23 de diciembre de 2016

Theatrum: COLECCIÓN DEL DIVINO INFANTE, buena dosis de ternura y humanidad








IMÁGENES EXENTAS DEL NIÑO JESÚS
Varios autores anónimos
Siglos XVII al XIX
Madera policromada, postizos y orfebrería
Museo del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, Valladolid
Escultura barroca española y napolitana; escultura devocional decimonónica








Imágenes napolitanas del Niño Jesús, siglo XVIII
Uno de los museos más desconocidos de Valladolid, incluso por los propios vallisoletanos, es el del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, a pesar de su céntrica localización y de ofrecer al visitante las tres únicas pinturas de Goya existentes en Castilla y León, obras emblemáticas de su oferta museística. Sin embargo, si hay algo que le hace diferente, es la originalidad de muchas de las obras que ofrece, siendo la copiosa colección de esculturas del Divino Infante una de las más relevantes.

En otras ocasiones nos hemos referido, de forma genérica, a la iconografía del Niño Jesús como un subgénero con sus propias peculiaridades dentro del arte católico, poniendo un especial énfasis en determinadas obras escultóricas elaboradas por renombrados autores españoles y aludiendo a los desaparecidos rituales litúrgicos y lúdicos practicados con ellas en las clausuras femeninas. En esta ocasión queremos fijar nuestra atención en una serie de niños casi "expósitos" que nos esperan anhelantes en sus vitrinas para contarnos con su silencio una vieja historia de afectos y devociones.

Hubo otro tiempo en que durante las procesiones del Corpus, pero sobre todo en las celebraciones ligadas al Adviento y la Navidad, se producían intramuros de las clausuras femeninas unos rituales con su propia tradición y codificación, cuyo protagonismo absoluto recaía en las imágenes exentas del Niño Jesús. Es lo que Letizia Arbeteta1 ha definido acertadamente como la "Navidad oculta".

Antes hemos de recordar que la iconografía del Niño Jesús aislado se gestó en el siglo XIV, aunque alcanzaría un considerable desarrollo en el XV, cuando comienzan a ser elaboradas como figuras exentas tanto en territorios centroeuropeos como en Italia. A finales del siglo XV, y especialmente en la primera mitad del siglo XVI, se hicieron muy populares unas pequeñas esculturas elaboradas en talleres de la ciudad flamenca de Malinas, asentamiento de una corte renacentista donde el emperador Carlos fue criado junto a su tía Margarita de Austria, circunstancia que por un lado favoreció la presencia de personajes de la administración real, lo que estimuló el asentamiento de talleres artísticos de gran refinamiento, y, por otro, el posterior envío de estas piezas a España2.

Niño Jesús Durmiente, s. XVIII
Las estatuillas del Niño Jesús de Malinas eran realizadas en talleres especializados —en madera y marfil—, cuya talla y policromía pasaban un preceptivo control del correspondiente gremio. Desde la ciudad flamenca se distribuían a otros territorios, entre ellos a España, donde llegaban a las legendarias ferias de Medina del Campo, Barcelona, Valencia y Sevilla (puerto conectado con Amberes), desde donde salieron algunas piezas para territorios hispanoamericanos3.

Aquellas pequeñas figuras infantiles de Malinas, de cuerpo estereotipado y rasgos orientales, donde el Niño Jesús era presentado como Salvator Mundi, bendiciendo y sujetando un globo terráqueo, nada tenían que ver con las experiencias italianas del Quattrocento, donde a partir de las recreaciones en bronce de Andrea del Verrocchio de algunos amorcillos romanos para ser colocados en fuentes, estos modelos se adaptarían a la iconografía cristiana, siendo Desiderio de Setignano —formado en el círculo de Donatello— el pionero el elaborar imágenes del Niño Jesús en madera y mármol con los atributos de la Pasión, recogiendo el testigo Francesco di Simone Ferrucci, igualmente autor de infantes en mármol.

Niño Jesús del Pesebre, s. XVII
La interpretación renacentista respondía a una nueva religiosidad que, abandonadas las antiguas pautas de piedad por influencia de las corrientes humanistas, se centró en exaltar la realidad humana de Cristo para ofrecer una nueva visión del mundo considerando que, para valorar convenientemente su sacrificio, era necesario ante todo tener en cuenta su humanidad. En ello coincidirían pensadores tan dispares como Erasmo de Rotterdam, Martín Lutero y Teresa de Jesús. Ello explica que en el siglo XVI comenzaran a proliferar imágenes del Divino Infante en total desnudez como recurso para resaltar su fragilidad humana, generalmente con un tratamiento de calculada ternura que se canalizaría a través de diversos arquetipos muy aptos para la devoción individual en oratorios privados o en la intimidad de las clausuras.

Niño Jesús "Manolito", siglo XIX

Durante el siglo XVII las esculturas exentas del Niño Jesús llegarían a convertirse en un auténtico fenómeno iconográfico de marcado acento español y su área de influencia como respuesta a los ideales de la Contrarreforma, hecho al que no fueron ajenas las recomendaciones de Teresa de Jesús en sus fundaciones. De modo que se extendió la afición por este tipo de representaciones, que paulatinamente se fueron ampliando y diversificando con nuevas modalidades, técnicas y materiales, llegando a incorporar postizos para realzar su realismo y los más variados elementos de atrezo y ornato, entre ellos elaboradas piezas de orfebrería y costosos encajes y bordados.


A pesar de que como subgénero escultórico hasta tiempos recientes ha sido desdeñado por los historiadores, no hay que olvidar que imágenes del Niño Jesús salieron de las gubias de los más grandes maestros del barroco español, que definieron su propia tipología. Entre otros podemos citar a Gregorio Fernández en Castilla y a Juan Martínez Montañés, Juan de Mesa, Alonso Cano, Pedro de Mena, José Risueño y la Roldana en Andalucía, teniendo que recurrir algunos de ellos a la producción seriada en peltre para atender la enorme demanda, que en gran parte era atendida por todo un ejército de escultores anónimos que emulaban las creaciones de los grandes maestros.

Las innumerables esculturas barrocas del Niño Jesús le suelen presentar desnudo, aunque en diferentes actitudes que después serán comentadas, siendo excepcionales los casos en que aparece tallada la indumentaria, como ocurre en el Niño Jesús de Gregorio Fernández del convento de Santa Teresa de Valladolid o en los sedentes conservados en el Museo Diocesano de Zamora, en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid o en el Monasterio de Santa Clara de Carrión de los Condes, por citar algunos de ellos.

Las piezas más frecuentes presentaban un desnudo infantil básico, sobre una rica peana, sobre el que se operaba un juego de transformación que permitía adaptar la imagen al calendario litúrgico o caracterizarle con determinados atributos con los que adquiría distintos significados, siempre a través de trabajos artesanales realizados por las monjas o benefactores, lo que dio lugar a la formación de abundantes ajuares en cada comunidad.
Dicho juego de transformación alcanzaba su máxima expresividad y riqueza a lo largo del siglo XVIII, cuando las imágenes infantiles recibieron la influencia de la moda cortesana de aire rococó, incorporando pelucas, ricas y exóticas telas en su indumentaria e innumerables aderezos de ricos metales y materiales preciosos, reflejando el mismo gusto por la transformación que en los ambientes cortesanos del momento. Un importante centro productivo de imágenes exentas del Niño Jesús de estilo tardobarroco se configuró en Nápoles —contemporáneo a la producción de los peculiares belenes napolitanos—, desde el que llegaron numerosas piezas a conventos y palacetes españoles.

Niños Rey de Reyes y Salvator Mundi, siglo XVII
Este fervor por las imágenes del Divino Infante se continuaría durante el siglo XIX, ocupando un lugar destacado en la producción los abundantes talleres especializados en imaginería religiosa aparecidos en el entorno de Olot (Gerona), origen de la distribución por toda España de unos arquetipos de imagen vestidera — cap i pota— basados en la estructura de un maniquí articulado en la que sólo cabezas, pies y manos aparecen talladas, siempre con un aspecto almibarado y aptos para recibir infinitos acabados de vestuario y aderezos. Estas esculturas de pequeño formato y de barata producción se prodigaron por conventos, oratorios privados y casas burguesas, incorporando para su protección, junto a las tradicionales vitrinas, la modalidad de fanales o campanas de cristal.
  

Niño Jesús, talleres napolitanos, siglo XVIII
La tipología del Divino Infante responde a tres arquetipos diferentes —recostado, sedente y erguido— para cuya elaboración se recurre a materiales muy variados, desde los más consistentes, como mármol, alabastro, terracota, estuco, metales preciosos, peltre, plomo y marfil, a los más endebles realizados en papelón, pasta de maíz y cera, aunque en el arte hispano predominan los tallados en madera y acabado policromado, adaptándose todos ellos en cada época a los cánones estéticos y estilísticos imperantes en cada territorio. Sobre la base de una escultura en plena desnudez, será la serie de postizos añadidos —vestuario real, encajes, bordados, pelucas, coronas, potencias, objetos, joyas, amuletos, animales, guirnaldas, etc.— los que definan la caracterización de cada figura hasta adquirir un aspecto que llega a ser desbordante, siempre bajo la premisa de la naturaleza humana de Jesús.

Niño Jesús Rey de Reyes, s. XVIII
En una síntesis necesaria, citaremos entre las modalidades más extendidas la del Niño del Pesebre, la más humanizada, que le presenta recostado —en ocasiones durmiente o enfajado— sobre una humilde cuna o sobre lujosos lechos de corte aristocrático, extendiendo su apariencia a niños sentados, generalmente con un semblante risueño, que las religiosas mimaban como si de un bebé real se tratara. Esta tipología tiene su extensión en niños presentados como un escolar aprendiendo a leer e incluso como Divino Maestro.

Muy frecuente es el niño Salvator Mundi, erguido, en actitud de bendecir y sujetando un simbólico globo terráqueo, generalmente transformado en Rey de Reyes con los atributos de un rey o emperador, como corona, rica túnica bordada y manto, a partir del siglo XVIII sujetando en ocasiones un cetro o presentado de forma sedente sobre un rico trono y con los pies descansando sobre un cojín, generalmente con una expresividad extraordinaria. 
San Juanito, s. XVIII

Ajustándose a esta modalidad aparecen también las figuras de San Juanito, que recibe idéntico tratamiento, con el vestuario debidamente adaptado y en ocasiones formando grupo con el Niño Jesús, según una iconografía popular compartida por la pintura. Otra derivación es el Niño Eucarístico, especialmente concebido para las celebraciones del Corpus, que se suele acompañar de un cáliz, un manto y un estandarte, un aspecto que alude al misterio de la Resurrección.

Una tipología muy bien definida es la del Niño Pasionario, que con el rostro entristecido y un gesto lloroso y melancólico —mirada a lo alto y lágrimas de resina o cristal sobre sus mejillas, porta los atributos de la Pasión —corona de espinas, cruz, esponja, lanza, clavos, columna, escalera, etc.— para evidenciar su condición humana, una iconografía que puede resultar un tanto despiadada por vincular a Jesús con la tortura de la cruz desde la niñez, algo que encuentra su explicación en el objetivo de conmover e inducir a la meditación. 
Niño Jesús Peregrino y Niño Jesús Pasionario, s. XVIII
Como variante de esta tipología también aparece el Niño Durmiente, generalmente recostado sobre una cruz y sumido en un profundo sueño, aunque en ocasiones reposa sobre una calavera o un corazón para recordar la fugacidad de la vida terrenal o su generosa entrega redentora para alcanzar el sueño de la vida eterna. 

Todas estas modalidades se entremezclan con una gran variedad de adaptaciones que las figuras infantiles recibían en el interior de las clausuras, donde la indumentaria y los accesorios elaborados por las monjas les conferían diferentes caracterizaciones, dando lugar a un extenso catálogo en el que el Niño Jesús puede aparecer como Buen Pastor, pastorcillo, peregrino, abogado, hortelano, cocinero, fraile, sacerdote, obispo, papa, etc. 
Detalle de Niño Jesús Pasionario, s. XVIII
A partir del siglo XVIII estas imágenes acentuaron el uso de postizos, incorporando pelucas reales junto a los ojos de cristal, destacando los ejemplares llegados desde los prestigiosos talleres napolitanos. Los valiosos ajuares de estas imágenes reportan grandes valores etnográficos y antropológicos, reflejando, como ningún otro tipo de imágenes, la sincera relación de la religiosidad de cada época con el arte.

Este tipo de imágenes del Divino Infante adquiría su auténtica significación en el interior de las clausuras femeninas, donde muchas eran aportadas a la comunidad durante el ingreso de las religiosas, junto a cajas de costura, como dote simbólico a su nuevo "Esposo", dependiendo de las posibilidades económicas de las respectivas familias la calidad del escultor encargado de la talla y la riqueza de sus accesorios. Otras ingresaban en los conventos como donaciones de algunos benefactores, de modo que su presencia se implantó en todas las dependencias del convento: cocina, costura, lavandería, coro y en las propias celdas, teniendo asignadas algunas imágenes el servicio de una camarera que se encargaba de su aderezo y conservación durante todo el año.

Detalle de Niño Peregrino y "Manolito", siglos XVIII y XIX
En los espacios restringidos de las clausuras, en torno a las imágenes del Niño Jesús, se fueron configurando toda una serie de rituales piadosos, determinados por cada comunidad, que abarcaban desde el Adviento a la fiesta de la Purificación de la Virgen o Candelaria (2 de febrero), con dos fases especialmente activas: durante el tiempo de Adviento, periodo de la Expectación, y durante la Natividad y Epifanía, periodo de Celebración o Pascua.

Entre las actividades del Adviento se encontraba como primera tradición la "Canastilla mística", incitación a las religiosas a elaborar con sacrificio una prenda u ornato para una imagen del Niño Jesús. En torno al 16 de diciembre seguían las "Jornaditas", con procesiones de las figuras engalanadas de la Virgen y San José por las celdas, evocando el rechazo en la búsqueda de posada. 
Niño Jesús Salvator Mundi, siglos XVI y XVII
El 18 de diciembre se celebraba la "Expectación del Parto" o día de la O, una de las fiestas marianas más antiguas de España, donde se entonaban los primeros villancicos. Finalmente la tradición del "Niño de las celdas", en que la superiora o abadesa depositaba una imagen del Niño Jesús, llevada en procesión diaria, en cada una de las celdas, siendo recogida sucesivamente por cada una de las monjas, que realizaban un retiro, terminando la ceremonia el 23 de diciembre con el retiro de la priora.

Las celebraciones continuaban en la Navidad, cuando el 24 de diciembre estaba colocado el belén y los Niños lucían sus canastillas, siendo el momento de los cánticos y de algún plato especial de la cocina. El día de Navidad se sacaban los mejores paños y objetos de orfebrería para la misa y una imagen del Niño Jesús presidía el refectorio, pasando después por todas las celdas para recibir de cada monja un verso que relataba los principales acontecimientos del año. En algunos conventos se celebraba el día 28 los Santos Inocentes y el día 30 la Sagrada Familia, practicándose el "Juego del Niño Perdido", en alusión a la pérdida de Jesús en el Templo, consistente en esconder una imagen del Niño Jesús que la afortunada en encontrarla podía conservar durante un tiempo en su celda.

Niño Jesús Sacerdote y Niño Jesús Obispo, s. XVII
El ciclo terminaba el 1 de enero con la celebración del Nombre de Jesús. Para ello se entronizaba una imagen del Niño Jesús y se le rendía culto con el apelativo de "Manolito", nombre cariñoso derivado de Emmanuel. Tras la fiestas de los Reyes Magos y de la Purificación de María, conocida como la Candelaria, las imágenes del Niño Jesús, que recibían cariñosos apodos de las monjas, volvían a ocupar los arcones junto a sus ajuares. De todos estos ritos algunas comunidades todavía siguen practicando algunos, aunque en realidad todo esto ya es historia, pasando a convertirse las mejores imágenes en piezas codiciadas de museos.

De todas las modalidades citadas de la peculiar iconografía del Divino Infante, en el Museo del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid se presentan numerosos ejemplares ilustrativos de diferentes modalidades, épocas y materiales de los siglos XVII al XIX, con el acicate de conservar las arcas con los ajuares confeccionados a lo largo del tiempo por las monjas cistercienses que lo habitan, siendo especialmente llamativa la colección de zapatitos bordados. 
Niño Jesús como Buen Pastor, marfil indo-lusitano, s. XVII

     En la colección —más de una treintena de figuras expuestas— aparecen expresivas representaciones de las modalidades del Niño del Pesebre, Salvator Mundi, Rey de Reyes, Manolito y Niño Pasionario, figurando entre estos últimos bellos ejemplares napolitanos del siglo XVIII en perfecto estado de conservación.
No faltan caracterizaciones del Niño Jesús como sacerdote, obispo o peregrino, así como espléndidas imágenes de San Juanito y un Niño Jesús como Buen Pastor rodeado de animales, marfil indo-lusitano del siglo XVII lleno de exotismo. Algunos de ellos aparecen preservados en sus vitrinas y fanales originales. 

En este silencioso rincón de Valladolid todavía es posible recomponer mentalmente los desaparecidos rituales navideños en el interior de la clausura y apreciar el alcance artístico y devocional que las peculiares representaciones del Niño Jesús tienen en el panorama del arte español, en este caso ilustrado con buenos ejemplos de los vestidos, joyas, amuletos y un sinfín de variados objetos que las religiosas del monasterio les fueron incorporando con pasión y ternura.  

Ajuares del Niño Jesús bordados por las monjas

Informe y fotografías: J. M. Travieso.




NOTAS

1 ARBETETA, Letizia: La Navidad oculta. Los Niños Jesús de las clausuras toledanas. Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Toledo, 1999.

2 MANRIQUE FIGUEROA, César: Tres casos de difusión y presencia de esculturas flamencas fuera de Europa continental. Atrio, Revista de Historia del Arte 13 y 14 (2007/2008), pp. 71-82.

3 GORIS, J.A.: Étude sur les colonies marchantes meridionales (portugais, espagnols, italiens) à Anvers de 1488 a 1567. Librairie Universitaire, Lovaina, 1925, pp. 283-284.

Zapatitos del Niño Jesús bordados
















Aspectos de las salas dedicadas a las imágenes del  Niño Jesús





























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