27 de abril de 2012

Visita virtual: SEPULCRO DE DON JUAN DE PADILLA, refinamiento para la inmortalidad





SEPULCRO DE DON JUAN DE PADILLA
Gil de Siloé (Hacia 1445, Amberes?-Hacia 1505, Burgos)
Hacia 1493
Alabastro
Museo de Burgos
Escultura gótica. Escuela hispanoflamenca


     El escultor Gil de Siloé, que contaba con un prestigioso y activo taller en la ciudad de Burgos, representa la cumbre alcanzada por la escultura hispánica a finales del siglo XV, un maestro que se coloca a la cabeza de la escultura europea del último gótico, en el ámbito relacionado con el estilo flamenco. De su enorme talento se conservan importantes testimonios en forma de retablos y sepulcros en la catedral burgalesa y en la Cartuja de Miraflores, así como esta obra funeraria recogida en el Museo de Burgos, que procede de la iglesia del arruinado monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval y a la que faltan siete esculturas que decoraban la parte superior, actualmente repartidas por museos del mundo, tres de ellas en el Museum of Fine Arts de Boston, dos en el Metropolitan Museum de Nueva York y otras dos en colecciones privadas.

     Se conocen pocos datos biográficos de este maestro anteriores a su establecimiento en Burgos, ciudad a la que llegó, como otros muchos artistas procedentes del norte de Europa, durante el reinado de Isabel I (1474-1504), todos ellos atraídos por el mecenazgo de reyes y nobles que tanto favorecieron la actividad y la creación artística, especialmente en Burgos y Toledo. La prosperidad económica de la ciudad burgalesa, conseguida con el productivo comercio con los Países Bajos, facilitaría el intercambio artístico del entorno burgalés y los talleres nórdicos, siendo numerosos los arquitectos, escultores y pintores que llegaron a buscar trabajo en España, especialmente flamencos, por los que la reina Isabel sentía una especial predilección.

     Es posible que Gil de Siloé procediera de Amberes, pues en alguna ocasión se le cita como Gil de Amberes, aunque esto sigue siendo un misterio, ya que en otros casos está referido como Gil de Urlianes, lo que supondría un origen francés. Lo cierto es que en torno a 1480 llega a Burgos plenamente formado y allí, en su taller situado en la calle de la Calera despliega una obra equiparable a la que hacen los mejores escultores germanos de su tiempo, con la peculiaridad de asumir plenamente el gusto español, tanto en la proliferación ornamental de sus obras, siempre exuberantes y representativas del horror vacui de sustrato mudéjar, como en el dramatismo de las figuras sacras, a las que dota de voluptuosidad supeditando la pureza de los volúmenes a la fastuosidad y la elegancia, de modo que todas sus obras siempre aparecen exuberantes en todos sus detalles, ya se trate de sepulcros o retablos o estén trabajados en madera o alabastro.

     Un buen ejemplo es este sepulcro que realiza hacia 1493, después de haber realizado distintas obras para la catedral burgalesa y de haber trabajado junto a Simón de Colonia en la Cartuja de Miraflores y en la iglesia de San Pablo de Valladolid, siendo el autor del sepulcro de los reyes Juan II de Castilla y doña Isabel de Portugal que en 1486 le solicitara la reina Isabel la Católica, hija de estos monarcas, para presidir la capilla mayor de la cartuja burgalesa, una obra funeraria sin parangón en todo el arte español del momento, tallado con el detallismo propio de un orfebre.

     El mismo tipo de trabajo, en el que se mezcla la naturalidad en las figuras de los personajes, labradas con un detallismo obsesivo, con las labores de filigrana en la estructura arquitectónica, acompañadas de multitud de figuras, relieves, blasones y formas vegetales caladas, presenta este sepulcro de don Juan de Padilla, cuya concepción decorativa sigue de cerca al que realizara anteriormente en la Cartuja de Miraflores para el infante don Alfonso y que al igual que éste estaría colocado en el muro del lado del Evangelio.

     Don Juan de Padilla era el paje predilecto de Isabel la Católica, muerto en plena juventud en 1491, a los 20 años, durante una campaña de la guerra por la conquista de Granada. Tras su muerte, la reina quiso honrar su memoria encargando a Gil de Siloé un suntuoso sepulcro equiparable al que encargara para su propio hermano el infante Alfonso de Castilla en la Cartuja. Hoy aparece preservado, fuera de contexto, como una de las piezas más emblemáticas del Museo de Burgos, después de ser trasladado desde el ruinoso Monasterio de Fresdelval, aunque, como ya se ha dicho, con ciertas mutilaciones.

     El sepulcro está realizado enteramente en alabastro y presenta una estética que fusiona las formas del gótico flamígero con los modos escultóricos originarios de Flandes, sin el mínimo atisbo de influencias del arte renacentista italiano, en plena efervescencia cuando se hace la obra. Adopta una disposición de arcosolio con arco escarzano y un nicho en cuyo interior aparece el titular arrodillado y en actitud orante, acompañado de un reclinatorio cubierto por una rica tela sobre la que descansa un libro sobre un cojín, y acompañado por la figura de un paje que, rodilla en tierra, le sujeta la espada y la celada.

     El joven don Juan aparece revestido por un voluminoso y rico manto, descrito con una minuciosidad extraordinaria, que presenta aberturas en las mangas, relieves simulando bordados y piedras engastadas y todo él ribeteado por cuentas esféricas que sugieren perlas, piezas ornamentales que hacían furor en aquella época, motivo por el que se incluyeron incluso en la decoración arquitectónica en forma de bolas. Sobre el pecho luce un grueso collar, su cabeza se cubre con un bonete ajustado del tipo "carmeñola" que deja apreciar una larga melena con mechones delineados de forma pormenorizada.

     Teniendo en cuenta la similitud del rostro con el del infante don Alfonso, hemos de considerar que se trata de un retrato idealizado, con rasgos imaginarios ideados sin haber llegado a conocer al personaje, en el que ante todo destaca su juventud. Tanto en esta figura orante, que dirige su mirada hacia el altar mayor de la iglesia, como en el reclinatorio colocado ante él, Gil de Siloé hace gala de una labra exquisita, exuberante y obsesionada por captar pequeños detalles representativos de la riqueza cortesana, que infunden verdadero carácter al personaje.

     El fondo del nicho se articula a dos niveles, separados por una imposta con motivos vegetales calados, que no siguen una estructura simétrica. Predominan los trazados flamígeros en relieve, a modo de los tableros que se tallaban para algunas sillerías, y la presencia de doseletes góticos que tratan de ennoblecer el espacio. En el lado derecho se coloca un relieve con el tema de la Piedad y encima ángeles tenantes que sujetan una cartela.

     El relieve de la Piedad es una escena que también se ajusta a los modos del trabajo descriptivo del maestro, con la figura de Cristo muerto en el regazo de la Virgen ocupando el centro de la composición, que en esta ocasión queda remarcado por la cruz del fondo. A un lado un aniñado San Juan quita la corona de espinas y al otro María Magdalena destapa un tarro de perfumes, completándose la escena con un paisaje rocoso y arbolado al fondo, junto a una serie de edificios que sugieren la ciudad de Jerusalén. El relieve, de trabajo impecable, es por sí mismo una buena muestra de la calidad, delicadeza, elegancia y solemnidad conseguida por el escultor.

     La parte inferior del sepulcro presenta un frontal con dos escudos del linaje sujetados por ángeles muy estilizados que siguen los modelos flamencos, con dos escuderos a los lados que portan armas y atributos simbólicos.
     El sepulcro queda enmarcado a los lados por dos altos y afilados pináculos, que superan la altura del nicho y que están decorados con tracerías flamígeras y parejas de santos colocados bajo doseletes, todo ello con una labra de gran finura que se repite en los elementos de la parte frontal superior, por encima del arco.

     Aunque el escultor no aplica en este sepulcro la exuberante decoración ornamental de los sepulcros que hiciera para la Cartuja de Miraflores, en la obra no existe ninguna superficie sin decorar, fusionando con gran limpieza el gusto decorativista mudéjar, el gótico flamígero tan extendido en tiempos de la reina Isabel y los minuciosos modos escultóricos provenientes del mundo flamenco y germánico, siempre con un extraordinario virtuosismo técnico.

     Con estas obras, Gil de Siloé colocó a la escuela de Burgos a la cabeza de la producción escultórica de España, justo en un momento en que comenzaban a penetrar las influencias italianas, que definitivamente convirtieron a la ciudad castellana en un foco de irradiación, hacia el resto peninsular, de las formas ya impregnadas de matices italianizantes y renacentistas, con los talleres de Diego de Siloé, hijo del maestre Gil y formado en Italia, y Felipe Vigarny a la cabeza de la producción artística en los comienzos del siglo XVI.

Informe y fotografías: J. M. Travieso.

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