigiano, que tras formarse en Florencia y asistir a la corte de Lorenzo el Magnífico recorrió Roma y Siena hasta que en 1509 fue reclamado por Margarita de Austria para que trabajara en Amberes. A este escultor, autor de una buena serie de retratos en busto de personajes florentinos, se le considera el introductor de esta modalidad en tierras flamencas, como tiempo después lo haría en la corte inglesa.

Izda: Conrad Meit. Busto del emperador Carlos V, 1518, Gruuthuse Museum, Brujas
Dcha: Anónimo flamenco. Busto del emeprador Carlos V, h. 1520, Museo Nacional de Escultura, Valladolid
A esta tipología responde el retrato del emperador Carlos V que se expone en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, realizado en piedra caliza por un escultor desconocido con una finalidad de exaltación política. A juzgar por los rasgos fisionómicos, cuya fidelidad está fuera de toda duda, el emperador aparece representado con unos veinte años, por lo que puede aventurarse su datación en torno a 1520, cuando tras recorrer varios enclaves españoles heredados de sus abuelos y recabar dinero en Castilla para poder competir con Francisco I de Francia regresó a Alemania para ser coronado en Aquisgrán.

El retrato, que está esculpido con minuciosidad flamenca, presenta numerosas similitudes con los bustos realizados en terracota policromada por el escultor de origen alemán Conrad Meit, que trabajó en la corte de Malinas para Margarita de Austria. Este escultor realizaba en 1518 el busto del joven Carlos, al que el 9 de febrero de ese mismo año las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, juraron como rey junto a su madre Juana. Esta obra, conservada en el Gruuthuse Museum de Brujas, es prácticamente idéntica al modelo pétreo de Valladolid, compartiendo la misma vestimenta —camisa con el cuello fruncido, jubón y manto— y el collar del Toisón de Oro sobre el pecho, difiriendo en los grandes penachos del sombrero y en los acentuados rizos del cabello.

Conrad Meit. Busto de Carlos V, 1519, Gruuthuse Museum, Brujas
También en el Gruuthuse Museum de Brujas se conserva otro busto similar realizado en terracota policromada por Conrad Meit en 1519, cuando Carlos se hallaba en Barcelona convocando las Cortes catalanas, con el mismo tipo de sombrero y pelo liso. Ambos bustos de terracota tienen su correspondencia con los modelos plasmados por el pintor flamenco Bernard van Orley en dos pinturas, una realizada en 1518 que se conserva en el Museo del Louvre de París y otra de 1519 que se guarda en el Museo Nacional de Bellas Artes de Budapest. En todas estas obras, con mayor o menor grado de idealización, se repiten los mismos rasgos fisionómicos y la misma indumentaria de gala que presenta la escultura de Valladolid.

El emperador Carlos, con la cabeza ligeramente vuelta hacia la izquierda, presenta un rostro alargado, ojos rasgados, mentón prominente y el labio inferior caído como indicio de prognatismo mandibular desde su nacimiento. Como en otras representaciones de la época, luce una melena corta que le llega por debajo de las orejas, en este caso con mechones rizados, y un flequillo recto sobre la frente igualmente con mechones rizosos. A pesar de acusar cierto deterioro en la superficie, seguramente por haber permanecido colocada a la intemperie, en su indumentaria se aprecia una camisa con un cuello circular fruncido, el preceptivo jubón de moda en el siglo XVI y parte de un manto con cuello vuelto. En la serie de aderezos, los más llamativos son el collar del Toisón de Oro sobre el pecho, símbolo de realeza, y los penachos de plumas que adornan el gorro, en cuyo frente se incluye un medallón como ornamento habitual. En conjunto, la obra proclama la presencia de un alto dignatario de una corte europea a través de un cuidado ejercicio naturalista.

Izda: Bernard van Orley. Carlos V, 1518, Museo del Louvre
Dcha: Bernard van Orley. Carlos V, 1519, Museo Bellas Artes, Budapest
Sin embargo, tomando como referencia los pretenciosos e impactantes retratos de su etapa de madurez, especialmente los realizados en mármol y bronce por Leone Leoni, este retrato temprano adolece de falta de vitalidad y aspecto triunfal, casi con la adolescente figura sumida en un ensimismamiento no exento de melancolía, algo común a todas las representaciones del emperador por esos años, siendo el atributo del Toisón el elemento más significativo para reseñar la importancia del personaje representado.

El semblante se ajusta a la descripción que hiciera don Álvaro de Bazán y Guzmán, primer marqués de Santa Cruz: “Fue el Emperador don Carlos mediano de cuerpo, de ojos grandes y hermosos, las narices aguileñas, los cabellos rojos y muy llanos…la barba ancha redonda y bien proporcionada, la garganta recia,…ancho de espaldas, los brazos gruesos y recios, las manos medianas y ásperas, las piernas proporcionadas. Su mayor fealdad era la boca, porque tenía la dentadura tan desproporcionada con la de arriba que los dientes no se encontraban nunca; de lo cual se seguían dos daños: el uno el tener el habla en gran manera dura, sus palabras eran como belfo, y lo otro, tener en el comer mucho trabajo; por no encontrarse los dientes no podía mascar lo que comía ni bien digerir, de lo cual venía muchas veces a enfermar…”. De ello se deduce que el joven emperador tenía una estatura media, cuerpo atlético y unos rasgos faciales marcados por el prognatismo.

Por otra parte, esta escultura representa un testimonio de la imagen que presentaba el monarca cuando en 1518 hizo su presencia en Valladolid para presidir las Cortes, suponiendo su incorporación a los fondos del Museo Nacional de Escultura en 1999, como dación del Banco Santander Central Hispano1, un regreso metafórico a la ciudad que le acogió en vida, cuyos escenarios recorrería de nuevo para asistir a las Cortes de 1527, en esta ocasión acompañado de su esposa, la emperatriz Isabel, que en mayo de ese año daba a luz al infante Felipe (futuro Felipe II) en el Palacio de Pimentel.


Informe y fotografías: J. M. Travieso.                




Sala del Museo Nacional de Escultura donde se expone
NOTAS

1 ARIAS MARTÍNEZ, Manuel. Busto del Emperador Carlos V. Museo Nacional Colegio de San Gregorio: colección / collection. Madrid, 2009, pp. 88-89.









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