13 de febrero de 2015

Theatrum: ÁNGELES Y DEMONIOS, repertorio iconográfico en Valladolid (II)

Arcángel San Miguel. Gregorio Fernández, 1606
Retablo mayor de la iglesia de San Miguel, Valladolid

1  ARCÁNGEL SAN MIGUEL
Gregorio Fernández, 1606
Retablo de la iglesia de San Miguel, Valladolid

La magnífica imagen de San Miguel que preside el retablo mayor de la iglesia del mismo nombre, formó parte del primer gran retablo encargado a un joven Gregorio Fernández recién instalado en Valladolid, que firmó el contrato el 26 de octubre de 1606 contando con el aval de los ensambladores Juan de Muniátegui y Diego de Basoco2, mientras la arquitectura del retablo había sido comprometida por 454,54 reales veinte días antes con el ensamblador Cristóbal Velázquez. Su destino era la primitiva iglesia de San Miguel (ubicada en el centro de la actual plaza de San Miguel), que fue reedificada en el siglo XV y derribada en el siglo XVIII.

Para dicho retablo y previa presentación de los bocetos en pequeño formato, en cera o yeso, a Mateo de Vargas, mayordomo de la iglesia parroquial, Gregorio Fernández se comprometía a tallar las imágenes de San Pedro, San Pablo, San Felipe y Santiago, así como un Calvario con la figura del Padre Eterno para el ático que estaría acompañado en los laterales por los arcángeles San Gabriel y San Rafael, cobrando por cada una de las figuras 365 reales. Se añadía un tabernáculo decorado con pequeñas figuras de los Cuatro Doctores de la Iglesia y cinco Virtudes, todo ello por 730 reales. Las imágenes y el retablo fueron doradas y policromadas por el pintor Francisco Martínez, según contrato firmado el 16 de noviembre de 1618, realizando también para el mismo retablo una serie de lienzos con los temas de San Miguel en el monte Gárgano, San Miguel apareciéndose al obispo de Siponte, la Anunciación, el Nacimiento, cuatro Virtudes, San Antonio, San Francisco y dos ángeles turiferarios, de los cuales sólo se han conservado los cuatro primeros.

Arcángel San Miguel en el retablo. Gregorio Fernández, 1606
Iglesia de San Miguel, Valladolid
En este proceso de elaboración del retablo y de los trabajos de policromía no se cita la imagen de San Miguel, por la que el escultor cobró 604 reales, lo que hace presuponer que ya había sido contratada y policromada previamente, influyendo en el posterior encargo de la totalidad del retablo. El grupo de San Miguel derrotando a Lucifer fue tallado por Gregorio Fernández y policromado por Francisco Martínez, que contó con la ayuda de Pedro de Salazar y cobró por el trabajo 610 reales.

La escultura muestra al arcángel alado y triunfante, revestido a la romana y sujetando una lanza cuya punta hunde en la garganta del diablo, mientras en su mano derecha porta un escudo con el anagrama de su nombre: QSD (Quis Sicut Deus, ¿quién como Dios?). La figura muestra un diseño de concepción manierista pleno de elegancia por el movimiento cadencioso del cuerpo, la elevación del brazo derecho, la colocación de la pierna izquierda sobre el vencido y el giro de la cabeza, con un apreciable estudio anatómico tanto en la figura del arcángel como en la desnudez de Lucifer, en este caso representado con caracteres andróginos y con un brazo levantado a lo alto en gesto suplicante. En el grupo destaca el fino diseño de las cabezas, ambas con idealizadas facciones y con cabelleras abultadas formadas por grandes rizos, así como por el lenguaje de las manos, una constante en la obra del escultor.

Trabajada en bulto redondo y con un acabado impecable, la obra muestra el grado de madurez alcanzado por el escultor en su primera etapa, cuando rondaba los 30 años, que sin duda afinó en su trabajo de representación del patrono de Valladolid. Parece claro que en esos años Gregorio Fernández acusaba una clara influencia de Pompeo Leoni, presente en Valladolid para decorar algunos salones del nuevo Palacio Real, evocando la imagen de San Miguel el célebre grupo de Carlos V dominando al Furor (Museo del Prado), terminada de elaborar por el milanés en 1564.

Retablo de la iglesia de San Miguel, Valladolid
El tema de San Miguel fue repetidamente abordado por el artista, que fue depurando el modelo en los posteriores ejemplares destinados a la iglesia de Brahojos (Madrid), San Miguel de Vitoria y la Colegiata de Alfaro, aunque este modelo vallisoletano fue repetidamente copiado y convertido en fuente de inspiración de otros escultores, haciéndose en el propio círculo de Gregorio Fernández versiones miméticas del grupo, como las conservadas en Serrada (Valladolid) y en la propia iglesia de San Miguel de Valladolid.

La escultura, junto a las otras que integraban el retablo, permaneció en el antiguo templo hasta que a mediados del siglo XVIII fueron expulsados los jesuitas y la iglesia de San Ignacio quedó libre. El 11 de septiembre de 1775 la primitiva parroquia de San Miguel se trasladó al templo jesuítico y esta imagen de San Miguel pasó a ocupar el lugar que ocupara la de San Ignacio, siendo también trasladadas las figuras de los cuatro apóstoles a las hornacinas del retablo y las de los arcángeles del ático colocadas en la embocadura de la capilla mayor, formando parte del conjunto que ofrece en la actualidad.

Arcángel San Miguel. Taller de Gregorio Fernández, 1er. cuarto s. XVII
Sacristía iglesia de San Miguel, Valladolid
2  ARCÁNGEL SAN MIGUEL
Taller de Gregorio Fernández, primer tercio del siglo XVII
Sacristía de la iglesia de San Miguel, Valladolid 

Este grupo escultórico repite miméticamente la extraordinaria creación de Gregorio Fernández, tanto en la figura del arcángel como en la del ángel caído, aunque a una escala bastante inferior. Debió ser realizada en el taller de Gregorio Fernández por alguno de sus seguidores, si no por él mismo, poniendo de manifiesto que cuando una obra causaba admiración era repetidamente reclamada exigiendo la mayor fidelidad posible al original, descartándose, por la perfección del acabado, que pudiera tratarse del boceto previo a la realización del San Miguel titular a gran escala.

En este caso apenas se observan pequeñas variantes, especialmente en el diseño de la lanza-cruz y la rodela, que aquí adopta la forma de una cartela con los extremos recurvados. San Miguel aparece victorioso con una actitud de contrapposto que le proporciona una serenidad contrapuesta a la agitación y dinamismo de Lucifer, siguiendo la tradición medieval de presentar al demonio vencido a los pies.
Tanto la coraza como la túnica y el manto ofrecen depuradas labores de estofado que hacen aflorar el oro subyacente dando al arcángel un aspecto sobrenatural. Es en las carnaciones donde el modelo ofrece matices diferenciadores a la obra original pintada y dorada por Francisco Martínez, puesto que a los tonos rosáceos de San Miguel, que incluye ojos de cristal, se opone el tono tostado y rojizo del cuerpo de Lucifer, con los ojos pintados y recostado sobre brasas candentes en alusión el infierno.
En esta obra se aprecia la puesta a disposición, por parte del escultor, de sus facultades en el oficio de imaginero para plasmar de forma tangible los ideales propugnados por la Contrarreforma, ofreciendo con ella la imagen del triunfo de la Iglesia Católica.

3 y 4  ARCÁNGEL SAN GABRIEL Y ARCÁNGEL SAN RAFAEL
Gregorio Fernández, 1606-1607
Embocadura de la capilla mayor de la iglesia de San Miguel, Valladolid

Esta pareja de esculturas son los mejores ejemplares, sin lugar a dudas, de la iconografía angélica en Valladolid. Con ellos podríamos establecer cierto paralelismo con el destino de dos de los ángeles pasionarios realizados por Bernini para el Puente de Sant'Angelo de Roma sesenta años después, cuya belleza cautivó al papa Clemente IX, que decidió preservarlos para su deleite y el de toda la ciudad en el interior de la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte, a salvo de las inclemencias del tiempo.

Como ya se ha dicho, las figuras de estos dos arcángeles fueron elaboradas por Gregorio Fernández, según el contrato firmado en 1606, para ser colocadas en el ático del retablo de la primitiva iglesia de San Miguel, que había sido reedificada en el siglo XV, donde estuvieron colocadas desde que fueran policromadas en 1618 hasta 1775, año en que fueron trasladadas al templo jesuítico de San Ignacio que por entonces tomó la advocación de San Miguel. No siendo posible su incorporación al retablo, por su extraordinaria belleza fueron colocadas sobre peanas exentas a los lados de la embocadura de la capilla mayor, cumpliendo la misma función que los ángeles turiferarios tan de moda en la época. Con ello se preservaron para el futuro y se pusieron al alcance del espectador a una distancia sensiblemente más corta que en lo alto del ático del retablo.

La presencia de San Gabriel y San Rafael responde al afán de Gregorio Fernández por completar, junto al San Miguel titular, el trío de arcángeles que representan el poder civil, religioso y militar, a los que tiempo después, en el retablo de la catedral de Plasencia, incorporaría la presencia de Uriel para significar la extensión de la redención de Cristo a los cuatro puntos cardinales.

San Gabriel es el arcángel por excelencia en su relación con los hombres, función explícita en su propio nombre: "mensajero de Dios". Como tal fue el portador de diversos mensajes divinos, como el anuncio a Zacarías del nacimiento de su hijo Juan el Bautista y a la Virgen del nacimiento de Cristo, incluyendo el anuncio a los pastores. En la iconografía de Gregorio Fernández afloran reminiscencias de las representaciones del dios olímpico Hermes, Mercurio para los romanos, en su función de mensajero, especialmente en la presencia de alas y en el portar como atributo el mágico caduceo, elementos reconvertidos en las alas del arcángel, en el cetro rodeado de una filactería con un mensaje escrito que sujeta en su mano derecha y en la elevación del brazo izquierdo indicando con el dedo el origen divino de su mensaje, elementos expresados con enorme sutileza por el genial escultor.

Al carácter etéreo de San Gabriel se contrapone la figura de San Rafael, un ángel de vinculación más terrenal por haber tomado forma humana para proteger al joven Tobías, por extensión protector de todos los jóvenes en el camino de la vida, motivo por el que es representado al paso como un peregrino, con esclavina, con un zurrón a la cintura y sujetando un bordón, además del pez con el que curó al anciano Tobías y que le define como el arcángel médico.    
  
Las dos figuras presentan un elegante movimiento corporal basado en el contrapposto, con una línea serpentinata recorriendo sus anatomías haciendo que se muevan con naturalidad en el espacio y con ademanes cadenciosos de aire manierista, adquiriendo una importancia fundamental el expresivo lenguaje de las manos, dobladas en las muñecas y con dedos arqueados. A la belleza de sus cabezas, cubiertas con largos cabellos que forman una corona de abultados rizos, con cuellos excesivamente alargados por estar concebidos originariamente para ser vistos en el ático del retablo, se unen las elegantes indumentarias con abundantes y suaves plegados, adoptando San Gabriel el modelo de túnicas superpuestas, una corta y otra larga, que acabarían imponiéndose en las figuraciones angélicas vallisoletanas, mientras que en la imagen de San Rafael la túnica exterior se sustituye por una esclavina abotonada al cuello. En líneas generales hacen recordar ciertos modelos creados en Madrid por Pompeo Leoni en bronce, en este caso con una policromía preciosista aplicada por el pintor Francisco Martínez en 1618.

(Continuará)

Informe y fotografías: J. M. Travieso






NOTAS

2 URREA FERNÁNDEZ, Jesús. Valladolid, Capital de la Corte (1601-1606). Cámara de Comercio e Industria de Valladolid, Valladolid, 2002, p. 157.





















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11 de febrero de 2015

Museo Nacional de Escultura: inauguración de la ampliación de la colección permanente, 15 de febrero 2015


MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. COLEGIO DE SAN GREGORIO
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid

En este mes de febrero se inaugurarán seis nuevas salas, situadas en la planta baja del patio del colegio, con más de cien obras de arte, documentos y fotografías. Bajo el título Historia del Museo, se dedicarán tres de las salas al relato histórico de la creación del Colegio, analizando su papel desde la perspectiva arquitectónica, su papel en la intelectualidad del siglo XVI y su transformación en Museo Nacional de Escultura.
Tanto la historia de su sede, el Colegio de San Gregorio, sobre todo en el período del Siglo de Oro, como la del Museo mismo, ya en los siglos XIX y XX, están estrechamente ligadas a la historia de España. Desde su fundación en 1842 como Museo Provincial de Bellas Artes hasta el presente, pasando por el momento de su conversión en Museo Nacional de Escultura en 1933, se ha ido forjando una memoria tan valiosa e interesante como las colecciones artísticas que custodia y expone en sus salas.

Arte y vida privada será el hilo conductor de otras tres salas, donde se mostrarán diversas obras de los fondos del museo, del Renacimiento a la Ilustración. Desde el Renacimiento hasta su culminación en la Ilustración, germinan distintas modalidades de posesión y disfrute de objetos propios, en gabinetes, cámaras y oratorios, que no siempre son fruto de un coleccionismo consciente.
En estos protomuseos encontramos enseres utilitarios, obras de arte e imágenes para el rezo y la meditación. Pueden ser antigüedades o creaciones coetáneas, obras maestras o copias de precio asequible, pero todos revelan la conciencia individual y el orgullo del propietario del microcosmos doméstico.




Días 15 y 22 de febrero
VISITAS TEMÁTICAS
Actividad gratuita. Inscripción previa en el tfno. 983 250375 o en el mail difusion.museoescultura@mecd.es






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9 de febrero de 2015

Bordado de musas con hilos de oro: LA MUERTE ES UNA FORMA, de Olvido García Valdés



La muerte es una forma
en algunas pinturas del XV,
una curva que el cuerpo figura
entre quien lo sostiene y su propio
peso. Una curva también
la forma del amor, plegarse
dúctilmente. O de otro modo,
recto, peso muerto sobre paño
verde, mariposas aéreas, amarillas,
o sombra pálida, bullentes.
Tú tenías anillos, dedos en las manos.


OLVIDO GARCÍA VALDÉS (Asturias, 1950)
De caza nocturna, 1997

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6 de febrero de 2015

Theatrum: ÁNGELES Y DEMONIOS, repertorio iconográfico en Valladolid (I)






















Arcángel San Miguel. Anónimo s. XV. Fachada de la iglesia de San Miguel
Tomando prestado el título de la popular novela de Dan Brown, queremos iniciar un recorrido por Valladolid para ir encontrando distintas manifestaciones plásticas de ángeles, la mayor parte de ellos conocidos y populares, otros no tanto, para intentar mostrar como en este tipo de iconografía sacra los talleres vallisoletanos de imaginería barroca también aportaron grandes creaciones al arte español.

Es conveniente recordar que la existencia de ángeles, concebidos como seres espirituales, es reconocida en las tres principales religiones monoteístas: judaísmo, islamismo y cristianismo. En el ámbito cristiano, todas las informaciones precisas sobre los ángeles se encuentran en los libros no canónicos, considerados como fuentes heréticas, seudoepigráficas o apócrifas después de las determinaciones del Concilio de Trento (1545-1563), siendo aceptados algunos textos apócrifos, no obstante, por el canon de algunas iglesias cristianas.


Ángeles tenantes. Gil de Siloé? s. XV. Fachada del Colegio de San Gregorio
Referencias a los ángeles ya figuran en el Libro de Enoc, donde el patriarca describe detalladamente los siete cielos que forman el mundo celestial y los ángeles soberanos de cada uno de ellos. Otra formulación remota sobre la clasificación de los ángeles, como seres espirituales con función de mensajeros divinos, fue realizada en el siglo I por Dionisio el Aeropagita, primer obispo de Atenas según los Hechos de los Apóstoles, en sus obras De divinis nominibus (Sobre los nombres divinos) y De caelesti hierarchia (Sobre la jerarquía celestial), primera sistematización de las distintas dignidades. Según su teoría, la jerarquía comprende tres conjuntos de coros: Tríada superior, formada por serafines, querubines y tronos; Tríada intermedia, formada por dominaciones, virtudes y potestades; Tríada inferior, formada por principados, arcángeles y ángeles. Todos ellos giran en torno al trono de Dios y anuncian a los hombres su voluntad.
En base a esta formulación, el papa San Gregorio el Grande (590-604) estableció una clasificación en tres jerarquías, que de nuevo fue formulada por Santo Tomás de Aquino (1225-1274) en su Summa Theologiae, siendo los tres coros de la tercera jerarquía, principados, arcángeles y ángeles, los encargados de servir a los hombres.

Su representación como personajes alados con función de mensajeros divinos está inspirada en culturas antiguas, tales como la sumeria, babilónica, egipcia, griega y romana, apareciendo como personificaciones aladas en el siglo V. Presentes en múltiples relatos sagrados, a partir del siglo XIII en las iglesias occidentales comienzan a cumplir sus funciones con modelos iconográficos que portan atributos celestiales que definen las distintas jerarquías, como son alas (seis en el caso de los serafines), libros, balanzas, espadas, cetros, flores, coronas, globos terráqueos e indumentaria guerrera o sacerdotal, en ocasiones sujetando círios, antorchas, filacterías, instrumentos musicales, etc. En el siglo XIV se incorporan representaciones de ángeles infantiles, que durante el Renacimiento adoptan la forma de putti, niños desnudos con o sin alas tomados del arte romano. Queda entonces establecido un amplio catálogo que llegará con el Barroco a su máximo apogeo en cuanto a la invención de tipos y su participación en todo tipo de episodios sagrados.

Ángel del retablo del Nacimiento. Gregorio Fernández, 1615
Monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid
Entre los ángeles más representados en el arte figuran los arcángeles, conocidos como la cohorte divina, que son, después de los ángeles custodios, los más próximos a los hombres y los primeros junto a Dios. Se les atribuye el papel de mensajeros de las revelaciones divinas y dirigen las legiones celestiales en su lucha contra los seres infernales, compartiendo su presencia con otras religiones, como el budismo, hinduismo, judaismo e islamismo, apareciendo también en la cultura azteca y el antiguo Egipto. La Iglesia cristiana decretó la existencia de siete arcángeles, aunque el Concilio de Letrán limitó el culto solamente a tres: Miguel, Gabriel y Rafael. A partir del siglo XVI se extendió la veneración a Uriel, preceptor de Esdras; Jehuduel, preceptor de Sem; Sealtiel, que detuvo el sacrificio de Isaac, y Maltiel, que precedió a Moisés en su éxodo.

El Santo Ángel de la Guarda
En el Evangelio de San Mateo (18, 10) se afirma que cada persona tiene su propio ángel custodio. Ello favoreció la extensión de su papel protector no sólo sobre personas, sino incluso sobre iglesias, municipios y países, así como la aparición de determinados cultos que conllevaron su representación plástica. Sirva de ejemplo el  Ángel Custodio de España, al que todavía se rinde culto en la iglesia de San José de Madrid en un altar inaugurado en 1920 por el rey Alfonso XIII.
Se da por hecho que el culto al Ángel Custodio o Santo Ángel de la Guarda comenzó en la ciudad francesa de Rodez a principios del siglo XVI, y que a mediados de siglo se popularizaron las devociones a otras jerarquías celestes como consecuencia de la defensa del ideario de la Iglesia Católica frente a los protestantes, siendo especialmente la Compañía de Jesús la que impulsó los cultos mediante las predicaciones, la impresión de grabados con su imagen e incluso con publicaciones a ellos dedicadas, como el Tratatto del angelo custode, escrito en 1612 en Roma por el jesuita F. A. da Catanzaro1.
Arcángel San Miguel. Anónimo s. XVII
Coro del monasterio de las Descalzas Reales, Valladolid
Su representación iconográfica tomó como punto de partida el esquema de San Rafael protegiendo al joven Tobías, según el relato del Antiguo Testamento, reconvirtiendo el tema con la figura del ángel protector, que generalmente señala el cielo con su mano, acompañada de otra que encarnada por un niño simboliza al alma humana, casi siempre dispuestos avanzando juntos por el camino de la vida.
La devoción al Ángel de la Guarda arraigó con fuerza en España, favoreciendo la aparición de múltiples cofradías e instituciones bajo su advocación y su representación en pinturas y esculturas. Junto a las múltiples representaciones del Ángel Custodio, en el mundo del arte son igualmente recurrentes las dedicadas a los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael.

El arcángel San Miguel
Entre ellos, el de mayor rango es San Miguel (¿Quién como Dios?). Es el ángel que expulsó a Adán y Eva del Paraíso tras el pecado original, el que separó las aguas del mar Rojo durante el éxodo de Egipto, el que custodia el Árbol de la Vida y el que acompaña a las almas al otro mundo interviniendo en el Juicio Final. Como líder de los ejércitos celestiales en el Nuevo Testamento, es el que vence a Satán y lo arroja del cielo. Por eso es protector de los ejércitos cristianos y de todo tipo de mal, como la peste, y por eso se le representa con traje de guerrero, con una espada en la mano y un manto rojo, porque es quien genera el fuego y el calor, aunque en ocasiones se incluye una balanza para el pesaje de las buenas y malas acciones de las almas en el Juicio Final. En occidente existen numerosas iglesias y monasterios bajo su advocación y es el patrón de muchos pueblos y ciudades.

San Miguel venciendo a Lucifer. Pedro de Sierra, 1735
Museo Nacional de Escultura (sillería procedente del convento de
San Francisco de Valladolid)
Lucifer, el ángel caído
Ligadas a las representaciones de San Miguel suelen aparecer figuras demoniacas vencidas que representan el mal, como lo hicieran en las representaciones medievales del infierno incorporadas al Juicio Final o al Apocalipsis. Según la tradición, la primera batalla del bien contra el mal fue la guerra de los ángeles, desencadenada por Lucifer al negarse a rendir homenaje a los hombres e intentar ocupar el trono de Dios. Los ángeles rebeldes fueron combatidos por San Miguel al frente de sus huestes, que venció al maligno y le arrojó del Paraíso. El expulsado Lucifer pasó a llamarse Satanel, que significa "el adversario", aunque también se le conoce con los nombres de Luzbel, Samael, Mastema, Beliel, Azazel, Balcebú, Duma, Gadreel, Sier, Mefistófeles y Asmodeo, aunque algunos autores defienden que algunos de éstos se refieren a otros ángeles caídos.
Luzbel reúne todos los pecados capitales y es representado con facciones monstruosas y alas de murciélago, equiparando en ocasiones su imagen con la de Pan, dios griego de los pastores.

El arcángel San Gabriel
Una gran presencia tiene también el arcángel San Gabriel (Mensajero de Dios), que según el Evangelio de San Lucas fue el anunciador a la Virgen de la concepción de Cristo, escena especialmente repetida en representaciones pictóricas y escultóricas. También predijo a Daniel la llegada del Mesías, a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista y anunció a los pastores el nacimiento de Cristo. En la tradición islámica se le denomina “espíritu de santidad” y es el que dicta el Corán a Mahoma. Se le suele representar portando una lirio o azucena, símbolo de pureza, o un caduceo en su condición de mensajero divino.

Retablo de los Ángeles. Atribuido a José de Rozas, s. XVII
Iglesia de San Albano, Valladolid
El arcángel San Rafael
Si San Gabriel es el arcángel intermediario de la revelación, San Rafael (Dios cura) es más pragmático para los hombres, pues es el arcángel sanador del cuerpo. En el Antiguo Testamento sólo se le cita en el Libro de Tobías, donde toma forma humana para ayudar a Tobías a preparar ungüentos medicinales con la hiel, el hígado y el corazón de un pez del río Tigris para curar a su padre de la ceguera, mientras le introduce en los misterios de la medicina. Es el patrono de viajeros, médicos y farmacéuticos y de muchos municipios. Se le representa con atuendo de caminante o peregrino, portando como atributos un bordón, un zurrón y el pez que alude a la historia de Tobías.

Los ángeles y demonios vallisoletanos
Junto al repertorio medieval de ángeles tenantes presentes en diversas fachadas del siglo XV, de innegable calidad, y de la legión diseminada por los abundantes retablos barrocos, todos los arcángeles mencionados están presentes en el enorme catálogo angélico del patrimonio vallisoletano, que cuenta en iglesias y museos con una excelente representación de figuras de ángeles, arcángeles y demonios, ofreciendo una singular y variada iconografía de estos etéreos seres que llega a constituir un verdadero subgénero escultórico dentro de la producción de tipo religioso elaborada por los afamados talleres instalados en la ciudad barroca, siempre con una finalidad devocional y protectora amparada por el espíritu trentino. Entre todos los existentes necesariamente hacemos una drástica selección en base a dos criterios. En primer lugar, ciñéndonos a aquellos realizados únicamente en el campo de la escultura. En segundo lugar, destacando aquellos cuya originalidad, calidad artística o funcionalidad en rituales perdidos aportan valores iconográficos de gran trascendencia. Creemos que la escueta selección elegida es, a pesar de todo, lo suficientemente representativa.

San Miguel venciendo a Lucifer. Anónimo, h. 1750
Museo Nacional de Escultura (procedente del
convento de la Encarnación de Valladolid)
Los ángeles vallisoletanos, en su mayoría modelos creados por los grandes maestros escultores barrocos, recurren a su concisa caracterización, en cuanto a indumentaria y atributos, para poder ser identificados. San Miguel siempre aparece con semblante militar en su condición de líder de los ejércitos celestiales, con un equipamiento de fantasía y gran libertad inspirado en el ejército romano, dotado de coraza o loriga, casco, espada o lanza y escudo, en la mayoría de ocasiones con la figura de Lucifer vencido a sus pies. El resto de ángeles y arcángeles se ajustan a una indumentaria convencional heredera de los diseños italianos renacentistas, siendo común la superposición de dos túnicas, una corta sobre otra larga, con anchas mangas y aberturas laterales que permiten la movilidad de las piernas, en ocasiones con cortes caprichosos acompañados de broches incluso en las mangas y siempre figurando tejidos livianos y suntuosos ornamentos a punta de pincel. No faltan ejemplares de imaginería ligera, maniquíes recubiertos de telas encoladas o con indumentaria real, cuyo antiguo uso y función en determinados rituales todavía es un trabajo por concluir.   

En otro orden de cosas, diremos que Valladolid comparte con Roma, ciudad de la espiritualidad por excelencia, dos circunstancias relacionadas con las figuras de ángeles. En primer lugar, el haber tenido como protector de la ciudad a San Miguel. Según la leyenda, el papa Gregorio I invocó al arcángel en Roma durante una epidemia de peste que asoló la urbe el año 590, llegando a afirmar que había visto su figura envainando su espada en la cúspide del castillo que antes fuera mausoleo de Adriano, simbolizando con ello el fin de la epidemia. Desde entonces fue conocido como Castillo del Santo Ángel —Castel Sant'Angelo—, en cuya parte más alta se colocó en 1536 una escultura pétrea de San Miguel realizada por Raffaello da Montelupo a petición del papa Pablo III, que también le encargó catorce ángeles más para adornar el puente sobre el Tíber que se halla frente a la puerta del castillo. En tiempos de Clemente IX estos fueron reemplazados por una serie de diez magníficos ángeles con atributos de la Pasión diseñados por Bernini en 1669, y el San Miguel por otro en bronce y mayor tamaño diseñado por el mismo artista, pero realizado y fundido en 1753 por Pierre van Verschaffelt. La imagen de San Miguel preside desde entonces uno de los edificios antiguos más altos de la Ciudad Eterna.

Ángel del Retablo de la Buena Muerte. Anónimo, 1730-1735
Iglesia de San Miguel, Valladolid
También en Valladolid se generó una especial devoción por el arcángel protector, que fue el titular del templo más antiguo de Valladolid (ubicado en el centro de la actual Plaza de San Miguel), fundado en el siglo XI y convertido en verdadero epicentro urbano en torno al que fue creciendo el primitivo núcleo de la ciudad medieval, llegando además a ostentar el título de patrón de Valladolid hasta que el 13 de noviembre de 1746 el Ayuntamiento decidió la sustitución del patronazgo por el santo local San Pedro Regalado, canonizado por Benedicto XIV el 29 de junio de aquel año. La portada de la actual iglesia de San Miguel aparece presidida por una imagen pétrea del arcángel en estilo gótico, caracterizado con armadura como Miles Christi, que fue trasladada cuando la primitiva iglesia fue demolida y pasó a ocupar el templo de San Ignacio tras la expulsión de los jesuitas, siendo posiblemente la representación más antigua de San Miguel de cuantas existen en la ciudad.   

Y como ocurriera en Roma, una imagen de San Miguel fue colocada en el remate superior del Arco de Santiago, la monumental puerta de entrada a la ciudad desde el sur, ejerciendo durante más de ciento cincuenta años en tan alto lugar su papel de protector de la ciudad, hasta que el arco fue derribado, en aras del progreso, según una decisión municipal del 5 de noviembre de 1863.

Lucifer. Anónimo, s. XVIII. Museo Nacional de Escultura
Las concomitancias entre Valladolid y Roma respecto a las figuras de ángeles también se produce por motivos algo más ambiguos y que exponemos como excusa para justificar una ruta de visitas por el patrimonio artístico de Valladolid. Aprovechando el tirón comercial de El Código da Vinci, verdadero "bestseller" en todo el mundo, su autor, Dan Brown, publicaba el año 2000 la novela de intriga Ángeles y demonios, donde el profesor de simbología Robert Langdon se ve inmerso en una frenética persecución por Roma intentando evitar un atentado en el Vaticano, proyectado por la antigua secta de los "Illuminati" con un arma tan mortífera como la "antimateria". El hilo argumental sirve de excusa al autor para recorrer algunas de las plazas y templos más emblemáticos de Roma, marcados por connotaciones iconográficas que en su mayor parte están relacionadas con figuras de ángeles, definiendo un verdadero itinerario turístico cuyo interés desborda al de la propia novela, después llevada al cine en 2009.

Del mismo modo, se puede establecer en Valladolid un itinerario para ir localizando las figuras de ángeles que aquí proponemos, con el convencimiento de que el entorno que les ampara siempre supondrá una visita fructífera. Dejamos para algún inspirado novelista la creación de una trama que les relacione y origine el juego de intriga, esperemos que con valores literarios superiores a los de Dan Brown, aunque si con ello las visitas aumentaran y las obras fueran más conocidas, como se ha patentizado en Roma, la iniciativa estaría más que justificada.

(Continuará)

Informe: J. M. Travieso




NOTAS

1 URREA FERNÁNDEZ, Jesús. Ángeles napolitanos. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (BSAA), Tomo 50, 1984, p. 444.

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4 de febrero de 2015

Presentación del libro ALFARERÍA TRADICIONAL EN LA PROVINCIA DE LEÓN, 6 de febrero 2015



MUSEO DE LEÓN
Plaza de Santo Domingo 8, León

Viernes 6 de febrero
Salón de Actos del Museo de León, 19,30 h.
ALFARERÍA TRADICIONAL EN LA PROVINCIA DE LEÓN
Sexto título de la "Colección de etnografía leonesa"
Intervenciones:
Dionisio Domínguez Mendoza, gerente de la Fundación MonteLeón, editora del libro
Ramón de la Mata Guerra, ceramista y coleccionista de alfarería
Joaquín Alonso, autor del libro.

Entrada libre hasta completar aforo


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Conferencia: YEMEN, 7 de febrero 2015





















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3 de febrero de 2015

Conferencia: CUANDO VER ES ESTAR CIEGO, 5 de febrero 2015


MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA. CAPILLA DEL MUSEO
Calle Cadenas de San Gregorio, Valladolid

CURSO EL ARTE DE MIRAR V
Organizado por la Universidad de Valladolid, Centro Buendía y Museo Nacional de Escultura


Jueves 5 de febrero
Capilla del Museo, 18,30 h.
CUANDO VER ES ESTAR CIEGO
Eva Lootz, artista y Premio Nacional de Bellas Artes 1994

Entrada libre hasta completar aforo, previa recogida de invitación.
Recogida de invitaciones a partir del día 3 de febrero en la tienda del Museo.


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2 de febrero de 2015

Fastiginia: Recuerdo de la inauguración del Teatro Zorrilla en 1884


Estampas y recuerdos de Valladolid

En la Casa-Museo de José Zorrilla se conservan numerosos objetos personales del insigne escritor, pero sobre todo testimonios tangibles de los incontables galardones y reconocimientos de los que fue objeto en vida, en su práctica totalidad a título honorífico, pues paradójicamente tan galardonado autor, según las costumbres de la época, apenas recibió alguna suma de dinero que, a pesar de los beneficios que su obra proporcionaba a libreros y compañías teatrales, le permitieran llevar una vida relativamente acomodada. Todo lo contrario, la vida de tan laureado poeta y dramaturgo estuvo condicionada por unas estrecheces económicas que en ocasiones llegaron a ser angustiosas.

Una visita a su casa natal puede inducir a pensar que tantas distinciones a su obra, así como el ser miembro de la Real Academia Española, ser nombrado Cronista Oficial de Valladolid desde 1884 y ser coronado como "Poeta Nacional" en Granada en 1889, le facilitarían una situación desahogada, cuando en realidad tantos honores nunca pasaron de ser papel mojado.

Eso sí, a pesar de tener establecida su residencia en una modesta casa de Madrid, el poeta nunca se desvinculó de su ciudad natal, a la que regresaba con frecuencia por razones de su cargo de "Cronista". 
Retrato conservado en la Casa-Museo de Zorrilla de Valladolid
Por este motivo, lo que no recibiera crematísticamente lo recibió en afecto de sus paisanos, entre los cuales era verdaderamente reverenciado. Ello quedó patente cuando, tras producirse su muerte el 23 de enero 1893, la ciudad reclamó sus restos, que llegaron por ferrocarril a la Estación del Norte en 1896, dando lugar al más multitudinario entierro conocido en Valladolid a lo largo de su historia, con miles de personas que abarrotaron la Acera de Recoletos, la calle de Santiago, la Plaza Mayor, la calle de las Angustias y todo el recorrido hasta el cementerio del Carmen.

Recorriendo su casa natal podemos encontrar un pequeño cuadro que conmemora uno de aquellos homenajes recibidos en Valladolid, en este caso alusivo a la inauguración de un teatro a él dedicado que se produjo el 31 de octubre de 1884. En el grabado se reproduce un retrato y la firma del poeta junto a cuatro dibujos del nuevo teatro: los accesos desde los soportales de la Plaza Mayor, la sala escénica, el "hall" de entrada y la fachada posterior. Podemos completar esta información gráfica de la época diciendo que el propio José Zorrilla asistió a la inauguración acompañado del también poeta vallisoletano Emilio Ferrari, iniciándose la andadura de la sala de espectáculos con la puesta en escena de su drama Traidor, inconfeso y mártir a cargo de la compañía de Wenceslao Bueno y de Argüelles.

Desde entonces, el Teatro Zorrilla, que fue levantado en sólo seis meses por el arquitecto Joaquín Ruiz Sierra,  enriqueció la vida cultural de Valladolid durante más de ochenta años. Por el hecho de haber sido construido sobre el terreno que ocupara el antiguo convento de San Francisco, repleto de enterramientos, algunos recelosos y prejuiciosos llegaron a difundir la existencia de una maldición contra la sala: cuando el aforo estuviese completo, sería pasto de las llamas. Cuentan que en prevención ante lo desconocido, en espectáculos de asistencia masiva algunas butacas no eran puestas a la venta, ¡por si acaso!

A principios del siglo XX, en el Teatro Zorrilla se comenzaron a presentar sesiones cinematográficas, siendo la primera sala de Valladolid en la que se inauguró el cine sonoro, hecho que ocurría el 16 de octubre de 1930 con las películas “Las castigadoras de Broadway” y “La mujer torero”.

En los años 60 y 70 simultaneó las sesiones cinematográficas de arte y ensayo, una arraigada afición derivada de la Semana Internacional de Cine, con representaciones de obras de teatro independiente y vanguardista, desfilando por su escenario compañías míticas de todo el mundo y los más creativos grupos españoles en esos años.

Sin embargo, el 4 de enero de 1994 fue cerrado ante la amenaza de ruina, siendo afortunadamente sometido a una restauración integral que permitió su reinauguración en septiembre de 2009, durante las Fiestas de la Virgen de San Lorenzo.

En el recuperado y flamante edificio teatral sólo son reconocibles dos de aquellos dibujos que figuran en el cuadro decimonónico de la Casa de Zorrilla: la sala escénica, que ha mantenido su diseño original, aunque se hayan modificado los colores de la decoración, y la fachada posterior de ladrillo de la calle Constitución, sobre la que se eleva una moderna caja escénica.

Hoy los vallisoletanos gozan orgullosos de este espacio teatral, dotado con tecnología actual, del mismo modo que en 1884 lo celebraban plasmando su imagen en el añejo y curioso grabado que rinde homenaje a Zorrilla.

Aspecto de la sala escénica del actual Teatro Zorrilla

















Testero en ladrillo conservado del primitivo teatro













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