5 de febrero de 2016

Visita virtual: EL POZO DE MOISÉS, de Claus Sluter







POZO DE MOISÉS
Claus Sluter (Haarlem, h. 1340-Dijon, h. 1406)
1395-1403
Mármol policromado
Cartuja de Champmol, Dijon
Escultura gótica. Escuela borgoñona









En las postrimerías del siglo XIV aparece trabajando en Dijon un escultor cuya obra está considerada como la cumbre alcanzada por la escultura gótica europea. Con él culminaba el proceso de búsqueda del mayor naturalismo emprendido por la escultura figurativa de su tiempo, encuadrada en el gótico internacional, anticipándose con su obra a los logros de los escultores renacentistas del Quattrocento italiano en cuanto a la escala monumental y el naturalismo propio de la época clásica, ejerciendo una influencia decisiva en el desarrollo de la escultura europea del siglo XV.

Se trata del escultor Claus Sluter, nacido alrededor de 1340 en la villa de Haarlem (Países Bajos) y formado en el ámbito de Bruselas hasta conseguir el título de maestro. El mecenazgo artístico emprendido por Felipe el Atrevido, duque de Borgoña, hizo que en 1385 se trasladara hasta la corte asentada en Dijon, donde estuvo trabajando durante cuatro años como asistente del escultor Jean de Marville, siendo designado posteriormente como escultor de la corte, cargo que ocupó hasta su muerte en aquella ciudad a finales de 1405 o enero de 1406. En Dijon dejaba lo más sublime de la escultura gótica borgoñona en diferentes retablos y en los innovadores sepulcros de Felipe el Atrevido y de Juan Sin Miedo y Margarita de Baviera (Museo de Bellas Artes de Dijon), así como una importante obra vinculada a la Cartuja de Champmol, fundada por el duque de Borgoña y lugar elegido para su enterramiento, como la fantástica portada de la iglesia y un fastuoso crucero con un Calvario colocado en el centro del claustro, justamente el conjunto que hoy conocemos como Pozo de Moisés.   

EL POZO DE MOISÉS

No demasiado alejada del centro histórico de Dijón se encuentra la Cartuja de Champmol, en activo hasta que fue disuelta en 1791, durante la Revolución Francesa, cuyas dependencias actualmente están reconvertidas en un centro hospitalario. El enorme monasterio de cartujos fue fundado el 1383 por el duque Felipe II de Borgoña en un paraje bucólico con el fin de establecer en él el panteón familiar de la dinastía de los Valois. Con el tiempo sería referido como "el proyecto más grande en un reino célebre por su extravagancia", al que la casa ducal llegó a dotar a tan magno recinto de numerosas y suntuosas obras de arte elaboradas por los principales artistas del momento.

Allí aparece trabajando Claus Sluter en la portada de la capilla, donde introduce las primeras innovaciones de su tiempo en la configuración de un portal gótico al colocar una dinámica figura pétrea de la Virgen con el Niño bajo dosel en el parteluz y en las jambas, igualmente bajo doseletes, las figuras orantes de Felipe el Atrevido y su esposa Margarita de Flandes, él amparado por la figura de San Juan Bautista y ella por Santa Catalina, ocupando los donantes de la obra un espacio sagrado hasta entonces reservado para el apostolado, profetas y santos. Todas estas esculturas muestran un dinamismo desconocido, un especial tratamiento de los paños, una gran monumentalidad, un afán por desprenderse del marco arquitectónico en el que se encuentran y un rotundo naturalismo, características que definen el estilo de Claus Sluter y le sitúan como precursor de los hallazgos renacentistas.

Todo ello queda patente en el Pozo de Moisés, nombre con el que se conoce lo que fuera la base de un monumental Calvario que fue colocado en el centro del enorme claustro del monasterio, compuesto por una base de planta hexagonal cuyas aristas están remarcadas por finas columnillas sobre las que se apean sofisticados capiteles con motivos vegetales que, a su vez, sirven de peanas o ménsulas para la colocación de seis figuras de ángeles dolientes que de pie, con las alas desplegadas y en posición abatida hacia el exterior, sujetan la cornisa de la plataforma sobre la se sustentaba el Calvario, desafortunadamente mutilado en la época revolucionaria, aunque se conservan fragmentos en el Museo Arqueológico de Dijon, como el torso de Cristo, parte de las piernas de las rodillas a los pies y fragmentos de los brazos cruzados de la figura de la Virgen.

Al frente de cada una de las caras del basamento prismático de tipo hexagonal, que sigue una disposición simbólica como brocal de un pozo o Fuente de la Vida, ya que con su muerte y resurrección Cristo se habría convertido en fuente de la vida eterna, se colocan las monumentales figuras de los profetas Moisés, David, Jeremías, Zacarías, Daniel e Isaías, precursores bíblicos que vaticinaron la llegada del Mesías y la redención del género humano. En ellas, totalmente liberadas del marco arquitectónico, dotadas de un asombroso naturalismo y con un acabado polícromo, Claus Sluter dejaba lo mejor de su arte, motivo por el que el Pozo de Moisés, que toma el nombre de uno de los profetas representados, debe incluirse en la antología de la mejor escultura europea de todos los tiempos.

Como es habitual en el escultor, cada una de las figuras de los profetas está personalizada en rostros, gestos e indumentaria para crear una galería de tipos humanos convincentes y realistas que, ajenos a la monotonía, muestran al espectador sus atributos y grandes cartelas en las que aparecen inscripciones con pasajes que les identifican, aparte de figurar el nombre pintado bajo cada una de ellas. Todas llegan a adquirir el carácter de verdaderos retratos, no sólo por el diferenciado trabajo facial y sus expresiones, sino también por sus actitudes y gestos, siempre realzados por una estudiada y voluminosa indumentaria que envuelve los cuerpos formando gruesos y profundos pliegues que producen un pronunciado efecto de claroscuro que realza su tridimensionalidad.

Por eso no debe extrañar que estas admiradas esculturas se convirtieran en modelos plásticos para los escultores borgoñones de varias generaciones posteriores que siguieron la senda de Sluter, así como una enorme influencia en los territorios relacionados política y comercialmente con Borgoña, como la corona de Aragón.

Se podría decir que mientras que en las figuras secundarias de los ángeles se aprecia cierto convencionalismo estético, debido a la colaboración en los trabajos de su sobrino Stephan Sluter de Werve, que también participó en la portada de la iglesia, en las corpulentas figuras de los profetas Claus Sluter profundiza con gran madurez en la psicología de cada personaje, obteniendo como resultado unas figuras emotivas y solemnes, cuyo aspecto quedaba realzado por la pintura aplicada por Jean Maelweel y el dorado de Hermann de Colonia.

Otro aspecto a resaltar es la volumetría y el canon de las figuras, opuestas al linealismo, verticalidad, estilización y amaneramiento de la escultura gótica predominante, así como la incorporación de un dramatismo desconocido en el arte borgoñón, que junto al tratamiento de los angulosos pliegues pasaría a convertirse desde entonces en una de las principales características del escultor. A este respecto conviene recordar la serie de monjes "plorants" que decoran la cama sepulcral de Felipe el Atrevido (Museo de Bellas Artes de Dijon), donde Claus Sluter confiere un carácter patético a las figuras a través de la gesticulación y del tratamiento de los paños, ya que todos aparecen sin expresión facial por tener las cabezas completamente cubiertas por las capuchas del hábito, mostrando, no obstante, un singular ejercicio de realismo con un ambiente desolador por la muerte del duque.  

Tampoco falta el gusto flamenco por los pequeños detalles que llegan alcanzar el virtuosismo, apreciable en los objetos que aparecen como atributos, tales como las Tablas de la Ley que sujeta Moisés, el cinturón que ciñe su túnica y la larga barba de dos puntas; el arpa que casi esconde el rey David, coronado, con el borde del manto recorrido por arpas ornamentales y dos borlones sobre el pecho; el libro de las profecías que sujeta Jeremías, increíblemente con las páginas ahuecadas labradas en piedra; el vistoso gorro de Zacarías y el turbante de Daniel, contrapuestos a la calvicie de Isaías, que porta un libro bajo su brazo y un zurrón para guardarlo colgando de un grueso cinturón ricamente decorado, etc. De este modo un tema religioso es tratado como una escena cotidiana, con infinidad de detalles que adquieren un carácter documental o etnográfico.  

Podría afirmarse que en la figura de Moisés se sintetiza el estilo del escultor. A su anatomía corpulenta, a su caracterización como un patriarca anciano, resaltada por la abundante barba de dos puntas, y a su expresión airada al bajar del monte Sinaí, con las cuencas oculares hundidas y la boca entreabierta, se suma el tratamiento clasicista de la indumentaria, que formada por una túnica y un manto que se cruza al frente para reposar sobre el brazo derecho con pesados pliegues, le confiere un aspecto que recuerda a un emperador romano, dotado de un gran realismo y fuerza emotiva.

Del mismo modo, el componente dramático encuentra su justa expresión en la figura de Jeremías, en cuya filactería aparece la frase “Oh, todos vosotros que paséis por aquí, mirad y ved si algún dolor es como el mío”, lo que incitaba a los cartujos a la meditación espiritual, de modo que a la imaginería tridimensional y pintada de los profetas, presentados como personajes humanos sufrientes y accesibles, el escultor incorpora un juego de imaginería mental y reflexiva, muy lejana de los modelos estereotipados.      


Informe: J. M. Travieso.


Restos del Calvario del Pozo de Moisés. Museo Arqueológico, Dijon












Protección del Pozo de Moisés. Cartuja de Champmol, Dijon.














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1 comentario:

  1. Precisamente voy a conocer Dijon en unos días y aunque no tenía previsto visitar esta maravilla, creo que no debo perdérmela.
    Excelente artículo y la página por lo que veo es perfecta. Por aquí me quedo.
    Un saludo
    Carmen

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