1 de febrero de 2016

Fastiginia: El Palacio del Almirante, la memoria de un espacio emblemático


Estampas y recuerdos de Valladolid

De nuevo recurrimos al legado pictórico de Valentín Carderera para recomponer mentalmente lo que fuera la Plazuela Vieja, el privilegiado espacio en el que hoy se levantan dos edificios emblemáticos de la arquitectura vallisoletana: la iglesia de Nuestra Señora de las Angustias y el Teatro Calderón, cuyas fachadas se sitúan frente a frente.

Este espacio, lleno de resabios históricos, hasta el siglo XIX estuvo ocupado en buena parte por el conocido como Palacio del Almirante, citado en 1605 por el portugués Tomé Pinheiro da Veiga en su Fastiginia como un caserón "de grandísimas dimensiones". Aunque se desconoce la historia de su construcción, en 1426 son citadas "las casas mayores de Valladolid con su plaza" con motivo de la fundación de un mayorazgo por parte de don Alfonso Enríquez, Almirante mayor de Castilla, y su esposa doña Juana de Mendoza. Otra referencia histórica la proporciona el viajero romántico Richard Ford en su Manual para viajeros en España y lectores en casa, que describe el edificio con dos torres en los ángulos de la fachada principal y "curiosas ventanas" en ella.

Más aclaratoria es la pintura que realizara Valentín Carderera hacia 1836 (Biblioteca Nacional, Madrid), donde aparece como una casona de dos plantas, con ventanas cerradas por rejas en la inferior y balcones en la superior, aunque lo más llamativo sería su portada lateral, con un amplio arco de entrada y enmarcada por un alfiz que como el ventanal geminado que albergaba en su interior eran de trazado gótico. No obstante, este sería el aspecto del Palacio del Almirante tras las reformas realizadas en el siglo XVII, que en 1652 afectaron a la puerta principal.

En base a los datos que figuran en el inventario realizado en 1600 por doña Vitoria Colonna, con motivo de la muerte de su esposo don Luis Enríquez Cabrera, almirante de Castilla, Jesús Urrea sugiere, en su obra Arquitectura y Nobleza, casas y palacios de Valladolid, la riqueza ornamental de su interior, con un patio principal con soportales, habitaciones tapizadas por reposteros, los suelos alfombrados con labores turcas, una importante colección de pintura, coches y carrozas en los establos, etc.

Según la tradición, en este caserón se hospedaron ocasionalmente los hijos de los Reyes Católicos y sobre su entrada principal figuró una lápida que recordaba el apoyo del Almirante don Fadrique Enríquez al emperador Carlos durante la Guerra de las Comunidades, apenas esbozada en el dibujo de Carderera, en cuya base aparecen dos frases escritas a lápiz: "siguen 3 balcones a la izqda. y un torreón cuadrado" y "Las casas del Almirante de Castilla en Valladolid, demolida hacia 1863".
En efecto, tras ser propiedad en el siglo XVIII del conde de Benavente y pasar por distintas manos durante el XIX, siendo escenario en 1844 del nacimiento del poeta Leopoldo Cano, el edificio fue derribado en 1863, cuando pertenecía al duque de Osuna, para construir sobre el amplio terreno el Teatro Calderón de la Barca. Durante los trabajos de derribo fueron encontrados varios restos de la azulejería que decoraba sus dependencias, un artesonado mudéjar y una moneda de plata de los Reyes Católicos, según consta en la Comisión de Antigüedades de la Real Academia de la Historia. Los fragmentos cerámicos y del artesonado se conservan en el Museo de Valladolid.

Después de ser adquirido El Palacio del Almirante al duque de Osuna por Diego Morales, éste a su vez lo vendió a la Sociedad Pérez Calderón y Compañía, constituida en ese momento para responder a la inquietud de los vallisoletanos, publicada en la prensa local, de disponer de una instalación lúdica acorde con los nuevos tiempos. Después de transformarse en Constructora Castellana, esta sociedad encomendaba en 1862 el proyecto de un nuevo teatro al arquitecto Jerónimo de la Gándara, que ya había levantado en Valladolid el Teatro Lope de Vega.

Autorizado el derribo del palacio en 1863, la obra del Teatro Calderón era ejecutada por Jerónimo Ortiz de Urbina, que se encargó de la elegante sala principal, transformable en salón de baile, del café, de la sala de descanso, del Círculo del Calderón y del resto de las dependencias, siendo objeto de las quejas del arzobispo por la proximidad de un espacio tan mundano al Palacio Arzobispal y a las iglesias cercanas.

Acabadas las obras, se propusieron como posibles nombres los de Teatro Calderón, Teatro Central y Teatro del Almirante, siendo mayoritariamente elegido el primero y fijada su inauguración para el 28 de septiembre de 1864. El Teatro Calderón, en la línea de los mejores de España, transformó por completo el entorno, que desde entonces adquirió un aspecto cosmopolita, llegando a pasar el tranvía por delante de su fachada. Durante más de un siglo cumplió su cometido cultural, siendo escenario de numerosos acontecimientos locales, incluso políticos, comenzando a acusar, en los años 60 del siglo XX, cierta degradación en sus instalaciones, lo que originó la propuesta de su demolición. Afortunadamente fue adquirido por la Caja de Ahorros Provincial y se adaptaron algunos espacios para albergar la Escuela de Danza, la Coral Vallisoletana, la Seminci, etc., terminando el proceso en 1986 con su adquisición por el Ayuntamiento de Valladolid, que emprendió su total remodelación. Hoy día el Teatro Calderón, para orgullo de los vallisoletanos, luce de nuevo en todo su esplendor y ofrece una programación equiparable a los mejores coliseos de Europa.       
















Aspecto actual del Teatro Calderón





























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