18 de enero de 2012

Bordado de musas con hilos de oro: EL BURGO DE OSMA, de Dionisio Ridruejo


EL BURGO DE OSMA

Como la nieve fluye y va sonora
de haber sido silencio, así mi olvido
de las cumbres del ser en que ha dormido
baja al tiempo natal y fluye ahora.

Ya es celeste el hollín en la herrería
y el chirriar de la rueda con estopa
del cordelero y riza la garlopa
una miel inmortal de todavía.

Vuelve la yunta de ganar el valle
con su lanza arrastrada y la campana
vuelve a pasar entre la luz y el puente.

Vuelve el mercado a empavesar la calle
con soportales. Vuelve todo y mana
el para siempre ayer eternamente.


DIONISIO RIDRUEJO

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16 de enero de 2012

Un museo interesante: MUSEO DE BURGOS, Burgos


MUSEO DE BURGOS
Calle Miranda 13, Burgos

     El Museo de Burgos, que exclusivamente exhibe piezas de procedencia burgalesa, está instalado en el Palacio de los Miranda, muy próximo al moderno Museo de la Evolución Humana, en la margen izquierda del Arlanzón. Sus colecciones artísticas proceden en gran parte de iglesias y monasterios desamortizados en 1835 en la provincia, fondos que tras recorrer distintas sedes fueron definitivamente ubicados en 1955 en la Casa de los Miranda, junto a un notable conjunto de piezas arqueológicas halladas desde 1930 en yacimientos provinciales, razón por la que en un principio fue denominado Museo Arqueológico Provincial.

     La Casa de los Miranda es un excelente marco para la presentación de la colección permanente, pues se trata de un elegante palacio renacentista levantado en 1545 por el canónigo y protonotario D. Francisco de Miranda y Salón, cuyo elemento más destacado es el patio de dos pisos en torno al que se distribuían las dependencias, que cuenta con dieciocho columnas rematadas por capiteles y zapatas, antepechos decorados con amorcillos y motivos heráldicos, frisos con relieves y gárgolas fantásticas.
     Desde 1979 este espacio fue ampliado al incorporar el museo los edificios colindantes de la Casa de Íñigo Angulo, también del siglo XVI, y la Casa de los Melgosa.

     El museo muestra una importante colección de objetos de todo tipo que abarcan desde la Prehistoria hasta el siglo XX, por lo que se distribuyen siguiendo una serie de apartados temáticos de acuerdo a una secuencia cronológica respecto a culturas y estilos.

PREHISTORIA

     En esta sección los tres grandes periodos del Paleolítico (Inferior, Medio y Superior) están representados por útiles hallados en las proximidades del Arlanza y Arlanzón, con una importante colección de triedros, cuchillos y bifaces. Otros fueron hallados en cuevas, mostrando los distintos modos de tallar la piedra.
     Un apartado especial está dedicado al yacimiento arqueológico de la Sierra de Atapuerca, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000, con restos que abarcan desde el Paleolítico Inferior a la Alta Edad Media, incluyendo una colección de réplicas de los importantes hallazgos que actualmente se conservan en el Museo de la Evolución Humana. Igualmente se muestran distintas piezas procedentes de la cueva-yacimiento de Ojo Guareña.

     De la Cultura Megalítica el Museo ofrece ajuares funerarios hallados en distintos dólmenes, con objetos de hueso, cerámica, cuchillos, cuentas de collar, brazaletes y puntas de flecha.

     Igualmente está bien representada la Edad del Bronce en que se produce la denominada Cultura de las Cuevas, fenómeno caracterizado por la escasa evolución del utillaje y la poca permeabilidad a las influencias externas. Los testimonios materiales más abundantes son cerámicas de formas globulares y, en general, de superficies lisas.
     De los asentamientos en zonas abiertas se exponen restos de los denominados “hoyos de ceniza”, depósitos de diversos tipos y tamaños excavados en el suelo que se rellenan con ceniza y materiales muy diversos, de los que proceden cerámicas, restos de fauna, útiles líticos y metálicos, etc.

     La metalurgia del bronce está representada en el Museo de Burgos por un buen conjunto de piezas, como dos puñales de lengüeta y la espada plana aparecida en Santa Olalla de Bureba, para la que se propone una cronología que se aproxima al 1.500 a.C.
     Pero el momento de mayor expansión se alcanza en el Bronce Final (1.250-750 a.C.), con hallazgos de hachas, lanzas tubulares, puñales, brazaletes y navajas de afeitar. En cuanto a la orfebrería de esta época, cuenta con el remate de un collar macizo o torques de oro procedente de Castrojeriz.

     Los materiales de la Edad del Hierro proceden de los castros en cuyas necrópolis se depositaban urnas funerarias con los huesos calcinados y el ajuar, cubriéndose todo el conjunto con un amontonamiento de tierra y piedras. Destacan los vasos de cerámica elaborados a mano con pastas oscuras, con decoración realizada con los dedos. Otras piezas de los ajuares son diversos objetos metálicos, como cuchillos, placas de cinturón, umbos de escudo, fíbulas, etc.

     De la Segunda Edad del Hierro (siglos IV-I a.C.) y sus castros se ofrece el rico ajuar metálico de armas de hierro y adornos personales de bronce de la necrópolis de Miraveche y las placas o broches de cinturón, cinturones para puñales o las grandes placas rectangulares con decoraciones geométricas y botones de la necrópolis de Villanueva de Teba. Otras piezas características son las fíbulas “de cazoleta” y las “anulares hispánicas”, que suelen presentar bellas decoraciones.

EDAD ANTIGUA

     La Celtiberización supone la renovación cultural producida desde la segunda mitad del siglo IV a.C. Las principales características que definen a este fenómeno son la fabricación de cerámica a torno con decoración geométrica pintada, el uso generalizado de instrumental de hierro, la sustitución de los molinos barquiformes o de vaivén por los circulares, la circulación de moneda y el desarrollo de la orfebrería. De este periodo se muestra cerámica a torno pintada con motivos geométricos, destacando las jarras con pintura de estilo numantino procedentes de la necrópolis de El Pradillo, en Pinilla Trasmonte, especialmente una que aparece decorada con prótomos de caballos y que podría fecharse entre los siglos II y I a.C.

     El desarrollo de la orfebrería es un fenómeno relativamente tardío en el mundo celtibérico. En el Museo de Burgos se muestran importantes piezas de orfebrería celtibérica procedentes de distintos yacimientos de la provincia. Los objetos más característicos son los collares rígidos o torques, destacando los conjuntos de Jaramillo Quemado, con dos torques de oro, y del Monasterio de Rodilla con un conjunto excepcional de orfebrería celtibérica elaborados con alambres de plata trenzados.

     En el Museo de Burgos se puede contemplar una interesante tésera de hospitalidad celtibérica procedente de Belorado, con forma de pez y una inscripción en escritura ibérica y lengua celtibérica.

     La Romanización afectó a todo el territorio de la provincia de Burgos, constatándose principalmente en la aparición de nuevos productos materiales, nueva ubicación de los poblados y desarrollo de las vías de comunicación. Surgen los grandes centros administrativos y comerciales, como Clunia, y en el espacio rural, las villae, que representan una nueva manera de explotación de la tierra.

     El emperador Tiberio (14-37 d.C.) fundó Clunia en el Alto de Castro, muy cerca de un asentamiento arévaco, llegando a ser la capital de uno de los siete conventos jurídicos en los que se dividía la administración de la provincia Citerior. De Clunia se expone una amplia selección tanto de cerámica de influencia indígena como de terra sigillata, la típica cerámica romana. Entre las piezas escultóricas hay que destacar tres estelas funerarias. En dos de ellas aparece el motivo indígena del “jinete lancero”. Una es discoidal, con relieve muy plano y posiblemente anterior al siglo I a.C.; la otra es la estela de Segio Lougesterico, también con figura de jinete, pero ya con forma prismática y caracteres latinos. La tercera pieza de este magnífico conjunto de estelas clunienses es el gran cipo funerario dedicado a L. Valerio Marciano, que está decorado con rosáceas y un delfín con tridente.

     La escultura de bulto redondo de Clunia está representada por la escultura de la diosa Isis, del siglo II, magníficamente conservada; el posible retrato en mármol blanco de Julia Augusta, hija del emperador Tito, en el que llama poderosamente la atención la meticulosidad del peinado que esta joven dama puso de moda; los torsos de Dionisios, Venus y Fauno; una figura femenina tumbada que recuerda la clásica postura de las representaciones de Ariadna dormida y en la que destacan los finos y elegantes pliegues del vestido que envuelve el cuerpo y los fragmentos de un friso pertenecientes a dos monumentos de carácter honorífico, uno compuesto por dos fragmentos decorados con roleos, cráteras y genios alados, y otro formado por tres fragmentos decorados con los elementos militares característicos de los trofeos triunfales imperiales: armas, escudos, corazas, etc. Ambos conjuntos se pueden fechar hacia finales del siglo I.

     En el Museo de Burgos se muestran también materiales procedentes de otros yacimientos romanos de la provincia, como el balsamario de bronce que reproduce el busto de un efebo, estelas funerarias cuyas cabeceras aparecen decoradas con motivos geométricos y vegetales y escenas figuradas alusivas al banquete funerario, la caza, la guerra, los oficios, etc., así como un buen conjunto de aras votivas dedicadas a diferentes divinidades y otros objetos, como una pequeña escultura del dios Mercurio de la primera mitad del siglo II hallada en Ubierna.

     Igualmente ofrece una interesante colección de época tardorromana. Tras la crisis del siglo III comienza un período de esplendor que se debe fundamentalmente a la ausencia de acontecimientos bélicos y a un notable despegue económico. El fenómeno más llamativo de los siglos IV y V es el desarrollo de los núcleos rurales de habitación, las villae, que se implantan por todo el territorio burgalés. Las villas mejor conocidas son las de San Martín de Losa, Cardeñajimeno y Baños de Valdearados. En el Museo de Burgos se expone un gran brasero de bronce decorado con cabezas de felino procedente de esta última villa tardorromana, aunque es más impresionante el mosaico dedicado al Triunfo de Baco, datado en la primera mitad del siglo V.

ARTE PALEOCRISTIANO Y ÉPOCA VISIGODA

     Los hallazgos paleocristianos de época romana más importantes de la provincia de Burgos son los sarcófagos del denominado “taller de La Bureba”, fechados a mediados del siglo IV, caracterizados por presentar una decoración figurada de factura rústica inspirada en el Antiguo y Nuevo Testamento. El Museo de Burgos guarda tres ejemplares, el más importante el sarcófago de Quintanabureba, con representaciones figurativas en sus cuatro lados.

     También se expone una sencilla pieza paleocristiana procedente de Buniel, un pequeño bloque de piedra de forma piramidal con base cuadrada, de apenas 25 centímetros de altura, cuyas caras están decoradas con representaciones simbólicas y alegóricas de carácter cristiano, así como con un texto epigráfico, todo ello enmarcado por una sencilla incisión.

     En el Museo de Burgos tiene especial relevancia la presencia de la cultura visigoda, representada por piezas de uso personal, como los broches de cinturón de Amaya y La Vid o las hebillas y fíbulas de Briviesca, y objetos de uso ritual, como los osculatorios y vasos litúrgicos de Rupelo y Quintanilla de las Viñas. Especialmente notable es el anillo signatario de oro encontrado en Amaya.

     Igualmente, procedentes de Quintanilla de las Viñas son varios relieves decorados con roleos de hojas y racimos y un pie de altar de mármol blanco fechado en el siglo VII, en cuyas caras se representan palmeras con dos racimos de dátiles colgando y una gran cruz patada con las letras alfa y omega.

EDAD MEDIA

     La Sección de Bellas Artes del Museo de Burgos comienza con una sala dedicada a las primeras manifestaciones artísticas de la Alta Edad Media que precedieron al Románico. En ella destaca especialmente la colección de piezas mozárabes. De Tordómar, concretamente del desaparecido monasterio de Valeránica, proceden dos fragmentos de cancel, un cimacio y parte de una tapa de sarcófago. Estos restos, fechados entre los siglos VIII y X, presentan una decoración a base de motivos vegetales y sogueados que recuerda mucho a la de la ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas, aunque con mayor ingenuidad formal.

     Una serie de dinteles y una ventana geminada fueron recuperados de la desaparecida iglesia de Valmayor de Cuesta Urria. También mozárabe es el pequeño ara de altar de la ermita de las Santas Centola y Elena de Siero. La lápida conmemorativa de la refundación de Lara de los Infantes en el año 867 se encontraba en la también desaparecida ermita de San Julián, mientras que el gran capitel mozárabe decorado con hojas de acanto procede de Padilla de Abajo.

     Por último, en esta sala se expone una interesante selección de estelas sepulcrales altomedievales. Destaca la pequeña estela circular procedente del antiguo monasterio de San Pedro de Berlangas, en Tordómar, encuadrada dentro del siglo X.

ROMÁNICO

     Una pieza de excepcional importancia dentro de la orfebrería románica es la Urna o Frontal de Silos. Realizada hacia 1165-1170, esta impresionante pieza, que revistió el sepulcro de Santo Domingo de Silos, es, sin duda, la obra maestra de la esmaltería silense. De forma rectangular, está compuesta por tablas de roble cubiertas por placas de cobre dorado y esmaltado con la técnica champlevé. La gama cromática del esmalte es de gran riqueza, destacando la diversidad de tonalidades azules y verdes y la ausencia del color amarillo. En el centro de la pieza, dentro de una mandorla y rodeada por el tetramorfos, aparece la Maiestas Domini, Cristo en actitud triunfante. A los lados, bajo arquerías coronadas por estructuras arquitectónicas que simulan una ciudad celestial, se disponen los apóstoles. Sus ropajes muestran una rica policromía y sus cabezas fueron fundidas a la cera perdida. Hay que apreciar la gran variedad de posiciones, rasgos y peinados. Las arquerías apoyan en columnitas magistralmente labradas con motivos geométricos y vegetales y multitud de seres fantásticos. La obra es una de las joyas del arte románico que se conservan en España.

     Otra de las singulares piezas procedentes del monasterio de Santo Domingo de Silos es una arqueta formada por una serie de placas de marfil decoradas con motivos cinegéticos, atauriques y animales afrontados dispuestos en bandas horizontales. En lo que queda de la pestaña de la tapa se conserva una inscripción en caracteres cúficos que indica que esta pieza fue realizada en los talleres de Cuenca por Muhammad ibn Zayan en el año 1026. Posteriormente, en el siglo XII, se le añadieron en los talleres del propio monasterio dos placas de cobre doradas y esmaltadas en las que se representa, en la de la tapa, el Agnus Dei y, en la de uno de sus laterales, a Santo Domingo de Silos entre dos ángeles. Y es que, posiblemente, esta arqueta guardó las reliquias del santo.

     De los talleres cordobeses de Medina Azahara es el estuche de marfil del siglo X realizado sobre un trozo de colmillo que se abre longitudinalmente por la mitad. En su interior se disponen cinco oquedades en cada lado, decorándose los espacios libres con atauriques. En los extremos se conserva parte de una inscripción cúfica que alude a su propietaria, una hija de Abderramán III. Según la tradición, este estuche fue entregado al monasterio de Santo Domingo de Silos por el conde Fernán González junto con la arqueta de marfil y esmaltes como ofrenda del botín conseguido en la batalla de Osma (939).

     Realizada en los talleres de Limoges hacia 1225-1235 y procedente del monasterio de San Pedro de Arlanza se expone en depósito en el Museo de Burgos la famosa Virgen de las Batallas, que fue adquirida en el año 1998 por el Museo del Prado. Según cuenta la leyenda, Fernán González la llevaba en el arnés del caballo al campo de batalla para asegurarse la protección, pero la realidad es que se trata de una obra del siglo XIII y el conde castellano vivió en el siglo X.

     En esta zona también se expone un interesante conjunto de elementos arquitectónicos románicos procedentes de diversos monumentos de la provincia, como el capitel y cimacio con motivos vegetales del monasterio de San Pedro de Arlanza y los capiteles con animales fantásticos de la desaparecida iglesia de Santa María Magdalena de Tardajos.

     Por último, hay que detenerse a contemplar otra de las emblemáticas piezas de este museo: La Tizona. Se trata de una de las espadas más célebres de Rodrigo Díaz de Vivar (1043-1099), más conocido como El Cid Campeador. Fue adquirida en el año 2007 por la Junta de Castilla y León y la Cámara de Comercio e Industria de Burgos y depositada en el Museo de Burgos. Mide 78,5 centímetros de largo por 4,5 de ancho. Según los últimos estudios realizados, la hoja, de gran calidad, es contemporánea de El Cid, mientras que la empuñadura original fue sustituida por otra renacentista en la época de los Reyes Católicos.

GÓTICO

     El estilo gótico, tan abundante en la provincia, está representado por una magnífica colección de tallas de escuela castellana de distinta procedencia.
     A la desaparecida iglesia de la Natividad de Villasandino pertenecían los cuatro bultos funerarios de madera de nogal y autor desconocido que presiden la sala. Se encuentran bastante deteriorados y han perdido casi toda su policromía. Dos de ellos parecen formar pareja, un caballero con larga espada sobre el cuerpo y una dama, mientras que los otros dos representan a un caballero con su halcón y a un clérigo. Se pueden fechar estas obras a finales del siglo XIII o comienzos del XIV.

     Procedente del desaparecido convento de San Pablo de la capital burgalesa, es un magnífico frontal de altar en piedra que aparece decorado con escenas de la vida de Cristo dispuestas bajo arquerías. Se trata de una obra de comienzos del siglo XIV que aún conserva restos de policromía.

     En la entreplanta se exhiben varios tesorillos medievales hallados en distintos puntos de la provincia. Algunos de ellos, además de numerosas monedas de vellón y de plata correspondientes a distintos reinados y cecas, contienen joyas y vajilla de plata. Destacan los de Briviesca, que se encontraron en la zona de la antigua judería de la ciudad. En ellos merecen especial atención los platos de plata de carácter ritual decorados con motivos geométricos y vegetales nielados en oro. Uno de los platos conserva el punzón de platero más antiguo conocido de la orfebrería burgalesa. Completan la exposición de piezas góticas tres cruces procesionales de cobre con esmaltes de los siglos XIII y XIV.

RENACIMIENTO

     Un conjunto de mausoleos fechados entre los siglos XV y XVI nos sirve para enlazar la fase final del estilo gótico con las primeras manifestaciones renacentistas. En primer lugar, procedente del monasterio de Fresdelval, hemos de destacar el sepulcro de don Juan de Padilla, paje de la reina Isabel la Católica, que murió en la Guerra de Granada en 1491. Muy relacionado estructural y estilísticamente con el del infante don Alfonso de la Cartuja de Miraflores, este fantástico sepulcro de alabastro consta de un gran arco apuntado, dispuesto entre pilares adosados, que cobija el arca sepulcral y la escultura orante de don Juan, ejecutada con gran maestría por Gil de Siloé a finales del siglo XV.

     También procede del monasterio de Fresdelval el gran sepulcro doble de alabastro de don Gómez Manrique y su esposa, doña Sancha de Rojas, fundadores del mismo. Este mausoleo fue realizado a mediados del siglo XV por algún maestro borgoñón.

     Muy interesante es el sepulcro de doña María Manuel, madre del famoso obispo don Luis de Acuña, que procede del desaparecido convento franciscano de San Esteban de los Olmos. El arca, de piedra caliza, está decorada con una Piedad (cabecera), un Calvario (pies), las imágenes de San Antonio de Padua, San Esteban y San Bernardino de Siena (lateral derecho) y la Estigmatización de San Francisco y los escudos de los Manuel y los Girón (lateral izquierdo). La figura yacente, de alabastro, viste de gala y lleva el cordón franciscano. Este sepulcro está atribuido a Simón de Colonia y fue realizado entre los siglos XV y XVI.

     El Renacimiento también está representado por dos magníficos retablos de distinta época. El primero, procedente del antiguo monasterio de San Pedro de Tejada, es un retablo de tablas pintadas dedicado a San Pedro. Se compone de dos cuerpos divididos en cinco calles. En el cuerpo inferior aparecen, en los laterales, los apóstoles y, en el centro, un Cristo de Piedad. En el cuerpo superior se representan “La misa de San Gregorio”, “La detención de San Pedro”, “La resurrección de un joven por San Pedro” y los obispos San Ambrosio y San Agustín. En la calle central se dispone la escultura en bulto del santo titular. Las pinturas, fechadas hacia 1503-1506, son obra de Fray Alonso de Zamora, también conocido como Maestro de Oña.
     El segundo retablo, situado frente al sepulcro de doña María Manuel, está dedicado a la Asunción de la Virgen y procede del desaparecido monasterio cisterciense de Santa María la Real de Vileña. Es obra del escultor burgalés Pedro López de Gámiz y está datado en el año 1581. La Asunción aparece flanqueada por las imágenes de San Benito y San Bernardo, mientras que en el ático aparece una Piedad.

     Una magnífica puerta de madera de estilo mudéjar, decorada por las dos caras y datable entre los siglos XV y XVI, que daba acceso a la Sala de Poridad del Arco de Santa María, junto a representativas pinturas del Maestro de Budapest, activo en Burgos en la segunda mitad del siglo XV, completan esta sección.

Planta Primera

     Ya en un espacio ubicado en la Casa de Íñigo Angulo, puede contemplarse una interesante muestra de pintura sobre tabla de las escuelas castellana y flamenca, entre ellas “La misa de San Gregorio”, obra procedente de Cogollos y perteneciente a Pedro Berruguete, “La Piedad”, atribuida al taller de Rogier van der Weyden, y “El Cristo de las lágrimas”, del holandés Jan Mostaert.
     Importante es el conjunto de ocho pinturas sobre tela de sarga dedicadas a la Pasión de Jesucristo procedentes del monasterio de San Salvador de Oña, pintadas por Fray Alonso de Zamora hacia 1500-1510así como el conjunto de paneles de nogal decorados con relieves de la vida de la Virgen y de la Pasión procedentes del convento de Nuestra Señora de la Merced de Burgos, que formaban parte de un gran retablo realizado por el escultor Gregorio Pardo (?-h.1557).

BARROCO

     El Barroco está representado por magníficas pinturas del siglo XVII, como el retrato de Fray Alonso de San Vítores, pintado en 1659 por Fray Juan Rizi (1600-1681), que está considerado como uno de los mejores retratos del siglo XVII, y obras de José Moreno, Mateo Cerezo el Viejo y Mateo Cerezo.

     Otro tanto puede decirse del siglo XVIII, con pinturas entre las que destaca la Inmaculada pintada por Antonio Palomino en 1721, procedente del convento de los Padres Carmelitas de Burgos.

SIGLOS XIX Y XX
La última sección ofrece pinturas y esculturas de los siglos XIX y XX, con obras de artistas de la talla de José Vela Zanetti.

HORARIO DE VISITAS:
INVIERNO (del 1 de octubre al 30 de junio)
De martes a sábado: 10 a 14 y 16 a 19 horas. 
Domingos y festivos: 10 a 14 horas. 
VERANO (del 1 de julio al 30 de septiembre)
De martes a sábado: 10 a 14 y 17 a 20 horas. 
Domingos y festivos: 10 a 14 horas.
CERRADO: Lunes y días 1 y 6 de enero, 11 y 29 de junio, 1 de noviembre y 24, 25 y 31 de diciembre.

TARIFAS
ENTRADA GENERAL: 1,20 €
ENTRADA REDUCIDA: 0,60 €. Grupos, previa concertación, formados por 15 o más miembros.
ENTRADA GRATUITA:
- Con carácter general: sábados, domingos y los días 23 de abril, 18 de mayo, 12 de octubre y 6 de diciembre.
- Menores de 18 años /Mayores de 65 años o jubilados / Titulares de carnet joven, carnet de estudiante o sus equivalentes internacionales / Voluntariado civil y educativo / Donantes de piezas a la Junta de Castilla y León o al Estado y depositadas en el Museo / Miembros del Consejo Internacional de Museos (ICOM) / Titulares de la Tarjeta de Amigos del Patrimonio de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León / Miembros de la Asociación de Amigos del Museo.

Más información: http://www.museodeburgos.com/

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13 de enero de 2012

Visita virtual: LA ESCUELA DE ATENAS, un compendio de la sabiduría humana



LA ESCUELA DE ATENAS
Rafael Sanzio (Urbino, 1483 - Roma, 1520)
1509-1511
Pintura al fresco
Estancia de la Signatura, Palacios vaticanos, Roma
Pintura del Renacimiento. Clasicismo del "Cinquecento"

     Giuliano della Rovere, recién elegido papa en 1503, adoptó el nombre de Julio II y se instaló en el Vaticano en las estancias del primer piso del Apartamento Borgia, cuyas salas habían sido decoradas por Pinturicchio a petición de Alejandro VI, el papa antecesor. A este papa, que como cardenal Rodrigo Borgia había sido su gran rival en el seno del colegio cardenalicio en la lucha por ocupar la vacante dejada por Inocencio VIII, Julio II le odiaba profundamente y cuando fue elegido le llegó a acusar de simonía (compra de cargos eclesiásticos) para ocupar el cargo. A su muerte en agosto de 1503, y tras el breve pontificado de Pio III, Julio II consiguió ser elegido por mayoría, pero no por ello olvidó los rencores hacia aquel miembro de la familia Borgia, decidiendo en 1507 acondicionar como residencia el segundo piso de aquel edificio, dotándolo de una nueva decoración que le hiciera olvidar el pasado.

     Para ello, en 1508 llamó a Roma a Rafael, ofreciéndole un importante trabajo a realizar especialmente en tres grandes salas: la llamada Estancia de la Signatura, lugar de reunión del Tribunal de Derecho Canónico y Civil, en realidad cuarto de estudio y biblioteca privada del papa, la Estancia de Heliodoro, sala de audiencias y antecámara del estudio personal de Julio II, y la Sala del Incendio del Borgo, sede del Tribunal de la Signatura y después comedor privado de su sucesor León X. Para llevar a cabo su proyecto, Julio II no vaciló en demoler la decoración anteriormente iniciada por artistas de la talla de Baldassare Peruzzi, Lorenzo Lotto, Il Sodoma y Bramantino.


     Los trabajos de Rafael y todo su equipo comenzaron en 1509 en la Estancia de la Signatura con un culto y ambicioso programa iconográfico que vino a convertirse en algo tradicional en la decoración de bibliotecas, con cada una de las cuatro paredes dedicada a una facultad de las ciencias de aquella época: Teología, Filosofía, Derecho y Poesía. El programa presentado por la genialidad de Rafael no podía ser más acertado, con grandes tondos en la bóveda del techo en los que aparecen las alegorías de cada una de estas ciencias, que tienen su correspondencia en los grandes paneles de los muros, donde Rafael ha agrupado, de forma arbitraria, a los mayores representantes de cada materia a lo largo de la Historia, haciéndoles participar de una misma escena.

     La primera de ellas realizada fue precisamente La Escuela de Atenas, dedicada a la Filosofía, cuyo éxito hizo que el papa le confiara la totalidad de la decoración, dando lugar a un conjunto pictórico impresionante, equiparable, por su creatividad y calidad de ejecución, a los frescos que Miguel Ángel realizaba en ese tiempo en la Capilla Sixtina. En ellos supo Rafael imponer su personalidad creadora a través de un estudiado conjunto de sugestivas imágenes que gira en torno a la celebración de la Verdad como hilo conductor: la verdad revelada por la religión cristiana en alusión a la Teología, la verdad alcanzada por la razón mediante las prácticas del pensamiento de la Filosofía, la verdad en la búsqueda de la Belleza que proporciona la Poesía y el descubrimiento de la idea del Bien en el conjunto de virtudes que otorga el Derecho o la Ley, todas ellas enfrentadas dos a dos.

     Frente a la pared en que se representa "La Disputa del Sacramento", que ilustra la verdad revelada a través de la Teología, aparece "La Escuela de Atenas" que opone el concepto de verdad razonada. Para componer la escena, Rafael viene a recrear un ambiente de la antigüedad clásica en el que aparecen unificados los más célebres personajes de las distintas ramas filosóficas, que parecen deambular exponiendo sus pensamientos en el marco de una escuela de filosofía (posiblemente evocando el Templo de la Filosofía de Marsilio Ficino), unos en pleno debate y formando pequeños grupos, otros aislados y sumidos en sus pensamientos.

     Con una maestría incomparable Rafael diseñó un espacio convincente y alegórico en el que ubicaría después a los distintos personajes. El grandilocuente marco es el interior de un edificio de grandes proporciones en el que predominan elementos de arquitectura clásica tardorromana, entre los que aparecen elementos característicos utilizados por Bramante. Con ello Rafael rinde un sutil homenaje a su amigo, el arquitecto que le había introducido en el ambiente laboral de Roma cuando contaba 25 años de edad. De modo que el interior arquitectónico ideado por Rafael está en estrecha relación con el momento constructivo de la basílica de San Pedro en que trabajaba Bramante cuando se realizan las pinturas, antes de que Miguel Ángel aportara la solución para cerrar la cúpula. Por otra parte, la carencia de cubiertas en la monumental construcción permite la entrada de una luz potente que baña la escena creando un refinado juego de claroscuros, todo ello con un dominio total en el trabajo de perspectiva que hace la escena creíble y veraz.

     Pero este espacio basilical adquiere nuevos valores al aparecer ocupando las hornacinas de la embocadura de la nave central esculturas monumentales de deidades clásicas que adquieren un gran valor simbólico. A la izquierda aparece el dios Apolo portando la lira. El dios del Sol representa la luz para conseguir la armonía y el conocimiento filosófico, con lo que se convierte en el dios de la Razón. Su figura es esbelta, bella y sinuosa, ofreciendo la verdad de la desnudez a través de una elegante postura de contrapposto, no ajena al esclavo moribundo que hiciera Miguel Ángel para la tumba de Julio II. La hornacina derecha está ocupada por Atenea, señora de la guerra y la paz, encarnación de la Sabiduría y patrona de las instituciones dedicadas al conocimiento, el saber y la creación artística. Ambos amparan y protegen al grupo de sabios pensadores diseminados entre unas escalinatas que establecen dos planos de altura.

     La escena guarda algunas sorpresas en la recreación de los grandes pensadores, pues en muchos de ellos Rafael incluyó retratos de personajes contemporáneos, incluyéndose a sí mismo, por lo que la pintura aporta matices documentales. Con múltiples personajes dispuestos a un eje de simetría, la escena gira en torno a las ideas de dos grandes filósofos griegos: Platón, representante de la filosofía abstracta y teórica, y Aristóteles, máxima figura de la filosofía natural y empírica. Ambos ocupan el centro de la composición con actitudes complementarias y establecen el debate a través de su cruce de miradas. Platón está representado con los rasgos de Leonardo da Vinci, con su dedo elevado señalando la fuente de inspiración superior, mientras en su mano izquierda sujeta el Timeo, obra en la que manifestó sus teorías sobre el origen del cosmos y su creación por un ser superior. En claro contrapunto, Aristóteles señala con su mano a la tierra como punto de partida de todas las ciencias naturales y sostiene la Ética, obra en la que recogió sus experiencias. Ambos personajes y los razonamientos expresados por sus gestos causan admiración entre filósofos de distintas edades colocados a sus lados.

     Próximo a Platón se encuentra Sócrates, su maestro, representado como un anciano calvo, con largas barbas, arropado de un manto púrpura y con gesto ensimismado, evocando que la esencia de su filosofía es la duda y el análisis. Junto a él, un grupo de personajes jóvenes mantienen una conversación. Con una túnica aceitunada parece Esquines, enumerando con los dedos las cuatro fases por él propuestas para llegar al diálogo filosófico: geometría, astronomía, aritmética y estereometría. Sus razonamientos son escuchados por Jenofonte, discípulo de Sócrates, historiador y militar, junto al que se halla Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles y rey de Macedonia, que aparece armado en su condición militar.

     Algo más abajo, en primer plano y en la parte izquierda, se halla Zenón de Elea, discípulo de Parménides y autor de controvertidas paradojas. A su lado un niño sujeta un libro sobre el basamento de una columna en el que lee Epicuro, promotor del hedonismo racional y el atomismo, que aparece coronado de pámpanos.

     Más a la derecha se halla Pitágoras, que personaliza los valores de la Aritmética y la Música, en gesto de escribir sus teorías en un libro de acuerdo a las anotaciones que en una pizarra sostiene Telange. Interesado en lo que escribe se muestran Anaximandro, pensador de lo indefinido e indeterminado, y el cordobés Averroes, maestro de filosofía y leyes islámicas, matemático, astrónomo y médico.

     A su lado aparece la elegante figura de Hipatia de Alejandría, filósofa platónica y matemática, y Parménides, que señala sus escritos sobre la vía de la verdad. Ligeramente aislado, sentado en la escalinata, apoyado sobre un bloque de piedra y con actitud pensativa aparece Heráclito, representante del pesimismo y del cambio incesante, que ofrece la peculiaridad de estar representado con los rasgos de Miguel Ángel, un artista con el que Rafael no mantenía buenas relaciones personales. El hecho de que en un dibujo preparatorio de esta pintura no figure este personaje, se ha interpretado como un homenaje al artista después de haber contemplado Rafael la marcha de las pinturas de la Capilla Sixtina.
     Recostado en la escalinata, casi en el centro, se halla Diógenes, que lee un papel. Representa al hombre que despreciaba todos los bienes terrenales y la forma de vida materialista, hasta el punto de llegar a vivir en un tonel y ser apodado por sus vecinos como "el perro".

     Otro grupo muy bien definido queda determinado en primer plano en la parte derecha. Un papel destacado tiene Euclides, discípulo de Sócrates, que con los rasgos del arquitecto Bramante aparece agachado, rodeado de jóvenes y midiendo una figura geométrica sobre una pizarra con un compás. A su lado, vuelto de espaldas, con una toga color calabaza y portando el globo terráqueo se encuentra Ptolomeo, al que por entonces se identificaba con la dinastía faraónica, autor de la teoría de que la Tierra era el centro del universo. Frente a él Zoroastro porta la esfera celeste. Junto a estos astrónomos incluye, semiocultos por un pilar, un retrato del pintor Giovanni Antonio Bazzi, más conocido como Il Sodoma, con un manto y un gorro blanco, junto al que asoma un autorretrato del propio Rafael, que muestra su fisionomía cuando realizó esta obra. Algo más arriba se ha identificado al poeta Homero, caracterizado como un anciano con un bastón, y a su lado Plotino, representante de la mística y la metafísica.

     De este modo la escena en la que se acumula la sabiduría humana y la especulación sobre la existencia se convierte en un discurso mental que intenta aportar la idea de concordancia entre los grandes pensadores de la antigüedad, que tuvieron gran incidencia en la filosofía y la ciencia, y la doctrina proclamada por la Iglesia, un fenómeno conocido como la Concordatio. Este concepto fue reflejado por algunos artistas del Renacimiento, que encontraron en aquellos célebres pensadores, pilares de la cultura occidental, un alter ego en su capacidad para concebir una idea que después debían representar plásticamente, hecho que confería al arte el carácter de actividad intelectual. Merced a este cambio de mentalidad, operada en el Renacimiento, el trabajo desarrollado por pintores y escultores llegó a ser considerado en el ámbito social como un ejercicio intelectual, dejando atrás la consideración de artesanos que los creadores del arte tuvieron durante la Edad Media.


Informe: J. M. Travieso.

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11 de enero de 2012

Museo del Prado: Restauración de la obra "El vino de la fiesta de San Martín", de Bruegel el Viejo





     Elisa Mora, restauradora del Museo del Prado, comenta la restauración de esta pintura de Bruegel el Viejo adquirida a finales de 2010 e incorporada a la colección permanente.

     La obra es una sarga o tüchlein pintada con temple de cola sobre una tela sin preparación, siguiendo una técnica habitual en Flandes en los siglos XV y XVI, aunque sobreviven relativamente pocos ejemplares. El soporte original de la pintura es lino con ligamento de tafetán, una tela sumamente fina y regular, de color claro, muy utilizada en esa época. Sobre la tela sólo se ha aplicado un apresto de cola de origen animal, forma de trabajar habitual en las sargas, que se solían colgar en la pared sin bastidor. La factura de la pintura es muy sencilla, con una o dos capas de pintura, dado que el temple de cola no permite empastar o el uso de veladuras y apenas presenta dibujo subyacente, debido a la forma en que se ejecutan estas sargas, directamente, a la prima.

     En esta sarga se representa la fiesta del vino de San Martín. El 11 de noviembre, festividad del santo, se comía la oca de San Martín –coincidiendo con la matanza de otoño-. La víspera se degustaba el primer vino de la nueva estación, denominado vino de San Martín. Precisamente la coincidencia de la fiesta con el fin de la vendimia, en pleno otoño, asociaba con las celebraciones del santo una distribución de vino al pueblo, que tenía lugar fuera de las puertas de la ciudad. De esta manera, pese a la presencia de san Martín a la derecha, no es un cuadro religioso ni una obra de devoción, aunque tampoco una escena de género. Lo que centra la representación es la celebración de la fiesta dedicada al santo tal como tenía lugar en Flandes y en los países germánicos en esa época, casi una bacanal, preludio del carnaval en los meses de invierno. Se pone de manifiesto en ella la tensión irónica entre la caridad de san Martín –vestido como un caballero a la moda desde el siglo XV- y los excesos de la fiesta que lleva su nombre.

     Avanzado el otoño, con muchos árboles sin hojas, fuera de la puerta de la ciudad –arquitectura que recuerda la Puerta de Hal de Bruselas- y próximo a las casas de la campiña, se ha dispuesto en el centro un enorme tonel de vino, que Bruegel pinta de rojo, sobre un andamio de madera. En torno a él se amontonan personajes de muy distinta condición: hombres -jóvenes y viejos- y también mujeres -algunas con niños-, campesinos, mendigos, y ladrones, todos tratando de obtener la mayor cantidad posible de vino. Mientras algunos que han conseguido llenar sus recipientes tienen ya sus pies en el suelo, otros, en su intento por lograrlo, se abrazan a las vigas, se tumban sobre el tonel o se inclinan con evidente riesgo de caer para recoger un chorro del vino que sale del tonel en toda clase de recipientes, sin excluir sombreros o zapatos. El efecto que logra Bruegel, que hace gala de su enorme maestría a la hora de componer y lograr encajar a todas las figuras –en torno a cien-, es el de una montaña formada por una humanidad que se deja llevar por la gula, una especie de Torre de Babel compuesta por bebedores. De forma intencionada, Bruegel opone el círculo que conforma el grupo central en torno al tonel de vino con la disposición piramidal, mucho más estable, del grupo en el que se reproduce la caridad de san Martín, a la derecha. La composición se completa en el lado opuesto, a la izquierda de la sarga, con las figuras que se dejan llevar por los efectos del vino. El pintor plasma lo que les sucede a los que, al contrario que el santo, se han visto arrastrados por el pecado de la gula en lugar de por la virtud, como el personaje que está a punto de vomitar y el que yace en el suelo sin conocimiento sobre sus vómitos, los dos hombres peleándose o la mujer que ofrece vino a su bebé.

(Información: Museo del Prado)

Más información: El vino de la fiesta de San Martín 
 
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9 de enero de 2012

Socios de Domus Pucelae: ASAMBLEA GENERAL, 14 de enero 2012


Se comunica a todos los socios la convocatoria de Asamblea General:

DÍA: Sábado 14 de enero de 2012

HORA: 11,30 primera convocatoria/ 12 segunda convocatoria

LUGAR: Salón de Caja Círculo, c/Rastro s/n, Valladolid


Orden del día:

1 Lectura y aprobación, si procede, del Acta de la asamblea anterior.
2 Lectura y aprobación, si procede, del Balance Económico de 2011.
3 Informe de la Junta Directiva.
4 Presentación de actividades.
5 Presupuesto 2012.
6 Ruegos y preguntas.

Convocan: Secretario y Presidente de Domus Pucelae

A. C. Domus Pucelae

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6 de enero de 2012

Historias de Valladolid: RETABLO DE LA EPIFANÍA, el brindis de los Reyes Magos


     Había transcurrido la primera mitad del siglo XVIII cuando el rumbo del arte escultórico español era dictado desde focos bien distintos a los de años precedentes. Las pujantes escuelas barrocas de Valladolid, Sevilla y Granada habían cedido el testigo a Madrid como consecuencia de la actividad cortesana, al tiempo que tomaron relevancia talleres periféricos instalados en Aragón, Valencia y Murcia, unos territorios que en años anteriores habían conocido una actividad creativa muy discreta.

     En el Madrid cortesano destacaba la presencia de escultores franceses reclamados para trabajar en los Reales Sitios. Los primeros en llegar fueron René Fremin y Jean Therry, que lo hicieron en 1721, a los que siguieron Pierre Pitué, Philippe Boiston y los hermanos Hubert y Antoine Dumandré, todos ellos dedicados a la elaboración de figuras y grupos escultóricos con temas alegóricos y mitológicos destinados a la ornamentación de los parterres y fuentes de los jardines de La Granja, siempre a imitación de Versalles. Otro tanto ocurriría con los artistas llegados para trabajar en el Palacio Real de Madrid, que introdujeron en el ámbito artístico la estética del Rococó de gusto francés. Sus modos de trabajar el mármol o el plomo pintado en verde para imitar bronces, con un sentido eminentemente decorativo, así como el nuevo repertorio ornamental desplegado en sepulcros, altares e interiores, calaron en los artistas españoles del momento, incluyendo el significativo grupo de escultores barrocos cuya obra en madera policromada fue excluida de los proyectos regios, a pesar de lo cual paulatinamente fueron asumiendo e incorporando la nueva estética para satisfacer los encargos recibidos de una clientela tradicional, especialmente parroquias y órdenes religiosas.

     En este contexto es cuando se realiza, en torno a 1760, el retablo de la Epifanía de la iglesia del Salvador de Valladolid (ilustración 1), una obra que venía a modernizar el equipamiento de una capilla fundada en 1546 que, situada en el lado del Evangelio, había sido cerrada en el siglo XVI con una excelente muestra de rejería. No deja de resultar chocante observar la estética rococó del retablo junto a los enterramientos laterales, de aire renacentista, y bajo las formas goticistas de la bóveda estrellada que cubre la capilla, que desde entonces tomó la advocación de los Reyes Magos, justamente el tema desplegado en el altorrelieve del tablero central del retablo.


EL RETABLO DE LOS REYES MAGOS

     Lejos de ser considerado como una obra maestra, el retablo de la Epifanía de la iglesia del Salvador aporta fundamentalmente el testimonio de los gustos de una época y la influencia de las modas cortesanas. Era muy difícil competir en Valladolid con el nivel alcanzado por los talleres de imaginería que estuvieron activos durante la centuria precedente, con Gregorio Fernández a la cabeza, o con la obra desplegada en Castilla en la primera mitad del XVIII por Luis Salvador Carmona (Nava del Rey, Valladolid, 1708-Madrid 1767), que junto a Francisco Salzillo (Murcia, 1707-1783) serían los escultores más representativos de la escultura española dieciochesca.

     Hemos de convenir que se trata de una obra simplemente discreta. Atractiva, pero discreta. Una obra de la que no se conservan documentos que acrediten su autoría, pero que un análisis estilístico y técnico remite a los modos de trabajo del taller de Pedro de Sierra, un escultor nacido en 1702 en Medina de Rioseco, que era hijo de Tomás de Sierra, reconocido escultor de origen berciano que tras instalarse por un tiempo en Valladolid, había asentado definitivamente su taller en la Ciudad de los Almirantes. Allí, en el taller paterno y al igual que sus hermanos mayores, que llegaron a constituir una saga, realizó Pedro de Sierra su aprendizaje artístico. Pero sus aspiraciones profesionales le llevarían a separarse de la familia y frecuentar la Corte y su entorno, completando primero su formación en Segovia, junto al grupo de escultores franceses que trabajaban en La Granja, y seguidamente en Toledo junto a la familia toresana de los Tomé. De unos y otros iba a sintetizar las influencias que se evidencian en su obra, unos rasgos formales que se patentizan en su obra documentada, como en las figuras de plomo vaciado de los niños San Justo y Pastor, colocadas en la fachada de la iglesia toledana de la misma advocación, así como en la fachada y retablos de la iglesia de la Asunción de Rueda (Valladolid) o en la sillería del coro de la iglesia de San Francisco de Valladolid, hoy en el Museo Nacional de Escultura, trabajos que permiten relacionar a su autor con el retablo de la Epifanía.

     Como es habitual en otras obras religiosas realizadas en el resto de España en esta época, la aplicación del estilo Rococó a este retablo se realiza incorporando al lenguaje básico del Barroco ciertos rasgos superpuestos que no llegan a modificarlo en su esencia. Entre ellos la utilización de elementos decorativos de trazado ondulante y asimétrico; formas inspiradas en el arte oriental, como las rocallas; algunos elementos decorativos de origen chino que imitan contornos de piedras o conchas; el gusto por los mármoles veteados como signo de refinamiento, que son fingidos mediante pinturas en fustes y paramentos; la utilización preferente de tonos pasteles en las indumentarias y la aplicación a las superficies de pan de plata junto al oro tradicional. Todos estos elementos son apreciables en el retablo de los Reyes Magos de la iglesia del Salvador.

     Igualmente queda patente el gusto por los detalles más triviales en la composición de la escena, que pierde el carácter intimista y trascendental del periodo precedente para colocar a los personajes más pendientes del espectador que de lo que ocurre en su entorno, de modo que, a excepción del rey Melchor, todos dirigen su mirada al frente, como si posaran para un retrato. En efecto, este tratamiento produce una extraña sensación al percibirse alterada una iconografía tradicional, con una inexplicable gesticulación de los Magos en la presentación de sus ofrendas que más puede sugerir una consecución de trofeos o un brindis palaciego.

     A pesar de todo, el altorrelieve presenta toda la serie de ingredientes iconográficos tradicionales, con los personajes separados en dos grupos, a la izquierda del espectador la Sagrada Familia y a la derecha los Reyes, figuras que abandonan el concepto de simetría y que ocupan en altura la mitad del espacio, reservando la parte superior para los elementos de ambientación.

     En la composición destaca la figura sedente de María con el Niño apoyado sobre su rodilla izquierda, un tipo de representación que deriva de los modelos renacentistas y que es la figura más clasicista del relieve. El habitual rojo pasionario de la túnica se torna en un rosa pálido de gusto rococó, manteniendo un manto azul y una toca blanca que se agita por la espalda. El Niño es una figura dotada del movimiento amanerado característico en las figuras de ángeles realizadas en la época, una figura infantil en plena desnudez y con las piernas flexionadas hacia la izquierda. A la derecha de la Virgen se coloca San José, talla discreta que aparece resuelta a una escala ligeramente inferior, para insinuar profundidad, que sujeta en su mano el tradicional atributo de la vara florida. Su aspecto queda edulcorado con los colores azul pálido de su túnica y el salmón del manto, ofreciendo una refinada gesticulación cuya expresividad está muy alejada de los rotundos modelos que implantara Gregorio Fernández en los encargos solicitados por los conventos carmelitas tras la potenciación de su figura como padre ejemplar por Teresa de Jesús.

     Completamente original es la representación de los Reyes Magos, a los que el escultor coloca haciendo una exhibición de sus fastuosas ofrendas. Representan las tres edades del hombre y sus figuras evocan monarcas dotados de cetro y corona. Melchor está caracterizado como un hombre anciano con cabellos escasos y canosos y una larga barba. Aparece de rodillas después de haber depositado el cetro y la corona a los pies de la Virgen y luce una túnica larga en color gris azulado y un manto rojo que en su interior sugiere piel de armiño. En su gesto oferente parece querer destacar el valor del oro que porta en un lujoso recipiente dorado. Su posición permite contemplar por detrás a Gaspar, presentado como un hombre maduro, haciendo gala de sus atributos reales y levantando en su mano derecha el tarro plateado del incienso. Luce una camisa salmón que asoma por los cortes de las anchas mangas de una larga túnica azul y se cubre con un manto rosa que cuelga de hombro a hombro. Junto a ellos, en actitud ajena al momento de la ofrenda, se sitúa la figura de Baltasar, un joven monarca de raza negra y escala desproporcionada que aparece ataviado con una túnica corta, bermellón al exterior y azul al interior, y un manto blanco colocado caprichosamente sobre el hombro derecho, destacando su actitud de dirigir el paso al frente al tiempo que levanta un lujoso tarro de mirra, desvinculando su presencia de los personajes sagrados.

     El fondo arquitectónico presenta en primer plano un juego de columnas jónicas pareadas, cuyos capiteles acusan una posición imposible por defectos de perspectiva, un enorme portón en el lado contrario, por el que asoma un camello, y al fondo un ábside de lo que parece un templo con una torre adosada. Se completa con un celaje entre el que destacan composiciones de nubes recubiertas de pan de plata, de gusto rococó, grandes cabezas de querubines y la estrella de Belén, que emite rayos dorados que iluminan al Niño.

     En definitiva, una escena excesivamente convencional que muestra el gusto de una época por lo pintoresco, lo galante y lo trivial, sin complicaciones en el estudio psicológico de los personajes y con una preocupación preferente por los elementos decorativos, todo ello emanado de las formas de los trabajos que hicieron furor en los ambientes cortesanos. El retablo viene a demostrar los modos de trabajo del siglo XVIII, que aportaron a la tradición escultórica de Valladolid un estilo muy diferente al que difundieran las gubias de los históricos talleres barrocos, aquellos que nos legaron auténticos prodigios elaborados en madera policromada.

Informe y fotografías: J. M. Travieso.
(Registro Propiedad Intelectual - Código: 1201060856463)







Ficha artística:
RETABLO DE LA EPIFANÍA
Taller de Pedro de Sierra (1702-1760)
Hacia 1760
Madera policromada
Iglesia del Salvador, Valladolid
Arte Barroco-Rococó. Escuela cortesana

(Este artículo ha sido publicado en la revista "Aleluya", editada por la Asociación "Belenistas de Valladolid" en diciembre 2011).

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4 de enero de 2012

Música en enero: SANVEAN, de Lisa Gerrard (Dead Can Dance)





     Lisa Gerrard es una cantante y compositora australiana, nacida en Melbourne el 12 de abril de 1961, que fue integrante principal del desaparecido grupo Dead Can Dance.

     El registro de su voz de contralto es rico, asombroso, profundo, oscuro, triste y único. Durante sus más de veinte años de carrera ha recorrido desde el goticismo barroco a la fusión étnica, siempre creando un personal mundo etéreo. 

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2 de enero de 2012

Fastiginia: Plano del Campo Grande, 1787-1788, un documento de Diego Pérez Martínez


Estampas y recuerdos de Valladolid

     El espacio que ocupa el parque del Campo Grande ha estado vinculado a la historia de Valladolid desde sus orígenes. Sus terrenos han sido testigos de numerosos acontecimientos ocurridos a extramuros de la ciudad, en la salida de la puerta sur, también conocida como Puerta del Campo, después transformada en el Arco de Santiago. Como Campo de la Verdad acogió el cementerio reservado a musulmanes y judíos en la Edad Media, en él se erigió a finales del siglo XV el humilladero del Cristo de la Cruz, perteneciente a la Cofradía de la Vera Cruz y en el siglo XVI fue escenario de la quema de herejes por parte de la Santa Inquisición.

     Durante el siglo XVII fue un lugar de citas clandestinas para enconados duelos entre caballeros celosos de su honor, delimitándose todo su perímetro, especialmente desde el periodo del traslado de la corte a Valladolid (1601-1606), nada menos que con catorce complejos religiosos. Unos eran conventos, como los ocupados por los padres Agustinos Recoletos, las monjas franciscanas de Jesús y María, las monjas dominicas del Corpus, los Padres Capuchinos, las monjas dominicas de la Laura, los padres Carmelitas Descalzos, las monjas Comendadoras del Sancti Spiritus y las monjas Agustinas Recoletas; otros eran iglesias, como San Juan de Letrán y San Ildefonso; algunos colegios, como el de los padres Agustinos Misioneros y el de las Niñas Huérfanas; finalmente hospitales, como el de la Resurrección (Hospital General) y el convento-hospital de San Juan de Dios.

     En el siglo XVIII, cuando llegaron las nuevas ideas de la Ilustración, el consistorio decidió convertir el Campo Grande en un espacio para el ocio y la cita social, proyectando un parque con veredas arboladas que confluían radialmente en una gran rotonda central, con otra algo menor en lo que actualmente es la Plaza de Zorrilla, desde la que surgían dos avenidas con su correspondiente referente visual, una hacia la Puerta del Carmen (a la altura de la actual calle García Morato) y otra hasta la fachada de la iglesia de San Juan de Letrán. Con motivo de aquella plantación, fue realizado el plano por Diego Pérez Martínez entre 1787 y 1789, cuyo original se conserva en el Museo de Valladolid, que recoge con nitidez el trazado del parque y todos los asentamientos religiosos citados.

     Por entonces el proyecto se encontró con la resistencia de la sociedad puritana, heredera de una antigua sociedad sacralizada, que esgrimió una serie de opiniones que fueron publicadas por el "Diario Pinciano", convertido en portavoz de la Ilustración, que llegan a rozar lo surrealista. Estas son algunas de las curiosas razones discrepantes: "El Campo Grande no es sitio rural, sino plaza suburbana, rodeada de templos, monasterios y santuarios frecuentados por los fieles, que se retraerían de visitarlos si hubiese árboles"; "El plantío impediría la ventilación de los aires tan necesarios para la salud de los enfermos del hospital general"; "Si el Campo Grande fuese a propósito para plantíos, ya lo hubiera dado la Ciudad a foro para huertas"; "Este Campo es cañada real para el ganado trashumante".

     El plano de Diego Pérez Martínez no sólo es testimonio de las dificultades de las ideas progresistas que no atentaban contra ninguna instalación preexistente, sino también un documento excepcional para comprender la idiosincrasia del Valladolid antiguo y la localización de rincones históricos en una zona en que la ciudad cambió en el siglo XIX su aspecto conventual por otro de tipo burgués, siguiendo las corrientes europeas.

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31 de diciembre de 2011

DOMUS PUCELAE: Estadística de artículos publicados el año 2011


Estadística por tipo de información:

30 Informaciones de INTERÉS GENERAL.

29 ANUNCIOS DE VIAJES programados por Domus Pucelae.

25 Artículos de J. M. Travieso de la serie HISTORIAS DE VALLADOLID.

24 Monografías de Arte presentadas como una VISITA VIRTUAL.

18 Informaciones sobre EXPOSICIONES.

17 Audiciones, vídeos e informaciones de MÚSICA.

16 Informaciones de DOMUS PUCELAE.

13 Poemas recopilados en el RINCÓN DE LAS MUSAS.

13 Informaciones de la sección ESTUDIOS DE ARTE.

13 Reseñas sobre PUBLICACIONES propias y ajenas.

12 Retablo imaginario: ESTAMPAS Y RECUERDOS DE VALLADOLID.

10 Informaciones sobre MUSEOS DE CASTILLA Y LEÓN

8 Visitas a MONUMENTOS Y MUSEOS DE VALLADOLID.

8 VIAJE VIRTUAL a través de la red.

6 REPORTAJES DE VIAJES organizados por Domus Pucelae y remitidos por los socios.

1 Colaboraciones

1 Calendario laboral oficial Valladolid-Castilla y León.


747 fotografías como soporte gráfico, la mayor parte originales.

Colaboraron en la información: José Miguel Travieso, Santiago García Vegas, Miguel Ángel Lechuga, Antonio Adrados, Luis José Cuadrado, Jesús Santos, Jesús Sánchez y Concha Moretón.

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