11 de marzo de 2016

Theatrum: INMACULADA, interpretación plástica de un movimiento de fervor popular












LA INMACULADA CONCEPCIÓN
Gregorio Fernández (Sarria, Lugo, h. 1576-Valladolid 1636)
1623
Madera policromada
Iglesia del convento de la Concepción del Carmen, Valladolid
Escultura barroca. Escuela castellana














Modelo de Juan Martínez Montañés. Izda: Inmaculada, 1618, convento de Santa Clara, Sevilla.
Centro: Inmaculada, 1623, iglesia de la Anunciación, Sevilla. Dcha: Inmaculada, 1629, catedral de Sevilla. 
En un artículo anterior dedicado al grupo escultórico de San José y el Niño Jesús ya se señalaba que una de las principales aportaciones de Gregorio Fernández a la escultura castellana y a la iconografía barroca española fue la creación de una serie de arquetipos que fueron repetidos por el propio artista y copiados por sus discípulos y seguidores. Otro importante arquetipo fernandino fue la representación de la Inmaculada Concepción. Si la expansión del culto al patriarca San José, a través de sus representaciones plásticas, tuvo su origen en la especial devoción divulgada por los escritos de Teresa de Jesús en sus fundaciones carmelitanas, después extendida por otras órdenes, lo que equivale a afirmar su estímulo desde un ambiente intimista lleno de connotaciones místicas, la consolidación iconográfica de la Inmaculada fue consecuencia de un sorprendente movimiento de fervor popular que alcanzó su máxima expresión en Andalucía, con Sevilla como epicentro, que a lo largo del siglo XVII y al albur de la Contrarreforma acabaría implicando a la monarquía española en las personas de Felipe III y Felipe IV y a los pontífices Paulo V e Inocencio XII, culminando en 1854 con la proclamación oficial del dogma católico de la Inmaculada Concepción por el papa Pío IX.  

Modelo de Gregorio Fernández. Izda: Inmaculada, iglesia de Santa María de Tordehumos (Valladolid)
Centro: Inmaculada, Museo Diocesano de Zamora. Dcha: Inmaculada, iglesia del Carmen Extramuros, Valladolid 
EL MOVIMIENTO INMACULISTA EN ANDALUCÍA

Sería la Orden Franciscana la que desde el siglo XIII —Capítulo General de Pisa de 1263— propiciaría el culto y celebración de la Inmaculada Concepción. En el transcurso del siglo XV este culto se generalizaba en Andalucía, especialmente en Córdoba y Sevilla, aunque en torno a esta celebración surgirían dos interpretaciones dogmáticas de distinto signo: una teoría "maculista", defendida por la poderosa Orden de Predicadores (dominicos), que afirmaba que la Virgen nació afectada por el pecado original como todo ser humano, pero que quedó redimida por su maternidad como Madre de Dios, y otra "inmaculista" que negaba que la Virgen naciera con la mancha del pecado original, teoría primero avalada por la Orden de Frailes Menores (franciscanos) y después apoyada por la Compañía de Jesús (jesuitas) desde su fundación en 1534.

Modelo de Gregorio Fernández. Izda: Inmaculada, iglesia de Santa Clara, Valladolid.
Centro: Inmaculada, iglesia de San Marcelo, León. Dcha: Inmaculada, catedral de Astorga (León)  
Desde finales del siglo XVI, como consecuencia de la exaltación de los postulados surgidos en la Contrarreforma y especialmente tras el rechazo por parte de los movimientos protestantes del culto a la Virgen, en la religiosidad andaluza se produjo un enfrentamiento entre ambas teorías. Esta confrontación conocería su punto álgido cuando el 8 de septiembre de 1613 el prior del convento sevillano de Regina Angelorum, de la orden de los dominicos, en su sermón ponía en duda la concepción inmaculada de la Virgen, hecho que produjo una reacción popular sin precedentes en la sociedad sevillana a favor de la teoría "inmaculista", recibiendo el apoyo de franciscanos, jesuitas, clero secular, hermandades sevillanas y algunas autoridades civiles. Convertida esta polémica en un verdadero fenómeno de masas, cuya efervescencia popular era alimentada de continuo por los franciscanos, este clima de exaltación mariana se mantendría durante cuatro años, siendo constantes en Sevilla las celebraciones de novenas, juramentos de fidelidad, procesiones de desagravio y exaltación, etc., acompañándose de grandes festejos populares cada vez que se conseguía una resolución favorable.

Taller de Gregorio Fernández. Inmaculada
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Tras la difusión en Córdoba en 1614 y 1615 de un libelo contrario a las tesis "inmaculistas", en el proceso también se implicaría el piadoso rey Felipe III, que en 1617 envió una comisión a Roma para debatir el caso, lo que originó que el papa Paulo V emitiera un decreto que propiciaba el culto público a la Inmaculada Concepción en todo el ámbito católico, al tiempo que condenaba a los "maculistas" a no exponer sus ideas en público. Esta resolución intensificó la alianza entre el sentimiento popular y las instituciones religiosas y civiles, generalizándose en las ciudades andaluzas los juramentos colectivos y los votos concepcionistas, extensivos a hermandades y universidades.
Todo este fenómeno fervoroso quedaría reflejado en el arte barroco del momento, que fiel al valor concedido a las imágenes por los preceptos contrarreformistas, conoció la expansión hasta la saciedad de las representaciones pictóricas y escultóricas de la Inmaculada Concepción, un tema al que no pudieron sustraerse los mejores artistas del momento aportando sus personales modelos, alcanzando gran popularidad las creaciones arquetípicas de Murillo, Zurbarán, Alonso Cano, Martínez Montañés, Pedro Roldán y Pedro de Mena, por citar los más renombrados.            

El sorprendente fenómeno "inmaculista" también favoreció la aparición de un nuevo tipo de monumento sacro que, en forma de columna levantada en las plazas públicas de numerosas poblaciones andaluzas, proclamaba el triunfo de la Inmaculada, siendo erigido el primero de ellos en Granada en 1621. Asimismo, para presidir las procesiones y actos públicos comentados, se generalizaría el uso de los "sinpecados", estandartes con la imagen de la Virgen pintada o bordada, todavía vigentes en la religiosidad andaluza. Incluso han pervivido algunas vistosas tradiciones lúdicas, como la célebre Danza de los Seises, en la que niños ataviados con jubones de color azul celeste y sombreros con plumas danzan ante el altar mayor y una imagen de la Virgen en la catedral de Sevilla en la semana de la Octava de la Inmaculada.

Gregorio Fernández. Inmaculada, 1627, catedral de Astorga
La iconografía "inmaculista" barroca, que continuaría vigente en el siglo XVIII, daría lugar a representaciones de la Virgen acompañada de innumerables atributos simbólicos, en ocasiones inspirados en las letanías del Rosario, e incluso con la plasmación de algunos de los actos multitudinarios celebrados en Sevilla en aquellos días de tanto fervor popular, como lo testimonia el pintor Juan de Roelas.

Si en 1663 de nuevo el rey de España, en este caso Felipe IV, se implicaba en este fenómeno emitiendo una real cédula que prohibía la exposición pública de cualquier tesis contraria a la teoría concepcionista, el colofón lo pondría el papa Inocencio XII en su breve In Excelsa, donde llegaba a equiparar la festividad de la Inmaculada con las festividades marianas de la Natividad y la Asunción. No obstante, sería el papa Pío IX quien en la Bula Inefabilis Deus proclamase oficialmente el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854, poniendo fin a un movimiento religioso intensamente respaldado desde España.      

EL ARQUETIPO ESCULTÓRICO DE LA INMACULADA

Como es de suponer, el fervoroso movimiento "inmaculista" también tuvo su incidencia en el resto de España desde los primeros años del siglo XVII, con su correspondiente repercusión en la escuela castellana a cuya cabeza se encontraba el taller de Gregorio Fernández en Valladolid, que se incorporó al movimiento religioso creando un arquetipo personal de diferentes características a las que presentaban los modelos andaluces.

Gregorio Fernández. La Inmaculada presidiendo el retablo mayor
de la iglesia del convento de la Concepción (Santa Teresa), Valladolid
Para constatar estas diferencias, podemos recurrir a los repetidas imágenes que creara en Sevilla el escultor Juan Martínez Montañés, autor de un modelo que alcanzaría un gran fervor popular, para contrastarle con el creado en Valladolid por Gregorio Fernández, de enorme difusión por el norte de España.

Juan Martínez Montañés fue el creador de una Inmaculada de aire clasicista, con la Virgen representada con unos veinte años, de pie y con una marcada disposición de contrapposto sobre una base formada por nubes entre las que aparecen cabezas de querubines. En su composición prevalece el movimiento al presentar la cabeza ligeramente ladeada y con la mirada dirigida hacia abajo con los ojos semientornados, las manos levantadas a la altura del pecho en gesto de oración, pero delicadamente desplazadas hacia la izquierda para romper la simetría, al igual que la pierna izquierda flexionada y adelantada y parte de la melena sobre el hombro derecho. Como indumentaria viste una amplia túnica de cuello muy cerrado que llega a los pies hasta cubrirles, así como un manto que cae desde los hombros y se recoge cruzado al frente bajo el brazo izquierdo formando un conjunto de pliegues diagonales que aumentan su naturalismo, un recurso expresivo utilizado por el escultor para generar un gran dinamismo y dotar de gracia a la figura, que es presentada como la nueva Eva triunfante sobre el mal.

Al igual que los pintores, el escultor incluye una serie de atributos que identifican el dogma de la Inmaculada Concepción, como los querubines en la base, símbolo de gracia divina al estar asistida por Dios, así como la media Luna, un símbolo cristianizado de la antigüedad —presente en la diosa Isis egipcia y en la Artemisa griega— que representa el principio femenino opuesto y complementario al Sol (referido a Cristo en la cosmología cristiana), de modo que se presenta a los fieles como madre universal y dispensadora de gracia. Suele aparecer coronada con doce estrellas, símbolo de las doce tribus de Israel. Se remata con una rica policromía con motivos vegetales en los paños —primaveras— en la que prima el brillo del oro. De sus repetidos modelos el más apreciado es el destinado a la catedral de Sevilla, realizado en 1628 y policromado por Francisco Pacheco (maestro de Velázquez) y Baltasar Quintero, al que la religiosidad popular dio el sobrenombre de "la Cieguecita".


Gregorio Fernández creaba para Castilla un modelo completamente diferente, con María representada en su adolescencia virginal —con unos quince años— y una disposición frontal, simétrica y estática. El rostro, dotado de una belleza ingenua, se dirige al frente, en una ocasiones con la mirada dirigida hacia abajo y en otras elevada al cielo, siempre con un gesto de ensimismamiento y trascendencia. Las manos se juntan en actitud de oración y humildad en el centro del pecho y su melena, extremadamente larga, se derrama simétricamente sobre el manto en forma de largos filamentos ondulados que se continúan por la espalda.

 Es precisamente la disposición del manto y de la túnica lo que define el arquetipo, el primero cayendo en vertical por los lados para quebrarse en la parte inferior en forma de duros pliegues que adquieren un aspecto metálico, con la peculiaridad de aparecer recogido en la espalda con un alfiler, lo mismo que lo hacían las damas de la época, pues la escultura va trabajada al completo por tratarse de imágenes procesionales. El efecto se repite en la túnica, cerrada al cuello y anudada a la cintura por un cíngulo fijado con un lazo, cuyos pliegues también son excesivamente duros y metálicos.

La única diversificación que hizo Gregorio Fernández en el arquetipo por él creado fue la alternancia en la base de los motivos simbólicos. En unos casos coloca tres cabezas de querubines entre nubes, cuyo significado ya se ha explicado, y en otras un monstruo vencido con aspecto de dragón que como la serpiente es símbolo del pecado, de la tentación y la envidia, significando el triunfo sobre el pecado original cometido por Eva, que con la Virgen —la nueva Eva— queda redimido y el mal aplastado. En ambos casos también figura la media luna, símbolo inmaculista por excelencia.

Gregorio Fernández concibe la imagen de la Inmaculada con más connotaciones simbólicas y místicas que naturalistas, aunque la policromía de los paños acusa la tendencia a utilizar colores lisos, blanco para la túnica y azul para el manto, la primera ornamentada con primaveras de gran tamaño y el segundo con motivos menudos y una ancha cenefa con medallones recorriendo los bordes. Fue frecuente que el modelo fernandino se exhibiera en los altares con corona de reina y rodeada de un resplandor que abarca todo el cuerpo como el que presenta el modelo de 1623 del convento de la Concepción, conocido popularmente como convento de Santa Teresa (su cuarta fundación), que constituye una de las versiones1 más bellas salidas de manos del escultor junto con la conservada en la catedral de Astorga, datada en 1627.

Gregorio Fernández. Inmaculada, 1626-1630
Iglesia de Santa Eulalia, Paredes de Nava (Palencia)

Informe y fotografías: J. M. Travieso.


NOTAS

1 BREVE CATÁLOGO DE IMÁGENES DE LA INMACULADA PERTENECIENTES A GREGORIO FERNÁNDEZ:
   * Iglesia de la Vera Cruz, Salamanca.
   * Catedral de Astorga.
   * Iglesia del Carmen Extramuros, Valladolid.
   * Iglesia del convento de la Concepción, Valladolid.
   * Iglesia de Santa Clara, Valladolid.
   * Iglesia de Santa María, Tordehumos (Valladolid).
   * Catedral de Segovia.
   * Convento de la Encarnación, Madrid.
   * Colegio del Corpus Christi, Valencia.
   * Iglesia de Santa Eulalia, Paredes de Nava (Palencia).
   * Iglesia de San Marcelo, León.
   * Museo Diocesano, iglesia de Santo Tomé, Zamora.
   * Convento de Franciscanas Descalzas, Monforte de Lemos (Lugo).

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