6 de septiembre de 2019

Visita virtual: EL ENTIERRO DE CRISTO, preciosismo para un drama atemperado









EL ENTIERRO DE CRISTO
Luisa Roldán, La Roldana (Sevilla, 1652- Madrid, 1706)
1700-1701
Barro cocido y policromado
Metropolitan Museum, Nueva York
Escultura barroca española. Escuela andaluza








Luisa Roldán nació en Sevilla en 1652. Era hija de Pedro Roldán, por aquellos años el escultor más prestigioso de la ciudad hispalense, donde disponía de un amplio obrador en el que Luisa recibió su formación y dio los primeros pasos de su carrera profesional con una obra estrechamente vinculada a la que realizara su padre y su taller. Conocida popularmente como La Roldana, en 1671 contrajo matrimonio con el escultor Luis Antonio de los Arcos, igualmente discípulo de su padre, con el que comenzó a trabajar independientemente con la ayuda de su cuñado, el pintor y policromador Tomás de los Arcos.

Su personal estilo, más movido y sentimental que el paterno, comenzó a manifestarse durante su estancia en la ciudad de Cádiz, donde el matrimonio estuvo trabajando entre 1684 y 1689. Allí dejó un conjunto de obras maestras, como la imagen del Ecce Homo y las figuras de san Servando y san Germán de la catedral gaditana, demostrando tener una gracia especial en la realización de esculturas religiosas de pequeño formato, especialmente en grupos realizados en barro cocido y policromado, con un modelado preciosista y un acabado polícromo de gran sencillez, así como figuras para belenes habitualmente modeladas en barro, aunque también las llegó a tallar en madera, como ocurre en el grupo de 19 figuras que representan la Cabalgata de los Reyes Magos, realizadas en madera de cedro durante su etapa andaluza, actualmente en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, desde que el conjunto fuera adquirido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte en 2017.

Fueron precisamente este tipo de obras de escala reducida, después consideradas "alhajas de escultura", las que le abrieron las puertas de la Corte madrileña, a la que se trasladó, en compañía de su esposo e hijos, a comienzos del año 1689, llegando a ser nombrada escultora de Cámara del rey Carlos II en octubre de 1692, año en que realiza un magistral San Miguel para el Monasterio de El Escorial. Tras la realización del admirado Nazareno del Convento de Clarisas de Sisante (Cuenca), datado en 1700, su cargo cortesano sería renovado en 1701, cuando el marqués de Villafranca la nombra escultora de la Casa Real de Felipe V. El prestigio alcanzado durante su carrera llegaría a ser incluso reconocido fuera de España, pues en 1706, año de su muerte, era elegida miembro de mérito de la Accademia di San Luca de Roma.

Fue la singular producción de los pequeños grupos escultóricos la que proporcionó a Luisa Roldán su mayor popularidad como artista. Aunque los realizó durante sus etapas artísticas en Sevilla, Cádiz y Madrid, fue especialmente durante su etapa cortesana cuando La Roldana se dedicó a realizar los pequeños grupos de barro cocido de carácter devocional, con temas sumamente amables de acuerdo a su idiosincrasia andaluza, estando fechados la mayoría de los documentados a partir de 1689.

El barro fue utilizado por los artistas barrocos con dos finalidades. En unos casos como medio para presentar bocetos o ideas de composiciones a mayor escala. En otros con la terracota como material definitivo, con policromía o sin ella. Esta última modalidad fue la que desarrolló La Roldana para satisfacer la demanda de una variada clientela que la reclamaba para oratorios privados, espacios domésticos y conventos. En este sentido, es ilustrativa la relación de obras realizadas desde 1702 para el duque del Infantado, según consta en un inventario fechado en 1705 (Sección Osuna del Archivo Histórico Provincial de Madrid).

En la temática abunda la exaltación de la Virgen como Madre de Dios, representada profundamente humanizada en escenas de su vida. Esto ocurre en los grupos de San Joaquín, Santa Ana y la Virgen niña, en la Sagrada Familia con el Niño dando sus primero pasos y en la Educación de la Virgen, los tres realizados entre 1692 y 1706 y conservados en el Museo de Guadalajara (Palacio del Infantado); en La Virgen niña aprendiendo a leer con Santa Ana y San Joaquín y en la Sagrada Familia con ángeles, grupos realizados en el mismo periodo, hoy en una colección privada madrileña; así como en la escena del Nacimiento con San Miguel y San Gabriel de 1701, perteneciente a una colección privada de Madrid.

En otras ocasiones representan apariciones marianas protectoras de algunos santos, como en la Aparición de la Virgen a San Diego de Alcalá del Victoria & Albert Museum de Londres, en la Imposición del escapulario a San Simón Stock del Museo Casa dos Patudos de Alpiarça (Portugal) o en los Desposorios místicos de Santa Catalina de la Hispanic Society de Nueva York, donde también se conserva un grupo dedicado al Éxtasis o muerte de la Magdalena.

En este tipo de obras, todas ellas con idénticas características estilísticas, se valoran los aspectos femeninos, maternales e infantiles a través de figuras agradables, con gestos y expresiones complacientes, en consonancia con el mundo afable difundido en Sevilla por el pintor Bartolomé Esteban Murillo. Con las amables figuras de ángeles, santos, niños y personajes de la Sagrada Familia, la autora establece una imagen espiritual ajena a los problemas terrenales y cotidianos que la propia artista vivía en el entorno familiar o social de su época1.

También se atribuyen a la producción de La Roldana dos barros policromados de temática pasional. Uno de ellos es el grupo de La Piedad al pié de la Cruz que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, con las figuras de la Virgen con el cuerpo de Cristo en su regazo y la compañía de San Juan y la Magdalena, junto a una cruz de madera, posiblemente la obra de mayor dramatismo de los pequeños grupos roldanescos, obra que pudo encontrar su inspiración en la escultura gótico-flamenca.

Otro grupo pasional atribuido es el Entierro de Cristo, adquirido en 2006 por el Metropolitan Museum de Nueva York en el comercio del arte a través de la sala neoyorkina Coll & Cortés. Con unas dimensiones de 66 cm. de ancho y 49,5 cm. de alto, por sus características se incluye en la etapa madrileña de Luisa Roldán, siendo una de las composiciones menos conocida de la escultora que comparte los mismos rasgos estilísticos que los barros con escenas marianas ya mencionadas, aunque incorpore la carga dramática que el tema requiere, si bien atemperada bajo la óptica andaluza. Sobre una peana de madera, con forma octogonal alargada, se coloca el grupo de barro policromado, centrado en el sepulcro en el que es depositado el cuerpo de Cristo, envuelto en un sudario, por José de Arimatea, que le sujeta por las axilas, y Nicodemo, que se encorva con gesto dramático hasta colocar su cabeza junto a los pies.

Con la estética de los belenes y composiciones de barro realizadas en Madrid, esta obra toma como punto de partida el grupo escultórico del Entierro de Cristo que entre 1670 y 1675 hiciera su padre, el gran maestro Pedro Roldán, para presidir el retablo mayor de la iglesia de San Jorge de Sevilla, reconvertida en iglesia y Hospital de la Santa Caridad por los impulsos materiales y espirituales de Miguel Mañara, grupo que vendría a representar simbólicamente una obra de caridad fundamental: enterrar a los muertos.

Aunque en él reduce el número de figuras, el grupo de Luisa Roldán sigue de cerca los recursos compositivos paternos, utilizando un sepulcro en el que Cristo es depositado por José de Arimatea y Nicodemo siguiendo la misma disposición que en el grupo sevillano, especialmente en la figura de este último, que inclina del mismo modo su cabeza hasta los pies de Cristo. Otro tanto ocurre con la incorporación de dos personajes colocados de pie al fondo y desplazados hacia la derecha que sujetan la lápida sepulcral, igualmente tomados del grupo escultórico de la Caridad. Estas figuras, con marcados rasgos judaizantes y con cierto aire teatral, definen una diagonal que parte de la cabeza de José de Arimatea y que equilibra otra escalonada que se establece desde el cuerpo de Nicodemo a la cabeza del discípulo amado.

En este caso el grupo escultórico prescinde del grupo de las "Marías" habitualmente presentes en esta iconografía, colocando solamente al fondo las figuras de San Juan, representado como un joven barbado que ayuda a sujetar el cuerpo de Jesús, y María Magdalena, que inclina su cabeza hacia la mano inerte del descendido de la cruz, mientras sujeta su brazo reverencialmente sobre un paño, gesto que preludia el privilegio de ser la primera persona que al cabo de tres días contempló a Cristo resucitado, que ante la reacción de la mujer le expresó "Noli me tangere" (No me toques). En definitiva, el grupo de La Roldana puede considerarse como una versión simplificada de la compleja composición —verdadera obra maestra— que hiciera su padre para el Hospital de la Caridad, cuya policromía, según está documentado, corrió a cargo de Valdés Leal.

Como es habitual en esta serie de grupos, la escena está concebida para ser contemplada frontalmente, aunque también presenta trabajado el dorso. Asimismo, la composición ofrece sutiles matices propios de La Roldana, como los sofisticados turbantes de José de Arimatea y Nicodemo, relacionados con los que luce San Joaquín en las escenas familiares; otro tanto ocurre en el cabello y el ideal de belleza de la Magdalena, modelada con el mismo detalle que ofrecen las figuras femeninas de los Desposorios místicos de Santa Catalina (Hispanic Society, Nueva York). 
Lo mismo ocurre en la figura de San Juan, cuya abultada cabellera está trabajada del mismo modo que la que presentan los ángeles de otras composiciones, así como el pliegue en el cuello de la túnica, similar al que ofrecen algunas figuras de San José. Característicos son los ojos rasgados de las figuras masculinas y la minuciosa descripción anatómica que el modelado del barro permite, poniendo de manifiesto el afán de Luisa Roldán de acentuar el realismo, un rasgo heredado de su padre.

Todavía en nuestro tiempo siguen produciendo fascinación estos pequeños grupos escultóricos que con tanta delicadeza modelara Luisa Roldán, en los que hace gala de una gran fantasía para recrear escenas de iconografía tradicional, siendo una constante la inclusión de gráciles figuras de pequeños ángeles, de otros adultos con elegantes ademanes, de agitados paños que producen múltiples pliegues, una descripción minuciosa de los elementos de atrezo y una caracterización individualizada de los personajes, destacando el realismo de los rostros envejecidos y la belleza de las figuras femeninas, convirtiendo las composiciones en bellas instantáneas plenas de movimiento, vivacidad y fervor religioso.


Informe: J. M. Travieso.

Fotografías de la obra: Metropolitan Museum de Nueva York.
Otras fotografías: Instituciones correspondientes.




NOTAS

1 ROMERO TORRES, José Luis: La escultora Luisa Roldán. Del arte sevillano al ambiente cortesano. En Roldana, catálogo de la exposición en el Real Alcázar de Sevilla, Junta de Andalucía, 2007, p. 139.












































Pedro Roldán. Entierro de Cristo, 1670-1675
Retablo mayor de la iglesia del Hospital de la Caridad, Sevilla
















Luisa Roldán. Detalle de la Cabalgata de los Reyes Magos
Museo Nacional de Escultura, Valladolid













Luisa Roldán, Desposorios místicos de Santa Catalina y Éxtasis de la Magdalena
Hispanic Society of America, Nueva York














Luisa Roldán. San Joaquín, Sta. Ana y la Virgen niña y Los primeros pasos de Jesús
Museo de Guadalajara















Luisa Roldán. La Virgen aprendiendo a leer y Sagrada Familia con ángeles
Colección particular, Madrid















Luisa Roldán. Aparición de la Virgen a San Diego de Alcalá
Victoria & Albert Museum, Londres


















Luisa Roldán. Nacimiento con San Miguel y San Gabriel
Colección particular, Madrid












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