6 de diciembre de 2021

Visita virtual: RETABLO MAYOR DE LA CARTUJA DE MIRAFLORES, de Gil de Siloé


 





RETABLO MAYOR DE LA CARTUJA DE MIRAFLORES

Gil de Siloé (Amberes, 1440 – Burgos, 1501) y Diego de la Cruz (policromía)

1496-1499

Madera de nogal policromada

Iglesia conventual de la Cartuja de Miraflores, Burgos

Escultura gótica, estilo hispanoflamenco

 

 






     El retablo mayor de la Cartuja de Miraflores constituye una obra maestra de la escultura gótica hispanoflamenca, sin parangón en el resto de España. Una verdadera joya en la que su autor, el maestro flamenco Gíl de Siloé, traza una original estructura y un repertorio decorativo que constituye una verdadera teofanía basada en las devociones de la comunidad de cartujos. El retablo, junto a su novedosa y espectacular estructura en forma de enorme tapiz, presenta múltiples singularidades iconográficas, entre ellas la monumental corona angélica que realza la figura del crucificado con significación eucarística, la atípica representación personificada del Espíritu Santo o la colocación sobre el sagrario de un torno giratorio que alberga seis paneles con relieves que permiten adaptar el ritual a las diferentes festividades litúrgicas. 

Cuando Gil de Siloé comienza la obra en 1496 había culminado tres años antes los fastuosos sepulcros en alabastro de los reyes Juan II de Castilla y León e Isabel de Portugal, así como el de su hijo el infante don Alfonso, el primero colocado en el centro del presbiterio, ante el retablo, y el segundo adosado al muro del Evangelio, muy próximo al anterior. La ingente maquinaria quedaba rematada en 1499, después de que el pintor Diego de la Cruz aplicara una exquisita policromía en la que utilizó la delicada técnica del “brocado aplicado”, originaria de los Países Bajos a principios del siglo XV, con la que consigue sorprendentes texturas en las indumentarias, a las que incorpora efectos de pastillaje para recrear pasamanería, adornos y joyas. 

Juan II con Santiago e Isabel de Portugal con Sta. Isabel

     De colosales dimensiones, desconocidas en su tiempo en el resto de Europa, el retablo se organiza en base a esquemas geométricos muy precisos, con dos espacios rectangulares superpuestos que podríamos denominar cuerpos, según la terminología habitual, con un ático formado por seis pináculos —cuatro de los cuales albergan esculturas— y cresterías caladas con tallos entrelazados, motivos vegetales y un caprichoso bestiario, motivos que se repiten en el guardapolvo que recorre los costados. El conjunto, compuesto por una cuidada mazonería, múltiples relieves y exquisitas esculturas de bulto de diferentes tamaños, en las que el gran maestre muestra su plenitud artística, tuvo un coste de 1.015.613 maravedises, cifra que superó lo percibido por los sepulcros de alabastro de los Reyes y del Infante juntos. Aunque no esté documentado quién realizó el encargo y quien financió la obra, parece evidente que fuera la reina Isabel la Católica, que hasta su muerte —según consta en su testamento— se ocupó de cumplir la voluntad de su padre Juan II, fundador de la Cartuja en 1442.

Escudo de Castilla y León de Juan II

     Para ejecutar una obra tan compleja, el maestre Gil de Siloé tuvo que contar con la colaboración de un nutrido taller, lo que explica la desigual ejecución de figuras y decoración que se aprecia en las partes más alejadas del espectador. 

El espacio inferior 

En el cuerpo inferior se reserva el espacio central para la colocación del sagrario —remodelado posteriormente, lo que obligó a elevar el torno-expositor que aparece encima—, a los lados del cual se organizan cuatro espacios separados por las grandes y exquisitas figuras en bulto redondo de San Juan Bautista, que sujeta sobre las Escrituras un pequeño cordero que prefigura el sacrificio de Cristo, y santa María Magdalena sujetando con delicadeza el tarro de ungüentos, ambos colocados a los lados del sagrario para representar a los patronos de la vida solitaria de los cartujos. Al mismo nivel, en los laterales, aparecen Santa Catalina de Alejandría, de gran devoción durante la Edad Media como defensora de la fe, con los tradicionales atributos de la espada, la rueda dentada, con corona y el emperador Majencio vencido a sus pies, y Santiago Apóstol, patrón de España y guía de los reyes, leyendo un libro y con el gorro y la escarcela de peregrino adornados por la concha de vieira, cuya presencia se relaciona con la inserción de Burgos en el Camino de Santiago. 

Santa Catalina de Alejandría y San Juan Bautista

     Entre estas monumentales esculturas, los cuatro espacios se organizan con relieves colocados a dos niveles. En los dos laterales, siguiendo el esquema de figuras donantes que son habituales en los bancos de muchos retablos, aparecen bajo doseletes calados los relieves de Juan II con el apóstol Santiago, su santo patrón, e Isabel de Portugal con Santa Isabel, reina que murió en 1496, cuando Gil de Siloé comenzaba el retablo. Ambas figuras se hallan colocadas de perfil, en actitud orante con las manos juntas a la altura del pecho y arrodilladas en reclinatorios cubiertos por ricos paños y sobre los que reposan libros de oraciones abiertos. Los padres de la reina Isabel la Católica aparecen idealizados y coronados, luciendo ricos mantos y protegidos a sus espaldas por los santos de su devoción, el rey por Santiago, con los mismos atributos de la talla anteriormente citada, en este caso con su mano derecha sobre la espalda del monarca, y la reina por Santa Isabel, con la cabeza cubierta por una toca y amparando a su lado a su hijo Juan el Bautista, que siguiendo un convencionalismo medieval se muestra a menor escala.

Santa María Magdalena y Santiago Apóstol

     Sobre los doseletes de estas figuras orantes, arrancan grandes troncos cuyas ramas se bifurcan, sugiriendo la genealogía regia, con las mismas pautas que las representaciones del Árbol de Jesé que el propio Gil de Siloé realizó en otros retablos. Sobre cada relieve se colocan monumentales motivos heráldicos bajo corona real y referidos a cada linaje. Sobre el rey Juan II aparece el escudo de armas de Castilla y León, sujetado por dos leones rampantes, y sobre la reina Isabel el de Castilla y León y Portugal, sujetado por dos ángeles tenantes, todo ello expresado con una talla de técnica muy depurada. 

En los espacios más próximos al sagrario se colocan a dos niveles escenas de la vida de Cristo. En la parte izquierda aparece bajo doseletes calados el altorrelieve de la Última Cena, con Cristo y los doce apóstoles dispuestos en torno a una mesa circular —con una perspectiva muy forzada— sobre la que reposan una gran variedad de utensilios y alimentos que realzan el sentido narrativo, incluyendo en la parte inferior la figura de María Magdalena ungiendo con perfume los pies de Cristo, un episodio que en realidad corresponde al pasaje de la cena en casa de Simón. El momento representado se centra en la traición de Judas, que colocado en primer plano y sujetando la bolsa de monedas de su recompensa, recibe el pan mojado de Jesús.

Detalle de Santa Catalina de Alejandría y María Magdalena

     Por encima se coloca un gran medallón en el que se representa la Anunciación, donde aparece la Virgen ante un reclinatorio sorprendida por la figura del arcángel San Gabriel, que con el caduceo de los mensajeros en la mano, con ricas vestiduras y acompañado de otros dos ángeles, le indica el mensaje divino representado en la parte superior, donde aparece Dios Padre, un haz de rayos con la figura de un niño y el Espíritu Santo en forma de paloma sobre la cabeza de María. A sus pies un búcaro con lirios es símbolo de pureza. 

Detalle de San Juan Bautista y Santiago

     En la parte derecha se repite el mismo esquema. Abajo con la representación del Prendimiento, con Judas besando a Cristo mientras es detenido por un grupo de soldados, mientras Malco, criado del Sumo Sacerdote, permanece en el suelo herido por la espada que porta San Pedro.

En la parte superior, en forma de medallón, se representa la Epifanía, con la figura sedente de María sujetando al Niño en sus rodillas, ocupándose el infante en abrir el presente que le entrega el rey Melchor postrado de rodillas, mientras al fondo Gaspar, acompañado de Baltasar, señala con su mano la estrella que les ha guiado al lugar. Igualmente, en un segundo plano, aparece San José sujetando un cayado. Tanto este medallón como el de la Anunciación, se remata con figuras de ángeles en los cuatro ángulos. 

Relieve de la Última Cena y detalle de Santa Catalina
El original expositor

Sirviendo de nexo entre los dos grandes espacios rectangulares, sobre el tabernáculo se coloca un original expositor, que adopta la forma de un marco reforzado en los costados por dos pilares con pequeñas figuras de santos, en cuyo interior un tambor giratorio acciona la rotación de seis paneles en relieve que permiten adaptar el retablo a los ciclos litúrgicos anuales. En estos se representan la Natividad del Señor, que incluye el Anuncio a los Pastores; el Bautismo de Cristo, con Cristo inmerso en el Jordán ocupando el eje central y los lados San Juan Bautista derramando el agua y un ángel sujetando la túnica de Jesús, mientras en el ángulo superior izquierdo de la figura de Dios Padre, con corona imperial y sujetando el orbe, emana un rayo con la figura del Espíritu Santo; en la Resurrección un ángel levanta la tapa del sepulcro del que emerge Cristo triunfante, que aparece acompañado por dos soldados adormilados, mientras al fondo acuden las santas mujeres que encontrarán el sepulcro vacío; original es la Ascensión, donde, en presencia de la Virgen y los apóstoles, Cristo se ha elevado a los cielos, permaneciendo sus huellas visibles en el monte; la escena del Pentecostés está presidida por la figura central de la Virgen, que siguiendo la tradición flamenca, lee un Libro de Horas. En la parte superior el Espíritu Santo envía rayos de fuego sobre los doce apóstoles, distribuidos a los lados en grupos de seis; el sexto relieve representa la Asunción de la Virgen, que aparece con las manos en actitud orante, pisando la luna y entre un gran resplandor, siendo conducida y coronada por tres parejas de ángeles. 

Medallones de la Anunciación y la Epifanía
El espacio superior 

En el segundo cuerpo Gil de Siloé muestra un diseño impactante por su originalidad, prevaleciendo el deseo de exaltación eucarística a través de la abundancia de círculos, especialmente por la gran corona formada por figuras de ángeles que forman tres ruedas en torno a la cruz en que aparece Cristo crucificado a escala monumental, componiendo un símbolo máximo de Redención que tiene su precedente en relieves y miniaturas medievales europeas. Reforzando esta idea, el escultor incluye sobre la cruz la figura de un gran pelícano que pica su pecho para alimentar con su sangre a sus crías, ave que simboliza el sacrificio de Cristo, según es citado por San Agustín en sus Enarraciones sobre los Salmos, dando lugar a una iconografía que se incorpora al Crucificado en tiempos del gótico. 

La Asunción en el torno-expositor

     La rueda angélica tiene sus propios matices. Los ángeles situados en la parte exterior, aludiendo a los tronos, visten túnica o alba y unen sus manos en oración. En la parte central, simbolizando la jerarquía de querubines, visten túnica dorada y cruzan sus manos sobre el pecho. Los ángeles de la rueda interior, considerados como serafines, muestran una estola cruzada sobre el alba al modo que los diáconos y presbíteros usaban en la liturgia de la misa, al tiempo que abren sus manos como ademán propio del oficio eucarístico. 

En la composición destaca por su monumentalidad, carácter emotivo y recursos casi expresionistas, la figura de Cristo crucificado, donde el estilo de Gil de Siloé, que adolece de cierta falta de expresión y rigidez formal, consigue un distanciamiento solemne y emotivo a través de sus valores dramáticos. Aunque el torso aparece tallado de forma elemental, el escultor cuida la ejecución de la cabeza, con una contenida expresión doliente en el rostro, larga melena que cae en forma de afilados filamentos sobre el pecho y una corona de espinas postiza elaborada con sogas y clavos insertados, así como el trazado de brazos y piernas, con un tratamiento sumamente estilizado que caracteriza la obra de este maestro. Las múltiples laceraciones y llagas aplicadas por Diego de la Cruz en la policromía acentúan el dramatismo y la expresividad de la talla. Como elemento narrativo, sobre la cruz aparece la cartela del “Inri” escrita en tres idiomas y de lectura invertida, siguiendo el modelo hebreo. Asimismo, en la base de la cruz se coloca un globo terráqueo que proclama el carácter universal de la Redención. 

Expositor: Anunciación, Bautismo de Cristo, Resurrección, Ascensión, Pentecostés y Asunción de la Virgen

     En la parte inferior, a los lados de la cruz y fuera del plano de la rueda angélica se sitúan las figuras de la Virgen, en su faceta de Dolorosa, y San Juan, que conforman un Calvario que acentúa el sentido redentor del conjunto. Si se realiza un análisis exhaustivo, en estas dos figuras se aprecia la intervención del taller, lo que merma la calidad expresiva de las mismas. Mientras que María vuelve su rostro compungido para no ver a su Hijo, San Juan eleva su mirada a Cristo con gesto de dolor y desamparo. 

Aspecto del cuerpo superior

     Dentro de la rueda angélica y formando una composición triangular con el vértice invertido, se inscribe una representación simbólica de la Trinidad compuesta por las figuras entronizadas de Dios Padre y del Espíritu Santo, que sujetan de forma reverencial la cruz de Cristo. El Padre, identificado por llevar la triple corona, aparece como un anciano —larga melena y largas barbas— en majestad, revestido de rica túnica y manto a modo de emperador, con profusión de oro y siguiendo una tipología realizada con frecuencia en el siglo XV. Atípica por infrecuente es la representación del Espíritu Santo personificado en un joven imberbe coronado al modo imperial, con larga melena y revestido de ropas sacerdotales, con la estola cruzada al pecho como signo de celebración eucarística. 

En los ángulos que establecen los brazos de la cruz, se colocan en círculos tangentes y bajo doseletes calados cuatro medallones con escenas de la Pasión que vienen a complementar el tema central de la Crucifixión. En la parte superior aparecen la Oración del Huerto y la Flagelación, mientras en la parte inferior lo hacen el Camino del Calvario y la Piedad. 

Cristo crucificado

     Los cuatro relieves acusan la intervención del taller, con una especial preocupación por el sentido narrativo que trazara el gran maestre, aunque alejados de la calidad que este infunde a sus tallas, especialmente apreciable en el relieve de la Flagelación. No obstante, no faltan detalles de calidad en cabezas y figuras, siendo la escena de la Piedad en la que se alcanzan mayores valores expresivos. 

Fuera de la corona angélica, en los vértices del rectángulo que conforma el segundo cuerpo, se hallan otros cuatro grandes medallones con las figuras de los Cuatro Evangelistas. Su iconografía sigue los modelos aparecidos en los manuscritos y en algunas representaciones realizadas desde el siglo XIII, esto es, como escribas sentados en pupitres y afanados en su trabajo, todos ellos acompañados por el correspondiente atributo del tetramorfos, con profusión de elementos narrativos, inclusión de largas filacterías, variedad en los tipos e indumentarias e incluso dotados de ciertos detalles irónicos. Todos ellos presentan una alta calidad de talla que induce a que sean consideradas obras autógrafas de Gil de Siloé.

Detalle de Cristo crucificado

     Su orden de presentación no es casual. En la parte más elevada, a la izquierda, se encuentra San Juan Evangelista, del que eran especialmente devotos Juan II y su hija Isabel la Católica. Como nota original, junto al libro abierto sobre el pupitre aparece un relieve con una representación de la Virgen con el Niño, que al estar rodeada por un resplandor se podría interpretar como una alusión a la visión de la mujer apocalíptica narrada por San Juan en Patmos. El relieve está recorrido por una larga filactería que serpentea entre las figuras del evangelista y del águila que le simboliza, al que con cierta ironía le ofrece sujetar con el pico el tintero mientras escribe.  

En la parte derecha se encuentra San Mateo, caracterizado como un escribano del siglo XV y acompañado por el atributo del ángel, que le sujeta el tintero mientras hace un alto en la escritura para observar la carga de tinta en el cálamo. Sobre el pupitre y el sillón del escritorio discurre una filactería con un texto tomado del propio evangelista: “Cum natus esset Jessus”.

La Virgen y San Juan a los pies de la cruz

     Completan el cuarteto en la parte baja los medallones de San Marcos en la izquierda y San Lucas en la derecha, que con la compañía de un león y un toro respectivamente repiten los mismos esquemas. La presencia destacada de los evangelistas deriva de la importancia de sus textos, ya que los libros revelados constituyen los pilares del cristianismo. 

Junto a los Cuatro Evangelistas y ocupando un espacio triangular junto a la corona angélica, aparecen los Cuatro Padres de la Iglesia, que portan los atributos usuales. En la parte superior se hallan a un lado San Gregorio, revestido de pontifical, con tierra papal, y al otro San Ambrosio, con ropas episcopales y mitra, ambos sujetando un báculo y las maquetas de edificios que simbolizan la Iglesia e identificados en la filacterías que bordean sus cuerpos. Del mismo modo, aparecen en la parte inferior San Jerónimo, vestido de cardenal, escribiendo la Biblia Vulgata, con una iglesia al fondo y acompañado del tradicional león al que, según la leyenda, tras liberarle de una espina en la pata le acompañó en el desierto. En el lado opuesto de halla San Agustín, revestido de obispo, con mitra, sujetando un báculo y ofreciendo la maqueta de un templo con un pequeño campanario. 

Detalle de la Virgen y de la corona angélica

     Con igual simbolismo que este grupo de teólogos, considerados los pilares de la Iglesia, entre los medallones de los Evangelistas y a cada lado de la corona angélica se sitúan las grandes figuras exentas de San Pedro y San Pablo, que leyendo libros portan los habituales atributos de las llaves y la espada. 


En los extremos del gran espacio rectangular, a modo de pequeñas calles situadas junto al guardapolvos, se colocan dos pilares rematados con pináculos que albergan peanas y doseletes bajo los que se colocan ocho esculturas de santos y santas, entre las que se encuentran dos papas no identificados, los diáconos protomártires San Lorenzo y San Esteban, así como las figuras femeninas de Santa Lucía y Santa Bárbara, cuya delicada tipología recuerda al conjunto de santas que Gil de Siloé hiciera para el retablo de Santa Ana de la Capilla del Condestable de la catedral burgalesa.

Representación de la Trinidad

     El mismo tipo de pináculos, con peanas y doseletes, se repite en el ático, que sustentado sobre una cornisa calada a modo de filigrana y decorada con figuras de animales fantásticos y niños entrelazados con tallos y cardinas, presenta cuatro hornacinas con santos. En las dos centrales se encuentran los santos dominicos Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden, nacido en 1170 en la población burgalesa de Caleruega, al que acompaña el atributo de un perro a sus pies; a su lado está San Pedro Mártir, el inquisidor asesinado por los herejes cátaros, que muestra su herida en la cabeza. La presencia de estos santos dominicos se atribuye a la estrecha colaboración de Fray Tomás de Torquemada y Fray Diego de Deza con la reina Isabel la Católica, promotora del retablo. Los santos colocados en los laterales representan profetas, uno de ellos portando una filactería que le identifica como Isaías. 

Trinidad: Detalles de Dios Padre y del Espíritu Santo

     Rellena las superficies del guardapolvo una exuberante decoración vegetal, en oro sobre fondo azul, que con forma de filigrana monumental repite los mismos motivos que presentan las cresterías del ático, con gruesos tallos de los que surgen grandes hojas y frutos con forma de mazorcas, así como estrellas de seis puntas que se repiten por todo el fondo del retablo. Figuras de leones tumbados separan la parte superior del guardapolvo y la inferior, donde los motivos decorativos son más austeros, con arquerías góticas entre las que se intercalan estrellas. 

El retablo de la iglesia conventual de la Cartuja de Miraflores es, por todo lo expuesto, una obra maestra en su diseño y proporcionada estructuración, concebida por su artífice, Gil de Siloé, para producir un fuerte impacto visual capaz de exaltar la significación eucarística acorde con las preferencias de los cartujos. En su composición presenta figuras y escenas de extremada perfección que se sitúan entre lo más destacado del gótico hispano, contribuyendo la colaboración del pintor Diego de la Cruz en la policromía a conseguir un aspecto deslumbrante que todavía sigue impresionando a cuantos lo contemplan. 

Medallones de la Flagelación y la Piedad o Quinta Angustia

     El conjunto fue restaurado entre los años 2006 y 2007 por la Dirección General de Patrimonio y Bienes Culturales de la Junta de Castilla y León, siendo consolidados los desajustes producidos en su estructura por el paso del tiempo, así como atajados los problemas producidos por los xilófagos y la humedad, junto a la limpieza de una capa de polvo secular. 


Izda: San Juan Evangelista y San Gregorio / Dcha: San Mateo y San Ambrosio

Informe: J. M. Travieso.

 






Izda: San Marcos y San Jerónimo / Dcha: San Lucas y San Agustín








Detalles de San Juan Evangelista y San Lucas








Pelícano como símbolo de Cristo y detalle de las cresterías del ático








El retablo visto desde abajo








Exterior de la Cartuja de Miraflores, Burgos







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18 de noviembre de 2021

Fastiginia: Muere el pintor Félix Cuadrado Lomas


 

Ha muerto a los 90 años el pintor vallisoletano Félix Cuadrado Lomas (Valladolid, 4 de diciembre de 1930 – Simancas, 17 de noviembre de 2021), una personalidad arrolladora que deja un vacío artístico en el panorama pictórico de nuestra tierra. 

Nacido en la calle de Panaderos, desde su formación en la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid y sus primeras experiencias en Calzada de los Molinos (Palencia), pueblo materno, comenzó su andadura poniendo de manifiesto un personal e inconfundible estilo que evolucionó desde los postulados cubistas hasta el figurativismo sintético, siempre manteniéndose en el fino límite de la abstracción, como él mismo declaraba. 


     Entre 1967 y 2007 formó parte del prestigioso Grupo Simancas, población donde estableció su estudio en 1975 y donde ha permanecido hasta su muerte. Su obra más conocida son los innumerables paisajes castellanos que interpretó a través de una variada paleta y poniendo de relieve, con un gran lirismo y una sensibilidad exquisita, la soledad y el abandono de lo que en nuestro tiempo se conoce como la “España vaciada”, la mayoría realizados al aire libre en los campos de Torozos y en el entorno de Simancas, plasmando en todos ellos sutiles composiciones de verdes, amarillos, ocres o rojos que, estructurados en una caprichosa geometría, suponen una vuelta de tuerca a la realidad para representar su sentimiento de que “el paisaje de Castilla ha sido modelado por los agricultores castellanos”. 

Sin embargo, la temática de la producción del pintor, que durante toda su vida preparaba sus propios lienzos, no se limita a los afamados paisajes que inspiraron a tantos seguidores, sino que también se compone de personalísimos desnudos cargados de erotismo y de un buen número de bodegones y naturalezas muertas, siendo prolíficas las series dedicadas a toreros, guardias civiles, cofrades, mulas, osamentas y originales piezas cárnicas, combinando en su producción diferentes técnicas artísticas: dibujos, óleos, litografías, grabados, etc. 

     La obra de Cuadrado Lomas, presentada en periódicas exposiciones, ha sido reconocida con diferentes galardones, como el obtenido en 1966 en el Premio de Pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid (única vez que se presentó a un concurso), el Premio a la Trayectoria Artística “Provincia de Valladolid” de 2009 o el Premio de las Artes de Castilla y León de 2018, premio honorífico que rechazó por no estar dotado económicamente cuando sus facultades físicas se habían debilitado. 

La potente personalidad del pintor y el alcance de su obra fue recogida en 2015 por el director Arturo Dueñas en el magnífico documental “Tierras construidas”. 


In memoriam 


























Cuadrado Lomas pintando en el páramo











 

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19 de octubre de 2021

Exposición: LA TIERRA HABLA, EL CIELO ESCUCHA / GUILLERMO PÉREZ VILLALTA, hasta el 16 de enero 2022

 






PATIO HERRERIANO

Museo de Arte Contemporáneo Español, Valladolid

Salas 6 y 7

 








La figura, la trayectoria y el trabajo de Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, Cádiz, 1948) son una referencia nacional en cuanto a autonomía e integridad estética se refieren. Desde los primeros setenta en que arranca su carrera, el artista ha mantenido gran independencia con respecto a los cánones y las modas imperantes en el mundo del arte. Prueba de ello es su heterodoxa lectura de la vanguardia -y de la modernidad en conjunto-, así como su beligerante defensa de una belleza antiacadémica y de un arte ecléctico, en el cual los aspectos conceptuales, simbólicos y alegóricos -un tanto herméticos- se mezclan sin solución de continuidad con el juego, las paradojas, el kitsch y la disolución de límites entre alta y baja cultura. 



Abundantemente referenciado en nuestros manuales de Historia del Arte, presente en todos los listados de nombres imprescindibles y premiado con los más importantes galardones de nuestro contexto (Premio Nacional de Artes Plásticas en 1985; Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes en 2006; Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en 2007; Premio Nacional de Arte Gráfico en 2021), Pérez Villalta vive, a sus 73 años, y tras más de cinco décadas de absoluta dedicación al arte, un momento feliz en el que su obra está siendo revisada por nuevas generaciones de artistas y críticos españoles que han encontrado en él a un pionero de la pintura figurativa, narrativa, biográfica y desdramatizada; de las cuestiones de género y las subculturas asociadas (bear, leather, bondage, sadomaso); del ideario posmoderm; de las poéticas del archivo, etcétera. 


La Asociación Colección Arte Contemporáneo alberga en su colección, depositada en el Museo Patio Herreriano, dos importantes pinturas de Pérez Villalta muy representativas de sus intereses y manera de hacer en el momento de su realización: Personaje matando un dragón (1977) y La Senectud de los gigantes (1986). A partir de ellas, el comisario de la muestra, Óscar Alonso Molina, ha ideado una exposición dividida en dos ámbitos bien diferenciados, las Salas 6 y 7 de la tercera planta, presididos cada uno de ellos por sendas obras. 

El recorrido de la exposición se articula pues en dos grandes bloques que permitirán al espectador acercarse de manera organizada al complejo y sugerente universo de Pérez Villalta, al tiempo que se le ofrece la oportunidad de profundizar en el significado de estas dos obras señeras a través del cuantioso conjunto de trabajos reunidos en torno a ellas. Las obras invitadas provienen fundamentalmente del conjunto depositado por el artista en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla. Del estudio del propio Pérez Villalta, así como del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, han llegado el resto de obras expuestas, hasta alcanzar casi la centena, entre las que contamos con un buen número de ejemplos de absoluta referencia en la producción del artista.


Texto extraído de la web Museo Patio Herreriano.

 

 







HORARIO DE VISITAS

De martes a viernes: de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 h.

Sábados: de 11:00 a 20:00 horas (ininterrumpido).

Domingos: de 11:00 a 15:00 h.

Cerrado los lunes, domingos por la tarde, el día de Navidad y el primero de año. 

Entrada gratuita

 








































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Exposición: TRES IMÁGENES O CUATRO / JUAN MUÑOZ, 20 AÑOS, hasta el 16 de enero 2022


 

PATIO HERRERIANO

Museo de Arte Contemporáneo Español, Valladolid

Capilla y Salas 8 y 9

 

Se cumplen ahora veinte años de la muerte de Juan Muñoz y resuena todavía rotunda la relevancia de su legado. Su obra, sabemos, opera en una honda reflexión en torno al espacio, desde y hacia la mirada, con la representación de la figura humana como centro, pero sujeta a un desplazamiento consciente del punto de fuga que heredó de su interés por la tradición barroca, esa que denominó, en una de sus muchas y brillantes afirmaciones, “río de efectos”. Esta tradición, de hecho, se encuentra, también, en uno de los orígenes de este proyecto, en las conversaciones mantenidas con Juan Carlos Arnuncio, arquitecto renovador del Museo Patio Herreriano y gran conocedor de la obra del arquitecto barroco Francesco Borromini, uno de los faros más visibles en la obra de Juan Muñoz. 


Esta exposición quiere trenzar un diálogo entre un conjunto de obras cedidas por instituciones públicas y colecciones privadas con el fin de ofrecer una lectura de la obra del artista que se detenga ante los asuntos centrales de su carrera en el marco de la singular arquitectura del museo. Entre estas obras se encuentra Pieza escuchando la pared, de 1992, perteneciente a la Asociación Colección Arte Contemporáneo, un clásico tentetieso en bronce que escucha no sabemos qué y que, situado en uno de los claustros del museo, acentúa la relación entre obra, espacio y espectador que Juan Muñoz exploró tenazmente a lo largo de su trayectoria.  La muestra tiene lugar en la Capilla de los Condes de Fuensaldaña, Sala 9, ambas en la planta baja, y en la Sala 8 de la planta segunda. Ocupa, además, otras zonas comunes del museo. 


El título de esta muestra, “Tres imágenes o cuatro”, está tomado de otro de los textos emblemáticos de un artista para quien la escritura fue un recurso prioritario. En él, Muñoz hace uso de muchas de sus herramientas narrativas y nos da pistas sobre cuestiones que, más veladas o menos, aparecen en toda su obra, así la espera. Como sabemos, Muñoz fue uno de los responsables de la recuperación de la figura humana en el ámbito de la escultura, que había sufrido una notable crisis de representación en las décadas precedentes, y que, a su regreso, lejos de conmemorar personajes o hechos históricos alzada en su pedestal, permaneció, ya fuera en grupo o en solitario, enmudecida y anónima, por lo general a ras de suelo y en aparente relación con el espectador. Insistamos en esto último: la relación que guardan con nosotros es solo aparente. 


La literatura, y la dramaturgia en particular, encontró un lugar preeminente en el imaginario artístico de Muñoz y de sus coetáneos allá por los años ochenta, algo que entraba en conflicto con aquella tradición por la que las obras de arte no decían nada que no fuera resultado de la reflexión en torno al propio arte. En el caso de Juan Muñoz, la teatralidad en su obra es narrativa y espacial a un mismo tiempo, una suerte de lenguaje que se inscribe en el lugar y que determina nuestra relación con la obra de arte. En esta relación reside una de las claves para entender todo el trabajo del artista, en un no saber si podemos formar parte de la obra y en un inquietante desconocer si somos convidados a participar de la silenciosa conversación, cuando no discrepancia, de esas figuras que, en principio, demandarían, como toda obra de arte, nuestra atención. Esta es una de las más visibles paradojas en la obra de Juan Muñoz, el hecho de acercarse a sus conjuntos de figuras, como esa Conversation Piece (Hirschhorn), de 1995, que habita la Capilla de los Condes de Fuensaldaña, y comprobar el recelo que provoca en ellos nuestra presencia, obligándonos a repensar el lugar que ocupamos junto a ellos. 


En los años posteriores a la muerte de Juan Muñoz convergieron múltiples tendencias en los discursos en torno a la escultura. Destacaron entre ellas, por un lado, la vuelta a la estética del Arte Povera, y por otro, las nuevas opciones formales y narrativas que brindó la irrupción de las tecnologías digitales en todos los aspectos de la sociedad contemporánea y también, claro, en el arte. En ambos casos, Juan Muñoz ya había estado ahí, ya fuera en la reconsideración del lugar que ocupa la obra de arte en relación con el espacio y con quien la observa que caracterizó la tradición povera iniciada en Italia a finales de los sesenta, como en la reevaluación de la ficción material y del trampantojo espacial que trajo el digital consigo y que el artista madrileño ya había convertido en emblema de su propia obra. 


Esta exposición es consciente del enorme papel que juega la ficción en el imaginario contemporáneo, y desde esa perspectiva ha construido su armazón conceptual. Por ello, y como se advertía al principio de este texto, la tradición barroca juega un papel importante, con ese canto a lo voluble, a lo inestable y lo fragmentario, al capricho efectista y a la ductilidad aparente de las formas. Esta idea reverbera con más fuerza si cabe al tomar conciencia del lugar en el que nos encontramos, el vetusto escenario monástico de San Benito el Real, con su hermosa sobriedad renacentista, evocadora de un tiempo de verdades absolutas que se parece bien poco al que hoy vivimos.

 

HORARIO DE VISITAS

De martes a viernes: de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 h.

Sábados: de 11:00 a 20:00 horas (ininterrumpido).

Domingos: de 11:00 a 15:00 h.

Cerrado los lunes, domingos por la tarde, el día de Navidad y el primero de año. 

Entrada gratuita


 














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Exposición: NON FINITO, hasta el 9 de enero 2022


 

NON FINITO. EL ARTE DE LO INACABADO

MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA – PALACIO DE VILLENA

VALLADOLID




Las obras de arte tienen formas distintas de existir. La Historia suele fijarse en las obras maestras, pero nos ha dejado numerosas obras imperfectas, interrumpidas, abandonadas por accidente o con intención, concebidas como fragmentos. Esta exposición aborda esta cuestión capital para la historia del arte y de la estética a través de seis escenarios o «gabinetes», en cada uno de los cuales las obras están unidas por un determinado «valor» del non finito. Así, dibujos, maquetas, pinturas, manuscritos, esculturas, fotografías o películas forman constelaciones que trazan entre sí lazos sin necesidad de estar históricamente encadenadas, de modo que el espectador pueda establecer vínculos imaginarios. 

La muestra reúne un conjunto de 85 obras procedentes de 40 museos y colecciones públicas y privadas de Reino Unido, Francia y España. Entre los artistas representados se cuentan Vasari, Rembrandt, El Greco, Sorolla, Dégas, Picasso, Tatlin, Schwitters, Fellini, Oteiza, Chillida, Sugimoto, Sam Francis, Fontcuberta o Aballí. 

Exposición en colaboración con Fundación "la Caixa".


 

HORARIO DE VISITAS

Martes a sábado: de 11 a 14 h y de 16.30 a 19.30 h.

Domingos y festivos, de 11 a 14 h.

Entrada gratuita

 
































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Exposición: LUX - LAS EDADES DEL HOMBRE, hasta el 19 de diciembre 2021



La figura protagonista del relato expositivo de “Lux” ­-la XXV edición de Las Edades del Hombre- es la Virgen María. A ella le fueron dedicadas muchas de las grandes catedrales góticas, como es el caso de la burgalesa. También es destacadísima la presencia de la Virgen en tierras castellanas y leonesas y especialmente a lo largo de todo el Camino de Santiago, que es, como acabamos de señalar, uno de los elementos esenciales de esta nueva edición de Las Edades del Hombre. Ambos componentes se encuentran además íntimamente unidos, pues en el transcurso del camino encontraremos numerosísimas iglesias, ermitas y monasterios con advocación mariana y que son testigo de esa importancia de la Virgen en toda la historia de la fe de un pueblo. Por ejemplo, la propia catedral de Burgos, la colegiata de Castrojeriz, la parroquia de Villalcázar de Sirga, la iglesia parroquial de Santa María del Camino en Carrión de los Condes o el Santuario de la Peregrina en Sahagún, entre otras. 

Catedral de Burgos:

Celebrando el VIII centenario de la colocación de la primera piedra, acoge siete capítulos de la exposición 'LUX' reuniendo alrededor de 120 obras llegadas esencialmente de catedrales de todo el país, que conformarán una muestra única para la cultura y el arte español. En la Catedral se desarrolla esta edición bajo el subtítulo Fe y arte en la época de las catedrales (1050-1550), con un preámbulo titulado Nuevos tiempos, nuevos cambios, al que siguen siete capítulos repartidos por el templo catedralicio.  El primero de ellos es Episcopalis Sedis, Obispos y Cabildo testigos de la luz, al que siguen Opus Fadrique; La casa de la luz eterna, Servi Dei; Los grandes protectores y Ecclesia Militans; y En búsqueda de la luz. Tras ellos, el visitante se encontrará con los capítulos Dolens Ecclesia, a la espera de la luz definitiva; Triumphans Ecclesia, en el gozo de la luz y Maeistas Domini. Maiestas Marie. 

Carrión de los Condes:

Las iglesias de Santa María del Camino y Santiago son las dos sedes que albergan ‘LUX’ en esta población palentina, acogiendo tres capítulos de la muestra: Ave Maria, Tota Pulchra y Virgo et Mater, con medio centenar de obras maestras del arte de Pedro Berruguete y su hijo Alonso Berruguete, Alejo de Vahía, Fernando Gallego, Diego de Siloé, Felipe Vigarny, Juan de Valmaseda, Ortiz El Viejo o Gregorio Fernández, entre otros, además de obras medievales de gran importancia artística y religiosa. 

Sahagún:

En esta población leonesa la exposición ‘LUX’ ocupa el Santuario de La Virgen Peregrina y la iglesia de San Tirso, dos templos que son iconos del arte mudéjar en Castilla y León. En ellos se muestran alrededor de 50 obras de arte agrupadas en dos capítulos: Mater Misericordiae y Salve, Regina.

 

HORARIO DE VISITAS

Burgos, Sta. María de Carrión de los Condes (Palencia) y La Peregrina de Sahagún (León):

Martes a viernes de 10 a 14 y de 16 a 20 h.

Sábados y festivos de 10 a 20 h.

 

Santiago en Carrión de los Condes (Palencia) y S. Tirso en Sahagún (León):

Martes a viernes de 10:30 a 14:30 y de 16:15 a 20:15 h.

Sábados y festivos de 10:30 a 20:30 h.


 








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5 de julio de 2021

Theatrum: CÚPULA CON YESERÍAS FIGURATIVAS, una reafirmación de la devoción hispánica a la Inmaculada


 





CÚPULA CON YESERÍAS DE LA INMACULADA Y LOS APÓSTOLES

Atribuida a Juan Tejedor Lozano (activo en Valladolid 1665-1697)

Hacia 1696

Yeserías policromadas

Capilla de Gaspar de Vallejo en la iglesia de San Martín, Valladolid

Yeserías barrocas

 

 






     La iglesia de San Martín de Valladolid tiene su origen en una ermita que ya existía en el año 1148. En el mismo siglo XII, sobre ella se levantaría un primitivo templo que se convertiría en epicentro de un populoso barrio. De ello permanece como testimonio una sobria y airosa torre románica que emulaba a la no muy lejana torre de la iglesia de Santa María la Antigua. Así permaneció hasta 1588, año en que se decide su demolición para reemplazarla por una nueva iglesia de una sola nave según las trazas del arquitecto Diego de Praves, que afortunadamente conservó la torre campanario, bajo la cual se ubicó la sacristía. En 1596 Gaspar Guisado construía las bóvedas y el alarife Juan de Ballesteros remataba los tejados, aunque las obras quedarían paralizadas desde 1601 a 1610. Las naves y la portada eran culminadas en 1621, según se deduce de una inscripción desaparecida que además especificaba que el templo había sido levantado por el arquitecto Francisco de Praves, hijo de Diego. 

     Abiertas en el lado del evangelio de la única nave se levantaron dos espaciosas capillas, una dedicada a San Juan Bautista, cuyo patrón pasaría a ser don Salvador Felipe de Lemos, muerto en 1717, y otra dedicada a San Juan de Sahagún que fue fundada por don Gaspar de Vallejo, Caballero de Santiago y miembro del Consejo Supremo de Castilla, que tenía sus casas principales próximas a la iglesia aunque residía en Madrid, donde en unión de su esposa, doña Aldonza Beltrán de la Cueva, en 1623 otorgó testamento instituyendo una memoria y capellanías que dotó con suficiencia. 

Sin embargo, las obras de construcción de esta capilla se retrasarían hasta 1693, año en que fue comprado el terreno y se adjudicaron los trabajos a los maestros de obras vallisoletanos Pablos Mínguez y Manuel Izquierdo, que recibieron 33.000 reales por la mano de obra y los materiales. En septiembre de 1697 se terminaba la capilla y en octubre los maestros cobraban el finiquito de las mejoras realizadas sobre la marcha, entre ellas la planta establecida y la decoración con yeserías de la cúpula según los diseños de Juan Tejedor Lozano, que veinte años antes ya había sido autor de las trazas de la capilla de los Gaitán en la iglesia de San Pedro de Tordesillas, construida en 1674 y cuya cúpula aparece ornamentada igualmente con yeserías, en este caso con escudos en las pechinas y ramilletes policromados dentro de campos geométricos en los gallones. 

     Pero a diferencia de aquella, la cúpula de la capilla de Gaspar de Vallejo presenta como singularidad en el arte hispano barroco la inclusión de yeserías con figuras humanas policromadas que alternan con puntas de diamante, motivo que junto a formas rectangulares encadenadas cubren los arcos y la bóveda del resto de la capilla. La cúpula se apea sobre pechinas igualmente ornamentadas con yeserías en relieve policromadas, con un mascarón con apariencia de planta del que arrancan follajes de zarcillos de acanto que dejan en el centro un espacio ovalado en el que se insertan un jarrón con flores, una palma, un ciprés y un espejo como atributos de la Virgen, cuya figura preside la composición. 

La cúpula arranca con un tambor recorrido por ménsulas a dos niveles, con forma de volutas en el inferior y planas en el superior, que soportan una cornisa que recorre el perímetro. Sobre esta se disponen ocho ventanales de los cuales sólo es real uno de ellos que proporciona luminosidad a la cúpula, mientras el resto están fingidos mediante pinturas. Estas ventanas se enmarcan en un espacio triangular que forman las nervaduras y están coronadas por puntas de diamante igualmente triangulares. Estos espacios se alternan con ocho pedestales que aparecen decorados al frente con motivos vegetales y frutas ensartadas. Sobre ellos se colocan las figuras en relieve de ocho apóstoles entre los que se reconoce a San Pedro, San Pablo, San Andrés, San Juan, San Felipe, Santo Tomás, San Mateo y Santiago el Mayor, todos ellos en posición frontal, con abultados ropajes, policromados, portando sus tradicionales atributos y recortándose sobre un fondo gris verdoso muy claro. 

Detalle de San Pedro y San Pablo

     Por encima de sus cabezas se coloca un casquete que alberga en su interior dos motivos sobre fondo blanco. Por un lado, la moldura de un marco rectangular y fondo rojo, con grandes orejeras en los ángulos, en cuyo interior aparece en relieve la figura policromada de la Virgen en su condición de Tota Pulchra o Inmaculada Concepción, representada joven, con las manos juntas en actitud orante a la altura del pecho, con los pies sobre la media luna y unas pequeñas nubes entre las que asoman tres cabezas de querubines. Su indumentaria se ajusta a un convencionalismo imperante en su época de procedencia sevillana: túnica blanca y un manto azul agitado por una brisa mística. Alrededor de ella, formando una corona, se disponen ocho figuras femeninas sin policromar muy peculiares, pues presentan delicados rostros dirigidos al frente, una voluminosa melena, los torsos sin brazos y de la cintura hacia abajo una conversión del vestido en formas vegetales dispuestas simétricamente, a modo de una recreación de los grutescos con formas híbridas de carácter italianizante, como también lo son las guirnaldas de flores y frutas que las enlazan en sustitución de los brazos. 

Juan Tejedor Lozano. Cúpula de la capilla de los Gaitán, 1674
Iglesia de San Pedro, Tordesillas (Valladolid)
(Foto blog artevalladolid)

     Estilísticamente, la cúpula presenta fuertes contrastes entre las figuras que la integran. De todas ellas, el relieve más depurado, de mayor calidad y con mayor movimiento corresponde a la figura de la Inmaculada, muy diferente a la sequedad compositiva y arcaizante del apostolado, de talla un tanto tosca y una inexpresividad gestual que no consigue emocionar, repitiendo algunos de ellos, como San Pedro y San Pablo, formas propias de principios de siglo, siguiendo modelos que emulan a los creados por Francisco de Rincón, aunque con un resultado muy alejado de los logros de este gran maestro, como apunta María Antonia Fernández del Hoyo. 

Por su parte, el motivo del torso humano mezclado con formas vegetales deriva del grutesco, motivo muy difundido desde el renacimiento a través de grabados y orlas de libros, que realizado en piedra, madera, metal o estuco aparecen en recubrimientos de fachadas, en la mazonería de algunos retablos y decorando bóvedas tanto en territorio español como americano, ofreciendo variadas figuras con un tratamiento que oscila desde las formas abultadas de Andalucía a la talla a bisel del barroco andino, como ocurre en la cúpula de la iglesia de Santiago de Pomata (Perú). 

Felipe Berrojo. Bóvedas de la iglesia de Santiago, 1672-1673
Medina de Rioseco

      No obstante, toda la decoración figurada y geométrica de esta cúpula, voluminosa y espaciada, viene a resaltar las líneas arquitectónicas del conjunto sin que estas queden enmascaradas, como ocurre en la abigarrada ornamentación de las cúpulas que en la misma época se aplicaba en tierras andaluzas o en el barroco mexicano. Hay que recordar que, durante el barroco, las yeserías de las bóvedas de la catedral de Córdoba fueron el punto de partida del enorme desarrollo del estuco figurado polícromo por distintas poblaciones andaluzas, decoración que alcanza el paroxismo en casos como el de la cúpula de 1720 en la iglesia de San Francisco de Vélez Málaga. 

Por su parte, el programa iconográfico responde a una idea muy clara: la exaltación de la veneración inmaculista que dominó en España y posesiones de ultramar durante todo el siglo XVII y que llegó sin dificultad hasta las primeras décadas del siglo XVIII, un verdadero fenómeno de devoción popular que alentó a teólogos, obispos, cabildos, conventos, cofradías, universidades, concejos y corporaciones a apoyar el que fuera postulada ante el Romano Pontífice la declaración dogmática del misterio, siendo abundante por todo el territorio español la creación o reactivación de cofradías dedicadas a la Inmaculada. 

Yeserías atribuidas a Matías Machuca
Cúpula de la iglesia de las Comendadoras de Santa Cruz, 1734 
"Las Francesas", Valladolid

       Los trabajos decorativos en estuco, de fuerte tradición mudéjar, dada la baratura y ductilidad del material permitió una exuberante decoración tanto en arquitecturas relevantes como en otras más modestas. El precedente renacentista castellano a esta singular cúpula de la iglesia de San Martín y la inclusión de figuras en relieve podemos encontrarlo en la cúpula de la capilla de los Benavente de la iglesia de Santa María de Mediavilla de Medina de Rioseco, donde Jerónimo del Corral desplegó en 1554 un espectacular conjunto en relieve de ocho profetas del Antiguo Testamento, ocho virtudes y ocho carros triunfantes con alegorías astrológicas personificadas. Asimismo, este mismo autor se anticipa en la inclusión de grutescos en el repertorio decorativo de la bóveda de la capilla de los Reyes Magos de la catedral de Palencia, realizada entre 1548 y 1552. 

Dentro del ámbito vallisoletano, son destacables distintas cúpulas barrocas de los siglos XVII y XVIII. El caso más espectacular es el de las bóvedas de la iglesia de Santiago de Medina de Rioseco, todo un alarde de suntuosidad realizado por el arquitecto Felipe Berrojo entre 1672 y 1673. Mientras que las naves laterales se cubren con bóvedas de arista decoradas con yeserías, los tramos de la nave central lo hacen con cúpulas elípticas, a excepción del primer tramo, sobre el coro, y el del falso crucero, que presentan cúpulas semiesféricas con gallones, todas ellas sobre pechinas. En su decoración se abandona el repertorio de yeserías vigente hasta mediados del siglo XVII, limitado a formas exclusivamente geométricas y abstractas, para enriquecerse con nuevos motivos, en este caso con tarjetas vegetales, escudos e incluso figuraciones con motivos santiaguistas —la concha de peregrino, la cruz de Santiago, etc.—, incluyendo la figura en relieve del santo a caballo. 

Detalle de las alegorías de la  Justicia y la Fortaleza en las pechinas de la cúpula de la iglesia
de las Comendadoras de Santa Cruz, "Las Francesas", Valladolid

     En la ciudad de Valladolid se encuentra otro magnífico ejemplo en el antiguo convento de Comendadoras de Santa Cruz, actualmente reconvertido en sala de exposiciones municipal Las Francesas, cuya iglesia fue reedificada en el siglo XVII bajo el patrocinio de doña María Ana Ladrón de Guevara, hija de los condes de Oñate, que al enviudar de don Pedro Pimentel, marqués de Viana, se recogió en dicho convento. Según Canesi, las obras de la iglesia se culminaron en 1734 con bóvedas repletas de ornamentación, destacando la cúpula con linterna decorada con yeserías atribuidas a Matías Machuca, que establece ocho secciones decoradas con relieves de follaje en los que se alternan emblemas y figuras de niños, mientras que en las pechinas se colocan en medallones almendrados las alegorías sedentes de cuatro virtudes: la Justicia, la Fortaleza, la Prudencia y la Templanza.

Juan Castander Uceta (atrib.), 1746 
Cúpula de la capilla de las Angustias de la colegiata de
San Antolín, Medina del Campo
(Foto blog maravillasdeespaña)

     Más compleja es la cúpula con linterna y decorada con yeserías barrocas de la capilla de la Virgen de las Angustias de la colegiata de San Antolín de Medina del Campo, rematada en 1746 y atribuida al medinense Juan Castander Uceta, que incluye, junto a un repertorio de tallos y flores de talla menuda, bustos de carecen de brazos similares a la cúpula de la iglesia de San Martín. No faltan ejemplos de decoración profusa en cúpulas de edificios más modestos, como es el caso de la ermita de la Virgen del Carmen de Torrecilla de la Orden y de la ermita de la Virgen de Tiedra Vieja de Tiedra, esta última relacionada con la exuberancia y la sensibilidad andaluza. 

Todas estas realizaciones vienen a demostrar el carácter excepcional de la cúpula de la capilla de Gaspar de Vallejo de la vallisoletana iglesia de San Martín, tanto por la inclusión de figuraciones humanas con un apostolado —nada común en el resto de cúpulas barrocas— como por el planteamiento iconográfico del conjunto, de significación y exaltación inmaculista.  


Izda: Cúpula de la ermita de la Virgen del Carmen, Torrecilla de la Orden (Valladolid)
Dcha: Cúpula de la ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja, Tiedra (Valladolid)
  Informe y fotografías: J. M. Travieso.

 

 







Cúpula barroca de la iglesia de San Francisco, 1720, Vélez-Málaga
(Foto blog amorcaridadvelez)
Bibliografía 

BUSTAMANTE GARCÍA, Agustín: La arquitectura clasicista del foco vallisoletano (1561-1640), Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1983. 

FERNÁNDEZ DEL HOYO, María Antonia: Las yeserías figurativas: apuntes para su estudio. Actas del V Simposio hispano-portugués de historia del arte, Valladolid, 1990, pp. 113-117. 

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: Arquitectura barroca vallisoletana, Valladolid, 1967. 

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José: La capilla de los Gaitán, en Tordesillas. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (BSAA), Tomo 39, Universidad de Valladolid, 1973, pp. 225-244. 

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y DE LA PLAZA SANTIAGO, Francisco Javier: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid II, Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid, Valladolid, 1987. 

MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y URREA, Jesús: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid I, Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid, Valladolid, 1985. 

SEBASTIÁN, Santiago: Contrareforma y Barroco: lecturas iconográficas e iconológicas, Alianza Editorial, Madrid, 1981. 

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