24 de febrero de 2017

Theatrum: ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN, una escena con tintes melancólicos








ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN
Claudio Coello (Madrid, 1642-1693)
1660
Óleo sobre lienzo
Museo de la Universidad, Valladolid
Pintura barroca española. Escuela madrileña










Una de las pinturas más interesantes de cuantas alberga el Museo de la Universidad de Valladolid es una escena que representa el pasaje evangélico de la Entrada de Jesús en Jerusalén, una obra de mediano formato que aparece firmada por Claudio Coello, el gran pintor madrileño que puso un broche de oro al gran periodo de la pintura barroca española conocido como el Siglo de Oro.

LA ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN

Este trabajo de juventud, elaborado cuando Claudio Coello contaba tan sólo 18 años y trabajaba en la escuela de Francisco Rizi, pintor del rey, fue realizado en 1660, año en que moría Velázquez en Madrid. Con la muerte del gran maestro sevillano la pintura española comenzaba a debilitarse, posiblemente como reflejo en el mundo artístico de la decadencia política que vivía el país. Lo cierto es que con Velázquez se agotaba una época gloriosa de la pintura española, pues a partir de entonces la mayoría de los pintores parecieron sumirse en una profunda melancolía que les alejaba de la fecundidad y creatividad que años antes habían dominado la producción artística hispana. En este contexto, podría decirse que solamente Claudio Coello, que llegaría a ser pintor de Carlos II, último rey de los Austrias, lograría mantener viva la llama encendida por Velázquez en los años centrales del siglo XVII, tan representativa de un pueblo recio de fuerte personalidad.

Prácticamente, desde el tiempo en que vivió, Claudio Coello fue un pintor prestigioso y reconocido, hecho avalado por sus nombramientos como pintor del rey y pintor de cámara en tiempos de Carlos II, siendo muy valoradas, hasta nuestros días, sus pinturas repartidas por iglesias, monasterios y museos españoles y del extranjero, por representar el último hálito de lo sustantivo y esencial del barroco español. Por eso adquiere un gran valor testimonial esta pintura de La entrada de Jesús en Jerusalén, que nos informa de las inquietudes y habilidades —entiéndase talento— de un joven en el umbral de su carrera artística.

La entrada de Jesús en Jerusalén, única pintura de Claudio Coello en Valladolid, fue localizada y dada a conocer en 1949 por el arqueólogo e historiador cántabro Miguel Ángel García-Guinea1, que también el 2 de abril de 1950 publicó un artículo para difundir el hallazgo en el diario ABC de Sevilla2, en el que afirmaba que el desconocido cuadro puede unirse "a las mejores obras de su autor".

Se desconoce para quién fue realizada la pintura, pues Palomino no la cita entre las obras enumeradas y descritas del pintor, a pesar de que la firma no deja lugar a dudas. Moviéndonos en el terreno de la imprecisión, podría pensarse que llegó a alguna casa particular o iglesia de Valladolid, que posiblemente se trate de la delectación de un trabajo de estudio e incluso de un paso previo a su plasmación en el gran formato que solía utilizar el pintor. Eso nunca lo sabremos.
Lo que sí es constatable es que se encuadra en la temática religiosa que caracteriza la producción del artista como representante de los ideales contrarreformistas, aunque carezca del sentido de apoteosis barroca presente en la mayoría de sus obras. No obstante, en el cuadro prevalece un idealismo determinado por el carácter festivo del propio tema representado, un idealismo que se bifurca en la vía del misticismo —lo más sublime representado por Cristo y San Juan— y del ascetismo —méritos y trabajos del hombre simbolizados por San Pedro—, elementos que determinan un componente espiritual que supera lo meramente narrativo o anecdótico.

De forma muy estudiada, la figura en escorzo de Cristo sobre un pollino ocupa el centro de la escena, aunque el pintor equilibra la composición concediendo un lugar privilegiado a San Juan y San Pedro a la derecha y un sugestivo paisaje, precedido de la entrada de Jerusalén y sus animados moradores, a la izquierda, de modo que una y otra parte conducen nuestros ojos hacia el centro psicológico: la figura de Cristo. Es destacable el movimiento escénico infundido a los personajes, bien apreciable en las diáfanas figuras de San Juan y San Pedro, en su actitud de caminar, con un extraordinario y colorista juego de pliegues (característicos del pintor) y con caracterizaciones y actitudes individualizadas. Su movimiento se complementa con los apóstoles colocados en segundo plano y los personajes que llegan desde la ciudad agitando palmas y ramas de olivo, cuya algarabía contrasta con la serenidad del bucólico paisaje del fondo, siempre sobre la base de un dominio perfecto del dibujo y la aplicación selectiva del color, en este caso con una pincelada rápida y pastosa.

Ese movimiento casi brusco de los personajes, como el juego de perfiles y posturas forzadas del séquito apostólico, llegaría a ser habitual en las pinturas de Claudio Coello, bien apreciable en la figura de San Juan, que recuerda al ángel que aparece en la pintura de La Sagrada Familia con el rey San Luis de Francia que se conserva en el Prado. Igualmente, son característicos de sus pinceles la carnosidad y redondez de los rostros y el árbol de tronco oscuro y hojas abrillantadas que en sus pinturas se convierte en sello o rúbrica de su personalidad.

Algo del temperamento melancólico y pesimista de Claudio Coello, apuntado por Palomino, se trasluce en la figura del Nazareno, especialmente en la expresión del rostro, cuyo gesto de íntimo sentimiento aplaca la alegría bulliciosa de su entorno dando sentido a las palabras de García-Guinea: "Coello, pintor triste, logró entristecer a sus propios cuadros, como si sintiera que él apagaba la llama encendida por Velázquez". 

Claudio Coello, 1660. Izda: El Niño Jesús a la entrada del Templo. Museo
del Prado. Dcha: San Miguel Arcángel. Museum of Fine Arts, Houston
EL PINTOR CLAUDIO COELLO

Nacido en Madrid el 2 de marzo de 1642, era hijo de Faustino Coello, broncista oriundo de Portugal, y de Bernarda de Fuentes. Según relata Palomino3, para que le ayudase en el trabajo de los vaciados, su padre le puso a estudiar dibujo con el madrileño Francisco Rizi, hijo del pintor italiano Antonio Rizi, llegado a España para trabajar en El Escorial. Tras mostrar sus progresos junto al maestro, que ostentaba el rango de pintor del rey, este solicitó a su padre que continuara sus estudios en pintura, llegando a destacar entre otros aprendices. Según Palomino, Claudio Coello era un joven adusto y melancólico, no muy bien parecido, pero de un gran ingenio para la pintura historiada, la captación del natural, el dominio de las perspectivas arquitectónicas y las técnicas del temple y el fresco.
A través de Rizi y de su amistad con Juan Carreño de Miranda pudo conocer las colecciones reales del Alcázar de Madrid, llegando a realizar copias de maestros como Tiziano, Veronés, Bassano, Luca Giordano, Van Dyck y Rubens, de los que asumiría influencias decisivas para su futura producción4.

Claudio Coello. Susana y los viejos, 1663. Museo Ferré de Ponce, Puerto Rico
Entre su obra de juventud, la primera obra firmada y fechada en 1660 es Jesús niño, a la puerta del Templo, conservada en el Museo del Prado, que copia una obra de Jacques Blanchard a través de un grabado de Antoine Garnier. Le seguiría ese mismo año la Entrada de Jesús en Jerusalén, obra igualmente firmada y conservada en el Museo de la Universidad de Valladolid, cuyo pequeño formato induce a pensar que pudiera ser un boceto preparatorio para una obra de destino desconocido. De 1661 data la pintura Cristo servido por ángeles, hoy en una colección particular y de 1663 La visión de San Antonio de Padua del Chysler Museum of Art de Norfolk (Virginia), antes perteneciente a la colección de Luis Felipe de Orleans, donde ya incorpora los fondos arquitectónicos y los ángeles en vuelo que serán constantes en sus pinturas.

El primer encargo importante que recibe Claudio Coello está plasmado en un contrato fechado en 1666, consistente en la desaparecida pintura del Descubrimiento de la verdadera Cruz del altar mayor de la iglesia madrileña de Santa Cruz, y en una serie de pinturas al fresco en el presbiterio y la capilla de los Ajusticiados de dicha iglesia. Años antes, ya había demostrado su maestría en la escena de Susana y los viejos (1663, Museo Ferré de Ponce, Puerto Rico) y en el apoteósico Triunfo de San Agustín del Colegio de San Nicolás de Tolentino de Alcalá de Henares (1664, Museo del Prado).
Claudio Coello. Triunfo de San Agustín, 1664.
Museo del Prado

Sin embargo, su gran oportunidad llega en 1668, cuando le encargan una serie de pinturas para la iglesia del convento de la Encarnación de Madrid, conocido popularmente como San Plácido, donde también había trabajado su maestro Rizi. Para este elabora la impresionante Anunciación o El Misterio de la Encarnación que todavía preside su retablo mayor, buena muestra de su fastuoso sentido escenográfico y brillante colorido donde incluye figuras de profetas y sibilas que predijeron la llegada del Mesías, composición de la que se conserva el boceto previo en la Colección Helena Rivero de Jerez de la Frontera. También es destacable en este conjunto barroco, uno de los más notables de la época de los Austrias conservado en su lugar original, la Visión de Santa Gertrudis que preside el retablo de la nave derecha, que también aparece firmado en 1668.  

A partir de ese momento, según Palomino, son constantes los trabajos para iglesias madrileñas, donde fiel a la sensibilidad contrarreformista plasma un universo barroco dirigido a los sentidos con el fin de impresionar y conmover a los espectadores. De este momento destacan las pinturas de Cristo mostrando a la Virgen el Limbo (1669, colección particular, Francia), La Virgen con el Niño adorada por santos y las virtudes teologales y La Sagrada Familia con el rey San Luis de Francia y otros santos, estas dos últimas en el Museo del Prado.

En la década de los 70, Claudio Coello inicia sus prácticas como fresquista en colaboración con José Jiménez Donoso, donde demuestra su gusto por las arquitecturas fingidas, siguiendo la senda implantada en Madrid por los italianos Angelo Michele Mitelli y Agostino Colonna. Obra destacada fue la decoración de la capilla de San Ignacio del Colegio Imperial que los jesuitas tenían en la capital de la Corte (actualmente catedral de San Isidro), que fue encargada en 1671 con motivo de la canonización de San Francisco de Borja y destruida en 1936, al igual que las historias de San Ignacio de la bóveda de la sacristía, durante la Guerra Civil. Todavía subsisten la cúpula y las pechinas de la capilla del Santo Cristo, con ángeles pasionarios y figuras de profetas.
Claudio Coello. La Sagrada Familia con el rey San Luis de Francia, h. 1665
Museo del Prado
Asimismo, en 1672 contrataba la decoración de la cámara y antecámara de la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor de Madrid, desde la que los monarcas contemplaban las fiestas de toros, donde aparecen virtudes portando los emblemas monárquicos entre ángeles trompeteros y arquitecturas fingidas, y medallones en grisalla con los seis trabajos de Hércules, el mítico fundador de la monarquía española.

El 14 de marzo de 1674 Claudio Coello contraía matrimonio en la iglesia de Santa Cruz con Feliciana Aguirre de Espinosa, del que nacería su hijo Bernardino, aunque en noviembre de 1675 fallecía su esposa, siendo el niño encomendado a unos parientes de San Sebastián de los Reyes.
Pocos días antes de su enlace matrimonial, había contratado para el retablo de la iglesia de San Juan Evangelista de Torrejón de Ardoz una escena con el martirio del santo, una apoteosis del mismo para el cuerpo superior y cuatro pinturas para el tabernáculo. Aunque el retablo fue víctima del fuego en la Guerra Civil, se salvó el gran lienzo del Martirio de San Juan, conservado en la iglesia reconstruida.

De 1676 datan las pinturas de Cristo y la Magdalena en casa de Simón (colección particular), con claras influencias de la pintura veneciana de Tintoretto y Veronés, y una Inmaculada (Museo de Goya, Castres), de la que hizo varias versiones. Asimismo, en 1677 está datada la Aparición de la Virgen del Pilar al apóstol Santiago (Hearst San Simeon State Historical Monument, California). En ese tiempo también realiza las pinturas de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Valdemoro (Madrid).
Claudio Coello. Izda: Anunciación, 1668. Convento de San Plácido, Madrid
Centro: San Ignacio de Loyola, 1676. Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción,
Valdemoro (Madrid). Dcha: San Antonio, 2ª mitad del XVII. Museo del Prado
En ese año de 1677 Claudio Coello se vio envuelto en un pleito que el gremio de pintores de Madrid habían interpuesto contra la Hermandad de Nuestra Señora de los Siete Dolores por negarse a sacar en procesión en Semana Santa la imagen titular, aduciendo ser una función indigna para su oficio. En agosto del mismo año contraía segundo matrimonio con Bernarda de la Torre y en noviembre, merced al apoyo de Juan Carreño de Miranda, firmaba el importante contrato de restaurar los frescos de la Sala de las Batallas del Monasterio de el Escorial, lo que suponía el primer encargo de la Corona.  
    
Es en 1679 cuando el pintor comienza a relacionarse con la casa real al colaborar, junto a otros artistas, en la elaboración de unos arcos triunfales efímeros, levantados con motivo de la entrada en Madrid, el 13 de enero de 1680, de María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II, que hizo un recorrido desde el Retiro al Palacio Real pasando por construcciones efímeras cuyos testimonios se conservan en grabados de la Biblioteca Nacional.
Claudio Coello. Ida: Santa Catalina de Alejandría, 1683. The Wellington
Collection, Apsley House, Londres. Dcha: Doña Mariana de Austria. The
Bowes  Museum, Newgate, Barnard Castle, Reino Unido
El 30 de marzo de 1683 un real decreto lo nombra pintor del rey ocupando la vacante dejada por Dionisio Mantuano, incorporando en ese momento a su repertorio religioso el género del retrato. Sin acusar grandes cambios de estilo, sus figuras ganan en volumetría, el modelado tiene un afán más escultórico y los complejos fondos arquitectónicos dejan paso a otros más sencillos y rotundos. En ese momento firmaba la Santa Catalina de Alejandría del Museo Wellington, que recuerda los modos de guido Reni y Van Dyck.

Entre 1684 y 1685, en colaboración con su discípulo Sebastián Muñoz, realiza su mayor ciclo de frescos —700 metros cuadrados— para el Colegio de Santo Tomás de Villanueva de Zaragoza, también conocido como Convento de Agustinos de la Mantería, donde destaca la glorificación del santo titular y de la Trinidad entre un fastuoso repertorio de frutas, ángeles, medallones con virtudes y retratos de personajes. La restauración y recuperación de este conjunto se inició en 1998, aunque en 2001 se desplomó parte de la cúpula.


Claudio Coello. Santa Rosa de Lima y Santo Domingo de Guzmán, h. 1685
Museo del Prado
A su regreso de Zaragoza pinta para la iglesia del madrileño convento del Rosario —el Rosarito— el cuadro de Santo Domingo con Nuestra Señora del Rosario, desde 1818 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, así como los de Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima, que tras la desamortización pasaron al Museo de la Trinidad y desde allí al Museo del Prado, en los que el pintor, con un punto de vista bajo, finge esculturas sobre peanas insertadas en originales hornacinas decoradas con fondos arquitectónicos y cortinajes . 

En 1685 se le encomienda para la sacristía del monasterio de El Escorial la que está considerada como la mejor de sus obras: La Adoración de la Sagrada Forma, que firma con la inscripción «CLAUDIUS COELL. REGIAE MAIESTAS CAROLI II CAMERARIUS PIC. FACIEBAT ANNO DNI 1690». Esta enorme pintura —5 x 3 metros—, encargada inicialmente a su maestro Rizi, que a pesar de trabajar en ella intermitentemente murió sin poder realizarla, supone el culmen de su trayectoria profesional. En ella aparece la solemne ceremonia litúrgica, oficiada por el padre Francisco de los Santos, prior del monasterio, que presenta la Sagrada Forma dentro de una rica custodia en presencia del rey Carlos II, que permanece arrodillado y acompañado por un grupo de cortesanos, todas las figuras con el tratamiento de auténticos retratos.

Claudio Coello. Santo Domingo de Guzmán con
Ntra. Sra. del Rosario, h. 1685.
Academia de San Fernando, Madrid
En esta ambiciosa obra, el pintor utiliza con talento todos los recursos del lenguaje teatral barroco —grupos de personajes distribuidos por el espacio y cortinajes que permiten observar la bóveda—, destacando el ilusionismo creado para definir el espacio de la propia sacristía donde se colocaría la obra dotado de una atmósfera que recuerda los hallazgos de Velázquez en Las Meninas, especialmente por presentar la sala en semipenumbra, con la luz penetrando por óculos laterales. Con gran habilidad, el realismo de la parte superior adquiere un carácter sobrenatural por el vuelo de alegorías angélicas que representan el Amor divino, la Religión y la Majestad Real, según los modelos de Cesare Ripa. El sentido escenográfico de la escena se refuerza con la cortina roja que en lo alto recogen unos querubines.

El impacto causado por esta obra sería recompensado con su nombramiento como pintor de cámara, vacante desde las muertes de Rizi y Carreño. Con este cargo se ocupó de realizar toda una serie de retratos de personajes de la casa real y otros cortesanos, siempre con la elegancia y el refinamiento imperante en el momento.

No obstante, la irrupción en el ambiente cortesano de Luca Giordano, llegado a España para pintar los frescos de la escalera del gran proyecto decorativo de El Escorial, supuso su desplazamiento y el decaimiento de su productividad pictórica, a pesar de que en 1691 también había sido nombrado pintor de la catedral de Toledo. En sus últimos años se dedicaría a supervisar las colecciones reales, restaurar sus obras y tasar colecciones de pintura.

El prolífico pintor Claudio Coello moría en Madrid el 20 de abril de 1693 y fue enterrado en la parroquia de San Andrés.  

Claudio Coello. Adoración de la Sagrada Forma,
1685-1689. Sacristía de El Escorial

Informe y fotografías del cuadro vallisoletano: J. M. Travieso.

Resto de fotografías: correspondientes museos. 




NOTAS

1 GARCÍA-GUINEA, Miguel Ángel: La Entrada de Jesús en Jerusalén: un cuadro desconocido de Claudio Coello. Boletín del Seminario de Arte y Arquitectura (BSAA), 15, Universidad de Valladolid, 1948-1949, pp. 261-266.

2 GARCÍA-GUINEA, Miguel Ángel: La Entrada de Jesús en Jerusalén: un "nuevo" cuadro de Claudio Coello. Hemeroteca ABC Sevilla, 2 abril 1950.

3 PALOMINO DE CASTRO Y VELASCO, Antonio: El Museo Pictórico y Escala Óptica / 1715-1724. Tomo segundo (3 volúmenes), Madrid 1717, pp. 650-658.

4 SULLIVAN, Edward: Claudio Coello y la pintura barroca madrileña. Nerea Ed. 1989.


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