2 de mayo de 2016

Fastiginia: El pozo de Santa Ana o el secreto de una clausura


Estampas y recuerdos de Valladolid



Hay lugares que a fuerza de ser transitados se convierten en algo cotidiano que creemos conocer lo suficiente. Sin embargo, esta percepción suele ser errónea en aquellas ciudades con un rico pasado histórico, donde cada rincón guarda una historia, plagada de luces y sombras, desde tiempos inmemoriales. Es el caso de Valladolid, donde aquellos que aman la ciudad no dejan de sorprenderse constantemente cuando fijan su atención en una calle, en un edificio, en un resto o en algún elemento secular que hasta entonces había pasado desapercibido, pues, como en otros tantos lugares, las piedras hablan...

Foto obtenida en el blog "Vivamos la alegría", del
monasterio de Santa Ana y San Joaquín
Hoy fijamos nuestra atención en un lugar privilegiadamente céntrico para desvelar un pequeño secreto no conocidos por todos: el Real Monasterio de Santa Ana y San Joaquín, situado en un entorno a escasos metros de la Plaza Mayor que se resiste a perder el carácter levítico de otros tiempos, aquellos en que el monasterio se alineaba entre la iglesia de San Lorenzo y el desaparecido convento de la Trinidad.

Hemos de remontarnos al reinado de Felipe II, cuando este monarca intercedió para que el papa Clemente VIII aprobase una reforma o "recolección" que afectaba a la comunidad cisterciense femenina del monasterio de Perales, en la vega palentina del río Carrión, reforma que fue consumada en 1594 por la madre Catalina de la Santísima Trinidad, que se convirtió en la primera abadesa de las reformadas. Ante la negativa de parte de la comunidad a aceptar la reforma, la comunidad se escindió, permaneciendo las reticentes en el monasterio de Perales y trasladándose a Valladolid, ese mismo año de 1594, trece monjas reformadas con el abad de Husillos al frente, que compró una casa al regidor Antonio de Salazar que permitió la fundación del monasterio de Santa Ana, cuya consagración se producía el 8 de junio de 1596. Benefactora de la fundación fue María de Austria, hermana de Felipe II, por lo que siempre se consideró a la institución como una fundación real.

El monasterio seguía las pautas de la arquitectura clasicista por entonces imperante en Valladolid, ocupándose el arquitecto Francisco de Praves, en 1618, de completar parte del claustro y otras dependencias. De esta manera el monasterio se integró en el entramado urbano vallisoletano y permaneció activo, bajo el patronato de importantes familias, hasta mediados del siglo XVIII, momento en que el edificio comenzó a mostrar alarmantes síntomas de ruina.

Fue entonces cuando la comunidad recurrió al rey Carlos III, que hacia el año 1779 se comprometió a financiar la reconstrucción del convento, encomendando los planos al arquitecto real Francisco Sabatini, que diseñó una remodelación total del convento existente siguiendo el estilo neoclásico imperante, con una nueva iglesia y dependencias en torno a tres claustros. 

La obra fue adjudicada en 1780 al arquitecto Francisco Álvarez Benavides, que la llevó a cabo bajo la supervisión de Sabatini. Mientras se realizaron las obras, las monjas fueron acogidas en el palacio de la marquesa de Camarasa, frente a la iglesia de San Pedro, donde llegaron a quejarse al rey de la lentitud de las obras. 

Finalmente, el monasterio fue concluido en 1787 y consagrado en octubre de aquel año como Real Monasterio de Santa Ana y San Joaquín, manifestando la abadesa su agradecimiento al rey, que además posibilitó que los altares de la iglesia fuesen presididos por tres pinturas de Francisco de Goya y otras tres de Ramón Bayeu.

Palacio de Villasante, actual Palacio Arzobispal, siglo XVI
Las obras del monasterio trastocaron por completo la estética del entorno, haciendo olvidar todo rastro anterior de tiempos de Felipe II. El drástico régimen de clausura impidió a los vallisoletanos durante mucho tiempo conocer el ingente número de obras artísticas de todo tipo que llegaron como donaciones durante siglos al interior del convento, parte de las cuales integran el actual museo que fue abierto al público en 1978. Pero hoy no queremos referirnos a la impresionante colección de orfebrería, textiles litúrgicos, pinturas y esculturas, algunas verdaderas obras maestras, sino a unos restos arquitectónicos reaprovechados que se conservan en el claustro más pequeño y recoleto del monasterio, vestigios difíciles de conocer por pertenecer al ámbito de la clausura.

Se trata de un pozo con brocal de piedra, colocado en el centro del patio, que aparece protegido por un cobertizo, con tejado a cuatro aguas y dinteles de madera, que se sustenta sobre cuatro columnas con capitel plateresco, elementos que son, a todas luces, mudos testigos del primer monasterio. Tan peculiar construcción, inimaginable desde el exterior, puede llegar a recordar el humilladero de los Cuatro Postes de Ávila por los fustes monolíticos, aunque su mayor interés radica en el tipo de capiteles con decoración plateresca y elementos fantásticos, los cuatro con una gran uniformidad por la colocación de volutas angulares perforadas, que demuestran el gusto de las grandes familias vallisoletanas por gozar en la intimidad de los patios del siglo XVI del sugestivo repertorio renacentista, así como el asentamiento en la ciudad de canteros especializados en la realización de dichos capiteles, ya que también están presentes en otros palacios conservados.

Capitel del patio del Palacio de Villasante (Palacio Arzobispal), siglo XVI
De modo que, dejando volar la imaginación, podríamos recomponer el aspecto del primitivo convento de Santa Ana, que contaría con un patio similar en riqueza plástica y decorativa, de tipo plateresco, a la que todavía podemos apreciar en algunos palacios del siglo XVI, como en el Palacio Real, en el palacio de Villasante (actual Palacio Arzobispal) o en el palacio de los Gallo de Andrada (hoy enquistado en el Hotel Imperial), éste último el de mayor variedad y riqueza decorativa en sus capiteles, en cuyos motivos se repiten cabezas de animales y de hombres barbados, figuras de niños, cuernos de la abundancia, etc., que junto a hojas de acanto adoptan formas de caprichosas volutas.

También podemos imaginar a estos mudos testigos del pasado, conservados en el interior del monasterio de Santa Ana y San Joaquín, sumidos en un silencio apenas perturbado por la música callada o la soledad sonora de la pequeña comunidad cisterciense.


Capitel del patio del Palacio Real de Valladolid, siglo XVI
















Capitel del Palacio de los Gallo de Andrada (Hotel Imperial), siglo XVI














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