20 de mayo de 2016

Theatrum: BELÉN NAPOLITANO, un sorprendente divertimento multidisciplinar (III)








BELÉN NAPOLITANO
Varios autores y artesanos
Siglo XVIII
Madera y terracota policromada, textiles, cera, metales y vidrio
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Escultura barroca y rococó. Escuela napolitana









(Continuación del artículo publicado el 13 de mayo 2016)

2 EL ANUNCIO A LOS PASTORES, EL MUNDO RÚSTICO

Siguiendo la tradición napolitana, el primero de los temas que configuran el contenido narrativo del belén es el episodio del Anuncio a los pastores, caracterizado por mostrar un ambiente rústico y bucólico en el que discretamente aparece la figura del arcángel San Gabriel anunciando la Buena Nueva. El tema sirve de pretexto para recrear el ambiente pastoril en un paisaje abrupto extramuros de la ciudad, en el que se suele incluir algún río con su puente, e incluso pescadores, así como una fuente en la que bebe el ganado, sirviendo los establos en los que pernoctan los pastores de nexo de unión con los edificios de la ciudad.

En este ámbito debe cumplirse la regla de la presencia constante de la figura de un pastor que duerme, integrante de la colección básica de todo belén napolitano, que constituye el punto inicial de la narración y que sugiere, de forma simbólica, que la acción transcurre en la noche, razón por las que algunos pastores portan candiles o preparan hogueras. A su alrededor se distribuyen grupos de pastores realizando todas las actividades propias del pastoreo nómada. Unos cocinando o calentándose junto al fuego, en ocasiones estrechando en su regazo a pequeños zagales, otros ordeñando las vacas o tañendo una gran variedad de instrumentos, sobre todo flautas, gaitas y cornamusas.   

Cerca de los pastores, algunas mujeres se ocupan en la elaboración de mozzarella y otros manjares, siendo numerosos los recipientes dedicados a los productos lácteos, como calderetas y lecheras, distribuidos por el entorno, así como todo tipo de objetos utilizados en el campo, como alforjas, zurrones, talegos, odres, cestas, mantas, etc. Los personajes están caracterizados con fisionomías rudas y curtidas, y con vestimentas rústicas elaboradas con tejidos humildes y piel de oveja, incluyendo las figuras de algunos pastores que, portando pequeños animales, emprenden su marcha hasta el establo en que se ha producido el Nacimiento para depositar su ofrenda.

3 LA POSADA, RECREACIÓN DE LA VIDA COTIDIANA EN NÁPOLES

El siguiente apartado, aunque cueste identificarlo con facilidad, está inspirado en la desafortunada búsqueda de posada por la Virgen y San José a su llegada a Belén, si bien nunca aparecen los personajes sagrados recreando este pasaje. Por el contrario, el tema se convierte en un trasunto que nada tiene que ver con las Sagradas Escrituras, recurriendo a la representación de la posada y el mercado desplegado en torno suyo para mostrar, de forma totalmente anacrónica, una visión generalizada de la vida urbana en el Nápoles dieciochesco, siendo este ambiente callejero el que ocupa la mayor superficie del belén. Esta peculiaridad constituye la característica esencial y el matiz diferenciador del belén napolitano respecto a las representaciones de otros países. Desde un punto de vista actual, los principales valores de este espacio oscilan entre la etnografía, el folklore y la gastronomía por representar, con todo lujo de detalles, la forma de vida callejera de tipo mediterráneo, paradójicamente muy poco frecuentada por las clases adineradas que coleccionaban los presepi y los mostraban en sus suntuosos salones. 

Es en el mercado donde se muestra a todo tipo de oficios y artesanos elaborando y vendiendo sus productos —escribanos, carpinteros, alfareros, toneleros, cesteros, curtidores, zapateros, vidrieros, orfebres, lutieres, hiladoras, tejedoras, modistas, planchadoras, castañeras, etc.—, junto a los que deambulan infinidad de vendedores ambulantes con los más variados productos, provincianos llegados a la ciudad vistiendo el traje típico de su lugar de origen y toda una corte de truhanes y mendigos, siempre minuciosamente descritos.

Otro tanto ocurre en la posada y sus aledaños, reflejo del mundo tabernario, donde, junto a cocineros que sirven suculentos platos, se reúnen grupos de burgueses que fuman en sofisticadas pipas, portan cajas de rapé  o juegan a los naipes o al ajedrez. Un especial atractivo tienen las rondas de músicos que en torno a la posada tañen los más variados instrumentos, reproducidos a escala con una enorme precisión, entre ellos instrumentos de cuerda, como arpas, violines, guitarras, laudes, mandolinas, tiorbas, etc.; de viento, como la gaita zanfoña (zampogna a chiave), la gaita, la flauta, el clarinete (chalumeau), el fagot, etc.; y de percusión, como tambores, matracas de mazos (tricaballaca), panderetas (tamburello), panderos y castañuelas, reflejo de la influencia española en aquel reino. Junto a los músicos no faltan cantantes, bailarines —la tarantela— y saltimbanquis, algunos de ellos encarnados por niños.

Dentro del fragor urbano, hay una serie de figuras, fácilmente identificables, que tienen una connotación especial. Se trata de los mendigos, cojos, bizcos y monjes, que en Nápoles eran conocidos como "almas suplicantes", forma de referirse a las almas del Purgatorio. Según una vieja creencia popular napolitana, entre el 2 de noviembre y el 6 de enero las ánimas de los muertos vagaban libremente por sus lugares queridos, retornando temporalmente al mundo de los vivos para pedir limosna para sufragios durante los días de Navidad, motivo por el que dichas figuras se incluyen en el belén encarnando aquella creencia.

Por otro lado, en los personajes de la posada y del mercado se mezcla la crítica social con un refinado sentido del humor, presentando tipos que en ocasiones se convierten en una calculada caricatura de las actitudes humanas, de sus taras y sus vicios, plasmando incluso deformidades producidas por enfermedades como la tiña, el bocio, la viruela, la ceguera, el raquitismo o la idiocia, por citar algunas.  Este crudo realismo, tratado sin escrúpulos, debía producir un cierto distanciamiento entre los propietarios de las colecciones y el ambiente refinado en que se desenvolvían, y aquel descarnado mundo callejero que se retrata de forma mordaz y con ironía en el belén.      

4 EL MISTERIO DE LA NATIVIDAD

Aunque todo el montaje gira en torno al tema de la Natividad, epicentro y razón de ser de toda la composición, en el belén napolitano el tema queda relegado a un segundo plano, llegando en ocasiones a ser casi imperceptible, difícil de localizar visualmente. En efecto, aunque nunca pierda la dignidad en su tratamiento, la escena del Nacimiento queda enmascarada entre el abigarramiento de las escenas de contenido profano circundantes, sirviendo como referente para su localización el cúmulo de ángeles que revolotean a cierta altura o el templo en ruinas bajo el que se cobijan las figuras.

Al contrario que en el resto de los temas, esta escena sigue unas pautas estereotipadas que se ajustan a las directrices estéticas del arte Rococó, tanto en ademanes y actitudes como en vestuario y colorido. La escena está constituida por la figura de la Virgen sedente y con el Niño en su regazo o depositado a sus pies sobre lujosos lienzos. Les acompaña San José, caracterizado como venerable patriarca, de pie y con el tradicional atributo de la vara florida. 
Ya se ha comentado que la indumentaria de la Sagrada Familia es invariable en diseño y colorido, ya se presente formando parte de un belén completo o en una escena reducida al Misterio, generalmente encerrada en una vitrina (scarabattola).

La Virgen es una de las figuras más delicadas y elegantes, siempre mostrando una belleza idealizada, con la mirada fija en el Niño y gesto ensimismado, ajena al bullicio del entorno. Del reducido grupo, la imagen del Niño Jesús es la que más variantes admite, unas veces plácidamente dormido y otras jugueteando ante aquello que se le ofrece, siempre en total desnudez y siguiendo el modelo de los putti clásicos.

Integrando la escena de la Natividad también se incluyen coros de querubines y de ángeles que son otro de los elementos característicos del belén napolitano, unas figuras que, convertidas en arquetipos, aportaron una nueva modalidad estética al arte cristiano. Son las figuras más dinámicas del belén por estar sus vestiduras agitadas por un torbellino que parece atraerles hacia el establo mientras permanecen suspendidos en el aire. Sus cabezas muestran un exquisito modelado, de gran belleza y aspecto andrógino, mientras sus pies siempre van descalzos. Se acompañan de grandes alas desplegadas y en sus manos sujetan incensarios, instrumentos musicales o filacterías. El agitado movimiento de sus vestiduras está conseguido mediante la aplicación de finos hilos de alambre, ocultos en los ribetes de túnicas y estolas.

Bellas son también las figuras de diminutos querubines que invaden el espacio sagrado, unos en forma de cabezas aladas y otros de cuerpo entero, repitiendo todo el repertorio creado en el Barroco y siguiendo las pautas estéticas del Niño Jesús, algunos de ellos portando flores y guirnaldas.   

5 EL CORTEJO DE LOS REYES MAGOS, EL MUNDO EXÓTICO

Cierra el ciclo la llegada de los Reyes Magos citada en el Evangelio de Mateo, donde no se especifica ni su número ni su procedencia, como tampoco proporciona demasiados datos el Evangelio apócrifo armenio, de modo que los artistas napolitanos continuaron la tradición de considerar tres personajes que vincularon a las tres ofrendas de oro, incienso y mirra, a las tres edades del hombre y a su procedencia de tres de los continentes conocidos: Europa, Asia y África. En el belén napolitano no se hace referencia a la estrella que les guiara ni a la matanza de los inocentes, escena de dramatismo explícito que no tiene cabida en este divertimento.

El cortejo de los Reyes Magos es el apartado más exótico y teatral de cuantos integran el belén napolitano y está relacionado con la influencia ejercida por el estilo Rococó, de origen francés, que alcanzó su máximo apogeo en los años centrales del siglo XVIII y que, constituido en movimiento artístico difundido por Europa, manifestaba el gusto por la mitología y el arte oriental, así como el interés por el hedonismo, el refinamiento, el pintoresquismo y la sensualidad, siempre desprovisto de connotaciones religiosas, en definitiva, un arte al servicio de la vida acomodada y el lujo. En el caso del belén napolitano, la exótica presencia de los Reyes Magos sugiere la existencia de paraísos legendarios de los que proceden las riquezas portadas por su séquito, todo un derroche de fantasía que contrasta con la representación realista del pueblo llano napolitano.

Normalmente los Reyes aparecen montando caballos dotados de lujosas monturas y arreos, aunque no faltan ocasiones, como en el belén de Valladolid, en que llegan sobre camellos engalanados. Junto a ellos, formando grupos muy definidos, se alinean personajes de distintas razas entre las que se distinguen, por sus rasgos faciales y sus atuendos, albaneses, montenegrinos, rusos y griegos, aunque son más significativos los grupos de georgianos de pobladas barbas, los turcos de piel oscura, cabeza rapada y turbantes, y estilizados africanos de raza negra con rasgos abisinios. 
Todos ellos acometen sus papel de soldados, palafreneros, sirvientes y comerciantes, incorporando al desfile objetos tan pintorescos como  palanquines, sombrillas orientales (umbraculum), estandartes, armas, alfombras y tapices, finas sedas, suntuosas piezas de orfebrería y cofres con pintorescas joyas, llegando a convertir el espacio en un animado zoco.

En este orden de cosas, posiblemente lo más llamativo radica en tres tipos de componentes con peculiaridades propias. Por un lado el exotismo de los animales que les acompañan, entre ellos briosos caballos de raza árabe, jaurías de galgos afganos y ejemplares domesticados de razas salvajes infrecuentes en Europa: elefantes, leones, leopardos, monos, pavos reales, faisanes, etc.

Otro grupo lo constituyen las pintorescas formaciones musicales uniformadas, que tañen infinidad de instrumentos musicales elaborados en miniatura con los mismos materiales que en la realidad, incluyendo incrustaciones de nácar y carey, piezas de hueso y marfil, etc. Entre ellos aparecen trompetas, tubas, trompas, bocinas y curiosos serpentones integrando el grupo de viento, junto a tambores, timbales, platillos y sonajas entre los de percusión. Al frente de la formación se coloca el mehterbasi o director de la banda, ricamente vestido al modo de un sultán y portando un curioso bastón de mando con campanillas y cascabeles y rematado por una media luna.    

El tercero de los grupos lo integran bellas y jóvenes mujeres de tez blanca que lucen refinados vestidos, equiparables a los de los Reyes, y suntuosas alhajas, apareciendo como paradigma de extrema elegancia, refinamiento y hasta con cierta carga de sensualidad. Son las georgianas y arménides, cuyas cabezas están modeladas con gran exquisitez, próximas a los patrones neoclásicos franceses, casi siempre luciendo un moño de estilo Imperio adornado con cintas, acorde con la moda que en aquel momento seguían las mujeres de la alta sociedad.


(Continuará)


Informe y fotografías: J. M. Travieso.


Arménide transportada el palanquín y aspecto del zoco

Bibliografía


TRAVIESO ALONSO, José Miguel. Presepium. En torno al Belén Napolitano del Museo Nacional Colegio de San Gregorio de Valladolid. Domus Pucelae. Valladolid, 2008.



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