13 de mayo de 2016

Theatrum: BELÉN NAPOLITANO, un sorprendente divertimento multidisciplinar (II)








BELÉN NAPOLITANO
Varios autores y artesanos
Siglo XVIII
Madera y terracota policromada, textiles, cera, metales y vidrio
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Escultura barroca y rococó. Escuela napolitana









(Continuación del artículo publicado el 6 de mayo 2016)

FINIMENTI

Los finimenti, cuya traducción literal significa "aparejos" o "guarniciones", son accesorios de todo tipo. Todo un mundo de complementos que realizados en miniatura ayudan a definir la identidad y ocupación de cada personaje. El repertorio de finimenti es uno de los mayores alicientes del belén napolitano y abarca toda la variedad de objetos y productos que ofrecía la vida rústica y urbana del Nápoles del siglo XVIII.

Entre ellos se encuentran utensilios pertenecientes a los ajuares domésticos, objetos de uso cotidiano, útiles de trabajo de campesinos y artesanos, instrumentos musicales de viento, cuerda y percusión, tanto de la cultura napolitana como de procedencia oriental, objetos suntuarios textiles y exquisitas obras de orfebrería que abarcan desde todo tipo de armas, lujosos recipientes y objetos litúrgicos hasta sofisticadas joyas elaboradas con materiales preciosos, todos ellos reproduciendo a pequeña escala y con increíble fidelidad su aspecto en la vida real.
Todos estos aparejos eran realizados en miniatura utilizando en su elaboración los mismos materiales que en los objetos reproducidos: mimbre trenzado, madera tallada, barro cocido, cristal soplado, metales repujados, perlas y piedras preciosas, etc.

Un apartado especial, dentro de los finimenti, lo constituyen las reproducciones de productos comestibles, como quesos, pescados, panes, vinos, frutas, legumbres, verduras y productos cárnicos, siendo abundantes los embutidos y los productos derivados del cerdo, cuyo consumo paradójicamente estaba prohibido en la Palestina que refleja la narración.
Solamente en estos productos perecederos, como el pan, pescados, carnes, embutidos y frutas, se recurre a materiales como la cera, mientras los productos hortícolas suelen estar modelados en barro cocido y policromado, consiguiendo presentar un acabado realista rico en matices. 

    A diferencia de los pastori, los finimenti, que eran realizados por artistas especializados, rara vez aparecen firmados por sus autores y en su caso siempre en la base sobre la que se apoyan grupos de verduras, como ocurre en una pieza que integra el belén del Museo Nacional de Escultura, bajo la que aparecen las iniciales de su autor, E I (Eduardo Ingaldi), y la fecha de ejecución: 24 de marzo de 1883.  

La importancia del cúmulo de accesorios para definir ambientes y caracterizaciones, hizo que con el tiempo fueran incorporados en modalidades belenísticas de otros países.

IL PLASTICO

El plastico es el decorado escenográfico en el que ubicar los grupos de pastori, básicamente compuesto por paisajes y edificios que de forma anacrónica complementaban el afán narrativo del belén. De todos sus componentes, el plastico era el único que tenía un carácter efímero, puesto que se solía modificar o renovar de un año para otro, motivo por el que es difícil encontrar decorados originales del siglo XVIII.
La disposición más común era longitudinal y organizada en gradas a distintas alturas, con espacios intercomunicados para conducir la mirada del espectador por las cuatro secuencias preceptivas de todo belén napolitano: El Anuncio a los pastores, la malograda Búsqueda de posada, el momento de la Natividad y la Adoración de los Reyes Magos, apartados que aparecen intercomunicados por il cammino o escena intermedia que actúa como nexo de unión entre ellos.
El decorado del primer episodio, referente al ambiente pastoril, adopta la forma de un paisaje más o menos abrupto —il masso— con caminos serpenteantes, incluyendo con frecuencia algún riachuelo y puente. A veces el paisaje presenta grandes formaciones de peñascos —il scoglio— que configuran un aspecto pintoresco inspirado en las obras pictóricas de género, siendo también obligada la presencia de una fuente o pozo que adquieren un significado simbólico. Este espacio paisajístico se complementaba con fondos pintados que las adineradas familias encargaban a prestigiosos pintores, siendo un tema recurrente la representación de la bahía de Nápoles con el Vesubio al fondo.

El segundo espacio tiene como elemento de referencia la hostería, remedo de la posada que les fuera negada a María y José, dotada de comedor y cocina y epicentro de la fiesta a través de la gastronomía y la música. Su presencia se ha interpretado como un deseo de establecer un contrapunto entre el alimento terrenal y el espiritual que representa el nacimiento de Cristo, generalmente representado contiguo a la posada.
En torno suyo se distribuye de forma arbitraria el mercado callejero por donde deambulan vendedores ambulantes en torno a talleres, hornos y tenderetes en plena actividad, así como una corte de mendigos y pícaros, campesinos llegados a la ciudad, representantes de todos los oficios imaginables y ciudadanos que viven su quehacer cotidiano, también visibles en terrazas, balcones y ventanas. Aquí el decorado recurre a construcciones que reproducen reconocibles edificios napolitanos o que se inspiran en la arquitectura popular, siempre interpretados con gran libertad, colocados a distintos niveles y con profusión de anacrónicos elementos decorativos dieciochescos. En este ámbito es donde se aglutina el mayor número de figuras, siendo característica la total ausencia de connotaciones religiosas explícitas.
La laboriosa tarea de realizar el plastico era encomendada en ocasiones a prestigiosos arquitectos y escenógrafos que trazaban diseños que se llegaban a convertir en prototipos, contando como colaboradores a albañiles, carpinteros, escultores, pintores, etc., que reflejaban el gusto por lo teatral durante el siglo XVIII.

El tercer espacio está dedicado a la gruta o establo en el que se produce la Natividad, escena que, a pesar de ser el epicentro del montaje, generalmente queda relegada a un segundo plano, hasta llegar a ser difícil su localización entre el fragor de la ciudad. Generalmente, esta escena sagrada por excelencia se disponía en una gruta organizada a dos niveles, uno inferior y subterráneo en el que se colocaban figuras de demonios haciendo conjuros, y otro superior con la escena del Misterio, sobre la que revolotean ángeles y querubines que festejan el triunfo de la luz sobre la oscuridad, del Bien sobre el Mal.

Templo clásico de mediados del siglo XIX. Belén  Pérez Olaguer
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Tras el descubrimiento de las ciudades romanas de Herculano (1738) y Pompeya (1748), a consecuencia de las campañas de excavaciones promovidas por el rey Carlos VII (futuro Carlos III de España), se despertó un fervor popular por la arqueología que se tradujo en la modificación de la representación inicial del Misterio en una cueva por un templo romano en ruinas, fórmula idónea para expresar el fin del paganismo con la llegada de Cristo. Desde entonces el templo clásico en ruinas pasaría a convertirse en decorado tradicional, desapareciendo la caverna en la que se refugiaba el demonio.

El cuarto espacio y como una prolongación de la ciudad, está reservado al cortejo de los Reyes Magos, que en primer plano avanzan rodeados de escoltas, servidores, porteadores, mercaderes, músicos y representantes de pueblos orientales que se distribuyen por callejuelas y plazas. Por este motivo, el decorado adopta la forma de un zoco poblado por pintorescos personajes y animales que constituyen uno de los principales atractivos del belén napolitano.

Este tipo de belén profano, de fuerte contenido teatral, era presentado en los palacios y residencias aristocráticas aderezado por grandes cortinajes que realzaban su carácter escenográfico, no faltando la colocación de velas dentro de botellas coloreadas en la embocadura para conseguir realzar alguna escena con efectos lumínicos.


Detalle de una carnicería
El primitivo decorado del Belén napolitano del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, concebido y elaborado en el siglo XX gracias a la tenacidad de sus antiguos propietarios, los coleccionistas madrileños Emilio y Carmelo García de Castro, desde el 17 de diciembre de 2015 fue descartado para presentarse al público según la renovación expositiva diseñada por el museógrafo y escenógrafo catalán Ignasi Cristià, que ha concebido el proyecto como una caja mágica, de moderna tecnología, en el que el decorado simplemente tiene un sentido evocador a través de la reproducción, sobre un pavimento de aspecto pizarroso y en modernos paneles, de algunas sugerencias arbóreas y fachadas de edificios todavía existentes en Nápoles, sin que falten la presencia del Vesubio al fondo de sus perspectivas. Su carácter neutro y minimalista concede a las figuras un protagonismo absoluto.


LOS TEMAS REPRESENTADOS EN EL BELÉN NAPOLITANO    

Ante todo hay que convenir que el belén napolitano supone la expresión más genuina de la cultura artística de Nápoles en el siglo XVIII, una expresión en la que se sintetizan emoción, inspiración y fantasía para reflejar el gusto por la arqueología, la etnografía, el folklore, el teatro culto y popular, el espectáculo religioso y las tradiciones seculares, siempre siguiendo un guión compuesto con total libertad en torno a la historia sagrada desde un renovado interés por la vida de la ciudad y las fiestas reales, a modo de una crónica que converge en la escena del pesebre.

Cocinero con un pollo asado en la posada
Ya hemos mencionado los cuatro apartados fundamentales del belén napolitano del Settecento, los cuatro referidos a una temática de inspiración evangélica. Sin embargo, un análisis exhaustivo permite afirmar que hay un tema que prevalece sobre todos los demás: la celebración gastronómica como fiesta de los sentidos.

1 LA FIESTA GASTRONÓMICA COMO PRINCIPAL PROTAGONISTA

La exhibición gastronómica es el elemento fundamental y absolutamente dominante en el belén napolitano del Settecento. En una ciudad pobre, como era la ciudad de Nápoles en ese tiempo, dominada por un hambre atávico e insaciable, la profusión de alimentos que se presentan en el belén, al límite de lo maniático y obsesivo, como una verdadera muestra de opulencia que desborda y aturde, viene a adquirir un significado de revancha del pueblo contra la carencia alimenticia convertida en enemigo secular, en una fantástica alucinación sobre un improbable y añorado mundo sin hambre. Con la abundancia de alimentos para todos, en este juego de transformación, al menos una vez al año, por Navidad, el pueblo miserable de Nápoles podía sentirse plenamente saciado. Con ello, las clases dominantes, propietarias de los belenes que se exponían al público, venían a tranquilizar su mala conciencia y expiar sutilmente sus culpas al ofrecer en sus colecciones alimentos exuberantes de toda condición.

Clientes y productos en la posada
El ensayista napolitano Domenico Rea ha definido el ámbito de la hostería o posada como el universo comestible del belén. Allí se reproducen especialidades culinarias de la cocina tradicional, como huevos, espaguetis, pizzas, pollos asados, etc., que se sirven con el vino de la región, adquiriendo la posada el carácter de un diversorium en el que campesinos, artesanos y burgueses pueden cumplir el sueño de hartarse de toda clase de alimentos. Para festejarlo, son abundantes los músicos que lo celebran entonando composiciones populares cerca de la posada.
En torno a ella se despliega la actividad del mercado, explosión de formas y colores que reproducen toda suerte de productos alimenticios: panaderos horneando el pan; vinateros acarreando y repartiendo toneles; frutas y verduras puestas a la venta por los hortelanos; carniceros ofreciendo suculentos cuartos de carne de vaca y cordero, conejos desollados y pollos desplumados; pescadores con gran variedad de pescados y crustáceos; colmados con quesos, embutidos y fiambres de todo tipo; vendedores ambulantes ofreciendo dulces y castañas, etc., en definitiva, todos los alimentos soñados por un pueblo que conocía muy bien la escasez y la hambruna.

(Continuará)
        
Informe y fotografías: J. M. Travieso.





Bibliografía

TRAVIESO ALONSO, José Miguel. Presepium. En torno al Belén Napolitano del Museo Nacional Colegio de San Gregorio de Valladolid. Domus Pucelae. Valladolid, 2008.


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