3 de octubre de 2014

Visita virtual: SARCÓFAGO DE HUSILLOS, expresiva narración de un mito griego







SARCÓFAGO DE LA ORESTÍADA
Taller de Roma
Mediados siglo II d.C. (entre 126 y 175)
Mármol
Dimensiones: 2,04 m. longitud; 0,57 m. altura; 0,66 m. anchura
Museo Arqueológico Nacional, Madrid
Procedente de la Colegiata de Santa María de Husillos (Palencia)
Escultura funeraria romana importada a Hispania








Una de las mejores muestras del arte funerario romano halladas en España es el sarcófago que, procedente de la población de Husillos (Palencia), se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Se trata de uno de los sepulcros romanos más antiguos y de mayor calidad de la Hispania romana, seguramente importado de un taller de Roma en el siglo II, en tiempos de Adriano, por algún destacado personaje de la sociedad hispano-romana instalado en la meseta castellana. Está labrado en mármol blanco y profusamente decorado con diferentes escenas que muestran en altorrelieve el mito de Orestes. 

Su extraordinaria belleza fue un factor fundamental para su conservación, pues en el siglo X fue reutilizado en el claustro de la Colegiata de Santa María de Husillos para el enterramiento de Don Fernando Ansúrez, conde de Monzón y fundador de la misma. Allí permaneció hasta que en 1870, pese a la protesta popular de la población palentina, fue trasladado al Museo Arqueológico Nacional, donde ha sido preservado hasta nuestros días, figurando en la colección permanente del ámbito romano del recientemente remodelado y flamante museo.

LA ORESTÍADA DE ESQUILO ESCULPIDA EN MÁRMOL

Los relieves muestran episodios del mito narrado por Esquilo en "Las euménides", tercera tragedia de la Orestíada, cuyo asunto se relaciona con la muerte vengadora y el posterior remordimiento, narrando en clave un crimen familiar que origina la intervención de las Furias.

Las escenas, también narradas por Eurípides, se superponen unas a otras como un relieve continuo, destacando en el centro la figura desnuda y atlética de Orestes, hijo de Agamenón, rey de Micenas, y de Clitemnestra, que espada en mano acaba de dar muerte a su madre y a Egisto, amante de ésta, como culpables del asesinato de Agamenón a su regreso de la Guerra de Troya. A los pies de Orestes aparece abatida su madre con el torso desnudo y junto a ella Egisto, con el cuerpo desplomado hacia atrás en el asiento y los brazos extendidos. Acompaña a Orestes su leal amigo Pílades, que sujeta una espada y el manto de Egisto.

Dos personajes horrorizados son testigos de la matanza, una anciana nodriza colocada sobre Egisto, que huye asustada cubriéndose el rostro con la mano para no contemplar la masacre, y un joven sirviente agazapado, colocado junto a Clitemnestra, que esconde su rostro tras un escabel para protegerse de la ira de Orestes. A la derecha, entre cortinajes colgantes, aparecen dos Furias o Erinias, las temidas diosas vengadoras que perseguían acosando y atormentando a los parricidas. Una de ellas acerca una serpiente a Orestes, que espantado gira su cabeza y hace un ademán de protegerse, mientras que otra porta una antorcha.

La narración continúa en la parte izquierda, donde sobre un montículo, posible monumento funerario de Agamenón, el perseguido Orestes aparece de pie, apoyado en una roca y dormido por la fatiga, aunque los remordimientos le acompañan durante el sueño. A su lado descansan las Furias que reclamaban venganza y que le hicieron abandonar el país, agotadas por la incesante persecución. En el extremo derecho aparece de nuevo el joven Orestes, que tras el rito de purificación y de consultar su destino en el Oráculo del templo de Apolo de Delfos, pasa sigilosamente sobre el cuerpo de una de las Furias que dormita recostada en el suelo, gracias a un hechizo de Apolo.

Los episodios de la Orestíada se continúan en los laterales del sarcófago. En la parte izquierda se relata el juicio de Orestes en el Areópago de Atenas, ofreciendo el momento en que la diosa Atenea deposita en la urna su voto favorable a Orestes, gracias al cual el héroe fue absuelto y pudo regresar a su patria. La historia termina en el lateral derecho, donde Orestes y Pílades son conducidos maniatados por un guardia escita y condenados a muerte en honor de Artemisa como final de sus desventuras en Taúride, donde Orestes reconoció en la sacerdotisa a su propia hermana Ifigenia.

LA PLÁSTICA Y EL RITO FUNERARIO ROMANO

Desde el siglo II, sobre todo durante la época del emperador Adriano (117-138), se produjo un cambio en el ritual de los enterramientos del mundo romano por influencia de las religiones y prácticas orientales, pasando del rito de la incineración y posterior recogida de las cenizas al de inhumación, lo que motivó la masiva elaboración de sarcófagos en los que los artistas comenzaron al representar en el frente y laterales escenas de significación escatológica, con temas referidos al mundo del más allá, con el deseo de que el difunto fuera purificado por los dioses o bien procurando la inmortalidad del finado relacionándole con los míticos héroes griegos.
Una práctica bastante frecuente, con un significado difícil de interpretar, fue la representación de tragedias familiares ligadas a la muerte vengadora y el posterior arrepentimiento, como ocurre en este caso, posiblemente para expresar a través de la trágica historia la tristeza por la muerte de un ser querido y así perdurar en la memoria de los vivos.

Este tipo de sarcófagos fueron bien acogidos sobre todo por las familias aristocráticas, especialmente por sus posibilidades decorativas, eligiendo los temas representados en función de sus creencias, oficio, posición social, poder económico, etc. Después, a lo largo de los siglos, los sarcófagos adoptaron una variada tipología y diferente temática según el gusto imperante en cada momento, especialmente a partir de la adopción del cristianismo.

En el mundo romano la muerte, como en otras civilizaciones, era algo cotidiano y cercano, siendo una preocupación el conseguir unos funerales adecuados y una sepultura digna. Para ello, las clases modestas se asociaban en corporaciones a las que pagaban pequeñas cuotas para ver cumplido su deseo de honrar al difunto llegado el momento. El cadáver era preparado y expuesto en el atrio de las casas. En el caso de las clases altas se sacaba un molde de cera del rostro y se le introducía en la boca una moneda con la que pagar a Caronte en el viaje al más allá. El finado era colocado en una litera o camilla para el entierro, con un cortejo fúnebre de músicos, mimos, plañideras,  familiares, amigos y esclavos que lo acompañaban a su última morada. En el caso de ser un personaje destacado, se realizaba una parada en el Foro o lugar público para pronunciar un panegírico dedicado al difunto. Esta procesión fúnebre era también un modo de manifestar la clase social del difunto, más opulenta y lujosa cuanto más poderosa y adinerada fuera la familia1.

En el caso de incineración, el cuerpo se colocaba en una fosa, sobre una pira de leña y posteriormente la cenizas eran introducidas en una urna que era depositada en un monumento funerario o enterrada en el suelo. En el caso de inhumación, práctica extendida desde el siglo II, se le introducía vestido con sus mejores galas dentro de un sarcófago con tapa que por razones de salubridad era colocado en los márgenes de las vías y calzadas de acceso a la ciudad, concluyendo el rito con la purificación de la vivienda por la familia y la realización de una serie de rituales.

Reflejo de aquellos ritos, se cuenta con una importante colección de sarcófagos romanos que, como en el resto del Imperio, se utilizaron en la Península Ibérica, siendo los más atractivos aquellos que muestran escenas historiadas en las que predominan los motivos iconográficos religiosos y mitológicos, siendo el sarcófago de Husillos uno de los más notables por la calidad de su labrado y la síntesis narrativa del mito clásico.  


Durante la Edad Media, la belleza clásica del Sarcófago de la Orestíada de Husillos debió de impactar a algunos maestros escultores románicos, que a su modo reprodujeron en capiteles del entorno geográfico un repertorio moralizante basado en este mito clásico, con unas figuras portando clámides y espadas, otras desnudas e incluso Furias enarbolando serpientes. El tema es reconocible en un capitel que procedente del ábside de San Martín de Frómista se guarda en el Museo de Palencia, con un estilo que se repetiría en la catedral de Jaca y se extendería después por todo el Camino de Santiago.  


Informe y fotografías: J. M. Travieso.






NOTAS

1 SÁNCHEZ, Mª Ángeles. Sarcófago romano de Husillos. Museo Arqueológico Nacional. Departamento de Difusión, Madrid, 2009.
















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