14 de octubre de 2020

Theatrum: LA MAGDALENA EN EL DESIERTO, nueva estética para nuevos tiempos









LA MAGDALENA EN EL DESIERTO
Felipe de Espinabete (Tordesillas, 1719 - Valladolid, 1799)
Entre 1751 y 1799
Madera policromada y vidrios incrustados
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Escultura barroca española. Escuela castellana









La escultura barroca española conoce durante el siglo XVIII un cambio de rumbo hacia una nueva sensibilidad que paulatinamente se aleja de los férreos postulados que, impuestos por la Contrarreforma en el siglo anterior, condicionaban unas obras que eran fiel reflejo de las obsesiones religiosas y del pesimismo existencial de la sociedad hispana. A partir de la llegada al trono de Felipe V, el primer Borbón, y después de producirse la pacificación social, el afrancesamiento de la cultura y la implantación del pensamiento ilustrado, el gusto estético conoció cambios decisivos, configurándose un panorama diverso con la obra de Pablo González Velázquez (1664-1727), Juan Alonso de Villabrille y Ron (1663-h.1728), Francisco Salzillo (1707-1783)  o Luis Salvador Carmona (1708-1767), que con sus propios matices aportan unos modelos tardobarrocos sobre los que influye la sensualidad rococó y el purismo neoclásico.

Todos ellos realizan una escultura religiosa que comparte la moderación de la expresión piadosa y el afán artístico por conciliar el placer mundano y la moral cristiana, la voluptuosidad y la virtud, de modo que, aunque no desaparecen la imágenes de supremo dolor —que alcanzan su punto álgido con las representaciones de cabezas cortadas—, se atenúan las huellas del sufrimiento, se prefieren los temas sentimentales y familiares y las imágenes devocionales se hacen más amables, presentando un aspecto casi profano.

Junto al descubrimiento ilustrado de la infancia —se hace recurrente el tema de la educación de la Virgen— las artes se feminizan, mostrando un gusto por lo intimista, lo suave y lo pequeño, así como una predilección por formatos más reducidos y por formas blandas y curvilíneas que se traducen en actitudes ligeras y ademanes elegantes, mostrando un interés por plasmar la ternura y lo anecdótico, al tiempo que la policromía prefiere colores suaves y alegres, en ocasiones no exenta de preciosismo. Las figuras de la Virgen, los mártires y santos místicos ofrecen una gracia juvenil y una gran delicadeza, mostrando una nueva sensibilidad en la que el placer estético comienza a independizarse de los planteamientos teológicos.

Todas estas características concurren en la talla de La Magdalena en el desierto que realizara, en la segunda mitad del siglo XVIII, el tordesillano Felipe de Espinabete, el escultor más destacado del momento en Valladolid1 y último gran maestro de la escultura barroca castellana2.

Se trata de una talla de mediano formato — 91,50 cm de ancho, 41,50 cm de profundidad y 61,50 cm de alto— que representa a María Magdalena, la pecadora arrepentida más destacada del repertorio católico, bajo una concepción dieciochesca que se aleja de la imagen austera, dolorida y ascética por antonomasia de las representaciones del siglo XVII, como ocurre en el magistral modelo de la Magdalena penitente que Pedro de Mena realizara en 1664 en su taller malagueño para la Casa Profesa de los Jesuitas de Madrid (actualmente en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid). En este caso, Espinabete representa a la santa en su retiro en el desierto, a mitad de camino entre una meditación de arrepentimiento —expresado por la cabeza apoyada sobre su mano izquierda— y el rapto místico —determinado por la mirada elevada hacia una rama que adopta la forma de una cruz—, recordando en su disposición corporal el mármol de la Beata Albertoni realizado por Bernini entre 1671 y 1674 para la iglesia de San Francesco a Ripa de Roma.


La composición, rica en detalles descriptivos y colorido, muestra una preocupación por renovar una iconografía tradicional muy arraigada, siguiendo el gusto cambiante del momento, en el que pierden protagonismo los signos de la muerte y el sacrificio, a pesar de la calavera sobre la que apoya su brazo, en parte oculta por la manga. Por el contrario, la figura, que aparece plácidamente recostada en un amable paisaje, ofrece con sus delicados ademanes y la posición contrapuesta de las piernas cierta carga de sensualidad, efecto reforzado por la rica indumentaria que, lejos de cualquier alusión a la renuncia mundana, rememora su vida cortesana.

La Magdalena viste una amplia túnica de cuello rectangular, ceñida por un cinturón y con anchas mangas que llegan hasta el codo. Tanto el cuello como el cinturón aparecen ornamentados con grandes joyas, el cuello con un colgante de gran tamaño con forma de flor de la que pende una forma trilobulada y el cinturón con un gran broche circular, en ambos casos con vidrios incrustados que simulan piedras preciosas, un recurso estético frecuente en la obra de Espinabate que como complemento de la policromía viene a ser una seña de identidad de su taller. Se complementa con un manto que asoma por los lados con el característico perfil ondulado y afilado en los bordes.

La cabeza presenta una larga melena de ondulados mechones descritos con meticulosidad y un rostro ovalado con frente despejada, ojos de cristal rasgados, nariz recta, boca entreabierta que deja contemplar dientes, lengua y paladar —trabajo característico en este escultor— y un mentón pronunciado, todo ello con un afán naturalista.

En la composición, los elementos paisajísticos aparecen sumamente simplificados, con una base pedregosa sobre la que se elevan, a la altura de la cabecera, dos troncos con follaje y una de las ramas recortada en forma de cruz. Entre las oquedades de los troncos asoman lagartos, un original detalle anecdótico. Se completa con una pequeña palmera cargada de dátiles situada junto a las piernas.        


La figura queda realzada con la aplicación de una vistosa policromía de grandes contrastes, pues a las carnaciones pálidas y nacaradas de la santa se contrapone la riqueza cromática de la túnica y el manto, la primera con grandes motivos florales en tonos azules y rosáceos, aplicados a punta de pincel sobre un fondo marfileño, y el segundo con el envés decorado con motivos vegetales esgrafiados en oro sobre un fondo ocre y el revés en tono verdoso. Como ya se ha dicho, la policromía se complementa con el uso de postizos, siendo los más efectistas las múltiples piezas multicolores de cristal incrustadas que fingen ser piedras preciosas, recurso que se incluye en flores y ojos de los reptiles.

La escultura responde a los planteamientos habituales de este escultor tardobarroco, con los paños movidos a cuchillo, las facciones de gran suavidad y las manos con elegantes ademanes, respondiendo en líneas generales a la sensibilidad del nuevo gusto rococó, al igual que los tonos de la policromía. Todo ello le confiere un aspecto en el que prima el placer estético sobre el mensaje religioso, por tanto muy próximo al arte profano.  
Se desconoce la procedencia de esta escultura, que ingresó en los fondos del museo vallisoletano a consecuencia de la Desamortización.

BREVE SEMBLANZA BIOGRÁFICA DEL ESCULTOR FELIPE DE ESPINABETE

Nació el 1 de mayo de 1719 en la villa de Tordesillas (Valladolid), siendo el tercer hijo de los ocho que tuvieron Juan Espinabete y Manuela Rodríguez, cuyos antepasados procedían de Aragón. De su formación solamente se conoce que transcurrió en Valladolid, es posible que junto al escultor Pedro de Ávila, con quien comparte abundantes rasgos estilísticos3.

Ya formado, regresaba a Tordesillas, donde se estableció como maestro independiente intentando evitar la competencia en Valladolid del gran escultor riosecano Pedro de Sierra, el más notable del momento. En su villa natal contraía matrimonio en 1744 con María Tejero, con quien tendría ocho hijos.

Tiempo después se trasladaba con su familia a Valladolid, donde pasaría la mayor parte de su vida. Allí debió conseguir trabajo y prestigio, pues en el catastro de 1752 realizado por el marqués de Ensenada, cuando el escultor contaba 34 años, se le asignan altos ingresos. 
Sus clientes fueron iglesias, conventos y particulares vallisoletanos, a los que poco tiempo después de sumaron encargos de obras sacras llegados desde otras poblaciones, como Tordesillas, Arévalo (Ávila), Santibáñez del Val (Burgos), Toro (Zamora) o Santa María la Real de Nieva (Segovia), realizando un variado santoral, obras para retablos y esculturas procesionales, convirtiéndose, a partir de 1760, en un verdadero especialista en la talla de una temática muy solicitada: las cabezas decapitadas de San Juan Bautista y San Pablo, siguiendo para este último el modelo que realizara en 1707 Juan Alonso Villabrille y Ron para el convento de San Pablo de Valladolid.

Si en 1764 elaboraba la sillería del coro de legos del monasterio de San Benito el Real de Valladolid (hoy repartida entre el Museo Diocesano y el Museo Nacional de Escultura, y en 1766 la sillería del monasterio de la Santa Espina (Valladolid)4, en 1768 realizaba esculturas de reyes en piedra para el monasterio de San Benito de Sahagún (León), poniendo de manifiesto su versatilidad profesional.

En 1784, cumplidos los 65 años, ingresaba en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, donde en 1787 fue elegido teniente de Dibujo. Sin embargo en 1790, tras producirse el fallecimiento de su esposa, renunció al cargo y se retiró a Tordesillas para vivir junto a su hijo Félix, párroco de la iglesia de San Antolín, acompañándole sus hijas solteras María y Felipa. En 1792 dictó testamento con motivo de una enfermedad de la que logró recuperarse. Tras el fallecimiento de su hijo Félix en 1798, regresó junto a sus hijas a Valladolid para alojarse en casa de otro de sus hijos, el escultor Blas Espinabete, donde Felipe de Espinabete fallecía el 29 de agosto de 1799 a la edad de 80 años5.



Informe y fotografías: J. M. Travieso.









NOTAS

1 BALADRÓN ALONSO, Javier: El escultor Felipe de Espinabete (1719-1799) en el tercer centenario de su nacimiento. Revista Stvdia Zamorensia, vol. XVIII, UNED Zamora, 2019, p. 159.

2 URREA, Jesús: El escultor Felipe Espinabete (1719-1799). En "Tordesillas a través de su Semana Santa", Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2000, p 122.

3 BALADRÓN ALONSO, op. cit., p. 123.

4 BRASAS EGIDO, José Carlos y NIETO GONZÁLEZ, José Ramón: Felipe de Espinabete: nuevas obras. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (BSAA) nº 43, Universidad de Valladolid, 1977, p. 479.

5 BALADRÓN ALONSO, op. cit., p. 130.

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