29 de enero de 2016

Theatrum: SAN JOSÉ Y EL NIÑO JESÚS, estética barroca de inspiración teresiana













SAN JOSÉ Y EL NIÑO JESÚS
Gregorio Fernández (Sarria, Lugo, h. 1576-Valladolid 1636)
1623
Madera policromada
Iglesia del convento de la Concepción del Carmen, Valladolid
Escultura barroca. Escuela castellana













Retablo mayor de la iglesia de la Concepción del Carmen
o convento de Santa Teresa, Valladolid
LOS ARQUETIPOS ESCULTÓRICOS CREADOS POR GREGORIO FERNÁNDEZ

Una de las principales aportaciones del genial maestro Gregorio Fernández al arte escultórico de su tiempo fue la creación de toda una serie de arquetipos que establecieron un invariable modo de representar a ciertos santos o pasajes pasionales. Estos modelos tuvieron tanta aceptación y gozaron de tal estima que no sólo fueron repetidos por el propio artista, sino también por una buena pléyade de discípulos y seguidores a los que los comitentes exigían que las imágenes encargadas se ajustaran con la mayor fidelidad posible a los originales fernandinos.

El catálogo es extenso y en parte se debe al talento del maestro para interpretar o inventar, desde una sentida religiosidad, el aspecto de algunos santos beatificados o canonizados en los años en que su taller conocía una imparable actividad, siendo el caso más significativo el ocurrido el 12 de marzo de 1622, cuando el papa Gregorio XV canonizó a los santos españoles San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, junto al italiano San Felipe Neri, lo que estimuló a solicitar sus imágenes a gremios y comunidades de carmelitas y jesuitas, que deseaban tanto celebrar tan importante acontecimiento como fomentar desde sus conventos la devoción a sus santos patronos a través de representaciones plásticas destinadas al culto, a lo que Gregorio Fernández respondió con magníficas y novedosas creaciones iconográficas, fruto de su capacidad inventiva, siempre impregnadas de una fuerte carga mística.

Hemos de considerar que estos hechos eran vividos en la sociedad sacralizada de su tiempo como verdaderos fenómenos de masas, con los fieles expectantes ante las novedades de las representaciones sacras y participando de forma masiva en las fiestas que se organizaban con motivo de tales eventos, como nos recuerda Lourdes Amigo1 que ocurriera en Valladolid en 1614 y 1622 a causa de la beatificación y posterior canonización de Santa Teresa, en uno y otro caso con geniales creaciones de "La Santa" salidas de la gubia del gallego.

También se asentaron los arquetipos fernandinos creados en torno a las representaciones pasionales, siendo los casos más representativos los modelos iconográficos relativos a Cristo yacente, convertidos en verdadera seña de identidad del taller, y de Cristo flagelado, donde el maestro implantó y consolidó el uso de columna baja tras ser reconocida como reliquia auténtica la columna conservada en la basílica de Santa Práxedes de Roma, allí trasladada en 1223 desde Jerusalén por el cardenal Giovanni Colonna2. Igualmente, puede considerarse arquetípica la interpretación, por parte de Gregorio Fernández, de las figuras de sayones y soldados, muchos de ellos de una calidad extraordinaria, que lejos de aparecer ataviados a la romana lucen anacrónicas indumentarias de uso generalizado en el siglo XVII, modelos repetidos después en buena parte de la geografía española.

Del mismo modo, en el proceso creativo experimentado por Gregorio Fernández, encontramos dos arquetipos en los que el artista hace geniales creaciones dando significado a una religiosidad de gran calado popular. Se trata de la representación de la Inmaculada Concepción, una devoción derivada de los postulados contrarreformistas que en el siglo XVII se convertiría en un fervoroso movimiento con reflejo en todas las artes y con epicentro en Sevilla. Gregorio Fernández se adhería al movimiento "inmaculista" estableciendo un modelo castellano caracterizado por la figura adolescente de María, de pie y en posición inmóvil sobre un trono de nubes y cabezas de querubines, en actitud de oración con las manos juntas ante el pecho, vestida con una túnica a la que se superpone un manto que se quiebra en la parte inferior en forma de pliegues duros y metálicos, así como largos cabellos que se desparraman simétricamente sobre el manto, generalmente coronada y rodeada de un resplandor de forma ovalada que reafirma su composición simétrica.

Este arquetipo tan repetido y copiado, el más hierático en la producción fernandina por concebir la imagen ante todo como una visión mística, solemne y cargada de valores simbólicos, encuentra su contrapunto en el arquetipo del patriarca San José, en el que prima el naturalismo y el movimiento cadencioso. Su devoción alcanzaría un especial desarrollo a partir de la reforma carmelitana llevada a cabo por Santa Teresa, que estimuló su devoción en sus fundaciones hasta el punto de recibir tal advocación muchos de sus conventos. De esta manera, el carácter de personaje secundario que San José había ostentado mayoritariamente en las representaciones pictóricas y escultóricas de tiempos precedentes, se torna en un desconocido protagonismo josefino para resaltar su condición de hombre ejemplar y padre modélico, unas veces integrando el grupo de la Sagrada Familia y otras como imagen independiente.

SAN JOSÉ Y EL NIÑO EN EL ÁMBITO TERESIANO

San José es un personaje que aparece en el repertorio fernandino desde sus obras más tempranas, siempre tratado con suma dignidad y prefigurando lo que con el tiempo llegaría a ser su modelo definitivo, diríase que inspirado en un labriego o artesano castellano. Gregorio Fernández ya incluía una imagen de San José con el Niño en el retablo mayor del monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid, realizado en 1613, aunque siguiendo una iconografía convencional del santo patriarca. Sin embargo, cuando al año siguiente elabora el exquisito Retablo del Nacimiento para el mismo convento, ya incluye una figura con unas características perfiladas y abocadas a convertirse en arquetípicas, presentándole como un hombre maduro que aún conserva cierta juventud y cuya personalidad radica en el tratamiento de su cabeza, con largo cuello, cráneo de estructura ovoide, frente alta y muy despejada, cabello corto que permite ver las orejas y peinado hacia adelante para formar tres voluminosos mechones rizados sobre la frente, ojos rasgados de cristal, nariz recta, boca cerrada, generoso bigote y una barba larga con dos puntas simétricas.

Sería en el altorrelieve de la Sagrada Familia, realizado en 1615 para el monasterio de Santa María de Valbuena de Duero, donde ya aparece de cuerpo entero luciendo una indumentaria que permanecería invariable en obras posteriores, con una túnica corta de gran vuelo que le cubre por debajo de las rodillas, ceñida con un cinturón y con un gran cuello vuelto, así como un amplio manto que produce anchos pliegues que en ocasiones adquieren un aspecto duro o metálico. Únicamente los ornamentados borceguíes que cubren los pies se convertirían en austeras botas de cuero en los modelos posteriores.

Podría decirse que el arquetipo josefino queda consolidado en la exquisita talla de San José que, en formato inferior al natural, realiza Gregorio Fernández por esos mismos años para el Convento de San José de Medina del Campo, segunda fundación teresiana en activo desde 1567. Con la cabeza y la indumentaria característica, el cuerpo en posición de contrapposto, la cabeza girada hacia la izquierda, el brazo derecho flexionado y levantado para sujetar la vara florida —atributo tradicional— y el izquierdo levantado a la altura de la cintura produciendo el plegado del manto, la figura ya muestra un movimiento cadencioso que le permite moverse en el espacio con gran elegancia, aunque estuviera colocado dentro de una hornacina.

El modelo se repite en el grupo escultórico de la Sagrada Familia que realizara entre 1620 y 1621 como imagen titular de la Cofradía de San José, Nuestra Señora de Gracia y Niños Expósitos, con sede en la iglesia de San Lorenzo de Valladolid, donde el arquetipo josefino creado por Gregorio Fernández alcanza sus máximas cotas naturalistas y expresivas.

Muy próximo a este modelo, y con todas las características reseñadas, se presenta la figura de San José del convento de la Concepción del Carmen de Valladolid, que junto a las imágenes de la Inmaculada y Santa Teresa, igualmente realizadas por Gregorio Fernández en 1623, se integra en el retablo mayor de la iglesia de la que fuera la cuarta fundación teresiana. La imagen, con el manto replegado para adaptarse a la hornacina, presenta una impecable corrección técnica, signo de la madurez del artista, y un gran naturalismo en su leve y armónico movimiento que le proporciona el aspecto de un vigoroso labriego castellano.

Se remata con una bella policromía, con encarnaciones a pulimento, que también responden a una constante, con la túnica en tonos verdosos, en este caso ornamentada con grandes motivos vegetales —primaveras— que dejan aflorar el oro subyacente, y un manto rojizo con los bordes recorridos por una cenefa dorada. Se completa con una serie de elementos postizos realizados en plata, como una corona de tipo resplandor inserta en la mitad de la cabeza y la vara florida que recuerda el milagro producido durante el episodio evangélico de los pretendientes a esposarse con la Virgen.

Como ocurre en el grupo de la Sagrada Familia de San Lorenzo, en este caso San José se acompaña de la figura exenta del Niño Jesús, una de las más bellas imágenes de Gregorio Fernández, que, a diferencia de los modelos infantiles de Martínez Montañés, siempre presentados desnudos, aparece vestido con una túnica tallada similar a la paterna, ceñida a la cintura por un cíngulo, con un amplio cuello vuelto y ornamentada con grandes motivos florales, aunque en la figura del infante llega hasta los pies, repitiendo el modelo del grupo de la Sagrada Familia de la iglesia de San Lorenzo.

Autor de numerosas figuras infantiles que ocupan un papel secundario en forma de bellos querubines (recuérdese el altorrelieve del Bautismo de Cristo conservado en el Museo Nacional de Escultura), en la figura de este Niño Jesús el escultor alcanza su grado máximo de delicadeza y equilibrio, al tiempo que consolida un nuevo arquetipo caracterizado por el minucioso trabajo de la cabeza, con cabellos desordenados que casi cubren las orejas, mechones simétricos y abultados sobre la frente y un semblante melancólico, con la boca ligeramente entreabierta y la mirada dirigida a lo alto, el cuerpo completamente cubierto por una túnica tallada con bruscos pliegues en la parte inferior, los brazos levantados a diferentes alturas y aplicación de elementos postizos, como ojos de cristal. Postizos también son los diferentes atributos sujetos en las manos, según se deduce de la posición de los dedos, siendo frecuente una sierra de carpintero que en este caso no se ha conservado, aunque sí una pequeña cruz que alude a su trágico destino.

Este modelo infantil, tan personal y diferente a los que hicieron furor en aquel tiempo en el interior de las clausuras femeninas, sería copiado por otros muchos escultores, en unos casos como acompañante en las representaciones del Ángel de la Guarda, en otros repitiendo miméticamente el grupo de San José y el Niño creado por Gregorio Fernández. Más frecuente fue la repetición de la imagen aislada de San José, especialmente presentes, como ya se ha dicho, en las comunidades de carmelitas, así como en las cofradías y capillas bajo su advocación, como la del gremio de entalladores en la iglesia penitencial de las Angustias de Valladolid, por citar un ejemplo, en la que el entallador Antonio López copia el modelo fernandino en 1675 manteniendo incluso el colorido de la policromía.

San José. Antonio López, h 1675, siguiendo el modelo de Gregorio Fernández
Capilla de San José, iglesia de las Angustias, Valladolid
Informe y fotografías: J. M. Travieso.



NOTAS

1 AMIGO VÁZQUEZ, Lourdes. Celebrando fiestas en Valladolid en honor de Teresa de Ávila (1614 y 1622). En URREA, Jesús. Teresa de Jesús y Valladolid. La Santa, la Orden y el Convento. Ayuntamiento de Valladolid, 2015, pp. 37-59.

2 TRAVIESO ALONSO, José Miguel. Simulacrum. En torno al Descendimiento de Gregorio Fernández. Domus Pucelae. Valladolid, 2011, p. 158.


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