3 de diciembre de 2010

Historias de Valladolid: LO PROFUNDO ES EL AIRE, fútbol, arte y poesía


     En la histórica calle Cadenas de San Gregorio de Valladolid se halla una escultura de Eduardo Chillida que no es tan espectacular como "El Peine del Viento" de San Sebastián (ilustración 5), aunque se ubica junto al muro de la capilla del Colegio de San Gregorio, en un entorno histórico-artístico privilegiado y hasta grandilocuente. El contexto monumental confiere al rincón donde se ubica un carácter intimista, efecto realzado por la compañía de un banco de piedra corrido, pegado al muro, y una frágil encina que aporta un contrapunto efímero y poético al entorno pétreo.

     La escultura, que pertenece a la serie "Lo profundo es el aire", está realizada en acero y fue inaugurada en 1982, rinde homenaje a Jorge Guillén, inspirándose en los versos que el poeta vallisoletano dedicara a su ciudad:

          Villa por villa en el mundo
          cuando los años felices
          brotaban de mis raíces,
          tú, Valladolid profundo.

     Pero la presencia en Valladolid de una obra realizada por uno de los más reconocidos escultores del siglo XX no responde al afán municipal por seleccionar autores consagrados para ocupar espacios públicos o por su predilección por el arte contemporáneo de vanguardia, sino a dos motivos convergentes y debidos al azar. Por un lado, al hecho de haber conocido Eduardo Chillida personalmente a Jorge Guillén en 1971, cuando la fortuna hizo que ambos coincidieran en Massachusetts, donde el escultor tuvo la ocasión de manifestar su admiración al poeta. Por otro, porque la fuerza del destino quiso que fuese en Valladolid donde se truncara la carrera futbolística del vasco y su sensibilidad se canalizara por los derroteros del arte.

     En efecto, tal vez pocos vallisoletanos recuerden que el donostiarra Eduardo Chillida (1924-2002) era hijo de Pedro Chillida, militar de profesión y presidente de la Real Sociedad de San Sebastián entre los años 1942 y 1945. Esta afición por el fútbol fue heredada por Eduardo, que logró convertirse en el portero titular del equipo y ser en la temporada 1942-43 uno de los partícipes, pues llegó a jugar en catorce partidos, del triunfo que permitió a la Real Sociedad el ascenso a Primera División.

     Pero su prometedora carrera deportiva se truncó en Valladolid en 1943, cuando se celebraba en el viejo estadio José Zorrilla, inaugurado tres años antes, el partido que enfrentaba al equipo vasco con el Pucela. En la contienda el portero Chillida sufrió un encontronazo fortuito con Fernando Sañudo, delantero centro vallisoletano, produciéndole una lesión en la rodilla que le obligó a retirarse del fútbol cuando tenía 19 años, justo cuando había comenzado sus estudios de Arquitectura en Madrid. Una lesión de la que arrastraría secuelas de por vida, hasta que falleció en San Sebastián el 19 de agosto de 2002.

     A partir de aquel desafortunado accidente abandonó su actividad deportiva en el campo de Atocha, e incluso sus estudios, y encaminó sus inquietudes por el campo de la creación artística en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, de modo que, como reconoció en 2008 su hijo Luis Chillida durante la presentación de una muestra antológica en el Museo Patio Herreriano, puede afirmarse que en el viejo estadio vallisoletano cambió el rumbo de su vida y se encauzó el genio creativo del que tiempo después lograría un reconocimiento artístico de alcance internacional.

LO PROFUNDO ES EL AIRE

     Si hubiera que simplificar los valores plásticos de la obra de Chillida diríamos que ante todo aparece como el escultor del espacio a través de una reflexión muy personal, dotada de una fuerte personalidad. En su lenguaje expresivo el concepto arquitectónico es uno de sus principales ingredientes, lo que le mueve a moldear, tallar y esculpir, pero también a usar la forja y el fraguado para conseguir, a través de una variada gama de materiales, un juego volumétrico en el que adquieren una importancia absoluta los espacios vacíos, que, como él mismo declaró, aunque en ocasiones queden ocultos, son el verdadero alma de la obra, a pesar de que, como la música, este valor intangible el espectador no pueda contemplarlo, aunque sí sentirlo, del mismo modo que ocurre en la naturaleza. De manera que la escultura de Chillida se resume en materia, forma y espacio, es decir, vinculada a la tradición constructivista.

     Para lograr sus propósitos utiliza el yeso, la piedra, el alabastro, la madera y el papel, elementos escultóricos tradicionales, pero también recurre al hierro y al fuego, de gran tradición vasca, y al hormigón armado, materiales vinculados a la arquitectura. Todo ello le permite desarrollar un intuitivo interés por establecer los límites espaciales a través de formas que se ensamblan, se funden y complementan, delimitando con nitidez la materia y el vacío, elementos básicos de su obra que en reiteradas ocasiones incluyen alusiones al aire y al viento, motivo por el que sus esculturas adquieren su auténtico significado a cielo abierto, no en las herméticas salas de los museos, como se evidencia en el Chillida Leku. Ello permite al mismo tiempo que una obra única pueda ser apreciada por muchos espectadores, no sólo por su propietario, y que sus trabajos consigan, con gran facilidad, llegar a formar parte de las ciudades que los acogen.

     Todos estos ingredientes se hacen evidentes en la escultura de Valladolid, donde Chillida presenta un juego de vacíos practicados en un muro entre los que discurre el aire de la historia y la añoranza de Jorge Guillén por su ciudad. Un muro metálico que, como exploración creativa, ajustado a la escala de los viandantes y sin peana distanciante, se enfrenta conceptualmente, en color, forma y textura oxidada al sólido muro de piedra de la capilla del siglo XV, originando entre ambos una metafórica corriente de aire que evoca la grandeza del pasado y la nostalgia a cuantos por allí pasean o reposan.
     La escultura, sin estridencias de ningún tipo, se integra a la perfección en el espacio público y le dota de un nuevo sentido, evidenciando que es posible el diálogo entre las obras de arte de tiempos diferentes, siempre que tengan capacidad para transmitir sensaciones.

    Es por ello inconcebible el enquistado empeño municipal, hoy felizmente paralizado, por cambiar de ubicación la escultura, cuando supone un afortunado acierto urbanístico, algo que no siempre ha ocurrido en Valladolid. Esta intención de mudanza, que cuando ha sido planteada ha tenido la oposición de muchos ciudadanos, en su momento fue respaldada por partidos políticos e incluso por el director de la Fundación Jorge Guillén, que llegó a declarar que la escultura en el actual emplazamiento "no funciona ni estética ni espacialmente", opiniones que sin embargo nunca alzaron su escandalizada voz sobre el desafortunado conjunto de mobiliario urbano instalado en la misma calle Cadenas de San Gregorio, extravagantes bancos de piedra y farolas que son un atentado a la coherencia, el buen gusto y el respeto al entorno monumental, a pesar de que su dilatada presencia ya sea asumida como un mal menor. Todo ello pone de manifiesto que, aunque sea difícil de comprender, el escultor tenía razón, pues, efectivamente, lo profundo es el aire.

Ilustraciones: 1 Escultura "Lo profundo es el aire", de Chillida, en la calle Cadenas de San Gregorio de Valladolid. 2 Vista en los años 70 del viejo y desaparecido estadio José Zorrilla, donde Chillida, vistiendo de portero de la Real Sociedad, sufrió la lesión. 3 Entorno nocturno de la Calle Cadenas de San Gregorio (Foto Carlos Molero) 4 Detalle de la escultura "Lo profundo es el aire". 5 "Peine del viento", escultura de Chillida en la costa de San Sebastián. 6 Moderno mobiliario urbano de la calle Cadenas de San Gregorio.

Informe y fotografías: J. M. Travieso.
Registro Propiedad Intelectual - Código: 1104108943944


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